domingo, 29 de junio de 2008

Encerradas en la hacienda

Octubre 2006

Ésta es una novela que trata de una matrimonio colombiano que vive en las afueras de la ciudad, en un gran campo.
Él es el propietario y es quién más plata posea en la zona, por lo tanto quién manda más. Ella es de familia acomodada con menos riqueza, pero con más clase. Él la enamoró con mentiras y engaños. Llevan cuatro meses y medio casados y recién después de firmar los papeles de matrimonio él dejo caer su máscara de bondad.
A Don Gustavo (él) se lo llevaba el mismo demonio porque la patrona no quedaba embarazada y en el pueblo ya corría la voz de que quizás el patrón era impotente. Lo cual a un macho (retrógrada) como es él le afectaba de gran manera.
Para evitar los comentarios de la gente se emborrachaba cada noche en la taberna de Jacinto y se iba al cuarto de cualquier chica que lo recibiera esa noche.
Al retornar a su casa despertaba a su esposa y hacían el amor, incluso se lo hacía dormida si ésta no despertaba, pero todos los intentos quedaban frustrados. La patrona seguía igual de delgadita que aquel día en que la eligió para madre de sus hijos.
Lo único que había cambiado en ella era su mirada … antes era alegre y transparente y ahora vive triste cubierta por telarañas.
Hay días en los que despierta mirándose al espejo viendo una mancha morada en su rostro, producto de la frustración del marido.

Tres meses transcurrieron y seguía sin haber novedades de embarazo.
Don Gustavo visitaba regularmente la taberna de Jacinto, el cuarto de alguna muchacha dispuesta y finalmente el cuarto de su esposa. Casi siempre borracho, por no decir siempre.

Un día decidió emplear a una muchacha para la limpieza que conoció en el pueblo y le llamo mucho la atención. La cocinera y su esposa protestaron que no hacía falta, pero aceptaron las órdenes del patrón sabiendo lo que hacía si lo desobedecían.
Así fue como entró una mañana Lucía por la puerta de la hacienda. Era una muchacha preciosa de tez morena, ojos negros, cabellos largos y oscuros que caían como una cascada sobre sus hombros desnudos, tenía puesto un harapo de vestido color naranja, era delagdita y muy joven.
-Buenas tardes, señito. Me envía Don Gustavo – dijo frente a la patrona.
-Sí, es mi marido y dueño de esta finca ¿y tu quién eres? – preguntó.
-Me llamo Lucía pa servirle, estaba buscando trabajo y él me lo ofreció, señito. Me dijo que buscaba una limpiadora. Yo sé hacé de to, señito y lo que no pos lo aprendo y ya.
-Eso se verá, pero pasa ¡ve a la cocina! Marta de dará instrucciones.
-Gracias, señito, gracias … ¿a dónde está la cocina? – preguntó agarrando sus bolsos.
-Sigues derecho … es la primer puerta del pasillo a la izquierda – indicó la mujer.
-Gracias, señito … con permiso – dijo yéndose por el pasillo.

La muchacha apareció en la cocina y Marta le dio las indicaciones del día.
La chica aprendía rápidamente. Así pasó una semana y todos se mostraban contentos con ella, claro que de no haberlo estado a Don Gustavo le hubiese dado igual.
A él le agradaba la presencia de la jovencita en la casa.
Un mañana ella estaba en el jardín cortando flores (para llevar al comedor) y el patrón la vio por la ventana, se apresuró a bajar las escaleras de la casa y salió al jardín. Se sentó en la mesa junto a su mujer y le empezó a hablar.
-¿Qué te parece, mujer? – preguntó señalando a Lucía.
-¿Quién? – preguntó dándose la vuelta hacía donde apuntaba el marido – Ah. … Lucía, bien, hace bien su trabajo y es simpática – contestó volviendo a su tejido.
-Pero además es linda – agregó él.
-Sí, es una muchacha muy bonita …
-Yo diría mejor “una buena hembra”, mira como se mueve no más. Ésa le va a dar buenos hijos al marido – concluyó.
-¿Cómo podes hablar así de una persona como si fuera un animal? – dijo protestando.
-Animal el que la desaprovecha.
-¡Gustavo! – gritó exaltada.
-Ay mamita no creo que tenga que repetirte que en ésta casa quien habla y dispone soy yo ¿entendido? Si me viene en gana decir algo con lo que no estás de acuerdo te guardas la opinión - contestó levantándose.
-Sí, Gustavo – respondió bajando la cabeza.
-Bueno bueno, no me voy a poner de tirano, a ver … ¿por qué saltaste así?
-Es que es una niña, antes de ayer cumplió diecisiete años – respondió.
-Pero ya es una mujer, vos misma tenes veintisiete – dijo burlón.
-Sí y le llevo diez años, Gustavo, vos le llevas casi veinte – dijo queriendo borrarle la sonrisa.
-Pero sólo casi – sonrió asquerosamente.
-¿Puedo irme a mi cuarto? – preguntó mirándolo.
-¿No te queres quedar conmigo, “mujer”? – dijo irónicamente.
-Me duele la cabeza – respondió.
-Está bien, trata de dormir un poco, a ver si después hay suerte – dijo palmeándole la cola.
Ella se fue a su cuarto asqueada dejando al marido sentado en el jardín. La cocinera se le acercó a preguntar si deseaba tomar algo y él le respondió que no y la mandó a su casa a pesar de que ella protestó él fue firme y le dijo que fuera a descansar.
Una vez que la cocinera había traspasado el umbral de la salida y la patrona descansaba en su cuarto, el hombre se levantó de la silla y caminó hacía Lucía que seguía en el jardín.
Cortó una rosa en el camino y la ocultó tras la espalda. Se agachó y le dijo al oído …
-Me contó un pajarito que antes de ayer cumpliste diecisiete años y no me invitaste a tu fiesta.
-Patrón … ahora sabe que soy una niña – dijo sonriendo.
-Tu cuerpo dice otra cosa – dijo mirándola de arriba abajo.
Ella se puso colorada y sólo dijo –“Ay, patrón”.
-Si sólo digo la verdad, es lo mismo que te dice el espejo … ¿ya comiste?
-Sí, la señora Marta me hace la comida y como vivo acá no tengo problemas.
-¿Vivís acá? – preguntó desconcertado y a la vez a gusto con la idea.
-Sí, la señora Marta me dijo que podía hacerlo en una de las habitaciones de servicio si quería, como mi pueblo queda lejos acepté … Espero que no le moleste, patrón.
-Para nada, me alegro de tenerte cerca … ¿Tenés a alguien especial que visitar en tu pueblo?
-Sí, patrón , mi amá y mis siete hermanos – contestó apenada por sus palabras.
-Todo un batallón – afirmó.
-Sí, por ellos necesitaba tanto el empleo. Mi amá está enfermita, la pobre y mis hermanitos son muy chiquitos, yo soy la mayor de los ocho.
-Entiendo … Ah! Esto es para vos – dijo dándole la rosa - …felicidades! Aunque como he dicho, estoy un poco resentido por no haber presenciado la fiesta, pero bue …
-No, patrón como cree … no tengo plata para fiestas. Gracias por la rosa, patrón.
-Es un poco pobre el regalo, más sabiendo que no pudiste celebrarlo como debiste, pero como fue resiente lo de enterarme de tu cumpleaños, ya encontraré algo con qué retribuírtelo.
-No, patrón, no hace falta, muchas gracias. Con la flor me basta, está muy linda.
-No me digas patrón, me llamo Gustavo – dijo haciendo una mueca.
-No puedo, patrón – dijo mirando el piso.
-¿Por qué no? – preguntó levantándole el mentón.
-Sería una falta de respeto, patrón.
-Te estoy pidiendo que me lo faltes, Lucía por favor – dijo con doble sentido.
-Está bien, lo intentaré Don Gustavo … al menos déjeme decirle Don – suplico.
-Me hace más viejo, sólo tengo treintaicinco años, pero está bien.

Los días pasaban y no había día en el que Gustavo no le acaramelara el oído a la muchachita. Vivía estando cerca de ella y le hablaba de todo y también lo escuchaba (cosa que nunca hacía con nadie a no ser que obtenga algo a cambio). Así fue como se enteró en qué situación vivía su madre y sus hermanos. Hizo construir una casa cálida para la familia y Lucía no sabía cómo agradecerle. Le agradecía haberla sacado del hambre a ella y a su familia. También le contaba que todo lo que ganaba se lo daba a la madre para que comprara comida y Gustavo la recriminó por no comprarse jamás algo para ella sola.
Ya no visitaba tanto la taberna de Jacinto por las noches, ni hacía su recorrido regular por el cuarto de las fulanas y tampoco volvió al cuarto de la mujer, todo era para dar una buena imagen ante Lucía, cosa que día a día lograba. Pues la muchacha cada vez era más abierta y le hablaba de sus miedos, anhelos, pudores,…

El año pasó en un abrir y cerrar de ojos. La patrona ya no recibía las visitas de marido regularmente, si se aparecía era por un arranque de frustración (porque la chica aún no le hacía caso)o solamente para diversión propia (pensando en Lucía). Cerraba los ojos imaginando que era la morenita la que tenía debajo de su cuerpo y al abrirlos se desilusionaba viendo a la cara llorosa de la mujer y la rechazaba abruptamente dejándola llorando en el piso.
Pero ya no era algo de todos los días como cuando recién se casaron, era más bien algo que sucedía cada seis lunas.
Faltaban sólo unos días para el cumpleaños de la joven limpiadora.
Ese día llego y con él una carreta (que había encargado Gustavo) y un vestido celeste, el cual dejó sobre su cama tendido.
Llena de alegría y excitación corrió a la cocina.
-Marta ¿es tuyo el regalo? – preguntó sonriendo.
-¿Cuál, mijita? … el que te compré aun no lo he envuelto – contestó agitada por los sacudones.
-Pero ¿cómo? Ah … la señito, seguro … Parece de seda, Marta – dijo jugando con el aire.
-Pero ¿qué cosa, mijita? – quedó con la palabra en la boca.
Lucía ya corría por las escaleras cuando un brazo la detuvo fuertemente antes de que entrara a la habitación de la patrona.
-¿A dónde vamos tan rápido? – preguntó.
-Ay me asustó, Don Gustavo … a agradecerle a la señito un regalo – contestó agitada.
-Fui yo, Lucía – dijo mirando cómo se agitaba su pecho.
-Pero ¿cómo supo mi talla, Don Gustavo? – preguntó sorprendida.
-Aproveché un día y entré en tu habitación y ahí miré tu talla – contestó.
-¿Y yo a dónde andaba? – preguntó.
-En el mercado, Marta te había enviado ¿pero por qué tanta pregunta, no te gustó?
-Claro que me gustó, patrón … Don Gustavo, es que … gracias por el regalo – contestó bajando la cabeza.
-Me alegro de que te guste. Esta noche te lo pones y nos vamos a cenar ¿sí?
-Pero … - dijo confusa.
-No me hagas éste desplante, ya reservé mesa en un restaurante y te dije el año pasado que te iba a recompensar el regalo de la rosa.
-Pero ¿y la patrona …?, tengo que avisarle para dejar antes el trabajo.
-Eh … no, no. Seguro que le duele la cabeza, últimamente tiene mucha migraña, dejemosla dormir.
-Bueno , ¿Don Gustavo … no queda mal que me lleve comer a mí?– contestó tímidamente.
-¿Por qué va a quedar mal? Es más voy a ser la envidia de todos por ir con semejante belleza a mi lado. Anda a tu cuarto y ponete el vestido – ordenó finalmente.
-Bueno, Don Gustavo – dijo desapareciendo.
La chica llegó a su cuarto, se ducho rápidamente y se puso el vestido ( le cabía como anillo al dedo). Era un celeste bien clarito, bien pegadito al cuerpo marcando la figura con un profundo escote, la espala al aire y era muy largo, casi rozaba el piso, el cual evitaba con unos zapatos negros de punta china.
Se había cepillado el pelo y lo llevaba sin atar, cubriéndole toda la espalda.
Marta se presentó en su cuarto y al verla no podía creer que era la misma Lucía.
-Ay mijita, pareces de Hollywood … y yo que te venía a pedir ayudarme con los chanchos …
-El patrón me dijo que me podía tomar libre, Marta, es más me lo dijo de tal manera que parece que no quiere que se entere su esposa … Pero decime ¿te gusta el vestido? Me lo regaló el patrón y ahora me invitó a cenar – dijo ilusionada.
-Sí, está muy bonito. Se te ve más que de costumbre, pero es muy elegante … se parece a uno que tiene mi niña, pero mi niña ya no los usa … ¡Tené cuidado, mihijita! El patrón es un poco raro, lo he visenteado pelear con mi niña. Yo te conté que cuido de la patrona desde que cumplió el añito de vida. Era una muchacha tan alegre mi niña, pero tras el matrimonio se me amargó … ¡Diviertete, mihijita! Espera que te maquillo – se fue y al rato volvió a aparecer – éstos son maquillajes que usaba mi niña. A ver … ¡sientate por favor! – la maquilló y se fue.

La muchacha salía arreglada al patio donde la esperaba ansioso Gustavo y al verla quedó anonadado de tanta belleza.
-¿Lucía? – dijo bromeando no identificarla.
-Sí, Gustavo ¿quién voy a ser? Me maquilló la señora Marta – dijo cerrando los ojos.
-¡Estás hermosa! … Bueno, subite a la carreta y me gusta que me tutees – dijo dejándola colorada.
La carreta se puso en marcha y recién frenó frente a un restaurante.
Comieron y charlaron toda la noche, hasta que le hizo una pregunta que lo incomodó.
-¿Por qué la patrona siempre está triste, Don Gustavo?
-Hoy es tu cumpleaños, Lucía, no hablemos de otra cosa por favor.
-Nunca me habla de su vida, Don Gustavo, cuénteme algo por favor
-No me llevo bien con mi mujer, a veces siento que ya no me quiere, cuando la busca queriendo hacer desesperadamente el amor con ella, perdón! … ¿no serás muy joven para hablar de éstos temas? – dijo fingiendo.
-Don Gustavo por favor … tengo dieciocho años, siga contando …
-Bueno … ella no quiere acercarse a mí, me desprecia y me lo dice.
-¿Y por qué no se separan? – preguntó directamente.
-Ella no quiere, cuando se lo propuse puso el grito en el cielo, yo no sé qué es lo que quiere, pero no lo soporto más, Lucía, yo la quiero, pero parece que ella a mí me odia.
-No diga eso, Don Gustavo.
-Vos lo decís porque no la conoces y te parece que todos somos santos, pero esa es la ventaja del demonio que sabe disfrazarse bien.
-No creo que la señito sea un demonio, conmigo siempre fue muy buena.
-Pero no lo es conmigo, Lucía. Siento que ya no me quiere … perdón – dijo llorando.
-Vamos, Don Gustavo … va a ver cómo todo se arreglará – dijo tocándole la mano.
-Gracias, Lucía … vos al menos sí me queres – dijo levantando mirándola a los ojos.
-Don Gustavo … yo siempre le estaré agradecida por todo lo que hizo por mi familia.
-Eso no es amor – dijo bajando la mirada nuevamente.
-Claro que lo quiero, gracias a usted tengo un hogar, Don Gustavo.
-Bueno … ¡mozo! Tráiganos champange – ordenó.
Al rato el camarero se acercó descorchando la botella y sirviendo las copas.
-Para la dama y el caballero, disculpen mi intromisión ¿festejan un aniversario, los novio?
-¿Cuáles? Él es mi patrón y podría ser mi padre, celebramos mi cumpleaños – dijo sonriendo.
-Entiendo, disculpen – dijo yéndose el hombre.
-Mira éste … creer que somos pareja ¿por qué no dice nada, Don Gustavo?
-Quería observar tu reacción, Lucía – dijo extrañamente.
-¿Por qué? – preguntó ingenuamente.
-Porque es lo más común que le puede pasar a alguien por la cabeza al vernos, verte así como estás y acompañada de un hombre …
-Puede ser, pero usted es mi patrón – dijo sonriendo.
-¿Y no encontrás ningún atractivo en mí, Lucía? – preguntó tras tres copas.
-Eh … no me entienda mal, usted es muy apuesto, pero tengo diecisiete años …
-¡Dieciocho! Y con eso la mayoría de edad – corrigió Gustavo.
-Sí, pero …
-¿Estaría tan mal que salieses con un hombre de mi edad? – preguntó insinuándose.
-Mnn no, creo que no, pero usted está casado, patrón – contestó nerviosa.
-Sí, pero mi matrimonio es un fracaso – dijo lamentándose.
-Le dije que todo se resolvería para bien – adjuntó rápidamente.
-Bueno dejemos eso … brindo por tu salud y belleza …. ¡toma un poco más! – dijo sirviéndole más champagne en la copa (ya iba la quinta copa).
-Y yo brindo por usted y la señito, Don Gustavo … ¿no estamos tomando demasiado? .. jeje ya me siento un poco mareada.
-No hables y seguí tomando, tranquila, si te dormís te llevo a casa – decía él con sonrisa socarrona.
Se terminaron la botella y Gustavo pidió otra distrayéndola con conversación. A él no le hacía mucho efecto el alcohol, pero a ella sí, estaba adormecida. Fue la segunda botella la responsable de lo que ocurrió después.
Gustavo la tomo en brazos y al salir del restaurante subió a la carreta. Viajaron unos quince minutos y frenó la carreta, le puso un brazo bajo la nuca y otro bajo las rodillas y la llevó a la orilla de un lago (de su campo, que estaba a treintaicinco kilómetros de distancia de la casa).
-¿Lucía … me oís? – preguntó finalmente al dejarla sobre el pasto.
-Y yo a usted, patrón – contestó ebria.
-Estamos en el lago del campo ¿te gusta? – preguntó.
-Eh … sí – contestó como a todo lo que le pregunto después.
Estaban sentados en el pasto y el hombre le retiró el cabello a la muchacha de la espalda y la empezó a besar en la nuca, en un momento ella se rehusó a seguir, entonces el le besó la boca y le desató el lazo (que sujetaba el vestido) y el vestido cayó rozándole los pechos.
-Espere, patrón ¿qué está haciendo? – dijo en un momento de conciencia.
-¡Fréname! Si realmente quieres que lo haga – dijo siguiendo con su juego.
-Pero su mujer – trató de rehusarse, pero el alcohol fue más fuerte.
-Ella no me quiere, Lucía, nos vamos a separar y me casaré contigo.
-Pero …
Ella se desmayó y al recobrar nuevamente el sentido se vio desnuda junto al cuerpo del patrón en la misma condición. Entre vagos recuerdos recordó besos y caricias, entre la sorpresa y el horror empezó a buscar locamente el vestido.
-¿Qué buscas, chiquita? - dijo Gustavo despertando y abriéndose de piernas.
-Mi vestido ¿Qué pasó, patrón? – preguntó sin sacar la mirada del piso.
-¿Por qué tan tímida? Anoche eras todo lo contrario, no me digas que no te acordás de tus besos, de tus palabras … sacaste a una fiera de adentro de ti, tu vestido puede estar en cualquier sitio, ya que los recorrimos casi todos durante la noche.
-Pero … si ayer estábamos sólo cenando y … y … no recuerdo que sucedió después.
-Nosotros fue lo que sucedió – dijo mostrando su verdadera cara.
-No me diga eso, pero si usted es como un padre para mí, Don Gustavo – dijo entre lágrimas.
-No parecías recordarlo anoche – contestó agresivamente al oír “como un padre”.
-Ay Diosito … ¿Qué va a pasar ahora? – dijo arrodillada tratando de taparse.
-Lo que quieras, muñeca – contestó tocándole el hombro.
-Ahora ir a la casa – dijo esquivando su mano.
-Está bien, te llevo … ¡toma mi saco! – dijo dándole su abrigo.
Fueron hasta la carreta y volvieron a la casa. Lucía al bajar del vehículo corrió dentro y desapareció. Gustavo entró por la puerta principal, llevaba una sonrisa de lado a lado. En las escaleras estaba su mujer que lo vio.
-¿Todo bien, Gustavo? – preguntó con una taza de te entre las manos.
-Sí, más que bien … ¿por qué? – preguntó.
-Porque son las siete de la mañana y nunca te levantas a ésta hora. Tu cama está tendida y …
-Salí – respondió para hacerla callar.
- ¿Dónde está tu abrigo? – preguntó sin saber porqué lo hacía.
-Lo tiene Lucía – respondió sin ninguna vergüenza.
-¿Lucía … y por qué lo tiene ella? – preguntó sin comprenderlo.
-Pregúntaselo a ella, me voy a acostar estoy rendido – afirmó marchándose.
La mujer bajó las escaleras y se preparó otro te.
Marta estaba en el dormitorio de Lucía.
-Pero mihijita yo sabía que el patrón no era hombre de fiar, cómo fui tan tonta dejándote ir ¿Qué fue lo que pasó?
-Pero si no lo sabes ¿cómo es que me preguntas eso?
-Ay mihijita, tengo seis hijos y pasé por todos los problemas que te puedas imaginar. Veo tus lágrimas y en ellas leo que sucedió algo malo, contame – dijo la mujer sentándose junto a ella.
-Al parecer … anoche el patrón … - dijo tartamudeando.
-¿Sí? – dijo pidiendo más palabras.
-Eso … eso, Marta.
-¿Qué? Ah … no, mihijita, pero ¿qué te pensaste? – preguntó horrorizada.
-Nada … - dijo llorando.
-Ya veo – dijo agarrándose la cara.
-Escúchame … estábamos cenando y después de lo único que me acuerdo es de despertar en el lago y no tenía puesto el vestido.
-Está bien – dijo frenándola.
-¿Sí? – preguntó llenas de dudas.
-No, ya me basta lo que dijiste nada más … ¿cómo fuiste a hacerlo, mihijita? – preguntó alarmada la cocinera.
-Pero no me acuerdo de nada, señora Marta, lo juro. Ayúdame! – pidió de rodillas.
-Bueno bueno, a ver … lo mejor sería que te fueras de aquí y trata de olvidar al patrón.
-No tengo que olvidar nada, señora Marta, porque no me puedo olvidar de algo que no recuerdo y además no lo quiero, si él era como un padre, señora.
-Igualmente tienes que marcharte, mihijita – insistió la cocinera.
La muchacha hacía las valijas y al finalizar fue a la casa y se disponía a ir al cuarto de la patrona.
Golpeó la puerta del dormitorio y ella la invitó a pasar. Estaba recostada en la cama, Lucía le hablaba mirando el piso mientras que la mujer trataba de incorporarse en la cama.
-Señito … vine para despedirme de usted.
-¿Por qué quieres irte … es que acaso sucedió algo? – preguntó.
-Mi amá está malita y quiero estar con ella, señito – respondió avergonzada.
-Pero cuando se mejore ¿regresarás? – preguntó la mujer.
-No, es que a lo mejor nos mudamos por el clima, éste le hace mal – dijo excusándose.
-Qué lástima, aprendí a quererte la verdad, pero espero que se recupere tu madre, mucha suerte, Lucía – dijo sonriendo.
-Gracias, señito – dijo abrazándola, el abrazo fue mutuo.
Agarró la valija que la esperaba en el corredor y cerró la puerta del dormitorio. Gustavo la oyó y salió de su cuarto. Vio a Lucía con la valija y se le acercó.
-¿Qué pretendes hacer? – preguntó.
-Me voy, patrón – dijo decidida.
-¿Cómo? ¡No! … vos te quedas acá – dijo autoritario.
-No recuerdo lo que paso y desearía que lo que me contó de esa noche no hubiese ocurrido nunca, pero lo hecho hecho está y por eso ahora me voy – dijo mirándolo.
-De acá no te vas – ordenó otra vez.
-¿Cómo?, pero usted no puede impedírmelo – dijo angustiada.
-No se trata de impedirte nada, Lucía, es que te amo, me lástima que no haya significado nada para vos, pero para mí fue la mejor noche de mi vida … - dijo lleno de ironía.
-Lo siento, patrón, pero ya le avise a la patrona que me iría – dijo apretando la valija.
-Dame un tiempo para demostrarte que me casaré contigo, vas a ver que todo se resolverá, Lucía – dijo falsamente.
-Pero … - insistió inútilmente.
-Ay linda nadie tiene que enterarse de lo que sucedió esa noche – dijo arrogante.
-Gracias, patrón, gracias, pero va a ser mejor que me vaya voy a perder el tren …
El hombre posó su brazo frente a ella apoyándolo contra el marco impidiéndole el paso a la muchacha y en tono de amenaza le dijo …
-No vas a perder ningún tren porque no te vas a ir.
-Patrón déjeme pasar o grito – dijo ella.
-¿Eso es una amenaza o estás por querer contar tu gran pecado de anoche?
-¿Qué? – Dijo aterrorizada.
-O a lo mejor a tu “ama” le da algo al enterarse de la clase de hija rompe matrimonio que tiene – dijo maliciosamente.
-Usted no le va a decir esas cosas a mi ama – dijo queriéndole dar una cachetada.
-Yo … no le digo nada a cambio de algo – dijo agarrándole la mano - … te vas a quedar acá y aceptarás las reglas y a tu ama no le pasará nada, ni a ella ni a tus hermanos ¿qué decís?
-¿Qué es lo que quiere? – preguntó asustada.
-Primero tiempo, después veremos. Acordate de una cosa si llegas a cruzar la puerta tendrás a tu familia en la conciencia. Mucha gente trabaja para mí, Lucía y por plata hacen lo que sea, asique no trates de huir, porque tus hermanos pagarán con su vida.
La muchacha sacudía la cabeza llorando y cuando el hombre se fue al cuarto ella apoyada en la pared se desplomó, repentinamente Gustavo volvió a asomar la cabeza al pasillo.
-No hace falta que te diga que la muerte de tus hermanos también valen por si llegaras a abrir la boca con alguien, ¿listo?
-Sí, no, no diré nada, pero no le haga na´ a mi familia.
-Depende de vos, muñeca, pórtate bien y no les sucederá nada.
Pasado unos minutos la encontró la cocinera tirada en el suelo del corredor llorando y se agachó frente a ella.
-Lucía, no llores, es lo mejor – dijo pensando en su partida.
-Es que me quedo, señora Marta – dijo secándose las lágrimas con la manga del buzo.
-¿Cómo? – preguntó asombrada.
-Lo hablé con el patrón y jura que no va a decir nada y … y … - se quedó pensando en las palabras de Gustavo – … me pidió que me quedara.
-Está bien, mihijita, pero si las cosas resultaron de esta manera y al parecer estás de acuerdo ¿Por qué lloras? – preguntó levantándola del suelo.
-Me duele la cabeza un poco – dijo poniéndose de pie.
-Ay mihijita ¡veni, vamos a tu cuarto y te vas a tomar un te! Pero para que te duela tanto como para llorar, no sé … habrá que llamar al médico, mejor. – dijo con la mano en la mejilla.
-No, no por favor, con el te seguro que se me va a pasar o mejor me voy a acostar un rato …
-Eso, vos te acostas y ahora te llevo un te y no se diga más – dijo levantando un dedo.
La muchacha asintió y se fue a su vieja habitación con la valija. Al llegar dejó las cosas junto a la puerta y se recostó en la cama. Marta enseguida le golpeó la puerta y entró con un te.
-Bueno, mihijita yo no llamo al médico, pero vos te tomas el te – dijo la cocinera mirándola.
Y no se fue hasta que Lucía no se lo terminara. Al tomar el último sorbito la mujer le sonrió y se fue de la habitación dejándola en la cama con los ojos cerrados. Ni bien la muchacha noto estar sola se levanto y empezó a caminar de un lado al otro, no se le ocurría nada para huir de la hacienda, sin arriesgar la vida de su familia y se acostó nuevamente después de tanto pensar a descansar un poco, pero quedó dormida antes de seguir pensando.

Pasaron dos semanas y cada vez que se cruzaba con Gustavo, él le hacía guiñadas o le tocaba la mano lo cual ella repudiaba. Desde aquella noche Lucía no volvió a acercarse al patrón. No podía creer que el hombre que aprendió a querer como a un padre durante un año ahora haya aprendido a odiarlo con todo el alma.
Otras dos semanas transcurrieron y el constante mareo y los vómitos de la muchacha alarmaron a Marta. Temiendo lo peor encargó un test de embarazo.
A la mañana siguiente de haberse hecho la prueba la chica no salió de su dormitorio y recibió la visita de la cocinera.
-Hola, mihijita ¿y … qué dice la prueba? … ah … acá está y da … - dijo con la boca abierta.
-Lo hice hace una hora … - dijo bajando la cabeza.
-Mihijita vas a tener un bebé
-¿Y ahora qué hago? – preguntó ausente.
-Tenerlo qué vas a hacer … ¿por qué tan triste … es que el padre no lo quiere reconocer? …
Da igual, Lucía yo te ayudaré, vas a ver que no le va a faltar nada.
-¡Marta! – dijo desesperada.
-¿Qué pasa, mihijita? – preguntó sosteniéndola.
-¡Es del patrón! – dijo llorando.
-No … ¿estás segura? – preguntó la cocinera.
-Marta … él fue el único y ni siquiera me acuerdo
-Ay chiquita, te dije que era mejor que te fueras y ahora … ay dios. Tenés que contárselo al patrón, no queda de otra …
-No, Marta, no por favor no – dijo sollozando.
-Lo siento, mihijita, pero mantuvieron relaciones sin cuidarse y acá están las consecuencias.
-Pero … - respondió angustiada.
-No hay peros que valgan, tenés que hacerlo, Lucía … yo te apoyaré, pero tenes que contarlo.

Lucía esperaba en el jardín la llegada del patrón y al ver su auto aparcando en la puerta se inquietó y trató de tranquilizarse.
-Hola, patrón … - dijo mirándolo.
-Ah … volves a hablarme ¿y me estabas esperando por lo que veo, dulzura?
-Sí, tengo que contarle algo – dijo con las manos en la espalda y éstas temblaban.
-¿Puede esperar? – preguntó él despreocupadamente.
-No – respondió la chica juntando todo su coraje.
-¿Qué pasa? A ver … - dijo exigiendo palabras.
-Estoy embarazada – dijo de repente.
-Ves es una señal para que estemos juntos – dijo fingiendo con los ojos brillantes.
-¿Y si le digo que no es suyo? – se le ocurrió decir a ella.
-Sé que es mío, Lucía, sino no estarías temblando como lo haces – ella se quedó dura.
-Es una consecuencia de una noche que no quiero ni nombrar, ni puedo recordar, no una señal, patrón y si lo es sólo será para demostrarme lo idiota que fui.
-No seas tan dura contigo misma y acordate de que tenes que estar tranquila por el bebé – dijo tocándole la panza - … todo va a estar bien – ella evitó su mano dando un paso hacia atrás.
-Eso espero. Bueno ¿a dónde quiere que me vaya, patrón? – preguntó seriamente.
-¿Para qué? – preguntó él bajando de la nube de tener por fin a un hijo.
-Para que nadie se entere de que estuvo con otra mujer.
-Nada de eso, te quedas acá y traerás a mi hijo acá a luz – dijo alterado.
-¿Y su mujer, patrón? – preguntó desesperada.
-Ese es mi problema, lo único que tenes que hacer vos es traer sano y salvo a mi hijo al mundo.
-Pero …
Gustavo siguió su camino dejándola con la palabra en la boca. Ella se quedo parada frente a un rosal con los ojos rojos de tanto llorar, hasta que por fin logró callar el llanto.

Hace ya tres meses que Lucía le comunicó su embarazo a Gustavo y su esposa ya empezó a notar algo en la muchacha. Le hacía preguntas sobre si era un buen chico (el padre del bebé) si se casaría, que si no ella la ayudaría en todo. La chica ya no soportaba tanta compasión de la mujer a quién sentía haber engañado.
Un día discutían Lucía y Gustavo en el living y la mujer se les acercó y les exigió respuestas al oír las palabras de la muchacha.
-¿Qué dijiste, Lucía … por qué dijiste que mi marido tiene que dejarte ir?
-Porque … -empezó a decir mientras que el hombre la interrumpió temiendo que encontrara la manera de huir.
-Porque ella insiste que quiere ir con su familia y le dije que es ganando dinero cómo puede ayudarlos y no sólo estando a su lado. No me quiere oír, mi amor ¿por qué no tratas vos de hacerla entrar en razón? Está embarazada y no va a poder sin ayuda, ¿en que lugar va a estar mejor que acá? – dijo finalizando.
-Gustavo tiene razón, criatura, te tenes que quedar aquí por tu hijo – dijo la mujer.
-Pero señito … - insistió la chica.
-¡Nada, Lucía! Ahora me acompañas a la cocina y vamos a tomar algo calentito ¿sí?
-Sí, patrona – contestó mirando el piso.

A la mañana siguiente la muchacha se arregló y se disponía a salir del cuarto cuando el patrón la sorprendió y la frenó sujetándola de un brazo.
-¿A dónde creer que vas, muñeca? – dijo mirando cómo iba vestida.
-Iba a ir al pueblo y a ver a mi madre ya que hace tanto que no salgo …
-Pero vos estás loca – le dijo al oído.
-¿Por qué, patrón? – dijo asustada.
-Por tu pancita, linda. Nadie … salvo los integrantes de ésta casa sabrá de tu embarazo, ni tu propia madre ¿entendido? – dijo subiendo el tono.
-Pero … - dijo interrumpiéndolo.
-No me faltes el respeto, limpiadora, te prohíbo salir a la calle … - se dio la vuelta para irse y ahí giro nuevamente hacía ella - … es más, te prohíbo salir de la casa hasta el día en que des a luz a mi hijo – a espaldas de Gustavo salió su mujer.
-¿Cómo es eso de que le prohibís salir a pasear a la chica, Gustavo?
-Hola, amor … ¿se lo contas vos o yo, Lucía? Dale … decile a mi mujer el nombre del padre de tu hijo – la chica bajó la cabeza - … está bien, … ¡soy yo! – dijo finalmente.
La esposa le levantaba el mentón a Lucía que con cada palabra hundía más la cabeza, mientras que Gustavo seguía hablando lleno de hipocresía y orgullo, cuando le oyó decir ser el padre del hijo que estaba esperando la muchacha se dio la vuelta como un rayo y le asestó un golpe en la entrepierna, dejándolo hincado sobre si mismo.
-Pedazo de bestia, sólo es una niña ¿cómo pudiste? – gritó llena de vergüenza ajena.
-No entiendo donde está el problema cuando fue ella la que me buscaba día y noche, aun estando cerca vos, en tu propia nariz ella se arrastraba frente a mí para que le diera un poco de atención ¿cómo podía rehusarme a su belleza cuando me era ofrecida? – dijo reponiéndose del golpe.
-Tu arrogancia te la podes guardar, te conozco demasiado bien, Gustavo como para saber que no fue ella quien te busco. La pregunta es qué buscabas vos en ella
-Juventud, belleza (que a ti te abandonó) y el hecho de ser una mujer entera y no como vos que jamás fuiste capaz de crear vida. No pienses que ella demostró tanto interés en ti como lo haces vos ahora por ella, cuando se me entregó – dijo burlón.
-Señito, yo le juro que no me acuerdo de nada, tiene que creerme, se lo juro por Diosito.
-Y te creo, Lucía – dijo ella secándole las lágrimas con un pañuelo.
El hombre se había sentado y las observaba.
-¿Qué miras? – preguntó la mujer soberbia.
-Epa, amor … esa boquita, sólo miraba a la madre de mi hijo – dijo él comiéndose a Lucía con los ojos.
-Sos un hijo de … - Gustavo la cargó sobre su hombro y se alejó del jardín - … ¡Suéltame!
-Señito – gritó la muchacha.
-Tú te quedas aquí y no quiero que me sigas, ¿me oíste bien, Lucia, no me sigas!? – ordenó.
Llegó hasta el cuarto de la patrona y estando allí la tiró sobre la cama.
Se sacó el cinturón y ella horrorizada intentó huir, pero la tiró nuevamente sobre la cama y al caer se dio un leve golpe en la cabeza que la dejó sumisa, le levantó agresivamente la pollera y mientras que ella suplicaba que no siguiera porque la estaba lastimando él agitado le decía …
-Noche enteras haciendo esto ¿para qué …? Ves que no sos una mujer. Con Lucía bastaron una botella de champagne y diez minutos. Ya pensé bien los pasos a seguir … ella tendrá a mi hijo y después vos te encargarás de criarlo ¿Entendido? Te pregunté si lo entendiste – gritó.
Ella respondió asintiendo con la cabeza frente al odio y el dolor que le provocaba, recién en ese momento se bajó de ella y dejó la habitación.

El día amaneció con un sol que rajaba la tierra, los pájaros cantaban fuertemente, en el campo se oían a los animales; las vacas, las ovejas, los caballos, etc.
Marta entró a la habitación de la patrona (como todas las mañanas) y le abrió las cortinas, al darse la vuelta la vio acostada con la mirada perdida medio desnuda, tal cual la había dejado Gustavo anoche. La cocinera se lanzó sobre la cama desesperada y angustiada.
-Mi niña, niña ¿Qué es lo que tiene? Niña … - agarró el teléfono y llamó al médico del pueblo - ... Hola, sí … Sí, doctor. Empleada de Don Gustavo. Mi niña, la patrona, no me contesta, doctor, está acostada en su cama con los ojos abiertos de par en par y no dice nada … sí, doctor. Lo espero, gracias, doctor – dijo colgando.
Acomodó la cama con sábanas limpias y le puso un camisón sacándole los harapos que traía puestos. Seguía hablándole, pero la mujer no respondía.
A los quince minutos sonó el timbre y la cocinera fue a atender la puerta, en el camino se topo con Lucía y le contó que la patrona estaba en su cama muy enferma.
Juntas hicieron pasar al doctor y lo llevaron hasta el dormitorio de la patrona. El médico al entrar se sentó en una silla que arrimó a la cama y la examinó.
-Marta ¿qué sucedió antes de que esto sucediera? – preguntó mirándola.
-No sé, doctor, ayer me fui a la cama y nos despedimos en la cocina, ella se fue a su cuarto y en ese momento estaba bien, pero hoy a la mañana cuando vine a despertarla la encontré en éste estado y en seguida lo llamé por teléfono – contestó.
-Mmm sufrió un shock, Marta, ahora mismo está en shock, algo debió de haberla afectado, lo único que resta por hacer ahora es estar junto a ella, tiene que salir por si misma de ese estado, Marta.
-¿Qué quiere decir, doctor? – preguntó agarrándose el corazón.
-No quiero apresurarme a decir nada concreto, sólo permanece junto a ella, mujer y después veremos … Volveré mañana a ver cómo sigue – dijo él levantándose.
-Está bien, doctor, no me separaré de su lado … ¡Lucía … Quédate con mi niña mientras acompaño al doctor a la salida! – dijo la cocinera.
-Sí, señora Marta … adiós, doitorcito – dijo mirándolo.
-Adiós, niña, cuida ese embarazo – dijo antes de irse.
La cocinera y el médico abandonaron la habitación y Lucía se quedó arrodillada frente a la cama de la patrona.
-Señito ¿me oye? Hábleme por favor … Es usted muy linda, señito … quizás ni me oiga, pero no le haga caso a su marido, disculpe que sea yo la que se lo diga, pero él es un desalmado, usted no es menos mujer por no poder engendrar vida. Ay señito, vuelva en sí que la necesitamos.
En ese momento entró repentinamente Gustavo.
-¿Qué pasa acá? – preguntó al ver a su mujer inmóvil.
-La señito está enfermita, no habla – respondió la muchacha.
-Se le fue el habla eh y ¿a vos? – dijo riéndose.
-No ¿por qué debería? – preguntó aterrada por su sonrisa sarcástica.
-Ah … ni siquiera te lo dijo, muy hábil de su parte por cierto …
-¿Por qué dice eso? – insistió Lucía.
-Ya tengo decidido tu futuro. Sólo lo diré una vez, no te hagas la loca porque tu familia lo pagará (…) Cuando mi hijo pise ésta casa será mío y de mi esposa, vos si querés estar cerca de él podes ser la niñera.
-Pero … - dijo con los ojos abiertos de par en par, espantada.
-Dije que no lo repetiría, así será lo quieras o no.
La chica se quedó paralizada junto a la cama y él ya se había marchado.
La cocinera regresó y la mandó a acostarse. Ella se acercó a su niña y le comenzó a hablar de lo que fue y de muchos recuerdos olvidados. Le sostenía una mano acariciándola y arrodillada le suplicaba una y otra vez …
-Mi niña despierte por favor, despierte mihijita – tenía los ojos rojos.

Entrada la noche, la mujer permaneció sin moverse ni un segundo de su lado junto a la patrona y de repente vio que los labios de su niña se movían.
-Niña … está despertando. Gracias a Dios ¿Qué dice? No la entiendo – dijo acercándose más.
-¿Qué pasó, Marta? – preguntó débil y cansada.
-Desde la mañana estuvo sin hablar y no sabíamos la razón, a la mañana vino el doctor y me dijo que estaba en shock por algo que la impresionó … ¿qué le sucedió, mi niña?
De repente recordó la noche anterior en flashes.
-Ah sí ... – dijo mientras su cara volvía a entristecerse.
-¿Qué paso, mi niña? – preguntó angustiada.
-Me violó, Marta – dijo dejando caer de lado la cabeza.
-¿Otra vez? Pero qué bestia – dijo tapándose la cara.
-Fue diferente, las anteriores las esperaba y aunque en el fondo luchaba con todo el alma rehusándome a todo intento … Hacía cuatro meses que no me tocaba y ayer … ayer fue horrible, Marta. No sé explicártelo, amiga … me lastimó, me asesinó … anoche me asesinó.
-Ay mi niña ¡váyase de la casa! Yo la ayudaré, pero no se quede más – dijo la mujer de rodillas.
-Marta mi fiel amiga, más que amiga madre … te lo agradezco, pero no puedo irme.
-No me diga que lo quiere después de cómo la trata.
-¿Querer? No … mi corazón sólo alberga odio hacía él, Marta … tus manos son como las de mi mamá – dijo tocándose la cara con ellas.
-Pero mi niña tienes que irte de su lado – insistió.
-Lo pensé varias veces . Más vale muerta que muerte viviente, ¿no?
-¿Qué quieres decir, mi niña?
-Me tiene amenazada, Marta, me dijo que si pongo un pie fuera de su tierra me mataría
-Pero ese hombre está mal – dijo espantada.
-¿Y recién ahora te das cuenta? – dijo tratando de bromear.
-Hay que hablar con la policía, mi niña.
-¿Policía? , Marta … la policía hace y deshace sus órdenes.
-Pero mi niña … la justicia puede más.
-La justicia la rige el dinero, Marta y él lo tiene.
-Pero tiene que alejarse de ese hombre, mi niña.
-Por favor no creas que no quiero hacerlo … vos tenes que irte de acá, Marta, alejarte de su maldad. Vos sos libre – dijo con añoranza.
-No me iré sin usted, mi niña – respondió firmemente.
-Pero Gustavo es un hombre peligroso, Marta.
-Pero yo no salgo por esa puerta si no me voy con usted. Entiéndame, niña, si me aleja de su lado moriré y no quiero hacerlo.
-Lo entiendo, Marta y te agradezco tanto cariño.
-¿Por? – preguntó la cocinera y la mujer sin contestarle se abrazó a ella. Después de lo que duró el abrazo siguió contándole lo que le había dicho el marido y sus lágrimas no dejaban de emanar.

El tiempo pasó rápido y Lucía dio a luz a un varoncito hermoso que tenía su misma mirada.
Gustavo le permitió amamantarlo nada más y el resto de los cuidados se los encargó a su esposa, la cual siempre se rehusó a usurpar el lugar de la verdadera madre, pero bajo las amenazas le juró a la muchacha cuidar de su hijo como si fuera propio.
A veces la patrona le daba a escondidas el niño a Lucía y a pesar de sufrir los golpes de Gustavo al enterarse de que la muchacha desacató sus órdenes de no acercarse a “su” hijo, pero a Lucía no le importaba si era el precio de volver a verlo.
El niño (que se llamaba Marco) crecía a pasos agigantados y cada vez tenía más parecido con su padre, alejándose cada vez más de la sencillez de su madre.
Marco ya iba a la escuela, pero Lucía no pudo asistir a su educación escolar que fue supervisada por Gustavo.
Marco estuvo toda la vida muy cerca de su padre y éste tampoco le sacaba el ojo de encima, menos aún cuando Lucía rondaba por los alrededores.
Llegó el día en que terminó el secundario y cumplía dieciocho años, el mismo día en que Lucía decidió contarle la verdad de su origen.
Marco no salió únicamente con un parecido asombroso al padre sino que era aun más terrible su enorme parecido al carácter de Gustavo. El muchacho era más frío, jamás pensaba en las consecuencias de sus actos, nunca le importó lastimar a alguien, lo cual aterraba a la madre en decirle la verdad.
Lucía salió al jardín sin hacer ruidos y ahí junto al muro lo esperó.
-Hola, mi niño por fin llegas – dijo con ternura al verlo.
-¿Cuántas veces te dije que no soy tu niño, vieja metida? – respondió soberbiamente.
-¿Sabías que ayer cumplí treintaiséis años? – preguntó ignorando sus hirientes palabras.
-Ah … no, ni idea ¿y …? – contestó indiferente.
-Que vos hoy cumplís dieciocho … te quería desear felicidades, mi niño - dijo sonriendo.
-¡Deja de llamarme “mi niño”! – ordenó el chico.
-Perdóneme, señor – dijo bajando la cabeza.
-Bueno … ¿está mi padre en la casa? – preguntó sin mirarla.
-Supongo que sigue trabajando, mi … joven – contestó.
El chico se dio la vuelta para irse y la mujer le sostuvo un brazo.
-Espera … ¿puedo hablarle? – preguntó mirándolo extrañamente a los ojos.
-¿Qué quiere? – preguntó resoplando.
-Hace dieciocho años yo … te quiero contar una historia, escuchala por favor …
-Está bien, pero rápido! – dijo apurándola.
-Un día, hace mucho tiempo atrás … - comenzó Lucía a decir.
-¡Dieciocho años! – interrumpió el chico.
-¡Eso! … una chica fue invitada por su patrón a comer afuera por su cumpleaños, resulta que después de esa noche ella no recuerda nada de lo que sucedió … - el muchacho seguía la historia aburrido e indiferente - … Al mes le dijeron que esperaba un hijo, ella intentó huir del lado de su patrón, pero se lo impidieron, Marco … y ahora … - dijo con los ojos rojos.
-Crees que te voy a abrazar y a llamarte “madre”, decirte que no fue tu culpa – dijo frío.
-No, no intento más que decirte la verdad. ¡Soy tu amá! pero … ¿pero vos ya lo sabías? – dijo atónita.
-Mi padre no es bueno manteniendo secretos, cualquier botella de alcohol lo hace hablar … soy el hijo del patrón, como vos le decís … soy su hijo y me convertiré en dueño de todo esto. Mi madre sea una borracha o una sirvienta me importa bien poco o preferirías el término de “fácil” – dijo hiriente.
-¡Marco! ¿cómo me decís eso? – dijo espantada al ver su reacción.
-Diciéndolo … no me preocupan tus sentimientos, sirvienta! No sé qué te hizo hablar tal vez sea que sientas cerca a la muerte o la culpa – dijo irónico.
-Marco … ¿me estás amenazando? – preguntó llorando.
-No. Simplemente me aburrí de tu presencia … - en ese momento se acercó Gustavo a ellos y la esposa bajó de su dormitorio al oír los gritos - … ¡Padre … Da la orden de que echen a ésta mujer! – dijo firme sin dirigirle la mirada a Lucía.
-Bien, hijo mío, si es lo que deseas – dijo sonriendo falsamente.
-¡Sí! ¿o es que tengo que repetir las cosas? – contestó sin ningún remordimiento.
-Pero Marco soy tu madre – dijo llorando de rodillas al oírlo.
-Ya oíste al muchacho, sirvienta, así que te vas en este mismo momento – ordenó Gustavo.
-No me podes echar, Gustavo, me lo prometiste, me juraste que no me ibas a alejar de él.
-Te dije que “yo” no te echaría, Marco ya es grande y puede decidir por si mismo, Lucía.
-Marco, te lo suplico no me eches – dijo llorando a sus pies.
-¡Marco! ¿No acabas de oír que te dijo ser tu madre? – gritó la esposa de Gustavo.
-Callate, borracha! – contestó mirándola.
-¿Cuándo fue que la vida te transformó en el clon despreciable de tu padre? – dijo ella.
-¿Y cuando fue que la vida te transformó en una borracha insoportable? – dijo él burlándose.
-El día que viniste al mundo – la mirada del chico cambió y se llenó de odio, pero la mujer siguió hablando - … cuando llegaste a esta casa juré cuidarte como un hijo propio, pero tu padre no te dejaba ni a sol ni a sombra y no pude mantener mi palabra, tratando de huir encontré ésta manera – dijo finalizando.
-Guárdate la culpa, borracha, hacete un favor a vos misma y tírate de donde estás.
-Sos una pobre figura de ser humano, Marco, no me importan tus palabras, lo único que me lastima es ver como herís a tu madre. No tenes ningún derecho de comportarte así con ella … y otra cosa te digo gracias al alcohol soporté tanto tiempo tu presencia – dijo regresando a su cuarto, en el cual se encerró. El chico quedó sin habla y al rato contestó …
-Anda … borracha!.
-¡Javier … saca ya mismo a ésta mujer de la casa! – gritó Gustavo al portero.
-Si, señor … perdóname, Lucía – le dijo al oído.
La mujer sólo lloraba y gritaba desesperada mientras que el joven portero la sacaba a la calle bajo las órdenes del patrón. El muchacho disfrutaba con gran malicia aquel acto de destierro de su propia madre y Gustavo por fin se vio liberado de esa presencia que quiera o no le remordía un poco la conciencia.

Tras unos meses … Al volver Gustavo del trabajo se encerró con su hijo en el despacho y hablaron largo tiempo.
Su esposa vivía encerrada en su cuarto y no hacía otra cosa que mirar la tele, tomar pastillas, beber alcohol y llorar. Marta (la cocinera, ya muy anciana) trataba de sacarla a dar un paseo, pero siempre sin frutos.
Marco ya terminaba sus estudios.
Cada vez que Gustavo se acercaba al portón veía a Lucía merodeando como una mendiga gritándole … -“Vos le envenenaste el alma”.
La madre de Lucía murió hace ocho años atrás y ella no pudo asistir al velorio. Sus hermanos se distanciaron de ella y cada cual encontró pareja y se fue lejos.
El tiempo seguía pasando y Lucía ya llevaba seis años viviendo en la calle, la esposa de Gustavo trató de comunicarse con ella, pero él siempre se lo impidió.
Lucía sólo veía a su hijo en la distancia, siempre que lograba acercarse a la casa, pero él la menospreciaba y a pesar de sus insultos ninguno fue suficientemente fuerte para hacer que se rindiera. A la mujer sólo le bastaba con verlo.

Cuando el chico cumplió veinticinco años viajó al extranjero y estuvo tres años sin volver. El día de su regreso se encontró con su padre hospitalizado por una neumonía que le estaba arrebatando la vida.
La esposa al irse Marco comenzó a esnifar cocaína y al segundo año a causa de una sobredosis murió. La cocinera hizo sus valijas y dejó la casa sin dar dirección alguna.
Lucía seguía mendigando frente a la hacienda en busca de información.
Al verlo bajar de un auto inmaculadamente negro se le tiró encima gritando de alegría y él la empujo inmediatamente haciendo que cayera de bruces en el barro.
-¿Estás loca, pordiosera!? Oles mal … ni se te ocurra venir por limosna acá, y andate de una vez de mis tierras – dijo orgulloso acomodándose la ropa.
La mujer seguía tirada en el barro oyendo sus palabras, ya no lloraba, parecía que el tiempo la había secado por dentro.
A la semana de su estadía en la hacienda, el padre murió en el hospital sólo, sin siquiera una visita de Marco. Él sólo había regresado a Colombia por las suplicas de su padre, pero al no tomarse en serio la enfermedad del padre no cumplió el único deseo que tenía Gustavo en verlo.

La casa había quedado vacía, ni los empleados seguían allí.
Marta se fue cuando su niña murió. Javier renunció cuando Gustavo murió.
De esto ya hacen veinte años, tiempo en el cual Marco jamás regresó. La hacienda permaneció cerrada y abandonada, pero sólo había una antigua figura que seguía merodeando por la casa. Una figura que jamás la abandonó.

FIN.

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