Parte uno
Los primeros rayos de la mañana se metieron por la ventana de una casa de ladrillos, siendo testigo de descubrir dos cuerpos semi desnudos entrelazados.
Mientras que afuera las cotorritas cantaban de la alegría porque la mañana había acarreado una corta lluvia que bastó para saciar toda la vegetación. El calor ya haciéndose notar movió a un par de mariposas que descansaban sobre el polen de una flor.
Una leve brisa que entraba por la ventana abierta movía apenas las cortinas, pero los dos cuerpos siguieron durmiendo.
La habitación era bastante rústica, el juego de cama era de madera de roble, las sábanas verdes, en el piso había una alfombra humana ( como las hay de osos) y las paredes estaban cubiertas por caracoles, por toda la casa colgaban pareos multicolores y por último desordenado en el suelo se veía la ropa que se fueron desprendiendo los habitantes de la cama.
Ella tenía el pelo corto y rojizo. Su cuerpo cubierto por la sábana era blanco como la leche, el vello de la espalda y brazos era rubio al igual que sus pestañas que eran una mezcla entre rojo y rubio, parecía tener ojos grandes, su nariz parecía un botoncito llena de pecas que se expandían por su rostro y hombros, tenía los labios finos y las manos en las que apoyaba la cabeza eran chicas.
Él tenía el pelo castaño oscuro, ondeado y le llegaba a los hombros. Era más grande que ella, tenía la piel más oscura y era muy velludo. Parecía tener ojos chicos, de nariz aguileña y labios gruesos, tenía un lunar en el cuello y manos grandes.
De repente todo encanto se quebró al ser interrumpido por unos espantosos gritos provenientes de un petizo pelado vestido de traje, nariz regordeta, tupido por mucha ceja, labios finitos y resquebrajados que golpeaba fuertemente la puerta de calle.
-¡Marisol …Marisol!.
Ambos se despertaron y apresuradamente se vistieron. Vicharon por la ventana y vieron que estaba sólo. Entonces el hombre decidió huir por la puerta de la cocina (que se encontraba del otro lado de la casa).
-Ay Mari … todavía no puedo entender como alguien como vos está con un tipo como él.
-No te vayas entonces – respondió la mujer acariciándole el pelo.
-¿Cómo? – preguntó abriendo los ojos - … pero, pero me va a …
-No te pongas nervioso, Ale, anda no más que yo me hago cargo – dijo ella.
-No me lo digas así, si yo siempre quise decírselo, pero nunca me dejaste, pero no creo que éste sea el momento apropiado, Mari – dijo el hombre abrochándose los pantalones.
-Claro, lo sé, perdóname … es que … - se cayó oyendo los gritos.
-¡Marisol! Sé que estás ahí adentro ¡abrime! – seguía golpeando.
La mujer se puso un camisón y fue a abrir la puerta. El pelado entró furioso vichando en todas partes.
Era un hombre panzón, tenía lentes culo botella y se le notaba ser una persona antipática, parca, ruda y bruta.
-¿Dónde se metió eh? – gritó.
-No sé de quién hablas, Alfredo – respondió mirando de reojo al reloj.
-De ese que se encama con mi esposa – siguió gritando.
-¿Y qué te hace pensar que tendría que ocultarlo si tu historia es verídica? – dijo ella sentándose.
-¿Qué haces acá sola entonces? – contestó no muy seguro.
-Hace mucho que perdiste el derecho de conocer mis pasos, Alfredo y no creas que una escena de celos borre el pasado. Ahora andate, no quiero verte – respondió atándose el pelo.
-Pero Marisol … - dijo sorprendido.
La mujer le abrió la puerta y cuando él salió se la cerró en la cara.
El hombre se subió al auto y sin poder terminar de creer lo que la esposa le acaba de decir arrancó el motor y se fue.
Ella agarró una toalla y se fue al baño, se duchó y cuando terminó llenó la bañera con agua caliente y se recostó en ella una vez estaba llena. Sólo oía algún que otro auto pasando por la puerta de la casa y al viento hablando con los árboles.
Pasaron varios minutos y se estaba quedando dormida, pero el agua fría la impulso a salir. Se envolvió en una toalla y se dirigió a la cama, sin vestirse se metió bajo las sábanas dónde tras tres minutos quedó rendida.
A las ocho de la noche recibió una llamada y se despertó.
-Si … ¿quién habla? – preguntó dormida.
-Soledad, che … Alfredo está como loco. Sabía que te encontraría ahí ¿qué haces?
-Dormía hasta ahora – dijo marcando el sarcasmo.
-Che Marisol … ¡llama a Alfredo por favor y tranquilízalo! – agregó.
-Primero ni pienso, segundo es tú hermano y si tanto te importa ¡hacelo vos! Y tercero … ya me olvidé … no importa, no me jodas más ¿Estamos? Chau – dijo colgando.
Soledad era de las típicas minas que se hacen las simpáticas y después que tengan tu confianza te empiezan a planificar la vida creyéndose con derechos de algo.
La mujer se levantó de la cama y agarró una bombacha de la cajonera y un vestido floreado; blanco con florcitas amarillas y después se arregló el pelo con una vincha marrón, se puso las sandalias y salió de la casa.
Sus pasos la llevaron al río y mientras pasaba junto a las casitas del vecindario la iban acompañando los saludos de las vecinas -¡Que grande que estás, mihijta, te convertiste en toda una mujer! Todavía recuerdo cuando te ibas con Germán a jugar futbol y volvían enchastrados los dos – decía Rosa al verla. La vio crecer desde niña. Era una mujer muy alegre y simpática, morena de ojos grandes y oscuros. La pobre había perdido a su hijo (Germán) en un espantoso accidente de trabajo. Desde entonces ya no es la que solía ser y Marisol la visitaba más seguido, porque para ella era como una segunda madre.
Aunque esa tarde sólo alcanzó a saludarla con una sonrisa y seguir camino al río.
Se sentó a la orilla del río y tiraba las piedritas que encontraba cerca al agua.
-Che … ¿me querés espantar a todos los peces … es que sos de Green peace? – dijo un niño.
-Eh … perdón, no … no te ví – respondió secándose las lágrimas.
-¿También te entró una basurita en el ojo, verdad? – dijo.
-¿Qué? – preguntó tratando de no tartamudear.
-¿Te pegó tu marido? – preguntó el nene sin darle chance de esquivar la pregunta.
-No – respondió mirándolo.
El muchacho quedó en silencio; tenía entre diez y doce años, pelo castaño claro y ojos color miel, tenía puestos unos vaqueros y una remera anaranjada.
-¿Por qué me preguntaste eso? – dijo la mujer.
-Porque no estamos en época de alergias y sin embargo tus ojos están colorados – respondió.
-Ah … es porque …
-Ay señito, no me tiene que explicar na, sólo procure que esos hermosos ojos no vuelvan a llorar – corrió junto a ella le dio un beso y agarrando su caña de pescar salió corriendo entre los matorrales.
Ya eran las diez de la noche y ella volvía a casa caminando lento por las calles de tierra, respiraba profundamente el olor de los eucaliptos, mientras que el viento jugaba con su vestido. La luna en lo alto estaba llena, no habían nubes, la noche llegó sin la presencia de las estrellas.
Al entrar a la casa recogió un par de cosas y se subió al auto azul. Arrancó y minutos después llegó a un departamento, estacionó y entró.
Esperó el ascensor y cuando llegó entró y apretó el tercer piso. Iba sola y al salir del ascensor camino a lo largo de un pasillo oscuro, prendió la luz y frenó ante una puerta, metió las llaves y giró. La puerta se abrió y un perro asomó la cabeza.
-Hola Testa, si si … tranquila, a ver … - dijo cerrando la puerta.
Se fue a la cocina y le dio un tacho con comida, se sacó la campera y la dejó sobre una silla. Después se dirigió al baño y se lavó los dientes cuando se agachó para enjuagarse la boca y volverse a enderezar vio una figura en el espejo que la hizo soltar un grito.
-Tranquila mujer que soy yo – dijo Alfredo.
-Casi me matas del susto, Alfredo – contestó lavándose la cara.
-Lo siento … perdón … che tranquila, mujer – dijo él.
Marisol había quedado nerviosa y temblaba un poco.
-¿Querés comer algo, Marisol? – preguntó.
-No, no tengo hambre. Sólo quiero acostarme – dijo secándose la cara con una toalla.
-Bueno te acompaño – propuso Alfredo.
-¡No! Gracias, pero quiero estar sola – afirmó la mujer.
-Creí que podríamos hablar por lo que pasó hoy.
-Creíste mal … ¡buenas noches! – dijo yéndose del baño.
A la media hora Alfredo se acercó al cuarto y se recostó junto a Marisol. La noche transcurrió silenciosa y sin sobresaltos.
El hombre despertó y al darse la vuelta abrazó la nada, abrió los ojos y no habá rastro de la mujer, ni su almohada estaba en su lugar. Se levantó y caminó hacia el living, la vio dormida sobre el sofá. La tapo con una frazada y se sentó junto a ella leyendo un diario.
Cuando Marisol abrió los ojos se encontró frente a ellos con una sonrisa que le parecía más falsa que la de una foto.
-Buen día, Marisol ¿preparas el desayuno? – preguntó mirándola.
-¡No! – dijo ella sentándose.
-Dale ¿o es que queres que te mime? – dijo rozándole el brazo.
-¡No me vuelvas a tocar! – dijo ella retrocediendo.
-Pero si ya te expliqué lo que pasó, mi amo …
-Ni termines de decir eso y si queres actuar ¡andate al teatro! – respondió poniéndose de pie.
-No hubo nada entre la secretaria y yo, sólo son chismes – dijo defendiéndose.
-Me importa un pito si hubo o no, sólo lo lamentaría por ella – contestó.
-¿Y si no es por eso, por qué me tratas así? – preguntó el hombre.
-Yo yo yo yo yo ¿por qué yo … es que acaso es lo único que sabes decir? – recriminó.
-Marisol … no entiendo nada – dijo al borde de las lágrimas.
-Y a mí me importa un pito que lo hagas o no, ya no me importa, Alfredo. Demasiado tiempo traté de entender algo que hasta el día de hoy no comprendo y acaso ¿yo alguna vez te pedí cuentas? … ¡No! Entonces no trates de comprender algo que es completamente incomprensible para vos, sencillamente déjame en paz – dijo.
-Pero Marisol, no me digas eso, sabes que te quiero …
-No me vengas con esas, vos lo que queres es que te siga trayendo la comida y todo el resto de comodidades, así que no trates de mostrarte como no sos – contestó.
-¿Y ahora qué va a pasar? –preguntó volublemente tras un silencio.
-¿Qué te parece? … me voy a mudar a la casa que era de mis padres un temporada lejos de acá me ayudará a ver las cosas mejor – dijo rascándose la nuca.
-¿Y qué pasa con los nenes? – preguntó llorando el hombre.
-Aún tienen clases, pero en dos semanas acaban y quiero que elijan que quieren hacer, hasta entonces los fines de semana se vienen afuera conmigo – dijo ella calmada.
-Ah … tenías todo calculado – respondió de repente.
-No ves que hasta ahora sos un pendejo … Perdóname pero yo no planee que te conviertas en el puerco que sos hoy, yo no planee que te desinteresaras tanto de tu familia como si te fuera ajena, yo no planee que te convirtieras en el ser despreciable que sos … - dijo con alivio.
Parte dos
Eran las ocho de la noche, Marisol tenía dos bolsos hechos junto a la puerta y esperaba a los hijos sentada en el comedor.
Los mellizos entraron y los vieron.
-¿A dónde nos vamos? – preguntó uno.
-No va a alcanzar esto – dijo el otro.
-Es sólo para su madre que nos abandona – reveló Alfredo.
-¡Alfredo! – dijo Marisol llamándole la atención.
-¿Es verdad, mamá? – preguntaron al mismo tiempo.
-Cuando terminen las clases me vienen a visitar por un tiempo más amplio, pero por ahora serán sólo los fines de semana ¿si? – dijo agarrando la cartera.
-¿Por qué te vas, mamá? – preguntó uno.
-Estoy un poco cansada y quería ir a pasar unos días al campo - respondió sonriendo.
-¡Claro! … cansada … - dijo Alfredo de manera burlona.
-Me hacen el favor de cuidarse, chicos ¿si? – dijo mirándolos.
-Sí, mamá – respondieron.
-Bueno, me voy entonces. ¡Hasta el viernes de noche, chau mis amores!
Se subió al auto y saludando arrancó el motor y se puso en marcha.
Cuando llegó a la casa del campo entró con el auto hasta el porsch y con las luces aun encendidas iluminaba a un muchacho que la esperaba sentado en uno de los escalones. Apagó el motor y bajo del auto caminando hacia él.
-Hola, Alessandro – dijo soltando la cartera, dejándose caer entre los brazos de él.
-Volviste, Mari – dijo abrazándola.
-Como siempre y después de todo … no como siempre – dijo finalizando el abrazo.
-¿Qué queres decir, Mari? – preguntó intrigado.
-Que me voy a quedar ésta y el resto de las noches a tu lado – dijo sorprendida por un beso y porque el hombre la levantó en el aire dando vueltas.
La luna parecía haber llenado sus ojos y su sonrisa era más amplia.
-¿Entramos? – le propuso.
-Sí – contestó ella recogiendo la cartera del piso.
El muchacho preparó cuatro sanguches y se sentaron a la mesa de la cocina. Prendieron el informativo de la radio y ella le pidió que ponga música.
Al rato de contemplar como movía la mano con la música y comía le dijo …
-Mari … ¿puedo saber por qué hoy si te quedas toda la noche y como dijiste el resto de las noches … qué fue lo que pasó?
-¡Claro! Podes saber esto y mucho más. Ya no soportaba su presencia y le dije que me venía una temporada a la cabaña. Los chicos vienen el Viernes y ta, tampoco es mucho – concluyó.
-¿Cómo que no es mucho? Trazaste una línea, Mari – reprochó Alessandro.
-Puede ser – contestó mirando el suelo.
-¿Qué pasa, Mari? – preguntó agachándose.
-Que te falta sólo vitorearme para que realmente me sienta pal cuerno.
-¿Por qué? – preguntó.
-Porque me porté re mal contigo, dejándote esperar tanto tiempo y si la situación fuese al revés te hubiera mandado a la mierda, creo.
-Por suerte no es al revés. Yo no tengo la costumbre de mandar a la mierda a la mujer que amo – dijo sonriendo.
-¡Qué suerte!
El se levantó hasta llegar a sus labios y la besó.
Dejaron las luces encendidas, medio sanguche sobre el plato y un paquete de pañuelos. Él la llevó en brazos al cuarto y entre interminables caricias se entregaron el uno al otro de una manera diferente a las veces anteriores. Olas de pasión reprimidas fueron liberadas, era un amor conocido, pero por fin aceptado.
A la mañana del día siguiente despertó Marisol y apartó el brazo del hombre que la sostenía. Se levantó poniéndose un vestido violeta y azul. Caminó hacia la cocina y agarró la caldera y puso agua para hacer un mate.
Mientras que Alessandro la sorprendió guardando silencio agarrándola desde la cintura, mientras que le besaba la nuca.
-Buen día – dijo ella sonriendo.
-Buenísimo ¿te sentís bien? – le preguntó.
-Sí y más contigo – respondió alegre.
-Me alegro que para alguien al menos sirva – contestó.
-¿Por qué decís eso? – dijo ella dándose la vuelta, mirándolo de frente.
- …Porque nunca lo sentí.
-¿Sabes que yo tampoco? Pero desde el momento que tuve a los mellizos sentí tener la obligación y el querer más profundo de estar con ellos, gracias a ellos siento tener “valor” (si se puede decir). No sé si ellos sentirán lo mismo, pero al menos espero que del amor saquen la fuerza … ¿Fue muy cursi lo que dije?
-No … ¿No te enojas si te pregunto algo? – dijo bailando con ella.
-No … -dijo sonriendo.
-No quiero resultar pesado … voy a parecer un blandito …
-Dale, Ale ¿qué me queres decir?
-¿Me queres, pero de verdad digo yo? Porque yo lo hago con todo el alma y no está mal si no sentís lo mismo, pero sólo quería saberlo, no hace falta que me lo digas. Viste es difícil saberlo sin palabras, porque no tenemos rayos X para ver lo que la gente realmente siente y aunque hay muchos gestos que dicen mucho, nunca lo sabremos al cien por ciento y quería que me dijeras sin miedo a ninguna consecuencia, porque yo igual me quedaré junto a vos, aunque no sientas que … - Lo besó haciendo que callara.
-Ale – dijo tras alejarse un poco.
-¿Sí? – dijo temiendo la respuesta.
-Esta vez no me equivoqué … - dijo ella sonriendo.
-¿Qué quiere decir eso? – preguntó desorientado.
-Que te ame desde el día en que se rompió el ómnibus (allá en El Cerro) y te quedaste junto a mí esperando a que pasara otro, mientras nos quedamos hablando y cuando llegó el tuyo lo dejaste pasar acompañándome a casa y te volviste caminando con ésa vieja campera de cuero.
-Wow … - dijo abrazándola otra vez.
A la tarde Alessandro había vuelto a la panadería dónde trabajaba y Marisol había empezado a leer un libro que hace tiempo quería leer.
A las nueve ya estaba de vuelta el hombre y al verla le preguntó …
-Mari … ¿me quedo ésta noche o mejor no?
-¡Claro! ¿por qué no? – dijo sorprendida.
-Porque mañana vienen tus hijos … - contestó.
-Vienen de tarde o de noche, pero igual tengo pensado contarles todo, aunque tarden en comprenderlo, prefiero decírselos yo, antes de que Alfredo les llene la cabeza con mentiras.
-Por lo que me contaste de él, lo entiendo – dijo.
-Estoy segura de que te llevaras bien con ellos, quizás con Leonardo tarde un poco más, pero con Ricardo creo que menos … ¡no te pongas nervioso, amor! – dijo sujetándole la cara.
-¿Qué edad me dijiste que tenían? – preguntó.
-Quince – respondió apartándole el pelo de la frente.
-¡Cierto! Hace catorce que estás con él (Alfredo) .
-Sí, se enteró de que tenía a los nenes que tenían un año y sacó cuentas, me enredó y estúpidamente caí … y como te dije, cuando trate de dejarlo me amenazó con sacarme a los mellizos, no eran amenazas sin fundamento, porque se las arregló bien para tenerme controlada, sabía que sin mis hijos no me iba a ir … pero ahora ellos pueden elegir, a pesar de ser menores de edad, se les toma en cuenta ante un juicio y fui dejando la ingenuidad de lado para informarme bien y en las condiciones en las que estoy hoy puedo ganarle cualquier juicio.
-Me alegro … ¿pero tu familia no hizo nada para ayudarte a alejarte de él?
-Buen chiste … mi familia es católica mal y entre ambos me lanzaron al matrimonio, cuando quise reaccionar ya me vi envuelta entre la rutina y la costumbre …
-¿Es verdad que nunca te levantó la mano, Mari? – preguntó seriamente.
-Su maltrato fue verbal, Ale … Una vez casi me golpeó y hasta el día de hoy hubiese deseado que lo hubiera hecho …
-¿Cómo? – preguntó buscando sus ojos.
-Porque use su excusa como un perdón y callé, hoy sé que esto hubiese terminado hace mucho tiempo ya, si su mano me hubiese tocado aquel día – respondió calmándolo.
-¿Cómo estás tan segura de eso? Yo conozco a mucha gente que cree poder, pero después les es más difícil – dijo Alessandro.
-Porque lo sé, me estoy conociendo sin ninguna represión verbal o corporal y sé cómo hubiera actuado, Ale.
-Hace mucho que no te veían tan segura de ti misma – dijo viendo un raro fulgor en sus ojos.
-Gracias a vos, no puedo negarlo – dijo sonriéndole.
Alessandro despertó y se giró en la cama mirándola. Le acarició el brazo y ella abrió los ojos, al verlo le sonrió. Se levantaron y se dieron una ducha.
Marisol tostó unos panes, mientras que él calentó agua para hacer el mate.
Desayunaron oyendo folklore por la radio y bailaron un poco. Después él se fue a trabajar y ella a hacer unos mandados.
-Buenos días, señora Marisol – dijo una anciana del otro lado del mostrador. La mujer parecía medir un metro cincuenta, de ojos grandes y boca chiquita.
-Buenos días, Dolores – contestó la mujer al entrar al almacén.
-¿En qué puedo servirle? – preguntó la viejita como queriendo apurar el despacho.
-Una docena de huevos, leche, margarina, dos alfajores, aceite y ta, nada más.
La anciana agarró el pedido y lo metió en una bolsa …
-¡Tome … aquí tiene!
-¡Espere! – dijo la mujer al ver la bolsa con los huevos … - son demasiados huevos.
-Son una docena, señora Marisol – contestó ofendida la anciana.
-No … sí ya sé, me equivoqué al decírselo, sólo quiero media docena por favor.
-Bueno – contestó sacando seis huevos de la bolsa.
-No se me enoje, Dolores, es que estoy un poco despistada – dijo sonriendo.
-No es para menos … -dijo
-Disculpe … ¿qué dijo? – preguntó Marisol afinando el oído.
-En el barrio se habla, vio y usted la verdad, mihijita … - respondió aireada.
-Perdón … ¿de qué se habla? – preguntó seria.
-Lo sabe bien. Cómo puede tener la desfachatez de meter a un extraño todas las noches a su casa estando casada y fingir que todo está bien. Los ojos del señor lo ven todo, mihijita – respondió sin pelos en la lengua.
-Gracias por su opinión ¡métase el pedido dónde le quepa! Y dígale a ese dios suyo que no se meta dónde no le incumbe – se dio vuelta y salió del local.
-¡Blasfemia, blasfemia! Sos una endemoniada, a vos te mandó Satanás – gritó la anciana.
-En ese caso, “señora”, tenga más cuidado como me habla – respondió con ironía.
El reloj marcaba las nueve. Alessandro llegaba a la casa y al encontrarse se dieron un beso, ella se subió al auto para ir a recoger a los mellizos.
No había mucho tránsito y llegó sin dificultad.
Bajó del vehículo y subió al edificio. Al golpear la puerta fue Ricardo el que le abrió y la abrazó.
-Hola, mamá – dijo estando abrazado.
-Hola, mi amor ¿cómo estás? – preguntó dándole un beso en la frente.
-Bien, salvé el examen de matemática – dijo sonriendo.
-¡Qué bueno! Y ¿tu hermano? – dijo pasando al living.
-Ah … él no, es un burro – afirmó el chico.
-Que ¿cómo está? – dijo ella.
-¿Qué decís si saqué más nota que voz, boludo? – dijo Leonardo acercándose.
-Hola, mi amor – dijo la mujer sonriendo.
-Hola … ¿nos vamos? – preguntó Leonardo.
-Si ya tienen todo lo que necesitan … - contestó Marisol.
-¡Sí! – respondieron a la vez.
-¿Y su padre dónde está? – preguntó la mujer.
-No sabemos – dijeron.
-Bueno ¡déjenle una nota y nos vamos! – señalo Marisol.
-Ta – respondió Leonardo.
-Bueno – agregó Ricardo.
Era de noche y el auto seguía en marcha.
-¿Mamá …? – llamó Leonardo.
-¿Sí … qué pasa, Leo? – respondió volteando la cabeza un segundo.
-Papá no estuvo casi nunca durante la semana …
-Sí, hasta cenamos varias veces los dos solos … - interrumpió Ricardo.
-¿Solos solos o con Claudia (la vecina)? – preguntó preocupada.
-No, no, solos ¡solos!. Él se la pasaba borracho en el bar “La ruleta”
-¿Vos sabes qué le pasa, mamá? – preguntó Leonardo.
-No tengo ni idea – respondió - …<
-¿Por qué te callaste, mamá? – preguntó Ricardo.
-Por nada, amor, estamos llegando … - concretó Marisol.
Aparcó el auto frente a la casa y bajaron los chicos agarrando los bolsos de la valija, corrieron hacia la puerta, mientras que Marisol los seguía.
-¡Despacio che! Que se van a matar – gritó desde atrás.
Cuando llegó a la puerta, metió la llave en la cerradura y abrió, los mellizos entraron a las corridas. Marisol dejó la cartera sobre la mesita del recibidor y no había rastros de Alessandro. Los muchachos dejaron las mochilas tiradas en el living, Leonardo entró como un rayo al baño y Ricardo se sentó frente a la ventana observando la calle vacía.
Marisol se fue a la cocina a preparar una sopa de fideos y verduras. Mientras cocinaba se puso música para que le hiciera compañía.
-¡Chicos, a comer! – dijo llamándolos.
Los mellizos se sentaron a la mesa y Marisol se acercó con una olla.
-Háganme el favor de traer el pan y los vasos por favor – dijo sentándose.
Salieron los dos disparados a la cocina. Leonardo traía el pan y Ricardo los tres vasos de vidrio.
Comenzaron a tomar la sopa y tras unos minutos Marisol le dijo que quería contarles algo, mientras se terminaba la última gota del plato.
-¿Qué cosa, mamá? – preguntó Leonardo.
-El haberme mudado no fue sólo una cuestión de estar agotada …
-¿Qué queres decir? – interrumpió Leonardo.
-¡Deja que termine de hablar, impaciente! - protestó Ricardo.
-Vos no me des órdenes, idiota – contestó enojado Leonardo.
-Che … Leonardo ¡sentate … y basta con éstas discusiones! Lo que quiero contarles es que … estoy con otra persona – seguía diciendo Marisol.
-¿Y papá? – preguntó Leonardo sin comprender.
-Nos vamos a separar, por eso me mudé – contestó.
-¿Y por qué lo decís ahora … por qué esperaste tanto? – protestó Leonardo.
-No seas bestia, nene – dijo Ricardo levantándose.
-Está bien, amor, tiene razón. Lo siento, Leo, no tuve valor – respondió mirándolo.
-Entonces papá tenía razón … ¿nos vas a abandonar? – preguntó desconcertado.
-¡Nunca! Papá no tenía razón, yo jamás los voy a dejar a ustedes dos … No puedo vivir más con su padre, chiquitos. Cuando terminen las clases pueden venir de nuevo para acá y pasan acá el verano y más adelante vemos como seguir … - concluyó Marisol.
-¿Y quién es él? – preguntó Leonardo.
-Se llama Alessandro, pensé que estaría acá para que lo conocieran, pero …
-Te dejo, viste mamá, mejor volvemos a casa … - respondió Leonardo.
-No me dejo, Leo ¿Qué pasa? Ya te expliqué que no voy a volver a casa, chiquito
-¡No me llames chiquito! – gritó yéndose a un cuarto y cerrando la puerta de un portazo.
-Leo … - dijo ella.
-¡No te preocupes, mamá! Ya lo conoces, le encanta dramatizar, es un poco lerdo Leo, pero se le pasará … - dijo el otro acariciándole la espalda a la madre.
-¡Ojala tengas razón, Ricardo! – dijo la mujer cruzándose de brazos y apoyando la cabeza.
-¡Sí!, ya vas a ver cómo mañana actuará como si nada. ¡Es un melodramático!
La madre le sonrió con una sonrisa triste y él se levanto de la silla para abrazarlo. Se acostaron todos, pero Leonardo desde que se levantó enojado de la mesa no volvió a cruzar palabra con la madre.
Los mellizos dormían en la misma habitación.
Tenían una cama marinera, escritorio de cajones, ropero bajito y una mesita de luz. La decoración era azul. Leonardo estaba acostado boca abajo con la luz apagada cuando entró Ricardo prendió la luz del escritorio.
-Dale, boludo, ¡levántate! así saco la cama … – dijo Ricardo. El chico se levantó de mala gana, haciendo pucheros - ... Ya estas grande para hacer teatro eh … - Leonardo le echó una mirada de comérselo crudo - … ¿Qué te haces el malo? Si ambos sabemos que es el miedo el que te controla … - Leonardo ya se le iba a ir encima, pero Ricardo sabía manejar el dialogo - … A ver, contame ¿qué es lo que te llevo a decirle eso a mamá?.
-¿Y a vos qué te importa? – dijo el chico levantándose.
-Fuiste un idiota al hablarle así a mamá, bien sabes cada detalle de la relación que tiene con papá, además ni siquiera sabes respetar a la persona que más te quiere en éste mundo, Leonardo. Lo que elija sólo ella puede decidirlo y vos ahí no pintas nada. Me parece bastante inmaduro de tu parte comportarte como recién, dormirte ahora así como si nada sabiendo que lastimaste a mamá con tu reacción. No es que seas malo, sólo sos un poco boludo, pero sé que estás arrepentido – concluyó Ricardo.
-¿Terminaste con el sermón, padre Ricardo?- preguntó parado.
-¡Sí, necio! – contestó riendo el muchacho.
El muchacho se recostó, se tapó y con la almohada se cubrió la cabeza. Ricardo sacó de la mesita de luz un libro y apagó la luz del escritorio para prender la de la mesita de luz.
-¿Ahora vas a leer? – protestó Leonardo.
-¿Vos no estabas durmiendo? – le respondió haciendo señas con la mano.
-Te estaba preguntando algo – dijo haciendo oídos sordos a sus palabras.
-¡Y bastante tonta! – reafirmó Ricardo.
-Pero anda a cagar … - respondió Leonardo dándose la vuelta y tapándose la cabeza nuevamente.
-Pero no tengo ganas sólo quiero leer, pero gracias igual – dijo sonriendo.
Leyó un par de capítulos y luego se recostó boca arriba quedándose dormido.
Parte tres
Una pluma rozaba el brazo de Marisol. Ella abrió los ojos y darse cuenta de quién era dejo bailar a una sonrisa en sus labios.
El sol se ocultaba tras la cara de su visitante, haciéndolo parecer el rey león.
Una bandeja de madera estaba sobre sus piernas y en ella un par de tostadas, café, jugo de manzana porque no había de naranja), margarina, mermelada y una flor silvestre.
-¿Me perdonas, mamá? – preguntó haciendo pucheros.
-Claro, mi amor – dijo abrazándolo.
-Una cosa … - dijo el muchacho.
-¿Qué? – preguntó.
-¡Quiero conocer a … Alessandro! … quiero saber si te merece – respondió sorprendiéndola.
-¡Claro que lo van a conocer, Leo! – dijo ella sonriendo.
La tarde se llevó a los mellizos al río, Marisol se propuso a seguirlos, pero Leonardo se rehusó a aceptar alegando que a lo mejor pasaba Julieta y no quería que lo viera con su mamá. Ricardo le levantó los hombros a la madre como diciendo “bue …!” y agarró dos cañas de pescar y un balde.
-¿Vendrá Julieta? – preguntó el chico nervioso.
-¿Qué? … y yo que sé ¿por qué no la vas a buscar vos? – dijo finalmente.
-Tas loco, hermano. A ver si se da cuenta de que ando detrás de ella.
-¿No convendría que se diera cuenta para poder salir? – dijo Ricardo irónico.
-No me vengas de vuelta con tus palabras que sólo me enredan – respondió mirando el río.
-Ta bien, hagamos una cosa … el primero que pesqué un “pez” no un zapato, tiene el derecho de hacer con el otro lo que quiere – dijo Ricardo.
-¿Y eso? – preguntó el otro mirándolo.
-Por ejemplo … pesco yo tenés que hablar con Julieta – respondió.
-¿Y si pesco yo? – preguntó dudando.
-¿Es tan difícil de entender? – dijo agarrándose la cara - … Si es así te inventas algo para que haga yo – respondió finalmente.
-¡Ta! – dijo estrechándole la mano, es señal de pacto.
Volvían a la casa y Leonardo iba con cabeza gacha.
-Bueno che que no es la muerte – dijo sonriendo.
-Ja Ja Ja - dijo sarcásticamente.
Mientras que los mellizos estaban en el río un hombre se acercó a la puerta de la casa y golpeó.
-¿Quién es? – preguntó Marisol.
-Yo, Mari – contestó una voz gruesa.
-Ale … ¿dónde estabas cuando llegué anoche con los chicos? – preguntó mirándole las manos.
-Me entró el cagaso – dijo bajando los ojos.
-¿De qué … de mis hijos que tienen quince años? – preguntó sonriendo.
-Nunca subestimes a los chicos y sí, empecé a comerme el coco, no son sólo chicos ¡son tus hijos! Y si no me aceptan …
-Gracias por la información, pero tranquilízate, amor – lo abrazó - … te quieren conocer. Se los conté ayer y al principio como me lo temía Leonardo no lo tomó a bien, pero ahora quiere conocerte … - dijo sonriéndole.
-¿Estás seguro, Mari?
-Sí, Ale, no seas tan inseguro … ¿te quedas? – preguntó ella rodeándolo con los brazos.
-Es que tengo que volver a la panadería …
-Entonces veni a comer después ¿sí?
El hombre se despidió y al rato aparecieron los muchachos, con tres pescados y el orgulloso pescador los traía en el balde.
-¿Qué te pasa, Leo? – preguntó Marisol al verle la cara larga.
-Que voy a tener que encarar a Julieta … - contestó.
-¿Cómo … y por eso esa cara? – preguntó confusa.
-No entendes de esas cosas mamá – dijo yéndose al cuarto.
-Pero … - trato de decir la madre.
-No te gastes, mamá, perdió una apuesta conmigo por eso está así – dijo Ricardo.
-Ah bue … si es así … Les quería avisar que esta noche viene Alessandro a comer.
-Bueno, ¡tranquila! … trataremos de causarle una buena impresión – dijo riendo.
-¿Le avisas a tu hermano cuando se calme por favor? – dijo la mujer.
-Sí, sí, no te preocupes ¿qué hago con los pescados? – preguntó levantándolos.
-¡Dámelos! y hago un caldo – contestó ella.
-Ah … - dijo suspirando.
-¿Cómo los querías preparar? – preguntó agarrándose con una mano la cintura.
-¡A la parrilla! – manifestó en un grito.
-Bueno … ¡anda a prender un fuego afuera!
-Ta … - dijo saliendo disparado.
Cuando el fuego ya había agarrado le pidió a la madre que lo supervisara un momento para irse al baño urgentemente.
Golpeó la puerta y Leonardo le contestó.
-¡Apurate por favor! – dijo el chico con cara de situación.
-Me estoy duchando … - gritó el otro.
-Bue … algo que te sale bien, porque a la noche viene Alessandro – dijo Ricardo.
-¿Cómo? … - preguntó con un tono elevado.
-Eso, nene, ¡apúrate che! O déjame pasar al menos.
-¡No! … ni se te ocurra abrir la puerta – amenazó Leonardo.
-Por dios … ni que te fuera a ver algo … ¡hace lo que quieras! – dijo yéndose al patio.
La madre cuidaba del fuego mirando fijo dentro de él.
-Perdón, mamá, no aguanto más – dijo con la cara roja.
El chico se fue contra un árbol y Marisol al notar lo que quería hacer se dio la vuelta.
-No pasa nada, amor, ni que fuera la primera vez – dijo sonriendo.
-¡Reite no más! … gracias al pudoroso de tu nene que no me dejó entrar al baño … ni que fuera “que se yo”, por dios … a veces me saca … gracias por cuidar del fuego.
-De nada, Ricardo, voy adentro a preparar las ensaladas ¿ta? – el chico asintió.
-Ta, en diez minutos ya se podrán poner los pecados - dijo el chico.
A los quince minutos el chico esperaba en su cuarto a que Leonardo saliera del baño para poder ducharse. Y de repente entra al cuarto el chico con una toalla alrededor de la cintura, se sentó en la cama y se empezó a peinar.
-Al fin saliste, mijo, ni que te hayas metido en un pozo de estiércol … - protestó Ricardo.
-¡Que asqueroso! … Soy limpio ¿y …? – dijo prepotente.
-¡SOS LENTO! – dijo pasando junto a él - … Mamá, salgo en cinco minutos – gritó.
-Está bien, amor – dijo Marisol.
A los cinco minutos Ricardo ya estaba vistiendo y secándose el pelo con una toalla, mientras se dirigía al cuarto.
-¿Habrá salido toda la grela que traías en el pelo? – preguntó riendo Leonardo.
-Pero déjate de joder, Rapunzel – contestó sin ánimos de chistes.
-¿A quién le decís Rapunzel vos? – patoteó el chico.
-¡Chicos por favor, se los oye hasta afuera! – interrumpió Marisol.
-A la rubia que se peina los rulos – gritó Ricardo mientras la madre lo sostenía.
-¡Ricardo! No se peleen … bueno … ¿le contaste a tu hermano?
-Contarme ¿el qué? – preguntó el chico sonriéndole.
-Que viene Alessandro a cenar a las nueve y media – contestó.
-Ah sí, menos mal que me duche eh … ¿me dejarías terminarme de vestir, mamá?
-Ay sí – dijo bajo el umbral cerrando la puerta.
-¡Pará!... yo con éste no me quedo en la misma habitación – dijo Ricardo saliendo del cuarto.
La puerta del fondo (de la cocina) estaba abierta, la mujer se arrimó y vio a Ricardo sentado con la espalda apoyada contra la casa. Se sentó a su lado y lo peino con la mano, le secó un par de lágrimas que humedecían sus mejillas. Sus ojos estaban clavados en la luna y no decía nada.
-Hace diez años, en este mismo lugar se encontraba mi vieja con un bebé en los brazos, le hizo prometer a la luna de que cuidara bien de él, mi vieja decía poder ver la ternura que guardaban los ojitos de ese bebé, decía que una simple mirada a los ojos bastaba para saber la verdad y tenía razón.
-¿Por qué me contás eso? Si pretendes que lo perdone por contarme una historia de cuando no era un sorete … - respondió con la vos apagada.
-No pretendo nada, ni siquiera te estaba hablando de él, sólo vos hablaste de él – dijo.
-¿Entonces era yo el que estaba con la vuela? – preguntó sorprendido.
-Sí, no conozco otra persona que diga tanto con la mirada como vos, Ricardo – respondió mirándolo a los ojos y acariciándole la mejilla.
Ricardo le sonrió y ella lo abrazó hamacándolo.
El muchacho agarró los pescados y una vez estaban limpios los puso en la parrilla, les dio vuelta y vuelta y en diez minutos ya estaban listos.
Golpearon tres veces la puerta y Marisol se levantó para atender. Ricardo aprovechó para ir al baño. Al abrir la puerta vio a Alessandro con un tarro de helado en la mano.
-No sabía qué traer y no quería venir con las manos vacías – dijo al verla.
-Está bien, ¡pasa, pasa! Los mellizos ya vienen.
El hombre se quedó parado junto a la puerta y ella se fue a meter el helado al friser. Al volver frenó en el pasillo y llamó a Leonardo, quién se acercó inmediatamente.
-Hola, buenas noches – saludó el hombre.
-Hola, encantado – dijo Leonardo devolviendo la cordialidad.
-Él es Leonardo, Ricardo ya viene, Leo él es Alessandro – dijo ella.
Se sonrieron como quien se ve envuelto en una situación comprometida y pasaron al comedor a sentarse.
-Ricardo preparó pescado a la parrilla e hice unas ensaladas, espero que les guste – dijo ella sirviendo los platos. Respondieron con sonrisas los dos - ... ¡ya vuelvo! … - golpeó la puerta del baño - … Ricardo ¿estás bien? – preguntó bajito.
-Sí, ya voy – contestó.
Marisol volvió a la mesa y se sentó. No volaba ni una mosca, Leonardo ojeaba de vez en cuando a Alessandro y éste hacía lo mismo. La mujer nerviosa casi dice algo cuando de repente se oyó la cisterna y Ricardo se acercó a la mesa.
-¡Buenas noches! Disculpen la demora – dijo el muchacho saludando a Alessandro.
-Hola, encantado, soy Alessandro – dijo el hombre parándose.
-Ricardo … Lo supuse al no ver a otro hombre acá. ¡Relájate, flaco! – dijo sonriendo.
-¡Acá traigo la morfi, gente! – dijo Marisol con una fuente que depositó en la mesa.
Empezaron a comer y nadie decía nada.
-Me gusta mucho tu remera – dijo Alessandro mirando a Ricardo.
-Gracias – respondió.
Terminaron la comida. Leonardo no habló en toda la cena porque los celos se lo estaban comiendo a él. Ricardo no hablaba porque estaba caliente con Leonardo. Alessandro no hablaba porque no sabía qué decir y Marisol desesperada por la situación reaccionó diciendo …
-La hizo él …– dejando desconcertado al hombre - … él hizo la remera.
-¿No me digas? Está buenísima (era un atardecer) – contestó Alessandro.
Y de nuevo aquel silencio comprometedor invadió la habitación.
Cuando Marisol había llenado unos tachitos con helado y Alessandro iba a elogiar a los cocineros, Leonardo lo frenó en seco bombardeándolo a preguntas.
-Así que vos sos Alessandro eh.
-Sí – respondió tranquilo.
-¿Qué edad tenes? – preguntó mirándolo a los ojos.
-Veintiocho.
-¿Con que te ganas la vida? – preguntó sin hacer pausas.
-Trabajo en una panadería – contestó ya más inquieto.
-¿Cuáles son tus intenciones con mi madre? – prosiguió.
-¡Leonardo! – dijo Marisol llamándole la atención.
-Está bien, Mari. Tiene razón en cuidarte … Son las mejores, no quiero reemplazar a nadie, sólo quiero estar con tu … su madre para quererla y cuidarla – contestó volviendo a calmarse.
-Aha ¿y sos Tano? – preguntó la dirección de preguntas.
-No, mis padres lo son … bueno por un lado sí, pero nací acá.
-Aha – respondió apoyándose en el respaldo de la silla.
-¿Qué pasa, Ricardo? – preguntó la mujer.
-No tengo hambre, disculpen, me voy a recostar. Me duele un poco la cabeza – dijo.
-Amor ¿queres una aspirina? . preguntó la madre.
-No, gracias. Buenas noches, Alessandro y perdón otra vez.
-No pasa nada, muchacho, no te preocupes – contestó el hombre.
-Gracias, ta luego – dijo levantándose.
-¡No te vayas che! – protestó Leonardo.
-Deja a tu hermano, Leo – interrumpió la madre.
-Pero se va porque está caliente conmigo – respondió.
-Bueno, entonces lo arreglas o lo dejas – dijo Marisol.
Ricardo ya había desaparecido, estaba en su cuarto sacándose los pantalones cuando de repente se abrió la puerta y el hermano asomó la cabeza.
-¿Podemos charlar, Ric? – pregunté el chico.
-¿Qué queres? – contestó.
-Pedirte perdón si dije algo que no te gustó – respondió.
-Ta bien – dijo sacándose la remera.
-Lo decís para que te deje de joder – protestó Leonardo.
-¿Qué queres de mí, Leonardo, que te perdone con la mano en el corazón? Bueno … lo hago! Te perdono y todo está como antes – dijo al fin.
-No, no lo está – dijo mirándolo a los ojos - … buenas noches – dijo cerrando la puerta.
El chico se sentó junto a la madre y no abrió la boca. Los tachitos estaban apilados, salvo uno el de Ricardo. Marisol se levantó para recoger la mesa con ayuda de Alessandro y al dejar la vajilla volvieron junto a Leonardo.
-¿Está todo bien con tu hermano ahora? – le preguntó la madre.
-No, él dice que sí, pero sé que no lo está – contestó sin levantar la mirada del piso.
-Bueno ya se van a reconciliar de nuevo … si ya ves que no pueden estar el uno sin el otro … Bueno ¿quién quiere más helado? – preguntó la mujer.
Ambos hombres aceptaron una segunda ronda y sin darse cuenta junto al helado se soltaron las lenguas y hablaban como si se conocieran desde hacía mucho. Al paso de media hora se despedían y la mujer lo acompañó hasta la puerta y decide salir un rato con él.
-En seguida vuelvo, Leo – gritó avisándole al chico. Mientras tanto el muchacho prendió la tele -…¿y … qué te parecieron? – preguntó finalmente al cerrar la puerta.
-Bien, no sé … no sabía qué decir …
-Pero cuando empezamos con el helado todo fue bárbaro – recalcó ella.
-No, eso sí, pero me dio pena el otro – dijo Alessandro.
-¿Ricardo?
-Sí, se fue antes de empezar si quiera la cena y …
-No se fue por vos, está peleado con el hermano y no lo quería ver, es eso nada más.
-Puede ser …. ¿te parece que me “aceptaron”?
-Al menos la primer impresión fue positiva – dijo ella sonriendo -... ¿nos vemos mañana?
-No puedo, tengo que llevar al médico a mi sobrina.
-¿Es serio?
-No, no, sólo va por una vacuna – respondió él.
-Bue … entonces ya veremos, te quiero – dijo dándole un beso.
Se despidieron y la mujer volvió a la casa.
-¡Leo! … hola, ¿y … qué te pareció Alessandro? – preguntó sentándose junto al chico.
-Qué sé yo … se puede hablar con él … -dijo levantando los hombros.
-¡Qué elogio de tu parte! – dijo ella sonriendo.
-Aunque … - continuó diciendo.
-¿Aunque qué … por qué callaste? – preguntó frunciendo el ceño.
-Parecía un poco asustado – contestó.
-Bueno era porque recién los conocía y tenía miedo de que no lo aceptaban …
-Era más exagerado el miedo, pero no sé … deben ser cosas mías.
-Bueno ¡anda a lavarte los dientes y a acostarse que mañana hay clases!
Le dio un beso en el cachete y se metió en el baño, al salir al pasillo gritó …
-Buenas noches, mamá.
-Qué descanses, amor – dijo Marisol.
Al pasar media hora Marisol entró en el cuarto de los mellizos con un plato de comida (que no tocó).
-Ricardo, sé que no estás durmiendo – dijo ella moviéndolo con dulzura.
El chico se dio la vuelta y la miró.
-¿No queres comer algo? Te calenté la comida – dijo bajito.
-No, gracias – Marisol se inclinó sobre él y le besó la frente.
La mujer se levantó con el plato de comida y se dirigió a la puerta, de repente el muchacho la mira y le dice …
-Parece un buen tipo, pero tiene terror en los ojos –Marisol se dio la vuelta mirándolo y le regaló una sonrisa.
Eran las seis de la mañana y Ricardo estaba sentado a la orilla del río con la caña de pescar.
Llevaba el pelo suelto, le llegaba hasta la cintura. A pesar de su edad no tenía cara de delicada, tenía la piel blanca como la de la madre, los ojos verde oscuro, el color del pelo castaño claro. Tenía puesto un short y una musculosa.
Ya había pasado media hora y el muchacho no había pescado nada, pero seguía insistiendo. En eso se le acerca un hombre con el termo bajo el brazo y un mate.
Tenía puesto un short de baño, nada arriba, pelo castaño oscuro, nariz aguileña, su cara le pareció conocida y de repente le habló.
-¿Tan temprano levantado? – preguntó sonriendo.
-Perdón ¿nos conocemos? – preguntó devolviéndole la sonrisa.
-Soy Alessandro, ayer estuvimos hablando toda la noche – dijo asombrado.
-Ah … no, no, fue con mi hermano con quién estuviste anoche. Mira si ese concheto va a estar con ésta facha – dijo el muchacho señalándose.
-Creí que eran mellizos, no me había fijado … ahora que te miro ¡sos igual!
-Desgraciadamente sí – dijo el chico con sonrisa sarcástica.
-¿Siguen peleados? – preguntó Alessandro.
-Sí.
-¿Y qué haces acá a ésta hora? – preguntó él cambiándole de tema.
-¡Pescando! – ambos miraron el balde y se cagaron de risa.
-Parece como que ni se enteraron de tu llegada eh …
-Me parece más bien que saben que estoy acá y por eso rajaron. Estoy haciendo el ridículo.
-No hace el ridículo quién intenta che … - dijo apoyando su mano en el hombro del chico.
Ricardo sacó la caña de pescar del agua y se recostó en el pasto. Alessandro estaba sentado al lado con las piernas estiradas.
-¡Qué lindo día! – dijo de repente el hombre.
-¿Cómo es que apareciste justo cuando estaba acá? – preguntó el chico sin alejar la vista del cielo.
-Es que te estaba espiando … noo … Me estaba muriendo de calor en casa y por eso me acerqué al río con quién menos me esperaba encontrar era contigo.
-A mí me pasó algo parecido – dijo el chico.
-¿Estás mejor del dolor de cabeza? – preguntó sorprendiéndolo.
-¿Cuál? … Ay, ¡tarde! ¿no? – dijo dándose cuenta en seguida.
-Así que yo te incomodé eh, perdón – dijo Alessandro.
-Para nada, me incomodó mi hermano, todo bien conmigo.
-Ah ta, me alegro. Lo de tu hermano lo entiendo, a mí me pasaba lo mismo con el mío, pero bue el tiempo lo amansó – dijo sonriendo.
-Con éste no va a poder ni el tiempo – dijo haciéndolo reír más.
-Qué lástima que no pasamos más tiempo charlando – dijo el hombre.
-Lo estamos haciendo ahora – dijo Ricardo sentándose.
-Tenes razón – dijo Alessandro sonriendo - …¿Puedo hacerte una pregunta? – dijo sorprendiéndolo.
-Bueno – respondió.
-Mmm … ¿sos mentiroso? No no no me podrías decir que no, pero como sos mentiroso sólo te estarías camuflando. A ver otra …
-No sabía que esto iba a hacer tan emocionante – dijo riendo el muchacho.
-¡Ya está! … ¿qué es lo más importante para vos? – dijo rascándose la pera.
-Buena pregunta y en cuanto a la otra ¿le creerías a un mentiroso si te dijera que no miente? – se rieron - … ¿qué es lo que más me importa? ¡Mi madre y mi hermano (aunque sea un idiota)!
-¿Y tu padre? – preguntó Alessandro.
-Boo déjame a mí hacerte una pregunta ahora … - dijo Ricardo.
-Está bien ¿qué queres saber? – preguntó el hombre inclinándose.
-¿Cuál fue el trauma de tu niñez? – dijo dejándolo sin palabras.
-¿Por qué crees que lo tengo? – respondió.
-Pan con pan … todo el mundo lo tiene ¡desembucha! – dijo agarrándose las piernas.
- … Mi padre me cascaba durante toda mi niñez … - el hombre miraba mucho el suelo - ... hace ya diez años que está muerto, pero …
-Me alegro que hayas venido a hablar conmigo, me caíste bien y mamá se va a alegrar de que llegue a casa con vos de invitado para desayunar los pescados que no pesqué – dijo sonriendo.
Alessandro le sonrió agradeciendo no tener que seguir respondiéndole y el cambio de tema lo hizo respirar profundo. El muchacho se levantó y le preguntó la hora.
-¿Las siete? Mi madre me va a matar ¡Vamos! – dijo agarrando la caña y el balde vacío.
Cuando llegaron a la casa se encontraron con Marisol y Leonardo sentados a la mesa.
-¿Dónde te habías metido, Ricardo? – preguntó la madre al verlo entrar.
-Perdón, fui a pescar y pesqué a Alessandro – dijo haciéndolo pasar.
-Hola – dijo la madre cambiando de expresión.
-Hola … buenos días, Leonardo – dijo el hombre al ver al otro chico.
-Bue, Ricardo ¡anda a cambiarte que en media hora salimos!
El muchacho volvió con unos jeans y una remera. Se sentó a la mesa y desayunó; un vaso de leche con dos panes de jamón y queso.
A las siete y treintaicinco subieron los tres al auto despidiéndose de Alessandro, fueron rumbo a la escuela. Al llegar a destino Leonardo saltó del auto (para que sus amigos no lo vieran en compañía de su madre). El otro relajado se recostó en el asiento y le comentó …
-Es piola Ale – dijo sonriendo.
-Me alegro que lo veas así – contestó ella.
-Sí, lo traté cuando pescaba y entiendo que estés con él.
-Bueno … ¡anda que va a empezar, amor! – el chico le dio un beso y bajo del auto.
Parte cuatro
Había pasado una semana y Leonardo se fue con la clase a pasar unos días de campamento. El otro no quiso ir y decidió quedarse en casa con la madre.
Alessandro compró carne, chorizos, mollejas, morcillas y pollo para hacer a las brasas. El chico preparó el parrillero para hacer el fuego, poniendo leña, piñas y diario.
El humito se prendía en todas partes, la carne ya se estaba haciendo y Marisol dentro de la casa preparaba las ensaladas; rusa y de tomate y lechuga.
-¡A comer , ya está listo! –gritó Alessandro.
Se sentaron en una mesa que Marisol había armado y colocado fuera en el jardín junto al parrillero. Tenía un mantel azul y rojo, tres tablitas de madera para la carne, tres tachitos para la ensalada y una fuente en donde iba el asado.
Comieron hasta llenarse viendo cómo el fuego se apagaba lentamente. De la carne no quedó nada, pero sus estómagos quedaron satisfechos.
A Ricardo y a Alessandro le bastaron esos días para hacerse grandes amigos. Arrancaban el día yendo a pescar, volvían a almorzar en las tardes jugaban a las cartas (dónde de vez en cuando se prendía Marisol), miraban películas los tres juntos y hablaban de cualquier cosa.
Una tarde Mariana se acostó dejándolos jugando a las cartas. Estaban jugando al truco, se oían los típicos desafíos <
-Una pregunta y no vale trampear – dijo Alessandro.
-Otro desafío eh … ¿qué será lo que queras saber de mí? – dijo mirándolo a los ojos.
-Acepta y veremos – dijo el hombre sonriendo.
-¡Ta! – dijo esperando.
-Empeza vos por favor – dijo cordialmente.
-Bueno … la verdad que no sé ni qué preguntarte … mm ¿Hubieras seguido con mi madre si no nos hubiésemos llevado bien (entre Leo vos y yo)? – preguntó apoyándose en sus manos.
-La pucha, nene, era mía “la pregunta” – dijo el hombre cruzándose de brazos.
-¿Qué … me querías preguntar como hubiera reaccionado si nos hubiésemos llevado mal y vos igual seguirías con mi madre? – preguntó dejándolo sin habla.
- … ¡La pucha otra vez! La verdad que no era lo que quería preguntar, sólo decía que era “yo” el que se lucía con una pregunta ahora, pero me atropellaste … ¿No puedo faltar a la verdad por cariño a vos, no? - dijo uniendo las manos como quien reza.
-¡No! ¿qué hubieras hecho? – insistió Ricardo.
-Hubiera seguido con ella porque la adoro, Ricardo y la verdad que a ustedes los aprendí a querer aunque no me quisiesen … sí, hubiera seguido con ella.
-Aha … y hubieras hecho bien, Ale - respondió el chico - ... Bueno y ¿cuál es tu pregunta? – insistió.
-Ah … ¿por qué nunca nombras a tu padre? – Preguntó recordando.
-Porque nunca me quiso, bueno “nos” … Con el paso del tiempo me di cuenta de que no veía a mi madre como mujer, sino que como sirvienta. A nosotros dos nunca nos demostró afecto. Es un cerdo y siempre lo será, por eso no lo quiero – respondió sin dar vueltas.
-Aha ¿nunca les pegó, verdad? – preguntó el hombre nervioso.
-No, es un cerdo desagradable. Muchas veces “demasiado” agresivo, pero nunca al menos que yo me acuerde le golpeó a alguien de nosotros. Era … bueno “es” muy violento verbalmente. Al principio no podía entender como mi madre estaba con semejante hijo de puta, pero después fui comprendiendo algunas cosas. Ella al principio lo quería y él lo utilizó, tiene terrible labia y la educación de mi madre fue siempre medida dentro de una caja, se crió en un mundo en el que le dijeron que la mujer es inferior y lo aceptó … Le vendieron mentiras que pagó con creces. Llegué a conocer a mi abuela, la madre de la mía, no sabes lo yegua y bestia que era. Su marido era un calzonudo y no tenía los huevos de hacer nada (esto me lo contó mi madre).
El hombre asentía con la cabeza a medida que Ricardo frenaba para respirar. Pasaron un momento en silencio, mientras seguían jugando a las cartas.
-¡Flor … JA gané! – rió y anotó los tres puntos, ya sólo le faltaba un punto para ganar el partido, pero Alessandro no ganaría igualmente, nada podía hacer para evitar la victoria del muchacho.
Marisol apareció bajo el umbral de la puerta del living, tras las tiras de colores de la cortina.
-¿Cómo estás, mamá? – preguntó el muchacho con los cachetes colorados.
-¿Te despertamos, amor? – preguntó Alessandro.
-Bien, mi amor – dijo mirando al hijo - … y no, Ale – dijo sentándose en sus piernas.
-Ya entendí – dijo levantándose - … estoy en mi cuarto leyendo ¿ta? – dijo alejándose.
-¿Qué le dijiste a mi hijo para que saliera corriendo? – preguntó Marisol.
-No hace falta que le diga nada, éste es más vivo, más rápido y más inteligente que todos juntos – rieron y ella se apoyó en su pecho.
La mujer se levantó y puso un disco de Sabina. El hombre se paró junto a ella y tomándola de la cintura se puso a bailar y ella apoyó nuevamente su cabeza en el pecho del hombre. En medio de la canción Alessandro se agachó para besarla y levantándola del suelo la llevó hacia el murito junto al parrillero, quedó a la misma altura y los besos seguían. Los labios del hombre le rozaban el cuello a la mujer y ella le devolvía el favor. Hasta que llegó un momento en el que se olvidaron de la cordura, el miedo, la vergüenza y se entregaron el uno al otro bajo los rayos de sol.
De repente oyeron unos gritos
-Estoy en lo de Damián, vuelvo en un rato, chau … - dijo Ricardo gritando desde el frente.
Marisol se sintió avergonzada y nerviosa al oír la voz del hijo y rápidamente se arregló sentándose a la mesa. Alessandro calmándola le decía que se quedara tranquila, que el muchacho ya se había ido y aprovechando la soledad de la casa (porque nunca es malo la soledad de una casa si se está de a dos) . La llevó en brazos al cuarto donde compartían cama y otras cosas. Como Marisol volvía a meterse en mar del olvido, las caricias y los besos iban y venían y el cuento terminó como todos los que tuvieron un principio positivo.
Tras el acto quedaron fundidos uno al lado de otro y se durmieron. Cuando Ricardo volvió se fue a la cocina a prepararse una cocoa, la cual dejo esperando en la mesa porque se fue al baño y como estaba junto al cuarto de la madre pasó para avisar que había llegado, con un gritito de sorpresa se dio la vuelta y se fue al baño.
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Marisol abrió los ojos tras haberle parecido sentir algo y se vio desnuda la sábana sólo le cubría la pierna derecha , Alessandro dormía boca abajo con la cola al aire y su brazo apoyado sobre la panza de la mujer. Marisol se levantó y se puso la bata, le tocó el hombro a Alessandro y lo despertó …
-¿Qué pasa? – preguntó dormido.
-Que creo que vino Ricardo – dijo en pánico.
-¿Y qué? – insistió él.
-Que nos vio en bolas, Alessandro – dijo enojada.
-Bueno, no será para tanto … oho – dijo abriendo los ojos.
-¡Sí! oho ¿Qué le voy a decir ahora?
-Nada, los hechos hablan por sí solos – dijo sonriendo.
-¡Ale! …¿qué estará pensando? – dijo preocupada.
-No seas dramática, Mari, no es la primera vez que un hijo ve a su madre en ésta condición … Che si queres hablo con él, pero tranquilízate .
-Es que no sé qué decir, Ale y … y … - dijo al borde de la histeria.
-¡Ta, Marisol, mírame … tranquila! Voy a buscarlo – dijo saliendo de la cama.
-¡Ale! – dijo entre un llanto y el control.
-¿Qué? – preguntó sorprendido.
-¡Ponete un short por favor! – dijo alcanzándole uno.
-Oops … gracias – le dio un beso en la frente y salió del cuarto.
Ricardo estaba en el patio (salió por la ventana del baño, para no molestar) barriendo. El hombre se le acercó llamándolo y Ricardo caminó hacia él.
-Che … por lo de recién … - dijo Alessandro sin saber qué decir.
-No hace falta que digas nada. Los agarré infraganti, pero juro que fue sin querer, flaco, perdona – dijo sonriendo.
-Ah … - respondió.
-¿Por qué mamá estaba desnuda? – preguntó tomándole el pelo, pero se lo preguntó seriamente.
El hombre no sabía que responder y ni se había percatado de la broma. La cara de Alessandro quedó blanca, los colores habían abandonado hasta el pelo.
-Te estaba jodiendo, nene ¡Tranquilo! Ya sé cómo funca la cosa, ni te me pongas a hablar ahora sobre la reproducción por favor – dijo riéndose.
Los cachetes colorados del hombre volvían a la normalidad y se soltó en una risa. En eso se acercó Marisol silenciosa y preguntó …
-¿De qué ríen?
-Cosas nuestras – contestó Ricardo.
-Ah bueno – dijo ella.
-Voy a buscar mi cocoa … - dijo el chico yéndose.
-¿Qué pasó … cómo se lo tomo? – preguntó intrigada.
-Bien, sólo películas nuestras, el pibe reaccionó como si nada – respondió.
-Ay … menos mal – dijo Marisol aliviada.
Era Lunes y con él llegó Leonardo de sus mini-vacaciones.
Marisol fue a la escuela a pasar a buscarlo y él como siempre se puso colorado cuando la vio caminando hacia él y el muchacho estaba hablando con dos chicas.
-Hola, Leo ... Hola, chicas – dijo Marisol sonriendo.
-Hola – contestó secamente.
-¿Qué tal, señora? – respondieron todos juntos.
-Nos vemos, chicos – dijo Ricardo yéndose al auto.
-Bueno … chau chiquilines – saludó Marisol y lo siguió. Estando en el auto … - ¿Cómo lo pasaste, mi amor?
-Bien, pero no me digas así acá – contestó enojado.
-Perdón ¿no me queres contar de cómo te fue? – insistió.
-Ahora no. No hacía falta que vengas a buscarme, estoy en el liceo y no en la escuela, mamá.
-Pero, Leo … - empezó a decir.
-Pero nada, soy un hombre y puedo volver sólo – dijo arrogante.
Ella volvió a cerrar la puerta del auto, dejándolo parado frente a ella.
-Bueno, tenés razón … entonces volves sólo, chau – arrancó el motor y se fue.
Leonardo quedó parado en el barro sin poder creer lo que había pasado, hasta entonces nunca había vivido que la madre reaccionara como él no quería frente a un capricho. Pateó las calles de vuelta a casa cabizbajo.
El día estaba horrible, no había ni un rayo de sol.
Leonardo se fue caminando hasta el departamento, como no tenía ni un vintén en el bolsillo y estaba caliente con la madre, se fue con Alfredo.
Golpeó y esperó a que el padre le abriera la puerta. Éste cuando atendió, lo vio y le dijo …
-¿Y vos qué buscas acá? – contesto rudo y borracho.
-Soy Leonardo, papá, quise venir a verte – dijo el muchacho.
-A mí no me mientas, no tenes dónde caerte muerto y por eso volviste a mí como siempre, puta … - protestó.
-¿De quién hablas, papá? Soy Leonardo – dijo tratando de hacerlo reaccionar.
-Eh … - dijo el hombre frotándose los ojos.
-¡Veni! Que preparo café a ver si te despejas – dijo pasando el chico.
Mientras tanto Marisol estaba en el comedor con Alessandro y caminaba por las paredes .
-Me fui, Ale, como si nada lo deje ahí parado sólo.
-Bueno, pero contame ¿qué sucedió? – preguntó el hombre tratando de entender.
-Me pelee con Leonardo y lo dejó en la escuela, cerré la puerta del auto y me fui.
-Bueno, bueno … pero sólo querías darle su espacio – respondió Alessandro.
-¡No! Estaba enojada y harta de cómo me trata, cuando sólo me preocupo por él.
-No está mal – dijo calmándola.
-¡Claro que lo está! Anda a saber dónde está – dijo agarrándose la cabeza.
-¿Y con el padre no podrá estar? – preguntó.
-Claro, ahora mismo lo llamo – dijo ella corriendo hacia el teléfono.
Sonó el teléfono en casa de Alfredo y el hombre atendió.
-¿Quién? – dijo borracho y toscamente.
-¿Leonardo está contigo? – preguntó Marisol nerviosa.
-No grites que se me parte la cabeza … - dijo bruto.
-No será la primera vez, pero contestame ¿está contigo Leonardo? – preguntó la mujer.
-¡Sí, lo está! – Leonardo le hacía señas de que no dijera que estaba - … pero salió a hacerme un mandado … ¿por qué? – preguntó después.
-Porque no sabía dónde estaba … cuando vuelva ¿le podes decir que venga a casa?
-Bueno, yo le digo – contestó seco.
-Gracias … Bueno, chau, Alfredo – dijo colgando.
Alfredo colgó y miró a Leonardo.
-¿Qué pasó entre tu madre y vos? – preguntó cruzándose de brazos.
-Me dejo en ridículo frente a dos chicas de mi clase – contestó pasándose la mano por la ceja.
-Mi madre hacía lo mismo, pero no se lo tomas a mal. Ella quiere que vuelvas – dijo Alfredo.
-Pero yo no quiero, papá – respondió el chico levantando el tono.
-¡Leo! Parte de hacerse hombre es enfrentar los hechos. Así que volve y decile lo que no te gusta que haga si estás con chicas y ta.
-Pero … - reprochó el mellizo.
-Pero nada che … ¡los hombres no lloran … No me salgas maricón como tu hermano!
-Pero papá – protestó Leonardo.
-Da … - levantó el teléfono - … ¡Quiero un taxi para Av. Italia, esq. César … Bueno, en cinco minutos está acá. Me voy a recostar ¡no hagas ruido! – dijo camino al cuarto.
-No tengo plata para pagarlo … - dijo desafiándolo.
-Yo tampoco, que lo pague tu madre o su amante cuando llegues allá – dijo yéndose.
Leonardo que contenía las lágrimas las derramó cuando el padre abandonó la habitación. Se escuchó un bocinazo y el muchacho agarro la mochila, se secó las lágrimas y bajo a la calle. Se subió al taxi y el auto se dirigió a la cabaña.
Al llegar el auto, Marisol salió corriendo y Alessandro detrás.
-A … - se cortó de decir “amor” - … Leo ¿estás bien? – preguntó.
-Sí – dijo bajando la cabeza.
-¿Qué pasa, Leo? – volvió a preguntar.
-Hay que pagar el taxi – dijo bajito.
-No te preocupes – dijo Alessandro sacando la billetera del bolsillo.
-Veni, Leo. Entremos a la casa – contestó dulcemente.
El taxi giraba y se alejaba. El hombre entró y los vio sentados en la mesa, se disculpo y se fue.
-Perdóname, Leo, por dejarte plantado e irme – dijo con los ojos rojos.
-Ta bien, me puse cómo un pelotudo porque no me gustó que me dijeras amor frente a las chicas – respondió Leonardo bajando la cabeza.
-Y lo sé, me equivoqué, Leo. Vos sabes que los adoro a vos y a tu hermano y lo menos que quiero es lastimarlos.
-Ya sé, perdón por no venir acá directamente – dijo por último.
-No importa, está todo bien – dijo ella sonriendo.
Paso una semana y los chicos se quedaron en la cabaña.
Leonardo no había respondido las llamadas del padre, ni respondió porque no quería verlo ni hablar con él. Ricardo nunca lo hacía, pero ya sabían que él mantenía lejanía con su padre.
Ricardo estaba tirado en la hamaca paraguaya y de vez en cuando se hamacaba empujándose con la ayuda del pie. De repente sintió que alguien lo frenaba y abrió los ojos.
-¿Vos? – dijo sorprendido - … ¿qué queres?
-Ver si ya se te había pasado la calentura – respondió el hermano.
-Sí, hace tiempo … Sos el que menos me hace comer la cabeza – contestó Ricardo.
-Entiendo, ¡seguís caliente! … Che “Rapunzel” – señalándose - … te pide perdón.
Sabiendo cómo le costaba decir esa frase a Leonardo, Ricardo se empezó reír.
-Haceme un lugar ahí – dijo el muchacho sentándose en la hamaca, de manera en que ambos quedaron con las piernas colgando.
En ese momento salió Marisol al patio al verlos se dirigió a ellos con el mate bajo el brazo.
-Por fin se reconciliaron che … ¿Alguno quiere? – preguntó ofreciendo el mate.
-¡Yo sí! – afirmó Ricardo.
-¿Es dulce? – preguntó Leonardo.
-No, pero puedo preparar si queres – contestó Marisol.
-No, gracias, no te molestes – dijo rechazando su oferta.
Siguieron tomando mate entre Ricardo y Marisol charlando sobre fútbol, Leonardo cerraba los ojos y se hamacaba diciendo que a él no le interesaba el fútbol y alegaba que los jugadores son todos unos pelotudos que no metían ni una. Curiosamente se sentía identificado con Nacional. Él siempre protestaba diciendo que no era hincha, pero era de esas personas que tienen el escudo grabado en la cara.
Ricardo y Marisol eran manyas a muerte y comentaban los partidos todos los domingos.
A las nueve y media de la noche llegó Alessandro riendo a la casa.
-¿Cuál fue el chiste? – preguntó Marisol.
-No, sólo fue … malísimo, un chiste malo de esos que de tan malos que son no te dejan parar después – contestó agarrándose el pecho.
-Me alegro entonces … ¿tenes hambre? – sonrió.
-La verdad que sí ¿qué hay? – preguntó sacándose la campera.
-Milanesas con puré … ¿ponen la mesa, chicos? – dijo mirando a los mellizos.
Los muchachos se fueron a la cocina y desde ahí gritaron …
-¿Dónde comemos, adentro o afuera?.
-Como quieran ustedes – respondió Marisol. Alessandro se le acercó y la besó.
Terminaron comiendo en el comedor. La cena no fue muy silenciosa que digamos, se estuvieron riendo y hablando toda la noche hasta que al terminar se fueron los cuatro derecho a dormir.
Parte cinco
Era de madrugada cuando sintieron unos fuertes golpes y gritos roncos en la puerta. Los mellizos se despertaron alarmados y vieron pasar a su madre corriendo en el pasillo, se levantaron y fueron tras ella.
-¡Devolveme a mis hijos, puta! ¡Déjame entrar, carajo! … ¡Leonardo … Ricardo! …
Marisol corrió al teléfono y discó el número de la policía.
-¿No puede entrar … verdad mamá … Mamá? Por más que le pegue a la puerta no va a poder abrirla, ¿no? – dijo Leonardo.
-¡Tranquilo, no va a pasar nada, Leo! – dijo ella acariciándole la cara.
-¡Abrime, puta de mierda! Ya me sacaste a Ricardo y lo convertiste en un marica, ahora pretendes hacer lo mismo con Leonardo eh … - seguía gritando el hombre.
-Puta madre y justo hoy se tuvo que ir Alessandro – pensaba Marisol - … ¡Andate a tu casa, Alfredo! – le dijo tratando de comunicarse con la policía.
-¿No te atiende nadie, mamá? – preguntó Ricardo.
-No, éstos débiles mentales deben estar apolillando como siempre … ¿Sí? Hola, necesito un patrullero, hay un hombre agresivo en la puerta de mi casa golpeando y gritando … No, quiero que venga ya, ¡nada! Tengo a dos menores a mi cargo, así que mueven ya mismo el culo. Ta … (…) – la mujer le dio la dirección y colgó el tubo.
Las agresiones de Alfredo seguían. Los chicos se abrazaban a la cintura de la madre (que era del mismo tamaño que ellos).
De repente cesaron los golpes y los gritos, pero la policía no había llegado aún. De repente una piedra entra rompiendo la ventana del living. Marisol se dio la vuelta al sentir el estruendo y en el mismo momento vio a Alfredo parado (bueno … medio parado) delante de ella. Tenía una mirada psicótica, había bebido demasiado y gritaba …
-¡Quiero ver a mis hijos! Como no me querías abrir, entre … Hola, chicos ¡vengan a abrazar a papá! – dijo estirándole los brazos.
Los chicos le clavaban la mirada a esa calamidad de ser humano y las lágrimas les corrían a ambos. El hombre caminó hacia ellos diciendo - <
Pasaron unos minutos y finalmente llegó la policía, Alfredo estaba volviendo en sí. Se paro con mucha violencia yéndose encima de Marisol, pero dos oficiales lo agarraron justo y lo metieron en el auto.
En eso uno de los milicos vuelve a la casa y sonriendo le dijo …
-Vio, señora, llegamos a tiempo.
-Mire que tanto a tiempo que a éste le dio tiempo de romper la ventana y meterse en mi casa y fui yo quien tuvo que frenarlo – contestó furiosa.
Al milico se le cambió la sonrisa por una cara de idiota - <
-¿Quiere poner una denuncia, señora? – dijo uno de los policías.
-¡Sí! – respondió firmemente.
-Tendría que acompañarnos a jefatura – le dijo el oficial.
-Bueno … llevo a mis hijos a la casa de la vecina y los sigo en mi auto – dijo Marisol.
-Sí, señora – dijo el policía yéndose al auto.
Y así fue … Marisol llevó a Ricardo y a Leonardo a casa de Ester y le pidió hacerse cargo de los mellizos mientras ella iba a la policía a poner una denuncia contra su marido, le explicó un poco como había ocurrido todo y después se fue en el auto tras los oficiales.
Mientras de la mujer estaba en la en la comisaria. Alessandro se acercaba a la casa, al estar en frente de la ventana del living se le hizo un nudo en la garganta y desesperado empezó a llamar a cada uno de ellos.
-¡Marisol …! ¡Leonardo …! ¡Ricardo …!
Dejó caer la mochila y corrió dentro de la casa, encontró dos sillas tiradas, los vidrios de la ventana alrededor. Las lágrimas le corrían por las mejillas y en ese momento sintió unas voces llamándolo, se giró y vio correr hacia él a los mellizos. Arrodillado (quedando casi a la misma altura que ellos) en el piso los abrazó y les miró la cara a los dos, tanteándolos con las manos.
-¿Están bien, chiquilines? – preguntó sin aire.
-Sí – contestaron juntos.
-¿Y su madre … dónde está? – preguntó costándole hacerlo.
-En la policía … - contestó Leonardo.
-¿Qué … pero qué pasó? – preguntó volviendo a la desesperación.
-¡Qué bestia, Leo! Ella está bien, Ale. Fue a poner una denuncia contra mi padre porque él fue el causante de todo – aclaró Ricardo.
-Bueno … pero ¿qué fue lo que pasó? – insistió el hombre.
-Fue así. Estábamos acostados cuando de repente sentimos golpes y gritos en la puerta de calle, vimos pasar a mamá por nuestra puerta y la seguimos. Alfredo gritaba que le abriéramos y yo sentía algo … no quería que entrara, a mamá creo que le pasó lo mismo, porque no se acercó a la puerta y en seguida llamó a la policía. De repente hubo un momento de silencio y entonces sentimos un ruido impresionante, mamá se dio la vuelta y la imitamos … Alfredo había rotó la ventana del living con una piedra y estaba metido en la casa. Estábamos re asustados y él nos decía que no lloráramos …
-¡Yo no lloraba! – protestó Leonardo.
-Bueno, Leonardo no lloraba …, pero en ese momento se nos vino encima, mamá se puso delante de nosotros y lo sopapeó. Él se dio vuelta de nuevo y yo creía que la iba a lastimar, pero entonces ella …
-Parecía “Wonder woman” – interrumpió Leonardo.
-Tus frases son de originales, Leo – dijo irónicamente Ricardo.
-Da da da – dijo ofendido el hermano.
-Bueno a lo que iba … Entonces ella lo acostó de un piñazo – Alessandro abría los ojos de par en par - … y recién ahí llegó la cana.
-Wow … veo que me perdí de mucho, por esa maldita changa de cuidar a los chiquilines de Jardinera.
-¡Sí! … mamá está por volver – afirmó Ricardo.
-Che … Alessandro ¿ya nos podemos quedar acá contigo? – preguntó Leonardo.
-Claro que sí, vamos a avisarle a Ester que ya estoy acá y que se quedan conmigo
Los chicos volvieron de la casa de Ester con dos frazadas que habían llevado a los de la vecina y al estar en la casa se sentaron frente a la ventana rota. No querían irse a dormir sin haber visto llegar a la madre.
A la media hora se oyó el motor de un auto frenar y unos pasos en el frente. Alessandro se asomó a la ventana y salió a recibirla con un abrazo.
-Hola – dijo levantándola y besándola como quien comprueba que algo esté entero.
-Ay Ale – suspiró ella.
-Ya me contaron todo. Leo dice que te transformaste en Wonder Woman …
Rieron y entraron a la casa. Los mellizos no quisieron irse a dormir con la ventana abierta de par en par y se quedaron junto a Alessandro y Marisol en vela.
A las seis y media de la mañana cayeron en las manos de Morfeo. Marisol se levantó del sofá y los tapó con las frazadas que quedaron junto a la puerta.
-No sabes el miedo que pasé cuando lo vi adentro … - dijo bajito para no despertar a los chicos que dormían.
-Pero te sacaste la máscara y las uñas cuando te viste amenazada – dijo él abrazándola.
-Sólo porque se le fue encima a los chicos – dijo tirándose abajo.
-¿Sólo? Es una razón bastante poderosa para reaccionar, muchos ni siquiera reaccionan entonces – le reprochó el hombre.
-Te podes creer que el boludo del milico cuando lo agarraron me dice “vio, señora, llegamos a tiempo”. Sentí ganas de meterle otra piña a él – dijo embalada.
-Me lo puedo imaginar bien – dijo él sonriendo.
-Además vos no estabas y yo estaba sola con ellos – dijo cayendo en el pasado.
-Demostraste poder protegerlos mejor que nadie, Mari. Además no te creas que por ser hombre sos invencible probablemente hubiera reaccionado como vos, pero eso nunca se sabe, lo que sí sabemos … es que fue la madre quién puso el pecho – concluyó con una sonrisa.
Ella sonrió con cierta vergüenza ante el elogio, que más que elogio era verdad. Alessandro la tenía entre sus brazos recostada y la peinaba con la mano, hasta que ella fue quedándose dormida.
El hombre prendió la tele y se enganchó con una película Francesa.
Parte seis
Pasó una semana, en la cabaña estaban todos dormidos.
Eran las siete de la mañana. La ventana del living estaba cerrada ya. A la mañana siguiente del accidente fue arreglada .
Marisol dormía abrazada a una almohada y Alessandro descansaba a su lado. Los muchachos dormían en su cuarto.
Alfredo tenía una orden de alejamiento y los trámites del divorcio estaban en pie. Alfredo se rehusaba a firmar, pero queriéndolo o no, las denuncias contra él bastaban para disolver el matrimonio.
Era una mañana cálida, la primavera ya se estaba acercando.
La mujer abrió los ojos y bostezó, se sentó en la cama y se frotó los ojos. Miró a Alessandro y le apartó el pelo de la frente. Se sacó el pijama y se puso un vestido.
En el baño se aseó. Preparó el desayuno y despertó a los tres hombres de la casa.
Los cuatro estaban sentados alrededor de la mesa, con los ojos aun pegados. Oían a Jaime Ross que cantaba a través de la radio para ella. Comieron y tomaron.
-¿Tienen ganas de ir a pescar, chicos? – preguntó el hombre.
-¡Sí! – afirmó Ricardo.
-Yo no, gracias – contestó Leonardo.
Leonardo mantenía cierta distancia con Alessandro, la influencia del padre fue más fuerte en él que en Ricardo. No tenía una opinión tan rotunda y violenta como Alfredo, pero no terminaba de ver con buenos ojos la relación de su madre con Alessandro. Se levantó de la mesa y se fue al cuarto. El hermano lo siguió.
-¿Qué te pasa ahora? – preguntó una vez cerró la puerta.
-Nada – respondió tirado en la cama.
-Lo disimulas de puta madre la verdad – dijo irónicamente.
-¿Qué queres, Ricardo? – dijo irritado.
-Saber porque te fuiste así y no queres venir a pescar (que por lo que tengo entendido te encanta, a menos que ahora de repente lo odies) – contestó pateando una pelota.
-No, no lo odio ¿y con eso qué? – dijo prepotente.
-Bueno, ahora sabemos que te gusta y ¿por qué no queres venir? … Y no me digas que es porque no tenes ganas – contestó pateando más fuerte la pelota.
-Por la apuesta que hicimos cuando pescamos hace un tiempo atrás y no cumplí mi parte … ese lugar me recuerda eso todo el tiempo ¿estás contento ahora? – dijo levantando los brazos.
-Tendré cara de boludo, pero … (es la misma que tenes vos … antes de que mandes alguna avivada), pero no lo soy, no me chupo el dedo, Leonardo ¿qué tenes en contra de Alessandro? – preguntó cruzándose de brazos.
-Y vos ¿cómo sabes que tengo algo contra él? – dijo inocentemente.
-Porque siempre serán los primeros que caen … Lo acabas de afirmar, hermanito – contestó.
-Arg … la puta madre con tus jueguitos psíquicos – dijo agarrándose la cabeza.
-Sí sí … ahora ¡responde! – dijo Ricardo desafiante.
-No me termina de caer, no sé hay algo en él que … - respondió dando vueltas.
-¿Y por qué en vez de alejarte por tu estúpido prejuicio no te acercas a él para conocerlo antes de crearle una máscara de “qué sé yo”?
-No le creo nada, sólo digo lo que veo … - respondió.
-¿Y eso es …? – insistió Ricardo.
-Que mamá está casada, Ricardo – gritó el hermano.
-Primero ¡bajá la voz! Y segundo se está separando – respondió.
-Pero sigue casada y vive con éste – dijo Leonardo enojado.
-Alessandro no vive del todo acá y además si así fuera tiene todo el derecho … ¿podes entender que se está separando del pedazo de bestia que te hizo llorar hace unos días? ¡Déjala ser feliz, Leonardo, no te interpongas! – dijo en un tono más fuerte.
El muchacho salió de la habitación dejando a Leonardo con la palabra en la boca y se fue a buscar a Alessandro, para irse a pescar.
Al mediodía se les vieron las siluetas en el horizonte, traían unos pescados no muy grandes.
Marisol los hizo a la plancha y los almorzaron con ensaladas. Mientras que Alessandro y Ricardo charlaban y reían, Leonardo comía con cara larga.
Ya eran las seis de la tarde. Leonardo veía televisión en su cuarto, la madre le golpeó la puerta y él la hizo pasar.
-¿Sabes a cuantos chicos vas a invitar mañana, Leo? – preguntó sonriendo.
-Van a ser seis, no ¡pará! … son cinco, seis, siete, son siete – dijo contando con los dedos.
-Bueno ¿tenes idea de dónde está metido tu hermano? – preguntó acomodándose el zapato.
-Creo que salió a dar una vuelta – dijo pensativo Leonardo.
-Bueno, no te molesto más y voy adelante a esperar que vuelva – dijo cerrando la puerta.
A las dos horas giraba el pestillo de la puerta, era Ricardo. La madre fue corriendo y sonriendo le preguntó …
-Hola, tesoro ¿Cuántos chicos vienen mañana?
-¡Ninguno! – dijo el muchacho cerrando la puerta.
-¿Por qué? – preguntó asombrada.
-Porque no invité a nadie – respondió de mal humor.
Marisol lo agarró dulcemente del brazo llevándolo a la mesa y ahí lo hizo sentar. Sirvió dos vasos con jugo de naranja recién exprimido.
-¿Por qué no invitaste a un amiguito o amiguita, tesoro? – insistió la madre.
-Porque no tengo a nadie, mamá – contestó desilusionado.
-¿Y qué pasa con Marcos, el chico que vino a casa la semana pasada para estudiar o Nicolás, aquel flaquito con el que hiciste el proyecto para Ciencias o Lucía, la muchachita de los ojos enormes con la que trabajaste en las notas musicales? – insistió Marisol.
-No son amigos, mamá, lo acabas de dejar clarito … Sólo son compañeros de clase – respondió levantándose de la mesa.
-Pe … - intentó insistir.
-Pero nada, no insistas. No tengo y lamento cagarte los planes – dijo yéndose.
-Pero si no es por mí, es por vos que insisto, Ricardo – dijo agarrándolo del brazo.
-Ya lo sé que lo decís en una buena, pero no vale la pena, mamá – dijo soltándose.
La mujer lo siguió al cuarto y cuando la puerta se estaba cerrando se metió.
-¿Qué no vale la pena? – preguntó Alessandro que se freno en el pasillo tras oír la charla.
-Ricardo dice que no tiene a nadie que invitar mañana …
-¡Mamá! – protesto Ricardo.
-¿Cómo que ninguno? – preguntó el hombre mirando a Ricardo sentado en el escritorio.
El muchacho apoyó su cabeza entre los brazos (que estaban cruzados sobre la mesa).
-Por dios … - dejo escapar bajito.
-Dale alguno o “alguna” tiene que haber … - insinuó el hombre.
-No, no la hay … ¡Permiso! – dijo saliendo de la habitación.
Ricardo salió caliente como una chiva al patio y se sentó en el pasto apoyándose contra el muro. Leonardo estaba jugando con un aparatito técnico, lo vio y le preguntó …
-¿Y a vos qué bicho te picó?
-Nada – dijo cerrando los ojos.
-No tenes cara de nada – contestó Leonardo dejando el juego sobre la mesa y mirándolo.
-Ni que a vos te preocupara – dijo el chico abriéndolos.
-Claro que lo hace, no seas pelotudo y contame que te pintó así la cara – esa era su manera de decir ¿por qué estás enojado?
Ricardo le empezó a contar toda la historia al hermano.
-A vos no te joden porque siempre estás afuera, pero como yo me la paso acá adentro …
-Y salí conmigo entonces – propuso Leonardo.
-¿Qué? – dijo Ricardo apoyando las manos en el pasto.
-¡Eso! Venite esta noche conmigo y no te van a decir nada de mañana.
-Pero mamá quiere que le diga cuantos invitados van a venir mañana …
-Bueno, en ese caso … decile que … mmm tres ¿ta? – dijo agarrándose el mentón.
-¿Cómo … y de dónde los saco, hermano? – preguntó nervioso.
-¡Déjamelo a mí! – dijo Leonardo orgulloso.
-Pero … - insistió.
-Nada, ahora ¡anda y decile que ya invitaste a tres bla bla bla – dijo haciendo señas con las manos.
-Bueno – dijo levantando los hombros.
Al rato Ricardo se levantó y entro en la casa encontrándose con Marisol en el pasillo. La miro y la llamó …
-Mamá.
-¿Sí, Ricardo?
-Perdóname lo de recién – dijo rascándose la frente.
-No pasa nada, tesoro. Es que me entristece que no tengas amigos, por eso te rompí las pelotas, pero sos vos quién tiene que perdonarme a mí – dijo ella.
-Ta todo bien. Vienen tres mañana – afirmó el muchacho.
-¿Tres qué? – preguntó Marisol asombrada.
-Tres personas – recalcó Ricardo.
-No era que no …
-Ta, pero me di cuenta de que éstos tres son con los que más me doy y a lo mejor el ambiente de mañana ayuda para hacernos … amigos – respondió a sus dudas.
-Bueno – dijo dudosa.
Otro día amanecía y Marisol entraba en la habitación de los mellizos con Alessandro y parándose en el medio de la calle ambos gritaron …
-¡FELIZ CUMPLEAÑOS!
Los muchachos empezaron a abrir los ojos y se sentaron, la madre se les acercó dándole un paquete (envuelto en papel plateado con cubos rojos dibujados) a cada uno.
Ricardo durmiendo en la cama de abajo se vio arrollado por los besos de la madre, abrió el regalo y levantó una remera de Peñarol firmada por todos los jugadores.
Leonardo abrió el suyo y vio que era una agenda de cuero. Ambos le agradecieron y cuando Marisol dejo la habitación, los chicos se vistieron y fueron a desayunar.
-Bueno, chicos hoy cuando vuelvan del Liceo ya pueden traer a sus amigos, digo directamente si quieren o si prefieren pueden venir después cada uno por su lado
-Sí, podría ser – dijo Leonardo.
-Les preguntamos y vemos que nos dicen, mamá – dijo Ricardo.
-¡Ta! Me parece bien – contestó ella sonriendo.
Las clases terminaban, Ricardo esperaba a su hermano junto al portón. La mochila tirada a sus pies, él estaba recostado contra un árbol con un libro entre las manos y su mente estaba sumergido en la lectura. El día era caluroso.
-¡Ahí estás! – dijo Ricardo levantando la mirada.
-Ay … nene ¡me asustaste! – respondió Leonardo.
-¿Qué yo te asuste …? Hace media hora que terminó la clase – dijo Ricardo guardando el libro.
-Bueno … me retrase un poquito, pero eso no te da derecho en asustar a la gente …
-No quise hacerlo … - dijo bajando la voz.
-Ay nene, no pidas tanto perdón, te estaba jodiendo, pero ta ¡vamos! – dijo levantándolo.
-¡Pará! – dijo alarmado.
-¿Qué pasa ahora? – preguntó Leonardo.
-Que en casa esperan que lleve a tres personas – respondió tenso.
-Nene … ¿Podes tomarte una soda con valium por favor? – dijo canchero.
-Claro para vos es una joda … ¿para qué me haces decirle boludeces? … mejor no vuelvo a casa … ¿por qué le dije eso de los tres tipos? … Eso … ¡me voy a ir por ahí hasta que todo termine y después veo que le digo … - decía Ricardo pensando en voz alta.
-¿Ya está? – preguntó más canchero que antes.
Ricardo agarró la mochila y empezó a caminar hacia el lado contrario de donde estaba su hermano. Cada vez aceleraba más el paso y el otro empezó a seguirlo.
-Che … Ricardo ¡frena! – dijo agarrándolo del brazo.
-¿Qué queres? – preguntó de mala gana.
-Es que yo te invite a tres amigos y a la vieja le decimos que son tus conocidos ¿entendes? Mira … se llaman Damián, Jorge y … Andrea? Asunción? No … ¡Ana, Ana! ¿ta?
-¿A vos te siguen cualquiera, no, sin importarle que no recuerdes sus nombres, verdad?
-¿Los queres o no? – dijo frenándose.
-¿Estás seguro de que eso va a funcionar? – preguntó dubitativo.
-¡Sí, claro! Ya vas a ver que todo va a salir bien. Andrea …
-¡Ana! – aclaró Ricardo.
-Eso, Ana es un poco histérica, pero te va a encantar, los chabones son bastante pirados, pero ni te van a joder.
-¿Y van a saber quién soy cuando lleguen a casa? – preguntó nervioso.
-A veces, pero sólo a veces cuando te haces el tonto no hay quién te gane … - dijo riendo Leonardo.
-¿Qué … por qué lo decís? – preguntó desorientado, mientras que pensaba - …<<¿Por qué me habré enredado en esto?>>
-Como no te van a reconocer si tenes mi cara. Les dije que sos el despeinado, de la remera de colores. No se van a confundir – respondió.
Llegaron a la casa. Un par de globos decoraban el comedor, la mesa estaba cubierta por fuentes de pascualina, torta de pescado, panchitos, pizza, galletitas, dos tortas; una de chocolate y otra de manzana y sobre cada torta estaban las velitas correspondientes a cada mellizo. La torta de manzana tenía escrito con caramelo el nombre de Leonardo y la de chocolate con vainilla el nombre de Ricardo.
Marisol y Alessandro se había puesto esos gorritos ridículos de cumpleaños y cuando le abrieron la puerta cantaron el tradicional Feliz Cumpleaños tirando serpentina.
Al paso de diez minutos empezaron a caer los invitados; Claudia, Ticho, Germán, Luisa, Clara, Ana, Damián y Jorge.
Ya todos estaban bailando con la música que había escogido Leonardo.
La madre observaba a los chicos charlando y divirtiéndose, pero en realidad el único que lo hacía era Leonardo. Ricardo estaba en un sofá mientras que sus “tres amigos” estaban alrededor de su hermano. Minutos más tarde el chico se disculpa del círculo que lo rodeaba y se acercó a Leonardo.
-¡Qué humor de puta madre, hermano mío! – dijo riendo.
-No me cargues ¿queres? Sabía que esto sería una estupidez, pero no, tuve que seguir la payasada …
-Bue … la verdad que no funcó muy bien … no era mi intensión – aclaró.
-Ta todo bien. Invéntale algo a mamá, necesito aire – dijo Ricardo alejándose.
-¡Ta! – contestó pensativo Leonardo.
El muchacho abandonó la fiesta y se encaminó al río.
-¡Leo! … ¿a dónde fue tu hermano? – preguntó la madre.
-La vecina acaba de llamar … para preguntar si la podíamos ayudar … subir unas valijas y … viste cómo es Ricardo, en seguida se ofreció a ayudar – respondió.
-Ah … ¡voy a ayudarlos!
-¡No! Es que … yo le dije que lo acompañaba y me dijo que no, por eso no vale la pena …
-Bueno … siendo así, ¡volvé a la fiesta nomás! Que yo me voy a la cocina ¿ta?
-Sí, sí … cualquier cosa te aviso, tranquila – dijo suspirando.
Marisol se alejó y Leonardo volvió con sus amigos.
Ricardo llegó a las orillas del río y se sentó observando el agua. Estaba sentado en la orilla con las piernas dentro del río, dejo los zapatos junto a un junco y se echó hacia adelante apoyándose sobre sus piernas con la cabeza colgando entre ellas.
Una muchacha se acercaba y cuando pasó junto al junco con los zapatos de Ricardo se le acabó el sigilo tropezándose. El chico se dio vuelta y la vio tirada en el suelo frotándose la rodilla.
-No te quería molestar … pensé que eras Leonardo. Me imagino que queras estar sólo.
-Hola y no, no me molestas ni tenes que irte. Lamento que te hayas decepcionado …
-Ay no por favor, no quise decir eso … - dijo lagrimeando.
-¿Te lastimaste mucho? – preguntó el chico sacando las piernas del agua.
-No sé, arde un poco, pero no es grave, creo – dijo ella.
-Bueno … no, no parece ser grave, pero más vale desinfectarlo por las dudas … ¿Qué te trajo al río? – preguntó cambiando de tema.
-Pensé que eras Leonardo y quería hablarte o sea a él – respondió.
-Ya sé, Julieta, no me recuerdes que todos lo quieren a él – dijo mirando el agua.
-No era mi intensión, Ricardo, perdona – dijo Julieta mirándolo a los ojos.
-No pasa nada, te estaba jodiendo – dijo limpiándole la rodilla con un pañuelo (mojándolo en el río) - … Esto ya está – dijo terminando.
-Gracias … ¿y a vos que te trae acá? – preguntó sonriendo.
-Huir de una fiesta – contestó.
-¿Cómo? – preguntó ella metiendo las piernas en el río.
-En casa hay cumpleaños … Leo y yo cumplimos dieciséis años – respondió.
-Ah … Feliz Cumpleaños – dijo avergonzada.
-Gracias … a vos te hubiera invitado, eso sí sería de verdad – comentó.
-Perdón, no entiendo … - Entonces Ricardo le contó todo - … Ah …
-Ya es tarde, pero me harías el favor de acompañarme a mi casa – dijo parándose.
-No sé – respondió dudando.
-¡Dale! … verías a Leonardo si venís conmigo – dijo trampeando.
La muchacha se puso colorada, Ricardo se puso los zapatos y agarrándola de la mano se puso camino a casa.
Al entrar a la casa los vio Marisol y se dispuso a ir hacia ellos, Leonardo se metió en medio gritando …
-Miren quién volvió a la fiesta después de haber ayudado a la vecina y trae a más gente, ¡denle la bienvenida! – el hermano lo miro sin comprender, pero en seguida siguió el juego.
Marisol saludó a Julieta y ésta se ofreció a ayudarla en la cocina.
-No, mihijita. ¡Quédate con los chicos!, yo me encargo, muchas gracias – comentó la mujer.
Tras algunos minutos Julieta se le acercó a Ricardo.
-Ahora entiendo porque te fuiste – dijo mirándolo con complicidad.
-Sí, completamente huecos, pero ta … son amigos de Leonardo y es lo que uno espera.
-¡Qué malo! Si él es un divino – dijo mirando a Leonardo payasear con sus amigos.
-No los entiendo se derriten el uno por el otro, pero ambos son cagones para reconocerlo.
-Es que … - calló y miró el suelo con ganas de llorar.
-Che perdóname no quise avergonzarte. Sos la única que está junto a mí y lo mejor que puedo hacer es darte ganas de huir. Me podes creer si te digo que es lo mejor que hago, ya ves …
-¿El qué? – preguntó mirando a Ricardo a los ojos.
-Hay nueve personas en la fiesta y todas están con él.
-¿Y yo qué? – protestó Julieta.
-Creo que cómo siga abriendo la boca van a ser diez los que estén con él …
-¡Gracias! – dijo ella ofendida.
-¡Viste! No … es verdad, vos estás conmigo y te agradezco el ayudarme a sobrevivir esta noche.
-¿Por qué no serás vos Leonardo? Él ni me habla, pero es a quien quiero … - dijo sin darse cuenta y de repente se puso colorada.
-Eso tiene solución … me peino y me pongo camisas celestes – dijo riendo.
Ambos reían y se quedaron horas charlando. Los demás chicos ya se habían ido.
Leonardo pasó junto a ellos, le sonrió a Julieta y le tocó el hombro.
-¡Buenas noches! ¿No te cansa éste pesado, linda? – dijo sonriendo y yéndose.
-Ya podes largar el suspiro, Julieta, ya se fue – dijo Ricardo.
-Soy una tarada por no atreverme a hablarle – protestó la muchacha.
-Él no es menos – respondió el chico.
-No digas eso – dijo con cara de lamento.
-Está bien, no te lo toco más – respondió sonriendo.
-Es que no sé cómo decírselo – dijo moviendo las manos.
-¿Por qué no intentas con palabras? – preguntó riendo.
-¡Anda a cagar! – contestó ella.
Estuvieron charlando y bromeando hasta que los primeros rayos del sol cayeron sobre ellos. La luz bañaba a Julieta de forma que parecía un ángel.
-Uy ya tengo que volver a casa, antes de que se levante – dijo poniéndose de pie.
-Está bien, te acompaño – dijo él.
Ricardo la acompañó y volvió rápidamente.
Ayudó a su madre a ordenar la casa y al terminar se fue a dar una ducha.
-¿Ya te vas a dormir? – preguntó Marisol.
-Sí. Vos te acabas de levantar, pero yo no dormí nada – dijo frotándose los ojos.
-Está bien, sólo fue una pregunta … Linda chica, Julieta – agregó.
Siempre comentando por de más los padres. El chico no tenía fuerzas para contestarle y se fue.
Parte siete
Llegó la Primavera y con ella un grito …
-¡¡La puta madre que me parió!!
Una abeja había picado el hombro de Leonardo que se levantó de una.
-¿Qué paso, Leo? – preguntó Marisol que entró corriendo.
-Un puto bicho me pico el hombro – dijo mariconeando el chico agarrándose.
-Fue una abeja – afirmó Ricardo desde su cama.
-¿Queres que te traiga hielo, Leo? – preguntó la madre.
-Bueno – respondió ella poniéndose de pie.
-Para mí con agua por favor – sonrió Ricardo.
-¡Ricardo … No te burles de tu hermano!
-¿Qué? si no hago nada sólo quiero un vaso con agua.
-Ya vuelvo – dijo ella abandonando la habitación.
Ya era de tarde, Leonardo seguía con dolor en el hombro u Ricardo para “calmarlo” le decía que era obvio que le doliera porque además de dejar su veneno la abeja dejaba todos sus órganos dentro por lo cual moría al instante.
Estaban solos en el cuarto. Las vacaciones habían comenzado.
-Che, Ricardo … ¿tenes onda con Julieta? – preguntó.
-Mira vos … para encararme a mí tenes fuerza, pero no para ella.
-Te hice una pregunta – protestó Leonardo.
-Y yo puse en palabras lo que veo – respondió Ricardo.
-¿Eso es un “sí” o un “no”? – dijo desconcertado.
-Un “lo que quieras”, si no sabes oír es cosa tuya, texto claro; no tengo onda con ella, Julieta está tan loca por vos cómo vos con ella. No esperes a cumplir ochenta años y juntar los huevos para decir “si sólo se lo hubiera dicho” – dijo finalizando el discurso.
-¿Entonces no tenes onda? – preguntó ingenuamente.
Ricardo lo miró queriendo mandarlo a la mierda, pero se calmó y dijo …
-No, Leo, no la tengo … Chau – dijo yéndose del cuarto.
Ricardo estaba sentado bajo un sauce llorón en el jardín, leía un libro de poemas. Leonardo se asomó por el ventanal del living y salió acercándose al hermano, mirándolo fijamente.
-¡La voy a encarar! – dijo decidido.
-¿Qué? – preguntó Ricardo dejando el libro a un lado.
-¡Voy a encarar a Julieta! Tenés razón fui un idiota. Ando con cualquier mina, no me cuesta nada encararlas, pero con ella … no sé, será cierto eso que decís y me guste en serio …
-Aha – contestó poco interesado.
-Además ya me escabullí demasiado de nuestra apuesta – prosiguió.
-Lo de la apuesta lo hice para que te animaras de una vez, porque te faltaban los huevos para asumirlo – dijo sonriendo sarcásticamente.
-Bueno … no empecemos a ofender … ¿cómo se lo digo? – preguntó desconcertando a Ricardo.
-Mira a quién le vas a pedir consejos – contestó el chico mordiéndose el labio inferior.
-Dame una mano en serio boo … - insistió - … Vos sabes cómo hablarle, Ric, los vi anoche cagándose de risa – dijo dándole un codazo en el brazo.
-Yo que sé. Anda sin dar vueltas, decile …
-¿Sí? – dijo interrumpiéndolo.
-¿Me vas a dejar terminar …? Gracias … Decile que hace tiempo que te gusta, pero tenías miedo de decírselo y que ella te rebotara, pero que recién después de seguir el buen y sabio consejo de tu adorado hermano …
-¡Anda! – dijo empujándolo - … pero me gusta el principio.
-A mí me gusta más el final – dijo cargándolo - … ¡ta! Apáñate el final, más no sé decirte.
-Me basta, gracias – dijo yéndose de la casa.
Sonó el timbre en casa de los Rodriguez. Un hombre atendió la puerta; era grande, bigote estilo cepillo, pelo oscuro de ojos negro y mirada penetrante.
-Ah … sos vos, me desconcertaste estando tan pituco arreglado ¿querés ver a la nena, no?
-Sí, señor … por favor, es que … - dijo el muchacho.
-Nena … acá te busca Ricardo – gritó el hombre alejándose de la puerta.
La chica bajó por las escaleras sonriendo. Tenía puesto unos vaqueros, musculosa verde y el pelo suelto, con cada escalón que bajaba el pelo le caía hacía adelante.
-Hola …¿Leonardo? – dijo sorprendida al verlo.
-Sí ¿a quién esperabas? – contestó sonriendo.
-Es que … nunca hablamos – dijo la chica nerviosa.
-¿Te decepcioné mucho? – preguntó poniendo cara de lástima.
-No, no … ¡papá, salgo a dar una vuelta y vuelvo! – dijo la chica agarrando la campera.
-Bueno … dentro de poco está lista la comida, así que …
-Sí, papá, una vuelta nada más – salieron y ella cerró la puerta.
Estaban caminando y él la frenó en un banco.
-Sentate por favor – dijo el chico.
-Bueno … ¿qué pasa, Leonardo? – preguntó una vez que se sentó.
-Hace un tiempo que me gustas, pero tenía miedo de decírtelo y que me rebotaras – la chica quedó muda - … ¿Julieta … qué decís?
-Que … a mí también me gustas – dijo poniéndose colorada. Leonardo se le acercó y la besó - … ¡Pará! Nos va a ver mi padre – dijo asustada.
-No nos va a ver, estamos lejos … sólo dame uno más – suplicó él.
-Ta, ya está – dijo ella haciéndose de rogar.
-Bueno … ¿nos vemos mañana? – preguntó agarrándola de la mano.
-Sí, ahora vuelvo sola, así no nos ve … - antes de irse Leonardo le dio otro beso.
Marisol estaba en el patio con Ricardo tomando mate, escuchaban a Sabina. Leonardo se sentó junto a ellos.
-¿Y esa cara de idiota? – preguntó delicadamente Ricardo.
-Me encantan las flores con las que se tiran che. Bueno yo me voy adentro, igual ya se terminó el mate, así que voy a lavar los platos. Nos vemos – dijo alejándose.
-Dale ¡contá! – insistió Ricardo de repente interesado.
-La besé – comentó el otro.
-No me digas ¿de una? – preguntó sin creerlo.
-Sí, le dije lo que me dijiste y me dijo que sentía lo mismo. Mañana nos vamos a ver – dijo ansioso.
-Qué bien – respondió frotándose un ojo.
-¡Gracias! – dijo sonriendo.
-¿Por? – preguntó Ricardo mirándolo de repente.
-Por la patada en el culo de ésta mañana – contestó Leonardo yéndose.
-Ah … - dijo Ricardo retornando a su lectura (el libro de poemas que había dejado de leer).
Parte ocho
Pasaron ocho meses de aquella fiesta de cumpleaños. Marisol ya estaba oficialmente divorciada. Los mellizos quedaron bajo su tutela, podían ver al padre en los fines de semana, pero pocas veces lo hicieron. Ni él los fue a buscar los fines de semana.
Era cómo que el día en que firmó el divorcio, no sólo se divorciara de su mujer sino también de los mellizos.
Alessandro se mudó oficialmente a la cabaña (antes sólo había llevado un cepillo de dientes, ahora también había ropa suya en el ropero de Marisol).
Leonardo seguía saliendo con Julieta. Al padre le costó aceptarlo al principio, pero después no tuvo problemas, aunque siempre lo miraba de reojo. Y Ricardo …
Ricardo, estaba tirado sobre la hamaca Paraguaya con un grueso libro entre las manos. El otro mellizo estaba junto a Julieta en el comedor mirando la televisión.
Una morocha flaquita con minifalda y pezones en punta pasó junto a la hamaca saludando a Ricardo y él respondió con un “Hola” y volvió dentro de su lectura. La chica golpeó la puerta y Leonardo atendió, cuando la vio se quedó mudo y se puso nervioso ...
-¿Qué haces acá?
-No me llamaste desde que volvimos del camping y tengo que contarte algo, Leo.
-¿Quién es, Leo? – preguntó alegre Julieta desde el sofá.
-Una compañera del Liceo, Juli, ya vuelvo – dijo sacándola y cerrando la puerta.
Al rato Julieta se acercó al cuñado.
-¿Conoces a esa chica, Ricardo? – preguntó ella agarrándose de la hamaca Paraguaya.
-¿Qué … a quién? – miró alrededor y la vio - … Ni idea, estaba en otra – dijo sonriendo.
-Sí, en tu lectura habitual … Es linda la muchacha – dijo de repente.
-Vos también no … no me busques novias por favor – rogó el chico.
-Perdón … cambiando de tema ¿nunca la habías visto antes?
-La verdad que no, hay tantas iguales que también puedo confundirme, pero creo no haberla visto nunca … ¿Celos? – preguntó apuntando a lo que la intranquilizaba.
-¡Ay no! Nada que ver, sólo preguntaba – contestó aireada.
-Si vos lo decís … entonces si no te molesta sigo leyendo …
-Seguí nomás, me voy adentro – dijo dándose la vuelta.
La muchacha que hablaba con Leonardo se fue furiosa y él pasó con cara de amargura junto al hermano.
Ricardo ni se había percatado del panorama que lo rodeaba, porque estaba siendo absorbido por la historia del libro, pero vio a Julieta irse al saludarlo con la mano. Entonces se enderezó, cerró el libro marcando la página y entró a la casa.
-Qué temprano que se fue Julieta – señalo dejando el libro sobre la cómoda.
-Le dije que me dolía la cabeza y me quería acostar – respondió Leonardo.
-¿Y es verdad? – preguntó mirándolo.
-No, pero no podía verla …
-¿Por qué decís eso? – dijo enojado.
-No tiene nada que ver con ella, es por algo mío que … no te puedo decir ¿mamá está en casa? – preguntó preocupado.
-No, pero no te entiendo, Leonardo, ¡explícate! – dijo tratando de calmarse.
-Ella no se puede enterar ¿entendes, Ric?
-¿De qué mierda estás hablando, hermano? No te entiendo … ¿Es que acaso te casaste? Por Dios … - dijo agarrándose la cara al no obtener una respuesta inmediata.
-Soy menor de edad y ella tendría que firmar – respondió.
-Qué alivio – dijo suspirando.
-Ni tanto … hubiera preferido haberme casado porque me puedo divorciar, pero ahora … ahora … Es diferente – sentenció destapando el misterio.
-No me digas que vas a ser padre y esa minita que vino es la madre …
-¿Por qué no pensas que es Julieta? – preguntó confundido.
-Porque no es idiota. No podes ser tan hijo de puta … ¿qué vas a hacer ahora? – preguntó acorralándolo.
-No sé – respondió con voz ronca.
-¿Cuándo fue? …¡No, deja! Mira que sos … Julieta te adora y vos te acostas con la primera que ves – gritó enfurecido.
-No fue así, yo también la quiero – dijo llorando.
-Te hubieras acordado antes – dijo sin piedad el hermano.
-Es que estaba mamado y no sabía qué hacía – sollozó.
-A ver si ella te cree ese cuento porque yo no lo hago, Leonardo – dijo frío.
-Pero no se lo puedo decir, me va a odiar … ¡ayúdame, Ric!
-Serías una mierda mayor si no se lo dijeras, no cuentes conmigo en nada, si queres tapar algo.
A la noche Marisol volvía del trabajo y como siempre Alessandro la recibía con un beso, juntos servían la cena. Hoy había cocinado él, preparó calamares con verduras. Todos se reunieron alrededor de la mesa.
-¿Cómo fue su día, chicos? – preguntó Marisol.
Dijeron “bien” y callaron. Ricardo ni lo miraba a Leonardo.
-¿Se pelearon, chicos? – preguntó ella.
-No sé ¿lo hicimos, Leo? – dijo irónicamente Ricardo.
-Éste Ricardo chistoso como siempre. Todo bien ¿no, Ric? – dijo Leonardo.
-Como vos digas, hermanito – dijo con tensión en la voz.
Terminaron la cena y Leonardo salió a sentarse bajo el sauce y la madre lo siguió.
-¿Qué paso, Ricardo? – preguntó Alessandro.
-Es Leonardo … - dijo suspirando el chico.
-¿Se pelearon entonces? – dijo apoyando la cabeza en sus brazos.
-Es más sarpado … no me mires así, ¡no soy un buchón! Es su vida y no me meto, pero me revienta como todo le parece un juego que puede manejar a su antojo sin percatarse de los deseos de los demás … Ni que pudiera tapar al sol con un solo dedo.
-Sé que no sos buchón y no pretendía sacarte nada. ¿Al menos te sentís un poco mejor al haber largado parte de la historia? – preguntó mirándolo.
-Sabes que sí …
-¿Queres que me quede un rato acá? – preguntó el hombre bostezando.
-No, gracias, ¡anda a acostarte nomás! – contestó Ricardo.
La noche era estrellada y corría una fresca brisa. Ricardo había cerrado los ojos mientras se hamacaba, de repente sintió unas manos finas y frías sobre los ojos.
-¿Y … quién soy? – preguntó con voz gruesa.
-¡Julieta! – respondió sin vacilar.
-Sí ¿cómo estás … Leo está mejor del dolor de cabeza? – preguntó sonriendo.
- << él está bárbaro, tiene dieciséis años y va a ser padre>> - pensaba.
-¡Ricardo! – llamó la chica - … vine a hacerle compañía.
-<
-¿Ricardo estás bien? – preguntó arrodillándose (quedando a la misma altura).
-¿Qué? Sí, estoy bien – dijo mirándola.
-¿Y… está o no mejor tu hermano? – insistió.
-Creo que sí, pasa nomás – dijo él.
Parte nueve
Pasaron dos meses más, la situación seguía igual. Leonardo convenció a la chica de no decirle a nadie acerca de su embarazo. A Julieta la seguía manteniendo en el engaño. Ricardo tuvo una fuerte discusión con su hermano y se fue a Argentina a pasar un tiempo allá con la tía (hermana de su madre).
-¡Ale! ¿me acompañas al puerto a buscar a Ricardo? … llega en hora y media.
-Sí, Mari ¿te venís, Leo? – preguntó el hombre poniéndose de pie mirándolo.
-No, no, lo espero acá mejor.
El muchacho ya había llegado del viaje y se estaba tomando un café, mientras pensaba …
-<<¿Se los habrá contado? … no lo creo, porque mamá no me contó nada, aunque … ¿qué me tendría que decir? … A lo mejor fue un shock y se lo tragó … por dios, me estoy haciendo sólo la película ¿por qué será todo tan complicado … por qué me preocupo tanto? Ni que fuera mío el problema … Pero Julieta … me va a odiar cuando lo sepa todo, cuando sepa que fui sabiéndolo todo>> - de repente se vio sorprendido por Marisol y Alessandro.
-Hola, mi amor ¿cómo te fue … cómo está la tía y los sobrinos … te gustó Buenos Aires?
-Hola, mamá, estoy bien, la tía, los primos y todo todo bien – contestó parándose.
-Hola, Ricardo. Perdónala fue demasiado tiempo para ella … ¿tuviste un buen viaje?
-No pasa nada y sí, estoy un poco cansado nada más … - respondió el chico.
-Bueno, vamos al auto que Leo en casa empezó a armar un fueguito para preparar un asadito de bienvenida – dijo sonriendo la madre.
Ya estaban camino a la cabaña. Marisol se dio la vuelta y lo miró …
-¡Estás re flaco, mi amor! ¿Te gustó la ciudad … qué hiciste … te divertiste, me extrañaste?
-¡Mujer! Deja de aturdirlo con tus preguntas recién llegó y ya le das ganas de irse otra vez.
-Noo .. es que lo extrañé – dijo emocionada.
-Está todo bien, mamá – dijo poniéndole los brazos sobre los hombros - … cuando lleguemos y me de una ducha te cuento todo lo que quieras – dijo sonriéndole.
-Bueno – contestó secándose las lágrimas.
Al verse liberado del acoso de preguntas le dio por interrogar a él.
-¿Acá hubo alguna novedad? – preguntó.
-No, nada nuevo … bueno sí … - dijo sonriendo.
-¿Te parece decirlo ahora, Mari? – intervino Alessandro.
-Sí, Ale – afirmó la mujer.
-¿Qué pasa? – preguntó inquieto.
-Hay un bebé en camino …– el chico abrió los ojos de par en par - … Sí, mi amor, estoy embarazada de tres meses, te lo quería decir en persona – dijo sonriendo y llorando - … ¿no decís nada, no te alegra tener otro hermanito? – preguntó sollozando.
-Es flor de noticia, cómo no me voy a alegrar. Me agarraron de sorpresa – dijo Ricardo.
-Ya tenemos los nombres, si es nena será Jesica y si es nene Carlos – dijo Alessandro.
-Se los ve felices – dijo al fin el muchacho.
-Sí, lo estamos, al principio yo tenía miedo, pero Ale me calmó diciéndome que todo saldría bien … Bueno la primer experiencia que tuve fueron tu hermano y vos y mira la bien que me salieron – dijo sonriendo.
-<
El auto frenó en la entrada de la casa. Leonardo se adelantó y levantó el brazo saludando y detrás de él salió Julieta que sonreía dulcemente enredada en la ignorancia y a Ricardo se le hizo un nudo en la garganta, hizo de cuenta que se le había caído algo para esquivar la mirada de Julieta.
Salieron del vehículo y Leonardo abrazó a su hermano cuando puso un pie en el piso. Alessandro bajó las valijas del auto y las metió dentro de la casa. Marisol lo siguió. El chico saludó con un beso a Julieta y cuando Leonardo le quiso darle un beso, esquivo la cara diciendo que quería darse una ducha.
Sirvieron la mesa con diferentes ensaladas y Leonardo trajo el asado del fuego.
-¡Permiso! Vamos a comer che – dijo Leonardo entrando en el baño.
-Me estoy duchando, nene – contestó.
-Ya sé ¿cómo te fue? –preguntó.
-¿Es lo único que sabes preguntar?
-Ya sé que seguís caliente, pero se solucionó ese tema.
-“¿Qué sigo caliente?” ¡Dame una toalla! No voy a hablar contigo en bolas … Pensé que no tenía que enfrentarme a esto otra vez …
-Y no hace falta … Lucía …
-¿Quién es Lucía? – preguntó irritado.
-La chica embarazada – contestó bajito.
-Ah … ahora la muchacha tiene nombre, no la trates como un personaje, es la chica que VOS dejaste embarazada, se necesitan dos para el resultado y no creo que te haya obligado a hacerlo.
-Claro que no me obligo, pero no va a decir nada ¿entendes?
-¿Qué? pero vos estás loco, Leonardo.
-No, vas a ver que todo va a salir bien. Julieta no se va a enterar nunca y todo seguirá como hasta ahora – dijo sonriendo.
-¡Estás enfermo! – afirmó Ricardo.
-¿Qué decís? – dijo sorprendido.
-¡Eso! Y ahora déjame sólo – dijo y al sentir el portazo se sacó la toalla dejándola sobre la tapa del wáter y siguió duchándose.
Ya había caído la noche, las estrellas brillaban a lo lejos. Ricardo se estaba hamacando en la hamaca Paraguaya tarareando una melodía.
-Ya me imaginaba que te encontraría acá – dijo la madre sonriendo.
-Hola, mamá – dijo él.
-¿Te jodo ahora si te pregunto cómo te fue? – preguntó con los ojos rojos.
-Vos nunca me jodes y perdóname si alguna vez te lo hice sentir.
-Está bien ¿por qué tan sentimental? – preguntó acariciándole el pelo.
-¡Sentate junto a mí por favor! … por nada, sólo perdóname – dijo abrazada a ella.
-Claro que lo hago, mi amor – dijo dándole besos en la cabeza.
-A pesar de lo que suceda tenes que saber que te adoro y que siempre lo haré y perdóname si alguna vez callé …
-Me estás asustando, Ricardo – dijo dubitativa.
-No importa, prefiero que lo sepas … - hizo un silencio - … Me fue bárbaro en Buenos Aires, conocí a tantos locos como yo. La tía es divina y el marido también, los hijos son flor de avivados, ni te imaginas. La ciudad es un despelote me hace bien ese caos, me sentí en las nubes … - Ricardo contaba embalado sobre cada detalle - … y hace una semana o semana y media conocí a … -calló de repente.
-¿A quién, mi amor? – preguntó con una sonrisa.
-A Sebastián – contestó mirando nervioso. Ella le levantó con dulzura el mentón.
-¿Es Argentino? – preguntó - … ¿Y … lo queres, mi amor? No hace falta que digas nada, tus ojos brillan como hace tiempo no lo hacían. Me alegro, mi amor.
El muchacho parecía haberse tranquilizado y se quedó hablando con la madre de cada detalle.
Se sentaron a la mesa y comieron el asado, al finalizar Ricardo se incorporó.
-¡Un aplauso para el asador! – Alessandro agradeció – y con ésta maravillosa comida doy a conocer, siempre y cuando mi madre – dijo mirándola - … esté de acuerdo, me voy a vivir a Argentina con la tía Rocío – dijo finalizando el brindis.
Todos se quedaron mudos. Marisol que ya había notado algo antes de la cena empezó a soltar las lágrimas. Alessandro se levantó y la abrazó.
-Pero si recién llegaste, mi amor – dijo llorando.
-Me quedo dos meses y termino acá el año … Ya lo estuve hablando con la tía y ella no tiene problema en recibirme por un tiempo allá, pero me dijo que tenía que hablarlo contigo lo cual quería hacer antes que nada – dijo mirándola.
Julieta que había recibido a su amigo con una sonrisa ahora se le había borrado y tenía tristeza en la mirada. Leonardo no podía creer lo que estaba oyendo.
Ricardo se levantó del todo de la silla y se alejó de todos llamando a la chica.
-¿Por qué queres irte? – preguntó con lágrimas en los ojos.
-Por muchas cosas que ahora no te puedo explicar, Julieta.
-Es porque conociste a una chica, ¿no? – preguntó.
-No, la única chica en mi vida sos vos.
-Pero tenes que tener alguna razón – insistió.
-EL día que te enteres de esa razón me odiarás – dijo Ricardo.
-No, nunca podría … ¿por qué estás tan seguro de que te odiaría?
-Porque yo lo haría – contestó.
-No te entiendo, Ricardo – dijo ella confundida.
-Olvídalo… Perdóname la cobardía. En dos meses me voy, aprovechemos el tiempo ¿no?
-Bueno… contame cómo te fue ¿y qué te atrapo del otro lado? – preguntó sonriendo.
-Me sentía bárbaro en la ciudad, hay un montón de gente que piensa como yo, mi familia allá es genial, ah … y hace un tiempo conocí a un chico que me gusta mucho … ves que no hay ninguna mina más que vos - dijo riendo.
-¡Ay qué guacho! Qué bien guardadito te lo tenías … ¿Cómo es?
-Alto, castaño oscuro, tiene ojos verdes, se llama Sebastián … Sabe un toco de música y puedo hablar con él sobre todo.
-Ay qué lindo, pero viste que tenía razón – dijo ella guiñando un ojo.
-¿En qué? – preguntó sorprendido.
-En que conociste a alguien.
-Sí, podría decirse que sí – contestó sonriendo.
El chico se despidió de Julieta y entró en la casa. Al pasar por el cuarto de la madre la vio sentada en la cama llorando y pidiendo permiso entró a la habitación, se agachó frente a ella.
-¡No llores, mamá! – dijo dulcemente.
-¿Cómo queres que no lo haga si te me vas, mi amor? – dijo sollozando.
-Podes negármelo sencillamente – dijo mirándola a los ojos.
-Vos déjame llorar si no, no voy a tener el coraje para dejarte ir – dijo negándose a oír lo que le dijo Ricardo.
-Gracias, mamá … - dijo abrazándola.
-¿Me prometes que te vas a portar bien y que te vas a pensar las macanas dos veces y que le vas a hacer caso a Rocío y que te vas a lavar los dientes y te vas a cuidar y me vas a llamar cuando quieras y … y … y llámame por favor, llámame, mi amor?
-Sí, mamá, te lo prometo. Y vos perdóname algo que no puedo contarte, cuando te enteres … perdóname.
-¿Otra vez con eso … de qué se trata? – preguntó mirándolo.
-No puedo, mamá, ya te lo dije – contestó el chico.
Parte diez
Eran las siete de la mañana y Alessandro se arrodilló frente a Ricardo.
-Che … ¿te venía a pescar al río?
-Sí, dame un segundo – dijo incorporándose en la cama.
-Ta, te espero adelante – dijo saliendo del cuarto.
El río estaba tranquilo, las cañas de pescar inmóviles y el hombre no paraba de hablar, de vez en cuando el chico decía algo.
-¿Hace cuanto que llegué, Ale? – preguntó frenándolo.
-Mmm dos o tres semanas … Como pasa el tiempo che – protestó.
-Ah sí – dijo suspirando.
-¿Cómo se llama? – preguntó después de haber dejado pasar un tiempo.
-¿Quién? – preguntó nervioso - …¿mamá te lo contó, verdad?
-No me contó nada, ¿tenía que haberlo hecho?
-No, pensé que lo hizo, pero veo que no … - contestó Ricardo.
-Che Ricardo, ¡Tranquilo! No quería ponerte nervioso. Sé que sos homosexual y me parece bárbaro que lo reconozcas, no sabes la cantidad de gente que conozco que por miedo al qué dirán, callan y viven traumados.
-Pero ¿cómo lo sabías? – preguntó.
-Tu manera de actuar lo decía todo – dijo sacando la caña de pescar del río.
-¡Ay no! – dijo abriendo los ojos de par en par.
-Tranquilo que estoy seguro de que nadie lo sabe – dijo Alessandro.
-Sí. Mamá lo sabe ya, se lo conté ayer y se lo tomó a bien.
-¿Y por qué no lo iba a hacer? – preguntó mirándolo atentamente.
-No sé – dijo levantando los hombros.
-Bueno, pero todavía no me dijiste su nombre – insistió el hombre.
-Se llama Sebastián – dijo con una sonrisa que no pudo ocultar.
-Aha. Con que Argentina eh …
-¡Sí! – afirmó.
-¿Está bueno allá? – preguntó poniéndose de pie.
-Sí, a mí me encantó más allá de Sebastián – dijo sonriendo.
-Me alegro, Ricardo – dijo dándole la mano para levantarlo.
No pescaron nada, más que intercambios de palabras. Tras dejar pasar un par de minutos se pusieron en marcha para volver a la cabaña.
Estaban almorzando oyendo el noticiero. Leonardo de repente se puso de pie mirando a su hermano.
-¡No te vas a ir! – dijo gritando.
-¡Leonardo! – dijo Marisol llamándole la atención al hijo.
-No, él se quiere ir porque yo no abrí antes la boca – continuó Leonardo.
-¿De qué estás hablando? – preguntó Marisol.
-¿Ricardo? – preguntó la madre, él no hablaba y sólo miraba a su hermano.
-Se quiere ir porque yo no dije que voy a ser padre, que Lucía es la madre y está embarazada de cuatro meses y él no aceptaba que yo callara – el sopapo de Marisol le voló la cara.
-¡Cuatro meses! ¿y cuanto tiempo más tenías planeado ocultármelo? – gritó.
Leonardo no dijo nada, sólo se agarraba la mejilla mirando hacia el piso.
-¿Cómo pudiste hacerle eso a Julieta y a esa pobre chica? … Mañana vas a la casa de ésta chica y te haces cargo de todo y basta de mentiras, Leonardo – dijo Marisol exaltada.
-Pero Julieta … - dijo Leonardo.
-Julieta un cuerno. Si tanto te importa te hubieras puesto los pantalones. Mira que yo te habría apoyado con una sonrisa, pero lo que hiciste no tiene nombre, Leonardo – dijo ella enojada.
De repente sonó el timbre y Alessandro se levantó para atender. Era Julieta que traía una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Por qué esas caras? – preguntó al ver a toda la familia a la mesa.
-Vamos Ale, dejémoslos solos – dijo Marisol. Ricardo se había ido ni bien ella llegó.
-¿Qué pasa, Leo … por qué se fueron todos … Leo, por qué no me contestas?
-Ho … hola – dijo dándole un beso que duró un segundo.
Ricardo que estaba acostado en la hamaca Paraguaya oía que se acercaban unos gritos y abrió los ojos, sin animarse a mirar.
-¿Cómo fuiste capaz de mentirme? ¡Sos un cerdo, Leonardo! No te quiero volver a ver … te odio – gritaba la chica mientras lo dejaba atrás. Estaba cubierta por lágrimas, se detuvo mirando a Ricardo y después se fue. Leonardo corrió tras ella y se detuvo ante Ricardo.
-¿Estarás contento ahora? – dijo enojado.
-¿Qué decís? Si fuiste vos el que no habló antes y mamá te tuvo que obligar a enfrentar la realidad cuando habías perdido la cordura – respondió.
-Digas lo que digas ahora me quedé sin Julieta.
-Qué suerte que tuvo. Aunque ahora sufra después se va a dar cuenta de lo afortunada que es.
Leonardo no supo qué responder y entró corriendo a la casa.
Pasó una semana más. Marisol estaba trabajando en la escuela (es maestra) y Alessandro en la panadería.
Leonardo se fue a vivir con Lucía a pesar de que la madre le dijo que no tenía que casarse por tener un hijo en común, pero no quiso oír. Que sí se hiciera cargo del bebé sin dar el brazo a torcer, pero que no se condene a una vida opaca. La chica quería casarse y Leonardo fue el primer boludo que pasó y calzonudo como era cayó.
Ricardo ya tenía las valijas preparadas y algunos bolsos; cosas personales y algunos recuerdos. Le quedaban unas semanas aun junto a la madre que aprovechó y exprimió esos momentos como si fueron los últimos.
-¿Ya me perdonaste por lo de Leonardo, mamá? – preguntó dubitativo.
-No hay nada que te tenga que perdonar a vos, mi amor. Es él el debería pedir perdón, pero dudo que lo pida de corazón, no sé … Puedo entender que se haya asustado, pero no que haya calculado fríamente algo así – contestó.
-Fue lo que me espantó y sabiéndolo todo decidí irme …
-Entonces ya podes quedarte, mi amor – dijo con los ojos brillando.
-No es sólo por él que quiero irme, mamá … Te juro que te vengo a visitar y nos hablamos por teléfono – su mirada lo decía todo.
-Entiendo, perdóname, así lo haremos. Te deseo lo mejor, mi amor – dijo besándole la mejilla y abrazándolo.
Parte once
Los días volaban en la casa de los mellizos y la partida de Ricardo se acercaba.
Una noche golpearon la puerta y Ricardo fue a ver quién era, se acercó silbando y al abrir la puerta calló. Era Julieta que lo miraba fijamente a los ojos, el muchacho avergonzado bajó la mirada y la saludó.
-Hola, Ricardo … - dijo dulcemente - … ¿No está tu hermano, no? – preguntó bajito.
-No, está en lo de … ¡perdón! – dijo agarrándose la cabeza.
-Está todo bien, Ricardo … ¿se mudó con ella, no? – preguntó con los ojos colorados.
El chico asintió … -¡Julieta!
-No importa, no vine por él sino por vos – dijo finalmente.
-Me imaginé y lo único que puedo … - la muchacha le dio un beso en los labios.
-No digas nada, fue mi manera de desearte lo mejor, para pedirte perdón por no saber escuchar más allá de las palabras y para que no te olvides de ésta Uruguaya que aprendió a quererte desde las palabras – dijo sonriendo.
La abrazó mientras que las lágrimas le acariciaban el cuello, al igual que a ella.
-Hoy cumplo años y tu regalo no lo voy a olvidar nunca ¡Gracias! – dijo Ricardo.
-¡Qué tarada! Otra vez me olvidé ¡Fe … - decía Julieta.
-Me lo acabas de desear … ¿Te venís? – preguntó.
-No, no … No quiero verlo, Ricardo – dijo ella dando un paso hacia atrás.
-¿Te dije que él estaba invitado? – preguntó él mirando de costado.
-Pero … ¿no lo festejan juntos?
-Antes sí, hoy no. Mi madre me invitó al cine con Alessandro y te estoy invitando – dijo sonriendo.
-Bueno … entonces ¡sí!
Terminaron el cumpleaños separados. Leonardo junto a su pareja satisfaciendo ataques de antojos y listas para el bebé y Ricardo rodeado de papas chips en el cine con Marisol a un lado (Alessandro junto a ella) y Julieta al otro.
Parte doce
El muchacho despertaba por la luz que entraba por la ventana. Ahora dormía en la cama de arriba, porque el hermano ya no vivía en casa. Se levantó pisando el frío del suelo, lo cual lo despertó como un shock, caminó hacia la ventana y vio a su madre sentada en la mesa de jardín.
-Buenas, mamá – dijo medio dormido.
-Buenos días, mi amor ¿preparo el mate? – preguntó caminando hacia él.
-Bueno … pero ¿no tenes que ir a la escuela? – preguntó frotándose los ojos.
-¿Y perderme el último día con mi nene? ¡Ni loca! – él le sonrió y Marisol le dio un beso.
Estaban tomando el mate cuando apareció Alessandro saliendo al jardín con un short y musculosa. Se paró tras la silla de Marisol y le besó el cuello.
-Cinco meses ya ¿no? – dijo Ricardo.
-¡Sí, mi amor! … ¿Queres que te prepare un café, Ale?
-No, gracias … Tomo mate con ustedes – dijo sonriéndole.
Reinó el silencio unos segundos entre mate va mate viene.
El día estaba precioso, parecía que lo quería despedir brindándole lo mejor para que volviese pronto. Los pájaros cantaban en lo alto de los árboles, un par de nubes pintaban el cielo sin oscurecerlo, el sol brillaba radiante y no había más que tranquilidad alrededor.
-Es irónico ¿no? – dijo Marisol de pronto.
-¿Qué cosa, mamá? – preguntó el chico bajando la mirada hasta ver a la madre a los ojos.
-Que mis hijos se van y voy a tener a otra … - dijo tapándose la boca.
-¿Otra … no era Carlitos? – preguntó sonriendo.
-Se te fue la sorpresa al carajo, Mari – dijo Alessandro haciéndole un masaje.
-¡Mierda! … ¡sí! el doctor me dijo que es una nena – confesó.
-¡¡Felicitaciones!! Con que Jesica eh … - se levantó y se acercó a la panza de la madre - … ¡Bienvenida, chiquita! Entras en una familia completamente loca, pero ¿cuál no lo está? … Te tocan unos padres de puta madre, tu mamá … es el sol que si un día te hace falta sentirás morir – los ojos de Marisol se habían llenado de lágrimas - … y tu papá es el mejor amigo que tuve, te va a caer bien éste – el hombre también aflojo y entre ambos lo abrazaron.
-¿Cómo voy a hacer sin tenerte alrededor? – preguntó emocionada.
-Las preocupaciones por Jesica y tus futuros antojos – dijo guiñando un ojo - … te ayudaran a no pensar tanto en mí, además éste – dijo palmeando la espalda de Alessandro - … es de fierro y no te va a dejar en banda – el hombre ya no aguantaba más y lo abrazó.
-¿No tienen ganas de ir a pescar? – preguntó el muchacho secándose la cara de un par de lágrimas que habían caído involuntariamente.
-Pero … dentro de unas horas te tenes que ir por el cambio de ómnibus – dijo la madre preocupada.
-Yo lo llevo, Mari, mira si lo voy a dejar ir sólo. No pensaba ir a la panadería justamente para llevarlo al puerto. Dale ¿vamos? – insistió.
-Bueno – dijo ella levantándose.
Y allá fueron “La última salida de pesca”. Pescaron mucho.
Al volver a la casa se encontraron con Leonardo y Lucía, esperándolos sentados en el muro.
-Hola, chicos – saludó Marisol.
-Hola, señora – dijo la muchacha retirándose el pelo de la cara.
-Marisol que señora ni señora – dijo sonriendo agarrándose la cintura.
-Marisol … ¿cómo estás? – preguntó Lucía.
-Muy bien, gracias ¿y vos … cómo anda tu embarazo? – preguntó mirándole la panza.
-Con mareos, pero la voy llevando – dijo agarrándose el vientre.
-Bueno … ¡pasen y siéntanse por favor – dijo el hombre abriendo la puerta.
-Hola, Ricardo ¿cómo estás? – preguntó Leonardo humildemente.
-Bien, gracias … ¿por qué viniste? – preguntó sin olvidarse de lo sucedido.
-La vieja me lo pidió, pero yo quería verte antes de que te fueras – respondió y fue la primera vez que Ricardo sintió que decía la verdad - … ¿Podemos volver a ser amigos, Ric? – preguntó estrechándole la mano, Ricardo dejó el balde con los pescados en el piso y agarrándole la mano lo tiró contra su pecho abrazándolo.
-¡Cuida bien de nuestra hermana y de mi sobrina! Sino vuelvo y te dejo el culo rojo de tanta patada que te voy a dar – dijo sonriendo.
-Está bien … ¿pero qué queres decir con hermana … Es que va a ser una nena como la nuestra?
-No hay caso … vos seguirás siendo el mismo lerdo de siempre – dijo Ricardo riendo.
-¡Sí, Leo! – respondió la madre sonriendo.
Se hizo la hora de la partida. Alessandro ayudaba al muchacho con las valijas y bolsos, mientras que Marisol abrazaba al hijo sin parar de llorar. Lucía parada junto a ellos le acariciaba el pelo a la suegra. Julieta había pasado inadvertida y se echó dentro de la hamaca Paraguaya. Ya estaba todo dentro del vehículo.
Leonardo se acercó al hermano y lo despidió, le siguieron Lucía, Alessandro, Julieta que había saltado de la hamaca y por último la madre que no parecía querer dejarlo ir.
-¡Mari … dale! que nos tenemos que irnos, amor, veni con nosotros – propuso al final.
-Prefiero que no, mamá. No me gustan las despedidas, nos despedimos acá ¿si?
-Está bien, ni bien llegues me llamas ¿oíste? – dijo pasándole las manos por la cara.
-Sí, no te preocupes – dijo sonriendo.
-Pueden comunicarse con e-mails – dijo Leonardo.
-No, no me gustan las computadoras … yo te llamo por teléfono o te mando cartas, lo juro – Ricardo se separó finalmente de la madre y se subió al auto.
El motor arrancó y se puso en marcha, dejando atrás a una joven delgadita con lágrimas en los ojos, un muchacho que era su espejo roto junto a una panza de seis meses y una colorada pecosa con una panza de cinco meses abrazada a la jovencita delgada.
FIN.

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