Presento aquí la tercer y última parte de ésta trilogía de escritos-blogs. Cuyo suceso prometo no volver a cometer ya que no me causó ninguna satisfacción el escribirlos realmente.
He aquí me desquité de mi ferviente odio y repulsión en contra de la burocracia.
Hasta el momento no he experimentado nada que se asemeje a lo que despierta ésta mezcla de estupidez, incompetencia y “pelotas” en mí como ésta “ayuda” al cliente.
Lo digo sin pelos en la lengua… ODIO LOS PUTOS BUROCRATAS QUE TE HACEN PERDER EL TIEMPO PARA JUSTIFICAR SU SUELDO!!!
No puede ser que en pleno siglo veintiuno sigamos dejando que una manada de ineptos se hagan cargo de cagarnos la corta existencia.
Para cada justificante de la sociedad nos tenemos que enfrentar al horrendo hecho de encontrarnos frente a una tarada/o que no entiende lo que le decimos (a pesar de repetírselo más de tres veces).
Bueno, después de descargar un poco les cuento…
Hoy llegué a la hora de la cita y COSA INSÓLITA me atendieron a tiempo, cosa que no sucedió la vez anterior que acudí a otra cita. Me hicieron esperar más de una hora.
Al atenderme me cantaron la misma canción desde hace dos meses atrás y me querían convencer de darme otra cita, pero dije que si las cosas no salían como yo lo quería la llamaría yo misma para pedir otra cita. Obvio que no llamaré!!!
Me fui de ahí sonriendo y agradeciendo para nunca más volver.
FIN.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
jueves, 14 de agosto de 2008
Ángel ensuciado
Agosto 2008
* Ésta historia trata de cómo una jovencita volvió a creer en sí misma después de haber atravesado la peor experiencia de su existencia. Vivía confiada en la dulce felicidad que creía haber alcanzado, pero la vida por alguna extraña razón que desconozco se empeña en hacernos vivir los lados de la amargura y la congoja constante.
Se llama igual a su madre y es hija única. Ella la crió sola y con todas las angustias que tuvo que pasar por ser madre soltera en una sociedad en la que si tenes “un defecto” (según dice la gente) te machacan y te hacen imposible la vida dentro de lo posible.
A ésta altura ya se terminó su historia “su gran historia” por decirle de alguna manera. Acá no se termina aún, pero el futuro es incierto y me abstengo a hurgar en el. Ella era muy joven y muy ingenua. Esto sucedió hace unos años ya, fue un día en el que mantuvo una fuerte discusión con su madre, simplemente por pensar de otra manera y a esa manifestación le debe su desgracia.
Vivió cosas realmente duras y dolorosas, pero se sobrepuse a ellos. Creía que jamás sería capaz de lograr tal hazaña, pero no fue así.
Tuvo un pasado cómo todo el mundo, pero un pasado que la marcó muy hondo.
El nudo de esta historia se trenzó cuando se fue de su casa (como dije anteriormente), vagaba sin dirección por las calles, se sentía perdida y confundida. Un desgraciado abusó de ella y la tiró aturdida en un callejón oscuro.
De esa mezquina relación surgió un embarazo…
* -No, no lo voy a pensar otra vez ¡Quiero que arranquen a esto que llevo dentro! – decía con la mirada fría y distante, con los ojos llenos de un espanto imposible de explicar.
-Como tu médico no puedo aprobar tal deseo, Teresa… ¡Piénsalo otra vez! Ese niño no tiene la culpa de lo que te hizo ese desgraciado, es un ser inocente que te necesita, no le des la espalda! – contestó el hombre mirándola a los ojos.
-No me diga… Nadie se preocupó por mí como ser inocente y ahora le pide a una mujer con la mente perturbada que piense en brindarle una mano al fruto del hijo de puta que me destrozó – respondió ella a las palabras del médico.
-Pero Teresa… - insistió.
-Mire no vine para que me sermonee, sólo buscaba un poco de comprensión y pensé que usted era de mi confianza, pero veo que me equivoqué…
- ¡Teresa! Estás embarazada de cuatro meses ya y si estuviera de acuerdo con tu decisión no podría operarte de todos modos porque a esta altura implica un riesgo grande para la madre…
-Y qué me importa a mí si salgo viva, sólo quiero que haga que esto deje de crecer en mí y deje de provocarme asco de mí misma – dijo con una lágrima que le resbalaba por la mejilla.
* Teresa despertaba con el rayo del sol iluminándole las lumbares, se encontraba en la cama de un hospital. Se inclinó sobre la cama y se miró las muñecas, las vio vendadas y de repente se le vinieron todos los recuerdos de la noche anterior a la mente, se levantó de la cama y caminó hacia la puerta.
Un oficial la frenó al querer salir de la habitación sujetándola del brazo la llevó a la cama de nuevo, una enfermera oyó los gritos de la muchacha y acudió en seguida.
-¿Qué está pasando acá? – preguntó la mujer. Era una señora de unos treinta años.
-Ésta mujer quiere abandonar el hospital y me dieron órdenes de no permitirle la salida.
-Mire soldadito, aquí nadie va a tratar a una persona como lo está haciendo, asique ¡Suelte a esa muchacha! – dijo firmemente la mujer.
-Pero yo sólo acato órdenes de…
-Ahora las recibe de mí, asique ¡salga ya mismo de ésta habitación!
El hombre bajó la cabeza, soltó el brazo de Teresa y salió del cuarto. La enfermera la ayudó a volver a la cama y trataba de taparla.
-Niña por favor recuéstate, necesitas descanso en tu estado – dijo dulcemente.
-No, usted no entiende… ¡Tengo que irme de acá! – dijo desesperada.
-¿Es que te vas a ir por ahí sin tener un techo… y cómo protegerás a ese niño? Aprovecha que el gobierno se hará cargo de todos los gastos, mihjita. Tu hijo tendrá una buena bienvenida, no lo dudes…
-¡No… no! – se rascaba perturbada la frente.
-Niña… tranquila – la sujeto de los hombros y la apretó contra ella manteniéndose así un rato. La hamacaba en un abrazo y ella sin fuerzas ya se dejaba caer en un sueño.
* Pasó un mes y la muchacha estaba sentada junto a la ventana, mirando sin mirar y sintiendo cómo el viento le movía el pelo sin sentirlo. Se paró y caminó hacia el baño dónde se detuvo para observarse en el espejo, las lágrimas no paraban de emanar. Tenía tanta desilusión pintada en los ojos que era dañino mirarla.
Tiene ese aura que inspira abrazarla y querer protegerla de todo mal, tan frágil y quebrada al mismo tiempo.
Comía porque la obligaban a hacerlo y cuando no lo lograban la sedaban y le daban suero. Hacia ejercicio porque la enfermera se la llevaba cada mañana casi a rastras al jardín y dormía únicamente bajo sedantes. A pesar de su estado nadie se percató del daño que podrían estar causando al embarazo.
El día estaba nublado y la enfermera estaba agarrando a Teresa por la cintura, obligándola a caminar…
-Pero niña… Tienes que caminar, no le estás haciendo ningún bien a tu hijo… Por favor, Teresa… Hace un mes ya que estás aquí y nunca haces nada por ti misma.
-Igualmente no logré nada… - contestó con la mirada perdida
-¿Es que no quieres tener a tu niño? – preguntó la enfermera al ser la primera vez que la oyó hablar.
-Hasta que alguien lo entendió… - dijo sin mirarla.
-Niña no digas eso… ¿Cómo vas a pensar si quiera en algo así? Un niño es un regalo que Dios te ha concedido…
-¡Qué benevolente que es el hijo de puta!
-¡Teresa… !
-¿Por qué se escandaliza si estoy diciendo la verdad… no me quería oír hablar, no trataba todo éste tiempo de sacarme algún sonido de la boca? Bueno… a quién todos los cristianos le estuvieron predicando y alabando era el Diablo en verdad, Dios sólo es un pobre estúpido que no sabe ni atarse los cordones… Ahora hablo y tampoco le gusta…
-¡Ay por Dios, hija!
-Por Dios, no! Por el Diablo – dijo con los ojos rojos.
-¡Cállate… Ramón… Ramón ven inmediatamente!
Un hombre de seguridad se acercó a la enfermera y tras las órdenes que recibió se llevó a Teresa que seguía gritándole cosas a la mujer.
* El hombre entraba en la habitación de Teresa con ella en los brazos, porque en el pasillo la muchacha se había desmayado. La dejó sobre la cama y le retiró el pelo de la cara. Agarró un paño y mojándolo en un tacho con agua tibia se lo pasó por la frente, suavemente la chica recobró el sentido y miró a su alrededor…
-Ramón… ¿Qué pasó? – preguntó bajito. Era con el único con quién hablaba.
-Te me desmayaste en el corredor cuando la señora Consuelo me ordenó traerte a tu habitación… No me gusta esa mujer, nena.
-Ni a mí… ¿Te puedo pedir un favor, Ramón?
-Lo que quieras, sabes que te quiero.
-No, Ramón… no por favor…
-Perdón, señorita – dijo bajando la cabeza.
-No me tenes que pedir perdón, es que… No me siento capaz de algo así, entendeme por favor… - dijo con los ojos llenos de lágrimas.
-Pero yo no seré como ese cobarde que te abandonó, Teresa, jamás sería capaz de algo así.
-¿Abandonó… por qué dijiste abandonó? – preguntó de repente.
-Es lo que dice la señora Consuelo y los médicos… - la chica se agarró la frente reprimiendo un grito - … ¿Estás bien, Teresa?
Entre lágrimas y sollozo la muchacha le contó cómo llegó a quedar embarazada.
* A los meses llegó el día en que Teresa diera a luz.
El parto se complicó, pero después salió todo dentro de lo planeado.
El médico puso al niño junto a Teresa en la cama, pero ella se fue bien al lado opuesto de la cama y ni le regalaba una mirada al bebé. La enfermera se acercó.
-Teresa ¡es tu hijo! ¿Es que no lo vas a mirar? – quiso decir algo más, pero el médico la agarró del brazo sacándola del cuarto para dejarla a solas con el recién nacido.
El niño lloraba con toda la fuerza de sus pulmones, aunque la chica se resistía a evitarlo cedió finalmente ante la tentación y echó un vistazo a su lado, el niño continuaba gritando y ella para callarlo le toco la mejilla suavemente de repente se oyó un silencio, pero inmediatamente volvió a llorar con todas sus fuerzas. Teresa notaba que algo dentro de ella crecía, se sentía atraída por aquel niño y ya no pudo evitarlo más, era algo más fuerte a su voluntad.
El niño de repente detuvo el llanto y acudieron varios médicos en seguida a ver qué ocurría. El parto se complicó de manera que el cordón umbilical le rodeo el cuello al bebé lo cual provocó daños mentales y de respiración.
Se lo quitaron de al lado y lo metieron en una incubadora…
-Consuelo ¿Crees que me dejen ver a mi hijo nuevamente? – preguntó la mujer afligida.
-Yo no te entiendo, hija. Primero no lo quieres y ahora de repente cambias de opinión.
-Es que… - se dio la vuelta en la cama para evitar ver a la enfermera. Se sentía sola y abandonada a su suerte y nada podía evitar que pensara en su hijo.
* Las horas pasaban y no le decían nada, en un momento no resistió más y se durmió profundamente. Al despertar nuevamente tres horas más tarde preguntó por su hijo y la enfermera Consuelo le dijo que estaba muy delicado y que no tenían ninguna esperanza.
-¡Quiero verlo, Consuelo! – dijo llorando.
-Es mejor que no molestes ahora a los médicos están haciendo lo que pueden para salvarle la vida – contestó sin la menor preocupación.
-Consuelo por favor…
-Está bien. ¡Ponte la bata! – la agarró con desgano del brazo y la llevó hasta el cuarto de las incubadoras.
-¿No puedo entrar? – preguntó apoyada en el vidrio.
-¡No! ¡Está prohibida la entrada a todo el que no sea médico o enfermera. Míralo por aquí, es aquel de la izquierda… Vuelvo en quince minutos! – dijo y se dio la vuelta.
Ramón la vio junto a las incubadoras y se acercó a ella maravillándose de verla más delgada, porque no se había enterado de que dio a luz.
-¿Qué haces acá, Teresa?
-¿No es hermoso, Ramón?... – preguntó con las lágrimas secas - … El chiquito que está junto a la ventana… ¡Es mi hijo, Ramón, mi hijo!
-Es muy lindo, ¡sí!... ¿Y… - dijo queriendo preguntarle algo.
-Está grave, no me dejan estar con él … Dicen que sólo médicos y enfermeras pueden entrar…
-Nada de eso… yo siempre veo como entran padres, cuñados, amigos de la familia del bebé, cualquiera entra acá. Siempre y cuando entres con un enfermero o médico.
-¿Estás seguro? – preguntó ella ilusionada.
El hombre desapareció y volvió con una muchacha vestida de enfermera.
-Teresa, ella es Macarena, es enfermera como ves y dice que no tiene problemas con que entres a ver a tu hijo, ella te acompaña.
-¿En serio? – preguntó emocionada.
-Claro, vení… Sólo te tenes que poner ésta bata, un gorro y ésta mascarita… Es que está delicado y no lo queremos exponer a ningún peligro – dijo la chica.
Al entrar se sentó junto a la incubadora y acercó su rostro al niño.
* -Lo que no entiendo es cómo Consuelo te dijo que no podías venir a ver a tu hijo… ¿Te sentís mal? – preguntó la chica confusa.
-¡No! Sólo quería venir a verlo, pero me negó hacerlo – dijo abrazada a la pecera.
-No lo entiendo la verdad… Bueno sin darme cuenta ya pasó media hora, mejor volvemos a tu habitación ¿Si? Tenes que descansar, Teresa.
-Sólo un poquito más por favor – pidió afligida.
-Está bien – se alejó un poco para que se sintiera estar más en intimidad con el niño.
Pasaron veinte minutos y la muchacho volvió a acercarse a Teresa, le tocó el hombro y le dijo dulcemente que ahora ya tenía que retirarse. La mujer se levantó mirando al niño y cada paso le pesaba más que el anterior.
Al llegar casi a su habitación un hombre casi la tira al piso, venía corriendo y sin querer la empujó a un lado…
-Perdone… ¡Qué animal! ¿Está bien? – preguntó atolondrado el joven.
-¡Benjamín! Por dio… no cambias más y después queres ser médico… Teresa, él es mi hermano – dijo Macarena ayudando a la chica a arreglarse tras haber sido “atropellada” por Benjamín.
-Hola, Teresa, perdóname por lo de recién…
-No pasa nada – dijo bajando la cabeza. El chico quedó fascinado con su mirada.
-¿Teresa…? – Macarena le hizo una señal al hermano para que se callara - … Nos vemos en otra oportunidad entonces, fue un gusto. Adiós – dijo viendo como se iba con la hermana.
* A la mañana siguiente, Teresa abandonó su habitación para toparse otra vez con Benjamín…
-Parece que está en nuestro destino chocarnos – dijo queriendo provocar la risa en su labios - … Teresa, soy Benjamín, nos conocimos ayer ¿Te acordás?
-Creo que sí, pero tengo que ir a…
-¿A dónde… A tomar un café? ¡Te invito! – dijo risueño.
-¡No!… Tengo que ir a ver a mi hijo – contestó aturdida.
-Ah… tenes un hijo eh…
-Sí y está en la incubadora grave… por eso me tengo que ir…
-¡Pará! Tenes que entrar con un médico… voy a buscar a mi hermana, espera un poco.
A los cinco minutos volvió sólo…
-Lo siento, no la encontré, pero le preguntamos a cualquier enfermera que te acompañe y ya está ¿Si?
-¡No, por favor, no le avise a nadie! – suplicó Teresa.
-Tranquila ¿Por qué no queres que le pregunte a alguna enfermera que te acompañe?
-No me quieren dejar entrar, no quieren por eso…
-Ta shshsh, ¡tranquila!... ¡Vení, entrá! – Benjamín se puso una bata de médico y le puso a ella una bata verde para entrar a las incubadoras.
-¿Sos médico? – preguntó ella.
-No, pero estoy estudiando para ser uno. Si me agarran me cuelgan, pero actuemos normalmente ¿si?
Ella se perdió mirando al niño que parecía estar durmiendo.
-Estoy estudiando para ser pediatra… ¿Qué te dijeron qué tenía el niño?
-Problemas mentales y respiratorios, pero no sé más.
-Cuando volvamos a tu habitación me gustaría ver tu tabla de evolución, tu tabla médica si no te molesta…
-¿Por… pensas que fue mi culpa?
-¡No! ¿Quién te quiere meter eso en la cabeza?
-Es que como… no lo quería tener… - su llanto se hizo más duradero y él decidió sacarla del cuarto y regresar a la habitación.
* -¡Descansa un poco! – dijo Benjamín tras ayudarla a recostarse.
Agarró la tabla y empezó a leer, no pudo evitar sentir espanto. Teresa que no había cerrado los ojos lo vio y le preguntó…
-¿Qué pasa?
-Nada ¡tranquila!... Mejor contame… porque dijiste que era tu culpa…
- Me violaron y de ahí nació… ¡ay no! no tiene nombre… - dijo comiéndose las uñas.
-Lo siento… no te preocupes… ¿Qué te parece Tomás? – dijo haciéndola pensar en otra cosa.
-¿Tomás? Es lindo, me gusta. ¡Sí, Tomás!
El chico siguió hablando con ella hasta que Teresa se quedó dormida.
Benjamín salió del cuarto en busca de su hermana y al encontrarla le empezó a hacer una serie de preguntas que la descolocaron y juntos buscaron a un médico de total confianza de Macarena y le hizo las mismas preguntas que a su hermana, Benjamín.
-Usted me está diciendo que cuando el paciente se encuentra en estado de embarazo no se le puede ni suministrar calmantes, ni anestesias bajo ninguna condición ¿verdad? – dijo el hombre alterado.
-Ya le dije que no, joven. Está estrictamente en contra de la salud del paciente, mire si a una embarazada le dieron calmantes y más si son tan fuertes como los que me acaba de nombrar… podrían ocasionarle un…
-¿Si… un qué? – insistió Benjamín.
-Podrían ocasionarle daños irreversibles a la criatura, desde mentales hasta respiratorios, enfermedades crónicas y un sinfín más de cosas, hasta para la madre mismo es peligroso, pero ¿Por qué tanta pregunta en base a éste tema? Ya le dije… sería como cometer un homicidio…
-¡Éste hospital acaba de cometerlo entonces! – dijo sin la menor vacilación.
-¿A qué se refiere? – preguntó preocupado el hombre.
-A que una mujer está llorando porque su hijo está en la incubadora con problemas mentales y respiratorios…
-Pero esos no son síntomas que se deben solamente a calmantes y anestesias… pero de ser de otro modo tendría que tener pruebas, joven.
-No me cree, es eso ¿No? – dijo Benjamín desafiante.
-Benja por favor – dijo Macarena agarrándolo del brazo.
-No es eso, pero para levantar una demanda contra el hospital se necesitan pruebas…
-¡Ahí los tiene! – dijo tirándole los papeles en la mesa, con la lista de todo lo que le habían suministrado a lo largo del embarazo a Teresa.
El médico leía y no podía creer lo que estaba leyendo. Dejó los papeles sobre la mesa y levantó el tubo del teléfono…
-Hola, llamo para levantar una demanda contra el Hospital Bellas Flores…
* Pasaron tres días desde la denuncia. Teresa se encontraba junto a Tomás mirándolo a través de un vidrio. Una enfermera gordita de rulos se le acercó y le puso una mano sobre l hombro…
-Lo siento, nena… Tu hijo está peor, te tenes que preparar para cualquier cosa…
-¿Cómo hace uno para prepararse para cualquier cosa?... ¿Me permite tocarlo?
-Pero… - El doctor que puso la demanda entró en la incubadora.
-¡Por supuesto! – dijo el hombre acercándose y mostrándole a Teresa por dónde podía meter la mano para tocar a su hijo.
-Perdoname chiquito por haberte odiado desde que supe de tu existencia en mí, no me juzgues por favor por el miedo que sentí… Ahora al verte así te juro que daría mi vida entera por que vos siguieras viviendo. ¡Tomás… por favor viví! – lloraba aferrada a la manito del niño.
-¿No quiere volver a su cuarto mejor? – preguntó casi susurrando.
-No… por favor déjeme acá con él – dijo sollozando.
-Está bien, mujer, tranquila… Podes quedarte todo el tiempo que desees – contestó.
Teresa estaba con los brazos metidos en la incubadora sintiendo cómo el pechito de su hijo aumentaba y disminuía. Se quedó dormida en un momento.
Benjamín entraba en la sala de incubadoras y se agachó para acariciarle la cabeza a Teresa, ésta despertó en seguida y se giró a mirar.
-Buenas… ¿Cómo sigue? – preguntó señalando al niño con la mirada. La muchacha agachó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas - … ¡Acompañame a tomar un café, te hace mal estar sólo acá!
-¡No…! ¿Cuándo se van a dar cuenta de que lo que me hace mal es que me vivan queriendo alejar de él? – dijo como defendiéndose.
-No pretendo alejarte de él, Teresa… Creeme por favor. Acompañame ¿Sí?
Se resistió al principio, pero cedió ante la mirada de Benjamín.
* Estaban sentados tomando café y dos sándwiches…
-¿No te gusta en sanguche? – preguntó el joven.
-No es eso… - dijo con dolor en la mirada.
-Tomate el café al menos, Teresa por favor – La chica se tomó hasta la última gota de café y también se comió los dos sándwiches.
-¿Podemos volver ahora junto a Tomás por favor? – dijo suplicándole.
-Perdona mi estupidez, Teresa. No pretendí que estuvieras nerviosa mientras que comieras, pero… me di cuenta de que fui un egoísta y me siento un idiota al querer hacerte pasar acá el rato cuando de lejos se puede ver que tu mente está allá. Perdoname una vez más – pagó y la tomó del brazo guiándola al ascensor .
Al llegar fueron hasta la incubadora y vieron a varios médicos dentro de la sala. Benjamín le preguntó a una enfermera que salía de la sala qué había ocurrido y la respuesta hizo sumergir a Teresa en un mar de amargura.
-Teresa… está vivo, no se murió… - decía Benjamín.
-¡Todavía…! – lloraba sin consuelo.
Uno de los médicos se acercó a ella y le dijo si quería pasar al cuarto. Ella se levantó sin decir ninguna palabra y entró a la habitación, una enfermera le quería poner la bata para la visita y el hombre la apartó. Teresa seguía sus pasos hasta la cuna de Tomás y al llegar metió una mano para sentir al niño. Una mujer que estaba a cargo de vigilarlo la miró…
-¿Es usted la madre? – preguntó.
-¡Sí!
-Tengo que decirle que no hay ninguna esperanza, señora, lo siento profundamente. Siento que es mi deber decirle la verdad…
Teresa sin pensar operó intuitivamente y abrió la incubadora, le arrancó todos los cables del cuerpo al niño y lo agarró llevándoselo al pecho, oía los lentos latidos de su corazón y se convirtió en la mujer que nunca había conocido. Benjamín la miraba desde afuera y la vio completamente cambiada, parecía que le habían dado una inyección de fuerza.
Media hora más tarde Teresa sintió que el corazón se le había paralizado al niño y levantó la mano, Benjamín acudió en seguida y llamó al médico.
La muchacha dejó al niño en la cuna y se fue a su cuarto.
* Benjamín la siguió y vio como en el cuarto juntaba una bolsa con ropa…
-¿Qué haces, Tere? – preguntó sujetándole la mano.
-Me preparo para irme… Tengo que avisarle a…
-¡Teresa… se acaba de morir tu hijo! – dijo queriendo hacerla entrar en razón.
La muchacha cerró los ojos y se dio la vuelta, soltó un par de lágrimas y siguió empacando.
-Por amor a Dios, Teresa…
-Si queres que te vuelva a dirigir la palabra no me vuelvas a mencionar a ese hijo de la grandísima puta… ¿Es que te crees que no sé lo qué pasó… crees que perdí la razón? Gracias a mi desgracia tengo el recuerdo de cada puta cosa que me pasó en éste último tiempo, asique no vengas a darme noticias que conozco perfectamente por haberlas vivido, ¿ta?
-Perdón… ¿No queres verlo por última vez? – insistió Benjamín.
-Ya no es mi hijo lo que está en ese cuerpo… Prefiero quedarme acá.
-Está bien… te dejo sola entonces…
Era de noche ya cuando Teresa decidió cruzar el umbral de la puerta del hospital, llevaba su mochila y se cuidó de que nadie la viera salir.
Macarena entró a la habitación de la muchacha para ver cómo se encontraba y sólo encontró un papel “Macarena, Benjamín y doctor Gutiérrez… Gracias por… por haber estado. Perdonen si me voy sin despedirme, pero nunca fui buena para esas cosas, les dejo un abrazo, Chau”.
La chica corrió a la oficina del doctor Gutiérrez y golpeó entrando después.
* Los médicos implicados en el embarazo de Teresa fueron enjuiciados y tuvieron una condena de cuatro años, la enfermera cómo cómplice sólo dos años.
De Teresa no supe nunca más nada, el día que desapareció del hospital desapareció de mi vista también, pero por algo que no puedo explicar siento cómo se siente bien y en paz consigo misma. Sé que está bien y por fin se siente segura y tranquila.
No sé si lo soñé o qué, pero sé que está trabajando en un jardín de infantes como aprendiz.
FIN
* Ésta historia trata de cómo una jovencita volvió a creer en sí misma después de haber atravesado la peor experiencia de su existencia. Vivía confiada en la dulce felicidad que creía haber alcanzado, pero la vida por alguna extraña razón que desconozco se empeña en hacernos vivir los lados de la amargura y la congoja constante.
Se llama igual a su madre y es hija única. Ella la crió sola y con todas las angustias que tuvo que pasar por ser madre soltera en una sociedad en la que si tenes “un defecto” (según dice la gente) te machacan y te hacen imposible la vida dentro de lo posible.
A ésta altura ya se terminó su historia “su gran historia” por decirle de alguna manera. Acá no se termina aún, pero el futuro es incierto y me abstengo a hurgar en el. Ella era muy joven y muy ingenua. Esto sucedió hace unos años ya, fue un día en el que mantuvo una fuerte discusión con su madre, simplemente por pensar de otra manera y a esa manifestación le debe su desgracia.
Vivió cosas realmente duras y dolorosas, pero se sobrepuse a ellos. Creía que jamás sería capaz de lograr tal hazaña, pero no fue así.
Tuvo un pasado cómo todo el mundo, pero un pasado que la marcó muy hondo.
El nudo de esta historia se trenzó cuando se fue de su casa (como dije anteriormente), vagaba sin dirección por las calles, se sentía perdida y confundida. Un desgraciado abusó de ella y la tiró aturdida en un callejón oscuro.
De esa mezquina relación surgió un embarazo…
* -No, no lo voy a pensar otra vez ¡Quiero que arranquen a esto que llevo dentro! – decía con la mirada fría y distante, con los ojos llenos de un espanto imposible de explicar.
-Como tu médico no puedo aprobar tal deseo, Teresa… ¡Piénsalo otra vez! Ese niño no tiene la culpa de lo que te hizo ese desgraciado, es un ser inocente que te necesita, no le des la espalda! – contestó el hombre mirándola a los ojos.
-No me diga… Nadie se preocupó por mí como ser inocente y ahora le pide a una mujer con la mente perturbada que piense en brindarle una mano al fruto del hijo de puta que me destrozó – respondió ella a las palabras del médico.
-Pero Teresa… - insistió.
-Mire no vine para que me sermonee, sólo buscaba un poco de comprensión y pensé que usted era de mi confianza, pero veo que me equivoqué…
- ¡Teresa! Estás embarazada de cuatro meses ya y si estuviera de acuerdo con tu decisión no podría operarte de todos modos porque a esta altura implica un riesgo grande para la madre…
-Y qué me importa a mí si salgo viva, sólo quiero que haga que esto deje de crecer en mí y deje de provocarme asco de mí misma – dijo con una lágrima que le resbalaba por la mejilla.
* Teresa despertaba con el rayo del sol iluminándole las lumbares, se encontraba en la cama de un hospital. Se inclinó sobre la cama y se miró las muñecas, las vio vendadas y de repente se le vinieron todos los recuerdos de la noche anterior a la mente, se levantó de la cama y caminó hacia la puerta.
Un oficial la frenó al querer salir de la habitación sujetándola del brazo la llevó a la cama de nuevo, una enfermera oyó los gritos de la muchacha y acudió en seguida.
-¿Qué está pasando acá? – preguntó la mujer. Era una señora de unos treinta años.
-Ésta mujer quiere abandonar el hospital y me dieron órdenes de no permitirle la salida.
-Mire soldadito, aquí nadie va a tratar a una persona como lo está haciendo, asique ¡Suelte a esa muchacha! – dijo firmemente la mujer.
-Pero yo sólo acato órdenes de…
-Ahora las recibe de mí, asique ¡salga ya mismo de ésta habitación!
El hombre bajó la cabeza, soltó el brazo de Teresa y salió del cuarto. La enfermera la ayudó a volver a la cama y trataba de taparla.
-Niña por favor recuéstate, necesitas descanso en tu estado – dijo dulcemente.
-No, usted no entiende… ¡Tengo que irme de acá! – dijo desesperada.
-¿Es que te vas a ir por ahí sin tener un techo… y cómo protegerás a ese niño? Aprovecha que el gobierno se hará cargo de todos los gastos, mihjita. Tu hijo tendrá una buena bienvenida, no lo dudes…
-¡No… no! – se rascaba perturbada la frente.
-Niña… tranquila – la sujeto de los hombros y la apretó contra ella manteniéndose así un rato. La hamacaba en un abrazo y ella sin fuerzas ya se dejaba caer en un sueño.
* Pasó un mes y la muchacha estaba sentada junto a la ventana, mirando sin mirar y sintiendo cómo el viento le movía el pelo sin sentirlo. Se paró y caminó hacia el baño dónde se detuvo para observarse en el espejo, las lágrimas no paraban de emanar. Tenía tanta desilusión pintada en los ojos que era dañino mirarla.
Tiene ese aura que inspira abrazarla y querer protegerla de todo mal, tan frágil y quebrada al mismo tiempo.
Comía porque la obligaban a hacerlo y cuando no lo lograban la sedaban y le daban suero. Hacia ejercicio porque la enfermera se la llevaba cada mañana casi a rastras al jardín y dormía únicamente bajo sedantes. A pesar de su estado nadie se percató del daño que podrían estar causando al embarazo.
El día estaba nublado y la enfermera estaba agarrando a Teresa por la cintura, obligándola a caminar…
-Pero niña… Tienes que caminar, no le estás haciendo ningún bien a tu hijo… Por favor, Teresa… Hace un mes ya que estás aquí y nunca haces nada por ti misma.
-Igualmente no logré nada… - contestó con la mirada perdida
-¿Es que no quieres tener a tu niño? – preguntó la enfermera al ser la primera vez que la oyó hablar.
-Hasta que alguien lo entendió… - dijo sin mirarla.
-Niña no digas eso… ¿Cómo vas a pensar si quiera en algo así? Un niño es un regalo que Dios te ha concedido…
-¡Qué benevolente que es el hijo de puta!
-¡Teresa… !
-¿Por qué se escandaliza si estoy diciendo la verdad… no me quería oír hablar, no trataba todo éste tiempo de sacarme algún sonido de la boca? Bueno… a quién todos los cristianos le estuvieron predicando y alabando era el Diablo en verdad, Dios sólo es un pobre estúpido que no sabe ni atarse los cordones… Ahora hablo y tampoco le gusta…
-¡Ay por Dios, hija!
-Por Dios, no! Por el Diablo – dijo con los ojos rojos.
-¡Cállate… Ramón… Ramón ven inmediatamente!
Un hombre de seguridad se acercó a la enfermera y tras las órdenes que recibió se llevó a Teresa que seguía gritándole cosas a la mujer.
* El hombre entraba en la habitación de Teresa con ella en los brazos, porque en el pasillo la muchacha se había desmayado. La dejó sobre la cama y le retiró el pelo de la cara. Agarró un paño y mojándolo en un tacho con agua tibia se lo pasó por la frente, suavemente la chica recobró el sentido y miró a su alrededor…
-Ramón… ¿Qué pasó? – preguntó bajito. Era con el único con quién hablaba.
-Te me desmayaste en el corredor cuando la señora Consuelo me ordenó traerte a tu habitación… No me gusta esa mujer, nena.
-Ni a mí… ¿Te puedo pedir un favor, Ramón?
-Lo que quieras, sabes que te quiero.
-No, Ramón… no por favor…
-Perdón, señorita – dijo bajando la cabeza.
-No me tenes que pedir perdón, es que… No me siento capaz de algo así, entendeme por favor… - dijo con los ojos llenos de lágrimas.
-Pero yo no seré como ese cobarde que te abandonó, Teresa, jamás sería capaz de algo así.
-¿Abandonó… por qué dijiste abandonó? – preguntó de repente.
-Es lo que dice la señora Consuelo y los médicos… - la chica se agarró la frente reprimiendo un grito - … ¿Estás bien, Teresa?
Entre lágrimas y sollozo la muchacha le contó cómo llegó a quedar embarazada.
* A los meses llegó el día en que Teresa diera a luz.
El parto se complicó, pero después salió todo dentro de lo planeado.
El médico puso al niño junto a Teresa en la cama, pero ella se fue bien al lado opuesto de la cama y ni le regalaba una mirada al bebé. La enfermera se acercó.
-Teresa ¡es tu hijo! ¿Es que no lo vas a mirar? – quiso decir algo más, pero el médico la agarró del brazo sacándola del cuarto para dejarla a solas con el recién nacido.
El niño lloraba con toda la fuerza de sus pulmones, aunque la chica se resistía a evitarlo cedió finalmente ante la tentación y echó un vistazo a su lado, el niño continuaba gritando y ella para callarlo le toco la mejilla suavemente de repente se oyó un silencio, pero inmediatamente volvió a llorar con todas sus fuerzas. Teresa notaba que algo dentro de ella crecía, se sentía atraída por aquel niño y ya no pudo evitarlo más, era algo más fuerte a su voluntad.
El niño de repente detuvo el llanto y acudieron varios médicos en seguida a ver qué ocurría. El parto se complicó de manera que el cordón umbilical le rodeo el cuello al bebé lo cual provocó daños mentales y de respiración.
Se lo quitaron de al lado y lo metieron en una incubadora…
-Consuelo ¿Crees que me dejen ver a mi hijo nuevamente? – preguntó la mujer afligida.
-Yo no te entiendo, hija. Primero no lo quieres y ahora de repente cambias de opinión.
-Es que… - se dio la vuelta en la cama para evitar ver a la enfermera. Se sentía sola y abandonada a su suerte y nada podía evitar que pensara en su hijo.
* Las horas pasaban y no le decían nada, en un momento no resistió más y se durmió profundamente. Al despertar nuevamente tres horas más tarde preguntó por su hijo y la enfermera Consuelo le dijo que estaba muy delicado y que no tenían ninguna esperanza.
-¡Quiero verlo, Consuelo! – dijo llorando.
-Es mejor que no molestes ahora a los médicos están haciendo lo que pueden para salvarle la vida – contestó sin la menor preocupación.
-Consuelo por favor…
-Está bien. ¡Ponte la bata! – la agarró con desgano del brazo y la llevó hasta el cuarto de las incubadoras.
-¿No puedo entrar? – preguntó apoyada en el vidrio.
-¡No! ¡Está prohibida la entrada a todo el que no sea médico o enfermera. Míralo por aquí, es aquel de la izquierda… Vuelvo en quince minutos! – dijo y se dio la vuelta.
Ramón la vio junto a las incubadoras y se acercó a ella maravillándose de verla más delgada, porque no se había enterado de que dio a luz.
-¿Qué haces acá, Teresa?
-¿No es hermoso, Ramón?... – preguntó con las lágrimas secas - … El chiquito que está junto a la ventana… ¡Es mi hijo, Ramón, mi hijo!
-Es muy lindo, ¡sí!... ¿Y… - dijo queriendo preguntarle algo.
-Está grave, no me dejan estar con él … Dicen que sólo médicos y enfermeras pueden entrar…
-Nada de eso… yo siempre veo como entran padres, cuñados, amigos de la familia del bebé, cualquiera entra acá. Siempre y cuando entres con un enfermero o médico.
-¿Estás seguro? – preguntó ella ilusionada.
El hombre desapareció y volvió con una muchacha vestida de enfermera.
-Teresa, ella es Macarena, es enfermera como ves y dice que no tiene problemas con que entres a ver a tu hijo, ella te acompaña.
-¿En serio? – preguntó emocionada.
-Claro, vení… Sólo te tenes que poner ésta bata, un gorro y ésta mascarita… Es que está delicado y no lo queremos exponer a ningún peligro – dijo la chica.
Al entrar se sentó junto a la incubadora y acercó su rostro al niño.
* -Lo que no entiendo es cómo Consuelo te dijo que no podías venir a ver a tu hijo… ¿Te sentís mal? – preguntó la chica confusa.
-¡No! Sólo quería venir a verlo, pero me negó hacerlo – dijo abrazada a la pecera.
-No lo entiendo la verdad… Bueno sin darme cuenta ya pasó media hora, mejor volvemos a tu habitación ¿Si? Tenes que descansar, Teresa.
-Sólo un poquito más por favor – pidió afligida.
-Está bien – se alejó un poco para que se sintiera estar más en intimidad con el niño.
Pasaron veinte minutos y la muchacho volvió a acercarse a Teresa, le tocó el hombro y le dijo dulcemente que ahora ya tenía que retirarse. La mujer se levantó mirando al niño y cada paso le pesaba más que el anterior.
Al llegar casi a su habitación un hombre casi la tira al piso, venía corriendo y sin querer la empujó a un lado…
-Perdone… ¡Qué animal! ¿Está bien? – preguntó atolondrado el joven.
-¡Benjamín! Por dio… no cambias más y después queres ser médico… Teresa, él es mi hermano – dijo Macarena ayudando a la chica a arreglarse tras haber sido “atropellada” por Benjamín.
-Hola, Teresa, perdóname por lo de recién…
-No pasa nada – dijo bajando la cabeza. El chico quedó fascinado con su mirada.
-¿Teresa…? – Macarena le hizo una señal al hermano para que se callara - … Nos vemos en otra oportunidad entonces, fue un gusto. Adiós – dijo viendo como se iba con la hermana.
* A la mañana siguiente, Teresa abandonó su habitación para toparse otra vez con Benjamín…
-Parece que está en nuestro destino chocarnos – dijo queriendo provocar la risa en su labios - … Teresa, soy Benjamín, nos conocimos ayer ¿Te acordás?
-Creo que sí, pero tengo que ir a…
-¿A dónde… A tomar un café? ¡Te invito! – dijo risueño.
-¡No!… Tengo que ir a ver a mi hijo – contestó aturdida.
-Ah… tenes un hijo eh…
-Sí y está en la incubadora grave… por eso me tengo que ir…
-¡Pará! Tenes que entrar con un médico… voy a buscar a mi hermana, espera un poco.
A los cinco minutos volvió sólo…
-Lo siento, no la encontré, pero le preguntamos a cualquier enfermera que te acompañe y ya está ¿Si?
-¡No, por favor, no le avise a nadie! – suplicó Teresa.
-Tranquila ¿Por qué no queres que le pregunte a alguna enfermera que te acompañe?
-No me quieren dejar entrar, no quieren por eso…
-Ta shshsh, ¡tranquila!... ¡Vení, entrá! – Benjamín se puso una bata de médico y le puso a ella una bata verde para entrar a las incubadoras.
-¿Sos médico? – preguntó ella.
-No, pero estoy estudiando para ser uno. Si me agarran me cuelgan, pero actuemos normalmente ¿si?
Ella se perdió mirando al niño que parecía estar durmiendo.
-Estoy estudiando para ser pediatra… ¿Qué te dijeron qué tenía el niño?
-Problemas mentales y respiratorios, pero no sé más.
-Cuando volvamos a tu habitación me gustaría ver tu tabla de evolución, tu tabla médica si no te molesta…
-¿Por… pensas que fue mi culpa?
-¡No! ¿Quién te quiere meter eso en la cabeza?
-Es que como… no lo quería tener… - su llanto se hizo más duradero y él decidió sacarla del cuarto y regresar a la habitación.
* -¡Descansa un poco! – dijo Benjamín tras ayudarla a recostarse.
Agarró la tabla y empezó a leer, no pudo evitar sentir espanto. Teresa que no había cerrado los ojos lo vio y le preguntó…
-¿Qué pasa?
-Nada ¡tranquila!... Mejor contame… porque dijiste que era tu culpa…
- Me violaron y de ahí nació… ¡ay no! no tiene nombre… - dijo comiéndose las uñas.
-Lo siento… no te preocupes… ¿Qué te parece Tomás? – dijo haciéndola pensar en otra cosa.
-¿Tomás? Es lindo, me gusta. ¡Sí, Tomás!
El chico siguió hablando con ella hasta que Teresa se quedó dormida.
Benjamín salió del cuarto en busca de su hermana y al encontrarla le empezó a hacer una serie de preguntas que la descolocaron y juntos buscaron a un médico de total confianza de Macarena y le hizo las mismas preguntas que a su hermana, Benjamín.
-Usted me está diciendo que cuando el paciente se encuentra en estado de embarazo no se le puede ni suministrar calmantes, ni anestesias bajo ninguna condición ¿verdad? – dijo el hombre alterado.
-Ya le dije que no, joven. Está estrictamente en contra de la salud del paciente, mire si a una embarazada le dieron calmantes y más si son tan fuertes como los que me acaba de nombrar… podrían ocasionarle un…
-¿Si… un qué? – insistió Benjamín.
-Podrían ocasionarle daños irreversibles a la criatura, desde mentales hasta respiratorios, enfermedades crónicas y un sinfín más de cosas, hasta para la madre mismo es peligroso, pero ¿Por qué tanta pregunta en base a éste tema? Ya le dije… sería como cometer un homicidio…
-¡Éste hospital acaba de cometerlo entonces! – dijo sin la menor vacilación.
-¿A qué se refiere? – preguntó preocupado el hombre.
-A que una mujer está llorando porque su hijo está en la incubadora con problemas mentales y respiratorios…
-Pero esos no son síntomas que se deben solamente a calmantes y anestesias… pero de ser de otro modo tendría que tener pruebas, joven.
-No me cree, es eso ¿No? – dijo Benjamín desafiante.
-Benja por favor – dijo Macarena agarrándolo del brazo.
-No es eso, pero para levantar una demanda contra el hospital se necesitan pruebas…
-¡Ahí los tiene! – dijo tirándole los papeles en la mesa, con la lista de todo lo que le habían suministrado a lo largo del embarazo a Teresa.
El médico leía y no podía creer lo que estaba leyendo. Dejó los papeles sobre la mesa y levantó el tubo del teléfono…
-Hola, llamo para levantar una demanda contra el Hospital Bellas Flores…
* Pasaron tres días desde la denuncia. Teresa se encontraba junto a Tomás mirándolo a través de un vidrio. Una enfermera gordita de rulos se le acercó y le puso una mano sobre l hombro…
-Lo siento, nena… Tu hijo está peor, te tenes que preparar para cualquier cosa…
-¿Cómo hace uno para prepararse para cualquier cosa?... ¿Me permite tocarlo?
-Pero… - El doctor que puso la demanda entró en la incubadora.
-¡Por supuesto! – dijo el hombre acercándose y mostrándole a Teresa por dónde podía meter la mano para tocar a su hijo.
-Perdoname chiquito por haberte odiado desde que supe de tu existencia en mí, no me juzgues por favor por el miedo que sentí… Ahora al verte así te juro que daría mi vida entera por que vos siguieras viviendo. ¡Tomás… por favor viví! – lloraba aferrada a la manito del niño.
-¿No quiere volver a su cuarto mejor? – preguntó casi susurrando.
-No… por favor déjeme acá con él – dijo sollozando.
-Está bien, mujer, tranquila… Podes quedarte todo el tiempo que desees – contestó.
Teresa estaba con los brazos metidos en la incubadora sintiendo cómo el pechito de su hijo aumentaba y disminuía. Se quedó dormida en un momento.
Benjamín entraba en la sala de incubadoras y se agachó para acariciarle la cabeza a Teresa, ésta despertó en seguida y se giró a mirar.
-Buenas… ¿Cómo sigue? – preguntó señalando al niño con la mirada. La muchacha agachó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas - … ¡Acompañame a tomar un café, te hace mal estar sólo acá!
-¡No…! ¿Cuándo se van a dar cuenta de que lo que me hace mal es que me vivan queriendo alejar de él? – dijo como defendiéndose.
-No pretendo alejarte de él, Teresa… Creeme por favor. Acompañame ¿Sí?
Se resistió al principio, pero cedió ante la mirada de Benjamín.
* Estaban sentados tomando café y dos sándwiches…
-¿No te gusta en sanguche? – preguntó el joven.
-No es eso… - dijo con dolor en la mirada.
-Tomate el café al menos, Teresa por favor – La chica se tomó hasta la última gota de café y también se comió los dos sándwiches.
-¿Podemos volver ahora junto a Tomás por favor? – dijo suplicándole.
-Perdona mi estupidez, Teresa. No pretendí que estuvieras nerviosa mientras que comieras, pero… me di cuenta de que fui un egoísta y me siento un idiota al querer hacerte pasar acá el rato cuando de lejos se puede ver que tu mente está allá. Perdoname una vez más – pagó y la tomó del brazo guiándola al ascensor .
Al llegar fueron hasta la incubadora y vieron a varios médicos dentro de la sala. Benjamín le preguntó a una enfermera que salía de la sala qué había ocurrido y la respuesta hizo sumergir a Teresa en un mar de amargura.
-Teresa… está vivo, no se murió… - decía Benjamín.
-¡Todavía…! – lloraba sin consuelo.
Uno de los médicos se acercó a ella y le dijo si quería pasar al cuarto. Ella se levantó sin decir ninguna palabra y entró a la habitación, una enfermera le quería poner la bata para la visita y el hombre la apartó. Teresa seguía sus pasos hasta la cuna de Tomás y al llegar metió una mano para sentir al niño. Una mujer que estaba a cargo de vigilarlo la miró…
-¿Es usted la madre? – preguntó.
-¡Sí!
-Tengo que decirle que no hay ninguna esperanza, señora, lo siento profundamente. Siento que es mi deber decirle la verdad…
Teresa sin pensar operó intuitivamente y abrió la incubadora, le arrancó todos los cables del cuerpo al niño y lo agarró llevándoselo al pecho, oía los lentos latidos de su corazón y se convirtió en la mujer que nunca había conocido. Benjamín la miraba desde afuera y la vio completamente cambiada, parecía que le habían dado una inyección de fuerza.
Media hora más tarde Teresa sintió que el corazón se le había paralizado al niño y levantó la mano, Benjamín acudió en seguida y llamó al médico.
La muchacha dejó al niño en la cuna y se fue a su cuarto.
* Benjamín la siguió y vio como en el cuarto juntaba una bolsa con ropa…
-¿Qué haces, Tere? – preguntó sujetándole la mano.
-Me preparo para irme… Tengo que avisarle a…
-¡Teresa… se acaba de morir tu hijo! – dijo queriendo hacerla entrar en razón.
La muchacha cerró los ojos y se dio la vuelta, soltó un par de lágrimas y siguió empacando.
-Por amor a Dios, Teresa…
-Si queres que te vuelva a dirigir la palabra no me vuelvas a mencionar a ese hijo de la grandísima puta… ¿Es que te crees que no sé lo qué pasó… crees que perdí la razón? Gracias a mi desgracia tengo el recuerdo de cada puta cosa que me pasó en éste último tiempo, asique no vengas a darme noticias que conozco perfectamente por haberlas vivido, ¿ta?
-Perdón… ¿No queres verlo por última vez? – insistió Benjamín.
-Ya no es mi hijo lo que está en ese cuerpo… Prefiero quedarme acá.
-Está bien… te dejo sola entonces…
Era de noche ya cuando Teresa decidió cruzar el umbral de la puerta del hospital, llevaba su mochila y se cuidó de que nadie la viera salir.
Macarena entró a la habitación de la muchacha para ver cómo se encontraba y sólo encontró un papel “Macarena, Benjamín y doctor Gutiérrez… Gracias por… por haber estado. Perdonen si me voy sin despedirme, pero nunca fui buena para esas cosas, les dejo un abrazo, Chau”.
La chica corrió a la oficina del doctor Gutiérrez y golpeó entrando después.
* Los médicos implicados en el embarazo de Teresa fueron enjuiciados y tuvieron una condena de cuatro años, la enfermera cómo cómplice sólo dos años.
De Teresa no supe nunca más nada, el día que desapareció del hospital desapareció de mi vista también, pero por algo que no puedo explicar siento cómo se siente bien y en paz consigo misma. Sé que está bien y por fin se siente segura y tranquila.
No sé si lo soñé o qué, pero sé que está trabajando en un jardín de infantes como aprendiz.
FIN
domingo, 29 de junio de 2008
Experiencias que te dejan con la boca abierta (de cita en cita)
Junio 2008
A pedido de un buen amigo que tengo voy a contar un episodio que le sigue a uno de mis últimos cuentos. Si usted no ha leído “NUNCA tuve que bajar la cabeza” es imposible que entienda del todo el relato que le presento a continuación.
Hoy es 23 de Junio, fecha que le dieron a mi hermana (¡Sí, tengo una hermana cuatro años menor que yo!) de la Consejería de empleo para acudir a una cita.
A las 13:15hs salimos camino a la Consejería de empleo. Yo iba sólo a acompañarla porque la última vez que había ido quedaron en llamarme ¿Se acuerdan? Finalmente así lo hicieron y me dieron fecha para hoy mismo (junto con la cita de mi hermana).
Resulta que más tarde vuelven a llamarme para hacer un cambio de fecha porque según la mujer que me hablaba se le hacía “imposible” atenderme ese día. Entonces recurriendo a mí sentido común respiré profundamente y oí la nueva cita que me daban.
¡Tengo fecha para el 3 de Julio!
Bueno … retorno a mi relato … Acompañé a mi hermana al establecimiento y me quedé esperándola mientras veía que se iba al fondo del lugar siendo atendida por una mujer cual apariencia no quiero dar por escrito, no sea cosa que después me haga una denuncia por contar verdades.
El día estaba demasiado pesado, el sol rajaba la tierra al igual que ahora mismo que escribo éstas líneas. La única brisa que había era la que entraba por la puerta de entrada, por lo tanto decidí permanecer junto a ella y ahí me quedé fácil … cuarenta minutos parada.
La traspiración se apodera de mí por más que de sólo un paso bajo el sol y ahí estaba yo … con un pañuelo secándome la traspiración de la frente y de debajo de los ojos, también me pasaba el pañuelo por la nuca y sentía cómo una gotita de agua bailaba en mi espalda hasta caer a un lado oscuro del cual jamás retornó.
En un momento veo que se me acerca una muchacha que me agarra del brazo y acercándose a mí rostro me comentó: -“ Me ha bajado la regla ¿se me nota?”, dio dos pasitos hacía adelante sacando cola mirándome con insistencia. Yo tratando disimuladamente de “disimular” miré y le sacudí la cabeza informándole de que no se notaba nada, ella se alejó con una sonrisa agradeciendo.
El tiempo seguía transcurriendo y ya el calor era menor, como estaba relajada con la brisita que me golpeaba la cara esperaba pacientemente.
Cuando de repente veo lo que más detesto en ésta vida … Primero me alejé y cuando estaba lo suficientemente lejos me paralicé. ¡Sí, señores … era una cucaracha de un tamaño descabellado! Fue horrible ver bajar eso por el marco de la puerta. Igualmente logré calmarme y aproveché para sentarme un rato en una silla que estaba apartada de la puerta.
Imagínense una película de terror … yo estaba sentada y de repente la vuelvo a ver (a la cucaracha) y la hija de puta apuntaba hacia mí con pánico recogí las piernas, pero la guacha encaro derecho hacia donde yo estaba y al acercarse levanté las patas (de manera que parecía estar en un esquech de Gasalla) y pasó de largo … en ese momento bajé las piernas y salí de ahí como si tuviese un cuete en el tuje y me fui nuevamente a la puerta.
Ya perseguida por aquel suceso miraba de reojo que no estuviera cerca de mí y aprovechando el estar parada nuevamente me acerqué a la mesa en dónde habían atendido a mi hermana y preguntó por ella. La mujer me contestó que la había atendido otra colega.
Volví hacia adelante y ¿qué creen? … Otra más entraba corriendo carreras de fórmula uno por la puerta, en ese entonces pensé que era el acabose. Yo seguía mirando a todos lados cuando veo que de repente los empleados que estaban en “Información” se empiezan a escandalizar y deduje que se habían encontrado con mi amiga. Observaba cómo movían los muebles para descubrirla, pero no dieron con ella.
Yo seguía dando vueltas esperando noticias de mi hermana, pero parecía que la mina que la entrevistaba se había echado a dormir la siesta (tan querida en España).
El calor aplastante continuaba hostigando el ambiente y yo veía gente entrar y salir del local. De repente mis ojos vuelven a ver a la bestia y se la señalé a uno de los empleados que se levantó y fue hacía ella, yo como se podrán imaginar me fui a la otra punta del local y me senté observando desde ahí. El hombre decía –“Que conste que es un animalito de Dios” se agachó un poco y tras un supuesto ZPLASCH! La recogió con una revista y la tiró a la basura, se dio la vuelta y volviendo a su asiento dice –“ Tenía cara de buena persona” y yo para mis adentros trataba de encontrar la paz.
Al rato veo que mi hermana me llama con la mano y me acerqué a ella, salimos por otra puerta (de un costado del edificio) y al dar la vuelta vemos la cortina bajada de la entrada de la Consejería de empleo … Se ve que no querían que entraran más bestias al lugar.
Caminando de vuelta agarrada del brazo de mi hermana me empezó a contar qué le dijeron ¿Y saben qué me contó? Les doy tres oportunidades para adivinar …
¡Exacto! Le dieron cita para el 3 de Julio. Mismo día en que me dieron fecha a mí … veremos qué sucede, pero no duden de que cuando ese día llegue no les tenga otra anécdota cómo esta que acaban de leer.
FIN.
A pedido de un buen amigo que tengo voy a contar un episodio que le sigue a uno de mis últimos cuentos. Si usted no ha leído “NUNCA tuve que bajar la cabeza” es imposible que entienda del todo el relato que le presento a continuación.
Hoy es 23 de Junio, fecha que le dieron a mi hermana (¡Sí, tengo una hermana cuatro años menor que yo!) de la Consejería de empleo para acudir a una cita.
A las 13:15hs salimos camino a la Consejería de empleo. Yo iba sólo a acompañarla porque la última vez que había ido quedaron en llamarme ¿Se acuerdan? Finalmente así lo hicieron y me dieron fecha para hoy mismo (junto con la cita de mi hermana).
Resulta que más tarde vuelven a llamarme para hacer un cambio de fecha porque según la mujer que me hablaba se le hacía “imposible” atenderme ese día. Entonces recurriendo a mí sentido común respiré profundamente y oí la nueva cita que me daban.
¡Tengo fecha para el 3 de Julio!
Bueno … retorno a mi relato … Acompañé a mi hermana al establecimiento y me quedé esperándola mientras veía que se iba al fondo del lugar siendo atendida por una mujer cual apariencia no quiero dar por escrito, no sea cosa que después me haga una denuncia por contar verdades.
El día estaba demasiado pesado, el sol rajaba la tierra al igual que ahora mismo que escribo éstas líneas. La única brisa que había era la que entraba por la puerta de entrada, por lo tanto decidí permanecer junto a ella y ahí me quedé fácil … cuarenta minutos parada.
La traspiración se apodera de mí por más que de sólo un paso bajo el sol y ahí estaba yo … con un pañuelo secándome la traspiración de la frente y de debajo de los ojos, también me pasaba el pañuelo por la nuca y sentía cómo una gotita de agua bailaba en mi espalda hasta caer a un lado oscuro del cual jamás retornó.
En un momento veo que se me acerca una muchacha que me agarra del brazo y acercándose a mí rostro me comentó: -“ Me ha bajado la regla ¿se me nota?”, dio dos pasitos hacía adelante sacando cola mirándome con insistencia. Yo tratando disimuladamente de “disimular” miré y le sacudí la cabeza informándole de que no se notaba nada, ella se alejó con una sonrisa agradeciendo.
El tiempo seguía transcurriendo y ya el calor era menor, como estaba relajada con la brisita que me golpeaba la cara esperaba pacientemente.
Cuando de repente veo lo que más detesto en ésta vida … Primero me alejé y cuando estaba lo suficientemente lejos me paralicé. ¡Sí, señores … era una cucaracha de un tamaño descabellado! Fue horrible ver bajar eso por el marco de la puerta. Igualmente logré calmarme y aproveché para sentarme un rato en una silla que estaba apartada de la puerta.
Imagínense una película de terror … yo estaba sentada y de repente la vuelvo a ver (a la cucaracha) y la hija de puta apuntaba hacia mí con pánico recogí las piernas, pero la guacha encaro derecho hacia donde yo estaba y al acercarse levanté las patas (de manera que parecía estar en un esquech de Gasalla) y pasó de largo … en ese momento bajé las piernas y salí de ahí como si tuviese un cuete en el tuje y me fui nuevamente a la puerta.
Ya perseguida por aquel suceso miraba de reojo que no estuviera cerca de mí y aprovechando el estar parada nuevamente me acerqué a la mesa en dónde habían atendido a mi hermana y preguntó por ella. La mujer me contestó que la había atendido otra colega.
Volví hacia adelante y ¿qué creen? … Otra más entraba corriendo carreras de fórmula uno por la puerta, en ese entonces pensé que era el acabose. Yo seguía mirando a todos lados cuando veo que de repente los empleados que estaban en “Información” se empiezan a escandalizar y deduje que se habían encontrado con mi amiga. Observaba cómo movían los muebles para descubrirla, pero no dieron con ella.
Yo seguía dando vueltas esperando noticias de mi hermana, pero parecía que la mina que la entrevistaba se había echado a dormir la siesta (tan querida en España).
El calor aplastante continuaba hostigando el ambiente y yo veía gente entrar y salir del local. De repente mis ojos vuelven a ver a la bestia y se la señalé a uno de los empleados que se levantó y fue hacía ella, yo como se podrán imaginar me fui a la otra punta del local y me senté observando desde ahí. El hombre decía –“Que conste que es un animalito de Dios” se agachó un poco y tras un supuesto ZPLASCH! La recogió con una revista y la tiró a la basura, se dio la vuelta y volviendo a su asiento dice –“ Tenía cara de buena persona” y yo para mis adentros trataba de encontrar la paz.
Al rato veo que mi hermana me llama con la mano y me acerqué a ella, salimos por otra puerta (de un costado del edificio) y al dar la vuelta vemos la cortina bajada de la entrada de la Consejería de empleo … Se ve que no querían que entraran más bestias al lugar.
Caminando de vuelta agarrada del brazo de mi hermana me empezó a contar qué le dijeron ¿Y saben qué me contó? Les doy tres oportunidades para adivinar …
¡Exacto! Le dieron cita para el 3 de Julio. Mismo día en que me dieron fecha a mí … veremos qué sucede, pero no duden de que cuando ese día llegue no les tenga otra anécdota cómo esta que acaban de leer.
FIN.
NUNCA tuve que bajar la cabeza
Junio 2008
A lo largo de estos años aprendí que es la gente que tanto desprecio la que me hizo ser quién soy hoy en día. Déjenme explicarles …
Hay tanto ciudadano “perdido” (como me gusta llamarlos) a mi alrededor … Gente que está más interesada en entablar una conversación telefónica que una directa. Gente que se pierde si la computadora no le acepta los datos que ingresa y basa su vida en ella. Gente que prefiere decorar la fachada en vez de hacer renovaciones del interior. Gente que aprende día a día a desaprender. Gente que se cultiva en la ignorancia. Gente que cree que tener una “supuesta estabilidad” significa tener una vida equilibrada. Gente que cree que un beso entre hombres es igual a la homosexualidad y desarrollan lo que se llama homofobia, a pesar de que ellos no lo vean de la misma manera. Gente que cree que el secreto es la frialdad. Gente que juzga sin conocer. Gente que mira de reojo a quién no tiene la misma apariencia. Gente que se preocupa más en tener cada día más y más a su alrededor que almacenar riquezas en su interior. Gente que se olvida de ser gente.
Yo considero para mí misma que no soy así y jamás quiero llegar a serlo.
Para explicarles más o menos mi estado de ánimo les voy a contar una historia que me sucedió hace unos días atrás.
Yo fui a la “Consejería de empleo” para que me orientaran y el chabón que me atendió se pasó media hora ingresando mis datos a la máquina (computadora) y tras ese tiempo de espera me da un papel impreso y me dice que el día 10 tengo una cita para volver y hablar con quién me asesoraría. Agradecí y me volví a casa. El día 10 llegó y me dispuse a ir de nuevo a aquel lugar en el que había solicitado una cita. Al llegar tuve que esperar unos minutos, luego me atendió un hombre muy amable y tras otra media hora de ingresar mis datos a la máquina y responderme una serie de preguntas que le hice me respondió que me estaba rellenando un papel para darme una cita con quién me podría asesorar.
Así que nuevamente me encontraba ante un papel en el que me daban otra cita, bueno … respiré hondo y me lo tomé con calma. A todo esto la muchacha que me daría fecha y hora para la cita no se encontraba en su puesto por lo cual me volví a casa a esperar su llamado.
Y bueno … acá estoy desde entonces.
La incompetencia de la gente cada vez es peor. Eso es algo que tengo bien metido en la cabeza y me gusta ir por la vida creyendo firmemente en eso, porque es la única manera de no salir lastimado. Es bárbaro si una persona te demuestra lo contrario, pero uno ya va amortiguado y no salta directamente dentro de un abismo.
A todo esto hay varias cosas que hoy entiendo, pero me hubiera gustado enterarme de ellas como ficción y no como una realidad que se vive día a día. Es tremendamente hiriente (para mí) ver cómo nos destruimos al destruir al único hogar que tenemos, pero para el ser humano el egoísmo es su mejor amigo. ¿Qué importa que pase después? ¡A mí no me va a afectar! Y cosas similares dicen la “gente”.
¿Qué pasa con todos esos niños que se están muriendo de hambre, mientras que un país planea una invasión bélica por cuestiones de dinero? ¿Qué pasa con las miles de especias que exterminamos día a día a día por el mísero interés de la codicia? Es tan sencillo de explicar, pero tan dañino que nos estruje el corazón.
Hay gente que se derrumbe ante el menor roce y muchas veces se ignoran las ganas que esa gente tiene de morir sin sincerarse ante el enorme miedo que sienten de experimentar la vida simplemente por no conocerla. Hay tanto dolor sobre el planeta que parece que no nos basta con sentirlo solamente nosotros, NO tenemos que hacer que todo el mundo lo sienta por igual.
¿Cómo es posible que a un buen hombre se de la espalda y a un graduado se le brinde una sonrisa? ¿Cómo es posible que siendo seres “inteligentes” seamos tan calculadores? ¿Cómo es posible que la desgracia ajena nos cause placer? ¿Cómo es que llegamos a perdernos de ésta manera? ¿Tanto es el poder del billete? … ¡Sí, lo es!.
Éstas son tan sólo algunas de las diferencias que siento poseer en cuanto a ésta sociedad que se sumerge cada día más en un consumismo que parece no tener vuelta atrás.
Soy feliz de ser quién soy y me enorgullece haber podido extender mi cuello cual tortuga para sacar la cabeza de toda la mierda que invade al mundo.
FIN.
A lo largo de estos años aprendí que es la gente que tanto desprecio la que me hizo ser quién soy hoy en día. Déjenme explicarles …
Hay tanto ciudadano “perdido” (como me gusta llamarlos) a mi alrededor … Gente que está más interesada en entablar una conversación telefónica que una directa. Gente que se pierde si la computadora no le acepta los datos que ingresa y basa su vida en ella. Gente que prefiere decorar la fachada en vez de hacer renovaciones del interior. Gente que aprende día a día a desaprender. Gente que se cultiva en la ignorancia. Gente que cree que tener una “supuesta estabilidad” significa tener una vida equilibrada. Gente que cree que un beso entre hombres es igual a la homosexualidad y desarrollan lo que se llama homofobia, a pesar de que ellos no lo vean de la misma manera. Gente que cree que el secreto es la frialdad. Gente que juzga sin conocer. Gente que mira de reojo a quién no tiene la misma apariencia. Gente que se preocupa más en tener cada día más y más a su alrededor que almacenar riquezas en su interior. Gente que se olvida de ser gente.
Yo considero para mí misma que no soy así y jamás quiero llegar a serlo.
Para explicarles más o menos mi estado de ánimo les voy a contar una historia que me sucedió hace unos días atrás.
Yo fui a la “Consejería de empleo” para que me orientaran y el chabón que me atendió se pasó media hora ingresando mis datos a la máquina (computadora) y tras ese tiempo de espera me da un papel impreso y me dice que el día 10 tengo una cita para volver y hablar con quién me asesoraría. Agradecí y me volví a casa. El día 10 llegó y me dispuse a ir de nuevo a aquel lugar en el que había solicitado una cita. Al llegar tuve que esperar unos minutos, luego me atendió un hombre muy amable y tras otra media hora de ingresar mis datos a la máquina y responderme una serie de preguntas que le hice me respondió que me estaba rellenando un papel para darme una cita con quién me podría asesorar.
Así que nuevamente me encontraba ante un papel en el que me daban otra cita, bueno … respiré hondo y me lo tomé con calma. A todo esto la muchacha que me daría fecha y hora para la cita no se encontraba en su puesto por lo cual me volví a casa a esperar su llamado.
Y bueno … acá estoy desde entonces.
La incompetencia de la gente cada vez es peor. Eso es algo que tengo bien metido en la cabeza y me gusta ir por la vida creyendo firmemente en eso, porque es la única manera de no salir lastimado. Es bárbaro si una persona te demuestra lo contrario, pero uno ya va amortiguado y no salta directamente dentro de un abismo.
A todo esto hay varias cosas que hoy entiendo, pero me hubiera gustado enterarme de ellas como ficción y no como una realidad que se vive día a día. Es tremendamente hiriente (para mí) ver cómo nos destruimos al destruir al único hogar que tenemos, pero para el ser humano el egoísmo es su mejor amigo. ¿Qué importa que pase después? ¡A mí no me va a afectar! Y cosas similares dicen la “gente”.
¿Qué pasa con todos esos niños que se están muriendo de hambre, mientras que un país planea una invasión bélica por cuestiones de dinero? ¿Qué pasa con las miles de especias que exterminamos día a día a día por el mísero interés de la codicia? Es tan sencillo de explicar, pero tan dañino que nos estruje el corazón.
Hay gente que se derrumbe ante el menor roce y muchas veces se ignoran las ganas que esa gente tiene de morir sin sincerarse ante el enorme miedo que sienten de experimentar la vida simplemente por no conocerla. Hay tanto dolor sobre el planeta que parece que no nos basta con sentirlo solamente nosotros, NO tenemos que hacer que todo el mundo lo sienta por igual.
¿Cómo es posible que a un buen hombre se de la espalda y a un graduado se le brinde una sonrisa? ¿Cómo es posible que siendo seres “inteligentes” seamos tan calculadores? ¿Cómo es posible que la desgracia ajena nos cause placer? ¿Cómo es que llegamos a perdernos de ésta manera? ¿Tanto es el poder del billete? … ¡Sí, lo es!.
Éstas son tan sólo algunas de las diferencias que siento poseer en cuanto a ésta sociedad que se sumerge cada día más en un consumismo que parece no tener vuelta atrás.
Soy feliz de ser quién soy y me enorgullece haber podido extender mi cuello cual tortuga para sacar la cabeza de toda la mierda que invade al mundo.
FIN.
Caminos
Junio 2008
Jennifer se sentía destruida por dentro y por fuera, pensaba en irse a vagar por el mundo. Su mente era un torbellino que no tenía pausa, sus nervios vivían a flor de piel, el llanto nocturno no le permitía dormir. Tenía una angustia muy grande.
Era delgada y mediana de estatura. Tenía el pelo larguísimo y oscuro como el carbón, los ojos de color marrón. Nunca se maquillaba, pero sus ojos parecían estar siempre perfilados. Tenía una sonrisa contagiosa y usaba ropa floja, nada que le marcara la figura a pesar de tener un cuerpo hermosamente moldeado.
Estaba arreglando las cosas de su cuarto. Iba del armario hacia la valija que estaba sobre la cama y en ella depositaba la ropa, acomodándola.
Tenía una sonrisa de oreja a oreja con sólo pensar en su retorno.
Hacía casi ocho años que vivía en el extranjero y aquel lugar la recibió de una manera hostil y brusca. Lo único que consiguió alimentar espiritualmente fue a la tristeza que crecía día a día en ella. Al irse de su tierra pensó positivamente en encontrar otro mundo y soñaba con tirar un cacho de asado sobre las brasas, pero sólo se chocó contra un muro de agua fría. El mundo que creyó conocer no existía y la carne con la que soñaba seguía siendo un sueño.
Y aquel gran amor del cual se había separado años atrás reclamaba nuevamente su presencia y ella no podía resistirse a aquel llamado.
Con toda la alegría de volver a pesar de saber que le esperaban tiempos duros y nefastos tal vez ella ya salía del departamento en un taxi con dirección al aeropuerto.
Jennifer se encontraba en el Check-in dejando sus dos valijas y al alejarse del mostrador lo hacía con un bolso de mano y una mochila.
Un muchacho se le acercó tocándole el hombro llamándole la atención, ella giró sonriendo
Y le oyó decir “-¿Llegaste recién?”, ella le proclamó con mucho entusiasmo “-¡No, me vuelvo a mi tierra!”. El chico enmudeció y parecía turbado por la desilusión “-¿Embarcas ahora?” le preguntó. “-¡No, recién dentro de dos horas … ¿Y vos qué haces acá?” dijo relajada y feliz como hacía tiempo no lo sentía. “-No sé … ¡Te invito a tomar algo al bar del aeropuerto!” respondió casi suplicando “-Está bien, acepto” respondió sonriendo. El chico le agarró amablemente la mochila y empezaron a caminar en dirección al bar.
Se sentaron en una mesita que quedaba junto al ventanal que a su vez daba a la pista. Jennifer buscó la mirada del joven y le preguntó su nombre y el motivo del porqué se había venido “-Juan Pablo … me vine quemado, no conseguía trabajo allá y la situación está muy mal allá … Me sorprende que vuelvas … ¿Tenes problemas acá?” dijo bajando la voz. Ella suspiró y mirando hacia la pista dijo “-Sólo el de la tristeza y para vivir así prefiero morir … ¡Decilo! Te parece que exagero, pero no lo hago … me encantaría que sea así, pero realmente siento estar muriendo y eso sólo quiero hacerlo allá en “mi” tierra … No tengo nada acá que me retenga y por más que allá me vaya como el culo no me importa, porque sé que al menos de esa manera voy a sentir algo” terminó la frase con emoción en los ojos. El chico asintió afligido con la mirada y le mostró un esbozo de sonrisa.
Y así pasaron casi las dos horas de espera charlando, riendo como viejos amigos y hasta llegaron a soltar un par de lágrimas tras sentirse plenamente en confianza.
De repente se paralizaron ambos corazones al oír la llamada “-El vuelo 338 anuncia su partida para dentro de diez minutos, repito … El vuelo 338 anuncia su partida …”
Jennifer se levantó del asiento metiendo la mano en su bolsillo y el chico frenó su intención diciéndole que fue él el que la invitó. Pagó y volvió junto a la chica acompañándola hasta la puerta de abordo.
Al llegar frente a una larga cola dónde la gente entraba sin frenar, Juan Pablo le dio nuevamente la mochila “-Jennifer” dijo él llamándole la atención, ella se dio la vuelta mirándolo y él siguió su discurso “-¡No te vayas por favor! Suplicó agarrándole una de las cuerdas de la mochila. Jennifer no comprendía su reacción y se quedó mirándolo extrañada “-Por favor … sé que estoy siendo egoísta, no puedo ni creer lo que estoy haciendo … sólo sé que te quiero” Ella le agarró las manos con ternura y pasando una de sus manos por la mejilla del chico le dijo “-Me hubiera gustado conocerte, Juan Pablo, pero ahora que decidí otro camino no lo voy a cambiar, tal vez mañana me arrepienta … Esperé tanto un día así, pero ¿sabes qué? …¡Sabía que no sería perfecto!”
FIN.
Jennifer se sentía destruida por dentro y por fuera, pensaba en irse a vagar por el mundo. Su mente era un torbellino que no tenía pausa, sus nervios vivían a flor de piel, el llanto nocturno no le permitía dormir. Tenía una angustia muy grande.
Era delgada y mediana de estatura. Tenía el pelo larguísimo y oscuro como el carbón, los ojos de color marrón. Nunca se maquillaba, pero sus ojos parecían estar siempre perfilados. Tenía una sonrisa contagiosa y usaba ropa floja, nada que le marcara la figura a pesar de tener un cuerpo hermosamente moldeado.
Estaba arreglando las cosas de su cuarto. Iba del armario hacia la valija que estaba sobre la cama y en ella depositaba la ropa, acomodándola.
Tenía una sonrisa de oreja a oreja con sólo pensar en su retorno.
Hacía casi ocho años que vivía en el extranjero y aquel lugar la recibió de una manera hostil y brusca. Lo único que consiguió alimentar espiritualmente fue a la tristeza que crecía día a día en ella. Al irse de su tierra pensó positivamente en encontrar otro mundo y soñaba con tirar un cacho de asado sobre las brasas, pero sólo se chocó contra un muro de agua fría. El mundo que creyó conocer no existía y la carne con la que soñaba seguía siendo un sueño.
Y aquel gran amor del cual se había separado años atrás reclamaba nuevamente su presencia y ella no podía resistirse a aquel llamado.
Con toda la alegría de volver a pesar de saber que le esperaban tiempos duros y nefastos tal vez ella ya salía del departamento en un taxi con dirección al aeropuerto.
Jennifer se encontraba en el Check-in dejando sus dos valijas y al alejarse del mostrador lo hacía con un bolso de mano y una mochila.
Un muchacho se le acercó tocándole el hombro llamándole la atención, ella giró sonriendo
Y le oyó decir “-¿Llegaste recién?”, ella le proclamó con mucho entusiasmo “-¡No, me vuelvo a mi tierra!”. El chico enmudeció y parecía turbado por la desilusión “-¿Embarcas ahora?” le preguntó. “-¡No, recién dentro de dos horas … ¿Y vos qué haces acá?” dijo relajada y feliz como hacía tiempo no lo sentía. “-No sé … ¡Te invito a tomar algo al bar del aeropuerto!” respondió casi suplicando “-Está bien, acepto” respondió sonriendo. El chico le agarró amablemente la mochila y empezaron a caminar en dirección al bar.
Se sentaron en una mesita que quedaba junto al ventanal que a su vez daba a la pista. Jennifer buscó la mirada del joven y le preguntó su nombre y el motivo del porqué se había venido “-Juan Pablo … me vine quemado, no conseguía trabajo allá y la situación está muy mal allá … Me sorprende que vuelvas … ¿Tenes problemas acá?” dijo bajando la voz. Ella suspiró y mirando hacia la pista dijo “-Sólo el de la tristeza y para vivir así prefiero morir … ¡Decilo! Te parece que exagero, pero no lo hago … me encantaría que sea así, pero realmente siento estar muriendo y eso sólo quiero hacerlo allá en “mi” tierra … No tengo nada acá que me retenga y por más que allá me vaya como el culo no me importa, porque sé que al menos de esa manera voy a sentir algo” terminó la frase con emoción en los ojos. El chico asintió afligido con la mirada y le mostró un esbozo de sonrisa.
Y así pasaron casi las dos horas de espera charlando, riendo como viejos amigos y hasta llegaron a soltar un par de lágrimas tras sentirse plenamente en confianza.
De repente se paralizaron ambos corazones al oír la llamada “-El vuelo 338 anuncia su partida para dentro de diez minutos, repito … El vuelo 338 anuncia su partida …”
Jennifer se levantó del asiento metiendo la mano en su bolsillo y el chico frenó su intención diciéndole que fue él el que la invitó. Pagó y volvió junto a la chica acompañándola hasta la puerta de abordo.
Al llegar frente a una larga cola dónde la gente entraba sin frenar, Juan Pablo le dio nuevamente la mochila “-Jennifer” dijo él llamándole la atención, ella se dio la vuelta mirándolo y él siguió su discurso “-¡No te vayas por favor! Suplicó agarrándole una de las cuerdas de la mochila. Jennifer no comprendía su reacción y se quedó mirándolo extrañada “-Por favor … sé que estoy siendo egoísta, no puedo ni creer lo que estoy haciendo … sólo sé que te quiero” Ella le agarró las manos con ternura y pasando una de sus manos por la mejilla del chico le dijo “-Me hubiera gustado conocerte, Juan Pablo, pero ahora que decidí otro camino no lo voy a cambiar, tal vez mañana me arrepienta … Esperé tanto un día así, pero ¿sabes qué? …¡Sabía que no sería perfecto!”
FIN.
Gabriel, el boxeador
Junio 2008
Uno
Gabriel medía un metro con sesenta y nueve centímetros, pesaba setenta y seis kilos. Tenía el pelo oscuro, ojos fríos como si no tuviesen vida. De cuerpo robusto.
Entrenaba cada día a las nueve de la noche, tres horas diarias. A veces hasta lo veían salir del Gimnasio a las tres de la mañana.
Nunca, ni siquiera cuando dejaba el local a las tres de la mañana se lo veía cansado, ni se le notaba que estuviese agitado. Era como un animal que no se saciaba con nada de lo que hiciese para cansarse.
Vive solo en un piso en medio de la ciudad y en medio de la nada.
En su barrio había que tener cuidado con la gente que sin más te degollaba por un par de monedas o por verte con una barra de pan y querértela sacar. Los niños más chicos andaban también armados hasta los dientes y cuando se te acercaban era fijo que la ibas a quedar.
A Gabriel no le preocupaba caminar de noche por esas calles. Parecía como que ardía por tener un encontronazo con alguno, pero por algún motivo nadie se le acercaba.
Cada vez que peleaba un combate de Boxeo noqueaba al contrario sin dejarlo llegar al tercer round. Tenía un instinto casi animal de aniquilar al contrario sin siquiera dejar que éste le tocara un pelo. Nunca perdió un combate y a cambio ganó ocho títulos.
Era osco, de pocas palabras. Nunca se frenaba ante un reportaje, sólo lo hacía frente a la sonrisa de un niño o una niña que lograban milagrosamente un esbozo de sonrisa en su frío rostro.
Su comportamiento tenía una fácil y complicada explicación. Tenía una hermana cinco años menor que él que murió el año pasado, cuando él tenía 21. Al cumplir la niña 16 años fue violada por uno de los muchachos del vecindario, que aún no se sabe quién fue.
Dos semanas después de lo sucedido cuando las cosas parecían estar más tranquilas y la rutina parecía haberse adecuado nuevamente a sus vidas, Gabriel encontró a su hermana tirada en el suelo del living con una bala en la cabeza, la sangre bañándole el cuerpo y un arma desconocida en la mano derecha.
Siempre despertaba bañado en sudor de la cabeza a los pies y sobresaltado. Se inclinaba en la cama y se pasaba la sábana por la cara para secarse el sudor, estiraba su brazo hasta abrir el cajón de la mesita de luz y sacaba una caja con puchos, se encendía uno mientras sentía que la nicotina lo “tranquilizaba”. Terminaba el pucho y se metía en la ducha para despertarse.
Desayunaba una dieta estricta que le había mandado el entrenador, después salía a correr una hora por el parque. Volvía a la casa se daba una ducha y tomaba un vaso grande de jugo de naranja recién exprimida.
El resto del día mataba el tiempo leyendo y oyendo música, hasta que se cumplieran las nueve. Hora en que se encontraba en el Gimnasio para enfrentarse a un saco de sesenta kilos, el punchin y a veces en el ring se enfrentaba a un ingenuo que se declarase voluntario. No se medía porque todos los socios del club de Boxeo eran de su barrio y al no saber quién era el responsable de lo que sentía se desahogaba aprovechando la oportunidad.
El tiempo pasaba y su dolor no hacía más que aumentar. Volvió a ganar otro título, pero ni la alegría del triunfo alcanzaba para enmendar su vida.
Dos
Un mediodía salió a correr por el parque, parecía estar poseído. Tenía el rostro colorado y cada vez corría con más fuerza más desbocado, dejando de lado la esquema del entrenamiento. Hasta que en un momento se llevó puesto (nunca mejor dicho) a un nene de cinco años, el salió volando como dos metros hacia uno de los costados y el niño quedó tendido sobre el camino de la cabecita le emanaba sangre. Al darse cuenta de lo sucedido e incorporarse corrió de inmediato hacia el niño, una mujer estaba llorando a mares sobre él y al verlo acercar lo puteó de arriba abajo. Gabriel no sabía cómo pedir disculpas y del jogin extrajo un celular llamando a una ambulancia.
La mujer quiso levantar al niño del piso y Gabriel se lo impidió porque la mujer que lo atendió desde el hospital le dijo que no lo movieran. A los cinco minutos llegó y Gabriel corrió a la camioneta para señalarles dónde estaba el niño y ellos se acercaron con una camilla y se lo llevaron, la mujer se subió a la ambulancia y antes de que arrancara Gabriel preguntó si lo llevaban al hospital a dónde llamó o a uno más cerca, le contestaron que lo llevaban al hospital al que llamó y arrancó con la sirena a todo volumen. Gabriel corrió detrás y después se metió por otro camino.
Cinco minutos después llegó al hospital y entró hasta toparse con la recepción dónde preguntó por el niño, pero no le facilitaron información porque su descripción era vaga y no tenía ningún parentesco con el niño.
Espero a ver en algún momento a la mujer y a los diez minutos la ve salir de una oficina llorando, se acercó a ella ofreciendo un pañuelo y nuevamente le pide perdón, le explica que no lo había visto, que venía pensando en otra cosa y la mujer le dio la cara vuelta de un sopapo. Gabriel bajó la cabeza, tenía los ojos rojos y la mujer lo abrazó sollozando.
Al tranquilizarse le contó que el niño había sufrido una conmoción cerebral por el golpe y como había perdido mucha sangre debido al golpe que se dio en la cabeza hacía falta una transfusión sanguínea.
El hombre se levantó y fue hacia una enfermera que vio remangándose la manga del buzo, le dijo que quería hacer una transfusión para el hijo de la mujer señalándola con la mirada.
Diez minutos más tarde le permitieron a la mujer entrar a la habitación donde se encontraba su hijo. En una cama estaba tendido el niño con el brazo izquierdo estirado junto a su cuerpo, tenía la cabeza vendada y del bracito salía una aguja con un tubito por el cual circulaba la sangre proveniente del brazo de Gabriel que estaba en la habitación en una cama al lado del niño. Estaba recostado con la cabeza apoyada en la almohada observando la cara del niño que parecía estar dormido.
La mujer se acercó al niño tocándole la mejilla, se sentó en la parte de debajo de la cama y le sostenía un piecito. Miró a Gabriel y le agradeció con la mirada, dejando pasar un poco de tiempo le preguntó cómo fue a coincidir con el grupo sanguíneo del hijo con el suyo queriendo hacerlo parecer un milagro. Gabriel la miró y cortándole el brillo de la ilusión le dijo que era “Cero positivo” (Grupo sanguíneo que puede donar a cualquier otro grupo de sangre) y la mujer suspiró volviendo la mirada hacia su hijo.
Media hora después despertó Gabriel inclinándose en la cama, se miró el brazo y lo vio vendado al igual que su pierna. Miro a la cama vecina y vio al niño y a la madre dormidos. Se incorporó y se acercó a la cama de la familia, observó al niño y le retiró el cabello de la frente. Se dio la vuelta y salió de la habitación.
Una enfermera lo vio salir del cuarto y lo frenó, diciéndole que no era conveniente que se moviera debido a la transfusión. No lo logró convencer de que permaneciera y se fue rengueando un poco.
Tres
Al día siguiente despertó un poco mareado y nuevamente sudado.
Se fue al baño y se arrancó el vendaje, entró a la bañera y se duchó, al terminar notó que le ardía la rodilla. Se sentó en la mesa de la cocina y se miró con más atención observando que alrededor de la herida tenía un color violeta oscuro con un poco de amarillo, se levantó puteándose por la infección agarrándose la frente.
Se puso un short y una remera, agarró las llaves y la billetera. Salió de su casa y al notar que le dolía bastante flexionar la pierna decidió llamar a un taxi.
Llegó muy rápido y al entrar al hospital se dirigió al lugar en donde lo habían atendido ayer. La enfermera lo hizo pasar y le revisó la herida. Lo vendó nuevamente y le recetó un medicamento para bajar la hinchazón de la herida. Al finalizar preguntó por el niño que ingresó ayer explicándole más o menos su caso, pero la muchacha le dijo que ella no cubrió el día de ayer y no sabía nada acerca del chico.
Así fue que abandonó el hospital, tomándose otro taxi que lo llevó a su casa.
Abrió la puerta y entró al living tirando las llaves sobre la mesa y recostándose en el sofá.
Minutos después se estiró hasta llegar al teléfono que estaba bajo la ventana a un metro de donde estaba él y discó, esperó y al atenderlo dijo que hoy faltaría al entrenamiento de las nueve, no dio explicaciones, pero sin duda alguna el receptor de sus palabras enmudeció porque Gabriel nunca había faltado a un entrenamiento.
Se tiró en la cama y durmió tres horas al despertar lo hizo como siempre … con la espalda empapada de sudor. Al recordar las pesadillas sintió un escalofrío recorrer a lo largo de todo su cuerpo lo cual lo impulso a meterse bajo la ducha y acallarlo.
Salió a la calle topándose con un vecino que lo miró de forma extraña y él no se amedrentó le aguantaba la mirada como desafiándolo sin palabras, el otro retrocedió y se dio la vuelta. Gabriel caminó hasta el parque y se sentó bajo un árbol, cerró los ojos y un pensamiento arrasado por el viento lo hizo pensar en el niño de cinco años, abrió los ojos mirando hacia los costados pensando que a lo mejor volvería a verlo, pero no fue así.
La noche se acercaba rápidamente sobre la ciudad. Gabriel se levantó y caminó lentamente hacia su departamento.
Cuatro
A la mañana siguiente volvió a cumplir la rutina de su entrenamiento y a la noche fue al local.
Gabriel estaba volviendo a su piso mientras que caminaba con una botella en la mano, un chico creyendo que estaba indefenso al verlo borracho se le acercó para robarle y salió vendiendo boletines tras una piña que le dio Gabriel.
En el barrio algunos lo miraban con lástima y otros con desprecio sentimiento que él notaba y que lo dejaban sacar sus conjeturas alrededor de la muerte de su hermana. Le faltaban las pruebas, pero cada vez estaba más convencido del culpable.
Al paso de tres meses Gabriel se encontraba frente a la bolsa dándole con todo. Un hombre de un metro noventa le agarró la bolsa y éste cegado le siguió dando sin haberse dado cuenta de la presencia de Roberto (su entrenador).
Entre bromas le dijo que lo iba por terminar de matar, Gabriel reaccionó y se frenó en seco preguntando qué había dicho, el otro rió y lo invitó a tomar una cerveza a la vuelta del Club.
Gabriel aceptó y caminaron hasta la esquina, pidieron dos cervezas y Roberto empezó a hablar y a hacer chistes, el otro sólo asentía con la cabeza y se mantenía en silencio.
El chico volvía al departamento, pero justo en la esquina lo agarra uno de los chicos que siempre lo miraba de reojo y poniéndolo contra la pared sosteniendo un pedazo de vidrio junto a su ojo lo amenazó con que no volviera a mirarlo de pesado. Gabriel se rió y el otro le asestó una piña en las costillas, quedó doblado en el piso puteándolo, mientras que el otro le pisó el cuello obligándolo a que permaneciera acostado y volvió a amenazarlo dándole la razón a ese pensamiento que él tanto había sospechado. Le dijo que si no quería terminar como su hermana mejor sería que se comportase y no hiciera macanas. Tras asestarle una patada en el estómago que asegurase que no se levantara se fue corriendo.
Gabriel se giró como pudo y agarrándose de la pared se levantó. Caminando despacio llegó al edificio y subió las escaleras quejosamente agarrándose el torax con la mano derecha y con la izquierda se agarró de la baranda de la escalera.
Escupía un poco de sangre, pero al llegar a su puerta abrió y se fue al baño. Se miró en el espejo, se lavó la cara y escupió más sangre enjuagándose la boca. Después se levantó el buzo con mucho dolor y vio que tenía un gran moratón en el lado izquierda de las costillas. Se fue al sillón y se recostó durmiéndose.
Cinco
A la noche del día siguiente se acercó al Club y Roberto salió a recibirlo. Al verlo no creyó lo que veían sus ojos. Jamás había visto a Gabriel así de golpeado y ¡eso que era boxeador!
Lo ayudó a pasar y lo hizo sentar en una silla de su oficina, cerró la puerta y se sentó frente a él. Tras servirle un vaso con agua le preguntó qué le había pasado, en un principio Gabriel se rehusaba a abrirse, pero Roberto exigió palabras como un de acuerdo para que siguiera boxeando (No sólo era su entrenador sino que también era su manager) fue entonces cuando Gabriel se confió en alguien y le contó pestañeos de su vida (lo cual era una información bestial para lo poco que hablaba) hasta llegar al porqué de los golpes que marcaban su cuerpo.
A Roberto lo dejó sin habla, entrecerrando los ojos le preguntó qué era lo que pensaba hacer, pero el chico no respondió.
Roberto lo llevó en su auto hasta la casa y lo ayudó a subir las escaleras. Mareado por el dolor le decía a Roberto que “él ¡sí era un verdadero amigo!” y al recostarlo en la cama se quedó frito enseguida.
El hombre se fue al living y vio que la casa era un despelote. Decidió quedarse un rato y le empezó a acomodar un poco el living. Ya había pasado media hora y él seguía ordenando hasta que se topó con la foto de una muchacha y sosteniéndola se sentó en el sofá.
De repente desde atrás oyó la voz de Gabriel que le dijo “¡Era hermosa la guacha!” y se sentó junto a él, Roberto se disculpó y el chico sacudió la cabeza y le agradeció por haber ordenado.
Pasó una semana y Gabriel se sentía mejor. Las placas que se hizo bajo la orden de Roberto demostraban que las heridas ya formaban parte del pasado y así convenció a su entrenador de que lo volviera a dejar entrenar.
Como todos los días volvió a correr una hora a la mañana, a hacer la dieta y a la noche se volvió a entrenar con bolsa, punchin y en ring para agarrar de nuevo el equilibrio.
Otra semana pasó y con ella llegó una llamada de una propuesta para pelear con un gordo que se hacía llamar “El Camaleón”. El manager vaciló, pero Gabriel lo convenció de aceptar.
Al cortar el teléfono le dijo que éste tipo no había perdido un solo combate, el chico apeló a que él tampoco y Roberto le dijo “¡Sí, pero él te lleva seis años más de experiencia!” Gabriel resopló sin darle importancia.
El combate sería dentro de dos semanas y el chico aprovechó el tiempo para entrenar más duro.
Seis
Seis de la mañana. Un cuerpo encorvado sobre la cama. El sudor bajando por la espalda. El frío notorio invadía la habitación.
Gabriel se levantó, se vistió y salió a correr. A la vuelta se tomó un vaso de jugo de naranja y se dio una ducha de agua fría.
Eran las siete de la tarde y estaba entrenando en el Club. Roberto lo ve y se le acerca, juntos se fueron al estadio porque dentro de una hora se liberaba el combate.
El entrenador le insistió que aún podía frenar la locura que estaba por cometer, pero cuando algo se le metía en la cabeza a Gabriel nadie podía hacerlo cambiar de opinión.
El reloj marcaba las ocho menos cinco. El Camaleón ya estaba en el ring, pero no había rastros de Gabriel. Ya se acercaba más la hora y en el último momento anuncian la salida del chico que se acercaba con Roberto detrás. Se subió al ring y se fue a su esquina.
El juez dio libre la pelea y comenzó pegando Gabriel, le asestó buenos golpes y desvió bien los intentos del grandote, de vez en cuando le daba en la cara, pero no le afectaron. El combate siguió, ya estaban en el cuarto round y parecía que El Camaleón no se levantaba más después del último golpe que le dio Gabriel, pero al darse la vuelta el chico para volver a su esquina lo perdió de vista y el otro aprovechó levantarse y pegarle en las costillas de lado izquierdo, Gabriel se encogió por el sorpresivo dolor y al querer reaccionar sintió como le volaban la cara hacia atrás.
El juez paró el combate y obligó al Camaleón ir a su esquina. Roberto saltó al ring y lo ayudo a sentarse en el banquito. Lo rezongaba por haberlo perdido de vista y le repitió que por más que esté en el piso nunca había que bajar la guardia, le limpió la cara con la toalla mojada y le preguntó por sus costillas, el chico dijo estar bien. El juez volvió a dar libre el combate.
Al finalizar la pelea Gabriel parecía sonreír, Roberto se asombró porque nunca lo había visto recibir tanta piña como aquella noche, pero ignoraba que las piñas a Gabriel le servían para castigarse por lo que él creía que fue su culpa.
Siete
Tres días después Gabriel estaba sentado en el banco del parque cerca de su casa mirando a dos chicos que parecían hermanos jugar. El varón era mayor que la nena, de repente se le fue la sonrisa que inspiró el verlos.
Una mujer se le acercó y le pidió sentarse, Gabriel dejó lugar.
-Veo que no te acordas de mí – dijo retirándose el pelo de la cara mientras le sonreía.
-Sí … sí la recuerdo a usted y a … al niño ¿cómo está? – preguntó ansioso Gabriel.
-Acá está … ¡saluda al señor, Bruno! – dijo agarrándole la mano al niño.
-Hola, Bruno ¿Cómo estás, chiquito? – preguntó hoscamente.
-Está bien … - el chico se dio vuelta y abrazó a la madre - … No le quedaron secuelas de aquello – contestó sonriendo la mujer, pero enseguida cambió de tema - … Pero a vos ¿qué te pasó? – preguntó viéndole la cara llena de moretones.
-Nada … Me alegro de que estén bien y perdóneme otra vez, señora – dijo levantándose.
-Está bien, pero no te vayas … - El chico se giró esperando que le dijera porqué motivo no quería que se fuera - … Ya veo que sos uno de los duros … - dijo sonriendo.
-Disculpe, nos vemos … - contestó seriamente y empezó a caminar.
-¡Espere! ... – dijo corriendo hacia él, porque ya para ese entonces había recorrido tres metros - … Quédese con nosotros por favor – dijo finalmente - … Mire si vuelve a pasar un loco y lo atropella a Bruno o a mí – dijo sonriendo logrando que Gabriel mostrara los dientes - ... Por favor acompáñenos … ¿Sí? – dijo con Bruno en los brazos. El chico aceptó y se volvió a sentar en el banco.
-¡No soy bueno con las palabras! – confesó tras cinco minutos de silencio.
-No pasa nada … El 6 de Junio Bruno cumple los seis años y le vamos a hacer una fiesta … Como soy madre soltera, no sé a qué viene eso – rió - … Voy a hacer la fiesta en mi casa ¿Nos queres acompañar? – preguntó ilusionada.
-Tal vez no pueda – contestó tímidamente.
-Ah no … no puede faltar a venir siendo quién le dio por segunda vez la vida a mi hijo …
-Y el primero en haber estado cerca de sacársela – respondió a su insistencia.
La mujer calló con cierto temor en los ojos y se frotó las manos.
-Perdone … no quise, no debí decir eso … - dijo viéndola de reojo.
-¿Me vas a contar con quién te golpeaste? – preguntó la mujer alegremente cambiando de tema.
-Fue … soy boxeador – sentenció finalmente.
-Ahh y yo bailarina de ballet … - se levantó - … No hace falta que me cuentes nada si no queres, realmente no quería joder ¡Bruno nos vamos, agarra tus cosas, amor!
-Por eso nunca hablo con nadie, nadie te cree … - volvió a levantarse y encaminó corriendo hacia la otra dirección.
Ya estaba a tres cuadras del parque y unos instantes después frenó al sentir unos gritos que venían detrás de él.
-Perdón … que estás entrenado se nota ahora, pero en serio perdóname, es que pensé que te molestaba y me querías sacar de encima – dijo la mujer agitada con Bruno en los brazos.
-No tiendo a mentir cuando hablo – respondió viéndola exhausta.- … ¡A tres cuadras está mi departamento! – afirmó sacándole al niño de los brazos para llevarlo sobre sus hombros.
Cuando llegaron subieron las escaleras y entraron a la casa.
Ocho
Gabriel acercó una jarra con dos vasos al living dónde se habían quedado la mujer y Bruno. Se disculpó otra vez yéndose al baño y cuando volvió vio que la mujer tenía la foto de su hermana entre las manos.
-¡Es muy linda! … ¿Es tu novia? – preguntó esperando oír una negativa.
-¡No! mi hermana – respondió acercándose al sillón.
-Ah … - dijo aliviada y sonriendo - ¿Dónde vive ella? – preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.
-Ya no vive … ¡Ya vuelvo! – dijo yéndose a la cocina. Al llegar se apoyó contra la pared y dejó caer un par de lágrimas que reprimía.
La mujer que se había quedado angustiada por su intromisión se levantó y fue hacia él, pidiéndole disculpas.
-No podía saberlo – dijo lavándose la cara para que no lo viese llorar.
-Pero igual … ¿Puedo ayudarte en algo? … Digo para la cena – dijo sonriendo - … ya que nos invitaste que sea con cena, no?
-Ah sí, claro, pero … no sé cocinar – dijo agarrando el teléfono.
-¿Y qué pensas hacer con ese teléfono? – preguntó la mujer.
-Llamar para que nos traigan algo del restaurante – respondió.
-No, ¡yo voy a cocinarles algo! – dijo ella metiéndose en la cocina - … ¿Dónde tenes las ollas?
-Eh … creo que ahí arriba … pero …
-Pero nada, del resto me encargo yo ¡Vos anda a cuidar de Bruno! – ordenó la mujer.
Media hora más tarde ya había olor a comida en el departamento. La mujer lavó los platos sucios y puso la mesa.
Los llamó y Gabriel dudoso se sentó a la mesa, empezaron a comer y el chico le dijo que estaba muy rica la cena. Bruno parecía tener una barba de spaguetti.
-No tenes muchas cosas comestibles, pero me las ingenié como pude … Me alegro de que te guste … Mira a Bruno parecen gustarle también. A propósito mi nombre es Paola …
-Ahh … - dijo mirando al chico.
-¿Y el tuyo cómo es? – preguntó ella tocándole el brazo para llamarle la atención.
-¡Gabriel! – contestó el chico, se levantó y sacó la mesa - … ¿Alguien quiere fruta? – preguntó asomándose bajo el umbral.
Tras otros instantes en el que Paola le sacó la edad y otros detalles de su vida se levantó entre carcajadas y dijo tener que irse porque tenía que acostar a Bruno, que ya era hora. Gabriel le dijo que la acompañaba y ella se sorprendió diciendo que no hacía falta, pero él insistió y la acompañó levantando a Bruno del suelo.
Al dejarla en su casa le pasó de brazo en brazo al niño que se había quedado dormido en sus brazos y se despidió.
Nueve
En la noche del día siguiente Gabriel estaba entrenándose y Roberto se le acercó al notarlo distraído, el chico le explicó que ayer había estado con una mujer y enseguida el entrenador abrió los ganchos aplaudiéndolo de manera cómplice. Gabriel quiso explicarle que no había sucedido nada de lo que se estaba imaginando, pero éste no quería oír explicaciones.
Sin dejar que terminase de explicarle Roberto le dio la noche libre y se podría decir que lo dejó de patitas en la calle sabiendo que el chico no iba a aceptar faltar a sus obligaciones.
Así que el chico ya en la calle empezó a caminar y se empezó a maquinar el bocho pensando en cómo funciona la mente del hombre, sacaba conjeturas y se armaba todo un gráfico, en algunos puntos lo disculpaba y en otras lo puteaba y lo maldecía y otras simplemente le daba lástima.
Llegó a la casa y al querer subir las escaleras vio una nota junto a la escalera con su nombre, se acercó a agarrar el papel y de la oscuridad salió el mismo tipo que le había asestado en una oportunidad un piñazo en las costillas y lo había amenazado. Gabriel dio un paso atrás poniéndose en posición de ataque y el chabón arrancó el papel de la escalera y le dijo antes de marcharse que había visto a la mujer que le había dejado la nota y le advirtió que tenga cuidado con sus pasos. Gabriel lo miró con odio queriendo advertirle que no se acercara a ella, pero para ese entonces el otro ya se había ido.
Subió las escaleras y entró apoyándose contra la puerta. Respiró profundamente y se acercó al teléfono, lo levantó y discó un número que tenía anotado en un papel verde pegado a la ventana.
-Hola – contestó la voz de una mujer.
-Hola Paola ¿Estás bien? – preguntó agitado.
-¡Sí, Gabriel! – contestó extrañada - … ¿y vos?
-Sí … ¿el nene? – preguntó respirando medianamente tranquilo.
-También ¿Por qué … - de repente preguntó de manera más seria - …Por qué, Gabriel?
-No te preocupes … a veces tiendo a exagerar. ¡No te molesto más! – dijo nervioso.
-Pará … Gabriel no me podes llamar preocupado por mi bien estar y el de Bruno y después querer hacer de cuenta que no pasó nada … ¿Qué pasa … Gabriel seguís ahí?
-¡Sí, acá estoy! … ¿Puedo ir para allá? … Quiero ver al nene – dijo humildemente.
-A veces no te entiendo, Gabriel … Obvio que podes venir. Te espero entonces, chau.
Diez
El chico se dio una ducha y después salió a la calle dirigiéndose bajo las estrellas hasta la casa de Paola y Bruno. Ya estando frente al edificio tocó el timbre y enseguida le abrieron, subió en el ascensor (a pesar de odiarlos) y golpeo la puerta al estar frente a ella.
Paola preguntó quién era y le abrió sonriendo. Entró y lo invitó al comedor en dónde Bruno aun jugaba con unos autos en el suelo frente a la chimenea. Gabriel se sentó junto a él y agarró uno de los autos.
La mujer le dijo que acababan de cenar, pero que si tenía hambre le calentaba un poco de la comida, el hombre dijo que sólo quería ver al nene y la mujer asintió con una sonrisa agachándose junto a ellos. Le acarició el pelo y orgullosa dijo que su hijito era un imán por lo lindo que era y le sonrió. El chico también sonrió, pero más nervioso.
-¡No salgas de la casa! – dijo dándose la vuelta agarrando a la mujer de los brazos.
-¿Qué pasa, Gabriel? Otra vez no te entiendo … ¿Qué es lo que pasa? Contamelo por favor …
Tras unos instantes silenciosos en los que el niño jugaba sin percatarse de lo que sucedía a su alrededor, mientras que la madre mantenía la calma para darle espacio a Gabriel de que sintiera confianza en ella y le contara el porqué de su nerviosismo.
El chico observaba a los dos jugando entre ellos sin prestarle atención a él. Fue así como de repente Gabriel soltó una lágrima y la mujer se levantó agarrando en brazos al niño, lo llevó a su cuarto, le cambió la ropa por el pijama y lo recostó en la cama. Volvió al comedor y se sentó en el piso junto al chico sin decir nada, sólo lo miraba a los ojos.
Sin explicación alguna Gabriel la abrazó fuertemente mientras derramaba un par de lágrimas, minutos después recuperó la compostura y se enderezó pidiéndole perdón, se secó las lágrimas avergonzado y se puso de pie. Paola lo agarró del brazo y lo obligó a mirarla.
Otro cuarto de hora pasó y él seguía mirándola a los ojos como buscando algo en ellos que hicieran rendir a la parte que se negaba a hablar de frente, mientras que la otra peleaba ciegamente por acallar sus pensamientos.
-¿Qué pasa? … nunca me habían mirado tanto y menos como lo estás haciendo … ¡Gabriel! – dijo sacudiéndolo con fuerza, pero delicadamente.
- … Hay un tipo que está atrás de mí y … no quiero que estés con miedo, Paola … Él te vio dejar una nota para mí en mí edificio … - contestaba mientras le temblaban las manos.
-¡Tranquilo, Gabriel, estás traspirando como un loco! … ¿Por qué decís que te persigue? – preguntó la mujer tratando de calmarlo.
-¡Porque me amenazo! – respondió contundentemente.
-Entonces hay que denunciarlo …
-A ese tipo no lo frenan los canas … ésos son de los que tienen vía libre ante los ojos de los milicos, Paola …
-¿Pero cómo fue que empezó … por qué te amenazo? – insistió ella.
- … Hay algo que no te conté … Hace año y medio murió mi hermana …
-Sí, Gabriel, eso me lo contaste – dijo corrigiendo la mujer.
-¡No! … no te lo conté … mi hermana se mató con un arma que no sé ¡no sabía de dónde había sacado! … y … ¡Yo la encontré! … estaba envuelta en sangre, dejó una nota pidiéndome disculpas por no ser tan fuerte como yo lo era, pero que ya nada tenía sentido para ella y también escribió que se sentía muerta en vida … Dos semanas antes había sido violada, pero durante ese tiempo parecía haberse normalizado todo … ¡No fue así! … Aún no puedo creer cómo fui capaz de dar por cerrado el tema y no tratar de hablar con ella, en vez de hacer de cuenta como que todo estaba bien … Hasta el día de hoy sé que fui el culpable de su muerte aunque me digan lo contrario … - tras un largo silencio en el que Paola no dijo nada por no poder creer la historia que estaba oyendo, Gabriel prosiguió - … ¡Y yo sé quién fue!
-¿A qué te referís? – preguntó Paola mirando con extrañeza.
-A que sé quién fue el hijo de puta que abusó de mi hermana – respondió con los ojos fríos.
-¿Y qué pensas hacer? Porque decís que la policía no te va a ayudar … - preguntó desconcertada apretándole la mano.
-No sé … - respondió mirando el piso.
Durante la noche Gabriel había estado devolviendo y con un espantoso ardor en el estómago. Se pasó toda la noche yendo al baño bañado en sudor.
Hubo momentos en que despertaba a Paola y ella lo acompañó en su malestar pasándole la mano por la espalda para calmarlo, diciéndole que ya iba a pasar.
Once
La madrugada llegó y Gabriel despertó viéndose abrazar a Paola, se enderezó tratando de no despertarla y se dirigió al baño. Entró y prendió la luz, vio en el espejo que tenía nuevamente la remera empapada de sudor y se la saco colgándola del palo de la ducha. Se lavó la cara e intentaba frenar la aceleración de su corazón.
Volvió al comedor y vio a la mujer recostada en el sofá. Se acercó a ella y le puso un brazo bajo las piernas y el otro bajo la nuca levantándola y se dirigió con ella al cuarto de la mujer, la recostó sobre la cama y después la tapo sacándole los zapatos.
Fue al cuarto de Bruno y vio que el niño seguía durmiendo, cerró la puerta.
Agarró su campera poniéndosela y fue a buscar la remera al baño, la metió en una bolsa de plástico y con mucho sigilo abandonó el departamento.
Estando ya a unas cuadras de su casa sentía la frente afiebrada y tambaleaba mareado. Finalmente llegó y metió la llave haciendo girar la cerradura y abrió la puerta. Fue hasta su cuarto tirando la bolsa sobre la cama y frenó junto a una cómoda, se agachó y del penúltimo cajón sacó algo envuelto en una remera verde gris. Cerró los ojos y recordó cómo adquirió lo que tenía entre las manos. Era de noche cuando salió del departamento dirigiéndose a un local de ventas de armas y allí la compró sin tener que dar constancia de tener licencia ni nada.
La desenvolvió y se quedó un momento observándola. Se puso de pie con el arma en la mano y se la enfundó en la parte de atrás del pantalón cubriéndola con la campera.
Salió del departamento dejando una nota sobre la mesa dirigida a Paola.
Caminó tres cuadras hasta entrar en un bar completamente a oscuras, se frenó y gritó el nombre de un hombre “¡Ramón Gutierrez!” éste se levantó de una mesa caminando hacia él y burlón le dijo que había entrado en la cueva del gato. Gabriel le bajó los sumos de amenazador diciéndole que tuviera los huevos de enfrentarlo afuera sin testigos, a lo cual sin duda alguna el otro reaccionó como un desafío y entró de una.
Salieron solos y se metieron en un callejón, el otro enseguida sacó un puñal del zapato y apuntándolo le avisó que éste sería el final. Gabriel sacó el chumbo detrás de su espalda y apuntándolo sin vacilación alguna apretó el gatillo, disparándole al medio del corazón. El otro voló hacia atrás dándose contra unos tachos de basura.
El chico se le acercó para verificar sus últimos segundos de vida y en eso le dijo –“¡Tenes razón … éste es el final! y ahora por fin recibís lo que te mereces, hijo de puta”. Gabriel dio un paso para atrás al ver que Ramón murió. Se giró y dio unos pasos hacia la calle, miró al cielo y cerró los ojos. Se metió la pistola en la boca y volvió a apretar el gatillo.
Doce
A las ocho de la mañana del día siguiente Paola recibe una llamada telefónica que la hace saltar de la cama, no estaba dormida. Levantó el tubo y desesperada preguntó “-¿Gabriel?”, del otro lado un policía le dice que llamaba de la Comisaría, lo cual la desesperó aún más al oír que hablaba por algo que tenía que ver con Gabriel.
El milico le explicó que la llamaba porque Gabriel tenía su número telefónico pegado a la ventana y que hasta el momento no encontraron a nadie que tuviera que ver con él, más que su número. Ella respondió agitada que no pasaba nada y le preguntó angustiada al recordar las últimas palabras que le oyó decir a Gabriel la noche anterior cuál era el motivo de su llamada, el oficial respondió que habían hallado el cuerpo sin vida de Gabriel junto a otro que estaba a tres metros de donde yacía él. Paola temblaba y casi dejó caer el tubo. El hombre le dijo que le tenía que entregar unas cosas y le pidió su dirección.
Paola estaba con el hijo sentada en el sillón acunándolo, mientras que ella dejaba que unas lágrimas se asomaran a sus ojos. Trataba de calmarse, pero era inútil. Notó que la muerte de aquel joven le afectó más de lo que pudo creer posible.
A las doce del mediodía tocaron el timbre de su casa y golpearon la puerta. La mujer que a ésa hora se encontraba en la cocina fue a atender y al llegar oyó la respuesta a quién se encontraba tras la puerta. Un hombre y una mujer vestidos de policías le pidieron autorización para entrar en la casa, ella se hizo a un lado y ambos entraron.
Paola les ofreció tomar algo y ellos se negaron cordialmente. El hombre sacó del chaleco una carta y una billetera dándoselos a Paola quién al sujetarlo comenzó a temblar.
Los oficiales se levantaron y se excusaron nuevamente por el lamentable suceso, la mujer dejando a Bruno sentado en el piso sobre la alfombra acompañó a los policías hasta la puerta y al cerrarla comenzó a llorar.
Fue hasta su cuarto para que no la viera su hijo y abrió el sobre.
“Si te llega ésta carta es porque habré alcanzado el objetivo que me marqué al perder a mi hermana. Perdóname … “sé como duele ésta frase”, perdóname por hacerte vivir todo esto … ¡no lo merecías! … Sos de las pocas personas en el mundo que conocí a la que no deberían lastimarla ni con el roce de una pluma y sin embargo he me aquí provocándote éste disgusto … Las mañanas me abrazaban empapadas en sudor recordándome a cada segundo lo que no debía olvidar por nada del mundo y no lo hice, pero hay fantasmas que sólo uno es capaz de callar … Gracias por todo, Paola. Gracias por hacerme vivir plenamente antes de morir”
Sus lágrimas mojaban el papel, lo dejó sobre la cama y agarró la billetera. Empezó a mirarla y encontró un carné de manejar, la cédula con una foto de Gabriel de dos años de antigüedad, un poco de plata y un carné de socio de un club de boxeadores el cuál la hizo estallar en llantos.
FIN.
Uno
Gabriel medía un metro con sesenta y nueve centímetros, pesaba setenta y seis kilos. Tenía el pelo oscuro, ojos fríos como si no tuviesen vida. De cuerpo robusto.
Entrenaba cada día a las nueve de la noche, tres horas diarias. A veces hasta lo veían salir del Gimnasio a las tres de la mañana.
Nunca, ni siquiera cuando dejaba el local a las tres de la mañana se lo veía cansado, ni se le notaba que estuviese agitado. Era como un animal que no se saciaba con nada de lo que hiciese para cansarse.
Vive solo en un piso en medio de la ciudad y en medio de la nada.
En su barrio había que tener cuidado con la gente que sin más te degollaba por un par de monedas o por verte con una barra de pan y querértela sacar. Los niños más chicos andaban también armados hasta los dientes y cuando se te acercaban era fijo que la ibas a quedar.
A Gabriel no le preocupaba caminar de noche por esas calles. Parecía como que ardía por tener un encontronazo con alguno, pero por algún motivo nadie se le acercaba.
Cada vez que peleaba un combate de Boxeo noqueaba al contrario sin dejarlo llegar al tercer round. Tenía un instinto casi animal de aniquilar al contrario sin siquiera dejar que éste le tocara un pelo. Nunca perdió un combate y a cambio ganó ocho títulos.
Era osco, de pocas palabras. Nunca se frenaba ante un reportaje, sólo lo hacía frente a la sonrisa de un niño o una niña que lograban milagrosamente un esbozo de sonrisa en su frío rostro.
Su comportamiento tenía una fácil y complicada explicación. Tenía una hermana cinco años menor que él que murió el año pasado, cuando él tenía 21. Al cumplir la niña 16 años fue violada por uno de los muchachos del vecindario, que aún no se sabe quién fue.
Dos semanas después de lo sucedido cuando las cosas parecían estar más tranquilas y la rutina parecía haberse adecuado nuevamente a sus vidas, Gabriel encontró a su hermana tirada en el suelo del living con una bala en la cabeza, la sangre bañándole el cuerpo y un arma desconocida en la mano derecha.
Siempre despertaba bañado en sudor de la cabeza a los pies y sobresaltado. Se inclinaba en la cama y se pasaba la sábana por la cara para secarse el sudor, estiraba su brazo hasta abrir el cajón de la mesita de luz y sacaba una caja con puchos, se encendía uno mientras sentía que la nicotina lo “tranquilizaba”. Terminaba el pucho y se metía en la ducha para despertarse.
Desayunaba una dieta estricta que le había mandado el entrenador, después salía a correr una hora por el parque. Volvía a la casa se daba una ducha y tomaba un vaso grande de jugo de naranja recién exprimida.
El resto del día mataba el tiempo leyendo y oyendo música, hasta que se cumplieran las nueve. Hora en que se encontraba en el Gimnasio para enfrentarse a un saco de sesenta kilos, el punchin y a veces en el ring se enfrentaba a un ingenuo que se declarase voluntario. No se medía porque todos los socios del club de Boxeo eran de su barrio y al no saber quién era el responsable de lo que sentía se desahogaba aprovechando la oportunidad.
El tiempo pasaba y su dolor no hacía más que aumentar. Volvió a ganar otro título, pero ni la alegría del triunfo alcanzaba para enmendar su vida.
Dos
Un mediodía salió a correr por el parque, parecía estar poseído. Tenía el rostro colorado y cada vez corría con más fuerza más desbocado, dejando de lado la esquema del entrenamiento. Hasta que en un momento se llevó puesto (nunca mejor dicho) a un nene de cinco años, el salió volando como dos metros hacia uno de los costados y el niño quedó tendido sobre el camino de la cabecita le emanaba sangre. Al darse cuenta de lo sucedido e incorporarse corrió de inmediato hacia el niño, una mujer estaba llorando a mares sobre él y al verlo acercar lo puteó de arriba abajo. Gabriel no sabía cómo pedir disculpas y del jogin extrajo un celular llamando a una ambulancia.
La mujer quiso levantar al niño del piso y Gabriel se lo impidió porque la mujer que lo atendió desde el hospital le dijo que no lo movieran. A los cinco minutos llegó y Gabriel corrió a la camioneta para señalarles dónde estaba el niño y ellos se acercaron con una camilla y se lo llevaron, la mujer se subió a la ambulancia y antes de que arrancara Gabriel preguntó si lo llevaban al hospital a dónde llamó o a uno más cerca, le contestaron que lo llevaban al hospital al que llamó y arrancó con la sirena a todo volumen. Gabriel corrió detrás y después se metió por otro camino.
Cinco minutos después llegó al hospital y entró hasta toparse con la recepción dónde preguntó por el niño, pero no le facilitaron información porque su descripción era vaga y no tenía ningún parentesco con el niño.
Espero a ver en algún momento a la mujer y a los diez minutos la ve salir de una oficina llorando, se acercó a ella ofreciendo un pañuelo y nuevamente le pide perdón, le explica que no lo había visto, que venía pensando en otra cosa y la mujer le dio la cara vuelta de un sopapo. Gabriel bajó la cabeza, tenía los ojos rojos y la mujer lo abrazó sollozando.
Al tranquilizarse le contó que el niño había sufrido una conmoción cerebral por el golpe y como había perdido mucha sangre debido al golpe que se dio en la cabeza hacía falta una transfusión sanguínea.
El hombre se levantó y fue hacia una enfermera que vio remangándose la manga del buzo, le dijo que quería hacer una transfusión para el hijo de la mujer señalándola con la mirada.
Diez minutos más tarde le permitieron a la mujer entrar a la habitación donde se encontraba su hijo. En una cama estaba tendido el niño con el brazo izquierdo estirado junto a su cuerpo, tenía la cabeza vendada y del bracito salía una aguja con un tubito por el cual circulaba la sangre proveniente del brazo de Gabriel que estaba en la habitación en una cama al lado del niño. Estaba recostado con la cabeza apoyada en la almohada observando la cara del niño que parecía estar dormido.
La mujer se acercó al niño tocándole la mejilla, se sentó en la parte de debajo de la cama y le sostenía un piecito. Miró a Gabriel y le agradeció con la mirada, dejando pasar un poco de tiempo le preguntó cómo fue a coincidir con el grupo sanguíneo del hijo con el suyo queriendo hacerlo parecer un milagro. Gabriel la miró y cortándole el brillo de la ilusión le dijo que era “Cero positivo” (Grupo sanguíneo que puede donar a cualquier otro grupo de sangre) y la mujer suspiró volviendo la mirada hacia su hijo.
Media hora después despertó Gabriel inclinándose en la cama, se miró el brazo y lo vio vendado al igual que su pierna. Miro a la cama vecina y vio al niño y a la madre dormidos. Se incorporó y se acercó a la cama de la familia, observó al niño y le retiró el cabello de la frente. Se dio la vuelta y salió de la habitación.
Una enfermera lo vio salir del cuarto y lo frenó, diciéndole que no era conveniente que se moviera debido a la transfusión. No lo logró convencer de que permaneciera y se fue rengueando un poco.
Tres
Al día siguiente despertó un poco mareado y nuevamente sudado.
Se fue al baño y se arrancó el vendaje, entró a la bañera y se duchó, al terminar notó que le ardía la rodilla. Se sentó en la mesa de la cocina y se miró con más atención observando que alrededor de la herida tenía un color violeta oscuro con un poco de amarillo, se levantó puteándose por la infección agarrándose la frente.
Se puso un short y una remera, agarró las llaves y la billetera. Salió de su casa y al notar que le dolía bastante flexionar la pierna decidió llamar a un taxi.
Llegó muy rápido y al entrar al hospital se dirigió al lugar en donde lo habían atendido ayer. La enfermera lo hizo pasar y le revisó la herida. Lo vendó nuevamente y le recetó un medicamento para bajar la hinchazón de la herida. Al finalizar preguntó por el niño que ingresó ayer explicándole más o menos su caso, pero la muchacha le dijo que ella no cubrió el día de ayer y no sabía nada acerca del chico.
Así fue que abandonó el hospital, tomándose otro taxi que lo llevó a su casa.
Abrió la puerta y entró al living tirando las llaves sobre la mesa y recostándose en el sofá.
Minutos después se estiró hasta llegar al teléfono que estaba bajo la ventana a un metro de donde estaba él y discó, esperó y al atenderlo dijo que hoy faltaría al entrenamiento de las nueve, no dio explicaciones, pero sin duda alguna el receptor de sus palabras enmudeció porque Gabriel nunca había faltado a un entrenamiento.
Se tiró en la cama y durmió tres horas al despertar lo hizo como siempre … con la espalda empapada de sudor. Al recordar las pesadillas sintió un escalofrío recorrer a lo largo de todo su cuerpo lo cual lo impulso a meterse bajo la ducha y acallarlo.
Salió a la calle topándose con un vecino que lo miró de forma extraña y él no se amedrentó le aguantaba la mirada como desafiándolo sin palabras, el otro retrocedió y se dio la vuelta. Gabriel caminó hasta el parque y se sentó bajo un árbol, cerró los ojos y un pensamiento arrasado por el viento lo hizo pensar en el niño de cinco años, abrió los ojos mirando hacia los costados pensando que a lo mejor volvería a verlo, pero no fue así.
La noche se acercaba rápidamente sobre la ciudad. Gabriel se levantó y caminó lentamente hacia su departamento.
Cuatro
A la mañana siguiente volvió a cumplir la rutina de su entrenamiento y a la noche fue al local.
Gabriel estaba volviendo a su piso mientras que caminaba con una botella en la mano, un chico creyendo que estaba indefenso al verlo borracho se le acercó para robarle y salió vendiendo boletines tras una piña que le dio Gabriel.
En el barrio algunos lo miraban con lástima y otros con desprecio sentimiento que él notaba y que lo dejaban sacar sus conjeturas alrededor de la muerte de su hermana. Le faltaban las pruebas, pero cada vez estaba más convencido del culpable.
Al paso de tres meses Gabriel se encontraba frente a la bolsa dándole con todo. Un hombre de un metro noventa le agarró la bolsa y éste cegado le siguió dando sin haberse dado cuenta de la presencia de Roberto (su entrenador).
Entre bromas le dijo que lo iba por terminar de matar, Gabriel reaccionó y se frenó en seco preguntando qué había dicho, el otro rió y lo invitó a tomar una cerveza a la vuelta del Club.
Gabriel aceptó y caminaron hasta la esquina, pidieron dos cervezas y Roberto empezó a hablar y a hacer chistes, el otro sólo asentía con la cabeza y se mantenía en silencio.
El chico volvía al departamento, pero justo en la esquina lo agarra uno de los chicos que siempre lo miraba de reojo y poniéndolo contra la pared sosteniendo un pedazo de vidrio junto a su ojo lo amenazó con que no volviera a mirarlo de pesado. Gabriel se rió y el otro le asestó una piña en las costillas, quedó doblado en el piso puteándolo, mientras que el otro le pisó el cuello obligándolo a que permaneciera acostado y volvió a amenazarlo dándole la razón a ese pensamiento que él tanto había sospechado. Le dijo que si no quería terminar como su hermana mejor sería que se comportase y no hiciera macanas. Tras asestarle una patada en el estómago que asegurase que no se levantara se fue corriendo.
Gabriel se giró como pudo y agarrándose de la pared se levantó. Caminando despacio llegó al edificio y subió las escaleras quejosamente agarrándose el torax con la mano derecha y con la izquierda se agarró de la baranda de la escalera.
Escupía un poco de sangre, pero al llegar a su puerta abrió y se fue al baño. Se miró en el espejo, se lavó la cara y escupió más sangre enjuagándose la boca. Después se levantó el buzo con mucho dolor y vio que tenía un gran moratón en el lado izquierda de las costillas. Se fue al sillón y se recostó durmiéndose.
Cinco
A la noche del día siguiente se acercó al Club y Roberto salió a recibirlo. Al verlo no creyó lo que veían sus ojos. Jamás había visto a Gabriel así de golpeado y ¡eso que era boxeador!
Lo ayudó a pasar y lo hizo sentar en una silla de su oficina, cerró la puerta y se sentó frente a él. Tras servirle un vaso con agua le preguntó qué le había pasado, en un principio Gabriel se rehusaba a abrirse, pero Roberto exigió palabras como un de acuerdo para que siguiera boxeando (No sólo era su entrenador sino que también era su manager) fue entonces cuando Gabriel se confió en alguien y le contó pestañeos de su vida (lo cual era una información bestial para lo poco que hablaba) hasta llegar al porqué de los golpes que marcaban su cuerpo.
A Roberto lo dejó sin habla, entrecerrando los ojos le preguntó qué era lo que pensaba hacer, pero el chico no respondió.
Roberto lo llevó en su auto hasta la casa y lo ayudó a subir las escaleras. Mareado por el dolor le decía a Roberto que “él ¡sí era un verdadero amigo!” y al recostarlo en la cama se quedó frito enseguida.
El hombre se fue al living y vio que la casa era un despelote. Decidió quedarse un rato y le empezó a acomodar un poco el living. Ya había pasado media hora y él seguía ordenando hasta que se topó con la foto de una muchacha y sosteniéndola se sentó en el sofá.
De repente desde atrás oyó la voz de Gabriel que le dijo “¡Era hermosa la guacha!” y se sentó junto a él, Roberto se disculpó y el chico sacudió la cabeza y le agradeció por haber ordenado.
Pasó una semana y Gabriel se sentía mejor. Las placas que se hizo bajo la orden de Roberto demostraban que las heridas ya formaban parte del pasado y así convenció a su entrenador de que lo volviera a dejar entrenar.
Como todos los días volvió a correr una hora a la mañana, a hacer la dieta y a la noche se volvió a entrenar con bolsa, punchin y en ring para agarrar de nuevo el equilibrio.
Otra semana pasó y con ella llegó una llamada de una propuesta para pelear con un gordo que se hacía llamar “El Camaleón”. El manager vaciló, pero Gabriel lo convenció de aceptar.
Al cortar el teléfono le dijo que éste tipo no había perdido un solo combate, el chico apeló a que él tampoco y Roberto le dijo “¡Sí, pero él te lleva seis años más de experiencia!” Gabriel resopló sin darle importancia.
El combate sería dentro de dos semanas y el chico aprovechó el tiempo para entrenar más duro.
Seis
Seis de la mañana. Un cuerpo encorvado sobre la cama. El sudor bajando por la espalda. El frío notorio invadía la habitación.
Gabriel se levantó, se vistió y salió a correr. A la vuelta se tomó un vaso de jugo de naranja y se dio una ducha de agua fría.
Eran las siete de la tarde y estaba entrenando en el Club. Roberto lo ve y se le acerca, juntos se fueron al estadio porque dentro de una hora se liberaba el combate.
El entrenador le insistió que aún podía frenar la locura que estaba por cometer, pero cuando algo se le metía en la cabeza a Gabriel nadie podía hacerlo cambiar de opinión.
El reloj marcaba las ocho menos cinco. El Camaleón ya estaba en el ring, pero no había rastros de Gabriel. Ya se acercaba más la hora y en el último momento anuncian la salida del chico que se acercaba con Roberto detrás. Se subió al ring y se fue a su esquina.
El juez dio libre la pelea y comenzó pegando Gabriel, le asestó buenos golpes y desvió bien los intentos del grandote, de vez en cuando le daba en la cara, pero no le afectaron. El combate siguió, ya estaban en el cuarto round y parecía que El Camaleón no se levantaba más después del último golpe que le dio Gabriel, pero al darse la vuelta el chico para volver a su esquina lo perdió de vista y el otro aprovechó levantarse y pegarle en las costillas de lado izquierdo, Gabriel se encogió por el sorpresivo dolor y al querer reaccionar sintió como le volaban la cara hacia atrás.
El juez paró el combate y obligó al Camaleón ir a su esquina. Roberto saltó al ring y lo ayudo a sentarse en el banquito. Lo rezongaba por haberlo perdido de vista y le repitió que por más que esté en el piso nunca había que bajar la guardia, le limpió la cara con la toalla mojada y le preguntó por sus costillas, el chico dijo estar bien. El juez volvió a dar libre el combate.
Al finalizar la pelea Gabriel parecía sonreír, Roberto se asombró porque nunca lo había visto recibir tanta piña como aquella noche, pero ignoraba que las piñas a Gabriel le servían para castigarse por lo que él creía que fue su culpa.
Siete
Tres días después Gabriel estaba sentado en el banco del parque cerca de su casa mirando a dos chicos que parecían hermanos jugar. El varón era mayor que la nena, de repente se le fue la sonrisa que inspiró el verlos.
Una mujer se le acercó y le pidió sentarse, Gabriel dejó lugar.
-Veo que no te acordas de mí – dijo retirándose el pelo de la cara mientras le sonreía.
-Sí … sí la recuerdo a usted y a … al niño ¿cómo está? – preguntó ansioso Gabriel.
-Acá está … ¡saluda al señor, Bruno! – dijo agarrándole la mano al niño.
-Hola, Bruno ¿Cómo estás, chiquito? – preguntó hoscamente.
-Está bien … - el chico se dio vuelta y abrazó a la madre - … No le quedaron secuelas de aquello – contestó sonriendo la mujer, pero enseguida cambió de tema - … Pero a vos ¿qué te pasó? – preguntó viéndole la cara llena de moretones.
-Nada … Me alegro de que estén bien y perdóneme otra vez, señora – dijo levantándose.
-Está bien, pero no te vayas … - El chico se giró esperando que le dijera porqué motivo no quería que se fuera - … Ya veo que sos uno de los duros … - dijo sonriendo.
-Disculpe, nos vemos … - contestó seriamente y empezó a caminar.
-¡Espere! ... – dijo corriendo hacia él, porque ya para ese entonces había recorrido tres metros - … Quédese con nosotros por favor – dijo finalmente - … Mire si vuelve a pasar un loco y lo atropella a Bruno o a mí – dijo sonriendo logrando que Gabriel mostrara los dientes - ... Por favor acompáñenos … ¿Sí? – dijo con Bruno en los brazos. El chico aceptó y se volvió a sentar en el banco.
-¡No soy bueno con las palabras! – confesó tras cinco minutos de silencio.
-No pasa nada … El 6 de Junio Bruno cumple los seis años y le vamos a hacer una fiesta … Como soy madre soltera, no sé a qué viene eso – rió - … Voy a hacer la fiesta en mi casa ¿Nos queres acompañar? – preguntó ilusionada.
-Tal vez no pueda – contestó tímidamente.
-Ah no … no puede faltar a venir siendo quién le dio por segunda vez la vida a mi hijo …
-Y el primero en haber estado cerca de sacársela – respondió a su insistencia.
La mujer calló con cierto temor en los ojos y se frotó las manos.
-Perdone … no quise, no debí decir eso … - dijo viéndola de reojo.
-¿Me vas a contar con quién te golpeaste? – preguntó la mujer alegremente cambiando de tema.
-Fue … soy boxeador – sentenció finalmente.
-Ahh y yo bailarina de ballet … - se levantó - … No hace falta que me cuentes nada si no queres, realmente no quería joder ¡Bruno nos vamos, agarra tus cosas, amor!
-Por eso nunca hablo con nadie, nadie te cree … - volvió a levantarse y encaminó corriendo hacia la otra dirección.
Ya estaba a tres cuadras del parque y unos instantes después frenó al sentir unos gritos que venían detrás de él.
-Perdón … que estás entrenado se nota ahora, pero en serio perdóname, es que pensé que te molestaba y me querías sacar de encima – dijo la mujer agitada con Bruno en los brazos.
-No tiendo a mentir cuando hablo – respondió viéndola exhausta.- … ¡A tres cuadras está mi departamento! – afirmó sacándole al niño de los brazos para llevarlo sobre sus hombros.
Cuando llegaron subieron las escaleras y entraron a la casa.
Ocho
Gabriel acercó una jarra con dos vasos al living dónde se habían quedado la mujer y Bruno. Se disculpó otra vez yéndose al baño y cuando volvió vio que la mujer tenía la foto de su hermana entre las manos.
-¡Es muy linda! … ¿Es tu novia? – preguntó esperando oír una negativa.
-¡No! mi hermana – respondió acercándose al sillón.
-Ah … - dijo aliviada y sonriendo - ¿Dónde vive ella? – preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.
-Ya no vive … ¡Ya vuelvo! – dijo yéndose a la cocina. Al llegar se apoyó contra la pared y dejó caer un par de lágrimas que reprimía.
La mujer que se había quedado angustiada por su intromisión se levantó y fue hacia él, pidiéndole disculpas.
-No podía saberlo – dijo lavándose la cara para que no lo viese llorar.
-Pero igual … ¿Puedo ayudarte en algo? … Digo para la cena – dijo sonriendo - … ya que nos invitaste que sea con cena, no?
-Ah sí, claro, pero … no sé cocinar – dijo agarrando el teléfono.
-¿Y qué pensas hacer con ese teléfono? – preguntó la mujer.
-Llamar para que nos traigan algo del restaurante – respondió.
-No, ¡yo voy a cocinarles algo! – dijo ella metiéndose en la cocina - … ¿Dónde tenes las ollas?
-Eh … creo que ahí arriba … pero …
-Pero nada, del resto me encargo yo ¡Vos anda a cuidar de Bruno! – ordenó la mujer.
Media hora más tarde ya había olor a comida en el departamento. La mujer lavó los platos sucios y puso la mesa.
Los llamó y Gabriel dudoso se sentó a la mesa, empezaron a comer y el chico le dijo que estaba muy rica la cena. Bruno parecía tener una barba de spaguetti.
-No tenes muchas cosas comestibles, pero me las ingenié como pude … Me alegro de que te guste … Mira a Bruno parecen gustarle también. A propósito mi nombre es Paola …
-Ahh … - dijo mirando al chico.
-¿Y el tuyo cómo es? – preguntó ella tocándole el brazo para llamarle la atención.
-¡Gabriel! – contestó el chico, se levantó y sacó la mesa - … ¿Alguien quiere fruta? – preguntó asomándose bajo el umbral.
Tras otros instantes en el que Paola le sacó la edad y otros detalles de su vida se levantó entre carcajadas y dijo tener que irse porque tenía que acostar a Bruno, que ya era hora. Gabriel le dijo que la acompañaba y ella se sorprendió diciendo que no hacía falta, pero él insistió y la acompañó levantando a Bruno del suelo.
Al dejarla en su casa le pasó de brazo en brazo al niño que se había quedado dormido en sus brazos y se despidió.
Nueve
En la noche del día siguiente Gabriel estaba entrenándose y Roberto se le acercó al notarlo distraído, el chico le explicó que ayer había estado con una mujer y enseguida el entrenador abrió los ganchos aplaudiéndolo de manera cómplice. Gabriel quiso explicarle que no había sucedido nada de lo que se estaba imaginando, pero éste no quería oír explicaciones.
Sin dejar que terminase de explicarle Roberto le dio la noche libre y se podría decir que lo dejó de patitas en la calle sabiendo que el chico no iba a aceptar faltar a sus obligaciones.
Así que el chico ya en la calle empezó a caminar y se empezó a maquinar el bocho pensando en cómo funciona la mente del hombre, sacaba conjeturas y se armaba todo un gráfico, en algunos puntos lo disculpaba y en otras lo puteaba y lo maldecía y otras simplemente le daba lástima.
Llegó a la casa y al querer subir las escaleras vio una nota junto a la escalera con su nombre, se acercó a agarrar el papel y de la oscuridad salió el mismo tipo que le había asestado en una oportunidad un piñazo en las costillas y lo había amenazado. Gabriel dio un paso atrás poniéndose en posición de ataque y el chabón arrancó el papel de la escalera y le dijo antes de marcharse que había visto a la mujer que le había dejado la nota y le advirtió que tenga cuidado con sus pasos. Gabriel lo miró con odio queriendo advertirle que no se acercara a ella, pero para ese entonces el otro ya se había ido.
Subió las escaleras y entró apoyándose contra la puerta. Respiró profundamente y se acercó al teléfono, lo levantó y discó un número que tenía anotado en un papel verde pegado a la ventana.
-Hola – contestó la voz de una mujer.
-Hola Paola ¿Estás bien? – preguntó agitado.
-¡Sí, Gabriel! – contestó extrañada - … ¿y vos?
-Sí … ¿el nene? – preguntó respirando medianamente tranquilo.
-También ¿Por qué … - de repente preguntó de manera más seria - …Por qué, Gabriel?
-No te preocupes … a veces tiendo a exagerar. ¡No te molesto más! – dijo nervioso.
-Pará … Gabriel no me podes llamar preocupado por mi bien estar y el de Bruno y después querer hacer de cuenta que no pasó nada … ¿Qué pasa … Gabriel seguís ahí?
-¡Sí, acá estoy! … ¿Puedo ir para allá? … Quiero ver al nene – dijo humildemente.
-A veces no te entiendo, Gabriel … Obvio que podes venir. Te espero entonces, chau.
Diez
El chico se dio una ducha y después salió a la calle dirigiéndose bajo las estrellas hasta la casa de Paola y Bruno. Ya estando frente al edificio tocó el timbre y enseguida le abrieron, subió en el ascensor (a pesar de odiarlos) y golpeo la puerta al estar frente a ella.
Paola preguntó quién era y le abrió sonriendo. Entró y lo invitó al comedor en dónde Bruno aun jugaba con unos autos en el suelo frente a la chimenea. Gabriel se sentó junto a él y agarró uno de los autos.
La mujer le dijo que acababan de cenar, pero que si tenía hambre le calentaba un poco de la comida, el hombre dijo que sólo quería ver al nene y la mujer asintió con una sonrisa agachándose junto a ellos. Le acarició el pelo y orgullosa dijo que su hijito era un imán por lo lindo que era y le sonrió. El chico también sonrió, pero más nervioso.
-¡No salgas de la casa! – dijo dándose la vuelta agarrando a la mujer de los brazos.
-¿Qué pasa, Gabriel? Otra vez no te entiendo … ¿Qué es lo que pasa? Contamelo por favor …
Tras unos instantes silenciosos en los que el niño jugaba sin percatarse de lo que sucedía a su alrededor, mientras que la madre mantenía la calma para darle espacio a Gabriel de que sintiera confianza en ella y le contara el porqué de su nerviosismo.
El chico observaba a los dos jugando entre ellos sin prestarle atención a él. Fue así como de repente Gabriel soltó una lágrima y la mujer se levantó agarrando en brazos al niño, lo llevó a su cuarto, le cambió la ropa por el pijama y lo recostó en la cama. Volvió al comedor y se sentó en el piso junto al chico sin decir nada, sólo lo miraba a los ojos.
Sin explicación alguna Gabriel la abrazó fuertemente mientras derramaba un par de lágrimas, minutos después recuperó la compostura y se enderezó pidiéndole perdón, se secó las lágrimas avergonzado y se puso de pie. Paola lo agarró del brazo y lo obligó a mirarla.
Otro cuarto de hora pasó y él seguía mirándola a los ojos como buscando algo en ellos que hicieran rendir a la parte que se negaba a hablar de frente, mientras que la otra peleaba ciegamente por acallar sus pensamientos.
-¿Qué pasa? … nunca me habían mirado tanto y menos como lo estás haciendo … ¡Gabriel! – dijo sacudiéndolo con fuerza, pero delicadamente.
- … Hay un tipo que está atrás de mí y … no quiero que estés con miedo, Paola … Él te vio dejar una nota para mí en mí edificio … - contestaba mientras le temblaban las manos.
-¡Tranquilo, Gabriel, estás traspirando como un loco! … ¿Por qué decís que te persigue? – preguntó la mujer tratando de calmarlo.
-¡Porque me amenazo! – respondió contundentemente.
-Entonces hay que denunciarlo …
-A ese tipo no lo frenan los canas … ésos son de los que tienen vía libre ante los ojos de los milicos, Paola …
-¿Pero cómo fue que empezó … por qué te amenazo? – insistió ella.
- … Hay algo que no te conté … Hace año y medio murió mi hermana …
-Sí, Gabriel, eso me lo contaste – dijo corrigiendo la mujer.
-¡No! … no te lo conté … mi hermana se mató con un arma que no sé ¡no sabía de dónde había sacado! … y … ¡Yo la encontré! … estaba envuelta en sangre, dejó una nota pidiéndome disculpas por no ser tan fuerte como yo lo era, pero que ya nada tenía sentido para ella y también escribió que se sentía muerta en vida … Dos semanas antes había sido violada, pero durante ese tiempo parecía haberse normalizado todo … ¡No fue así! … Aún no puedo creer cómo fui capaz de dar por cerrado el tema y no tratar de hablar con ella, en vez de hacer de cuenta como que todo estaba bien … Hasta el día de hoy sé que fui el culpable de su muerte aunque me digan lo contrario … - tras un largo silencio en el que Paola no dijo nada por no poder creer la historia que estaba oyendo, Gabriel prosiguió - … ¡Y yo sé quién fue!
-¿A qué te referís? – preguntó Paola mirando con extrañeza.
-A que sé quién fue el hijo de puta que abusó de mi hermana – respondió con los ojos fríos.
-¿Y qué pensas hacer? Porque decís que la policía no te va a ayudar … - preguntó desconcertada apretándole la mano.
-No sé … - respondió mirando el piso.
Durante la noche Gabriel había estado devolviendo y con un espantoso ardor en el estómago. Se pasó toda la noche yendo al baño bañado en sudor.
Hubo momentos en que despertaba a Paola y ella lo acompañó en su malestar pasándole la mano por la espalda para calmarlo, diciéndole que ya iba a pasar.
Once
La madrugada llegó y Gabriel despertó viéndose abrazar a Paola, se enderezó tratando de no despertarla y se dirigió al baño. Entró y prendió la luz, vio en el espejo que tenía nuevamente la remera empapada de sudor y se la saco colgándola del palo de la ducha. Se lavó la cara e intentaba frenar la aceleración de su corazón.
Volvió al comedor y vio a la mujer recostada en el sofá. Se acercó a ella y le puso un brazo bajo las piernas y el otro bajo la nuca levantándola y se dirigió con ella al cuarto de la mujer, la recostó sobre la cama y después la tapo sacándole los zapatos.
Fue al cuarto de Bruno y vio que el niño seguía durmiendo, cerró la puerta.
Agarró su campera poniéndosela y fue a buscar la remera al baño, la metió en una bolsa de plástico y con mucho sigilo abandonó el departamento.
Estando ya a unas cuadras de su casa sentía la frente afiebrada y tambaleaba mareado. Finalmente llegó y metió la llave haciendo girar la cerradura y abrió la puerta. Fue hasta su cuarto tirando la bolsa sobre la cama y frenó junto a una cómoda, se agachó y del penúltimo cajón sacó algo envuelto en una remera verde gris. Cerró los ojos y recordó cómo adquirió lo que tenía entre las manos. Era de noche cuando salió del departamento dirigiéndose a un local de ventas de armas y allí la compró sin tener que dar constancia de tener licencia ni nada.
La desenvolvió y se quedó un momento observándola. Se puso de pie con el arma en la mano y se la enfundó en la parte de atrás del pantalón cubriéndola con la campera.
Salió del departamento dejando una nota sobre la mesa dirigida a Paola.
Caminó tres cuadras hasta entrar en un bar completamente a oscuras, se frenó y gritó el nombre de un hombre “¡Ramón Gutierrez!” éste se levantó de una mesa caminando hacia él y burlón le dijo que había entrado en la cueva del gato. Gabriel le bajó los sumos de amenazador diciéndole que tuviera los huevos de enfrentarlo afuera sin testigos, a lo cual sin duda alguna el otro reaccionó como un desafío y entró de una.
Salieron solos y se metieron en un callejón, el otro enseguida sacó un puñal del zapato y apuntándolo le avisó que éste sería el final. Gabriel sacó el chumbo detrás de su espalda y apuntándolo sin vacilación alguna apretó el gatillo, disparándole al medio del corazón. El otro voló hacia atrás dándose contra unos tachos de basura.
El chico se le acercó para verificar sus últimos segundos de vida y en eso le dijo –“¡Tenes razón … éste es el final! y ahora por fin recibís lo que te mereces, hijo de puta”. Gabriel dio un paso para atrás al ver que Ramón murió. Se giró y dio unos pasos hacia la calle, miró al cielo y cerró los ojos. Se metió la pistola en la boca y volvió a apretar el gatillo.
Doce
A las ocho de la mañana del día siguiente Paola recibe una llamada telefónica que la hace saltar de la cama, no estaba dormida. Levantó el tubo y desesperada preguntó “-¿Gabriel?”, del otro lado un policía le dice que llamaba de la Comisaría, lo cual la desesperó aún más al oír que hablaba por algo que tenía que ver con Gabriel.
El milico le explicó que la llamaba porque Gabriel tenía su número telefónico pegado a la ventana y que hasta el momento no encontraron a nadie que tuviera que ver con él, más que su número. Ella respondió agitada que no pasaba nada y le preguntó angustiada al recordar las últimas palabras que le oyó decir a Gabriel la noche anterior cuál era el motivo de su llamada, el oficial respondió que habían hallado el cuerpo sin vida de Gabriel junto a otro que estaba a tres metros de donde yacía él. Paola temblaba y casi dejó caer el tubo. El hombre le dijo que le tenía que entregar unas cosas y le pidió su dirección.
Paola estaba con el hijo sentada en el sillón acunándolo, mientras que ella dejaba que unas lágrimas se asomaran a sus ojos. Trataba de calmarse, pero era inútil. Notó que la muerte de aquel joven le afectó más de lo que pudo creer posible.
A las doce del mediodía tocaron el timbre de su casa y golpearon la puerta. La mujer que a ésa hora se encontraba en la cocina fue a atender y al llegar oyó la respuesta a quién se encontraba tras la puerta. Un hombre y una mujer vestidos de policías le pidieron autorización para entrar en la casa, ella se hizo a un lado y ambos entraron.
Paola les ofreció tomar algo y ellos se negaron cordialmente. El hombre sacó del chaleco una carta y una billetera dándoselos a Paola quién al sujetarlo comenzó a temblar.
Los oficiales se levantaron y se excusaron nuevamente por el lamentable suceso, la mujer dejando a Bruno sentado en el piso sobre la alfombra acompañó a los policías hasta la puerta y al cerrarla comenzó a llorar.
Fue hasta su cuarto para que no la viera su hijo y abrió el sobre.
“Si te llega ésta carta es porque habré alcanzado el objetivo que me marqué al perder a mi hermana. Perdóname … “sé como duele ésta frase”, perdóname por hacerte vivir todo esto … ¡no lo merecías! … Sos de las pocas personas en el mundo que conocí a la que no deberían lastimarla ni con el roce de una pluma y sin embargo he me aquí provocándote éste disgusto … Las mañanas me abrazaban empapadas en sudor recordándome a cada segundo lo que no debía olvidar por nada del mundo y no lo hice, pero hay fantasmas que sólo uno es capaz de callar … Gracias por todo, Paola. Gracias por hacerme vivir plenamente antes de morir”
Sus lágrimas mojaban el papel, lo dejó sobre la cama y agarró la billetera. Empezó a mirarla y encontró un carné de manejar, la cédula con una foto de Gabriel de dos años de antigüedad, un poco de plata y un carné de socio de un club de boxeadores el cuál la hizo estallar en llantos.
FIN.
Cuándo la traición mata
Mayo 2008
Capítulo 1
Hacía tanto calor que ya no se aguantaba estar en la cama. Puso los pies sobre el suelo y se levantó dirigiéndose al baño. La ducha no sirvió para refrescarla.
Se sirvió un vaso de jugo bien helado con cubitos de hielo y se sentó en el jardín soñando con una brisa fresca, pero lo único que sucedió fue más calor. Pensó en poner un ventilador y al probarlo enseguida optó por dejar esa idea porque sólo juntaba el aire caliente echándoselo en la cara.
Dejando pasar un par de minutos recogió sus cosas; toalla, crema de sol, lentes oscuros, un libro y el bolso. Se puso la malla y agarrando el bolso salió de la casa en dirección a la playa.
Cuando sus pies entraron en contacto con la arena se buscó un lugar para dejar el bolso y en seguida después se metió al agua sin vacilar.
Por fin parecía bajar un poco la temperatura del cuerpo y el malestar que sufría.
Salió del mar y caminó hacia su bolso, desdobló la toalla y se echó en ella.
Los gritos de los niños jugueteando en la arena invadían el lugar, el sol seguía imponentemente caluroso y el mar gozaba de un apasionante ir y venir de grandes olas.
A medida que fue pasando el tiempo cedieron los gritos de los niños siendo reemplazados por chillidos de gaviotas que volaban sobre el mar. El sol se fue yendo lentamente a dormir dando paso a que la luna plateada marcara su camino a lo largo del océano.
Sus lentos pasos bajo las estrellas la llevaban de vuelta a la casa, dónde dejó el bolso y volvió a darse una ducha.
Sonó el despertador con un fuerte pitido. La mujer abrió los ojos y vio que eran las siete y media. Tras arreglarse salió a la calle camino al trabajo.
Frenó un ómnibus y viajó tres paradas y el resto lo hizo caminando.
Estaba parada frente a un enorme edificio (un centro especializado en discapacitados), subió las escaleras y entró.
-¡Buenos días, Lucrecia! – dijo la mujer al ver la recepcionista.
-¡Buenos días, Natasha! ¡Qué calor el de ayer eh! Creí que moriría … - respondió la muchacha.
-¡Sí! estuvo bravo la verdad – dijo la mujer seriamente - … Con permiso, voy a ver qué tal marcha todo , nos vemos más tarde, Lucrecia– y se alejó.
Caminó hasta el fondo dónde se encontró con ocho o nueve personas sentadas en el jardín, formando un círculo.
Saludó a cada uno con una sonrisa y siguió unos pasos hasta llegar a una puerta azul (que estaba frente por frente a la puerta de la salida, pero con la distancia de unos ocho metros aproximadamente). Entró a la habitación que era ligeramente ambientada a la antigua y cálida, dejó su cartera colgada en el perchero y agarró la túnica poniéndosela.
La mujer estaba agachaba junto a una niña de diecisiete años jugando a las cartas. La niña reía mucho y se notaba que Natasha se esforzaba por sonreír.
De repente se acerca corriendo la recepcionista con el teléfono inalámbrico.
-Natasha te llama un hombre – dijo alcanzándole el tubo.
-¡Discúlpame un momento, Josefina, en seguida vuelvo! – se levantó y sostuvo el tubo - … ¿Quién es? … Sí … bien … no, no puedo … Lo siento, pero hasta nuevo aviso no tengo libre … bueno, chau – cortó y le pasó el tubo a la chica - … Si éste hombre te vuelve a llamar haceme el favor de decirle que no te permiten pasarme la llamada …
-Pero …
-Nada de peros … por favor Lucrecia – insistió la mujer un poco alterada y calmándose después, la muchacha asintió y volvió a su puesto.
La oscuridad cubrió la ciudad. El reloj marcaba las diez de la noche.
Natasha saludó a Mateo; un hombre de cincuenta y tres años al que le apasionaba hablar de automóviles y aviones. Al principio la mujer no entendía ni una palabra, pero ahora puede plantarse frente a él y dar su opinión.
Su intención era darle un beso y seguir a su casa, pero el hombre no pensaba lo mismo y le empezó a hablar. Cuando la mujer miró el reloj ya eran las once y cuarto.
-Discúlpeme Don Mateo, pero estoy muy cansada … - dijo ella poniéndose de pie.
-Sí, nena, perdóname por haberte entretenido – contestó el hombre avergonzado.
-No me lo diga así, bien sabe que le presto mucha atención, pero hoy sería incapaz de hacerlo … ¡Usted me enseñó todo lo que sé de autos y aviones, Don Mateo! Mi cansancio es emocional, tampoco es físico ¿Entiende? – dijo dulcemente sosteniéndole la mano.
-Claro, nena ¡anda y descansa! Y gracias.
-Antes le quería decir que ¡se porte bien! Y no vaya a gritar si llega a ver a una nueva muchacha que empieza a trabajar en la noche acá … Su nombre es Nancy, yo le dije que no se acercara a su cuarto, debido al miedo que siente usted hacia caras desconocidas. Mañana en la tarde estaré yo acá para presentarlos, pero si llegase a ocurrir que la ve, porque ella se equivoca y entra a ésta habitación ¡No grite, no se asuste, Don Mateo! Lucrecia se queda toda la noche de guardia, así que si siente algún temor ¡llámela! ¿Sí? – dijo la mujer junto a la puerta, el hombre asintió y ella con una sonrisa cerró la puerta.
Una puerta se abrió hacia un espacio oscuro, Natasha extendió la mano hasta dar con el interruptor y encendió la luz. Dejó las cosas sobre la mesa y se tiró en el sillón quedando dormida.
A la media hora una chica más joven se acercó a ella sentándose en el sillón individual.
-¿Qué hora es? – preguntó Natasha exaltada.
-Las doce y tres minutos, bueno cuatro … ¿Cómo te fue? Ni te sentí llegar – dijo con voz alegre.
-Bien … ¡estoy cansada! … Me llamó Fernando … – dijo enderezándose y agarrándose la frente.
-¿Y qué le dijiste? Espero que no le hayas … - dijo intrigada y suspicas.
-¡No! … Le dije estar ocupada y colgué – respondió casi callando la frase de la hermana.
-Entiendo. Él no te merece, Nati, … ¿Vos queres verlo? – preguntó.
-¡No! y menos quiero que me llame al trabajo, pero … no sé ¡Tengo terrible mambo en la cabeza! ¡Me voy a recostar, hermanita! – dijo yéndose al cuarto.
Un nuevo día sacudió la vida de las hermanas May.
-Mercedes … ¿Viste mi blusa violeta … la de flores negras? La busque por todas partes, pero nada … a lo mejor la usaste vos y está en tu ropero … - dijo Natasha vestida con una pollera y el corpiño.
-Ni idea, pero ¡agarra nomás una de las mías! – sugirió la chica.
-No … gracias … quería esa, pero ta ¡da igual! Ya salgo para el laburo – dijo atándose las sandalias.
-Bueno … - se paró y corrió hacia ella - … ¿Sabes que te quiero, verdad? – preguntó sonriendo.
-Sí y yo a vos, chiquita … Perdóname es que ando de mal humor – respondió la mujer.
-Lo entiendo – dijo dándole un beso.
Natasha se despidió y pasando por su cuarto agarró una blusa negra, se la abotonó y agarrando sus cosas salió de la casa.
Corrió para alcanzar al ómnibus, pero éste no la vio o no quiso verla y siguió de largo.
A los veinte minutos llegó al centro y estaba empapada de sudor, saludó como pudo a Lucrecia y se fue al baño.
Frente al espejo se mojó la cara y se apoyo en el mármol. Tras unos instantes se enderezó y arregló, entonces comenzó a trabajar.
Natasha estaba en su escritorio escribiendo algo en una libreta y de repente contestó a un insistente llamado que golpeaba la puerta.
-¡Adelante! – dijo dejando la lapicera a un lado de la libreta.
-Hola … permiso, soy yo … ¿Qué hacías? – preguntó una mujer de treinta años. Era una de las internas, vestía unos pantalones flojos y una remera ancha y larga.
-Samanta … estaba pasando algo en limpio ¡Pasa por favor … siéntate! – dijo la mujer pasándose las manos por el rostro, se acomodó el pelo y forzó una sonrisa.
-No me la creo … - dijo la mujer apretando un crucifijo que tenía colgado alrededor del cuello.
-¿Qué cosa, Samanta … qué no te crees? – preguntó Natasha acomodándose en la silla.
-¡Tu sonrisa … no es sincera! – contestó tímidamente retirándose el flequillo de la frente.
-¡Tenes razón! … - contestó frotándose los ojos y centrándose en los ojos de Samanta.
-¿Por qué estás tan triste, Nati … Quién te lastimó? – preguntó la mujer con dulzura.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y de repente le respondió – Una persona en quién confié mucho … ¡demasiado!.
-Tranquila … - se fue junto a ella y la abrazó acariciándole la espalda - … ¡Yo estoy contigo, Nati, no te va a volver a lastimar, yo te cuido!
-Gracias, Samanta – dijo sollozando - … perdóname por ésta escena – dijo tapándose la cara.
-Vos me dijiste que cuando uno quiere llorar tiene que hacerlo … ¡Está bien, Nati!
La mujer se despidió de Natasha y volvió a su cuarto dejándola con una sonrisa en los labios.
Más tarde Natasha estaba en el patio con tres personas más. Samanta, Lucas y Mauro.
Lucas es un muchacho de veinticinco años con dificultad de mover el cuerpo y dificultad al hablar, pero mentalmente era muy inteligente y capaz de expresarse elocuentemente.
Mauro es un hombre de cuarentaicinco años, pero mentalmente es un niño. Es muy amoroso e ingenuo.
Y Samanta es una joven muchacha que bajo control resulta bastante tranquila y elocuente, pero sin el control tiende a olvidarse de las cosas y ponerse agresiva exponiendo así su propia vida.
Juntos jugaban a recordar cosas y asociarlas con otras. Reían mucho.
-Na – Na – Na ta … sha … yo yo yo … - dijo Lucas.
-¿Sí, Lucas? ¡Tranquilo! A ver … - dijo ella sonriéndole.
-Na- Na- ran- ja – dijo mirándola a los ojos.
-Muy bien, Lucas – dijo ella y se dio la vuelta hacia Mauro que le había tocado el brazo - … ¿Sí?
-¡Quiero jugar con la pelota! – dijo el hombre con la cabeza apoyada en el hombro.
-El día está un poco nublado, Mauro y a lo mejor llueve … Mejor nos quedamos adentro bajo éste techo ¿Si? – respondió agarrándole la mano.
El hombre contestó con un puchero y levantándose se fue a su cuarto.
-¡Ma … Mauro! – llamó Natasha poniéndose de pie.
-Se enojó porque no cumpliste su capricho, Nati. Sos la única que lo complace con todo y es la primera vez que le dijiste no a algo – dijo la chica cruzada de piernas.
-¡Voy a verlo! – dijo retirándose.
Natasha caminó hasta la pieza 231 y al llegar golpeó la puerta.
-¿Puedo pasar, Mauro? –espero respuesta, pero no le contestó – “Entro” … hola, Mauro ¿Por qué no me respondías?- Lo vio sentado en una esquina con las piernas recogidas – Mauro ¡hablame! – dijo acercándose más a él hasta tocarle la mejilla.
-Ya no me queres más – respondió el hombre retirando la mejilla.
-¿Por qué pensas eso … porque te dije que no podíamos ir a jugar a la pelota? – el hombre asintió con la cabeza y se cubrió la cara. – Jamás podría dejar de quererte, Mauro, el día no está muy lindo, pero si queres vamos a jugar a la pelota … Sólo vos y yo ¿si?
El hombre levantó la cara y vio cómo se le iluminaron los ojos sonriendo.
Salieron al jardín y jugaron media hora al fútbol. Natasha ya estaba cansada, pero Mauro seguía como si nada.
Se vino la noche y como todas las noches Natasha agarraba su cartera dejando la túnica colgada y se marchaba a su casa.
Media hora más tarde llegaba a la casa. La hermana fue la que la recibió y convenció de salir a comer a algún sitio en la rambla.
La hermana se sentó a una mesa junto a un arbusto que tenía flores violetas, Natasha se sentó frente a ella y pidieron la carta.
-Mercedes realmente no me siento con ánimos de comer, ya te lo dije …
-¡Chito! – dijo la chica con un dedo frente a los labios - … Te estoy invitando, mujer … No podes encerrarte la vida entera porque un tipo te corneó – dijo tapándose la boca.
-Está bien, ¡tenes razón! ¿pero qué queres que haga? Fernando no era para mí sólo un “tipo” … Perdón – dijo secándose los ojos.
-No, no digas eso, perdóname vos, Nati … no sé porque dije eso. ¡Vamos a pedir! ¿Sí? – dijo mostrando el menú.
La mujer asintió y al rato les trajeron la comida y la bebida.
Estaban caminando por la orilla de la playa y ambas llevaban los zapatos en brazos. Lentamente Natasha volvía a mostrar los dientes.
-Hace tiempo que no te veía sonreír, Nati … ¡Tenes una sonrisa hermosa … debería mostrarla más! – le dijo la hermana.
-Gracias, pero … no tenía motivo para hacerlo … - y al decirlo volvió a la tristeza.
-No che … ¡Sonreí, Nati … No dejes que él influya tanto en tu estado de ánimo! – dijo la chica agarrándola de la mano y finalmente abrazándola.
-¡Sos un amor, Mercedes! Sé que lo decís con buena intención y te juro que lo estoy tratando de olvidar … Pero son muchas las cosas que ocurrieron entre nosotros y … me va a costar mucho lograrlo. No te olvides que fueron años de convivencia … en los que nos contábamos todo, hasta que … - los ojos se le llenaron de lágrimas.
Capítulo 2
El amanecer rompió en el cuarto de Natasha descubriéndola con la espalda desnuda. Su cuarto era amplio y estaba decorado sencillamente con un par de cuadros, las cortinas eran violetas oscuro y claro, las sábanas de la cama eran amarillas y rosas.
El despertador sonó y estirándose lo apagó. Se puso un corpiño y arriba una blusa, buscó una pollera larga a juego y pasando por el baño para arreglarse fue a la cocina a preparar el desayuno.
-Ah … eras vos – dijo Mercedes sentándose a la mesa.
-Perdona, negrita ¿Te desperté? – preguntó preocupada.
-No … es que no dormí bien y sentí ruido y para dar vueltas sola no sirvo – dijo con una sonrisa.
-¿Te sentís mal u otra cosa? – preguntó mirándola a los ojos.
-No sé … mal no me siento, pero … como que … extraña – dijo agarrándose el vientre.
-Mmm … mejor anda a recostarte que te llevo un te ¿Sí? – dijo haciendo que la chica se ponga de pie.
Y así se fue al cuarto y se acostó hasta ver que la hermana se asomó a la habitación con una tasa, entonces se sentó medianamente en la cama y bebió un sorbo.
-¿Estás mejor, Mercedes? – preguntó arrodillada.
-Sí, el haberme recostado me ayudo un poco, pero vos te tenes que ir a trabajar, Nati.
-Nada de eso, llamo y aviso. ¡Vos estás primero! – contestó acariciándole la frente.
-No hace falta, Nati ¡anda por favor! Voy a terminar el té y trataré de dormir un poco.
-Pero … - insistió la mujer.
-No, Nati, gracias, pero prefiero que vayas y quedarme a descansar en serio … estoy bien.
-Bueno … En ese caso salgo ahora mismo para llegar a hora … Cualquier cosa ¡me llamas!
-Está bien, Nati ¡anda nomás! – insistió la chica.
Tiempo más tarde la mujer se encontraba en la habitación de Lucas sentada junto a su cama. Tenía una bandeja con un caldo de zapallo y jugo de naranja con el cual lo estaba alimentando.
-Me … me vas a con … con-ta-giar … - dijo el hombre apoyando la cabeza en la almohada.
-¿Perdón? – dijo Natasha volviendo en sí.
-Eso … estás tris-te … Sien-to an-gus-tia … - dijo el muchacho.
-Es que … Éstos últimos días no me vengo sintiendo muy bien y … - respondió como quien busca excusas.
-¡No! … si no queres no me res-pon-das, pero por fa-vor no me mien-tasss - dijo el hombre alejando la vista de la ventana posándola sobre sus ojos – transcurrió un instante silencioso y de repente ella dijo …
-Hace cuestión de dos, tres semanas … mi pareja me engañó con otra mujer – contestó con los ojos rojos y secándose rápidamente las lágrimas que amenazaban con caer.
-Lo sien-to … lo sien-to, Na na na-ta-sha – dijo el muchacho.
-Gracias, pero llámame Nati solamente, Lucas – dijo agarrándole la mano.
-Nati – dijo sonriendo - … ¡Gra-cias! – dijo mirándola fijamente. En su mirada lo decía todo.
La mujer le sonreía y al terminar de darle la comida se retiró del cuarto.
Se fue al cuarto de César un chico de doce años con problemas mentales.
Sonriendo de oreja a oreja pidió permiso para entrar y se sentó en el piso junto a él que jugaba con plasticina.
-¿Puedo? – preguntó agarrando un pedazo de la plasticina mostrándoselo.
-Mmm - se negaba con la cabeza alejándose.
-César … ¡pará … tranquilo, es tuya … en serio. Nadie te la va a sacar! – dijo dando un paso hacia atrás y agachada lo observaba.
Al paso de veinte minutos el chico alzó la cabeza mirándola y con el brazo que sostenía un pedacito de plasticina la señaló.
-¿Querés jugar? … ¡Tomá! – dijo finalmente.
-Gracias – contestó ella acercándose a él gateando y empezó a hacer figuritas. César imitaba todo lo que ella hacía, logrando finalmente hacer que el muchacho se riera.
Se quedó largo rato con él jugando.
Al salir del cuarto lo dejó recostado en la cama ya dormido y en el pasillo se encontró con el doctor Rivas.
-Perdón, doctor – dijo ella.
-No es nada, señorita Natasha … ¿Qué pudo evaluar con el joven Mendez? ¡César Mendez! Su paciente, Señorita Natasha – dijo el hombre al ver la cara de sorpresa de la mujer.
-Ah … César … A decir verdad hoy no lo evalué – contestó sonriendo.
-¿Y qué estuvo haciendo hasta ahora en su cuarto? – preguntó escandalizado.
-Estaba jugando con él – respondió calmada.
-Jugando jugando … ¡qué vergüenza! – siguió con su discurso el hombre.
-¡Me baja el tonito, porque el chico se acaba de dormir! Yo no sé qué mugre tendrá su mente, pero le advierto que cómo vuelve a tomar el papel de ser mi supervisor le presentaré el caso al jefe, a ver cuál es su opinión ¿Me oyó? – dijo firmemente.
El hombre se quedó ofendido mientras que Natasha le daba la espalda y volvía a su oficina.
Ya eran las siete de la tarde y Mateo se había apoderado una vez más de la atención de Natasha. Apasionado contaba de los automóviles y aviones, tema que lo llenaba de curiosidad y alegría.
Lentamente la noche se acercaba, pero la pila del hombre no se acababa y siempre era Natasha la que tenía que marcarle un final para seguir al día siguiente y así fue como sucedió.
Eran las diez y la mujer se dirigía a la parada del ómnibus, tras un cuarto de hora llegó a destino.
Abrió la puerta de la casa al llegar y se fue a dar una ducha, poniéndose algo más cómodo se fue a preparar una sopa y con ella se sentó frente a la televisión y así finalizó el día.
El despertador sonó a las siete en punto y así dio comienzo a un nuevo día.
Natasha bostezó y se miró en el espejo y sin darse cuenta se giró mirando hacia la cama con una sonrisa tierna que se tornó a efímera cuando el golpe de la realidad cayó sobre ella.
Se vistió como todas las mañanas y preparó el desayuno, al terminar de comer y estar preparada para salir de la casa se levantó la hermana y le deseó un buen día.
La mujer caminó las tres cuadras hasta llegar a la parada y allí esperó unos diez minutos.
Llegó a la puerta del centro con las medias can-can rotas y en las escaleras vio a Samanta sentada en uno de escalones.
-¡La pu …! Hola, Samanta ¿Qué haces acá afuera? – preguntó la mujer calmándose.
-Hola, te estaba esperando … Nadie me vio salir y aproveché para esperarte … - dijo sonriendo.
-¿Pero está todo bien? – preguntó temiendo no sacarle la verdad.
-¡Vamos a entrar! – respondió la chica evadiendo del todo la pregunta.
-¡Vamos! … ¿Lindo día, no? – dijo poniéndole el brazo por encima del hombro.
Entraron y una de las enfermeras se dirigió a Samanta reprochándole el haberse escabullido de su vista, pero Natasha cargó con toda la responsabilidad diciendo que había sido culpa suya, que se le había olvidado avisar que estaría con ella.
La chica le sonrió al quedarse a solas y siguió a Natasha hasta su oficina.
-¡Adelante, Samanta! – dijo invitándola.
-Gracias … ¿Qué vas a hacer …? – preguntó la chica señalándole con los ojos la media.
-Ah … eso – se agarró la frente - … No sé … Estaba sentada lo más campante cuando me di cuenta de que tenía que bajar ya estábamos a tres casas de la parada y corrí hasta la puerta bajando, pero en el último escalón me enganché con no sé qué y se me rajó … - dijo finalizando la historia.
-Ah … - respondió la muchacha rascándose la cabeza.
-Pero mira … - se sacó las medias y las tiró a la basura - …¡Ya está! – dijo sonriendo.
-Pero ¿Cómo? – preguntó asombrada.
-Así sin más, Samanta … ¡Vamos al comedor! Es la hora del desayuno y no queremos que se enoje Sonia ¿no? – dijo Natasha sonriendo.
-No, no … esa mujer es medio loca.
-Che … eso no se dice, Samanta, no es loca la pobre Sonia … Es tristeza lo que la hace actuar como lo hace … ¿Me guardas el secreto si te lo cuento?... – preguntó mirándola a los ojos.
La muchacha asintió y se sentó ansiosa en la mesa como un niño que espera un dulce.
-… Una tragedia le arrebató la vida de su único hijo y ahora está sola … El hijo iba en el auto de unos amigos suyos, manejaba el mayor de ellos, pero el chico perdió el control del vehículo y volcó. Los otros tres se salvaron, el único que murió fue su hijo. Meses después se empezó a degradar su matrimonio y bueno … esa es la historia – dijo mirándose las manos.
-Entiendo … ahora entiendo un poco su carácter, pero … ¿por qué se las agarra con nosotros?
-Por lo que te acabo de contar, supongo que traslada sus problemas aquí, siempre le dije que busque ayuda especializada, pero … no sé si me tome muy en serio … ¡Es malo tragarse las cosas! – dijo mirándola.
Pasaron un rato en silencio, Samanta agarraba unas fotos que Natasha tenía decorando sobre la mesa y estudiaba cada rostro.
-Mi madre no me va a venir a ver, ¡me odia! – dijo finalmente.
-No, Samanta ¿Por qué crees eso? – preguntó asombrándose de que se haya abierto.
-Usted es tan buena que se empeña en ver buena gente a dónde va, pero el mundo no es perfecto, Nati … Mi madre me odia porque no soy la hija que soñó tener … ella quería a alguien capaz de manejarse sin ayuda de nadie, no quería a una dependiente, quería a alguien “normal” … Me lo dijo varias veces a la cara, entonces me internó acá por último. Renegaba de presentarme como su hija … ¿Le cuento una cosa? … ¡Nunca me dio un beso! No se lo cuento para que le de lástima, lo único que quiero es que ella no logre engañarla a usted que se portó tan bien conmigo … - dijo la chica.
-Tu madre me hizo creer cada palabra – respondió anonadada.
-Lo sé, tiene ese Don – dijo la chica poniéndose de pie - … ¡Me voy a mi cuarto!
-Adiós, nos vemos más tarde, Samanta – dijo siguiéndola con la vista.
Capítulo 3
Natasha estaba rellenando unos informes cuando sintió que golpeaban la puerta alzó la cabeza y dijo que entrara, al ver quién era se puso de pie.
-Hola, Nati – dijo un hombre con voz grave.
-¿Qué haces vos acá? … ¡Andate! Estoy ocupada y … y no nos permiten las visitas … ¡Andate!
-No me voy a ir antes de que me escuches. Hace tres semanas que te llamo y no me atendes ninguna llamada – respondió el hombre pretendiendo agarrarle la mano.
-¡No me toques! – dijo ella dando un paso hacia atrás - … Si no te atendí las llamadas es porque no quiero saber nada de vos ¡entendelo!- dijo ya alterada al final.
Un hombre de casi unos dos metros y vestimenta azul acudió a la oficina tras oírla.
-¿Necesita ayuda, señorita? – dijo.
-¡Sí! … ¡Acompañe al señor a la puerta! – dijo apretando con el puño la túnica que llevaba puesta y evitaba mirar al hombre fijando únicamente sus ojos en el guardia.
-¡Sí, señorita! – dijo señalándole la salida al hombre.
-¡No, Natasha … me voy a quedar hasta que me escuches! – insistió el hombre.
El guardia lo agarró del brazo y por más que el hombre se resistía a dejar la oficina el guardia siguió como si nada hasta dejarlo fuera del edificio.
Natasha al sentir que el hombre ya no estaba dentro del centro salió al pasillo y se encontró con el guardia.
-Gracias, Claudio … ¿Te podría pedir un favor? – preguntó temblando.
-¡Tranquila, señorita! Me halagaría si por fin confiara en mí para pedírmelo, después de conocernos hace diez años … ¡Dígame! ¿Qué puedo hacer por usted? – dijo el hombre humildemente.
-Si llegase a presentarse nuevamente éste hombre … por favor, por favor no le permita el paso. Invéntale lo que quieras, pero no lo dejes – ya era sólo una hojita en el invierno de cómo temblaba.
-¡Le doy mi palabra de que así será, señorita! – respondió.
-Gracias … es que … - dijo queriendo responder.
-No me tiene que decir nada, me basta con leer su mirada. Esté tranquila que éste hombre no se volverá a acercar por aquí – dijo haciendo un gesto de despedida.
Horas más tardes se encontraba en el cuarto de Oliver, un hombre de avanzada edad que sufría de parálisis cerebral y tenía incapacidad de mover el cuerpo salvo un brazo.
-Hola Oliver ¿Cómo estás? … Me dijeron que ya comiste … Hoy te traje un libro de poemas, no sé si te va a gustar, pero veremos … - Abrió el libro y tomó asiento junto a él. Empezó a leer en voz alta, hasta llegar a la mitad del libro (que no era muy largo) - … La otra mitad la dejamos para mañana ¿Sí? … Bueno, ahora duerma un poco – le dio un beso en la frente y se fue.
El reloj marcaba las ocho de la noche y Elena (otra internada) se acercó a Natasha dándole un cuaderno. La mujer agarró el cuaderno y en él vio el nombre de la chica escrito en manuscrita varias veces.
La felicitó y la alentó a seguir escribiendo. Después de media hora le volvió a dar el cuaderno, pero ésta vez no era su nombre el que había escrito como siempre lo hacía sino que el nombre de ella: “Natasha”.
Al preguntarle el motivo se puso colorada y se tapaba la cara con el brazo y ladeaba la cabeza.
-¡Tranquila, Elena! No me tenes que responder … - decía mientras la chica la callaba al decirle.
-¡Porque sos mi amiga! – dijo calmándose.
-Y vos la mía – dijo sonriéndole.
La mujer agarró papel y lápiz y empezó a dibujar con la muchacha.
Eran las diez y media de la noche. Natasha había llegado recién a la casa y se encontró con la hermana agarrándose la frente apoyada contra la pared.
-¿Qué paso, Mercedes … estás bien? – dijo corriendo hacia ella.
-Sí sí, sólo es un mareo … ya está pasando – dijo apoyándose en el hombro de la hermana.
-¡Mañana te vas a hacer un chequeo al médico! – Respondió Natasha.
-No hace falta, Nati … ya estoy bien – dijo al oírla.
-Me alegro, pero igualmente vas a ir y fin de la discusión – dijo yéndose a su cuarto.
-Pero … - discutió la chica.
-No, Mercedes, por favor hoy no más … quiero recostarme un rato y dormir … En media hora me levanto y preparo de cenar ¿ta? – dijo amagando con irse.
-¿Tuviste algún problema, Nati? – preguntó enderezándose.
-Hoy se presentó Fernando en el centro – dijo sentándose en el sofá.
-No te puedo creer … ¿Cómo tiene el descaro de presentarse adelante tuyo después de …?
-Ya lo sé, no hace falta que me lo recuerdes – dijo levantándose nuevamente.
-No te quería molestar – dijo con cara de lástima.
-Está bien … no sabes lo contenta que estoy de tenerte a vos, Mercedes – dijo abrazándola - ... ¡Te quiero mañana en el médico! – agregó por último al irse al cuarto.
Eran las cuatro de la tarde y Mercedes se encontraba en la oficina de un médico. Tras un par de estudios se sentó y esperó al médico.
-Bueno, señorita … Para mañana a ésta misma hora le tengo los resultados de los estudios que le practicamos hoy – dijo el hombre acercándose a ella.
-¿No me puede adelantar nada? … Gracias igual, doctor … Entonces estoy acá mañana a las cinco de la tarde, con permiso ¡adiós! – dijo abriendo y tras salir cerrando la puerta.
Natasha estaba haciendo un trámite en la Municipalidad.
Estaba haciendo una cola de veinte personas más o menos y ella era una de las últimas de la cola. Un hombre se dio la vuelta mirándola y le preguntó …
-¿Se encuentra bien, señorita? – Era un hombre alto y apuesto.
-Sí, sí … Es que el calor me marea un poco – contestó a la pregunta.
-¿Y no es para menos? Hace mucho calor últimamente … ¿Quiere beber un poco de agua? – dijo dándole una botella.
-Muchas gracias – dijo aceptando la botella con una sonrisa, bebió y le preguntó - … ¿Cuánto le debo?
-¡Nada! Por favor ¿por quién me toma para cobrar el agua? – dijo sonriendo.
-No, pero algo tengo que darle, me sentiría mal … me incomoda – dijo agarrándose la nuca.
-Hay una cosa sí … ¿Tendría usted la bondad de acompañar a éste humilde servidor a merendar algo cuando finalicemos nuestros qué haceres aquí? – dijo atentamente.
-No sé … es que tengo que volver al trabajo … ya me tomé la mañana, pero … - dijo retirándose el pelo de la cara como nerviosa.
-No me diga que no por favor – rogó el hombre - … No me exponga a una humillación total … - la mujer iba a decir algo y el hombre agregó - ... Al menos déjeme su teléfono para ver si otro día le complace acompañarme a comer o hacer otra cosa de su preferencia … Por favor.
-Está bien … - sacó su agenda y anoto su número en él - … ¡Tome! Y gracias otra vez por el agua.
-¡Quédese con la botella, señorita! Y gracias a usted por permitirme conocerla – dijo con una sonrisa.
Mientras tanto no se dieron cuenta que la cola se reducía y que ya estaban a punto de ser atendidos. Cuando le tocó al hombre le hizo un gesto a Natasha para que ocupara su lugar y ella sonriendo con cierta vergüenza le agradeció.
El hombre la sujetó delicadamente del brazo haciendo que frenara junto a él.
-¿Podría darme la dicha de descubrirme su nombre? – preguntó.
-¿Por qué me habla tan raro? – dijo sonriendo - … Me llamo Natasha ¿y usted?
-Es un bellísimo nombre. Perdone mi falta, no me he presentado … Mi nombre es Facundo, Facundo Balduzzi – dijo regalándole una sonrisa – La llamaré, Natasha .
Ella se sonrojó un poco y lo saludó, antes de irse oyó a la gente de la cola decirle al hombre “¡Vamos, hombre que no tenemos todo el día!” y otras cosas más.
Natasha llegó al centro y en la recepción se encontró con Lucrecia.
-Buenas ¿Cómo te fue, Nati? – preguntó la muchacha al verla llegar.
-Bien, pero qué calor que hace che … cada vez está más insoportable el clima … Bueno estoy en la oficina por cualquier cosa, ¿ta? – dijo la mujer siguiendo hasta el fondo.
Al día siguiente volvió a las ocho de la noche a la casa, porque la doctora Rivas le suplantó el turno y al llegar a la casa saludó a la hermana que estaba dando vueltas y más vueltas.
-¿Qué te pasa, Mercedes? – preguntó preocupada.
-No te oí llegar … - dijo mirándola y en la mano sostenía un papel.
-Recién llego … ¿Qué es ese papel? … a ver … - tomó el papel que la hermana le había alcanzado.
-No lo aguanto más, Nati … Yo no quise … - dijo llorosa.
-¿De qué hablas, Mercedes? – dirigió sus ojos al papel y al llegar al final lo alzó nuevamente - … ¿A qué te referís con que no querías … es que acaso? – se tapó la cara con el papel y la abrazó - … Chiquita ¡tranquila! Ay mi amor ¿Por qué no me dijiste nada … Conoces a quién te hizo esto?
-¡Basta … no quiero hablar! – salió corriendo de la casa.
Pasaron siete días más en los que la buscó sin cesar, pero sin dar con su paradero. Una mañana sonó el teléfono y atendió desesperada.
-¿Mercedes? – preguntó con un llanto en la voz.
-No, mi bella dama. Lamento decepcionarla, soy Facundo … Balduzzi ¿Se acuerda? La municipalidad … Le di una botella de agua y usted me dio su número de teléfono, veo que no se acuerda de mí, perdóneme por molestarla …
-Sí, sí, lo recuerdo … perdón – se le oyó el llanto manifestado.
-Señorita ¿Se encuentra bien? – preguntó seriamente.
-No me encuentro muy bien, no … Tengo un problema personal …
-Permítame ayudarla – sugirió el hombre.
-Calle María Sosa Linares puerta 1239, cerca de una plaza que se llama “Libertad” con una fuente y tres angelitos en el medio …
-Salgo ahora mismo – dijo colgando el tubo.
Quince minutos más tarde sonó el timbre de la casa.
-¿Qué hice? No es digno de mí esto de darle la dirección a cualquiera … Bueno le digo que me agarró en un mal momento, pero que ya había pasado todo y que ya estoy bien … - se dijo a sí misma- … ¿Quién? – preguntó acercándose a la puerta.
-¡Facundo Balduzzi! – respondió el hombre.
-Hola … Gracias por venir tan rápido, pero … - los ojos se le llenaron de lágrimas y se hundió en el pecho del hombre llorisqueando - … perdón .
El hombre entró a la casa cerrando la puerta y la ayudó a sentarse.
-¿Dónde se encuentra la cocina? – preguntó.
-Al fondo a la derecha – dijo ella con la cara cubierta por sus manos.
Tras unos instantes volvió con un vaso de agua.
-¡Tome! … ¿Mejor? – preguntó al ver que se lo tomaba.
-Sí, gracias … - se peinó con la mano poniéndose el pelo tras la oreja - … Mi hermana desapareció hace una semana, la busqué y no … no hay rastros de ella, siento que se esconde de mí, que no me quiere ver … Creo que siente que fue mi culpa y …
-¿De qué habla? – preguntó el hombre arrodillándose frente a ella.
-¡Tuteame por favor! … Mi hermana fue violada y me entere hace una semana, cuando llegó con un certificado de embarazo – contestó.
-Pero ¿Cómo sabe … por qué pensas que la violaron, te lo dijo? – dijo.
-No, pero me lo dio a entender … dijo que ella no quería y cuando le pedí más detalles huyó y no sé dónde pueda estar – dijo tapándose la cara nuevamente.
Capítulo 4
Natasha despertaba en su cama y después de lavarse la cara fue a la cocina y preparó el mate. Se fue hasta el comedor y quedó sin habla.
Facundo estaba durmiendo en el sofá, la sábana le cubría medio cuerpo tenía el torso descubierto y el pelo entreverado.
La mujer se dio vuelta un poco avergonzada y se cerró el salto de cama tratando de acordarse de lo que había sucedido anoche y al dar un paso hacia atrás se topó con un adorno que hizo terrible escándalo despertándolo.
-Buenos días – dijo y bostezó.
-Bue buenas … ¿Pasó algo anoche? – preguntó bajando la voz y rascándose la cabeza.
-¿Algo? … ¡Sí! ¿no te acordás más? – preguntó seriamente. Natasha abrió los ojos de par en par - … Nada de lo que te estás imaginando.
-Yo no me imagino nada … ¿Qué debería imaginarme? – dijo levantando los hombros.
-¡No dormimos juntos, Natasha, tranquila! – dijo sonriéndole.
-Yo no pensé eso … No me acuerdo de nada de lo que pasó ayer – dijo cerrando los ojos.
-En un momento de la noche sacaste una botella de whiskey y al terminarla sola (Sí … no me convidaste mucho cuando estabas embalada) … bue al terminarla seguiste por las dos botellas de cerveza que tenías en el garaje y recién cuando estabas muy tocada pude sacarte el intento de tomarte otra botella más … Por eso estas vestida como anoche, no me quise atrever a siquiera pensar en cambiarte de ropa … bueno, a decir verdad si lo pensé, pero por simple cuestión de moral me rehusé – rió y se levantó.
-No me digas … - tanteó el sillón para sentarse y así lo hizo.
- Sí, te digo. Estabas muy afligida y creo que llegaste a sentir un poco de alivio y bueno … Parece que pudiste descansar – dijo finalmente poniéndose la remera.
-Sí, creo que me siento mejor … bueno, es un decir, porque con lo que decís que tomé entiendo porque siento que se me revuelve el estómago – dijo agarrándoselo.
-Te invito a tomar un café … - sonrió Facundo poniéndose de pie.
-Eh … acepto, me voy a dar una ducha y vamos … - dijo ella al verle la cara a Facundo como quién no acepta un No por respuesta.
Natasha pasó por su cuarto y agarró una muda de ropa con lo cual siguió hasta el baño y comenzó a ducharse. Al finalizar cerró la llave del agua caliente y agarró una toalla en la cual se envolvió. Frente al espejo comenzó a vestirse y se maquilló la cara.
Tenía puesto un vestido rojo que le cubría las rodillas, los hombros los llevaba desnudos y sólo un pañuelo del mismo color en el cuello, el pelo negro suelto y unas sandalias en la mano.
Salió del baño topándose en el pasillo con el hombre.
-Perdón … iba a … ¡Te ves hermosa! – dijo finalmente.
-Gracias, no es nada … Ya terminé, nos podemos ir – dijo sonriendo.
Salieron de la casa dirigiéndose a un bar dónde finalmente tomaron dos cafés con media lunas. Rieron mucho y ella pudo relajarse un poco, pero bastó nombrar a su hermana para que la expresión de su rostro tornase a tristeza y aflicción.
Dos horas más estaba junto a la puerta de la casa y Facundo a su lado.
-Bueno, espero que nos volvamos a ver, Natasha … Y que en ese entonces te sientas mejor.
-Gracias, Facundo. Gracias por todo y … - dijo ella metiendo la llave en la cerradura.
-No digas nada, me fue un placer acompañarte ¡Llámame cuando me vuelvas a necesitar sin preguntártelo! … La pase muy bien contigo, adiós – dijo alejándose.
Otra mañana se asomó a la ventana de Natasha y ella despertó con una sonrisa. Hizo a un lado la sábana y se levantó de la cama, se lavó la cara y se preparó para ir al trabajo.
Al llegar saludó a Lucrecia y sin darse cuenta sintió el abrazo por detrás de Mauro.
-Volviste ¿No me vas a dejar otra vez, no? Por favor quédate – decía mientras la sostenía fuertemente.
-No me voy a ir, Mauro, por favor soltame … Afloja la presión de tus brazos … - decía sintiendo que la estaba asfixiando.
En seguida se acercó el guardia y abrazando al hombre le sujetaba los brazos para que no siguiera apretando a la mujer, consiguiendo finalmente alejarlo de ella.
-Perdón, Nati … no quería lastimarte – dijo llorando Mauro.
-No pasa nada – dijo tras tocer - … Estoy bien, no me hiciste nada, Mauro ¡tranquilo!
-Vení, Mauro, te voy a llevar a tu cuarto – dijo el guardia agarrándolo del brazo.
La mujer se sentó al ver que Mauro ya no la veía y tosió un poco más.
-Toma, Nati – dijo Lucrecia dándole agua - … ¿Cómo haces, mujer?
-Gracias … no hago nada. Sé que no es con mala intención que lo hace, no controla su físico, Lucrecia. Sé que pudo haberme matado de no haber estado ustedes alrededor, pero no le voy a dar la espalda por eso … Ni siquiera es exceso de amor, simplemente es no distinguir la frontera y eso es algo que no debería ser penalizado por falta de control.
-Si vos lo decís … ¿Estás mejor? – preguntó la muchacha.
-Sí, gracias. ¡Voy a estar en la oficina por cualquier cosa! – dijo alejándose.
El día transcurrió tranquilamente. A la tarde Natasha se acercó al cuarto de Mauro y lo vio recostado en su cama.
-¿Puedo pasar, Mauro? – preguntó abriendo la puerta. Él asintió con la cabeza - … ¿Cómo te sentís? – dijo sentándose en una silla junto a él.
-Bien ¿Y vos? … Estás linda, linda como siempre – contestó sonriéndole.
-Yo estoy bien y gracias por el elogio … ¡Estoy bien, Mauro! ¿Te acordás de lo que sucedió esta mañana en la recepción, Mauro? – preguntó acariciándole la mano. El hombre sacudió la cabeza en señal de negativa y agarró algo del cajón de la mesita de luz dándoselo - …-¿Qué es esto, Mauro? – preguntó abriendo la caja y viendo en ella flores hechas con papel de diferentes colores.
-¡Son para vos!. Para que no me olvides cuando te vayas.
-Yo no me voy a ir, Mauro – insistió la mujer.
-Sé que él te lo dijo y finalmente te irás con él, pero no me importa … Te seguiré queriendo aunque ya no sientas lo mismo que antes – respondió con los ojos rojos.
-Está bien, Mauro – se levantó dándole un beso en la frente y salió del cuarto.
Mauro llegó a la clínica especializada por haber sido hallado vagando por la calles, pero no se sabe nada de su pasado. Era más que obvio que ocupó el lugar de una mujer a la que mucho quiso con el rostro de Natasha, pero no sabían más de él.
A la noche volvía a la casa y en la puerta se encontró con Facundo que la esperaba sentado. Sorprendida y alegre lo saludó y lo invitó a pasar.
-Llevo media hora acá – rió.
-Te dije que salgo a las diez del laburo – dijo ella sonriéndole.
-Sí sí, no lo discuto, sólo que no lo recordaba muy bien ¿Y cómo te fue hoy?
-Bien, si dejas de lado que Mauro casi me asfixia, pero es más el teatro que armaron a mi alrededor que la realidad – dijo prendiendo las luces.
-¿Me salió competencia? – preguntó de súbito el hombre.
-¿Cómo? – dijo asombrada Natasha.
Facundo se le acercó dándole un beso en los labios y al apartarse le dijo … - Te quiero.
Natasha quedó sin voz, pero su lenguaje corporal rechazaba aquella situación, lentamente caminaba hacia atrás hasta toparse con la pared.
-¿No me decís nada, Natasha? – preguntó acercándose a ella.
-Que … yo no siento lo mismo, Facundo – respondió bajando la cabeza.
-Pero podrías sentirlo, dame tiempo y vas a ver cómo …
-¡No, Facundo! … Viví hace poco un historia muy fea y no estoy preparada para sumergirme en una nueva y ahora con la ausencia de mi hermana no puedo pensar siquiera. Esas dos personas que desaparecieron de mi vida lo fueron todo para mí ¿Entendes?
-Sí, entiendo que soy un imbécil … - dijo pasándose la mano por la cara.
-No digas eso. Sé que ni siquiera me queres oír diciéndolo, pero estuviste a mi lado cuando más lo necesitaba como un verdadero …
-Si realmente sentís “algo” por mí como eso que ibas a decir no termines la frase por favor.
La mujer calló y vio como se alejaba de la casa dejando la puerta abierta.
Capítulo 5
Natasha estaba en la clínica.
Ya hacían cinco meses de aquella noche en la que Facundo le había revelado sus sentimientos y desde entonces no lo volvió a ver, pero no por elección propia sino porque él no le atendía las llamadas.
Después de estar un rato con Mateo y Jesús se fue a su oficina y sentándose agarró el teléfono y volvió a insistir con el número de Facundo. Nadie le respondía y colgó.
La mujer se sacó la túnica y la colgó. Fue hasta la recepción con la cartera.
-Lucrecia … Hoy salgo antes ¿sí?. Mañana entro por horas extras, pero tengo que ir a hacer algo – dijo apoyada en el pasamanos.
-Está bien, Nati. Hasta mañana entonces. ¡Cuídate! – respondió la chica.
Bajó los escalones y al llegar a la parada se subió al ómnibus, se sentó por la mitad y viajo cinco paradas.
Había pasado un cuarto de hora desde que salió del centro, estaba frente a la puerta de una casa y la golpeó hasta que le abrieron. Era la casa de Facundo, el mismo que le abrió y al verla se quedó mudo. Natasha se metió al comedor y al llegar a una mesa se dio la vuelta mirándolo a los ojos.
-No me tenes que decir mucho, sólo vine porque en éstos meses que pasaron no me contestaste a ninguna llamada y sólo quiero oír un sí o un no y me iré … ¿Realmente no me queres volver a ver … Tan mal me porté contigo, es que acaso te engañé en algún momento …?
-No – contestó bajando la cabeza.
-Si te dije que no quería empezar algo nuevo fue por mí y únicamente por mí. Viví un historia que llevaba a lo largo de los años ... Estuve casi catorce años con un hombre que … Fueron demasiados años de confianza, yo jamás confié mi vida a nadie como lo hice con él … Creí que … Hace casi medio año ya de eso y aún no pude reponerme a esa traición, me volví desconfiada de todo y noto como se me va la vida por no permitirme disfrutar de ella sin pensar en las consecuencias, pero el dolor que siento está agarrado en el fondo de mi ser … Antes me era mucho más fácil estando mi hermana a mi lado, ella me era un gran apoyo y me empujaba a que me olvidara de ese desgraciado, pero ahora que desapareció y no sé donde está, no sé … Me parece de lo más cobarde estar hablando así cuando no sé siquiera cómo la está pasando, ahora debe estar de cinco o seis meses de embarazo ya y sola por ahí sin saber qué hacer … Se me viene todo encima y la amistad que creí poder tener contigo también desapareció … pero … Créeme que si pudiera sentir lo que quiero desearía poder amarte todo me sería mucho más fácil, pero no sería justo contigo tampoco … - decía mientras caminaba hacia la puerta con los ojos llenos de lágrimas. Al pasar junto a Facundo, él estiró el brazo y la sujetó.
-No te vayas … perdóname ¡Fui un egoísta al pensar sólo en mí! – dijo susurrando junto a su oído. Y abrazándola se quedaron un rato hasta que el sollozo constante cesó.
Al día siguiente Natasha se encontró durmiendo en una cama extraña, se levantó y se cambió de ropa dejando el pijama que le había prestado Facundo doblado sobre la cama y se puso su ropa. Tendió la cama y fue al baño.
Al asomarse al comedor vio a Facundo tendido sobre el sofá y se acercó a él, se sentó en el piso cruzándose de piernas y le atravesó el cabello con los dedos despertándolo.
-Buenas … ¿Cómo dormiste? – preguntó el hombre y antes de oír la respuesta bostezó.
-Bien ¡qué sueño che! ¿No queres dormir un poco más? – dijo parándose.
-¡No! – la agarró de la mano obligándola a volver a sentarse - ¡Quédate acá un rato nomás por favor! – pidió dulcemente.
-Está bien – contestó mirando nerviosa hacia los costados.
Teniendo la mano de Natasha entre las suyas apoyó la cara sobre ella y durmió un cuarto de hora. La mujer de mientras lo observaba dormir.
Al mediodía llegaba al centro y con cara de situación le explicaba a Lucrecia su tardanza.
-¿Por qué actúas así, Nati? Nunca había sido irresponsable con tu trabajo … - protestaba.
-Mi irresponsabilidad se debe a que recuperé un amigo y si por ese motivo me van a decir algo que me lo digan – dijo mientras seguía de largo a su oficina.
El día terminó y ella se fue finalmente a su casa.
Los días siguieron pasando sin tomarse un descanso, Natasha contemplaba las cosas de la hermana pensando en cómo estaría en aquel momento en dónde más ayuda necesitaba y seguramente se sentiría desamparada.
No pasaba día en el que soñaba con regresar a la casa y encontrarla sentada en el sofá, pero cada día era una desilusión y un constante tobogán que conducía a la desesperación.
Capítulo 6
Una noche regresaba a la casa y al entrar sintió una voz familiar, al darse la vuelta vio a la hermana junto a la puerta del baño. Tenía el pelo suelto y un vestido que marcaba su voluminosa panza. Desesperada y entre lágrimas de felicidad la abrazó y le pedía perdón por todo. La hermana la empujó raramente hacia atrás y entonces vio a Fernando sentado en el sofá.
-¿Qué pasa … - dijo conmocionada - … qué está pasando acá? ¿Qué haces vos en mi casa? – dijo mirando a Fernando.
-Vengo con tu hermana, Nati – dijo seriamente.
Natasha se rascó la frente confundida y miró a la hermana como escudriñando en su mirada.
-¡Sí, Natasha. No nos hagamos los tontos … es lo que pensas! – dijo sin vacilar.
-¿Qué me queres decir con eso, Mercedes? – preguntó confusa.
-Lo que estás pensando, hermanita. Tu adorado, inmaculado y siempre sincero amante te dio la espalda para convertirse en el padre del ser que llevo en mí – contestó sin la menor consideración. Mientras que Natasha la oía se le ponían los ojos rojos llenos de lágrimas, su garganta empezaba a temblar al igual que sus labios.
-¿Qué? … ¿Vos … vos eras la otra … Cómo pudiste? Siempre me hablabas mal de él y me insistías que no lo viera. Hasta me hiciste creer que me querías y lograste hacer que me odiara a mi misma por haberte dejado ir creyendo que estabas desamparada – dijo tartamudeando.
-Fernando no te lo quería decir, pero como comprenderás no podía exponer a mi hijo la remota posibilidad de que lo perdonaras y por eso vine yo misma a decírtelo – contestó viendo a la hermana en el piso, mientras que las lágrimas le corrían por la garganta.
-Mer … - se secó las lágrimas e intentó pararse, pero patinó y se quedó en el piso - … ¿Por qué?
-“¿Por qué?” … ¿Por qué suceden las cosas … por qué la tierra gira …? ¡Porque sí, Natasha! … - se giró mirando al hombre y gritó - … ¡Vamos Fernando!.
Salieron de la casa dejando la puerta abierta, mientras que Natasha quedó llorando en el suelo sin encontrar consuelo alguno. Sentía que un cuchillo la había atravesado de lado a lado y no encontraba fuerzas para frenar las lágrimas.
Así siguió un buen rato, el teléfono había sonado varias veces ya.
Eran las doce de la noche y de repente bajo el umbral de la puerta se vio la silueta de un hombre que se adentró a la casa y levantó a Natasha del suelo ayudándola a subir al sillón, ella seguía derramando lágrimas y se encontraba en un estado lamentable de sufrimiento.
El hombre fue a cerrar la puerta y después pasó por la cocina poniendo agua a calentar, agarró una tasa y un sobrecito de té. Al hervir el agua lo vertió en la tasa y se la llevó al comedor dejándoselo en la mesa. Fue a su cuarto y volvió con una mantita, le cubrió las piernas y le acercó el té.
-¡Tranquila, Natasha! – dijo frotándole la espalda. Ella cayó entre sus brazos buscando desesperadamente que la sostengan y así lo hizo él - … ¿Qué sucedió? – preguntó preocupado.
Entre la profunda tristeza que se le había metido en el corazón y el sollozo que no frenaba le contó toda la historia y el hombre asentía con la cabeza hamacándola en un abrazo.
-Lo que aún no comprendo … Facundo … es el porqué de tu aparición a esta hora ¿Cómo es posible que coincidiera lo uno con lo otro? – dijo finalmente más recuperada.
-Te llamé a partir de las diez y media, como me dijiste que salías a las diez calculé el tiempo que te tomaría llegar hasta acá, pero seguía y seguía intentando hasta que la hora me hizo pensar otra cosa y por eso mi aparición (como vos decís) – dijo mirándola a los ojos.
-Ah … eras vos, perdóname. No pude, no … no , lo sentía sonar, pero no podía – dijo mientras que los ojos se le volvían a llenar de lágrimas.
-No pasa nada, Natasha … ¡Olvídalo! – le besó la frente y volvió a abrazarla.
Finalmente ella se quedó dormida entre sus brazos, mientras que él le acariciaba el pelo. La cara de Natasha estaba marcada por el dolor que le había provocado la hermana y al que creyó su pareja.
También tenía el maquillaje corrido y Facundo aprovechando que estaba dormida se levantó para ir a buscar un tachito con agua caliente y una toalla, mojó la punta de ésta y suavemente sin despertarla intentó lavarle el maquillaje de la cara.
Capítulo 7
El sol marcaba la silueta de una mujer que estaba agachada junto a una niña de trece años. La niña la miraba como buscando ver en ella a otra persona, no era con palabras como se entendía con ella sino más bien en el lenguaje corporal.
Estaba vestida con un conjunto deportivo celeste como la blusa que tenía puesta Natasha y tenía el pelo recogido en dos mitades, una sonrisa muy franca y ojos brillantes.
-Cómo te gusta estar sólo acá sintiendo el calor del sol posarse sobre tu rostro eh … ¡Clarisa … te traje esto de regalo! – dijo alcanzándole algo envuelto en papel plateado.
-¿Qué es? – preguntó la niña ingenuamente.
-Para saberlo tenes que abrirlo ¡Rompe el papel, Clarisa! – dijo sonriéndole.
-¿No me van a regañar por romperlo, Nati? – preguntó mordiéndose las uñas.
-No, mi amor … ¡Dale, rompe el papel, cualquier cosa yo me hago cargo, tranquila!.
La niña rompió con alegría el papel y la sonrisa se amplió aún más si eso fuera posible. En los brazos levantó a un peluche, era un osito marrón con una cinta roja en la oreja.
Natasha estaba parada junto a Lucrecia diciéndole que se iría antes de cumplir las diez. El día ya se estaba acercando a las siete de la tarde, hora en la que la mujer se retiró a su oficina para recoger sus cosas y marcharse del centro.
La mujer se acercaba a su casa y al entrar lo primero que hizo fue sacarse la ropa y meterse bajo el chorro frío de la ducha y finalizó el baño llorando sentada en el plato de la ducha con las piernas recogidas.
-¿Está todo bien, Natasha? – preguntó Facundo golpeando la puerta. Ella no respondía y el hombre forzó la puerta, sintió que el agua corría, pero no la oía a ella. Entonces corrió la cortina de baño y la vio sentada abrazándose a sus piernas mientras que las lágrimas se confundían con la lluvia del duchero. Estaba conmocionada y no pronunciaba palabras - … ¡Ay Natasha! … A ver … ¡veni! – La cubrió con una toalla y la sacó del baño llevándola a su cuarto.
Agarró un vestido violeta que era amplio y liviano y la ayudó a ponérselo, después le sacó la toalla y la convenció de que durmiera un poco.
Facundo estaba preparando algo de comer, mientras que Natasha dormía plácidamente en su cuarto.
El hombre oía música mientras que preparaba una salsa de tomate y una de crema.
Al tener preparada la lasaña de verduras y la mesa servida fue hacia el cuarto y tiernamente le tocó el hombro a Natasha, quién se giró y lo miró con los ojos rojos. Al tenerlo cerca a ella, la mujer se sentó abrazándolo, no lloraba, pero no lo soltaba.
-¡Tranquila, Natasha! … Me mata verte así – dijo al separarse y verla a los ojos.
-¿Cómo es que siempre estás junto a mí en éstos momentos? – Preguntó secándose los ojos.
-Porque ¡soy Ave de Malagüero! – dijo humildemente.
-Sí, claro … ¿Cómo supiste? – preguntó confusa.
-Íbamos a ir al cine, me llamaste diciendo que viniese a tu casa a las siete, porque a las ocho empezaría una película en el cine que era la última función que daban y que te morías por verla y … y… y … Bueno … entré con las llaves que me diste. Seguramente llegué antes que vos a la casa, pero no me di cuenta de tu llegada, me sorprendió la ducha y entonces ahí vi tu cartera y las llaves sobre la mesa, entonces me fui al comedor … de repente oí un ruido feo y me acerqué a la puerta a preguntar, pero no me respondiste y entré …
-Ah … el cine ¡qué estúpida! – dijo agarrándose la frente.
-Eso es lo que menos importa, Natasha … ¿Qué pasa … por qué te sentís mal … es por ese tal Fernando … o por tú hermana? – preguntó preocupado.
-Por los dos, Facundo … Me desgarraron entre ambos, ni sé con qué fuerzas sigo … Antes pensaba que todo lo que hacía tenía un sentido ¿sabes?, pero … ya no lo siento … Me siento muerta, Facundo – decía mirándose las manos.
-No hables así, Nati … Ya hacen dos meses de aquel día y sé que vas a salir adelante, aunque sientas que ahora el mundo se te venga abajo. Hay mucha gente que te necesita, Natasha. Vos misma me contaste muchas veces de los pacientes a los que tratas y cómo ellos reaccionan contigo,¡ no les podes fallar a ellos! ni a mí, Natasha … ¡Sí!, yo te quiero y no puedo, no quiero verte llorar … Sé lo que pensas y sentís, no te pido nada, pero no te des por vencida por gente que no lo merece, Nati – dijo el hombre habiéndose arrodillado frente a ella.
Cenaron la lasaña que había preparado Facundo, a Natasha le gustó tanto que repitió el plato y soltándose en risas le empezó a hablar de un libro que estaba leyendo y él la oía atentamente viendo como disfrutaba de la comida.
Al final de la velada ella lo acompañó a la puerta y se despidieron.
Al día siguiente Natasha salió del trabajo a las cinco sin darle ninguna explicación a Lucrecia para archivar las horas laborales.
Tenía puesto un pantalón gris ajustado, una blusa amarilla y zapatos de cuero negro con taco cuadrado. Caminó hasta llegar a un puente y allí se sentó con las piernas colgando hacía el río, así se quedó un largo rato mirando el agua fluis rápidamente bajo sus pies.
A las diez y media de la noche volvía lentamente a su casa y ya de lejos veía la silueta de Facundo esperando junto a la puerta, se apresuró a llegar y al tenerlo en frente lo saludó con un beso.
-Hola, ya se te hizo costumbre venir todos los días eh … - dijo sarcásticamente.
-Sólo me preocupo por vos … Nos vemos mañana … - dijo bajando de los dos escalones que habían en la entrada.
-¡No, Facundo, perdóname. Perdóname por cómo te hablé, no es contigo la cosa! – dijo sujetándolo del brazo.
-¿Me invitas a tomar un café? – preguntó él.
-¡Claro! Pasa por favor … – dijo con una sonrisa.
La noche transcurrió tranquilamente y después de tomar café, cenar y volver a tomar café, él sacó un CD de su bolso y le preguntó si quería oír música, ella sonreía.
La música empezó a invadir la habitación, Facundo y Natasha degustaban de unos tragos alcohólicos mientras reían. Hasta que terminaron sentados sobre la alfombra uno al lado del otro y él apoyaba su cabeza en el hombro de Natasha.
-Nati … ¿Crees que algún día … podamos … – insinuó las palabras con un gesto en su mirada - … estar juntos? – preguntó temeroso de oír un segundo rechazo.
-¿Quién sabe? … tal vez sí o tal vez no, no lo sé – respondió sonriéndole.
Pero sus palabras le bastaron para albergar esperanzas en su corazón y así entre sonrisas y más charla se fue otro día a dormir.
FIN.
Capítulo 1
Hacía tanto calor que ya no se aguantaba estar en la cama. Puso los pies sobre el suelo y se levantó dirigiéndose al baño. La ducha no sirvió para refrescarla.
Se sirvió un vaso de jugo bien helado con cubitos de hielo y se sentó en el jardín soñando con una brisa fresca, pero lo único que sucedió fue más calor. Pensó en poner un ventilador y al probarlo enseguida optó por dejar esa idea porque sólo juntaba el aire caliente echándoselo en la cara.
Dejando pasar un par de minutos recogió sus cosas; toalla, crema de sol, lentes oscuros, un libro y el bolso. Se puso la malla y agarrando el bolso salió de la casa en dirección a la playa.
Cuando sus pies entraron en contacto con la arena se buscó un lugar para dejar el bolso y en seguida después se metió al agua sin vacilar.
Por fin parecía bajar un poco la temperatura del cuerpo y el malestar que sufría.
Salió del mar y caminó hacia su bolso, desdobló la toalla y se echó en ella.
Los gritos de los niños jugueteando en la arena invadían el lugar, el sol seguía imponentemente caluroso y el mar gozaba de un apasionante ir y venir de grandes olas.
A medida que fue pasando el tiempo cedieron los gritos de los niños siendo reemplazados por chillidos de gaviotas que volaban sobre el mar. El sol se fue yendo lentamente a dormir dando paso a que la luna plateada marcara su camino a lo largo del océano.
Sus lentos pasos bajo las estrellas la llevaban de vuelta a la casa, dónde dejó el bolso y volvió a darse una ducha.
Sonó el despertador con un fuerte pitido. La mujer abrió los ojos y vio que eran las siete y media. Tras arreglarse salió a la calle camino al trabajo.
Frenó un ómnibus y viajó tres paradas y el resto lo hizo caminando.
Estaba parada frente a un enorme edificio (un centro especializado en discapacitados), subió las escaleras y entró.
-¡Buenos días, Lucrecia! – dijo la mujer al ver la recepcionista.
-¡Buenos días, Natasha! ¡Qué calor el de ayer eh! Creí que moriría … - respondió la muchacha.
-¡Sí! estuvo bravo la verdad – dijo la mujer seriamente - … Con permiso, voy a ver qué tal marcha todo , nos vemos más tarde, Lucrecia– y se alejó.
Caminó hasta el fondo dónde se encontró con ocho o nueve personas sentadas en el jardín, formando un círculo.
Saludó a cada uno con una sonrisa y siguió unos pasos hasta llegar a una puerta azul (que estaba frente por frente a la puerta de la salida, pero con la distancia de unos ocho metros aproximadamente). Entró a la habitación que era ligeramente ambientada a la antigua y cálida, dejó su cartera colgada en el perchero y agarró la túnica poniéndosela.
La mujer estaba agachaba junto a una niña de diecisiete años jugando a las cartas. La niña reía mucho y se notaba que Natasha se esforzaba por sonreír.
De repente se acerca corriendo la recepcionista con el teléfono inalámbrico.
-Natasha te llama un hombre – dijo alcanzándole el tubo.
-¡Discúlpame un momento, Josefina, en seguida vuelvo! – se levantó y sostuvo el tubo - … ¿Quién es? … Sí … bien … no, no puedo … Lo siento, pero hasta nuevo aviso no tengo libre … bueno, chau – cortó y le pasó el tubo a la chica - … Si éste hombre te vuelve a llamar haceme el favor de decirle que no te permiten pasarme la llamada …
-Pero …
-Nada de peros … por favor Lucrecia – insistió la mujer un poco alterada y calmándose después, la muchacha asintió y volvió a su puesto.
La oscuridad cubrió la ciudad. El reloj marcaba las diez de la noche.
Natasha saludó a Mateo; un hombre de cincuenta y tres años al que le apasionaba hablar de automóviles y aviones. Al principio la mujer no entendía ni una palabra, pero ahora puede plantarse frente a él y dar su opinión.
Su intención era darle un beso y seguir a su casa, pero el hombre no pensaba lo mismo y le empezó a hablar. Cuando la mujer miró el reloj ya eran las once y cuarto.
-Discúlpeme Don Mateo, pero estoy muy cansada … - dijo ella poniéndose de pie.
-Sí, nena, perdóname por haberte entretenido – contestó el hombre avergonzado.
-No me lo diga así, bien sabe que le presto mucha atención, pero hoy sería incapaz de hacerlo … ¡Usted me enseñó todo lo que sé de autos y aviones, Don Mateo! Mi cansancio es emocional, tampoco es físico ¿Entiende? – dijo dulcemente sosteniéndole la mano.
-Claro, nena ¡anda y descansa! Y gracias.
-Antes le quería decir que ¡se porte bien! Y no vaya a gritar si llega a ver a una nueva muchacha que empieza a trabajar en la noche acá … Su nombre es Nancy, yo le dije que no se acercara a su cuarto, debido al miedo que siente usted hacia caras desconocidas. Mañana en la tarde estaré yo acá para presentarlos, pero si llegase a ocurrir que la ve, porque ella se equivoca y entra a ésta habitación ¡No grite, no se asuste, Don Mateo! Lucrecia se queda toda la noche de guardia, así que si siente algún temor ¡llámela! ¿Sí? – dijo la mujer junto a la puerta, el hombre asintió y ella con una sonrisa cerró la puerta.
Una puerta se abrió hacia un espacio oscuro, Natasha extendió la mano hasta dar con el interruptor y encendió la luz. Dejó las cosas sobre la mesa y se tiró en el sillón quedando dormida.
A la media hora una chica más joven se acercó a ella sentándose en el sillón individual.
-¿Qué hora es? – preguntó Natasha exaltada.
-Las doce y tres minutos, bueno cuatro … ¿Cómo te fue? Ni te sentí llegar – dijo con voz alegre.
-Bien … ¡estoy cansada! … Me llamó Fernando … – dijo enderezándose y agarrándose la frente.
-¿Y qué le dijiste? Espero que no le hayas … - dijo intrigada y suspicas.
-¡No! … Le dije estar ocupada y colgué – respondió casi callando la frase de la hermana.
-Entiendo. Él no te merece, Nati, … ¿Vos queres verlo? – preguntó.
-¡No! y menos quiero que me llame al trabajo, pero … no sé ¡Tengo terrible mambo en la cabeza! ¡Me voy a recostar, hermanita! – dijo yéndose al cuarto.
Un nuevo día sacudió la vida de las hermanas May.
-Mercedes … ¿Viste mi blusa violeta … la de flores negras? La busque por todas partes, pero nada … a lo mejor la usaste vos y está en tu ropero … - dijo Natasha vestida con una pollera y el corpiño.
-Ni idea, pero ¡agarra nomás una de las mías! – sugirió la chica.
-No … gracias … quería esa, pero ta ¡da igual! Ya salgo para el laburo – dijo atándose las sandalias.
-Bueno … - se paró y corrió hacia ella - … ¿Sabes que te quiero, verdad? – preguntó sonriendo.
-Sí y yo a vos, chiquita … Perdóname es que ando de mal humor – respondió la mujer.
-Lo entiendo – dijo dándole un beso.
Natasha se despidió y pasando por su cuarto agarró una blusa negra, se la abotonó y agarrando sus cosas salió de la casa.
Corrió para alcanzar al ómnibus, pero éste no la vio o no quiso verla y siguió de largo.
A los veinte minutos llegó al centro y estaba empapada de sudor, saludó como pudo a Lucrecia y se fue al baño.
Frente al espejo se mojó la cara y se apoyo en el mármol. Tras unos instantes se enderezó y arregló, entonces comenzó a trabajar.
Natasha estaba en su escritorio escribiendo algo en una libreta y de repente contestó a un insistente llamado que golpeaba la puerta.
-¡Adelante! – dijo dejando la lapicera a un lado de la libreta.
-Hola … permiso, soy yo … ¿Qué hacías? – preguntó una mujer de treinta años. Era una de las internas, vestía unos pantalones flojos y una remera ancha y larga.
-Samanta … estaba pasando algo en limpio ¡Pasa por favor … siéntate! – dijo la mujer pasándose las manos por el rostro, se acomodó el pelo y forzó una sonrisa.
-No me la creo … - dijo la mujer apretando un crucifijo que tenía colgado alrededor del cuello.
-¿Qué cosa, Samanta … qué no te crees? – preguntó Natasha acomodándose en la silla.
-¡Tu sonrisa … no es sincera! – contestó tímidamente retirándose el flequillo de la frente.
-¡Tenes razón! … - contestó frotándose los ojos y centrándose en los ojos de Samanta.
-¿Por qué estás tan triste, Nati … Quién te lastimó? – preguntó la mujer con dulzura.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y de repente le respondió – Una persona en quién confié mucho … ¡demasiado!.
-Tranquila … - se fue junto a ella y la abrazó acariciándole la espalda - … ¡Yo estoy contigo, Nati, no te va a volver a lastimar, yo te cuido!
-Gracias, Samanta – dijo sollozando - … perdóname por ésta escena – dijo tapándose la cara.
-Vos me dijiste que cuando uno quiere llorar tiene que hacerlo … ¡Está bien, Nati!
La mujer se despidió de Natasha y volvió a su cuarto dejándola con una sonrisa en los labios.
Más tarde Natasha estaba en el patio con tres personas más. Samanta, Lucas y Mauro.
Lucas es un muchacho de veinticinco años con dificultad de mover el cuerpo y dificultad al hablar, pero mentalmente era muy inteligente y capaz de expresarse elocuentemente.
Mauro es un hombre de cuarentaicinco años, pero mentalmente es un niño. Es muy amoroso e ingenuo.
Y Samanta es una joven muchacha que bajo control resulta bastante tranquila y elocuente, pero sin el control tiende a olvidarse de las cosas y ponerse agresiva exponiendo así su propia vida.
Juntos jugaban a recordar cosas y asociarlas con otras. Reían mucho.
-Na – Na – Na ta … sha … yo yo yo … - dijo Lucas.
-¿Sí, Lucas? ¡Tranquilo! A ver … - dijo ella sonriéndole.
-Na- Na- ran- ja – dijo mirándola a los ojos.
-Muy bien, Lucas – dijo ella y se dio la vuelta hacia Mauro que le había tocado el brazo - … ¿Sí?
-¡Quiero jugar con la pelota! – dijo el hombre con la cabeza apoyada en el hombro.
-El día está un poco nublado, Mauro y a lo mejor llueve … Mejor nos quedamos adentro bajo éste techo ¿Si? – respondió agarrándole la mano.
El hombre contestó con un puchero y levantándose se fue a su cuarto.
-¡Ma … Mauro! – llamó Natasha poniéndose de pie.
-Se enojó porque no cumpliste su capricho, Nati. Sos la única que lo complace con todo y es la primera vez que le dijiste no a algo – dijo la chica cruzada de piernas.
-¡Voy a verlo! – dijo retirándose.
Natasha caminó hasta la pieza 231 y al llegar golpeó la puerta.
-¿Puedo pasar, Mauro? –espero respuesta, pero no le contestó – “Entro” … hola, Mauro ¿Por qué no me respondías?- Lo vio sentado en una esquina con las piernas recogidas – Mauro ¡hablame! – dijo acercándose más a él hasta tocarle la mejilla.
-Ya no me queres más – respondió el hombre retirando la mejilla.
-¿Por qué pensas eso … porque te dije que no podíamos ir a jugar a la pelota? – el hombre asintió con la cabeza y se cubrió la cara. – Jamás podría dejar de quererte, Mauro, el día no está muy lindo, pero si queres vamos a jugar a la pelota … Sólo vos y yo ¿si?
El hombre levantó la cara y vio cómo se le iluminaron los ojos sonriendo.
Salieron al jardín y jugaron media hora al fútbol. Natasha ya estaba cansada, pero Mauro seguía como si nada.
Se vino la noche y como todas las noches Natasha agarraba su cartera dejando la túnica colgada y se marchaba a su casa.
Media hora más tarde llegaba a la casa. La hermana fue la que la recibió y convenció de salir a comer a algún sitio en la rambla.
La hermana se sentó a una mesa junto a un arbusto que tenía flores violetas, Natasha se sentó frente a ella y pidieron la carta.
-Mercedes realmente no me siento con ánimos de comer, ya te lo dije …
-¡Chito! – dijo la chica con un dedo frente a los labios - … Te estoy invitando, mujer … No podes encerrarte la vida entera porque un tipo te corneó – dijo tapándose la boca.
-Está bien, ¡tenes razón! ¿pero qué queres que haga? Fernando no era para mí sólo un “tipo” … Perdón – dijo secándose los ojos.
-No, no digas eso, perdóname vos, Nati … no sé porque dije eso. ¡Vamos a pedir! ¿Sí? – dijo mostrando el menú.
La mujer asintió y al rato les trajeron la comida y la bebida.
Estaban caminando por la orilla de la playa y ambas llevaban los zapatos en brazos. Lentamente Natasha volvía a mostrar los dientes.
-Hace tiempo que no te veía sonreír, Nati … ¡Tenes una sonrisa hermosa … debería mostrarla más! – le dijo la hermana.
-Gracias, pero … no tenía motivo para hacerlo … - y al decirlo volvió a la tristeza.
-No che … ¡Sonreí, Nati … No dejes que él influya tanto en tu estado de ánimo! – dijo la chica agarrándola de la mano y finalmente abrazándola.
-¡Sos un amor, Mercedes! Sé que lo decís con buena intención y te juro que lo estoy tratando de olvidar … Pero son muchas las cosas que ocurrieron entre nosotros y … me va a costar mucho lograrlo. No te olvides que fueron años de convivencia … en los que nos contábamos todo, hasta que … - los ojos se le llenaron de lágrimas.
Capítulo 2
El amanecer rompió en el cuarto de Natasha descubriéndola con la espalda desnuda. Su cuarto era amplio y estaba decorado sencillamente con un par de cuadros, las cortinas eran violetas oscuro y claro, las sábanas de la cama eran amarillas y rosas.
El despertador sonó y estirándose lo apagó. Se puso un corpiño y arriba una blusa, buscó una pollera larga a juego y pasando por el baño para arreglarse fue a la cocina a preparar el desayuno.
-Ah … eras vos – dijo Mercedes sentándose a la mesa.
-Perdona, negrita ¿Te desperté? – preguntó preocupada.
-No … es que no dormí bien y sentí ruido y para dar vueltas sola no sirvo – dijo con una sonrisa.
-¿Te sentís mal u otra cosa? – preguntó mirándola a los ojos.
-No sé … mal no me siento, pero … como que … extraña – dijo agarrándose el vientre.
-Mmm … mejor anda a recostarte que te llevo un te ¿Sí? – dijo haciendo que la chica se ponga de pie.
Y así se fue al cuarto y se acostó hasta ver que la hermana se asomó a la habitación con una tasa, entonces se sentó medianamente en la cama y bebió un sorbo.
-¿Estás mejor, Mercedes? – preguntó arrodillada.
-Sí, el haberme recostado me ayudo un poco, pero vos te tenes que ir a trabajar, Nati.
-Nada de eso, llamo y aviso. ¡Vos estás primero! – contestó acariciándole la frente.
-No hace falta, Nati ¡anda por favor! Voy a terminar el té y trataré de dormir un poco.
-Pero … - insistió la mujer.
-No, Nati, gracias, pero prefiero que vayas y quedarme a descansar en serio … estoy bien.
-Bueno … En ese caso salgo ahora mismo para llegar a hora … Cualquier cosa ¡me llamas!
-Está bien, Nati ¡anda nomás! – insistió la chica.
Tiempo más tarde la mujer se encontraba en la habitación de Lucas sentada junto a su cama. Tenía una bandeja con un caldo de zapallo y jugo de naranja con el cual lo estaba alimentando.
-Me … me vas a con … con-ta-giar … - dijo el hombre apoyando la cabeza en la almohada.
-¿Perdón? – dijo Natasha volviendo en sí.
-Eso … estás tris-te … Sien-to an-gus-tia … - dijo el muchacho.
-Es que … Éstos últimos días no me vengo sintiendo muy bien y … - respondió como quien busca excusas.
-¡No! … si no queres no me res-pon-das, pero por fa-vor no me mien-tasss - dijo el hombre alejando la vista de la ventana posándola sobre sus ojos – transcurrió un instante silencioso y de repente ella dijo …
-Hace cuestión de dos, tres semanas … mi pareja me engañó con otra mujer – contestó con los ojos rojos y secándose rápidamente las lágrimas que amenazaban con caer.
-Lo sien-to … lo sien-to, Na na na-ta-sha – dijo el muchacho.
-Gracias, pero llámame Nati solamente, Lucas – dijo agarrándole la mano.
-Nati – dijo sonriendo - … ¡Gra-cias! – dijo mirándola fijamente. En su mirada lo decía todo.
La mujer le sonreía y al terminar de darle la comida se retiró del cuarto.
Se fue al cuarto de César un chico de doce años con problemas mentales.
Sonriendo de oreja a oreja pidió permiso para entrar y se sentó en el piso junto a él que jugaba con plasticina.
-¿Puedo? – preguntó agarrando un pedazo de la plasticina mostrándoselo.
-Mmm - se negaba con la cabeza alejándose.
-César … ¡pará … tranquilo, es tuya … en serio. Nadie te la va a sacar! – dijo dando un paso hacia atrás y agachada lo observaba.
Al paso de veinte minutos el chico alzó la cabeza mirándola y con el brazo que sostenía un pedacito de plasticina la señaló.
-¿Querés jugar? … ¡Tomá! – dijo finalmente.
-Gracias – contestó ella acercándose a él gateando y empezó a hacer figuritas. César imitaba todo lo que ella hacía, logrando finalmente hacer que el muchacho se riera.
Se quedó largo rato con él jugando.
Al salir del cuarto lo dejó recostado en la cama ya dormido y en el pasillo se encontró con el doctor Rivas.
-Perdón, doctor – dijo ella.
-No es nada, señorita Natasha … ¿Qué pudo evaluar con el joven Mendez? ¡César Mendez! Su paciente, Señorita Natasha – dijo el hombre al ver la cara de sorpresa de la mujer.
-Ah … César … A decir verdad hoy no lo evalué – contestó sonriendo.
-¿Y qué estuvo haciendo hasta ahora en su cuarto? – preguntó escandalizado.
-Estaba jugando con él – respondió calmada.
-Jugando jugando … ¡qué vergüenza! – siguió con su discurso el hombre.
-¡Me baja el tonito, porque el chico se acaba de dormir! Yo no sé qué mugre tendrá su mente, pero le advierto que cómo vuelve a tomar el papel de ser mi supervisor le presentaré el caso al jefe, a ver cuál es su opinión ¿Me oyó? – dijo firmemente.
El hombre se quedó ofendido mientras que Natasha le daba la espalda y volvía a su oficina.
Ya eran las siete de la tarde y Mateo se había apoderado una vez más de la atención de Natasha. Apasionado contaba de los automóviles y aviones, tema que lo llenaba de curiosidad y alegría.
Lentamente la noche se acercaba, pero la pila del hombre no se acababa y siempre era Natasha la que tenía que marcarle un final para seguir al día siguiente y así fue como sucedió.
Eran las diez y la mujer se dirigía a la parada del ómnibus, tras un cuarto de hora llegó a destino.
Abrió la puerta de la casa al llegar y se fue a dar una ducha, poniéndose algo más cómodo se fue a preparar una sopa y con ella se sentó frente a la televisión y así finalizó el día.
El despertador sonó a las siete en punto y así dio comienzo a un nuevo día.
Natasha bostezó y se miró en el espejo y sin darse cuenta se giró mirando hacia la cama con una sonrisa tierna que se tornó a efímera cuando el golpe de la realidad cayó sobre ella.
Se vistió como todas las mañanas y preparó el desayuno, al terminar de comer y estar preparada para salir de la casa se levantó la hermana y le deseó un buen día.
La mujer caminó las tres cuadras hasta llegar a la parada y allí esperó unos diez minutos.
Llegó a la puerta del centro con las medias can-can rotas y en las escaleras vio a Samanta sentada en uno de escalones.
-¡La pu …! Hola, Samanta ¿Qué haces acá afuera? – preguntó la mujer calmándose.
-Hola, te estaba esperando … Nadie me vio salir y aproveché para esperarte … - dijo sonriendo.
-¿Pero está todo bien? – preguntó temiendo no sacarle la verdad.
-¡Vamos a entrar! – respondió la chica evadiendo del todo la pregunta.
-¡Vamos! … ¿Lindo día, no? – dijo poniéndole el brazo por encima del hombro.
Entraron y una de las enfermeras se dirigió a Samanta reprochándole el haberse escabullido de su vista, pero Natasha cargó con toda la responsabilidad diciendo que había sido culpa suya, que se le había olvidado avisar que estaría con ella.
La chica le sonrió al quedarse a solas y siguió a Natasha hasta su oficina.
-¡Adelante, Samanta! – dijo invitándola.
-Gracias … ¿Qué vas a hacer …? – preguntó la chica señalándole con los ojos la media.
-Ah … eso – se agarró la frente - … No sé … Estaba sentada lo más campante cuando me di cuenta de que tenía que bajar ya estábamos a tres casas de la parada y corrí hasta la puerta bajando, pero en el último escalón me enganché con no sé qué y se me rajó … - dijo finalizando la historia.
-Ah … - respondió la muchacha rascándose la cabeza.
-Pero mira … - se sacó las medias y las tiró a la basura - …¡Ya está! – dijo sonriendo.
-Pero ¿Cómo? – preguntó asombrada.
-Así sin más, Samanta … ¡Vamos al comedor! Es la hora del desayuno y no queremos que se enoje Sonia ¿no? – dijo Natasha sonriendo.
-No, no … esa mujer es medio loca.
-Che … eso no se dice, Samanta, no es loca la pobre Sonia … Es tristeza lo que la hace actuar como lo hace … ¿Me guardas el secreto si te lo cuento?... – preguntó mirándola a los ojos.
La muchacha asintió y se sentó ansiosa en la mesa como un niño que espera un dulce.
-… Una tragedia le arrebató la vida de su único hijo y ahora está sola … El hijo iba en el auto de unos amigos suyos, manejaba el mayor de ellos, pero el chico perdió el control del vehículo y volcó. Los otros tres se salvaron, el único que murió fue su hijo. Meses después se empezó a degradar su matrimonio y bueno … esa es la historia – dijo mirándose las manos.
-Entiendo … ahora entiendo un poco su carácter, pero … ¿por qué se las agarra con nosotros?
-Por lo que te acabo de contar, supongo que traslada sus problemas aquí, siempre le dije que busque ayuda especializada, pero … no sé si me tome muy en serio … ¡Es malo tragarse las cosas! – dijo mirándola.
Pasaron un rato en silencio, Samanta agarraba unas fotos que Natasha tenía decorando sobre la mesa y estudiaba cada rostro.
-Mi madre no me va a venir a ver, ¡me odia! – dijo finalmente.
-No, Samanta ¿Por qué crees eso? – preguntó asombrándose de que se haya abierto.
-Usted es tan buena que se empeña en ver buena gente a dónde va, pero el mundo no es perfecto, Nati … Mi madre me odia porque no soy la hija que soñó tener … ella quería a alguien capaz de manejarse sin ayuda de nadie, no quería a una dependiente, quería a alguien “normal” … Me lo dijo varias veces a la cara, entonces me internó acá por último. Renegaba de presentarme como su hija … ¿Le cuento una cosa? … ¡Nunca me dio un beso! No se lo cuento para que le de lástima, lo único que quiero es que ella no logre engañarla a usted que se portó tan bien conmigo … - dijo la chica.
-Tu madre me hizo creer cada palabra – respondió anonadada.
-Lo sé, tiene ese Don – dijo la chica poniéndose de pie - … ¡Me voy a mi cuarto!
-Adiós, nos vemos más tarde, Samanta – dijo siguiéndola con la vista.
Capítulo 3
Natasha estaba rellenando unos informes cuando sintió que golpeaban la puerta alzó la cabeza y dijo que entrara, al ver quién era se puso de pie.
-Hola, Nati – dijo un hombre con voz grave.
-¿Qué haces vos acá? … ¡Andate! Estoy ocupada y … y no nos permiten las visitas … ¡Andate!
-No me voy a ir antes de que me escuches. Hace tres semanas que te llamo y no me atendes ninguna llamada – respondió el hombre pretendiendo agarrarle la mano.
-¡No me toques! – dijo ella dando un paso hacia atrás - … Si no te atendí las llamadas es porque no quiero saber nada de vos ¡entendelo!- dijo ya alterada al final.
Un hombre de casi unos dos metros y vestimenta azul acudió a la oficina tras oírla.
-¿Necesita ayuda, señorita? – dijo.
-¡Sí! … ¡Acompañe al señor a la puerta! – dijo apretando con el puño la túnica que llevaba puesta y evitaba mirar al hombre fijando únicamente sus ojos en el guardia.
-¡Sí, señorita! – dijo señalándole la salida al hombre.
-¡No, Natasha … me voy a quedar hasta que me escuches! – insistió el hombre.
El guardia lo agarró del brazo y por más que el hombre se resistía a dejar la oficina el guardia siguió como si nada hasta dejarlo fuera del edificio.
Natasha al sentir que el hombre ya no estaba dentro del centro salió al pasillo y se encontró con el guardia.
-Gracias, Claudio … ¿Te podría pedir un favor? – preguntó temblando.
-¡Tranquila, señorita! Me halagaría si por fin confiara en mí para pedírmelo, después de conocernos hace diez años … ¡Dígame! ¿Qué puedo hacer por usted? – dijo el hombre humildemente.
-Si llegase a presentarse nuevamente éste hombre … por favor, por favor no le permita el paso. Invéntale lo que quieras, pero no lo dejes – ya era sólo una hojita en el invierno de cómo temblaba.
-¡Le doy mi palabra de que así será, señorita! – respondió.
-Gracias … es que … - dijo queriendo responder.
-No me tiene que decir nada, me basta con leer su mirada. Esté tranquila que éste hombre no se volverá a acercar por aquí – dijo haciendo un gesto de despedida.
Horas más tardes se encontraba en el cuarto de Oliver, un hombre de avanzada edad que sufría de parálisis cerebral y tenía incapacidad de mover el cuerpo salvo un brazo.
-Hola Oliver ¿Cómo estás? … Me dijeron que ya comiste … Hoy te traje un libro de poemas, no sé si te va a gustar, pero veremos … - Abrió el libro y tomó asiento junto a él. Empezó a leer en voz alta, hasta llegar a la mitad del libro (que no era muy largo) - … La otra mitad la dejamos para mañana ¿Sí? … Bueno, ahora duerma un poco – le dio un beso en la frente y se fue.
El reloj marcaba las ocho de la noche y Elena (otra internada) se acercó a Natasha dándole un cuaderno. La mujer agarró el cuaderno y en él vio el nombre de la chica escrito en manuscrita varias veces.
La felicitó y la alentó a seguir escribiendo. Después de media hora le volvió a dar el cuaderno, pero ésta vez no era su nombre el que había escrito como siempre lo hacía sino que el nombre de ella: “Natasha”.
Al preguntarle el motivo se puso colorada y se tapaba la cara con el brazo y ladeaba la cabeza.
-¡Tranquila, Elena! No me tenes que responder … - decía mientras la chica la callaba al decirle.
-¡Porque sos mi amiga! – dijo calmándose.
-Y vos la mía – dijo sonriéndole.
La mujer agarró papel y lápiz y empezó a dibujar con la muchacha.
Eran las diez y media de la noche. Natasha había llegado recién a la casa y se encontró con la hermana agarrándose la frente apoyada contra la pared.
-¿Qué paso, Mercedes … estás bien? – dijo corriendo hacia ella.
-Sí sí, sólo es un mareo … ya está pasando – dijo apoyándose en el hombro de la hermana.
-¡Mañana te vas a hacer un chequeo al médico! – Respondió Natasha.
-No hace falta, Nati … ya estoy bien – dijo al oírla.
-Me alegro, pero igualmente vas a ir y fin de la discusión – dijo yéndose a su cuarto.
-Pero … - discutió la chica.
-No, Mercedes, por favor hoy no más … quiero recostarme un rato y dormir … En media hora me levanto y preparo de cenar ¿ta? – dijo amagando con irse.
-¿Tuviste algún problema, Nati? – preguntó enderezándose.
-Hoy se presentó Fernando en el centro – dijo sentándose en el sofá.
-No te puedo creer … ¿Cómo tiene el descaro de presentarse adelante tuyo después de …?
-Ya lo sé, no hace falta que me lo recuerdes – dijo levantándose nuevamente.
-No te quería molestar – dijo con cara de lástima.
-Está bien … no sabes lo contenta que estoy de tenerte a vos, Mercedes – dijo abrazándola - ... ¡Te quiero mañana en el médico! – agregó por último al irse al cuarto.
Eran las cuatro de la tarde y Mercedes se encontraba en la oficina de un médico. Tras un par de estudios se sentó y esperó al médico.
-Bueno, señorita … Para mañana a ésta misma hora le tengo los resultados de los estudios que le practicamos hoy – dijo el hombre acercándose a ella.
-¿No me puede adelantar nada? … Gracias igual, doctor … Entonces estoy acá mañana a las cinco de la tarde, con permiso ¡adiós! – dijo abriendo y tras salir cerrando la puerta.
Natasha estaba haciendo un trámite en la Municipalidad.
Estaba haciendo una cola de veinte personas más o menos y ella era una de las últimas de la cola. Un hombre se dio la vuelta mirándola y le preguntó …
-¿Se encuentra bien, señorita? – Era un hombre alto y apuesto.
-Sí, sí … Es que el calor me marea un poco – contestó a la pregunta.
-¿Y no es para menos? Hace mucho calor últimamente … ¿Quiere beber un poco de agua? – dijo dándole una botella.
-Muchas gracias – dijo aceptando la botella con una sonrisa, bebió y le preguntó - … ¿Cuánto le debo?
-¡Nada! Por favor ¿por quién me toma para cobrar el agua? – dijo sonriendo.
-No, pero algo tengo que darle, me sentiría mal … me incomoda – dijo agarrándose la nuca.
-Hay una cosa sí … ¿Tendría usted la bondad de acompañar a éste humilde servidor a merendar algo cuando finalicemos nuestros qué haceres aquí? – dijo atentamente.
-No sé … es que tengo que volver al trabajo … ya me tomé la mañana, pero … - dijo retirándose el pelo de la cara como nerviosa.
-No me diga que no por favor – rogó el hombre - … No me exponga a una humillación total … - la mujer iba a decir algo y el hombre agregó - ... Al menos déjeme su teléfono para ver si otro día le complace acompañarme a comer o hacer otra cosa de su preferencia … Por favor.
-Está bien … - sacó su agenda y anoto su número en él - … ¡Tome! Y gracias otra vez por el agua.
-¡Quédese con la botella, señorita! Y gracias a usted por permitirme conocerla – dijo con una sonrisa.
Mientras tanto no se dieron cuenta que la cola se reducía y que ya estaban a punto de ser atendidos. Cuando le tocó al hombre le hizo un gesto a Natasha para que ocupara su lugar y ella sonriendo con cierta vergüenza le agradeció.
El hombre la sujetó delicadamente del brazo haciendo que frenara junto a él.
-¿Podría darme la dicha de descubrirme su nombre? – preguntó.
-¿Por qué me habla tan raro? – dijo sonriendo - … Me llamo Natasha ¿y usted?
-Es un bellísimo nombre. Perdone mi falta, no me he presentado … Mi nombre es Facundo, Facundo Balduzzi – dijo regalándole una sonrisa – La llamaré, Natasha .
Ella se sonrojó un poco y lo saludó, antes de irse oyó a la gente de la cola decirle al hombre “¡Vamos, hombre que no tenemos todo el día!” y otras cosas más.
Natasha llegó al centro y en la recepción se encontró con Lucrecia.
-Buenas ¿Cómo te fue, Nati? – preguntó la muchacha al verla llegar.
-Bien, pero qué calor que hace che … cada vez está más insoportable el clima … Bueno estoy en la oficina por cualquier cosa, ¿ta? – dijo la mujer siguiendo hasta el fondo.
Al día siguiente volvió a las ocho de la noche a la casa, porque la doctora Rivas le suplantó el turno y al llegar a la casa saludó a la hermana que estaba dando vueltas y más vueltas.
-¿Qué te pasa, Mercedes? – preguntó preocupada.
-No te oí llegar … - dijo mirándola y en la mano sostenía un papel.
-Recién llego … ¿Qué es ese papel? … a ver … - tomó el papel que la hermana le había alcanzado.
-No lo aguanto más, Nati … Yo no quise … - dijo llorosa.
-¿De qué hablas, Mercedes? – dirigió sus ojos al papel y al llegar al final lo alzó nuevamente - … ¿A qué te referís con que no querías … es que acaso? – se tapó la cara con el papel y la abrazó - … Chiquita ¡tranquila! Ay mi amor ¿Por qué no me dijiste nada … Conoces a quién te hizo esto?
-¡Basta … no quiero hablar! – salió corriendo de la casa.
Pasaron siete días más en los que la buscó sin cesar, pero sin dar con su paradero. Una mañana sonó el teléfono y atendió desesperada.
-¿Mercedes? – preguntó con un llanto en la voz.
-No, mi bella dama. Lamento decepcionarla, soy Facundo … Balduzzi ¿Se acuerda? La municipalidad … Le di una botella de agua y usted me dio su número de teléfono, veo que no se acuerda de mí, perdóneme por molestarla …
-Sí, sí, lo recuerdo … perdón – se le oyó el llanto manifestado.
-Señorita ¿Se encuentra bien? – preguntó seriamente.
-No me encuentro muy bien, no … Tengo un problema personal …
-Permítame ayudarla – sugirió el hombre.
-Calle María Sosa Linares puerta 1239, cerca de una plaza que se llama “Libertad” con una fuente y tres angelitos en el medio …
-Salgo ahora mismo – dijo colgando el tubo.
Quince minutos más tarde sonó el timbre de la casa.
-¿Qué hice? No es digno de mí esto de darle la dirección a cualquiera … Bueno le digo que me agarró en un mal momento, pero que ya había pasado todo y que ya estoy bien … - se dijo a sí misma- … ¿Quién? – preguntó acercándose a la puerta.
-¡Facundo Balduzzi! – respondió el hombre.
-Hola … Gracias por venir tan rápido, pero … - los ojos se le llenaron de lágrimas y se hundió en el pecho del hombre llorisqueando - … perdón .
El hombre entró a la casa cerrando la puerta y la ayudó a sentarse.
-¿Dónde se encuentra la cocina? – preguntó.
-Al fondo a la derecha – dijo ella con la cara cubierta por sus manos.
Tras unos instantes volvió con un vaso de agua.
-¡Tome! … ¿Mejor? – preguntó al ver que se lo tomaba.
-Sí, gracias … - se peinó con la mano poniéndose el pelo tras la oreja - … Mi hermana desapareció hace una semana, la busqué y no … no hay rastros de ella, siento que se esconde de mí, que no me quiere ver … Creo que siente que fue mi culpa y …
-¿De qué habla? – preguntó el hombre arrodillándose frente a ella.
-¡Tuteame por favor! … Mi hermana fue violada y me entere hace una semana, cuando llegó con un certificado de embarazo – contestó.
-Pero ¿Cómo sabe … por qué pensas que la violaron, te lo dijo? – dijo.
-No, pero me lo dio a entender … dijo que ella no quería y cuando le pedí más detalles huyó y no sé dónde pueda estar – dijo tapándose la cara nuevamente.
Capítulo 4
Natasha despertaba en su cama y después de lavarse la cara fue a la cocina y preparó el mate. Se fue hasta el comedor y quedó sin habla.
Facundo estaba durmiendo en el sofá, la sábana le cubría medio cuerpo tenía el torso descubierto y el pelo entreverado.
La mujer se dio vuelta un poco avergonzada y se cerró el salto de cama tratando de acordarse de lo que había sucedido anoche y al dar un paso hacia atrás se topó con un adorno que hizo terrible escándalo despertándolo.
-Buenos días – dijo y bostezó.
-Bue buenas … ¿Pasó algo anoche? – preguntó bajando la voz y rascándose la cabeza.
-¿Algo? … ¡Sí! ¿no te acordás más? – preguntó seriamente. Natasha abrió los ojos de par en par - … Nada de lo que te estás imaginando.
-Yo no me imagino nada … ¿Qué debería imaginarme? – dijo levantando los hombros.
-¡No dormimos juntos, Natasha, tranquila! – dijo sonriéndole.
-Yo no pensé eso … No me acuerdo de nada de lo que pasó ayer – dijo cerrando los ojos.
-En un momento de la noche sacaste una botella de whiskey y al terminarla sola (Sí … no me convidaste mucho cuando estabas embalada) … bue al terminarla seguiste por las dos botellas de cerveza que tenías en el garaje y recién cuando estabas muy tocada pude sacarte el intento de tomarte otra botella más … Por eso estas vestida como anoche, no me quise atrever a siquiera pensar en cambiarte de ropa … bueno, a decir verdad si lo pensé, pero por simple cuestión de moral me rehusé – rió y se levantó.
-No me digas … - tanteó el sillón para sentarse y así lo hizo.
- Sí, te digo. Estabas muy afligida y creo que llegaste a sentir un poco de alivio y bueno … Parece que pudiste descansar – dijo finalmente poniéndose la remera.
-Sí, creo que me siento mejor … bueno, es un decir, porque con lo que decís que tomé entiendo porque siento que se me revuelve el estómago – dijo agarrándoselo.
-Te invito a tomar un café … - sonrió Facundo poniéndose de pie.
-Eh … acepto, me voy a dar una ducha y vamos … - dijo ella al verle la cara a Facundo como quién no acepta un No por respuesta.
Natasha pasó por su cuarto y agarró una muda de ropa con lo cual siguió hasta el baño y comenzó a ducharse. Al finalizar cerró la llave del agua caliente y agarró una toalla en la cual se envolvió. Frente al espejo comenzó a vestirse y se maquilló la cara.
Tenía puesto un vestido rojo que le cubría las rodillas, los hombros los llevaba desnudos y sólo un pañuelo del mismo color en el cuello, el pelo negro suelto y unas sandalias en la mano.
Salió del baño topándose en el pasillo con el hombre.
-Perdón … iba a … ¡Te ves hermosa! – dijo finalmente.
-Gracias, no es nada … Ya terminé, nos podemos ir – dijo sonriendo.
Salieron de la casa dirigiéndose a un bar dónde finalmente tomaron dos cafés con media lunas. Rieron mucho y ella pudo relajarse un poco, pero bastó nombrar a su hermana para que la expresión de su rostro tornase a tristeza y aflicción.
Dos horas más estaba junto a la puerta de la casa y Facundo a su lado.
-Bueno, espero que nos volvamos a ver, Natasha … Y que en ese entonces te sientas mejor.
-Gracias, Facundo. Gracias por todo y … - dijo ella metiendo la llave en la cerradura.
-No digas nada, me fue un placer acompañarte ¡Llámame cuando me vuelvas a necesitar sin preguntártelo! … La pase muy bien contigo, adiós – dijo alejándose.
Otra mañana se asomó a la ventana de Natasha y ella despertó con una sonrisa. Hizo a un lado la sábana y se levantó de la cama, se lavó la cara y se preparó para ir al trabajo.
Al llegar saludó a Lucrecia y sin darse cuenta sintió el abrazo por detrás de Mauro.
-Volviste ¿No me vas a dejar otra vez, no? Por favor quédate – decía mientras la sostenía fuertemente.
-No me voy a ir, Mauro, por favor soltame … Afloja la presión de tus brazos … - decía sintiendo que la estaba asfixiando.
En seguida se acercó el guardia y abrazando al hombre le sujetaba los brazos para que no siguiera apretando a la mujer, consiguiendo finalmente alejarlo de ella.
-Perdón, Nati … no quería lastimarte – dijo llorando Mauro.
-No pasa nada – dijo tras tocer - … Estoy bien, no me hiciste nada, Mauro ¡tranquilo!
-Vení, Mauro, te voy a llevar a tu cuarto – dijo el guardia agarrándolo del brazo.
La mujer se sentó al ver que Mauro ya no la veía y tosió un poco más.
-Toma, Nati – dijo Lucrecia dándole agua - … ¿Cómo haces, mujer?
-Gracias … no hago nada. Sé que no es con mala intención que lo hace, no controla su físico, Lucrecia. Sé que pudo haberme matado de no haber estado ustedes alrededor, pero no le voy a dar la espalda por eso … Ni siquiera es exceso de amor, simplemente es no distinguir la frontera y eso es algo que no debería ser penalizado por falta de control.
-Si vos lo decís … ¿Estás mejor? – preguntó la muchacha.
-Sí, gracias. ¡Voy a estar en la oficina por cualquier cosa! – dijo alejándose.
El día transcurrió tranquilamente. A la tarde Natasha se acercó al cuarto de Mauro y lo vio recostado en su cama.
-¿Puedo pasar, Mauro? – preguntó abriendo la puerta. Él asintió con la cabeza - … ¿Cómo te sentís? – dijo sentándose en una silla junto a él.
-Bien ¿Y vos? … Estás linda, linda como siempre – contestó sonriéndole.
-Yo estoy bien y gracias por el elogio … ¡Estoy bien, Mauro! ¿Te acordás de lo que sucedió esta mañana en la recepción, Mauro? – preguntó acariciándole la mano. El hombre sacudió la cabeza en señal de negativa y agarró algo del cajón de la mesita de luz dándoselo - …-¿Qué es esto, Mauro? – preguntó abriendo la caja y viendo en ella flores hechas con papel de diferentes colores.
-¡Son para vos!. Para que no me olvides cuando te vayas.
-Yo no me voy a ir, Mauro – insistió la mujer.
-Sé que él te lo dijo y finalmente te irás con él, pero no me importa … Te seguiré queriendo aunque ya no sientas lo mismo que antes – respondió con los ojos rojos.
-Está bien, Mauro – se levantó dándole un beso en la frente y salió del cuarto.
Mauro llegó a la clínica especializada por haber sido hallado vagando por la calles, pero no se sabe nada de su pasado. Era más que obvio que ocupó el lugar de una mujer a la que mucho quiso con el rostro de Natasha, pero no sabían más de él.
A la noche volvía a la casa y en la puerta se encontró con Facundo que la esperaba sentado. Sorprendida y alegre lo saludó y lo invitó a pasar.
-Llevo media hora acá – rió.
-Te dije que salgo a las diez del laburo – dijo ella sonriéndole.
-Sí sí, no lo discuto, sólo que no lo recordaba muy bien ¿Y cómo te fue hoy?
-Bien, si dejas de lado que Mauro casi me asfixia, pero es más el teatro que armaron a mi alrededor que la realidad – dijo prendiendo las luces.
-¿Me salió competencia? – preguntó de súbito el hombre.
-¿Cómo? – dijo asombrada Natasha.
Facundo se le acercó dándole un beso en los labios y al apartarse le dijo … - Te quiero.
Natasha quedó sin voz, pero su lenguaje corporal rechazaba aquella situación, lentamente caminaba hacia atrás hasta toparse con la pared.
-¿No me decís nada, Natasha? – preguntó acercándose a ella.
-Que … yo no siento lo mismo, Facundo – respondió bajando la cabeza.
-Pero podrías sentirlo, dame tiempo y vas a ver cómo …
-¡No, Facundo! … Viví hace poco un historia muy fea y no estoy preparada para sumergirme en una nueva y ahora con la ausencia de mi hermana no puedo pensar siquiera. Esas dos personas que desaparecieron de mi vida lo fueron todo para mí ¿Entendes?
-Sí, entiendo que soy un imbécil … - dijo pasándose la mano por la cara.
-No digas eso. Sé que ni siquiera me queres oír diciéndolo, pero estuviste a mi lado cuando más lo necesitaba como un verdadero …
-Si realmente sentís “algo” por mí como eso que ibas a decir no termines la frase por favor.
La mujer calló y vio como se alejaba de la casa dejando la puerta abierta.
Capítulo 5
Natasha estaba en la clínica.
Ya hacían cinco meses de aquella noche en la que Facundo le había revelado sus sentimientos y desde entonces no lo volvió a ver, pero no por elección propia sino porque él no le atendía las llamadas.
Después de estar un rato con Mateo y Jesús se fue a su oficina y sentándose agarró el teléfono y volvió a insistir con el número de Facundo. Nadie le respondía y colgó.
La mujer se sacó la túnica y la colgó. Fue hasta la recepción con la cartera.
-Lucrecia … Hoy salgo antes ¿sí?. Mañana entro por horas extras, pero tengo que ir a hacer algo – dijo apoyada en el pasamanos.
-Está bien, Nati. Hasta mañana entonces. ¡Cuídate! – respondió la chica.
Bajó los escalones y al llegar a la parada se subió al ómnibus, se sentó por la mitad y viajo cinco paradas.
Había pasado un cuarto de hora desde que salió del centro, estaba frente a la puerta de una casa y la golpeó hasta que le abrieron. Era la casa de Facundo, el mismo que le abrió y al verla se quedó mudo. Natasha se metió al comedor y al llegar a una mesa se dio la vuelta mirándolo a los ojos.
-No me tenes que decir mucho, sólo vine porque en éstos meses que pasaron no me contestaste a ninguna llamada y sólo quiero oír un sí o un no y me iré … ¿Realmente no me queres volver a ver … Tan mal me porté contigo, es que acaso te engañé en algún momento …?
-No – contestó bajando la cabeza.
-Si te dije que no quería empezar algo nuevo fue por mí y únicamente por mí. Viví un historia que llevaba a lo largo de los años ... Estuve casi catorce años con un hombre que … Fueron demasiados años de confianza, yo jamás confié mi vida a nadie como lo hice con él … Creí que … Hace casi medio año ya de eso y aún no pude reponerme a esa traición, me volví desconfiada de todo y noto como se me va la vida por no permitirme disfrutar de ella sin pensar en las consecuencias, pero el dolor que siento está agarrado en el fondo de mi ser … Antes me era mucho más fácil estando mi hermana a mi lado, ella me era un gran apoyo y me empujaba a que me olvidara de ese desgraciado, pero ahora que desapareció y no sé donde está, no sé … Me parece de lo más cobarde estar hablando así cuando no sé siquiera cómo la está pasando, ahora debe estar de cinco o seis meses de embarazo ya y sola por ahí sin saber qué hacer … Se me viene todo encima y la amistad que creí poder tener contigo también desapareció … pero … Créeme que si pudiera sentir lo que quiero desearía poder amarte todo me sería mucho más fácil, pero no sería justo contigo tampoco … - decía mientras caminaba hacia la puerta con los ojos llenos de lágrimas. Al pasar junto a Facundo, él estiró el brazo y la sujetó.
-No te vayas … perdóname ¡Fui un egoísta al pensar sólo en mí! – dijo susurrando junto a su oído. Y abrazándola se quedaron un rato hasta que el sollozo constante cesó.
Al día siguiente Natasha se encontró durmiendo en una cama extraña, se levantó y se cambió de ropa dejando el pijama que le había prestado Facundo doblado sobre la cama y se puso su ropa. Tendió la cama y fue al baño.
Al asomarse al comedor vio a Facundo tendido sobre el sofá y se acercó a él, se sentó en el piso cruzándose de piernas y le atravesó el cabello con los dedos despertándolo.
-Buenas … ¿Cómo dormiste? – preguntó el hombre y antes de oír la respuesta bostezó.
-Bien ¡qué sueño che! ¿No queres dormir un poco más? – dijo parándose.
-¡No! – la agarró de la mano obligándola a volver a sentarse - ¡Quédate acá un rato nomás por favor! – pidió dulcemente.
-Está bien – contestó mirando nerviosa hacia los costados.
Teniendo la mano de Natasha entre las suyas apoyó la cara sobre ella y durmió un cuarto de hora. La mujer de mientras lo observaba dormir.
Al mediodía llegaba al centro y con cara de situación le explicaba a Lucrecia su tardanza.
-¿Por qué actúas así, Nati? Nunca había sido irresponsable con tu trabajo … - protestaba.
-Mi irresponsabilidad se debe a que recuperé un amigo y si por ese motivo me van a decir algo que me lo digan – dijo mientras seguía de largo a su oficina.
El día terminó y ella se fue finalmente a su casa.
Los días siguieron pasando sin tomarse un descanso, Natasha contemplaba las cosas de la hermana pensando en cómo estaría en aquel momento en dónde más ayuda necesitaba y seguramente se sentiría desamparada.
No pasaba día en el que soñaba con regresar a la casa y encontrarla sentada en el sofá, pero cada día era una desilusión y un constante tobogán que conducía a la desesperación.
Capítulo 6
Una noche regresaba a la casa y al entrar sintió una voz familiar, al darse la vuelta vio a la hermana junto a la puerta del baño. Tenía el pelo suelto y un vestido que marcaba su voluminosa panza. Desesperada y entre lágrimas de felicidad la abrazó y le pedía perdón por todo. La hermana la empujó raramente hacia atrás y entonces vio a Fernando sentado en el sofá.
-¿Qué pasa … - dijo conmocionada - … qué está pasando acá? ¿Qué haces vos en mi casa? – dijo mirando a Fernando.
-Vengo con tu hermana, Nati – dijo seriamente.
Natasha se rascó la frente confundida y miró a la hermana como escudriñando en su mirada.
-¡Sí, Natasha. No nos hagamos los tontos … es lo que pensas! – dijo sin vacilar.
-¿Qué me queres decir con eso, Mercedes? – preguntó confusa.
-Lo que estás pensando, hermanita. Tu adorado, inmaculado y siempre sincero amante te dio la espalda para convertirse en el padre del ser que llevo en mí – contestó sin la menor consideración. Mientras que Natasha la oía se le ponían los ojos rojos llenos de lágrimas, su garganta empezaba a temblar al igual que sus labios.
-¿Qué? … ¿Vos … vos eras la otra … Cómo pudiste? Siempre me hablabas mal de él y me insistías que no lo viera. Hasta me hiciste creer que me querías y lograste hacer que me odiara a mi misma por haberte dejado ir creyendo que estabas desamparada – dijo tartamudeando.
-Fernando no te lo quería decir, pero como comprenderás no podía exponer a mi hijo la remota posibilidad de que lo perdonaras y por eso vine yo misma a decírtelo – contestó viendo a la hermana en el piso, mientras que las lágrimas le corrían por la garganta.
-Mer … - se secó las lágrimas e intentó pararse, pero patinó y se quedó en el piso - … ¿Por qué?
-“¿Por qué?” … ¿Por qué suceden las cosas … por qué la tierra gira …? ¡Porque sí, Natasha! … - se giró mirando al hombre y gritó - … ¡Vamos Fernando!.
Salieron de la casa dejando la puerta abierta, mientras que Natasha quedó llorando en el suelo sin encontrar consuelo alguno. Sentía que un cuchillo la había atravesado de lado a lado y no encontraba fuerzas para frenar las lágrimas.
Así siguió un buen rato, el teléfono había sonado varias veces ya.
Eran las doce de la noche y de repente bajo el umbral de la puerta se vio la silueta de un hombre que se adentró a la casa y levantó a Natasha del suelo ayudándola a subir al sillón, ella seguía derramando lágrimas y se encontraba en un estado lamentable de sufrimiento.
El hombre fue a cerrar la puerta y después pasó por la cocina poniendo agua a calentar, agarró una tasa y un sobrecito de té. Al hervir el agua lo vertió en la tasa y se la llevó al comedor dejándoselo en la mesa. Fue a su cuarto y volvió con una mantita, le cubrió las piernas y le acercó el té.
-¡Tranquila, Natasha! – dijo frotándole la espalda. Ella cayó entre sus brazos buscando desesperadamente que la sostengan y así lo hizo él - … ¿Qué sucedió? – preguntó preocupado.
Entre la profunda tristeza que se le había metido en el corazón y el sollozo que no frenaba le contó toda la historia y el hombre asentía con la cabeza hamacándola en un abrazo.
-Lo que aún no comprendo … Facundo … es el porqué de tu aparición a esta hora ¿Cómo es posible que coincidiera lo uno con lo otro? – dijo finalmente más recuperada.
-Te llamé a partir de las diez y media, como me dijiste que salías a las diez calculé el tiempo que te tomaría llegar hasta acá, pero seguía y seguía intentando hasta que la hora me hizo pensar otra cosa y por eso mi aparición (como vos decís) – dijo mirándola a los ojos.
-Ah … eras vos, perdóname. No pude, no … no , lo sentía sonar, pero no podía – dijo mientras que los ojos se le volvían a llenar de lágrimas.
-No pasa nada, Natasha … ¡Olvídalo! – le besó la frente y volvió a abrazarla.
Finalmente ella se quedó dormida entre sus brazos, mientras que él le acariciaba el pelo. La cara de Natasha estaba marcada por el dolor que le había provocado la hermana y al que creyó su pareja.
También tenía el maquillaje corrido y Facundo aprovechando que estaba dormida se levantó para ir a buscar un tachito con agua caliente y una toalla, mojó la punta de ésta y suavemente sin despertarla intentó lavarle el maquillaje de la cara.
Capítulo 7
El sol marcaba la silueta de una mujer que estaba agachada junto a una niña de trece años. La niña la miraba como buscando ver en ella a otra persona, no era con palabras como se entendía con ella sino más bien en el lenguaje corporal.
Estaba vestida con un conjunto deportivo celeste como la blusa que tenía puesta Natasha y tenía el pelo recogido en dos mitades, una sonrisa muy franca y ojos brillantes.
-Cómo te gusta estar sólo acá sintiendo el calor del sol posarse sobre tu rostro eh … ¡Clarisa … te traje esto de regalo! – dijo alcanzándole algo envuelto en papel plateado.
-¿Qué es? – preguntó la niña ingenuamente.
-Para saberlo tenes que abrirlo ¡Rompe el papel, Clarisa! – dijo sonriéndole.
-¿No me van a regañar por romperlo, Nati? – preguntó mordiéndose las uñas.
-No, mi amor … ¡Dale, rompe el papel, cualquier cosa yo me hago cargo, tranquila!.
La niña rompió con alegría el papel y la sonrisa se amplió aún más si eso fuera posible. En los brazos levantó a un peluche, era un osito marrón con una cinta roja en la oreja.
Natasha estaba parada junto a Lucrecia diciéndole que se iría antes de cumplir las diez. El día ya se estaba acercando a las siete de la tarde, hora en la que la mujer se retiró a su oficina para recoger sus cosas y marcharse del centro.
La mujer se acercaba a su casa y al entrar lo primero que hizo fue sacarse la ropa y meterse bajo el chorro frío de la ducha y finalizó el baño llorando sentada en el plato de la ducha con las piernas recogidas.
-¿Está todo bien, Natasha? – preguntó Facundo golpeando la puerta. Ella no respondía y el hombre forzó la puerta, sintió que el agua corría, pero no la oía a ella. Entonces corrió la cortina de baño y la vio sentada abrazándose a sus piernas mientras que las lágrimas se confundían con la lluvia del duchero. Estaba conmocionada y no pronunciaba palabras - … ¡Ay Natasha! … A ver … ¡veni! – La cubrió con una toalla y la sacó del baño llevándola a su cuarto.
Agarró un vestido violeta que era amplio y liviano y la ayudó a ponérselo, después le sacó la toalla y la convenció de que durmiera un poco.
Facundo estaba preparando algo de comer, mientras que Natasha dormía plácidamente en su cuarto.
El hombre oía música mientras que preparaba una salsa de tomate y una de crema.
Al tener preparada la lasaña de verduras y la mesa servida fue hacia el cuarto y tiernamente le tocó el hombro a Natasha, quién se giró y lo miró con los ojos rojos. Al tenerlo cerca a ella, la mujer se sentó abrazándolo, no lloraba, pero no lo soltaba.
-¡Tranquila, Natasha! … Me mata verte así – dijo al separarse y verla a los ojos.
-¿Cómo es que siempre estás junto a mí en éstos momentos? – Preguntó secándose los ojos.
-Porque ¡soy Ave de Malagüero! – dijo humildemente.
-Sí, claro … ¿Cómo supiste? – preguntó confusa.
-Íbamos a ir al cine, me llamaste diciendo que viniese a tu casa a las siete, porque a las ocho empezaría una película en el cine que era la última función que daban y que te morías por verla y … y… y … Bueno … entré con las llaves que me diste. Seguramente llegué antes que vos a la casa, pero no me di cuenta de tu llegada, me sorprendió la ducha y entonces ahí vi tu cartera y las llaves sobre la mesa, entonces me fui al comedor … de repente oí un ruido feo y me acerqué a la puerta a preguntar, pero no me respondiste y entré …
-Ah … el cine ¡qué estúpida! – dijo agarrándose la frente.
-Eso es lo que menos importa, Natasha … ¿Qué pasa … por qué te sentís mal … es por ese tal Fernando … o por tú hermana? – preguntó preocupado.
-Por los dos, Facundo … Me desgarraron entre ambos, ni sé con qué fuerzas sigo … Antes pensaba que todo lo que hacía tenía un sentido ¿sabes?, pero … ya no lo siento … Me siento muerta, Facundo – decía mirándose las manos.
-No hables así, Nati … Ya hacen dos meses de aquel día y sé que vas a salir adelante, aunque sientas que ahora el mundo se te venga abajo. Hay mucha gente que te necesita, Natasha. Vos misma me contaste muchas veces de los pacientes a los que tratas y cómo ellos reaccionan contigo,¡ no les podes fallar a ellos! ni a mí, Natasha … ¡Sí!, yo te quiero y no puedo, no quiero verte llorar … Sé lo que pensas y sentís, no te pido nada, pero no te des por vencida por gente que no lo merece, Nati – dijo el hombre habiéndose arrodillado frente a ella.
Cenaron la lasaña que había preparado Facundo, a Natasha le gustó tanto que repitió el plato y soltándose en risas le empezó a hablar de un libro que estaba leyendo y él la oía atentamente viendo como disfrutaba de la comida.
Al final de la velada ella lo acompañó a la puerta y se despidieron.
Al día siguiente Natasha salió del trabajo a las cinco sin darle ninguna explicación a Lucrecia para archivar las horas laborales.
Tenía puesto un pantalón gris ajustado, una blusa amarilla y zapatos de cuero negro con taco cuadrado. Caminó hasta llegar a un puente y allí se sentó con las piernas colgando hacía el río, así se quedó un largo rato mirando el agua fluis rápidamente bajo sus pies.
A las diez y media de la noche volvía lentamente a su casa y ya de lejos veía la silueta de Facundo esperando junto a la puerta, se apresuró a llegar y al tenerlo en frente lo saludó con un beso.
-Hola, ya se te hizo costumbre venir todos los días eh … - dijo sarcásticamente.
-Sólo me preocupo por vos … Nos vemos mañana … - dijo bajando de los dos escalones que habían en la entrada.
-¡No, Facundo, perdóname. Perdóname por cómo te hablé, no es contigo la cosa! – dijo sujetándolo del brazo.
-¿Me invitas a tomar un café? – preguntó él.
-¡Claro! Pasa por favor … – dijo con una sonrisa.
La noche transcurrió tranquilamente y después de tomar café, cenar y volver a tomar café, él sacó un CD de su bolso y le preguntó si quería oír música, ella sonreía.
La música empezó a invadir la habitación, Facundo y Natasha degustaban de unos tragos alcohólicos mientras reían. Hasta que terminaron sentados sobre la alfombra uno al lado del otro y él apoyaba su cabeza en el hombro de Natasha.
-Nati … ¿Crees que algún día … podamos … – insinuó las palabras con un gesto en su mirada - … estar juntos? – preguntó temeroso de oír un segundo rechazo.
-¿Quién sabe? … tal vez sí o tal vez no, no lo sé – respondió sonriéndole.
Pero sus palabras le bastaron para albergar esperanzas en su corazón y así entre sonrisas y más charla se fue otro día a dormir.
FIN.
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