domingo, 29 de junio de 2008

Gabriela y Alicia

Abril 2007

-Hola – dijo una voz grave y femenina.
Cuando me di la vuelta no podía creer que ese minón me estaba hablando a mí. Era alta, seductora, enormes ojos, una sonrisa que invitaba a sonreír, cinturita que lastimaba de lo delgada, pero unas curvas más perfectas que la de una guitarra, tenía el pelo oscuro como el carbón y labios carnosos. Yo … era todo lo contrario. Soy bajita, nada elegante, re torpe, tengo menos seducción que un pato, ojos medianos, una sonrisa que invita a escapar por la puerta de emergencia, mi cintura no es definida, tengo el pelo crespado y re teñido.
-¿Te comieron la lengua los ratones, linda? – preguntó la mujer.
Y yo de hecho lo creí porque no podía emitir palabra alguna.
-Disculpame, no te quería joder. Te vi acá sola y me dieron ganas de conocerte – su brazo se retiraba de la barra de mármol y yo en un impulso se la sostuve, evitando así su partida - … Ah … ¿sos tímida? – asentí con la cabeza - … No pasa nada, linda ¿queres tomar algo? – y yo asentí otra vez.
Nos levantamos, bue … yo sola, porque ella estaba parada ... ¡es el nerviosismo! Bueno, me levanté del banco y la acompañé a una mesa con dos sillas, le retiré la silla y la ayude a sentarse (al menos me salió ese gesto). Ella me miro asombrada y sonreía por el gesto como quien no estaba acostumbrada a vivirlos con frecuencia.
-¿Cómo te llamas? – Mirándome las manos le contesté “Gabriela” - …¡Qué lindo nombre!, yo me llamo Alicia y tengo treintaidos años – dijo sonriendo, pero su mirada me quedó preguntando “¿Y vos?”.
-¡Veintiséis! Tengo veintiséis años – contesté nerviosa.
-Aha ¿es la primera vez que venís a éste bar? – preguntó mirándome los labios – asentí y no sé porqué mis manos empezaron a temblar - … yo vengo todos los fines de semana, cuando no tengo trabajo, ¡viste! … No, no es lo que te estás imaginando, trabajo en una agencia de fotografía ¿Y vos? …
Su pregunta me sentó mal porque después de haber peleado toda la vida conmigo misma y con todo el que me hacía la misma pregunta, por fin llegué al punto dónde no me importaba lo que pensaran los demás, yo era la persona afectada por las decisiones que iba a tomar respecto a mi vida y no quería que nadie influenciara en mi futuro, pero muy pocos lo entendieron.
Pero ¡claro! Ahora no sabía qué responderle, porque si soy franca a la gente le gusta oír que estás haciendo carrera, diversos cursos, deporte, yoga, dieta, que trabajas y si te queda tiempo respiras y no sabía si ella esperaba lo mismo, por lo tanto opté por el recurso más usado; “el invento”.
-Estoy buscando unos cursos para hacer.
-¡Qué bien! ¿puedo preguntar por qué te inclinas? – preguntó-
-Mierda, ¡cagué! - pensé - … No estoy segura – dije finalmente.
-¿Te gusta la música? – me sorprendió el cambio de tema, pero pensé ¡Pucha! Ésta si que sabe hablar sin asfixiar y le contesté “me encanta” - … A mí me gusta el rock, blues, jazz, pero también el pop … oigo de todo un poco en definitiva – dijo sonriendo.
-A mí me gusta el folclore, también el rock, música latina, muchos estilos … - dije de repente.
-Bueno … ¡qué sorpresa! Te volvió el habla … y recién ahora me entero de que tenes una sonrisa preciosa – me puse colorada - … y tus ojos … son hermosos y … - se me acercaba cada vez más a mí.
-¡Tengo que ir al baño! - dije parándome nerviosa.
-¿Te acompaño? – ofreció amablemente y yo negué con la cabeza.
En la puerta del baño me tope con una rubia de minifalda , muy “sospechosa” y exageradamente maquillada.
-Hola, morocha ¿vamos? – dijo tocándome la cola
Asustada y completamente fuera de lugar dije - ¿A dónde?
-Atrás del bar y te hago lo que quieras, bueno y si pagas bien te dejo hacerme – empecé a sudar nerviosa, le dije que no y ella me contestó groseramente.
-Pero ¡anda! Patito feo ¿Qué te crees que sos? Si estás acá es para buscar eso ¿o es que te pensas topar con una princesa de cuento? Yo te ofrecía porque se ve que estás necesitada, pero sin pagar nadie se va a molestar por pasar unos momentos contigo … - en eso entró Alicia al baño y vio que la rubia me tenía contra la pared.
-¿Qué pasa acá? – preguntó.
-Con que … - se dio la vuelta y la vio - … ¿vos estás con ésta? – dijo señalándome.
Llegué a ver cómo Alicia le cerró la boca de un piñazo derribándola contra el piso, me quedé con los ojos como huevo duro, yo me apretaba contra la pared.
-Como la vuelvas a molestar, yegua, te bajo todos los dientes ¿Estamos? – amenazó Alicia.
La otra lloraba en el piso, el labio le sangraba y otra mujer se le había acercado cuando Alicia tomo distancia. Alicia caminó hacia mí y me agarró del brazo.
-¿Nos vamos, chiquita? – preguntó junto a mi oído y sentí.
Al salir del bar empezamos a caminar porque ninguna de las dos tenía plata para el ómnibus. Ella me preguntó si escribía y me dejó fría su pregunta ¿cómo era posible que lo supiera cuando nunca se lo había dicho a nadie? Me quedé con mi intriga y le respondí afirmativamente.
De repente la veo parar un ómnibus, no había ningún vehículo más en la calle, ni gente. Eran las cuatro de la mañana. Me llamó y la seguí, subimos y la oí hablar con el chofer.
-Dale, Pancho, déjame ésta vuelta, no tengo un mango y estoy re lejos de casa – dijo haciendo pucheros.
-Siempre con el mismo cuento vos, decir que las polleras siempre pudieron más que yo … ¡epa! ¿Y ella? – ella era yo.
-Es una amiga, déjala a ella también por fa, Pancho – dijo coqueteando.
-Bueno … pero sólo porque es una zona peligrosa – respondió el gordo.
Nos sentamos en la tercer fila y una señora mayor nos quedó mirando de costado. Alicia la vio y me agarró de la cintura y al oído me dijo que siguiera el juego, me besó el cuello lanzándole miradas atrevidas a la vieja y yo no sé cómo aguante para no reírme.
De repente la vieja empezó a pegar gritos.
-¡Qué desfachatez! Guarda … guarda – gritó - … éstas dos no pagaron y las deja viajar.
-Mire señora, no tengo que darle explicaciones, pero son mis sobrinas y yo pago por ellas ¿Tamos? – la vieja ofendida se calmó y miraba por la ventana.
Yo miré hacia atrás y sólo vi a un anciano sentado al final del ómnibus. Tenía una botella de alcohol en las manos, la cara parecía un mapa y la mirada triste como sumergida en viejos recuerdos.
-¿Tenes mascotas? – me preguntó de repente.
-Un gato gris ¿y vos? – pregunté mirándola.
-Es la primer pregunta que me haces … bue, algún interés sentís por mí – sonrió - … un pez, tiene una pecera para él solito, pero está triste – afirmó segura.
-¿Por qué no compras otro para hacerle compañía? – dije rascándome la rodilla.
-Compré varios, pero no hay remedio él siempre está apartado del resto y decidí regalar a los que había comprado y dejarlo nuevamente sólo en su entorno … Cuando lo compré, lo compré junto a una pececita que se llamaba Luz, él es Gerardo. Un día al volver del trabajo la encontré flotando en la superficie y desde entonces Gerardo no volvió a ser el mismo, no te voy a decir que ya no sonríe porque terminarías de tomarme por loca … pero estoy segura de que está triste – dijo mientras miraba las casas pasar.
-¡Ay qué historia más triste! – dije.
-¿Tenes alguna historia triste vos? – me preguntó mirándome a los ojos.
-Muchas, pero ninguna que quisiera recordar …
-¡Entiendo! – y por primera vez sentí que estaba frustrada.
-Cuando tenía doce años mi padre nos abandonó a mi madre y a mí, dejo una carta que mi madre siempre me negó ver con la excusa que sólo decía cosas entre ellos. No le importó que sintiera bronca hacia ella por no querer mostrarme la carta, creo que prefería cubrirlo porque aun lo quería … Cometió el error de no ocultar bien la carta y un día en que se fue a trabajar aproveché y busqué “la famosa carta” ¿Sabes qué decía? … Que los últimos años habían sido insoportables para él y que no se podía hacer más cargo de mí y por eso se iba, que de no haber existido “yo” todo sería como antes … Leí esa carta a los doce años, desequilibra un montón enterarte de algo así, ahora sólo me quedó el trauma. Bueno, esa es mi triste historia.
-Aha … yo también me crié con mi madre, no sé quién es mi padre, ni ella lo sabe. Mi vieja labura en la calle ¿entendes? Y nunca quiso tenerme, simplemente me educaba a palos y gritos. Varias veces sus clientes me violaban … yo tendría unos ocho años. Al cumplir los quince años me fui de casa y desde entonces trato de seguir.
No sabía qué decir y me quedé mirándola sin pronunciar palabras, hasta que logré decir ...
-¡Qué horrible!
-Sí, pero para mí la historia triste es la de mi Gerardo … ¡Pancho … Pancho, acá! – gritó parándose y tomándome de la mano.
Estábamos caminando por una zona que no conocía. Ella me seguía hablando con una confianza que me sorprendía, yo contestaba sus preguntas, hasta que llegamos frente a un edificio y ella frenó.
Abrió el portón y me invitó a pasar. Cuando entramos a su piso me condujo al living y ella desapareció yéndose a la cocina, a los segundos después se asomó con dos tasas de té.
-¿Con qué queres el té, Gabriela? – preguntó sacándome del silencio.
-Azúcar y un poco de limón por favor – contesté girándome hacia ella.
-Acá tenes el azúcar y el limón – dijo alcanzándome la fuente.
-Gracias – contesté mirando alrededor.
-¿No hay nadie además de tu gato que te esté esperando? – preguntó tapándose la cara con la tasa.
-No – dije notando cómo volvía la timidez.
Tomamos los tés en silencio, al terminar Alicia se levantó y puso música. Yo sentía que me había clavado a la silla, entonces ella se plantó frente a mí ofreciéndome la mano.
-¿Me concede éste baile, señorita? – me levanté y me rodeó con sus brazos empezando a bailar - … ¿Te gusta la música? – volví a asentir y me abrazó más fuerte, sentí cómo se me aceleraba el corazón y cuando empecé a tranquilizarme al notar que le canción terminaba, me dijo que se le había metido algo en el ojo, me acerque y me besó. Todavía puedo sentir sus labios fundiéndose con los míos, una cosa llevaba a la otra. Yo le desabotonaba la blusa y ella me bajaba las tiritas del vestido (…) Esa noche no la olvidaré jamás.
-Ya es de mañana, chiquita – dijo con su voz grave.
-¿Puedo quedarme un poco más? – preguntó tímidamente.
Su respuesta fue física y me hizo revivir todo lo de anoche, cada beso, cada caricia, … Parecía nuestro primer encuentro cubierto por miles de detalles, lo único que cambió fue el factor timidez que pasó a ser sólo un recuerdo y no una presencia física como ayer. Cada vez era diferente.
-¡Sos la primera mujer en mi vida! – le dije.
-¿Nunca antes …? – preguntó insinuando el resto de la frase.
-No, nunca – contesté con dolor en la mirada y la voz.
-¿Queres decir que …? – insistió.
-¡Eso mismo! – respondí con los ojos rojos.
-Yo te devolveré el tiempo perdido, chiquita – me dijo con dulzura besándome la frente.
-¡Ya lo hiciste, Alicia … ya lo hiciste! – dije sonriendo.

FIN.

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