domingo, 29 de junio de 2008

Milagros

Mayo 2007

Uno
Era un día caluroso de verano. El cielo estaba completamente despejado y el sol brillaba radiante.
Una muchacha estaba recostada en una silla-hamaca junto a una piscina rodeada de otras chicas. Algunas de ellas nadaban y otras sencillamente disfrutaban el sol sobre la piel.
Gabriela tenía los ojos cerrados mientras descansaba sobre la silla-hamaca, pero los abrió al sentir un cosquilleo sobre la panza y vio a una mariposa violeta y negra posada sobre ella. Intentó no moverse para no ahuyentarla y seguir contemplándola. La mariposa parecía no tener miedo y hacía alarde de su hermosura. De repente sopló un viento que terminó por ahuyentarla; era Sara (una conocida) que se sentó junto a ella y cerró los ojos.
-¡La ahuyentaste! – dijo Gabriel con tristeza.
-¿A quién? – preguntó la chica sorprendida.
-A Violeta … - dijo sin percatarse de que ya había bautizado a la mariposa.
-¿Es una de las internas? – preguntó dubitativa Sara.
-¿Quién sabe? A lo mejor … Nadie le pone cadenas … - respondió mirando la nada.
-¿Vos estás bien, nena? – preguntó la chica preocupada.
-¡No! Antes todo era un caos, pero era mío y ahora que estoy acá siento que mi caos está en manos de otros. Es lo mismo que si yo fuera un pájaro rengo … La vida ya era suficientemente difícil, pero podía lidiar con ella. Un buen día los pájaros de alrededor decidieron que yo era un problema y me metieron en un lugar para cortarme las alas y no ser más un problema y lo lograron … - cesó.
-Tu analogía es bastante infantil – respondió Sara.
-Está bien – dijo Gabriela levantándose.
-¡Pará, nena! – dijo sosteniéndola del brazo - … Eso no quiere decir que no entienda lo que decís … No sabía que fueron tus padres los que te internaron acá.
-Fue mi padrastro … ¿Vos viniste por elección propia? – preguntó Gabriela.
-¡Sí! ¿Tus padres estuvieron de acuerdo? – preguntó la chica prestando más atención.
-Mi madre murió en un horrible accidente de auto antes llegar a enterarse de mi estado u cuando mi “padre” se enteró me dijo él no podía con todo, que la muerte de mamá y yo encima comportándome como una … - dijo mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
-No me digas que te dijo eso ¡qué hijo de puta! – dijo la chica acariciándole la espalda.
-Sí y después a la mañana siguiente note que se había ido de la casa.
-¿Y cómo llegaste a lo de tu padrastro? – preguntó Sara intrigada.
-Por vías legales desgraciadamente, Viví un tiempo con mi madre y la pareja, al morir mi madre me fui con mi padre unas dos semanas apenas y el resto te lo estoy contando.
-¡Qué vueltas, mija! ¿Vos no queres darlo, verdad? – dijo con mirada cómplice.
-No se trata de querer o no, ya no decido por mí misma. Siento que no tengo fuerzas.
-Tenes que pensar que es lo mejor para él – respondió Sara.
-¿Vos estás segura de darlo? – preguntó Gabriela.
-Sí, no tengo dónde caerme muerte, no puedo darle nada … Que se encarguen los ricos de su educación, que hay muchos que quieren bebes … Estoy segura de que va a estar bien, porque no va a estar junto a mí. Cuando se lo conté a Manu (el padre) se lavó las manos y desde entonces no lo volví a ver. ¿Y el padre del tuyo? – preguntó mirándola a los ojos.
-¿Qué? – preguntó a la defensiva.
-¡Tranqui, flaca! Te pregunté si él también se lavó las manos, porque viste que los tipos “Viva la jodita”, pero cuando la joda toma cuerpo se desaparecen como por arte de magia y termina siendo una la que afronta el problemita ¿Te dijo que te las arreglaras como puedas, no?
-No lo conozco – respondió levantándose y alejándose.

Dos

Gabriela pasó el resto del tiempo que le restaba en su cuarto, no recibía visita de nadie y tampoco aceptaba que una de las internas fuera a verla. Y así pasó el tiempo.
Una noche despertó adolorida y noto la cama mojada.
-¡Enfermera! ¿No me oye nadie? – gritaba desesperada.
-Sí, si, niña … ¿Qué sucede … te duele algo? – preguntó una mujer al acercarse.
-Muchísimo, Olivia – contestó histérica.
A las cinco y siete de la madrugada se convirtió en madre. Las enfermeras le ofrecieron sostener a su hija, pero ella no aceptó. Tras el parto se hundió en un sueño profundo.

Tres

Era un día gris y llovía. Gabriela estaba sentada junto a la ventana sola tomándose un té. Tocaron el timbre y se levantó dejando la tasa sobre la mesa. Abrió la puerta y vio a una muchacha que creyó reconocer, pero un velo le cubría el recuerdo en la mente.
-¿Sí? – dijo sonriendo la mujer.
-¡Soy Milagros Rommi! – contestó la muchacha.
-Perdón ¿quién? – preguntó incrédula. La chica estaba pálida - … Señorita ¿se siente bien? ¡Pase por favor! … venga por aquí – dijo Gabriela agarrándola del brazo y ayudándola a sentarse en una silla del comedor.
-Gracias … perdone, me maree un poco, pero ya estoy mejor. Busco a Gabriela Sánchez – dijo tomando un poco de agua (que le había servido Gabriela).
-¡Soy yo, chiquita! ¿En qué puedo ayudarte? – preguntó sonriendo.
-¿U … usted es Gabriela Sánchez? – preguntó sin intención de quererlo.
-¡Sí! – y se quedó esperando más palabras de la muchacha.
-¿Puede acordarse de lo que pasó hace veinticinco años atrás? – dijo la chica. El semblante de Gabriela cambió radicalmente.
-¿De qué me está hablando, señorita? – preguntó angustiada y sorprendida.
-Lo sabe perfectamente y sólo quiero saber … que me diga ¿por qué? No quiero nada más que la verdad. ¡Dígamela, señora! – dijo la chica poniéndose de pie.
-¿Vos vos sos … mi …? – preguntó atónita al borde de las lágrimas.
-¡Su hija biológica! – respondió la muchacha sin vacilar.
-Ah … - soltó un grito ahogado y la abrazó. La chica estaba como entumecida, su mirada era de pánico y desilusión, en sus ojos guardaba un miedo incontrolable. Unas lágrimas cayeron por su mejilla, pero no demostró otra clase de emoción, se quedó quieta - ... ¿Cómo me encontraste? – preguntó Gabriela.
-Un amigo me ayudó – respondió sintiéndose tan traidora con ella misma porque siempre se había jurado no cruzar una palabra amistosa con la mujer que la trajo al mundo para abandonarla después a su suerte.
-¿Tu novio? – preguntó Gabriela sonriendo.
-Mi marido – respondió.
-Ah … estás casada ¿y tenes hijos? – preguntó entusiasmada.
-Una nena recién nacida – contestó envuelta por la emoción.
-Ah … tengo una nieta – dijo emocionada.
-Sí – dijo espantada de sí misma, las emociones fueron más fuertes que ella y cedió a la conversación.
-¿Cómo se llama? – preguntó sentándose.
-Clara – respondió.
-¡Qué lindo nombre! ¿Tenes más hijos?
-Sí y no, hace dos años di a luz un varón que murió dos semanas después por un problema de pulmones … - dijo con los ojos rojos.
-Ay lo siento – pasaron unos minutos en silencio.
-¿Y vos tenés más hijos? – preguntó la chica de repente.
-Sí, cuatro más. María está en la escuela, Roberto en el liceo y Sergio y Ana Lucía en la facultad.
La muchacha se sintió confundida de repente y un gran dolor la invadió.
-¿Ellos saben de que … de mí existencia? – preguntó tratando de retener las lágrimas.
-Los dos mayores sí. Al entregarte a tu padres adoptivos …
-¡Padres! – aclaró la muchacha.
-Entiendo … Al entregarte a ellos me bastaron diez minutos para notar la falta que me hacías y desde entonces siempre te busqué con la esperanza de dar algún día con tu paradero.
-¿Me buscaste? – preguntó confundida.
-Sí, siempre lo hice.
Milagros caminó hacia ella y sin explicárselo la abrazó dejando fluir un montón de lágrimas reprimidas. Temblaba como un arbolito de invierno entre los brazos de Gabriela.
Toda su vida vivió llena de miedo, odio, furia, confusión creyendo que aquella madre que le dio la vida se rehusó a quererla y la abandonó sin resentimiento alguno..
Se había propuesto encontrarla y enfrentarla con toda la ira y el dolor que su ausencia había provocado en ella, pero al oír la verdad se dejo llevar por los sentimientos olvidándose de todo y dejándose caer entre los brazos de la madre.

FIN.

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