Octubre 2006
Las luces de la calle entraban tenues a la habitación, el viento del Otoño hacía bailar a las cortinas. El silencio invadía la casa vacía y a lo lejos se oía un perro aullando.
Un hombre y una mujer yacían callados en la cama, se acostaron sin decirse nada, ni una mirada o tacto alguno para dar seguridad.
-¿Viejo … seguís despierto? – preguntó la mujer dada vuelta.
-Sí ¿por qué? – contestó girándose.
-Hace años que no hablamos … - dijo levantando la cabeza de la almohada.
-Pero si hablamos todos los días, viejita – dijo el hombre mirándola.
-Mira a otra parte si queres, pero sólo intercambiamos comentarios de radio, eso no es hablar.
-Puede que tengas razón – dijo cerrando los ojos.
-Sé que la tengo, decime cuando fue la última vez que ansiabas verme … ¡viste! – dijo tras el silencio que reinó unos segundos en la habitación.
-No, viejita, lo hago todos los días – dijo tras su “viste”.
-Déjanos hablar una vez sin mentiras, gordo, reflexionemos sobre la situación – dijo la mujer.
-¿Es mi culpa, viejita? – preguntó.
-Creo que si hay culpables somos los dos – dijo apoyándose contra el respaldo de la cama.
-¿Y ahora qué? – preguntó preocupado el hombre.
-No lo sé, me crié rodeada de cuentos acerca de que lo mejor es un matrimonio estable y miranos ahora … de tan estables que somos nos estamos pudriendo.
-Pero yo te quiero, viejita – dijo el anciano angustiado.
-No es cuestión de querer nada más. Yo también te quiero a vos y eso es todo lo que tenemos.
-¿Qué me intentas decir? – preguntó sin atreverse.
-Que yo antes por éste amor sentía vida y estaba dispuesta a arriesgarlo todo por el y sé que vos antes sentías lo mismo. Antes bastaba una simple mirada para llenarnos de alegría y ahora esa fuente se agotó, gordo – dijo finalmente.
-¿Qué nos pasó, viejita? – preguntó el hombre con los ojos llenos de lágrimas.
-Los años por encima, gordo … la lluvia que nos apagó … - dijo más bajito.
-Estoy dispuesto a todo, pero no me dejes, viejita – suplico el hombre.
-Sólo quiero comunicarte lo que siento y siento que sólo lo decís por miedo a la soledad
La costumbre nos hizo ser esclavos de nosotros mismos y no seguimos juntos por el amor de antes, lo que nos une es la rutina. ¡Callame si estoy diciendo disparates! Lo que quiero decir es que me está matando ésta soledad acompañada – dijo la mujer.
-No sé qué decir - respondió.
-No hace falta que digas nada, sé que pensas lo mismo. No sabes la millones de veces que quise retroceder el tiempo con mi mente para vernos como antes … porque antes éramos uno ¿te acordás? Y ahora nos quebramos, gordo – dijo mirando el techo.
-Pero … - replicó él.
-Nadie tiene la culpa, gordo, ya te lo dije. Éstos cuarenta años contigo no los cambio por nada, fueron años colmados de felicidad, pero también tristeza … ¿te acordas de cuando llegó la nena y el nene? Después siguieron sus enlaces adolecentes; creí volverme loca … los chicos pasando por ese huracán y vos trabajando en la empresa … yo acá en casa cuidando de ellos, de vos, de mí y de la casa. Y cuando los chicos se fueron de casa, primero creí que de alguna manera disminuirían las preocupaciones, pero no fue así … (habían más personas de repente por las que preocuparse) una tristeza que no conocía me llenó y después de eso la nena dio a luz una bebita preciosa y mis preocupaciones volvieron a incrementar. A las semanas fue el nene el que se convirtió en padre; dos mellizos rubios (esos salieron a la madre). No sabes lo que era para mí verlos llegar a casa y después ver que se volvían a ir … no, ya sé que es algo natural que se vayan dejándolo a uno para formar su propia vida … La vida sólo dejo que el tiempo pasara. Como bien lo sabes las pesadillas nunca abandonaron mis sueños. Sencillamente no puedo olvidar aquel infierno, pase lo que pase jamás volveré a ser la que fui antes de la dictadura. Lo que dije antes de “quebrarnos” a lo mejor sólo me concierne a mí … Éstos años a tu lado, gordo, fueron una bendición después de tanta tortura sufrida y fueron ellos los que me quebraron, gracias a ellos siento este miedo constante que nunca me dejó la mente en paz … todo tiene consecuencias … No, gordo, me parte el alma verte llorar, no te cuento esto para herirte, sólo quiero desahogarme un poco … - dijo mientras le acariciaba la mejilla y le daba un beso en la nariz.
-Dame otra oportunidad, viejita por favor – dijo él sollozando.
-No tengo que dártela, porque la primera que te di jamás se cerró, gordo. Fuiste más de lo que podía esperar, un verdadero cielo y te agradezco enormemente el hecho de que me quieras tanto … - decía ella con los ojos llenos de ternura.
-No es algo que tengas que agradecer, viejita – decía el hombre besándole la mano.
-Lo sé, pero quiero que lo sepas, en ningún momento disminuyo el amor que te tengo, pero se me hace imposible, ¡no! … siempre se me hizo imposible hacerte cargar con éste dolor que llevo dentro de mi alma, gordo – dijo con los ojos rojos sin permitirle caer a la lágrima.
-Pero fue mi elección, vos no me obligaste a nada ni me lo pediste, viejita.
-Lo sé – dijo ella sintiendo una enorme calidez por sus palabras.
-¿Entonces si me queres y sabes que no me importa “cargar” (yo diría “llevar”) tu dolor qué queres decir … me queres dejar, es eso? – preguntó finalmente.
-No, nunca dije tal cosa. Sólo te hablo como siempre me dije que lo haría y nunca lo hice ¿entendés? Tenía que serte sincera para que me pudieras ver cómo soy después de tantos años – dijo inclinándose.
-Sí, entiendo, yo también confieso que callé mucho tiempo, pero entonces ¿qué? – insistió pasándole una mano por la espalda.
-¿Estarías dispuesto a seguir bancándome a pesar de lo que te dije?
-Claro, si no es el amor de antes el que nos une, viejita, es un respeto enorme, admiración, cariño, agradecimiento y alegría compartida la que nos une hoy y eso para mí es mucho … y no te banco che ya que hablamos de frente, yo te quiero y siento si no pude demostrártelo , pero viejita, yo … déjame terminar por favor … yo me muero si no te tengo ¿entendes vos ahora?
Ella asentía con lágrimas en las mejillas. Él la estrechó en sus brazos y ella hundió su cabeza blanca en su pecho y por un segundo fueron los de antes.
FIN.
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