1
La primer gran sabiduría se adquiere cuando se reconoce que uno se equivoca, que uno pierde, que uno no debe ceder …
Yo la adquirí demasiado tarde (para mi gusto).
Vivo en un departamento chico en el centro de la ciudad, pero es algo momentáneo. Todas mis estadías podrían considerarse momentáneas. No aguanto estar en el mismo lugar mucho tiempo. Al máximo que llego son tres meses, pero para que eso suceda tengo que sentirme a gusto o bien, cosa que no suele pasarme, a lo cual le debo estar cambiando constantemente de dirección.
Como decía vivo en un departamento de un ambiente, un baño chico y cocina incorporada al único ambiente de la “casa”. Para ser más exactos son 15m2, pero me gustan los espacios reducidos. Ver a mi alrededor y comprobar estar realmente solo es algo que … ¿cómo explicarlo? ¡Me da seguridad!
A raíz de mi continuo desplazamiento tuve mil trabajos diferentes algunos en los cuales me trataron bien y la mayoría asquerosamente mal, injustos y mal pagados. Aquellos trabajos en los que invertí mis años y mi mente estudiando la carrera adecuada ni siquiera tuvieron los huevos de rechazarme mirándome a la cara. Sencillamente me enviaron un impreso donde decía;” Señor Ibáñez lamentamos (…)” Después de estar más de un año insistiendo en todos lados porque como bien dicen “la esperanza es lo último que se pierde” me cansé y mandé a cagar mi “Diploma” A mí me gustaría que memoricen una frase hecho que me vino a la cabeza … “La dignidad es lo primero que te violan”. Yo prefiero renunciar a la esperanza que ser consciente de una violación.
Desperté bruscamente al oír un par de cotorras chillando en mi ventana, me levanté y moví la cortina (vivo en planta baja) en señal de molestia ¿Creen que se inmutaron? … ¡Exacto! Siguieron cotorreando más alto aún. Entonces fui hacia mi cassette grabador y lo puse al mango, el foco de cotorras se dispersó como si les hubiese echado aceite
hirviendo. Creo que no simpatizaron con los gritos que les puse.
Igual no pude volver a dormirme y me agarré una chinche enorme … porque eran las ocho de la mañana y hoy por asuntos personales del jefe entraba recién a las once y no a las siete como siempre.
(Desde hace tres semanas que trabajaba ahí, era un local que vendía tabaco, nada extraordinario … Por el tabaco una vez fui al hospital y el médico que me mandó sacar placas a mis pulmones me dijo: “Como no dejes de fumar tu próxima visita a un médico será con uno de la funeraria” Me hizo pensar mucho lo que me dijo, un doctor es alguien que conecta y ayuda a la gente, alguien interesado en salvar vidas … Su frialdad si bien no fue directa, pero cansado de repetirlo mil veces a mil quinientas personas diferentes me hizo ver que todo era un disfraz … Aquel tipo le importaba una mierda la persona en sí, sólo esperaba llegar a fin de mes y cobrar la guita. A sus palabras respondí diciendo: “¡Mis pulmones, mi tabaco! … ¡Su guita, sus putas! … No nos toquemos las pelotas”, agarré mi campera y me fui ).
Finalmente a las ocho y diez me levanté y lavé los platos (que no eran muchos, porque apenas ensucio, suelo comer fuera y mal). Prendí la tele, pero no encontré nada interesante y le saqué la voz, prendí la radio y tampoco encontré nada. Entonces puse un disco de Queen y motivado por la voz de Freddy me puse a bailar (muy mal) con el delantal y un cubierto en función de micrófono.
Terminé con los platos y me tiré en el sofá, cuando volví a mirar el reloj ya eran las ocho y media, pero el sueño no quería volver. Agarré un libro y me puse a leer, recién estaba en el capítulo diecisiete cuando sonó el despertador, eran las diez y media.
Pasa de rápido el tiempo cuando estás entretenido …
Me puse los vaqueros y una remera que dejé sobre la cama, me até el pelo (tengo que cortármelo, pero no tengo guita, ni espejo) Salí corriendo a la parada de ómnibus esperando que no haya pasado aún el que me tenía que tomar para ir al laburo. Al llegar vi como éste se alejaba, le pregunté a un anciano que estaba sentado si había visto cual era el bondi, me dijo lo que sospechaba.
Empecé a caminar en dirección del local, eran más de treinta cuadras, llegué completamente transpirando a chorros. Habían treintaiún grados y se hicieron más que notorias.
Miranda (una compañera del trabajo) que me vio entrar abrió los ojos de par en par y lo primero que dijo fue “-Déjame desnudarte” … mentira , eso decía mi mente, ella me dijo “¡Pará que te traigo una toalla!”. Era un bomboncito la guacha, morena de ojos oscuros, pechos puntiagudos, colita firme y el pelo amarillo como la paja (siempre se teñía pensando que le quedaba bien con la creencia de convertirse en alguien digno, no tenía mucho criterio la chica, era más digna a mis ojos si llevase orgullosa el pelo negro que emanaba desde sus raíces, pero su tintura igualmente no lograba actuar de repelente, con sus movimientos atraía a más de un pescado (como a mí)).
Me trajo una toalla e hizo como que se le cayó, se agachó para recogerla mostrándome su profundo escote y como uno es humano … . Muchas veces se me había insinuado, pero nunca lo hice con una mujer quince años menor que yo.
Cuando me sequé un poco me cambié de remera (por suerte tenía la costumbre de dejarme una muda de ropa en el laburo) y después empecé a atender a los clientes que se acercaban.
Un día una chica de doce años vino a comprarme cuatro cajas de cigarros, le dije que no podía venderle a menores y me respondió que eran para su madre que estaba en silla de ruedas (Sabía perfectamente que no era el caso), entonces se los vendí y al terminar mi turno antes de irme me llamo el jefe “-Esto es por los días en que trabajaste acá” dijo dándome un par de billetes. “¿Me está despidiendo?” pregunté sorprendido al creer que todo funcionaba bien. Él se levantó de la silla; “-¡Así es! Bernardo te vio venderle cigarros a una menor y no puedo exponerme a que me cierren el local por tu negligencia”. Agarré la plata y me fui.
Caminando me encontré con Bernardo que esperaba un taxi, al verme empezó a sudar yo ni lo había visto, pero su nerviosismo lo delató, callado fui hacia él para ver su reacción.
-¿Ya te dio el sobre, no? – preguntó con una sonrisa idiota, la cual borré de un piñazo.
Entré en el bar del gordo Pablo y me senté a la barra <<¿Qué te pasó, flaco?>> así fue su saludo. El gordo era un tipo legal. Su bar apestaba a depresión y vómito, pero actuaron de anzuelo en mí. Le pedí un coñac tras otro y lentamente fueron dejando efecto en mi persona, ya no sabía dónde estaba.
Lo último que recuerdo es la cara de Miranda y la situación no era otra que estar en posición horizontal haciendo el amor.
Me desperté de súbito y la resaca me apretó el cerebro, me agarré la cabeza y miré alrededor. Me encontraba desnudo en una cama ajena de sábanas amarillas, sobre la mesa habían tres envoltorios de preservativos. La habitación tenía una luz insoportable y en la pared colgaban unas fotos de jóvenes, más bien niñas y una de ellas era Miranda. Me llevé las manos a la cara … no es que sea un moralista, pero me fui a la cama con una nena y no me lo perdonaba.
De repente vi que la puerta se abría y por ella entró Miranda sonriendo, estaba desnuda. Traía un vaso de agua en una mano y en la otra una pastilla.
Mi reacción fue pedirle que se tapara y su respuesta fue “-No me decías eso anoche”. Me dio la aspirina y el agua y al tomarlo le pregunté por sus padres.
-“No están, tengo la casa para mí sola”. En menos de un segundo se me subió encima.
-Perdóname, Miranda, no puedo hacer esto – la hice a un lado, me puse los pantalones al no encontrar mi remera salí de la casa sin ella.
2
Me mudé por (…) vez. Estaba cómodo en el departamento, pero por circunstancias de las que fueron testigos me sentí en el deber cobarde de huir de la cercanía de Miranda. Solía mucho huir de ciertas mujeres con las que mantenía relaciones, pero ésta si bien de diferenciaba de las otras era un caso singular.
Fueron varias las damas que me brindaron su compañía sobre un colchón, tras mostrarme su simpatía y algunas cosas más. Abogadas, profesoras, limpiadoras, prostitutas, empleadas públicas, desempleadas, casadas, divorciadas, secretarias, …, pero los remordimientos tras aquella noche actuaron muy hondo en mí. No me convertí en ningún monje ni nada parecido, varias veces me ocurrió estar con otra mujer en plena acción y ver un flashazo de la cara de Miranda.
No podía evitar no comerme el coco, a lo mejor ¡no! Seguro que ella está como si nada, encantada tal vez y yo acá torturándome a mí mismo. No podía hablarlo con nadie porque no tenía amigos, por lo cual desarrollé en mí un espejo con el que hablaba de todo, pero eso sólo ocasionó volverme más loco tras oír dos veces lo que ya sabía.
Conseguí un trabajo de limpiador en una panadería y vivía en un cuarto que me alquilaba una señora gorda de anchos vestidos con flores; llevaba el pelo recogido, su nariz parecía un botoncito y tenía los ojos claros. Una mujer llena de alegría y gracia.
Varias veces se me pasó por la cabeza el degustar de sus labios, el problema era que el marido se sentaba fuera de la casa y me tenía junado.
En la panadería trabajaba de noche, el sueldo no era gran cosa no daba para tirar manteca al techo, pero seguía yendo porque no me jodía nadie. Llegaba cuando Rosita terminaba su horario y se iba dejándome de encargado para cerrar, como siempre.
Una noche salí de casa saludando al marido de mi propietaria y me fui hasta la Avenida, apenas dos cuadras tuve que caminar para parar un taxi. Al abrir la puerta del auto una mujer se lo tomó como una invitación.
-Señorita … me urge llegar temprano a Valverde (mi trabajo) – me sonrió creo que en compasión a mi cara de lástima y me respondió risueña …
-También voy para allá … (No me urgía ir, sólo quería ser amable y recordarle sutilmente que yo había parado al taxi, pero di por perdida la batalla y di un paso atrás) … ¡suba, hombre!
Hice caso y me senté junto a ella. El tachero miró por el retrovisor diciendo <<¿Valverde entonces?>> Asentí y arrancó el vehículo, ella sonreía sin parar de hablar. Me hizo mil preguntas a las que sólo respondí dos, le di mi nombre y dije trabajar en una panadería. Al ver que no me sacaba más información me empezó a hablar de su vida y planes. El tachero me miró con compasión por el espejo retrovisor.
A los cinco minutos llegamos a destino y nos cobró, yo pagué el viaje y bajé manteniéndole la puerta abierta a la mujer. El taxi se había ido y la mujer me dio la mitad de lo que había salido el viaje diciéndome <
Entré a la panadería y Rosita me dio la llave con aire ofendido preguntándome si la que me besó hace un momento frente al local era mi novia, negué su pregunta y ella se fue contoneándose como siempre lo hacía.
Desde el día en que empecé a trabajar ahí no me sacaba un ojo de encima. Tenía una linda figura, grandes pechos, una cinturita de muñeca, cara bonita, pero yo no sentía ninguna atracción sexual hacia ella y creo que lo notaba cosa que la alteraba. Era de esas chicas que no aceptaba un NO por respuesta, aunque nunca le di tiempo a preguntarme nada.
Limpié el local y cerrando la puerta y la persiana me fui a mi casa.
Estaba tirado en mi cama mirando el techo, en un momento miré el reloj (que marcaba que eran las doce y media). Bajé a la recepción y el marido de la dueña me atendió, le dije que salía y volvería tarde.
Me fui a un bar y empecé a tomar sin límites, un tipo se me acercó <<¿Puedo ayudarte, hijo?>> le respondí <
Sentí la necesidad de tomar más y callar los recuerdos que despertaron en mí al oír la palabras “hijo”. Nadie emprende un viaje de vagar aquí y allá si no experimenta un gran cambio en su interior.
El bar cerraba y el hombre tras la barra me sacudió diciendo <<>> señalándome la salida, me levanté y me fui. Vagaba por las calles hasta caer en un banco y dormirme.
Sentí que algo me tocaba el hombre sacudiéndome al abrir los ojos vi la cara de un milico que me estaba tocando con la porra, me dio asco y me senté. Agradecí con una sonrisa falsa que se les brinda a los chanchos y me levanté yéndome a mi casa.
Carmen (la propietaria) salió a mi encuentro preguntándome si estaba todo bien y mientras me acompañaba a mi cuarto me decía que estaba preocupada, le pedí disculpas.
Al llegar a mi habitación me di una ducha y al salir del baño caí en la cama en bolas mojado aun. Tenía los ojos cerrados, pero sentí que se abrió la puerta al inclinarme a ver si había alguien no vi a nadie y me recosté otra vez, estaba muerto de cansancio, me dolían los huesos.
Al volver a abrir los ojos miré el reloj notando que había dormido un par de horas. Me levanté y me lavé la cara y los dientes. Me até el pelo y bajé a la recepción.
-Señora (era Carmen) ¿Estuvo alguien en mi cuarto hace un rato? – pregunté dubitativo.
-Sí, una de mis hijas y bajó corriendo a los gritos por haberlo visto desnudo – respondió.
-Lo siento, estaba cansado y me acababa de dar una ducha, al llegar a la cama caí desplomado … - expliqué.
-No me tiene que dar explicaciones, no vio nada extraordinario, yo le tengo que pedir disculpas por la intromisión de mi hija en su cuarto – dijo muy amablemente.
Pero lo de “nada extraordinario” me desconcertó un poco ¿A qué venía esa insinuación, sería una provocación? Opté por hacerme el pobrecito y subí de nuevo a mi cuarto, aun queriendo evitarlo no podía sacarme de la cabeza las palabras de Carmen “¡Nada extraordinario!” …
Pasaron dos semanas en las que seguía trabajando en la panadería, el marido de Carmen me seguía mirando de costado.
En la tele seguían dando la misma mierda de siempre y yo justo me encontraba con Rosita para que pudiera irse a su casa tras darme las llaves. Me fui a la despensa a dejar mi mochila y al volver a la parte de delante del local me encuentro con Rosita que me obstruía el paso, amagué por un lado entonces ella me besó el cuello y la sujeté de los brazos alejándola. Cayó al suelo de tal manera que pensé que se había desmayado, pero cuando quise impedírselo abrió los ojos y en menos de lo que me di cuenta me bajó la cremallera y extrajo “el asunto”, sentí sus labios sobre él y … (Ya saben cómo es esto … un tema delicado) Al terminar se levantó y yo me subí los pantalones, se extrañó de mi reacción <<¿Qué haces … no te gustó?>> . <
Terminé de barrer y de limpiar los vidrios. Agarré la mochila y salí cerrando la persiana y pasando el candado.
Volví a mi casa, era Viernes y hasta el Lunes no tenía que volver a trabajar. Con ese pensamiento me fui a dormir, pero a las ocho de la mañana me despierta la dueña anunciándome que tenía un llamado telefónico, me vestí y bajé a atender.
-¿Ibáñez? … ¡Queda usted despedido! – me gritó Raúl, el dueño de la panadería.
-¿Por qué, señor? – pregunté aturdido.
-¡Dejo la puerta del local abierta, inepto! – dijo cortante.
Me senté junto al teléfono agarrándome la cabeza.
-¿Malas noticias, señor Ibáñez? – preguntó la dueña poniéndome una mano en el hombro.
-Me despidieron, señora Carmen.
Trató de animarme y con ese sentido protector que emanaba de ella empezamos a conversar, nunca había sido tan abierto con una persona como lo fui con ella. Las hijas estaban en la casa de una amiguita porque iban a festejar un pijama party, era la primera vez que las dos pasaban la noche fuera de casa, o sea lejos de mamá y además el marido estaba internado por una úlcera que le habían diagnosticado doce horas atrás. Ella estuvo junto a él hasta las seis de la mañana.
Tenía un aura melancólico a su alrededor, hablamos de todo sin pudor alguno. Palabra va palabra viene terminamos en la cama sin pudor alguno y entre risas me confesó haber experimentado por primera vez un orgasmo.
La luz del sol me sorprendió abrazado a una almohada y a la vez abrazado por Carmen. Suavemente dejé la cama y me vestí marchándome de su cuarto.
Mientras me duchaba pensaba sobre la panadería. En seguida asocié el despido con una persona que seguramente con palabras y otras cosas ayudó en la rápido solución. Por resentimiento y querer hacerme pagar el haberla rechazado y humillado.
Pasaron tres días. Carmen parecía ser insaciable, cuando sus hijas se iban a la escuela ella subía a mi cuarto (como estaba desempleado le dedicaba mis horas) me arrancaba prácticamente la ropa que traía puesta y en las noches hacía lo mismo, mientras las nenas dormían.
Al cuarto día las nenas se despidieron yéndose a la escuela, yo me disponía a irme cuando Carmen me sorprendió entre besos desesperados le dije que tenía que ir a buscar trabajo y me dijo <<¿Para qué?>> .<
La semana siguiente transcurrió igual. Una tarde estábamos en su cuarto mientras las nenas estaban en la escuela. Estábamos practicando la postura del perrito cuando de repente vemos entrar al marido por la puerta y me quedé sin trabajo y sin casa.
Se quedó de una pieza y al reaccionar me lanzó una piña que esquivé y cayó al piso. Carmen no se le ocurrió nada mejor que decirle <<¿No era que te daban recién mañana el alta?>>.
Al correr poniéndome los pantalones intenté subir a buscar mis cosas vi que el marido intentó nuevamente golpearme y corriendo a la salida me encontré con Patricia (una de las hijas de Carmen) que me daba mi valija.
-¡Andate, por favor! – gritaba Carmen
El marido ya volvía en sí y al verme me gritó – “Desgraciado, hijo de puta”.
Yo me tragué la respuesta por respeto a la nena.
3
Nuevamente estaba viajando en un tren y me dirigía a la ciudad en dónde vivía Ornela, la única mujer que logró robarme la cordura. Y tuve la suerte de que me correspondió, no como en esos relatos de que la única mujer que no te da bola es en la que te enamoras perdidamente. Éste no era el caso nos amamos profundamente, tanto es así que a los tres meses de estar saliendo me casé con ella, pero tras otras tres meses nos divorciamos, esa relación creó a mi hija Soledad (la única hija que sé de su existencia).
Ornela era bailarina profesional en un burdel y así fue como la conocí, el primer día en vernos me tiró su slip. Sus padres la llamaron Ornela por Ornela Mutti. Era una tana cabeza dura, histérica y adorable como no hay dos.
Murió hace dos años por SIDA yo me enteré demasiado tarde. Me llamaron por teléfono para comunicarme de su fallecimiento, ni siquiera sabía que estaba enferma. Estuve dos meses en un pozo de depresión y culpa por no haber estado a su lado.
Soledad pasó al cuidado de sus abuelos al investigarme a mí y comprobar públicamente que era un caso perdido.
Ella ahora tiene doce años, espero que quiera y me dejen verla, sólo voy con ese objetivo.
Cuando el tren llegó a destino, me baje y llamé un taxi para que me acercara a la casa. El chabón hablaba y hablaba hasta que por fin llegamos le pagué y salí del vehículo.
Ornela me vivía mandando fotos de Soledad (cuando le decía dónde me encontraba). Tenía un parecido increíble con la madre. Hubo un tiempo en que me carteaba con ella (Soledad), pero por boludo lo deje de hacer, a pesar de eso ella me seguís escribiendo, pero en esa época me atraía más la bebida. Después me mudé y perdí el contacto. Recién al año siguiente las llame para ver cómo estaban, Soledad llena de alegría (no sé porqué se alegró de oír la voz de un hijo de puta que desapareció tanto tiempo, una cosa era clara y es que yo nunca me perdoné, ni me perdono ahora el haber creado una anti-relación con ella y su manera de atenderme no hizo otra cosa que recordármelo) me saludaba y me hablaba de mil cosas que había vivido y si soy sincero me mencionó que Ornela estaba un poco débil por esa época (Cinco meses moría en el hospital).
Hoy voy a volver a ver a mi nena ¡sí! … Soledad.
De vez en cuando la llamé por teléfono después de la muerte de su madre, pero la cáscara insensible que me rodea me impidió establecer nuevamente una relación que estuve evitando (sin quererlo conscientemente) durante diez años. A lo mejor me recibe con una sonrisa por esa extraña relación que tienen los hijos con los padres, me refiero al hecho de que les perdonan cualquier cosa.
Dejando la soberbia de lado espero que ya me haya perdonado tantos años de abandono.
Al estar frente a la puerta de la casa de los padres de Ornela me quede un rato en silencio recordando ciertos momentos vividos allí.
Entonces toqué el timbre y me atendió una mujer con el pelo blanco como la nieve, de ojos oscuros, tenía la piel cubierta por relieves y una sonrisa que luchaba por permanecer, pero había una melancolía más fuerte oculta en su mirada; era María, la abuela de Soledad.
La note tan cambiada, ya no parecía ser ni la sombra de la mujer que era cuando Ornela estaba viva. Me sorprendió su recibimiento, me hizo pasar al comedor dónde se encontraba Giovanni (su marido) sentado en el sofá, su apariencia también había cambiado, pero mucho menos.
Me recibieron afectuosamente y yo no podía sacarme de la cabeza que una sonrisa guarda mil sorpresas. Con gusto me tomé el café que había preparado María y la torta de limón que había cocinado horas antes a mi llegada.
Estuvimos charlando del pasado, María soltó un par de lágrimas cuando hable de Ornela, Giovanni no mostró ninguna emoción. Me preguntaron cómo me estaba yendo a mí y bueno … le conté que momentáneamente no tenía trabajo, aunque tenía un dinerito ahorrado que me daba hasta encontrar otra cosa. En seguida Giovanni me ofreció un puesto en su restaurante “Bello Cuore” (el nombre lo escogió Ornela) .
Él siempre quiso que empezara a trabajar en el restaurante para que Ornela no tuviese que presentarse más en el burdel, pero ella siempre le dijo que seguiría trabajando y el viejo ponía el grito en el cielo. No había quién la obligara a hacer algo que ella no quería.
Lo que son las cosas … ahora que todo terminó voy a empezar a trabajar en “Bello Cuore” “Ironías de la vida”.
La conversación transcurría hasta que se abrió la puerta de calle y por ella se asomó una chica teñida de rojo fuego, alrededor de los ojos estaba pintada de negro, los labios tenían el color de su pelo, su piel era blanca como la leche. Una campera de jean sobre los hombros, pollera corta y unas botas que le llegaba hasta las rodillas. Por sus ojos vi que era Soledad, pero su mirada era diferente.
Oí a María decirle –“¿No vas a saludar a tu padre?”. Se me acercó, me miró a los ojos y dijo “Hola, Ibáñez”. Su mirada no decía nada y yo no supe cómo contestar. Yo no soy un tipo emotivo, pero un impulso me hizo pararme y abrazarla, sentí sus manos en mi espalda, pero no su abrazo.
Después siguió un -“Estoy en mi cuarto por cualquier cosa” y desapareció. Me volví a sentar y comenté –“Cómo cambió la nena”, Giovanni contestó –“Su madre influencio mucho en su apariencia” tras esas palabras se elevó la voz de María –“¡Giovanni!” y el hombre mirándola le dice –“¿Qué? No digo otra cosa que la verdad, María. Ésta chica se nos está yendo de las manos y lo sabes, yo lo sé y hasta nuestro yerno lo sabe y eso que la vio sólo dos minutos” María se levantó –“¿Me queres hacer el favor de bajar la voz? La nena está en su cuarto y te va a oír” – “Y que me escuche, no estoy mintiendo y no le digas nena que más que eso parece …” vi cómo María le voló la cara al viejo de un sopapo, éste la miró con furia y se fue al comedor.
La mujer se sentó con las manos en la cara yo me acerqué a ella y le alcancé un pañuelo, lo único que me decía era “perdóname” una y otra vez –“Giovanni cambió mucho tras la muerte de Ornelita … Soledad, mi amor … es puro corazón, tiene el alma llena de lágrimas, lágrimas que durante éste tiempo yo he expulsado, pero ella se traga todo el dolor … ¡No mires su exterior con prejuicios, hijo, trata de ver en su interior! … Tiene mucho de vos, sabes ... gestos, reacciones, miradas … Ah, ya lo había olvidado, pero hablando me acordé de una carta que me dio Ornela antes de ingresar en el hospital para vos . ¡Pará que la voy a ir a buscar!”.
Al rato la volví a ver con un sobre en la mano, me extendió el brazo con ella. Había una parte en mí que se rehusaba a agarrar aquel sobre y otra que quería recordar desesperadamente sus palabras. Finalmente me incliné por agarrarla y dije que después la leería si no le molestaba, ella sintió y dijo retirarse para recostarse un poco.
Antes de irse me mostró el cuarto de Ornela diciéndome que podía dormir en él.
4
Estaba acostado en la cama, la cama de Ornela y fue como si hubiese atravesado un túnel de recuerdos, de repente vi su cara llena de color, recordé cosas que vivimos juntos, recordé el día en que lo hicimos por primera vez en su cama, recordé muchas situaciones que nos hicieron querer arrancarnos los pelos, todas aquellas memorias por las que luché evitar para no recaer en esa agonía. La odiaba por cómo la amaba, por cómo su amor me lastimó, por ser el único verdadero amor que experimenté, el resto de mis relaciones no las vinculaba con esa palabra y todas lo supieron. Puede que ello haya supuesto el que muchas me quisieran demostrar que era amor lo que me unía a ellas.
La carta está sobre la mesa de la cómoda, pero mi inseguridad e incertidumbre no me dejan mover de la cama. Pasaron varios minutos hasta que me decidí, me senté y me levanté caminando hacia ella. Levanté el sobre, miré de ambos lados y en uno leí “Léela por favor” … ¡qué hija de puta! Cómo me conoce. Me mordí el labio inferior y fui nuevamente hasta la cama con la carta, la abrí y extraje el papel …
Hola Amor mío:
Sabía que ibas a tardar para decidirte, como siempre lo hiciste …
Me parece injusto hablarte desde una posición moribunda, pero enfrentémoslo éste es el caso. No culpes a los viejos por haberte enterado tarde de mi enfermedad, yo fui la que los obligó a callar.
Te estoy más que agradecida por visitar a nuestra hija, sé que no estuviste todo el tiempo que hubieses querido estar junto a ella. Déjame decirte que te perdiste lo mejor que me pasó en ésta puta vida. Soledad es el motivo por el que te escribo …
Sé que mamá cuidará bien de ella, como lo hizo conmigo. Y bue … papá ya sabes como es.
Si puedo pedirte algo, te pediría que la quisieras, sé que te pido algo muy grande. Sólo te pido que si llegas a acercarte a ella hacelo con y por amor.
¡Amor! Una palabra tan grande y tan chica a la vez … Te quise más que a mi vida y menos que a Soledad. Ella se convirtió en mi primer y único gran amor y en éste momento me estoy odiando por abandonarla tan joven.
Por favor recordale todo lo que su madre la ama y no le ocultes tu amor, sé cómo te cuesta decir las cosas que sentís. ¡No pierdas el tiempo! Mírame a mí … yo lo perdí.
No tengo más que contarte …
Cuídense, mis amores
Mami Ornela
Y otra vez, como tantas veces anteriores, Ornela me hizo llorar con sus palabras. Era la única que lo lograba, el pozo que me ató entonces parecía abrirse nuevamente bajo mis pies. Las lágrimas me llevaron a sumergirme en un sueño impregnado de su olor, de su sonrisa, de su pelo y de todos sus cuidados.
Alguien golpeó la puerta y al despertar oí la voz de María diciendo que la cena estaba lista. Me arreglé un poco (aunque seguía pareciendo una piltrafa)pasé junto al espejo del corredor y antes de ir al comedor me dirigí disimuladamente al baño, me lavé la cara y me senté a la mesa. Había ravioles caseros hechos por Giovanni. Elogié su comida, pero reaccionó un poco cortante. María me miró a los ojos y leí en su mirada la pregunta, respondí asintiendo y ella sonrió. Soledad no levantaba la mirada del plato.
Dos semanas después yo seguía en casa de los padres de Ornela. A Soledad la veía poco y nada, sólo durante la cenas y a la mañana antes de irse.
Empecé a trabajar con Giovanni de pinche, camarero, limpiador, cocinero, de todo un poco.
Varias veces releía la carta de Ornela. Con quién más hablaba era con María y cuando hablábamos de su hija ya no aparecían lágrimas en sus ojos, sino que ahora los reemplazaba la alegría al recordarla con tristeza, pero no dolor.
Volvieron a pasar dos meses en un respiro, todo seguía igual.
Era de noche y yo estaba sentado en las escaleras de enfrente a la casa con un cigarrillo en la mano, bajo las estrellas. Había una brisa refrescante que me envolvía y en eso veo llegar la silueta de una muchacha sobre una bicicleta. Reconocí a Soledad y me levanté a saludarla –“Pense que a ésta hora ya estabas en la cama”. A lo que me respondió (como era de esperarse) –“¿Te vas a poner de padre ahora? Me parece que ya es tarde”. –“Pero …”. – Pero nada … ¿qué te crees? Que con una visita queda todo olvidado, que te respeto como padre a pesar de no saber quien sos. ¡Decime! Te esperabas encontrar con la estúpida que hace tres años te recibió llena de ilusiones que destrozaste al poco tiempo eh … ¿Por qué te callas ahora?”. –“¡Porque tenes razón!”. Me miró sorprendida –“No me quieras hacer creer que estás arrepentido”. –“No te puedo pedir nada, Soledad, tenes toda la razón y el derecho en odiarme”. Se rehusaba a creer en mis palabras, pero note un diminuto afloje –“No te odio …” dijo al fin. – “¿Entonces?” pregunté. –“¿Qué …?” calló y me pareció ver que retenía un balde de furia, entonces me metí la mano en el bolsillo del jean y extraje la carta de Ornela –“-¡Toma!” le dije alcanzándosela. –“¿Qué es esto?” – “¡Abrilo!” concluí.
Se sentó en un escalón y abrió el papel.
Cuando llegó al final de la carta ví como unas lágrimas caían por sus mejillas y la vi llorar como nunca había visto llorar a nadie. Torpe como soy me senté junto a ella y le di una palmaditas en la espalda, ella se giró hacia mí y se hundió entre mis brazos llorando.
Entre el llanto la oí decir; “¿Por qué me dejó? No me quedó nadie, estoy sola. Mis abuelos me odian y lo único que quiero desde el día en que mamá se fue es morirme, así no molesto a nadie …”. Me conmovieron tanto sus palabras que empecé a llorar sin decir nada. De repente ví a María acercarse tras oír unos ruidos. Con la mano la aparte por un instinto, que más que instinto parecía la mano de Ornela queriendo dejar que su hija se desahogara del todo. María se secó las lágrimas y se tapaba la boca con las manos. “Mamá me dijo que sea fuerte y que hable con la abuela, pero le fallé … No soy fuerte y me culpé por no cumplir sus deseos y ahora hacen como dos años que se fue y es como que en la casa hayan aceptado su ausencia, nunca se habla de ella y tengo miedo de olvidarla, cuando hablo de ella el abuelo me hace callar y yo no entendía por qué y …” – su llanto era desesperado, pero cuando iba soltando esas penas parecía calmarse de a poco. Un impulso (que creo que propio) me llevó a darle un beso en la frente, se secó las lágrimas y me miró largo y tendido a los ojos, me pareció ver a Ornela, después se volvió a apretar contra mí.
Finalmente sus abuelos se acercaron y la abrazaron, yo me retiré sigilosamente, en el bolsillo del pantalón me llevaba el papel con la letra de mi Ornela y las lágrimas de mi hija.
Al día siguiente vi a Soledad sentada en el jardín, me vio y me llamó –“¡Acá está enterrada mamá!” dijo señalando la tierra junto a unas margaritas, me sorprendió y continuó diciendo –“Cuando estaba por irse al hospital, la noche anterior me sacó de la cama y me trajo acá, tenía una tijera en la mano, se sentó en el pasto y me sentó sobre sus piernas. Me cortó un mechón de pelo y se cortó uno a ella misma y con el cordón de su zapato los ato y los enterró acá. Me dijo que nunca íbamos a estar separadas y que cuando estuviera sola o me sienta así que viniese a éste lugar y ella me oiría”
Me agarró de la mano y la seguí a la cocina, dónde estaban sirviendo el desayuno.
5
Sobre la mesa habían pancitos de manteca, mermelada casera, queso, alame, leche, café, cocoa … todo tenía una pinta bárbara.
Soledad se sentó junto a mí y cuando terminó de comer se me prendió del brazo. A mí me quedó por terminar el café (que estaba delicioso). En las artes culinarias los viejos eran difíciles de superar.
De repente el viejo Giovanni que siempre estaba callado dijo algo que nos sorprendió a los tres, bueno … las mujeres se sorprendieron más a decir verdad, porque yo sé lo que es ser un asno de pocas palabras y ser más frío que un témpano.
-¿Te acordas, María de cómo le gustaban los panes con manteca y la mermelada que vos haces a la nena? A lo que ella le respondió –Sí, claro que me acuerdo. Quise ayudar al viejo en desempolvar recuerdos y de alguna manera ayudarme a mí también a lograrlo -¿Se acuerda, Don Giovanni de lo que le respondía Ornela cuando le pedía usted ayuda en la casa? –Claro que sí, la muy atrevida me decía “-Si podes contratar a obreros quiere decir que lo podes hacer sólo”. Soledad dijo que no entendía y el abuelo le respondía que él tampoco sólo la recordaba decir eso e irse conmigo. Todos rieron yo inclusive.
-¡Sí! tu padre fue el único que logró enamorar a tu madre, Soledad … No sabes cómo estaba al conocerlo, nosotros creíamos que le había dado alguna droga porque era una relación extraña, vivía cantando y con esa sonrisa tonta que tienen los tortolitos, pero la prefería a la cara de tristeza que la reemplazaba cuando se peleaban, venía llorando a mí diciendo que todo se había terminado y yo le decía que todo se volvería a arreglar, se ve que me creía porque alegraba la carita al tocar el tema … ¡Contale, gordo!... – insistía María tocándole la mano – … de cuando la nena te dijo de irse de casa con el novio “tu papá” … – dijo mirando a Soledad - … a acampar.
-Una mañana que me vio de buen humor … ¡era viva la loca! Se me acercó y me dijo “papá ¿me das permiso de ir con un amigo a acampar?” se me saltó la vena. ¿Cómo una Paladino se iba a ir a pasar la noche con un desconocido?... - En ese entonces mi suegro no sabía cómo había conocido yo a su hija, pero tampoco se lo aclaré. Me puedo imaginar su reacción al enterarse de que su única hija bailase desnuda frente a masas de hombres hambrientos, sino murió entonces es porque el viejo es inmortal - … Obviamente no le di el permiso, lo mismo dio … se fugó durante la noche y a la mañana siguiente la agarramos entrando a hurtadillas por la puerta de la cocina”.
Reímos todos otra vez y así seguimos de recuerdo en recuerdo. Soledad sonreía con la frescura que lo hacía su madre.
Terminamos el desayuno y sacamos la mesa. María se fue a lavar los platos, Giovanni se fue al restaurante y yo me senté en el comedor con Soledad.
Ella leía un libro y yo la contemplaba - ¿Soldad? Dije. -¿Sí? contestó mirándome. –“Van a ser tres meses que estoy acá” dije como disculpándome por lo que venía a continuación. -¡Sí! tanto tiempo ya, parece como si hubiese sido ayer cuando llegaste. No supe cómo enfrentar a esos ojitos –“¿Qué pasa?” me preguntó. –“Que es hora de irme” respondí de la manera más bestia posible, pero su reacción me dejó helado –“Bueno” dijo desconcertándome y prosiguió “¿A dónde vamos?” –“Bueno … pensaba en irme sólo …” Efectivamente las palabras no eran lo mío - … y que vos te quedaras acá con tus abuelitos que tan bien te cuidan y ahora están mejores las relaciones ¿no?” Su mirada era idéntica a la de Ornela cuando la dejé (me refiero al día en que nos separamos). No me respondió y se levantó dejándome solo.
La seguí y golpee su puerta –“No quiero hablar contigo ahora ¡andate!” me dijo, pero yo insistí –“Chiquita entendeme …” . –“Me pasé la vida entera entendiendo a los demás ¿y quién me entiende a mí?” . –“Aunque no lo creas yo lo hago, Soledad, yo soy el menos apropiado para criarte ¡Soy un desastre! No sirvo para educar a nadie … Ni sé cuidar de mí mismo”.
De repente abrió la puerta –“¿Y quién puede o es que pensas que hay personas que pueden con todo? No necesito a una niñera te necesito a vos, tengas o no tiempo para mí”. –“Pero yo me vivo mudando, no me gusta quedarme por mucho tiempo en un lugar”. –“Te voy a ayudar con la mudanza”. –“Pero me quedo despierto hasta muy tarde”. –“Te haré compañía y si no la queres me voy y no te jodo”. –“Pero …”. –“¿Ahora qué?”. –“¿Estás segura?” dije notando un brillo en sus ojos ¡Claro! Con esa pregunta le acabo de dar el SI. Saltó a mis brazos pegando un gritito.
Ahora estoy en la habitación de Orni. En el cuarto que me acogió durante éstos tres meses. No toqué nada, lo único fueron la cama y el piso, para dejarlo tal cual a cómo estaba. Había una foto de Ornela con un perro colgado a la pared junto al espejo de la cómoda. Tendría la edad en la que la conocí (diecisiete o dieciocho) Era una foto que transmitía tranquilidad, creo que por eso la colgaron y sé que la colgó la madre porque Ornela odiaba sus fotos y antes no había ni una.
Estoy tirado sobre la cama después de haber mantenido una conversación con los abuelos acerca de llevarme a Soledad. María lloró y Giovanni trató de consolarla diciendo cosas cómo … “Es su padre, vieja. Aunque la verdad nunca creí que quisieras ocupar ese roll … ¡Vieja! ¿No oíste al chico decir que es lo que Soledad quiere? Y así pasó el tiempo hasta que María se levantó dándome la mano y me paré –“¡Cuídala, hijo y como la hagas llorar voy a buscarte hasta debajo de las piedras!, no te olvides que te llevas a Ornelita y sabes lo que significa para mí” Sus palabras fueron su manera de decir que estaba de acuerdo. Me abrazó fuerte y entonces sentí otros brazos más robustos al abrir los ojos vi a Giovanni.
El sol penetra tan fuertemente por la ventana que me obliga a salir de la cama, miré el reloj y leí que eran las ocho de la mañana. Me vestí y arreglé. Tras tender la cama subí la valija a los pies de la cama.
Despacio fui hasta el cuarto de Soledad y golpee, me abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja, en el piso tenía tres valijas –“¿Todo eso te llevas? Dije sorprendido –“¡Sí! ¿Es mucho?” –“No, no, está bien” Le sonreí y fui a la cocina. Dónde me encontré con María que ponía la mesa para cuatro, entonces supe que nos quedábamos a desayunar. La ayudé a poner la mesa y cuando ya nos sentábamos oí la voz de Giovanni llamándome desde su habitación.
Fui hacia él y al entrar al cuarto vi que era chico, una cama matrimonial en el centro y dos mesitas de luz en los laterales y un ropero a los pies de la cama.
Me miró a los ojos y en ellos divisé unas lágrimas aun no producidas, casi susurrando me agarró la mano y me dio un sobre, en ese momento pensé que era otra carta de Ornela, pero en seguida me dijo –“¡Toma, hijo, esto te corresponde! Mire dentro del sobre y quise devolvérselo –“No puedo aceptártelo, Giovanni” – “Vas a tener que poder, es para mi nieta” Yo era un administrador de mierda y pensaba (déselo a ella entonces seguro que lo cuida mejor de lo que yo lo haría). Acepté el sobre bajo la insistencia del abuelo y recibí un fuerte abrazo que no me esperaba.
Fuimos juntos a la cocina, las mujeres seguían comiendo, pero ya estaban acabando.
La hora de la despedida se acercó. María sólo lloraba abrazada a Soledad, después la abracé yo despidiéndome y agradeciéndole todas las atenciones. Me subí a la camioneta de Giovanni ayudando a Soledad y nos alejamos de la casa saludando con la mano. Giovanni nos alcanzaba hasta la parada de ómnibus y ahí nos separamos.
Yo llevaba las valijas de Soledad y ella mi valijita.
El viaje en el ómnibus demoró tres horas en las que Soledad iba dormida y yo leyendo. El ómnibus frenó y desperté a Soledad, nos bajamos y el vehículo se alejó.
Empezamos a caminar y le dije –“Ahora a buscar un lugar para dormir …”.
6
El primer lugar que encontramos fue una pensión, pero a Soledad no le gustó. Seguimos recorriendo hasta alquilar uno por fin a la noche ya. Nuestro “hogar” era una pensión chica que tenía baño, cocina-comedor y un dormitorio.
Ni bien lo alquilamos Soledad se tiró en la cama quedándose dormida. Yo preparé una sopita, pero cuando le ofrecí no contestó.
Me senté frente a la ventana y tomé una tasa del caldito que preparé. Ella seguía durmiendo como un ángel, no era intranquila y respiraba normalmente. Agarré el diario y empecé a buscar trabajo como tantas veces, marqué varios anuncios. Deje el diario sobre la mesa, lavé la tasa y me fui al baño. A los minutos me acosté sobre el sofá y me quedé dormido.
Afuera cantaban enloquecidos los pájaros y frente a mi cantaba una jovencita de doce años con la música a todo trapo, me senté y le pregunté la hora a lo que me respondió una hora que no conocía estando desempleado. –“¿Qué haces?” pregunté. –“Ordenando mis cosas … – dijo con una sonrisa - … ¿Te desperté?” – agregó.
Pero no … ¿cómo me iba a despertar la radio a todo volumen, ella cantando encima, moviendo las valijas y las cosas que traía dentro y todo frente a mis narices? … Le sonreí y le respondí como se debe en éstos casos –“No, no, tranquila”.
Viéndome obligado a levantarme me fui a la cocina a preparar café, agarré el teléfono y el diario y empecé con la búsqueda.
Conseguí trabajo en una empresa de electricidad, no me gustaba, pero pagaban bien y ahora tengo que pensar por dos y eso es algo que hago como el culo, aunque por ahora parecen ir bien las cosas. La cosa era qué hacer con Soledad cuando salga de la escuela y yo seguía trabajando. La solución vino de su boca –“No soy más un bebé y puedo quedarme sola un par de horas” No me gustó la idea de dejarla sola, pero la dueña de la pensión se ofreció para echarle un ojos mientras yo regresara del trabajo.
Y así pasaron los días. Había anotado a Soledad a una escuela con todos los papeles que me dio María y parecía irle bien.
Pasaron dos meses. Soledad me contaba de la escuela y como le iba, de que estaba feliz por vivir conmigo en el pisito que alquilamos. Lo cual no me gustó mucho oír porque yo ya me quería mudar, pero callé porque hay una diferencia entre “aceptar y tener” una responsabilidad. Yo ésta responsabilidad la adquirí hace doce años, pero recién ahora la aceptaba y eso quiere decir agachar la cabeza cuando decidís por dos.
Pasaron dos semanas más y yo mismo notaba como mi humor cambiaba. Empecé a tomar una botella de vodka que me había comprado hace tiempo, al terminarla empecé con una de whiskey añejo. Soledad estaba en casa de una vecina, pero entró justo cuando me terminé la segunda botella , recuerdo que corrió hacia mí y trato de enderezarme apoyándome contra la pared, se quedó mirándome –“¡No me mires así! – grité sin darme cuenta. Sentí miedo de su mirada, era igualita a cómo solía mirarme su madre y sentí que no podía, que fracasaría, cosa que nunca me importó, pero ahora todo era diferente. No quería fallarle a ella y era exactamente lo que estaba haciendo.
El miedo y los nervios se hicieron conmigo y yo que siempre me reía de los débiles que vivían atrapados por sus miedos fue recompensado por mi bocaza.
Soledad corrió a su cuarto y cerró de un portazo la puerta. Yo estaba muy entonado como para seguirla y me semi desmaye.
A la mañana siguiente después de bajarme la jarra de café y tomar como tres aspirinas fui hasta la puerta de su cuarto y no la encontré. Alterado bajé a la recepción y le pregunté a Irme (una vecina) si Soledad estaba en su casa, me respondió –“Está en la escuela , se fue esta mañana con mi hija, como siempre, señor Ibáñez”
7
Dos semanas más tarde aprendí a controlar mis ansias con descontrol. Irma me hacía el favor de llevar a Soledad a su casa dándole la excusa de que tenía que hacer horas extras y yo de mientras me recorría los burdeles que había por la zona con una botella de compañía.
No volvimos a hablar de “aquella noche” con Soledad, de cuando me encontró borracho en el comedor y le grité. Me comporte como lo que no era y evité el alcohol estando en casa. Todo parecía marchar bien, cosa que no dejaba de inquietarme.
A la noche cuando llegué del “trabajo” abrí la puerta y la vi sentada a la mesa –“Te estaba esperando” dijo seriamente, pase y me senté junto a ella –“¿Irma no …?”. “-Le dije que estabas por llegar y me acompañó hasta la puerta”. –“Ah …”. Su silencio me dio un poco de miedo y de repente cuando se disponía a hablarme suena el teléfono. Eran sus abuelos (que la llaman todos los Lunes). La deje sola de mientras me fui a duchar.
Me até la toalla alrededor de la cintura y vi a Soledad mirándome atentamente cosa que me inquietó un poco, pero traté de actuar con normalidad y me dirigí al armario; saqué un calzoncillo, un short y una musculosa.
Preparé café y le hice una cocoa mientras que le pregunté cómo estaban sus abuelos y me contestó “-Bien, mandan saludos” . “-¿Alguna novedad?” . “-No” respondió.
Me senté junto a ella poniéndole la tasa enfrente y le pregunté si estaba todo bien, me agarró la mano y levanté la vista hasta encontrarme con su mirada ”-¡Quiero mudarme!” No podía creer lo que me decía, después de haberme dicho que se sentía bien acá y que si fuera por ella nunca se iría de aquel lugar, después de haberme hecho el coco resulta que dice algo que me deja con la boca abierta. Traté de preguntarle si había algún motivo en especial, pero supo escabullirse con habilidad de la misma manera en que lo hacía su madre al no querer responderme.
Una hora más tarde estaba oyendo la radio mientras fumaba un puchito, de repente aparece Soledad saliendo de su cuarto y me da el diario “-¡Toma … busca otro lugar para alquilar!” . “–Pero … ¿estás segura?” .“¿Alguna vez me viste bromear?” Ahí tenía razón. Se reía de vez en cuando, pero nunca bromeaba. Al contrario que Ornela, para ella “todo” era un juego.
Empecé a hojear el diario, pero primera vez en mi vida sentía un sabor agridulce sobre la lengua. Lo que antes era libertad y renovación, ahora había cambiado tras ocupar el puesto de padre “responsable” lo cual me carcomía, aunque sé que nunca podría cambiar mi irresponsabilidad, más allá de que se lo haya dicho antes de viajar.
Finalmente encontré un par de anuncios y se los mostré, ella marcó tres de las ocho que subrayé y a la tarde llamé para acordar de ir a verlos.
Dentro de una hora salimos a ver una de las casas. Soledad está encerrada en el baño y cuando intento hablar con ella llora y me manda a cagar “-Soledad … ¿no queres mudarte?” dije dubitativo, sólo recibí gratas palabras de su boquita.
Pasó media hora más encerrada allí, me acerqué una vez más y golpee la puerta “- No podes quedarte eternamente ahí adentro” . “-¡Sí que puedo!” me respondió. “-Bueno … ya te va a dar hambre … ¡Buenas noches!” dije retirándome.
Tras quince minutos recostado en la cama volví a acercarme a la puerta de baño, pero ésta vez sin palabras. Pegué mi oído a la puerta y oí un llanto apagado, insistí y le pedí que me abriera, no me contestó y tiré abajo la puerta. Tal vez fui un descerebrado al hacerlo, tal vez tuve que haberlo hecho antes. Lo primero que se me cruzó por la cabeza fue la desesperación de oírla llorar sin consuelo alguno.
Estaba sentada en el suelo junto al wáter, tenía el maquillaje corrido y se tapaba con una toalla. Me arrodillé junto a ella y le volví a preguntar “-¿Qué pasa, chiquita?”, ésta vez me respondió, pero sus palabras estaban llenas de vergüenza. En el fondo me alegré por saber el motivo de sus lágrimas, pero a la vez me dio lástima que haya tardado tanto en lograr decírmelo. “-Con que sólo era eso” dije aliviado.
En momentos como éste me doy cuenta de la falta que le hace Ornela.
Mi hija se había desarrollado. En el instante que me lo dije me pregunté por qué no se llamará Samuel …, lo cual es un pensamiento cobarde, es el miedo a enfrentarme a ésta jovencita que empieza a descubrir su sexualidad y me aterra pensar que no logre ayudarla en éste momento.
8
Otra semana pasó delante de mis ojos desde aquel día en que Soledad vino a mí pidiéndome alquilar otra casa. Cinco de las ocho casas ya estaban alquiladas. Así que hubo que elegir una de las tres que quedaban.
Irma lloró cuando se despidió de Soledad, pero ella le prometió llamarla.
La nueva casa era muy parecida a la anterior, pero el barrio era muy diferente. Había más árboles y más chicos jugando en la calle.
Durante la semana que transcurrió en nuestro nuevo hogar traté de desatarme de la vergüenza que sentía al hablar con mi hija sobre un tema que no me era para nada conocido, pero ella sencillamente me evitaba cada vez que le mencionaba alguna palabra relacionada con la menstruación, se ponía colorada y me mandaba a callar.
Un día logré hacer que me escuchase y en ese mismo momento no se me ocurrió qué decir. Estuve informándome acerca del tema, creo que sé más que una mujer, claro que solamente la parte teórica. Estuve viendo cómo abarcar el tema para mí vergüenza y sobre todo la suya.
Por mí parte, bueno … estoy aprendiendo a tragarme el orgullo y la vergüenza para tratar de que me vea como a un … Bue, no voy a decir que me tenga la confianza como si fuera una mujer, porque para eso hay hechos que demuestran claramente lo contrario. Sólo espero que me tenga la confianza para contarme cualquier cosa, que cualquier duda venga a mí y si llegara a ser que no sé cómo ayudarla averiguaría todo para hacerlo.
Finalmente aceptó lo que le dije y llevamos bárbaro la cosa, bueno … A veces hay algunos cambios de humor, pero eso se debe a que las hormonas femeninas se ven alteradas cuando están en el momento menstrual …
Hace ya dos meses que veníamos majeando la cosa y tengo que ser sincero … Todo va mejor que mejor. Me siento muy satisfecho de ella y de mí mismo.
Era de tarde, el sol brillaba fuerte, pero estaba nublado.
Soledad llegaba de la escuela en una bicicleta roja (la cual le había regalado por todo el tema de que ahora es una señorita y en alguna parte leí que una madre le regaló un televisor a su hija cuando se desarrolló. Yo prefiero un regalo más físico en el sentido de que le sea útil para moverse.)paró junto a mí que estaba sentado en el frente de la casa leyendo un libro de un tal Damián Demú “-¡Deja de leer y subite a andar una vuelta! “ dijo dando círculos a mi alrededor “-No sé” contesté susurrando. “-¿Qué, no sabes …?” Sentí como se reía sin ser explícita. “-¡Sí! nunca anduve” .“-Ah no … ahora lo vas a hacer”. “-¿Qué?”.
Se bajo de la bici y me hizo agarrar el manillar, me subí. Tengo que reconocer haberme sentido ridículo apoyado en el hombro de Soledad temiendo caerme, tanto es así que queriendo hacerme el macho (tras haber aprendido que cuando se está aprendiendo algo hay que encararlo humildemente frente a lo desconocido) puse el brazo con el que me agarraba de ella en el manillar y fui derecho a parar entre los arbustos. Soledad corrió hasta donde me había estrellado y cuando vio que estaba bien más allá de una lastimadura superficial y diminuta me sonrió golpeándome en el orgullos diciendo “-Me parece que va a ser mejor ponerte las rueditas de principiante”
A la semana ya íbamos a todas partes con la bici. Yo me compré una naranja-verde (Bue … a decir verdad el color no fue lo que me atrajo sino el precio).
Uno siente tanta libertad andando en bicicleta , no sé cómo explicarlo es una mezcla de bien estar físico (porque exige respirar profundo) y paz mental (si logras olvidarte de todo por un minuto, eso a mí me sale de la nada) al conseguir combinar éstas dos cosas te sentís increíble.
Creo tener una buena relación con mi hija, más allá de ser la primer relación que tengo con alguien y los típicos conflictos que eso despierta.
Ninguno de los dos es muy charlatán, pero sí comunicativo. Bueno … yo no voy a ella y le cuento mis penas, pero ella ahora sí acude a mí frente a un mal físico o mental.
Soledad despertó quejándose de dolores en la panza, yo llamé en seguida a un número de emergencias y me preguntaron los síntomas. Dije que había vomitados tres veces, tenía fiebre alta y grandes dolores en la barriga. Querían saber de qué lado provenía el dolor y me dijeron <<¿Proviene del lado derecho?>>, con lo bestia que yo era me quedé sin saber qué hacer y entonces la mujer que tenía que hacer para averiguarla.
Al decirle bien cada cosa, me comunicó que una ambulancia ya estaba en camino y me puse nervioso. La mujer me explicó que al parecer por los síntomas que le había dicho padecía de apendicitis y que en la ambulancia averiguarían el diagnostico superficial y que si se comprobaba la internarían de inmediato acudiendo a la cirugía dejándola ya curada.
Traté de mostrarme despreocupado frente a ella que me miraba con los ojitos llenos de lágrimas, trataba de tragarse el llanto y casi lo lograba … Es el vivo retrato de Ornela.
Por fin llegó la ambulancia y salí de la casa para que me encontraran fácilmente, entonces les señalé por dónde se encontraba mi hija; eran tres hombres, uno parecía ser el médico por su túnica blanca, los otros dos parecían ser enfermeros.
Al llegar a la habitación donde estaba Soledad recostada en la cama el de la túnica blanca se agachó junto a ella “-Hola, señorita”. “-Hola” dijo ella agarrándose la panza. “-¿Dónde te duele?”. “-¡Acá!” dijo mostrándole. El hombre puso sus manos sobre la panza de Soledad buscando exactamente dónde se quejaba, después le sonrió y le dijo “-Bueno señorita ahora te vamos a llevar al hospital para ayudarte a dejar ese dolor en el pasado ¿sí?”. “-¿Qué me van a hacer … qué tengo?” preguntó secándose las lágrimas. “-¡Tranquila! Tenes apendicitis que es una inflamación del apéndice intestinal, es normal y no tiene riesgos. Te llevamos para operarte y después vas a ver que éste dolor solo fue un mal sueño ¿de acuerdo?” Ella asintió con la cabeza.
Los otros dos entraron una camilla y la cambiaron de la cama a la camilla, la sacaron a la calle y al subirla al vehículo me senté junto a ella agarrándole la mano y note cómo temblaba “-¡Tranquila! Chiquita el doctor dijo no te tenías que preocupar”. Una lagrimita corría por su mejilla y yo la detuve para que no cayera al suelo, le apreté con más firmeza y cariño la mano sonriéndole y con la otra mano le aparté el flequillo de la cara, ella me sonrió y me dijo “-Te quiero, papá” Fue la primera vez en que me decía algo así e inclusive me llamara papá.
Pasaron tres horas y Soledad ya estaba en un cuarto recuperándose, dormía plácidamente. Yo estaba sentado junto a su cama en una silla muy incómoda, pero verla tan tranquila me hizo olvidar mi incomodidad, le acaricié la mano izquierda.
El cuarto era chico, pintado de amarillo y tenía las cortinas blancas como las sábanas.
Cada tanto entraba una enfermera vestida de azul a vigilar el estado de Soledad. Era linda la muchacha y al irse me dejo soñando con su cara al cabecear.
De repente desperté al sentir que me tironeaban de la camisa, era Soledad que me miraba como perdida. Llamé al médico y vino en seguida, dijo que era normal, que se estaba despertando de la anestesia.
Al día siguiente ya le habían dado el alta y estábamos de vuelta en casa.
Soledad llamo a sus abuelos para informarle todo y de paso me dio el tubo y me putearon de arriba abajo por no haberlos llamado cuando ella estaba internada, les respondí que no los llamé porque no estaba en mí, que pasé tal vez por las peores horas en mi vida (y sí que pasé malas horas eh) y que no tenía cabeza para acordarme de nada que no sea mi hija. Que era una operación sin riesgo alguno según me dijo el médico, pero no dejaba de ser una operación la cual siempre conlleva riesgos. Del otro lado del teléfono no oí ni MU.
9
Conforme iban pasando los años cambiaba el cuerpo de Soledad (casi día a día). Aquella niña a la que le había brindado mi “protección” años atrás ahora era una mujer. ¡Tendrían que verla! Si bien se parecía mucha a la madre además de mental mente porque era igual de testaruda, igual de histérica y en mi apreciación más adorable y encantadora (¡No me malinterpreten! Con su madre dormía por una atracción sexual y más profunda aun, pero el lazo que me ataba a Soledad era completamente diferente … se podría decir que más sincero y con esto no quiero ofender a la memoria de mi querida Ornela). Tiene un cuerpo envidiable, la loca y se me hincha la vena cuando veo como la miran los hombres con intensiones que conozco perfectamente por haber mirado a las chicas de la misma manera. No quiero ni pensar en el día en que se aparezca con un noviecito. Tuvo varios no crean que la convertí en una monja, para nada. Pero por ahora no presentó a ninguno como su “novio” si entienden a lo que me refiero.
Fueron seis años los que pasaron en los que nos mudamos más de veintitrés veces. Por la misma razón Soledad me echó varias veces en cara el no tener amigos, pero tras largas caras y oídos sordos que aprendí a hacer nos reconciliábamos.
Era el último año Liceal de Soledad, sacaba la nota suficiente para pasar y yo la envidiaba “sanamente” porque volé del Liceo mucho antes de empezar.
Ahora empezaba a trabajar en una papelería “Papelitos” (se mataron con el nombre). Estaba bien era embolante, pero traté de controlar a la hormigas porque quedaban tan solo unos meses para que terminara el año y no quería someter a Soledad a más estrés del que ya tenía. Estaba con sus últimos exámenes y de paso aprovechaba para estresarme a mí.
Eran las nueve de la noche y volvía a casa después de estar más de catorce horas parado (bueno … cuando la dueña no miraba me sentaba lo cual nunca era más de tres minutos). Abrí la puerta y grité que había llegado. Dejé las llaves y la billetera sobre la mesa y me dirigí al cuarto de Soledad al golpearle la puerta se abrió porque estaba entreabierta nada más y lo que vi me dejó sin palabras. Mi nena estaba en la cama con un tipo que no conocía en plena acción y yo reaccioné de la peor manera posible, le grité al guacho que saltó al verme y le tiré la ropa que supuse era de él. Abría la puerta de calle y lo eché.
Soledad recostada en la cama tapándose con la sábana me miró y se empezó a reír. Lo cual por un lado me dejó helado y por el otro me hizo ver lo ridículo que actué. “-¿Por qué te reís?” le pregunté finalmente ¿Y saben qué me contestó? …”Porque solo necesitaba relajarme y vos reaccionaste como el típico padre conservador y celoso que se encuentra a la hija con un chabón haciendo el …”. “-Ya entendí … ¿cómo que chabón?”. “-¿No te créeras que me voy a casar con él?”. “-No no, claro que no”.
En ese momento entendí lo que sentían los padres de los hijos que se encontraban en la misma situación y de repente me sentí viejo.
Había bolsas de comida China sobre la mesa (las que compré al salir del laburo) estaba sentado en una de las sillas del comedor y Soledad en otra. Ella comía sin vergüenza alguna y encima tenía razón (creo que fue lo que más me molestó porque yo me sentía rarísimo, era como estar avergonzado y ridículo a la vez) yo en cambio comía sin abrir la boca, no quería decir algo incorrecto en aquel momento tan embarazoso para mí.
De repente ella alzó la vista y me miró con piedad (cosa que me hizo sentir peor, siempre creí que era un padre canchero y que reaccionaría “cool” (como dicen los chicos) frente a las cosas y ella aprovechó ese momento para enfrentarme a esos machistas y retrógradas que odié toda mi vida, siempre los repudié, pero la reacción que tuve fue definitivamente influenciada por el entorno que me rodeó toda mi vida y ese miedo a lo desconocido) y preguntó “-¿Seguís enojado por verme por primera vez con alguien en la cama?”. “-¿Cómo que primera vez?” .”-Sí, no te habrás creído que era virgen hasta el día de hoy …” me dijo sonriendo y a mí no me salían las palabras, no sé cómo le llegué a decir “-Nooo …”.
Me dio un beso en la mejilla y se fue a su cuarto.
Levanté los tachitos de cartón que quedaron de la comida y algunos los tiré otros los guardé en la heladera. Lavé las cosas que usamos y salí a la calle a tomar un poco de aire mientras aprovechaba para fumarme un cigarrito.
Me quedé pensando en todo lo vivido hasta el momento y eso que no soy un tipo sentimentalista que se pone a recordar el pasado. No sé qué me pasó … fue como si fuera más fuerte la emoción que yo.
Recordé los seis años junto a ella cuando sus sonrisas eran solo mías y ahora no sé a quien más se las regale. Recordé el tiempo antes de que Soledad se mudase conmigo, a las noches sin control, a la gente que mandé a cagar sin pensar en las consecuencias, en el rostro de Ornela, en su carta y finalmente en su hija y la mía.
Entré nuevamente a la casa con el tercer pucho ya acabándose.
“-Pensé que estabas acostado ya en tu cama” dijo al verme “-No, fui a dar una vuelta”. “-Siempre fumando eh …” dijo sacándome el pucho ya acabado de la mano.
No había dicho esto, pero hace cuestión de un año me internaron por un problema en el pulmón izquierdo y ante la preocupación de Soledad le contesté tontamente “-Me queda el otro”. Yo tenía cierta tendencia a discutir, pero preferí la ironía en ésta oportunidad, ella me miró de soslayo con los ojos un poco rojos y me contestó “-No te estoy diciendo que lo dejes, papá, sólo que no fumes tanto. Te quiero vivo por unos años más” y ¡sí!, así me dejó.
10
La habitación estaba a oscuras y yo descansaba con los ojos cerrados, de repente sentí la mano de una mujer, la mano era chica y fría lo cual me hizo notar en seguida que era Soledad.
No me quería levantar de la cama, me sentía a gusto, pero ella no trató de que lo hiciera, sencillamente se sentó en la cama con las piernas cruzadas y me sonrió diciendo “-A ver si te gusta …” levantó un cuaderno que tenía apoyado sobre sus piernas y empezó a leer en voz alta “- Estoy parada frente a vos aunque no puedas verme estoy acá – Lo único que tenes que hacer es darme tu mano y aguantar por siempre - ¡Agarra la esperanza y cree fuertemente en ella! – No importan los errores que hayas podido cometer – No importa la diferencia que puedas ver – La vida trata de vivir y dar amor – La educación es una señal de amor – La atención médica es una señal de amor – Estamos tan cerca del amor, pero el odio está más cerca de la ignorancia y siempre tendemos a la violencia – Vine a ti para recordarte que al menos que el aliento que aspires sea el último, nada habrá terminado aun para ti – Siempre podes retornar al lugar en el que empezaste – No te dejes derribar por un hundimiento – Porque siempre podes nadar hasta la superficie”.
Frenó y se quedó mirándome a los ojos como esperando una respuesta “-¡Es hermoso! ¿de quién es?” pregunté tras la curiosidad que despertaron en mí aquellas palabras. Cuando me respondió sentí que la curiosidad era reemplazada por el asombro ”-¡Yo!” . “-¿Desde cuándo escribís?” pregunté anonadado. “-Hace dos años” respondió inclinándose. “-¿Por qué …? No deja …”. “-Queres saber por qué no te lo dije antes” No sé … tal vez porque no te tenía confianza o quizás por miedo … Miedo a que te parezca estúpido y vacío lo que escribo ¿entendes? Invierto mucho en esto y me es algo importante, pensar en que a alguien pueda no gustarle y me lo diga me hubiera lastimado … ¿Qué puedo decirte? ¡Soy una cobarde! Y aunque me enferma reconocerlo es algo que no podía cambiar”.”-¿Y por qué me lo decís ahora?” pregunté una vez que me habló de ese miedo. “-Porque cambié y confío en vos”.
Pasaron dos semanas y Soledad ya finalizó óptimamente el curso Liceal, se sentía feliz de tener al fin vacaciones y aprovechó su alegría y energías para ayudarme a hacer las valijas. A las tres horas nos mudamos de casa.
Ésta nueva tenía un fondito y dos habitaciones, baño y cocina también obviamente.
Habíamos visto el anuncio en la vuelta del Liceo mientras no tomábamos un cafecito juntos.
Ya dejamos otro mes detrás en la nueva casa. Me fui hasta el fondo y me senté en el pastito, Soledad estaba recostada sobre una toalla tomando el sol y yo le pregunté si me mostraba las cosas que había escrito.
En el fondo me sentí un poco avergonzado de mí mismo (advierto que esto de cuestionarme cada cosa no me pasaba antes de tener a Soledad) porque si bien ella no me dijo nada, lo hacía por algo que ahora comprendí. Por miedo a mi desinterés no me los había mostrado antes, porque ya hace mes y medio que me leyó aquel poema y significan mucho para ella, por mi estupidez de no saber pensar en otra cosa que no fuera yo no le había dicho nada.
Le empezaron a brillar los ojos “-¡Sí … pará que los voy a buscar adentro!” y desapareció apareciendo unos minutos después con una pila de cuadernolas que puso junto a mí “-Podes leerlos cuando quieras”. Me quedé con la boca abierta al ver la cantidad de cuadernos y le sonreí.
Recién habían pasado dos días y ya me había leído la mitad de los cuadernos que me dio Soledad. Tengo que decir que la loca sabe atrapar al lector y tiene una hermosa manera de escribir sus cuentos, canciones, ensayos, etc. Me hizo sentir más orgulloso que sus años en el Liceo, porque es otra clase de lección, de manera de ser. En sus cuentos era ella misma sin frases hechas, sin previo estudio alguno y era hermosa, me hizo llorar varias veces y el hecho de que me haya permitido leer sus cosas significa mucho para mí.
No me pidió opinión alguna, dejo pasar hábilmente el tiempo.
Al día siguiente en la noche fui hasta su cuarto me senté en su cama con la pila de cuadernos que me había dado tres días atrás. Me miró un poco dormida y prendiendo la lucecita de la mesita de luz le empecé a decir “-Ay mi amor te sostengo entre mis brazos y veo tus ojos – La noche se nos unió – Las estrellas velan sobre nosotros – No te di la vida, pero vos me la diste a mí – Verte crecer es maravilloso – Compartir todas las sonrisas y sostener tus lágrimas – Oh cariño no estás sola – Necesito agarrar tu mano y protegerte” y entonces callé.
A Soledad se le habían llenado los ojos de lágrimas porque lo que le dije era una de sus poesías que me había quedado grabado en la memoria. Se sentó y me abrazó, sentí su cuerpo como vibraba exactamente igual a como lo hacía seis años atrás.
Tengo que reconocer que a mí también se me pianto un lagrimón cuando con un hilito de voz me dijo “-Te quiero, papá”. Era como si esa poesía viniese de mí sin ser yo poeta.
Le di un beso en la frente y me fui apagando la luz. Me fui derecho a la cama.
11
“-Buen día … acabo de llamar al dentista por un dolor de muela que tengo ¿me queres acompañar?” me preguntó Soledad agarrándose la mejilla derecha. “-Sí, sí” respondí extrañado de que a su edad aun me quiera a su lado frente al dentista, aunque por otro lado no, éstos años juntos nos llevaron a todas partes unidos, no suele hacer cosas sin mí si bien es muy independiente cuando tiene oportunidad de tenerme a su lado la aprovecha. “- A las cinco de la tarde salimo ¿Sí?” me dijo y yo asentí.
Ya eran las cinco, Soledad estaba en el baño peinándose y desde ahí me gritó “-Ya voy …” La esperé sentado en el pasillo hasta que la vi acercarse a la puerta con la cartera y nos fuimos caminando hasta la parada del ómnibus.
Al subirnos a uno que justo pasaba cuando llegábamos tuvimos que ir parados porque no había asientos libres. En la tercer parada se bajó una parejita que iba sentada y los asientos quedaron vacíos frente a nosotros, Soledad se sentó junto a la ventana y yo en el pasillo (no en el pasillo sino junto al pasillo … sé que no hace falta explicarlo, pero no se sabe nunca ¡vio!).
Sólo viajé una parada sentado porque vi a una mujer embarazada que viajaba parada y nadie le dio el asiento (nosotros estábamos sentados atrás), me paré llamándola y deje a todo el mundo alrededor avergonzado. Ella se sentó agradeciéndome con una sonrisa y un <
Estábamos en la clínica esperando a que nos atendieran. Era un lugar muy chico y con pocas ventanas.
Soledad sacó de la cartera un libro y yo me agarré una revista de las que había sobre la mesa. A los diez minutos la llamaron <
En el viaje de vuelta me explicó qué tenía y qué le hicieron. Tenía una caríe en la muela y con una máquina asquerosa le cavaron la muela hasta que no quedara más rastros de la caríe cubriendo el agujero después con un empaste y listo.
12
Entré a la casa con una mujer pelirroja (teñida) de cejas oscuras y anchas, bastante narigona, tenía ojos claros, era muy sospechosa y tenía unas caderas que sacaban el aliento. No terminé de entrar cuando ella estaba como enloquecida besándome, primero me quería fijar si estaba Soledad en casa, pero me distrajo. Yo esperaba que siguiera en el cine como me había dicho ayer que lo haría.
Estabamos en la cocina porque le quería servir un vaso de vodka, pero obviamente no me lo permitió; me sacó la camisa descociéndome los botones y me besaba como una desesperada, mientras me desabrochaba los pantalones. En ese momento vi salir a Soledad de su cuarto. Yo me encontraba con la pelirroja tras el pasa plato, pero ella estaba oculta, agachada (si entienden lo que digo). Ella no se había percatado de la presencia de la pelirroja hasta que ésta la oyó hablar “-Hola, papá, pensé que llegabas más tarde” dijo un poco cansada. “-Y yo pensé que estabas en el cine” respondí aturdido. “-Con que tenes una hija ¿o es otra amante?” dijo la pelirroja. Yo la tironeé de la manga y Soledad en seguida dijo “-Ah perdonen la interrupción” y sin más se fue a su habitación. Oí música venir desde su cuarto, pero no estaba alta. La pelirroja emprendió de nuevo los besos y yo la aparté diciéndole que no me sentía con ánimos de seguir adelante. Fue la manera más diplomática que se me ocurrió decir el no volver a exístarme. La acompañé hasta la puerta y volví a la cocina a preparar algo de cenar.
A las diez de la noche le golpee la puerta del cuarto a Soledad avisándole de que la cena ya estaba lista y ella asomó la cabeza diciendo que ya venía.
Tendí la mesa con los cubiertos, dos platos y dos vasos, llevé la olla con los fideos y una salsa blanca con pedacitos de jamón que había preparado.
La cena fue silenciosa hasta que ella se empezó a reír sin más “-¿Qué pasa?” pregunté asombrado mientras comía un bocado. “-Nada … es que me estaba acordando de tu cara cuando salió tu pelirroja de debajo de la mesa” su risa me contagió y seguimos toda la noche bromeando y carcajeando.
13
Mi hija cumplió diecinueve años ayer. No lo festejó a lo grande, sólo invitó a un par de compañeros y según pude ver con uno de ellos se llevaba bastante bien, pero cuando quise acercarme para conocerlo un poco con la excusa de charlar con todos, ella me echó.
Cuando la noche se cerró sobre la casa Soledad se acercó a mí avisándome (porque no era un permiso lo que buscaba) que se iba a ir con los chicos a bailar.
¿Y qué iba a hacer yo? Seguro que no aceptaría una negativa de mi parte y por otra parte ya tenía una edad en que me quería demostrar constantemente que podía cuidar de sí misma. Me dejo (como quién diría) pagando, me dio un beso y se fue junto a los otros.
Ya eran las tres de la mañana yo estaba en la cocina, traté de mirar un poco de televisión, oír música y leer un poco, pero los nervios no me lo permitieron. Soledad no había llegado aún a la casa y yo ya me imaginaba lo peor porque nunca estuvo hasta ésta hora en la calle.
Creí volverme loco al no saber en qué condiciones se encontraba cuando por fin a las tres y media de la madrugada se abre la puerta de calle y Soledad entra …“-¿Estás bien?” pregunté nervioso. “-Sí, claro” respondió sonriendo “-¿Y no me pudiste haber llamado por teléfono?” me quiso responder, pero bajo la mirada “-Perdóname, papá, no me di cuenta de la hora”
Yo estaba con los nervios de punta no ocurriéndoseme nada mejor empecé a levantar la voz, ella me respondió de la misma manera, tras un portazo no se oyó más nada.
Estaba mirando el techo mientras estaba acostado en mi cama arrepintiéndome de la reacción que tuve con Soledad. Deje pasar media hora y apague justito el despertador antes de que empezara a sonar, me levanté yendo al baño y al finalizar me fui a la cocina a preparar café, tosté pan y puse la mesa.
Fui hacia la puerta de su cuarto pero al golpear no me respondió, abrí y vi la cama tendida. Me senté a la mesa y empecé a desayunar. Decidí dejar todo tal cual lo había arreglado, así cuando ella volviese lo vería.
Me puse los zapatos, me terminé de arreglar frente al espejo y me fui al laburo.
Llegando al trabajo me encontré con Cecilia quise safar delicadamente, pero esa es una cualidad que no poseo “-Epa … ¿jugando a la mancha con tu amiga?” dijo osada “-No veo a ninguna alrededor” respondí crudamente “-Auch!” dijo haciendo pucheritos bajando el labio inferior. Algo tengo que dejarle … será pesada, no muy inteligente, etc. Pero tiene unos labios como sopapa que me atraían para acallar a mi frustración.
Sentimos los golpes de alguien a la puerta y nos levantamos abotonándonos la ropa. El que nos avisó era el limpiador Adolfo, un buen tipo que aun vivía con la madre y era virgen, me hizo la pierna avisando que se acercaba el jefe.
Ahora trabajaba en una fábrica contaminante y sentía en mis propios pulmones toda la mierda, los residuos altamente contaminantes que expulsamos al mar. Me odié por hacer aquel trabajo, no duré mucho en ese trabajo, a la semana antes de terminar la jornada y querer renunciar, fue el mismo trabajo el que me despidió derecho al hospital.
Me enteré de todo por Cecilia, ella me acompañó en la ambulancia y trató de comunicarse con Soledad, pero me dijo que no la encontró. Sin embargo creo que sí lo hizo, pero ella se negó a venir, la entiendo y no la culpo. Fui un estúpido la última vez que cruzamos palabras.
Cecilia me dijo que sufrí un desmayo por los gases que respiraba en la fábrica, pensaban que no era nada “serio” y que me recuperaría fácil, pero tras unos estudios que me practicaron descubrieron una sombrita sospechosa en uno de los pulmones. No están seguros de lo que sea, yo creo que es un tumor o a lo mejor un cáncer … no sé porque se hacen tantos problemas en mencionarlo si es así.
A la tercer noche de estar internado abrí los ojos y frente a mí vi a Soledad con los ojos llenos de lágrimas, traté de hablarle, pero en vez de eso le susurraba, no sé qué me habrán hecho para hablar tan bajito.
Ella se acercó más y le dije “-Viniste, chiquita” ella se enderezó y me miró a los ojos “-¿Cómo no iba a venir?”. “-Pense que no me querías ver” dije lentamente, me cansaba hablar. “-Recién me enteré, me acaba de llamar Cecilia. Te quise hacer pagar y no terminaba de oír a Cecilia cuando me lo trataba de decir, por eso tardé tanto”. “-Mi amor … siento tanto que seas tan igual a mí”. “-Yo no, me gusta ser como soy, no tenes que sentir nada … sólo es ésta estupidez, ésta testarudez” dijo llorando “-¡Igualita! La estupidez como le decís la heredaste de mí y la testarudez de tu mamá … Agua” dije sintiendo seca la garganta “-¿Queres tomar agua?”.
Me sirvió un poco de agua en un vaso que había en la habitación y lo tomé. Después le agarré la mano y me dormí.
14
Al mes siguiente me dieron el alta, los muy ignorantes no pudieron detectar que era la sombra en mí pulmón.
La casa era otra, ni bien llegué me sentí renovado y feliz entrando con una silla de ruedas que empujaba Soledad, me llevó junto a la cama y me ayudó a sentarme en la cama. Ya podía hablar mejor y le pregunté a qué se debía el cambio, sonriendo me respondió “-Ya llevábamos cuatro meses en la otra casa, yo aguanté un mes más de la cuenta porque me la pasaba contigo en el hospital y no podía cortar el contrato y llevarme todas nuestras cosas al hospital, así que quedó un mes como alquiler de despensa más bien”. “-Aha … otra cosita … ¿me traes un pucho por favor?”. “-¿Me estás jodiendo, papá? Acabas de venir con un problema en los pulmones … ¿por qué reís? … Ah … ¡No me hagas eso!” dijo con los ojos colorados “-Perdón, chiquita, estaba bromeando, pero me pasé … Te ves tan linda enojada, es como ver a …”. “-¡Tranquilo, papá!”. “-Es como ver a tu madre”.
A la tarde se acercó Soledad con una bandeja “-¡A comer!”. Traía una sopa de verduras, algunas pastillas y un vaso de agua.
Así pasaron los siguientes siete días y aún no me dejaba salir de la cama.
La guita que estaba ahorrada se me estaba acabando y no sabía cómo decírselo a Soledad. Hasta que finalmente se lo dije y así fue cómo ella empezó a trabajar hasta que yo pudiera estar nuevamente de pie. Al principio quiso convencerme en usar la plata que me había dado el abuelo, pero me negué a usarlo como tantas veces anteriores. Era plata para ella y no para los dos, yo estaba acostumbrado a bancármela, pero no estaba dispuesto a ver que cuando ella necesitara la plata le faltara. Trabajaba de camarera y decía que le gustaba. Le pidió a Paula una amiga suya del Liceo que cuidara de mí. Como si yo fuera un bebé y necesitara niñera.
No me podía hacer el vivo con la muchacha, primero porque la conocía desde que era una niña y segundo porque no va hacerse el galán castrado que era como me sentía.
Paula era un amor, me aguantaba el mal humor constante que desprendía al no poder valerme por mi mismo, tenía mucha tos y a veces mal estar respiratorio. No tuve un sola oportunidad de darle una pitada a un puchito, porque cuando no estaba Paula, estaba Soledad y viceversa.
Otro par de semanas volaron de mi calendario y cada vez me sentía mejor, cosa que atribulaba la mente de Soledad, porque sabía que en la mínima oportunidad que tenía de estar sin supervisación de nadie caería nuevamente en los brazos de la nicotina.
Llegó el día que tanto temía, la llamé “-Bueno chiquita … ¡Muchas gracias por tus cuidados y los de Paula! Pero ya me encuentro bien … vos misma me ves y si no empiezo a laburar me voy a volver loco” dije decidido para no dejarle espacio para un “pero”, igualmente llegó “-Pero …”. “-Pero nada, Soledad, no me puedo quedar más en cama y necesito salir de acá”. “-¿Qué queres hacer?” me preguntó y no supe qué contestarle.
Justo tocaron el timbre y se fue a atender, era Paula que venía a reemplazar a Soledad, miré a mi hija recordándole la conversación que mantuvimos y dijo “-Paula … gracias por todo, pero creo que ya puede estar solo”. “¿Con que por fin la convenciste eh?” me dijo la chica y yo le sonreí.
Soledad trajo tres tasas al comedor y una jarra con café y entre unos pastelitos que había cocinado Soledad a la mañana nos sumergimos en una extendida charla.
Paula era una muchacha realmente atractiva y varias veces noto mi mirada de viejo chocho insistente a la que respondía sonriendo como diciendo <<¡Hasta ahí!>> Nuestro affäre no pasó de ahí.
Se quedó para cenar y después de cenar y más charla se fue a su casa.
Un nuevo día me despertó, fui al baño y me di una ducha. Me vestí y fui al comedor, dónde empecé a buscar arduamente los cigarros “-¿Es esto lo que buscas?” dijo Soledad con un paquete de cigarros en la mano, me sentí como un nene buscando una excusa que dar y respondí “-¿Qué? no no … estaba buscando un … un … un libro”. “-No hace falta que me mientas, sé que es difícil, pero perdóname mientras pueda evitar que fumes lo haré”. “-¡Esta bien, Soledad!” me senté en una silla y prendí la tele.
15
El año pasó en un abrir y cerrar de ojos. Ya hace más de nueve meses que salí del hospital y tal vez gracias a Soledad que no me deja fumar me sienta mejor.
Hace poco me llevó (sí, me llevó, porque no me hubiese creído si le hubiera dicho que fui) a la clínica a hacerme una placa y según ellas demostraban parecía estar mejor.
Ella trabajaba en el hospital de enfermera, por fin dejo aquel bar de mierda y está en un lugar por el que invirtió su tiempo para lograrlo, está estudiando medicina y aprovecha ésta oportunidad para aprender más y ganarse algo de paso.
Yo trabajo en la caja del zoológico, cobrando tickets y sentado, tal cual lo quiere Soledad y el doctor.
A las nueve cerré la caja y me fui a la casa; un apartamento y vivimos en el quinto piso.
Cociné polenta e hice una salsa de tomate que según “yo” me quedó de re chupete. Cuando oí que una llave giraba en la cerradura, agarré la olla y me dirigí a la mesa.
Había arreglado un poco la cena con mantel verde, servilletas blancas y un poco de música, para celebrar el aniversario de la primera vez que comimos juntos bajo “nuestro” techo. Se cumplían ocho años.
Entró riendo y la saludé, de repente detrás de ella vi el motivo de su risa. Un chico más alto que ella, pelo oscuro medio largo, nariz recta y mirada penetrante. En el momento que me sonrió pensé que hizo propaganda para Colgate de lo blanco que estaban sus dientes. Ella brillaba y entusiasmada me dijo “-Papá te quiero presentar a alguien …” Sus palabras bastaron para que me cayera mal la polenta que ni siquiera había comido aún. Traté de ser amable, lo saludé y me disculpé dando una excusa de tener que ir a la cocina.
No podía creer en lo que me había convertido mi hija; era un guardabosques de lo peor, un sentimental de mierda y lo peor que pensé fue que se me notara por lo tanto regresé al comedor sonriendo y me senté con ellos a la mesa.
Fui amable durante toda la cena, charle con el chico y creo que Soledad lo noto .
“-Chiquita ¿sabes por qué toda ésta presentación que …?”. “-Tengo que decirte algo papá, perdón ¿me querías decir algo?” dijo excitada. “_No importa ¿qué me queres decir?” Salté ignorante dentro de su respuesta “-Pablo y yo … ¡nos vamos a casar!” como terminó con la frase terminó con mi razón, no sabía qué decir y solamente tartamudeaba “-¿No te alegras, papá?” preguntó con los ojitos llenos de lágrimas, pero eran lágrimas de emoción “-Claro que me alegro por vos” .
Cómo le dice uno a su hija que la quiere sólo para él y de por vida …, no se puede expresar ese deseo tan egoísta, cómo hallar paz con su decisión y aceptarla. Por suerte las lágrimas en mi cara fueron confundidas con la emoción.
Qué ingenua y qué irónica es la vida, el primer chico con el que simpatiza es el primero en arrancármela de al lado.
Festejamos la unión simbólica de los dos, porque no quierían casarse con papeles, cosa que me cortó más la esperanza, porque los papeles se anulan, pero esto parecía ir más allá. Puse la mejor cara posible y entre música, vodka y charla terminamos la noche.
Eran las seis de la tarde y yo estaba dando vueltas por la casa, Soledad me llamó y me senté junto a ella “-Papá ¿no me querías decir algo ayer?”. “No, no, chiquita”. “-Quería decirte algo más, pero quería hacerlo entre nosotros dos nada más”. “-¿Sí?”pregunté “-Pablo tiene familia en Italia y su primo le consiguió trabajo allá…” El mundo entero dejo de girar intuyendo que seguía a aquellas palabras quise eludir lo que seguía deseando que esa haya sido toda la noticia, pero lo dudaba profundamente “-… me pidió ir con él ¿Qué te parece?” Los ojos se me llenaron de lágrimas como nunca, ella se me acercó y yo la alejé diciendo que sólo era una basurita, me levanté y le di la espalda. Ella me repitió sus deseos de irse con él <
Peleaba contra mí mismo para no sacar a la luz al blandito que había dentro de mí, hasta le sonreí y le dije que me iría a acostar un poco. Estando en mi cuarto me liberé de todas las lágrimas que me había azotado.
Al despertarme y ver el reloj (las diez de la noche) fui a la cocina y vi a Soledad cocinando. Preparaba pollo al horno con papas. Le pregunté si había algún motivo aparte de la noticia de la tarde y su respuesta fue entre canto y risas “-El motivo de que le estoy preparando una cena a los dos hombres que más quiero”.
“Dos” ya no era el único, lamento ponerme tan asquerosamente sentimental, pero mi melancolía retornó y aunque sabía que éste día llegaría nunca creí que dolería tanto.
A la media hora después golpearon la puerta y fui a abrir, era Pablo. Lo hice pasar, pero lo hubiera dejado con gusto afuera, sólo que Soledad no me lo hubiera perdonado nunca … ¿Y qué no hace uno por sus hijos? …
Nos sentamos a la mesa y degustamos del pollo con papas que estaba riquísimo. Otra cosa que me enteré durante la cena fue que se irían en tan sólo dos meses. Sabía que no podía ocultar más la tristeza y me disculpé yendo al baño.
Ya había logrado calmarme y me lavé la cara, después salí al comedor y me gritaron desde el living, me acerqué y los vi acarameladitos sobre el sofá. La mesa había sido desalojada y adornada con un florero, así que no tuve otra que sentarme junto a ellos y poner esa sonrisa entre comprometida y falsa.
Pablo me empezó a hablar de fútbol y yo con mi bajo conocimiento traté de no quedar como un completo idiota. Soledad se levantó “-¡Voy al baño!” Yo en seguida pensé me dejo la “cancha” libre. “-Pablito … te llevas mi tesoro a Italia ¡cuídala, nene y hacela feliz! … me llego a enterar de algo que no me guste, te juro que me tomo el primer avión y te busco…” dije. “-Señor … ¿por qué no se viene con nosotros?” preguntó un poco nervioso.
Con el pibe estaba todo bien, no se parecía en nada a los noviecitos anteriores que tuvo, era serio no un tipo con traje y corbata sino que realmente serio, alguien de la planta, eso se veía. “-No … mihijo, yo tengo … no tengo nada ¿para qué mentirte? Pero mi vida es esto ¿entendes? Uruguay es mi lugar y me moriría si me fuese algún día de acá. Te agradezco tu invitación, Pablo” El guacho me sonrió asintiendo “-Le juro que la voy a cuidar”.
16
24 de Junio, 12:00.
Parado junto a mi nena en el aeropuerto de Carrasco y ese “ladrón” (su novio), esperando que los llamaran para embarcar.
Paula se apareció para despedirse de Soledad. Le dio un beso y un fuerte abrazo que duró unos instantes se fue media hora antes de que despegara el avión alegando que no soportaba las despedidas. Yo hubiese querido hacer lo mismo por miedo a que mis emociones me traicionaran, pero no tenía escapatoria y me quedé.
Soledad se levantó de la silla dejándome a cargo de un bolso de mano y un bolso deportivo de Pablo y se fueron los dos a hacer el “Check-in” con las cuatro valijas (sólo tres eran de Soledad).
Yo los observaba de lejos … La guacha logró metérseme dentro de lo que llaman corazón y mal que me pese (porque siempre creí ser invencible e insensible y que jamás necesitaría a nadie) ésa mujer logró romper la coraza e introducirse tan hondo en mi corazón que me hará extrañarla hasta el punto de volverme loco.
Me salte la despedida … fue muy duro. Bastará con contarles que lloré como sólo un bebé es capaz de hacerlo, ¡eso sí! cuando el avión despegó, logré mi propósito de no entristecerla con mis lágrimas.
Ya van cuatro meses y todavía espero verla entrar por la puerta.
Me llama cada dos días por teléfono y nos quedamos horas charlando como dos colegialas, ella siempre tiene más que contar; dice que está chocha, que le encanta el lugar, que la gente la recibe de puta madre y que me mandaría fotos ni bien pudiese.
Antes me hubiera alegrado de todo corazón, pero quién ama no me deja mentir y quién miente amando diciendo que no es verdad lo que voy a decir a continuación está mintiendo. Cuando me dio la noticia de la suerte que la acompañó en el viaje, sentí esa tristeza egoísta que forma parte del amor. Siempre con la esperanza abierta de que la nena volviera a papá.
Estaba durmiendo profundamente. La habitación estaba a oscuras, era Invierno y había un temporal de perros, llovía y el cielo estaba cubierto de nubes grises, pero yo en mi cama estaba calentito y confortable cuando de repente suena el teléfono haciéndome saltar del susto. Atendí prendiéndome la luz y sentándome un poco en la cama.
“-Ciao” dijo una voz que reconocí en seguida. “-Pero si acabo de atender” dije bromeando. “-Es un saludo, papá” dijo un poco ofendida. “-Ya sé, chiquita ¿Cómo estás?”. “-Bien ¿Te desperté?”. “-No , no te preocupes, chiquita” dije rápidamente. “-Upps … entonces sí lo hice, perdón, es que no calculo bien la diferencia de horas jeje y justo ahora cambiaron”. “-No importa, Soledad, estoy despierto”. “-Ta ¿Te llegó el paquete?” preguntó excitada. “-¿Qué paquete? Acá no llegó nada ¿no lo habrás mandado por el correo, no? Mira que esos …”- Sonó el timbre - …”Chiquita me esperas un segundo, es que tocaron a la puerta, bueno, no … mejor te vuelvo a llamar, bue … lo hago rápido, un segundo … “ Fui a ver quién era y me encontré Paula que sostenía una caja, me la entregó y me dijo que le diera saludos a Soledad y se fue. Con el paquete me fui nuevamente a la cama y agarré el tubo “-¿Es que acaso tienen walkitalki ustedes dos?”pregunté extrañado “-¡Abrilo!” me dijo emocionada.
Agarré un cúter y abrí la caja, saqué un sobre que contenía fotos del lugar, de ella, de ella con Pablo … se me cayeron las lágrimas y me perdí mirándola en las fotos, mientras que le decía lo que veía, ella me explicaba cada una de las fotos. La oí decir “-¡Seguí mirando dentro de la caja!” deje la pila de fotos sobre la cama y lo siguiente que extraje fueron unos escarpines , primero me quedé mudo y después le pregunté adivinando la respuesta y al decirme que estaba embarazada de dos meses la felicité. Soledad insistió en que siguiera mirando en la caja y saqué una fotocopia de un contrato de trabajo en un hospital de la capital y volví a felicitarla. Saqué un sobre (verde clarito) y de él extraje un montón de papeles escritos por su puño y letra, le dije que después las leería. Saqué otro sobre (violeta) que tenía un mechón de su cabellera en el interior y en el fondo de la caja encontré un libro que se titulaba “Tan profundos como son tus ojos … Son mis sentimientos por ti” debajo el nombre de la autora; Soledad Ibáñez. Me quedé sin aliento y emocionado le dije “-Te pusiste mi apellido” . “-No, el mío. Ibáñez es mi nombre artístico y Paladino el personal y privado por todo lo de los papeles”. “-Entiendo, que lindo che … ¿y cuándo lo escribiste?” Pregunté asombrado “-Estando acá lo combiné con cosas que escribí allá, hace dos meses lo envié a una editorial y tras dos semanas de desesperación me contestaron por fin, pero abrilo y lee el final del libro … la dedicatoria”
Abrí el libro y hojee hasta llegar al final, leí en voz alta algo que me obligó a quedarme sin palabras y a veces no poder leer las palabras por las lágrimas que me lo impedían.
“-Te lo dedico a vos, viejo. Vos que me permitiste acompañarte en un viaje que duró ocho años, llenos de preguntas que contestaste, llenos de miedos que enfrentaste y ahuyentaste. A vos que me protegiste y ayudaste a seguir mi camino. A vos por convertirte en “Mi propio milagro”* (…) Y a vos mamá por haber estado desde el comienzo y hasta el día de hoy siempre a mi lado”. Con besos y agradecimientos me despedí de ella.
Estaba en un bar sentado en una silla del fondo junto a los baños. Sobre la mesa había un libro (el de mi hija) que estaba terminando de leer, un vaso de vodka y una caja de puchos.
Terminé llorando la última frase, saqué un cigarro de la primer caja que compré tras tres meses de control involuntario, agarré el chesquero y encendiendo el faso lo posé sobre mis labios inhalando profundamente.
FIN.
*Poesía que le leí en el momento de devolverle los cuadernos.

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