domingo, 29 de junio de 2008

Gabriel, el boxeador

Junio 2008
Uno
Gabriel medía un metro con sesenta y nueve centímetros, pesaba setenta y seis kilos. Tenía el pelo oscuro, ojos fríos como si no tuviesen vida. De cuerpo robusto.
Entrenaba cada día a las nueve de la noche, tres horas diarias. A veces hasta lo veían salir del Gimnasio a las tres de la mañana.
Nunca, ni siquiera cuando dejaba el local a las tres de la mañana se lo veía cansado, ni se le notaba que estuviese agitado. Era como un animal que no se saciaba con nada de lo que hiciese para cansarse.
Vive solo en un piso en medio de la ciudad y en medio de la nada.
En su barrio había que tener cuidado con la gente que sin más te degollaba por un par de monedas o por verte con una barra de pan y querértela sacar. Los niños más chicos andaban también armados hasta los dientes y cuando se te acercaban era fijo que la ibas a quedar.
A Gabriel no le preocupaba caminar de noche por esas calles. Parecía como que ardía por tener un encontronazo con alguno, pero por algún motivo nadie se le acercaba.
Cada vez que peleaba un combate de Boxeo noqueaba al contrario sin dejarlo llegar al tercer round. Tenía un instinto casi animal de aniquilar al contrario sin siquiera dejar que éste le tocara un pelo. Nunca perdió un combate y a cambio ganó ocho títulos.
Era osco, de pocas palabras. Nunca se frenaba ante un reportaje, sólo lo hacía frente a la sonrisa de un niño o una niña que lograban milagrosamente un esbozo de sonrisa en su frío rostro.
Su comportamiento tenía una fácil y complicada explicación. Tenía una hermana cinco años menor que él que murió el año pasado, cuando él tenía 21. Al cumplir la niña 16 años fue violada por uno de los muchachos del vecindario, que aún no se sabe quién fue.
Dos semanas después de lo sucedido cuando las cosas parecían estar más tranquilas y la rutina parecía haberse adecuado nuevamente a sus vidas, Gabriel encontró a su hermana tirada en el suelo del living con una bala en la cabeza, la sangre bañándole el cuerpo y un arma desconocida en la mano derecha.
Siempre despertaba bañado en sudor de la cabeza a los pies y sobresaltado. Se inclinaba en la cama y se pasaba la sábana por la cara para secarse el sudor, estiraba su brazo hasta abrir el cajón de la mesita de luz y sacaba una caja con puchos, se encendía uno mientras sentía que la nicotina lo “tranquilizaba”. Terminaba el pucho y se metía en la ducha para despertarse.
Desayunaba una dieta estricta que le había mandado el entrenador, después salía a correr una hora por el parque. Volvía a la casa se daba una ducha y tomaba un vaso grande de jugo de naranja recién exprimida.
El resto del día mataba el tiempo leyendo y oyendo música, hasta que se cumplieran las nueve. Hora en que se encontraba en el Gimnasio para enfrentarse a un saco de sesenta kilos, el punchin y a veces en el ring se enfrentaba a un ingenuo que se declarase voluntario. No se medía porque todos los socios del club de Boxeo eran de su barrio y al no saber quién era el responsable de lo que sentía se desahogaba aprovechando la oportunidad.
El tiempo pasaba y su dolor no hacía más que aumentar. Volvió a ganar otro título, pero ni la alegría del triunfo alcanzaba para enmendar su vida.
Dos
Un mediodía salió a correr por el parque, parecía estar poseído. Tenía el rostro colorado y cada vez corría con más fuerza más desbocado, dejando de lado la esquema del entrenamiento. Hasta que en un momento se llevó puesto (nunca mejor dicho) a un nene de cinco años, el salió volando como dos metros hacia uno de los costados y el niño quedó tendido sobre el camino de la cabecita le emanaba sangre. Al darse cuenta de lo sucedido e incorporarse corrió de inmediato hacia el niño, una mujer estaba llorando a mares sobre él y al verlo acercar lo puteó de arriba abajo. Gabriel no sabía cómo pedir disculpas y del jogin extrajo un celular llamando a una ambulancia.
La mujer quiso levantar al niño del piso y Gabriel se lo impidió porque la mujer que lo atendió desde el hospital le dijo que no lo movieran. A los cinco minutos llegó y Gabriel corrió a la camioneta para señalarles dónde estaba el niño y ellos se acercaron con una camilla y se lo llevaron, la mujer se subió a la ambulancia y antes de que arrancara Gabriel preguntó si lo llevaban al hospital a dónde llamó o a uno más cerca, le contestaron que lo llevaban al hospital al que llamó y arrancó con la sirena a todo volumen. Gabriel corrió detrás y después se metió por otro camino.
Cinco minutos después llegó al hospital y entró hasta toparse con la recepción dónde preguntó por el niño, pero no le facilitaron información porque su descripción era vaga y no tenía ningún parentesco con el niño.
Espero a ver en algún momento a la mujer y a los diez minutos la ve salir de una oficina llorando, se acercó a ella ofreciendo un pañuelo y nuevamente le pide perdón, le explica que no lo había visto, que venía pensando en otra cosa y la mujer le dio la cara vuelta de un sopapo. Gabriel bajó la cabeza, tenía los ojos rojos y la mujer lo abrazó sollozando.
Al tranquilizarse le contó que el niño había sufrido una conmoción cerebral por el golpe y como había perdido mucha sangre debido al golpe que se dio en la cabeza hacía falta una transfusión sanguínea.
El hombre se levantó y fue hacia una enfermera que vio remangándose la manga del buzo, le dijo que quería hacer una transfusión para el hijo de la mujer señalándola con la mirada.
Diez minutos más tarde le permitieron a la mujer entrar a la habitación donde se encontraba su hijo. En una cama estaba tendido el niño con el brazo izquierdo estirado junto a su cuerpo, tenía la cabeza vendada y del bracito salía una aguja con un tubito por el cual circulaba la sangre proveniente del brazo de Gabriel que estaba en la habitación en una cama al lado del niño. Estaba recostado con la cabeza apoyada en la almohada observando la cara del niño que parecía estar dormido.
La mujer se acercó al niño tocándole la mejilla, se sentó en la parte de debajo de la cama y le sostenía un piecito. Miró a Gabriel y le agradeció con la mirada, dejando pasar un poco de tiempo le preguntó cómo fue a coincidir con el grupo sanguíneo del hijo con el suyo queriendo hacerlo parecer un milagro. Gabriel la miró y cortándole el brillo de la ilusión le dijo que era “Cero positivo” (Grupo sanguíneo que puede donar a cualquier otro grupo de sangre) y la mujer suspiró volviendo la mirada hacia su hijo.
Media hora después despertó Gabriel inclinándose en la cama, se miró el brazo y lo vio vendado al igual que su pierna. Miro a la cama vecina y vio al niño y a la madre dormidos. Se incorporó y se acercó a la cama de la familia, observó al niño y le retiró el cabello de la frente. Se dio la vuelta y salió de la habitación.
Una enfermera lo vio salir del cuarto y lo frenó, diciéndole que no era conveniente que se moviera debido a la transfusión. No lo logró convencer de que permaneciera y se fue rengueando un poco.
Tres
Al día siguiente despertó un poco mareado y nuevamente sudado.
Se fue al baño y se arrancó el vendaje, entró a la bañera y se duchó, al terminar notó que le ardía la rodilla. Se sentó en la mesa de la cocina y se miró con más atención observando que alrededor de la herida tenía un color violeta oscuro con un poco de amarillo, se levantó puteándose por la infección agarrándose la frente.
Se puso un short y una remera, agarró las llaves y la billetera. Salió de su casa y al notar que le dolía bastante flexionar la pierna decidió llamar a un taxi.
Llegó muy rápido y al entrar al hospital se dirigió al lugar en donde lo habían atendido ayer. La enfermera lo hizo pasar y le revisó la herida. Lo vendó nuevamente y le recetó un medicamento para bajar la hinchazón de la herida. Al finalizar preguntó por el niño que ingresó ayer explicándole más o menos su caso, pero la muchacha le dijo que ella no cubrió el día de ayer y no sabía nada acerca del chico.
Así fue que abandonó el hospital, tomándose otro taxi que lo llevó a su casa.
Abrió la puerta y entró al living tirando las llaves sobre la mesa y recostándose en el sofá.
Minutos después se estiró hasta llegar al teléfono que estaba bajo la ventana a un metro de donde estaba él y discó, esperó y al atenderlo dijo que hoy faltaría al entrenamiento de las nueve, no dio explicaciones, pero sin duda alguna el receptor de sus palabras enmudeció porque Gabriel nunca había faltado a un entrenamiento.
Se tiró en la cama y durmió tres horas al despertar lo hizo como siempre … con la espalda empapada de sudor. Al recordar las pesadillas sintió un escalofrío recorrer a lo largo de todo su cuerpo lo cual lo impulso a meterse bajo la ducha y acallarlo.
Salió a la calle topándose con un vecino que lo miró de forma extraña y él no se amedrentó le aguantaba la mirada como desafiándolo sin palabras, el otro retrocedió y se dio la vuelta. Gabriel caminó hasta el parque y se sentó bajo un árbol, cerró los ojos y un pensamiento arrasado por el viento lo hizo pensar en el niño de cinco años, abrió los ojos mirando hacia los costados pensando que a lo mejor volvería a verlo, pero no fue así.
La noche se acercaba rápidamente sobre la ciudad. Gabriel se levantó y caminó lentamente hacia su departamento.
Cuatro
A la mañana siguiente volvió a cumplir la rutina de su entrenamiento y a la noche fue al local.
Gabriel estaba volviendo a su piso mientras que caminaba con una botella en la mano, un chico creyendo que estaba indefenso al verlo borracho se le acercó para robarle y salió vendiendo boletines tras una piña que le dio Gabriel.
En el barrio algunos lo miraban con lástima y otros con desprecio sentimiento que él notaba y que lo dejaban sacar sus conjeturas alrededor de la muerte de su hermana. Le faltaban las pruebas, pero cada vez estaba más convencido del culpable.

Al paso de tres meses Gabriel se encontraba frente a la bolsa dándole con todo. Un hombre de un metro noventa le agarró la bolsa y éste cegado le siguió dando sin haberse dado cuenta de la presencia de Roberto (su entrenador).
Entre bromas le dijo que lo iba por terminar de matar, Gabriel reaccionó y se frenó en seco preguntando qué había dicho, el otro rió y lo invitó a tomar una cerveza a la vuelta del Club.
Gabriel aceptó y caminaron hasta la esquina, pidieron dos cervezas y Roberto empezó a hablar y a hacer chistes, el otro sólo asentía con la cabeza y se mantenía en silencio.
El chico volvía al departamento, pero justo en la esquina lo agarra uno de los chicos que siempre lo miraba de reojo y poniéndolo contra la pared sosteniendo un pedazo de vidrio junto a su ojo lo amenazó con que no volviera a mirarlo de pesado. Gabriel se rió y el otro le asestó una piña en las costillas, quedó doblado en el piso puteándolo, mientras que el otro le pisó el cuello obligándolo a que permaneciera acostado y volvió a amenazarlo dándole la razón a ese pensamiento que él tanto había sospechado. Le dijo que si no quería terminar como su hermana mejor sería que se comportase y no hiciera macanas. Tras asestarle una patada en el estómago que asegurase que no se levantara se fue corriendo.
Gabriel se giró como pudo y agarrándose de la pared se levantó. Caminando despacio llegó al edificio y subió las escaleras quejosamente agarrándose el torax con la mano derecha y con la izquierda se agarró de la baranda de la escalera.
Escupía un poco de sangre, pero al llegar a su puerta abrió y se fue al baño. Se miró en el espejo, se lavó la cara y escupió más sangre enjuagándose la boca. Después se levantó el buzo con mucho dolor y vio que tenía un gran moratón en el lado izquierda de las costillas. Se fue al sillón y se recostó durmiéndose.
Cinco
A la noche del día siguiente se acercó al Club y Roberto salió a recibirlo. Al verlo no creyó lo que veían sus ojos. Jamás había visto a Gabriel así de golpeado y ¡eso que era boxeador!
Lo ayudó a pasar y lo hizo sentar en una silla de su oficina, cerró la puerta y se sentó frente a él. Tras servirle un vaso con agua le preguntó qué le había pasado, en un principio Gabriel se rehusaba a abrirse, pero Roberto exigió palabras como un de acuerdo para que siguiera boxeando (No sólo era su entrenador sino que también era su manager) fue entonces cuando Gabriel se confió en alguien y le contó pestañeos de su vida (lo cual era una información bestial para lo poco que hablaba) hasta llegar al porqué de los golpes que marcaban su cuerpo.
A Roberto lo dejó sin habla, entrecerrando los ojos le preguntó qué era lo que pensaba hacer, pero el chico no respondió.
Roberto lo llevó en su auto hasta la casa y lo ayudó a subir las escaleras. Mareado por el dolor le decía a Roberto que “él ¡sí era un verdadero amigo!” y al recostarlo en la cama se quedó frito enseguida.
El hombre se fue al living y vio que la casa era un despelote. Decidió quedarse un rato y le empezó a acomodar un poco el living. Ya había pasado media hora y él seguía ordenando hasta que se topó con la foto de una muchacha y sosteniéndola se sentó en el sofá.
De repente desde atrás oyó la voz de Gabriel que le dijo “¡Era hermosa la guacha!” y se sentó junto a él, Roberto se disculpó y el chico sacudió la cabeza y le agradeció por haber ordenado.
Pasó una semana y Gabriel se sentía mejor. Las placas que se hizo bajo la orden de Roberto demostraban que las heridas ya formaban parte del pasado y así convenció a su entrenador de que lo volviera a dejar entrenar.
Como todos los días volvió a correr una hora a la mañana, a hacer la dieta y a la noche se volvió a entrenar con bolsa, punchin y en ring para agarrar de nuevo el equilibrio.
Otra semana pasó y con ella llegó una llamada de una propuesta para pelear con un gordo que se hacía llamar “El Camaleón”. El manager vaciló, pero Gabriel lo convenció de aceptar.
Al cortar el teléfono le dijo que éste tipo no había perdido un solo combate, el chico apeló a que él tampoco y Roberto le dijo “¡Sí, pero él te lleva seis años más de experiencia!” Gabriel resopló sin darle importancia.
El combate sería dentro de dos semanas y el chico aprovechó el tiempo para entrenar más duro.
Seis
Seis de la mañana. Un cuerpo encorvado sobre la cama. El sudor bajando por la espalda. El frío notorio invadía la habitación.
Gabriel se levantó, se vistió y salió a correr. A la vuelta se tomó un vaso de jugo de naranja y se dio una ducha de agua fría.
Eran las siete de la tarde y estaba entrenando en el Club. Roberto lo ve y se le acerca, juntos se fueron al estadio porque dentro de una hora se liberaba el combate.
El entrenador le insistió que aún podía frenar la locura que estaba por cometer, pero cuando algo se le metía en la cabeza a Gabriel nadie podía hacerlo cambiar de opinión.
El reloj marcaba las ocho menos cinco. El Camaleón ya estaba en el ring, pero no había rastros de Gabriel. Ya se acercaba más la hora y en el último momento anuncian la salida del chico que se acercaba con Roberto detrás. Se subió al ring y se fue a su esquina.
El juez dio libre la pelea y comenzó pegando Gabriel, le asestó buenos golpes y desvió bien los intentos del grandote, de vez en cuando le daba en la cara, pero no le afectaron. El combate siguió, ya estaban en el cuarto round y parecía que El Camaleón no se levantaba más después del último golpe que le dio Gabriel, pero al darse la vuelta el chico para volver a su esquina lo perdió de vista y el otro aprovechó levantarse y pegarle en las costillas de lado izquierdo, Gabriel se encogió por el sorpresivo dolor y al querer reaccionar sintió como le volaban la cara hacia atrás.
El juez paró el combate y obligó al Camaleón ir a su esquina. Roberto saltó al ring y lo ayudo a sentarse en el banquito. Lo rezongaba por haberlo perdido de vista y le repitió que por más que esté en el piso nunca había que bajar la guardia, le limpió la cara con la toalla mojada y le preguntó por sus costillas, el chico dijo estar bien. El juez volvió a dar libre el combate.
Al finalizar la pelea Gabriel parecía sonreír, Roberto se asombró porque nunca lo había visto recibir tanta piña como aquella noche, pero ignoraba que las piñas a Gabriel le servían para castigarse por lo que él creía que fue su culpa.
Siete
Tres días después Gabriel estaba sentado en el banco del parque cerca de su casa mirando a dos chicos que parecían hermanos jugar. El varón era mayor que la nena, de repente se le fue la sonrisa que inspiró el verlos.
Una mujer se le acercó y le pidió sentarse, Gabriel dejó lugar.
-Veo que no te acordas de mí – dijo retirándose el pelo de la cara mientras le sonreía.
-Sí … sí la recuerdo a usted y a … al niño ¿cómo está? – preguntó ansioso Gabriel.
-Acá está … ¡saluda al señor, Bruno! – dijo agarrándole la mano al niño.
-Hola, Bruno ¿Cómo estás, chiquito? – preguntó hoscamente.
-Está bien … - el chico se dio vuelta y abrazó a la madre - … No le quedaron secuelas de aquello – contestó sonriendo la mujer, pero enseguida cambió de tema - … Pero a vos ¿qué te pasó? – preguntó viéndole la cara llena de moretones.
-Nada … Me alegro de que estén bien y perdóneme otra vez, señora – dijo levantándose.
-Está bien, pero no te vayas … - El chico se giró esperando que le dijera porqué motivo no quería que se fuera - … Ya veo que sos uno de los duros … - dijo sonriendo.
-Disculpe, nos vemos … - contestó seriamente y empezó a caminar.
-¡Espere! ... – dijo corriendo hacia él, porque ya para ese entonces había recorrido tres metros - … Quédese con nosotros por favor – dijo finalmente - … Mire si vuelve a pasar un loco y lo atropella a Bruno o a mí – dijo sonriendo logrando que Gabriel mostrara los dientes - ... Por favor acompáñenos … ¿Sí? – dijo con Bruno en los brazos. El chico aceptó y se volvió a sentar en el banco.
-¡No soy bueno con las palabras! – confesó tras cinco minutos de silencio.
-No pasa nada … El 6 de Junio Bruno cumple los seis años y le vamos a hacer una fiesta … Como soy madre soltera, no sé a qué viene eso – rió - … Voy a hacer la fiesta en mi casa ¿Nos queres acompañar? – preguntó ilusionada.
-Tal vez no pueda – contestó tímidamente.
-Ah no … no puede faltar a venir siendo quién le dio por segunda vez la vida a mi hijo …
-Y el primero en haber estado cerca de sacársela – respondió a su insistencia.
La mujer calló con cierto temor en los ojos y se frotó las manos.
-Perdone … no quise, no debí decir eso … - dijo viéndola de reojo.
-¿Me vas a contar con quién te golpeaste? – preguntó la mujer alegremente cambiando de tema.
-Fue … soy boxeador – sentenció finalmente.
-Ahh y yo bailarina de ballet … - se levantó - … No hace falta que me cuentes nada si no queres, realmente no quería joder ¡Bruno nos vamos, agarra tus cosas, amor!
-Por eso nunca hablo con nadie, nadie te cree … - volvió a levantarse y encaminó corriendo hacia la otra dirección.
Ya estaba a tres cuadras del parque y unos instantes después frenó al sentir unos gritos que venían detrás de él.
-Perdón … que estás entrenado se nota ahora, pero en serio perdóname, es que pensé que te molestaba y me querías sacar de encima – dijo la mujer agitada con Bruno en los brazos.
-No tiendo a mentir cuando hablo – respondió viéndola exhausta.- … ¡A tres cuadras está mi departamento! – afirmó sacándole al niño de los brazos para llevarlo sobre sus hombros.
Cuando llegaron subieron las escaleras y entraron a la casa.
Ocho
Gabriel acercó una jarra con dos vasos al living dónde se habían quedado la mujer y Bruno. Se disculpó otra vez yéndose al baño y cuando volvió vio que la mujer tenía la foto de su hermana entre las manos.
-¡Es muy linda! … ¿Es tu novia? – preguntó esperando oír una negativa.
-¡No! mi hermana – respondió acercándose al sillón.
-Ah … - dijo aliviada y sonriendo - ¿Dónde vive ella? – preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.
-Ya no vive … ¡Ya vuelvo! – dijo yéndose a la cocina. Al llegar se apoyó contra la pared y dejó caer un par de lágrimas que reprimía.
La mujer que se había quedado angustiada por su intromisión se levantó y fue hacia él, pidiéndole disculpas.
-No podía saberlo – dijo lavándose la cara para que no lo viese llorar.
-Pero igual … ¿Puedo ayudarte en algo? … Digo para la cena – dijo sonriendo - … ya que nos invitaste que sea con cena, no?
-Ah sí, claro, pero … no sé cocinar – dijo agarrando el teléfono.
-¿Y qué pensas hacer con ese teléfono? – preguntó la mujer.
-Llamar para que nos traigan algo del restaurante – respondió.
-No, ¡yo voy a cocinarles algo! – dijo ella metiéndose en la cocina - … ¿Dónde tenes las ollas?
-Eh … creo que ahí arriba … pero …
-Pero nada, del resto me encargo yo ¡Vos anda a cuidar de Bruno! – ordenó la mujer.
Media hora más tarde ya había olor a comida en el departamento. La mujer lavó los platos sucios y puso la mesa.
Los llamó y Gabriel dudoso se sentó a la mesa, empezaron a comer y el chico le dijo que estaba muy rica la cena. Bruno parecía tener una barba de spaguetti.
-No tenes muchas cosas comestibles, pero me las ingenié como pude … Me alegro de que te guste … Mira a Bruno parecen gustarle también. A propósito mi nombre es Paola …
-Ahh … - dijo mirando al chico.
-¿Y el tuyo cómo es? – preguntó ella tocándole el brazo para llamarle la atención.
-¡Gabriel! – contestó el chico, se levantó y sacó la mesa - … ¿Alguien quiere fruta? – preguntó asomándose bajo el umbral.
Tras otros instantes en el que Paola le sacó la edad y otros detalles de su vida se levantó entre carcajadas y dijo tener que irse porque tenía que acostar a Bruno, que ya era hora. Gabriel le dijo que la acompañaba y ella se sorprendió diciendo que no hacía falta, pero él insistió y la acompañó levantando a Bruno del suelo.
Al dejarla en su casa le pasó de brazo en brazo al niño que se había quedado dormido en sus brazos y se despidió.
Nueve
En la noche del día siguiente Gabriel estaba entrenándose y Roberto se le acercó al notarlo distraído, el chico le explicó que ayer había estado con una mujer y enseguida el entrenador abrió los ganchos aplaudiéndolo de manera cómplice. Gabriel quiso explicarle que no había sucedido nada de lo que se estaba imaginando, pero éste no quería oír explicaciones.
Sin dejar que terminase de explicarle Roberto le dio la noche libre y se podría decir que lo dejó de patitas en la calle sabiendo que el chico no iba a aceptar faltar a sus obligaciones.
Así que el chico ya en la calle empezó a caminar y se empezó a maquinar el bocho pensando en cómo funciona la mente del hombre, sacaba conjeturas y se armaba todo un gráfico, en algunos puntos lo disculpaba y en otras lo puteaba y lo maldecía y otras simplemente le daba lástima.
Llegó a la casa y al querer subir las escaleras vio una nota junto a la escalera con su nombre, se acercó a agarrar el papel y de la oscuridad salió el mismo tipo que le había asestado en una oportunidad un piñazo en las costillas y lo había amenazado. Gabriel dio un paso atrás poniéndose en posición de ataque y el chabón arrancó el papel de la escalera y le dijo antes de marcharse que había visto a la mujer que le había dejado la nota y le advirtió que tenga cuidado con sus pasos. Gabriel lo miró con odio queriendo advertirle que no se acercara a ella, pero para ese entonces el otro ya se había ido.
Subió las escaleras y entró apoyándose contra la puerta. Respiró profundamente y se acercó al teléfono, lo levantó y discó un número que tenía anotado en un papel verde pegado a la ventana.
-Hola – contestó la voz de una mujer.
-Hola Paola ¿Estás bien? – preguntó agitado.
-¡Sí, Gabriel! – contestó extrañada - … ¿y vos?
-Sí … ¿el nene? – preguntó respirando medianamente tranquilo.
-También ¿Por qué … - de repente preguntó de manera más seria - …Por qué, Gabriel?
-No te preocupes … a veces tiendo a exagerar. ¡No te molesto más! – dijo nervioso.
-Pará … Gabriel no me podes llamar preocupado por mi bien estar y el de Bruno y después querer hacer de cuenta que no pasó nada … ¿Qué pasa … Gabriel seguís ahí?
-¡Sí, acá estoy! … ¿Puedo ir para allá? … Quiero ver al nene – dijo humildemente.
-A veces no te entiendo, Gabriel … Obvio que podes venir. Te espero entonces, chau.
Diez
El chico se dio una ducha y después salió a la calle dirigiéndose bajo las estrellas hasta la casa de Paola y Bruno. Ya estando frente al edificio tocó el timbre y enseguida le abrieron, subió en el ascensor (a pesar de odiarlos) y golpeo la puerta al estar frente a ella.
Paola preguntó quién era y le abrió sonriendo. Entró y lo invitó al comedor en dónde Bruno aun jugaba con unos autos en el suelo frente a la chimenea. Gabriel se sentó junto a él y agarró uno de los autos.
La mujer le dijo que acababan de cenar, pero que si tenía hambre le calentaba un poco de la comida, el hombre dijo que sólo quería ver al nene y la mujer asintió con una sonrisa agachándose junto a ellos. Le acarició el pelo y orgullosa dijo que su hijito era un imán por lo lindo que era y le sonrió. El chico también sonrió, pero más nervioso.
-¡No salgas de la casa! – dijo dándose la vuelta agarrando a la mujer de los brazos.
-¿Qué pasa, Gabriel? Otra vez no te entiendo … ¿Qué es lo que pasa? Contamelo por favor …
Tras unos instantes silenciosos en los que el niño jugaba sin percatarse de lo que sucedía a su alrededor, mientras que la madre mantenía la calma para darle espacio a Gabriel de que sintiera confianza en ella y le contara el porqué de su nerviosismo.
El chico observaba a los dos jugando entre ellos sin prestarle atención a él. Fue así como de repente Gabriel soltó una lágrima y la mujer se levantó agarrando en brazos al niño, lo llevó a su cuarto, le cambió la ropa por el pijama y lo recostó en la cama. Volvió al comedor y se sentó en el piso junto al chico sin decir nada, sólo lo miraba a los ojos.
Sin explicación alguna Gabriel la abrazó fuertemente mientras derramaba un par de lágrimas, minutos después recuperó la compostura y se enderezó pidiéndole perdón, se secó las lágrimas avergonzado y se puso de pie. Paola lo agarró del brazo y lo obligó a mirarla.
Otro cuarto de hora pasó y él seguía mirándola a los ojos como buscando algo en ellos que hicieran rendir a la parte que se negaba a hablar de frente, mientras que la otra peleaba ciegamente por acallar sus pensamientos.
-¿Qué pasa? … nunca me habían mirado tanto y menos como lo estás haciendo … ¡Gabriel! – dijo sacudiéndolo con fuerza, pero delicadamente.
- … Hay un tipo que está atrás de mí y … no quiero que estés con miedo, Paola … Él te vio dejar una nota para mí en mí edificio … - contestaba mientras le temblaban las manos.
-¡Tranquilo, Gabriel, estás traspirando como un loco! … ¿Por qué decís que te persigue? – preguntó la mujer tratando de calmarlo.
-¡Porque me amenazo! – respondió contundentemente.
-Entonces hay que denunciarlo …
-A ese tipo no lo frenan los canas … ésos son de los que tienen vía libre ante los ojos de los milicos, Paola …
-¿Pero cómo fue que empezó … por qué te amenazo? – insistió ella.
- … Hay algo que no te conté … Hace año y medio murió mi hermana …
-Sí, Gabriel, eso me lo contaste – dijo corrigiendo la mujer.
-¡No! … no te lo conté … mi hermana se mató con un arma que no sé ¡no sabía de dónde había sacado! … y … ¡Yo la encontré! … estaba envuelta en sangre, dejó una nota pidiéndome disculpas por no ser tan fuerte como yo lo era, pero que ya nada tenía sentido para ella y también escribió que se sentía muerta en vida … Dos semanas antes había sido violada, pero durante ese tiempo parecía haberse normalizado todo … ¡No fue así! … Aún no puedo creer cómo fui capaz de dar por cerrado el tema y no tratar de hablar con ella, en vez de hacer de cuenta como que todo estaba bien … Hasta el día de hoy sé que fui el culpable de su muerte aunque me digan lo contrario … - tras un largo silencio en el que Paola no dijo nada por no poder creer la historia que estaba oyendo, Gabriel prosiguió - … ¡Y yo sé quién fue!
-¿A qué te referís? – preguntó Paola mirando con extrañeza.
-A que sé quién fue el hijo de puta que abusó de mi hermana – respondió con los ojos fríos.
-¿Y qué pensas hacer? Porque decís que la policía no te va a ayudar … - preguntó desconcertada apretándole la mano.
-No sé … - respondió mirando el piso.
Durante la noche Gabriel había estado devolviendo y con un espantoso ardor en el estómago. Se pasó toda la noche yendo al baño bañado en sudor.
Hubo momentos en que despertaba a Paola y ella lo acompañó en su malestar pasándole la mano por la espalda para calmarlo, diciéndole que ya iba a pasar.
Once
La madrugada llegó y Gabriel despertó viéndose abrazar a Paola, se enderezó tratando de no despertarla y se dirigió al baño. Entró y prendió la luz, vio en el espejo que tenía nuevamente la remera empapada de sudor y se la saco colgándola del palo de la ducha. Se lavó la cara e intentaba frenar la aceleración de su corazón.
Volvió al comedor y vio a la mujer recostada en el sofá. Se acercó a ella y le puso un brazo bajo las piernas y el otro bajo la nuca levantándola y se dirigió con ella al cuarto de la mujer, la recostó sobre la cama y después la tapo sacándole los zapatos.
Fue al cuarto de Bruno y vio que el niño seguía durmiendo, cerró la puerta.
Agarró su campera poniéndosela y fue a buscar la remera al baño, la metió en una bolsa de plástico y con mucho sigilo abandonó el departamento.
Estando ya a unas cuadras de su casa sentía la frente afiebrada y tambaleaba mareado. Finalmente llegó y metió la llave haciendo girar la cerradura y abrió la puerta. Fue hasta su cuarto tirando la bolsa sobre la cama y frenó junto a una cómoda, se agachó y del penúltimo cajón sacó algo envuelto en una remera verde gris. Cerró los ojos y recordó cómo adquirió lo que tenía entre las manos. Era de noche cuando salió del departamento dirigiéndose a un local de ventas de armas y allí la compró sin tener que dar constancia de tener licencia ni nada.
La desenvolvió y se quedó un momento observándola. Se puso de pie con el arma en la mano y se la enfundó en la parte de atrás del pantalón cubriéndola con la campera.
Salió del departamento dejando una nota sobre la mesa dirigida a Paola.
Caminó tres cuadras hasta entrar en un bar completamente a oscuras, se frenó y gritó el nombre de un hombre “¡Ramón Gutierrez!” éste se levantó de una mesa caminando hacia él y burlón le dijo que había entrado en la cueva del gato. Gabriel le bajó los sumos de amenazador diciéndole que tuviera los huevos de enfrentarlo afuera sin testigos, a lo cual sin duda alguna el otro reaccionó como un desafío y entró de una.
Salieron solos y se metieron en un callejón, el otro enseguida sacó un puñal del zapato y apuntándolo le avisó que éste sería el final. Gabriel sacó el chumbo detrás de su espalda y apuntándolo sin vacilación alguna apretó el gatillo, disparándole al medio del corazón. El otro voló hacia atrás dándose contra unos tachos de basura.
El chico se le acercó para verificar sus últimos segundos de vida y en eso le dijo –“¡Tenes razón … éste es el final! y ahora por fin recibís lo que te mereces, hijo de puta”. Gabriel dio un paso para atrás al ver que Ramón murió. Se giró y dio unos pasos hacia la calle, miró al cielo y cerró los ojos. Se metió la pistola en la boca y volvió a apretar el gatillo.
Doce
A las ocho de la mañana del día siguiente Paola recibe una llamada telefónica que la hace saltar de la cama, no estaba dormida. Levantó el tubo y desesperada preguntó “-¿Gabriel?”, del otro lado un policía le dice que llamaba de la Comisaría, lo cual la desesperó aún más al oír que hablaba por algo que tenía que ver con Gabriel.
El milico le explicó que la llamaba porque Gabriel tenía su número telefónico pegado a la ventana y que hasta el momento no encontraron a nadie que tuviera que ver con él, más que su número. Ella respondió agitada que no pasaba nada y le preguntó angustiada al recordar las últimas palabras que le oyó decir a Gabriel la noche anterior cuál era el motivo de su llamada, el oficial respondió que habían hallado el cuerpo sin vida de Gabriel junto a otro que estaba a tres metros de donde yacía él. Paola temblaba y casi dejó caer el tubo. El hombre le dijo que le tenía que entregar unas cosas y le pidió su dirección.
Paola estaba con el hijo sentada en el sillón acunándolo, mientras que ella dejaba que unas lágrimas se asomaran a sus ojos. Trataba de calmarse, pero era inútil. Notó que la muerte de aquel joven le afectó más de lo que pudo creer posible.
A las doce del mediodía tocaron el timbre de su casa y golpearon la puerta. La mujer que a ésa hora se encontraba en la cocina fue a atender y al llegar oyó la respuesta a quién se encontraba tras la puerta. Un hombre y una mujer vestidos de policías le pidieron autorización para entrar en la casa, ella se hizo a un lado y ambos entraron.
Paola les ofreció tomar algo y ellos se negaron cordialmente. El hombre sacó del chaleco una carta y una billetera dándoselos a Paola quién al sujetarlo comenzó a temblar.
Los oficiales se levantaron y se excusaron nuevamente por el lamentable suceso, la mujer dejando a Bruno sentado en el piso sobre la alfombra acompañó a los policías hasta la puerta y al cerrarla comenzó a llorar.
Fue hasta su cuarto para que no la viera su hijo y abrió el sobre.
“Si te llega ésta carta es porque habré alcanzado el objetivo que me marqué al perder a mi hermana. Perdóname … “sé como duele ésta frase”, perdóname por hacerte vivir todo esto … ¡no lo merecías! … Sos de las pocas personas en el mundo que conocí a la que no deberían lastimarla ni con el roce de una pluma y sin embargo he me aquí provocándote éste disgusto … Las mañanas me abrazaban empapadas en sudor recordándome a cada segundo lo que no debía olvidar por nada del mundo y no lo hice, pero hay fantasmas que sólo uno es capaz de callar … Gracias por todo, Paola. Gracias por hacerme vivir plenamente antes de morir”
Sus lágrimas mojaban el papel, lo dejó sobre la cama y agarró la billetera. Empezó a mirarla y encontró un carné de manejar, la cédula con una foto de Gabriel de dos años de antigüedad, un poco de plata y un carné de socio de un club de boxeadores el cuál la hizo estallar en llantos.
FIN.

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