Mayo 2007
César era un muchacho activo como todos los chicos de su edad. Tenía doce años. Le gustaba jugar a la pelota con sus amigos, trepar a los árboles, saltar dentro de los charcos que la lluvia dejaba. Vivía haciendo el payaso, era muy simpático y nada serio.
De apariencia era bajito y flaco, pelo castaño y color de ojos azul oscuro.
Su gran debilidad y admiración eran para Ricardo Montelli, el mejor jugador de fútbol del mundo (según lo decían todos los posters de su cuarto).
Vivía con su madre y los fines de semana los pasaba con su padre y segunda mujer, con quién César no mantenía una buena relación.
Su mejor amigo era Nicolás (era más alto, rubio y de ojos marrones), ambos le robaban las revistas porno al primo de Nicolás (que vivía con Nicolás porque la madre estaba internada). Se compartían la revista, una semana uno y a la siguiente el otro. Una vez la madre de César lo agarró infraganti en el baño mientras tenía una revista en la mano y (…) El chico respondió con las mejillas coloradas y avergonzado cerró la puerta.
Un día entraron los dos chicos corriendo a la cocina (de la casa de César) donde se encontraba Emilia (su madre), quién saltó del susto. Los muchachos entusiasmados le contaron que Ricardo llegaría mañana por la tarde y se ofendieron cuando ella les preguntó.
-¿Qué Ricardo y llegar a dónde?
Los chicos le contaron quién era él, pero ella se rehusó a que salieron de la escuela para ir a verlo. Pero los chicos chillando y haciendo pucheros consiguieron el permiso y además su palabra en tratar de convencer a la madre de Nicolás en que se lo permita a él también.
Los chicos con el permiso de ambas madres se fueron en ómnibus al aeropuerto para ver llegar a Ricardo con la esperanza de que les firmara un autógrafo.
Mientras que lo esperaban ansiosos la llegada de su gran ídolo, César se dejaba llevar por el recuerdo; Ambos niños sentados frente al televisor mirando un partido de Ricardo Montelli contra su gran enemigo. El partido iba 3-3, unos goles magistrales de Montelli y uno de Lorenz, era la final y necesitaban otro gol a como de lugar. Ya estaban sobre la hora y como siempre sucede en las películas de Hollywood Ricardo Montelli logró sorprender nuevamente con una jugada mágica que parecía tener horas de ensayo por lo estupenda que salió. Esquivaba a los contrarios como si fueran sombras hasta que entró en el área con la pelota pegada al pie. Tenía los defensas y centro campistas encima, pero nadie pudo con él. Desde una esquina del área pateó la pelota y la clavó en el ángulo, el arquero decepcionado quedó tirado en el suelo fulminado y la gente se levantó de sus asientos gritando y aplaudiendo. El suelo temblaba. Sus compañeros lo levantaron sobre los hombros y celebraron la victoria.
-Che César ¡ahí viene! – dijo Nicolás sacudiendo a su amigo.
Con los ojos brillosos y el corazón galopando a lo loco, César se paró junto a Nicolás y veía como pasaban los jugadores junto a ellos. Todos los niños que había alrededor llevaban lápiz y papel para guardar aquel momento, al igual que lo hicieron César y Nicolás.
Finalmente salió Ricardo Montelli con una sonrisa de fotografía y saludando con la mano, pasó junto a los niños hasta llegar a César y al tenerlo en frente el niño le alcanzó el papel con ilusión en la mirada, éste le cortó el rostro dándose la vuelta marchándose.
César se quedó con el papel en la mano y los ojos rojos, un ídolo se le vino abajo y le dio vergüenza ajena la actitud de Ricardo. Llorando no podía terminar de creer que su gran figura lo haya ignorado como lo hizo.
De vuelta en casa fue todo el camino cabizbajo, ni Nicolás lograba hacerlo hablar, él también estaba triste por el golpe de vacío que habían sufrido con su ídolo, pero se le notaba menos.
Al bajar del ómnibus se despidieron los chicos y cada uno se fue a su casa.
Al llegar a su casa César no saludó a su madre y se metió a su cuarto. Arrancó uno a uno todos los posters, al oír el ruido acudió Emilia y lo vio a su hijo llorando en el piso, lo abrazó, pero él no quería consuelo, sólo estar solo.
Siete años más tarde César se había convertido en una estrella de fútbol, todos los diarios deportivos hablaban del nacimiento de un nuevo ídolo con su llegada.
Era delantero, goleador y nadie movía la pelota como él (según la fama que le habían creado). Varias veces le ofrecieron jugar en Europa, pero él se rehusó a vender su juego a otras tierras que no fueran las suyas.
Gracias a él su equipo se hizo con grandes triunfos.
A Nicolás no lo volvió a ver tras firmar un contrato de futbolista, ya casi que ni ve a la madre.
Estaba volando directo a Francia para jugar un partido y finalmente su equipo (por no decir él) ganó, lo cual lo lleva a entrar para pelear por la copa Libertadores.
En su vuelta a casa observó a varios chiquilines esperando por él.
Pasó junto a ellos y un chico se paró frente a él con el mismo brillo que tenía él hace siete años atrás pidiéndole un autógrafo. César que había perdido el brillo y cuando sonreía era para la cámara, apartó al niño y siguió su camino.
FIN.
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