domingo, 29 de junio de 2008

Antología de Carolina

Noviembre 2006
1

Las puertas que dan al balcón quedaron abiertas. El invierno entraba con todo su frío a la habitación. No había ningún pájaro dispuesto a arriesgar su garganta bajo la nieve. Los árboles estaban desnudos y cubiertos a la vez, de nieve. Y la dueña del dormitorio estaba parada y apoyada sobre la baranda del balcón.

Hace un rato sonó el teléfono (era una llamada del Dr. Lombardi, de la clínica San Gervasio) el doctor me decía con emoción en la voz que había esperanzas, cito textualmente aquí sus palabras –“Hay buenas noticias señorita Rieto … he analizado los últimos estudios que se hizo y existe, más bien estoy convencido de que puedo ayudarla … “
He pasado por tantas ayudas en estos últimos tres meses que ya no quiero exponerme más. Reconozco que bien en el fondo uno no deja de encender una llamita de esperanza, cuando la vida se le escapa entre las manos y le ofrecen una mentira.
Porque yo me voy a morir y no hay nada que se pueda hacer. A propósito tengo tuberculosis, cuando me enteré de mi enfermedad reaccioné positivamente, estaba llena de fuerza y convencida de que todo iría bien.
Ahora bien … cuatro tratamientos completamente diferentes me han destrozado por dentro y me demostraron que mi fuerza se agotó y que mi convencimiento sólo fue efecto del deseo de que las cosas terminaran bien.
No dejé que el Dr. Lombardi terminara de hablar, le dije “gracias” ya con la voz quebrada y le colgué. Desde esa llamada estoy acá parada sintiendo como el viento se cuela entre mi pelo, siento los copos de nieve caer sobre mis labios y mi piel, oigo el silencio de alrededor, no se oye ningún vehículo en la calle y tampoco cantan los pájaros.
Ahora Max me lame la mano (un golden retrivier que me regaló mi hermana hace tres años. Es un divino, a la mañana me alcanza las pantuflas, cuando se me cae algo en seguida siento su hocico rozando mi pierna y sostiene lo que se me cayó, es un faldero, no me deja ni a sol ni a sombra.
A propósito mi hermana …
-¿Qué haces ahí afuera con éste frío, Caro … estás loca? – gritó acercándose a mí.
Esa es mi hermana (se me adelantó a la presentación). Vivo con ella desde que mi madre muriera en el parto de Antonio. Toni vive en Europa. Pero volviendo a Laura (mi hermana) ella es la mayor de los ocho y yo soy la menor de las mujeres, mis otras hermanas se llaman; Mariana, Violeta, María Antonieta, Cecilia y Ana Clara, Antonio es el único varón y el más chico de todos. Mi padre nos abandonó al morir mi madre.
Como antes decía Laura es la mayor y para mí fue una madre. Es un sol, siempre está de buen humor y si llega a suceder que el buen humor la abandona es reemplazado por la tristeza, nunca le note mal humor o agresividad y eso que es la que me banca día y noche.
Oye cada uno de mis ataques, me cuida como si fuera un bebé. La oigo llorar con el alma cuando empapo con sangre los pañuelos al toser, ella siempre me los quita rápidamente, pero huelo la sangre, no se lo digo para que no se sienta peor.
-Caro ¿por qué no me hablas? Tenes que volver a la cama, mi amor. Hace un frío tremendo y estás congelada ¡ toma! … ponete esto sobre los hombros … ay nena – dijo tapándome.
-Estoy bien, Lau – le respondí sonriendo.
-Me alegro, pero ahora volves a la cama – dijo llevándome.
-Quiero darme una ducha primero – contesté al darme la vuelta.
Mi hermana me busco la ropa y me preparó el baño; puso toallas en el piso, para que no pisara el frío suelo. También prendió la calefacción y llenó la bañera. ¿No les digo que me trata como a un bebé? …
Media hora más tarde ya estaba vestida y arreglada (nuevamente por mi hermana; me puse un vaquero, una polera violeta y arriba el buzo de lana marrón (que me regaló mi hermano Toni al venir de visita) Laura insistió en maquillarme y me peinó.)
-¿En serio estás bien, Caro? – me preguntó preocupada.
-Sí ¿por qué me lo preguntas? – dije agarrándole la mano y pasándola por mi cara.
-Es que estabas tan desabrigada chupando toda esa helada de la mañana y … - se le ahogaron las palabras y me di cuenta de que reprimís lágrimas.
-Che flaca, estoy bien … te lo digo en serio. Perdóname por asustarte, no fue mi intensión es que me bloquee después de la llamada y no pensé en el frío …
-¿Qué llamada? No oí sonar al teléfono – preguntó con la voz tensa.
-Era del hospital … - continué.
-¿Qué paso? – preguntó ansiosa.
-Nada, ¡tranquila! Era el Dr. Lombardi nada más – respondí.
-Pero ¿por qué llamó? – insistió ella sacudiendo delicadamente mi mano.
-No importa … - dije yo pasando mi mano por mi cuello.
-¿Cómo que no importa …? A mí sí me importa ¿qué te dijo, Caro?
-Que hay esperanzas con un nuevo tratamiento … no, no hagas eso, Lau – dije dándome la vuelta.
-¿Qué no haga el qué? – me preguntó haciéndose la distraída.
-Sé que te estás haciendo ilusiones, Lau, pero no me someteré nuevamente a un intento de mejoría … - respondí tocando el borde de mi cama.
-¡Caro! – dijo sorprendida y sin voz.
-Estoy cansada, Laura – contesté sentándome en la cama.
-Entonces te dejo descansar … - respondió esquivando mis palabras.
-No te auto engañes, Lau, no puedo más … vos no sabes lo que es vivir con esto …
-Pero Caro … - insistió.
-Sé todo lo que haces por mí, como abandonas lo que te gusta sólo para …
-Si no lo hago por vos no me podría mirar al espejo … ¡Caro! Sos la persona a quien más quiero en este mundo … no se lo digas a los demás que se van a poner celosos … no llores, chiquita, me parte el alma verte así – dijo abrazándome.
-No me pidas que vuelva a intentar un tratamiento … - dije apoyada en su pecho.
-Pero … - dijo acariciándome el pelo.
-Seguí pidiéndomelo, pero mi respuesta seguirá siendo la misma – dijo apartándome.
-El Dr. Lombardi te dijo que hay esperanzas …
-Igual que con los otros tres tratamientos anteriores y mira como estoy – dije interrumpiéndola.
-¡Viva! … estás viva, Caro – dijo tratando de convencerme.
-No por mucho tiempo más y lo sabes, no habrá tratamiento capaz de devolverme la salud, no creas que no soñé salir de esta pesadilla, pero finalmente desperté, Lau y ya no quiero pasar lo que me queda de vida postrada en una cama para que anden experimentando en mí – contesté seria.
Así concluyó mi conversación con mi hermana, bueno … claro que ella no dio el brazo a torcer (esa testarudez la saque de ella, sin ninguna duda) mientras que ella me mencionaba su lista de motivos yo me quedé dormida.
Al paso de dos horas siento mi mano húmeda porque Max me lamía para despertarme y sacarlo a pasear. Me levantó y sin siquiera abrir del todo los ojos siento la frazada celeste sobre las piernas (seguro que Laura me tapó al quedarme dormida).
Agarre la correa y mi mochila y fui al comedor, cuando iba a agarrar mi campera siento a Laura dármela. Le sonreí y llamé a Max.
-No vuelvas tarde por favor, pero si lo haces llámame, no voy a salir así que podes llamar a cualquier hora … Cuídate, negrita – dijo dándome un beso.
Caminé durante una hora por el parque con Max, él siempre va delante marcando el camino, yo digo que es quién dirige la batuta en ésta relación. Lo llevo de la correa porque me dijeron que era mejor, pero a él no le hace falta, siempre está junto a mí y nunca se me escapó.
A veces voy con él a la playa en invierno porque no hay tanta gente y lo suelto, pero hasta el día de hoy jamás se alejó de mí más que para buscar un palo o pelota que yo le haya tirado.

Como estaba un poco agotada de tanto caminar fui a un bar, perdón “fuimos” que acá mi amigo me corrigió con un par de ladridos. El caso es que me tomé un café y le pedí un tacho con agua al camarero. Me acuerdo de la primera vez que fui al bar y se lo pedí pensó que lo estaba cargando. El bar y el hombre que siempre nos atiende se llama “Pietro”. Ahora nos toma en serio a Max y a mí. Siempre le quise pagar por el tacho que le da a Max, pero él insiste que no hace falta.
Claro que ahora deben pensar que estoy loca, pero che … primero tengo que decirles que Max es más humano ¿qué digo humano? … se trata de elogiarlo y no tirarlo abajo, empiezo de nuevo; Max tiene más conciencia que mucha gente, segundo es mi amigo y tercero que me puedo dar el lujo y lo digo con mayúscula de estar LOCA y viéndolo desde mi perspectiva … es una lástima que el mundo no esté loco, se dice estarlo cuando calcula cada paso fríamente sin importarle las consecuencias de sus actos, matando, prostituyendo, robando, mintiendo … si eso es lo que significa LOCURA para vos, manteneme bien lejos de toda esa mierda.
Bueno … Max se alejó del tacho acercándose a mis pies y según los gritos de soslayo de Pietro no se bebió toda el agua …
-Ay cane, no te tomaste toda el agua y eso que es la mejor agua de la zona.
-¿Cuánto le debo, Pietro? – pregunté levantándome.
-A una ragazza tan bella como es usted, señorita, la invito yo ésta tarde – dijo dulcemente.
Iba a objetar algo, pero él en seguida me ayudó a llegar a la salida y me ordenó de enviarle saludos a Laura.
Al llegar a casa, metí las llaves en la cerradura y “vualá” … la puerta que se abría sin yo si quiera girarla y una voz que decía …
-Ay qué suerte que volviste temprano, negrita, estoy preparando la cena, espero que vengas con hambre – era mi hermana que me sacó la campera y le sacó la correa a Max.
Asentí con la cabeza y me marché al baño, me puse algo más cómodo y me uní a Laura que mientras cocinaba oía música por la radio.

Pasaron varios días en los que me sentía horrible, ninguna de las drogas que tenía me ayudaban a aliviar el dolor. Tanto es así que en uno de mis ataques Laura me llevó a la clínica de San Gervasio y acá estoy desde entonces.
Esto fue hace dos días, supuestamente a la tarde el Dr. Lombardi iba a firmar mi alta. Ahora me siento mejor en serio, no lo digo así no más. Claro que no me siento con ánimos de correr un maratón, pero quien en mi estado lo estaría. Sólo quiero irme de éste lugar que me aterra. Es horrible caminar por éstos pasillos que están colmados de dolor y esperanzas que dejaron de serlas en el momento de tenerlas.
Laura no se despegó de mi lado, pero a quien extraño en éste momento es a Max. Pobrecito! Todo solito en casa. Lau me dice que la vecina lo está cuidando, pero no creo que lo saca a pasear tanto como él lo necesita. Estoy segura de que lo saca menos de tres minutos al día. Mi hermana dice que lo saca más seguido, pero sólo me lo dice para tranquilizarme.
Eran las nueve de la noche Lau me leía uno de los cuentos que había escrito. (No les conté … Laura es escritora de cuentos infantiles, tiene cosas muy lindas y siempre antes de publicarlos me los lee a mí). Estando por la mitad del cuento golpearon la puerta.
-Buenas noches, señoritas … disculpe mi interrupción, señorita Laura – dijo el Dr. Lombardi.
-Ay doctor, no pasa nada y dígame sólo Laura, Dr. Lombardi – dijo mi hermana.
-Y usted llámeme Gastón por favor … y usted señorita Carolina ¿cómo se encuentra? – preguntó acordándose de mí.
Yo obviamente no le di esa libertad, él siguió diciéndome señorita y yo le decía Dr. Lombardi. No hay que ser un genio para darse cuenta de que él estaba loco por mi hermana y viceversa, a pesar de lo puritana que era no podía ocultar de mí sus deseos guardaditos.
No existía el día en el que ella no me hablara de todo lo que él hacía por mí al verlo, en seguida pulía el buen hombre que había en él, subrayaba que era una persona con la que podías hablar de todo y siempre que lo hacía se reía nerviosa. Pero bue … me fui de tema, volvamos …
-Estoy bien, Dr. Lombardi, ardo en deseos de irme a mi casa ¿me puede dar el alta? – pregunté
-Es un buen síntoma el que se quiera ir, señorita y justamente vine para llevarla a casa. … Lo lamento porque no nos vamos a ver tan seguido, … Laura.
-Si quieren me provoco otro ataque y así podrían seguir viéndose … - dijo respondiéndole.
-Ay no, negrita … ¿cómo decís eso? – dijo angustiada mi hermana.
-Perdón, no lo quise decir de esa manera, no era lo que pretendía … - dijo disculpándose.
-No pasa nada … estaba bromeando – dije para calmarlos.
Esa manera canchera en que tienen a veces las personas para demostrarse afecto … “no nos vamos a ver tan seguido” ¿Qué tan seguido ni ocho cuartos? Si estuve sólo internada dos, tres días. La gente delira cuando anda con pájaros en la cabeza.
El Doctor me trajo una silla de ruedas en la que me sentaron, mi hermana me empujaba hasta la salida y al sentir el viento en mi cara, oí a Laura llamar un taxi y el Dr. Lombardi le dijo que siguiera nomás.
-Le dije que yo las llevaría, Laura – dijo galante.
-Ay doctor … - dijo con pudor.
-¡Gastón! – corrigió.
-Gastón … seguramente lo van a necesitar acá – respondió.
-Me gusta que sea directa, si no quieren que las acompañe llamo a otro taxi …
-Ay no, doc … digo Gastón, como va a pensar que … - dijo riendo nerviosa.
Y así siguieron cinco minutos, confieso que fueron un poco melosos- Parecía que no se daban cuenta de que estaba presente, pero guardé silencio porque nunca le había oído una risa tan franca y alegre a Lau. En silencio me reía de esos dos, ser cómplice no es lo mismo que vivirlo uno mismo. No sé explicarlo, ella me crió como a una hija y me alegraba de oírla reír.
Conclusión del día … el Dr. Lombardi nos llevó en su auto y al llegar mi hermana lo invito a tomar un café que él aceptó y yo “viendo” que era la quinta rueda del carro dije que preferiría recostarme. Laura en seguida me siguió al cuarto dejándolo sólo en el living. Pobre se perdió de toda señal en la vida, no había entendido de que le estaba haciendo la pata al dejarlos solos.
-¿Te duele algo, negrita? – me preguntó cerrando la puerta.
-No, sólo me quería recostar un poco … volvé con el doctor que se quedó sólo – dije.
-No puedo – me confesó nerviosa.
-¿Por qué no? – pregunté conociéndola.
-Porque está sólo – dijo susurrando.
-¿Me estás jodiendo, no? – dije.
-No, en serio está sólo – me dijo tomándome por idiota.
-¡Laura! … me vine para dejarlos solos, sentí que había onda, así que desaparecí …
-Ay negrita ¿cómo va a decir eso? – dijo tapándose la boca.
-¿No te gusta, Lau? – pregunté pensando que había interpretado mal.
-Mmm … un poquito – dijo casi inaudible.
-¿Entonces …? – insistí.
-Es que hace mucho que no estaba sola con un hombre … - dijo agarrándome del buzo.
-Bueno va siendo hora de que salgas al comedor entonces … - dije.
-¡Caro! – dijo en un grito de escándalo.
-Sabes lo que quiero decir, Lau, así que salí y charla, nadie te pide que hagas algo que no queras, pasalo bien, mujer, no dejes más colgado a ese pobre tipo en el comedor.
-Bueno, pero la hago cortita – respondió.
-Como quieras. Bueno y ahora afuera que quiero dormir … y otra cosa …
Laura ya había abierto la puerta y sus pasos se alejaban cuando frenó en seco y dijo …
-¿Qué cosa, negrita?
-Ponele aceite a la cama así no chilla y puedo dormir – dije sonriendo.
Sentí un ahogó en su voz y mientras que yo llamaba a Max, ella se fue.
El perro me lamió la cara y me dormí con él a mi lado.

A la mañana siguiente me desperté y a mi menor movimiento siento que el enorme felpudo que dormía sobre mi pierna derecha se despierta y empieza a ladrar. Me quedé un rato con él, acariciándolo.
Al levantarme tenía las pantuflas casi puestas, gracias a él. Salí de mi cuarto y entre al cuarto de Laura prácticamente gritando …
-¡Buenos días! – oí un golpe en seco y después una voz dormida que decía …
-Oh … señorita Carolina … - era la voz de Lombardi. Parece que Lau me tomó al pie de la letra lo de “pasala bien”.
-Disculpen, no sabía que aún dormían – dije disimuladamente, sabiendo que mi hermana se moría de la vergüenza, salí y cerré la puerta.
Me fui con Max a la cocina y me serví un poco de jugo. Encendí la radio y salí al balcón sentándome en una silla de jardín, cerré los ojos y sentí la fresca brisa en el rostro.
-¿Caro? – dijo desde atrás mi hermana, estaba nerviosa.
-Estoy acá en el balcón, Lau – grité desde afuera.
-Hola, negrita … por lo de recién … - dijo tartamudeando.
-No tenés que explicarme nada, Lau – le aclaré.
-Pero … - insistió.
-Che tonta … me alegro por vos – dije sonriendo - … ¿cómo fue?
-Creo que bien – contestó.
-¿No lo sabes? – le pregunté.
-Ay Caro sabes que no me gusta hablar de esas cosas – dijo bajito.
-¿Lo queres? – insistí.
-Creo que si – respondió.
-Me encanta tu seguridad de las cosas – dije bromeando.
-Sí, lo quiero … - confesó finalmente.
-¿Tanto cómo él a vos? – dije girándome hacía ella.
-¿Cómo sabes que me quiere? – dijo sorprendida y asombrada.
-Soy menor que vos, no idiota. Oigo cómo te habla, eso se siente, Lau.
-Entonces ¿te parece bien que salgamos él y yo? – me preguntó.
-Primero que sí, segundo que si estaría en desacuerdo no soy nadie para decidir sobre tu vida y otra cosa … mientras no me pidan un triángulo amoroso está todo bien – respondí.
-Ay Caro, las cosas que decís.
-Bueno … ya que insistís, llegada la ocasión me lo pensaré otra vez – dije riendo.
En eso oí los pasos de un hombre, era el Dr. Lombardi.
-Buenas ¿de qué ríen? – preguntó.
-De tonterías – dije levantándome de la silla.
-Perdóname por lo de recién … - dijo él.
-Tranquilo … no vi nada – contesté riendo.
-Bueno … entonces me retiro, tengo que ir a la clínica – dijo avergonzado.
-¿Le parece bien que le diga Lombardi, doctor? - pregunté.
-Sí, sí … también me puede llamar Gastón – dijo nervioso.
-Prefiero Lombardi – dije sonriendo.
-Bueno – respondió entrecortado.
-Me puede llamar Caro, ahora que es mi cuñado.
-Tranquilo, Gastón, ella siempre es así. Veni que te acompaño a la puerta – dijo Laura.
-Chau …Caro – dijo él.
-Adiós, Lombardi – contesté.
Me quedé sola por un momento y de repente siento la voz de Laura que me recriminaba haberlo puesto colorado al doctor. Tengo que decir que soy inocente porque no “vi” su estado, de haber sido diferente me hubiera callado inmediatamente. Bue … quizás un poquito.
A la tarde salí a dar un paseo con Max, (como a la mañana lo había sacado Laura porque no me sentía bien, pero como ya estoy con “fuerzas” otra vez) le puse la correa, agarré mi campera y me despedí de mi hermana.
Estábamos caminando hasta que de repente Max frenó de golpe, lo sentí aullar y no sabía qué hacer, me agaché junto a él y lo acariciaba. Sentí la voz de un muchacho acercarse.
-¿Puedo ayudarle, señorita? – dijo con voz grave.
-Sí, mi perro se queja demasiado, creo que se lastimó … ¿ve algo? – pregunté desesperada.
-Tranquila … estoy viendo que se pinchó la pata con algo y le sangra bastante … ¡hay que llevarlo a un veterinario! – dijo sereno, pero recalcó como algo preocupante lo de ir al veterinario.
-¿Puede andar? – pregunté asustada al darme cuenta de que no podía ayudarlo.
-Creo que no – contestó con piedad.
-¿Puede …? – pregunté y me corté.
-¡Quédese junto a él!, voy a parar un taxi – dijo alejándose.
-Gracias – contesté temblando - … sh … tranquilo, mi amor, ahora vamos a curarte.
Oía cómo Max se lamentaba con chillidos de cachorro y me corrían las lágrimas por la cara.
La desesperación me llevó a pensar que el chico se había ido, empecé a llamar alrededor a la gente, pero nadie me hacía caso.
-Señorita, soy el muchacho de recién, encontré un taxi vacío – dijo el hombre de la voz grave.
-Ay gracias, pensé que se había ido – dije temblando.
-Permítame ayudarla – dijo ayudándome a pararme - … ¿no muerde, no, si lo levanto?
-Gracias … no, no muerde – dije sin saber que estaba pasando.
Tras unos segundos sentí que me agarraban del brazo.
-Soy yo, señorita – dijo la voz grave.
-¿Dónde está mi perro? – dije llorando.
-Tranquila, acompáñeme al taxi … él ya está dentro, venga por acá … - dijo llevándome.
-Gracias – dije secándome las lágrimas caídas.
-No hay porque … - me ayudó a subir al auto y sentí que le dijo al chofer - … ¡Llévelos a un veterinario cerca de acá!
-Señor le dije que no transporto animales – protestó.
-Por favor, señor mi perro está lastimado – dije dándome cuenta de que me iba a echar.
-Lo lamento, pero no permito perros en mi taxi – contestó.
De repente sentí que se abría una puerta y tras moverse el auto como que alguien se hubiera subido oí que la puerta volvía a cerrarse. El auto se puso en marcha y al llegar a destino …
-Llegamos … señorita puede bajar no viene nada de su lado – dijo el hombre asustado.
Le agradecí por haberme llevado y bajé del auto, sentí la voz del muchacho que me dijo que subiera a la vereda (me indicó el camino) que él se ocuparía de Max.
De repente sentí al muchacho junto a mí que me decía que lo agarrara del brazo porque él estaba llevando al perro en brazos y si no no me podía ayudar.
Al entrar a la consulta nos atiende una chica que nos hizo pasar a otro ambiente y le dijo al muchacho que dejara a Max sobre la mesa. Yo solté el brazo del muchacho y me quedé parada, pero sentí nervioso e inquieto a Max y pregunté dónde estaba la mesa donde lo habían depositado y me acercaron a él. Ni bien sentí su pelo le agarré la cabeza oí como se tranquilizaba.
El veterinario me decía cada paso que le estaban haciendo. La herida se había infectado un poco y me dio un frasquito con desinfectante que debía ponerle durante tres o cuatro días. Dijo que lo mejor sería vendarle la pata, para que no se le volviera a infectar. Cuando terminó de tratarlo le pregunté cuanto era y saqué de mi mochila un billete de cien pesos, me dio el cambio exacto y agradecí infinitamente por lo que había hecho.
-¿Le llamo un taxi, señorita? – preguntó la misma chica que nos atendió. Creo que tiene menos de veinticinco años a deducir por su voz.
-¿No sabe si sigue afuera el que me trajo? – pregunté.
-No, señorita, se fue en seguida.
-Llame uno por favor – dijo la voz grave.
-En seguida – contestó la chica.
-No sabía que seguía acá … quería agradecerle, señor – dije girándome hacia él.
-No hay de qué, no quería molestar … ¿cómo sigue el cachorro? – preguntó.
-Él está bien ahora, gracias … gracias, no sé qué hubiera hecho … - dije tragándome las palabras.
-Me alegro de que esté mejor y de que todo haya salido bien – dijo amablemente.
-¿Puedo preguntarle algo? – dije.
-Claro, pero ¿puedo empezar? – dijo él.
-¿Cómo? – pregunté sorprendida.
-Si puedo hacerle una pregunta …
-Sí, claro – dije sonriendo.
-¿Cómo se llama? – preguntó.
-Carolina – dije tapándome la boca - … me había olvidado de presentarme con todo lo que pasó.
-No pasa nada, es un nombre hermoso … yo me llamo Oliver ¿Qué me quería preguntar?
-Es lindo también su nombre … me olvidé de lo que le … ¿podemos dejar el formalismo?
-Si, por favor - dijo riendo.
-No sé qué te iba a preguntar – dije sonriendo.
-Señorita, el taxi ya está en la puerta – dijo la muchacha.
-Gracias – dije levantándome y junto a mí sentí a Oliver diciendo …
-Yo lo llevó, no puede caminar muy bien aun, agárrate de mi brazo.
-Gracias – dije sonriendo.
El veterinario dijo que ya podía caminar, pero si lo hacía por voluntad propia. No sé si Max tuvo la iniciativa de caminar, pero dejé que Oliver lo llevara en brazos por lo bien que se había portado con nosotros y también por no querer reconocer que no reconocía el camino.
-Carolina, tu perro ya está dentro del auto – me dijo tomándome de la mano.
-Che usted! Acá no entran bichos – gritaba la voz de un hombre desde dentro de un auto.
-Sentate junto al perro, Caro – dijo abriéndome la puerta y ayudándome a sentarme.
-Señorita le voy a pedir que … - otra vez sentí la puerta de adelante (acompañante) abrirse y el auto moverse tras volver a cerrarse y en ese momento se me ocurrió lo que le iba a preguntar antes estando dentro a la consulta.
-Y yo … que arranque el motor! – dijo Oliver.
De repente el auto arrancó y oí a Oliver preguntarme por la dirección.
Al llegar bajamos del taxi, Oliver llevaba a Max y al decirme que estábamos frente a la Farmacia Palacios me ubiqué en seguida y lo conduje yo.
Mientras caminábamos le formulé la pregunta que había recordado en el auto y me respondió que no había hecho nada.
Ya estábamos dentro del edificio y esperábamos el ascensor. Estando frente a la puerta de casa, toqué el timbre y sentí una voz histérica que parecía desmayarse al verme, de repente su llanto cesó, era Laura.
-Estoy bien, Lau … ¡Oliver … pasa por favor! … Lau, él es Oliver, me ayudó a llevar a Max al veterinario … ella es mi hermana, Oliver – dije presentándolos.
-Aha, muchas gracias – dijo cortante.
-¿Qué te pasa, Lau? No me crees que estoy bien eh … perdona por la demora, pero se me fue la hora por preocuparme de Max.
-No pasa nada … ¿qué le pasó a Max? – preguntó.
-Ahora está mejor, se clavó algo en la pata y justo pasaba Oliver …
-Bueno … para no faltar a la verdad, yo estaba del otro lado de la calle yendo a otra dirección cuando te vi, Carolina – dijo él.
-Ah ¿sí? … bueno, se acercó y me llevo en un taxi a un veterinario y una vez allá nos atendió un tipo que lo desinfectó y me dio esto … - dije sacando el frasco de la mochila, que me dio el veterinario - … hay que vendarlo y ponerle esto durante tres o cuatro días.
-Está bien, negrita – me dijo.
-Mejor me voy y las dejo solas – me dijo bajito Oliver al oído.
-Por favor Oliver quédate un poquito más – le dije agarrándole del brazo.
-Caro ¿te puedo hablar en la cocina? – me dijo Laura de una manera que me cayó mal, porque no hay nada más despectivo que estar frente a otros y pedir hablar con uno solo, poniendo en evidencia un hecho.
Pensé que me iba a decir que Lombardi pasaría en cualquier momento y yo que sé … que iba a enredar algo por ahí, pero nada que ver.
-Discúlpame, Oliver, quédate un segundito con Max que ya volvemos – dije tratando de parecer cordial a pesar de mi nerviosismo por la situación que había creado Laura.
-No se preocupen … - respondió amablemente.
Laura me tomo del brazo y me llevo a la cocina, y para los decibelios que usó no hacía ni falta habernos alejado del comedor (donde quedó Oliver).
-¿Cómo vas a traer a un tipejo que ni conoces a tu casa, Carolina? Además de las horas en que te apareciste … Estaba nerviosa, muerta de miedo al no saber dónde te habías metido y encima cuando apareces venís con un negro de dos metros … ¡anda a saber quién es!
-Ya te pedí perdón por la hora y te expliqué cómo lo había conocido y no quiero oírte más – respondí volviendo al comedor - ... ¡Oliver! – llamé.
-¡Carolina! – gritó mi hermana desde atrás y al ver a Oliver (seguramente) calló.
-Perdone si la molesté, señora, le juro que ni toqué a su hija … chau Carolina – dijo besándome la mano.
Laura no le contestó e intuí que se había marchado.
-¿Estás contenta ahora? Ya se fue y vas a poder descansar en paz – dije enojada yéndome .
Me fui a mi cuarto y al sentir a Max adentro me encerré. Caminé hacia la ventana y sentí las lágrimas rodar por mis mejillas, de repente Max empezó a ladrar y sin pensarlo grité …
-¡Oliver … Oliver! – esperando alguna respuesta.
-¡Sí! soy yo, Carolina – contestó la voz grave.
-Perdona a mi hermana, no es siempre así, no sé qué bicho la pico – dije sin saber por qué.
-No pasa nada, reina, la gente se acostumbra. Cuídate y cuida al cachorro …
-Pará! … mañana voy a la plaza que está frente al bar de Pietro, a unas cinco cuadras de acá ¿lo conoces? … Anda por favor. Yo voy a las tres de la tarde y te voy a estar esperando ¿sí?... ¿sí?
-Está bien, sé dónde queda … Mañana nos vemos, Carolina. Chau – dijo finalmente.
Cerré la ventana y con una sonrisa me fui a duchar, después me acosté. Sentí que golpeaban la puerta y al asomar la cabeza sentí la voz de Laura que se sentó en la cama.
-Te oí hablar con ése …
-¡Oliver! …, Laura. Se llama Oliver – recalqué aunque ella lo sabía.
-Siento haber dicho lo de antes, no tengo nada en contra de ese muchacho, pero entre en pánico al ver que no volvías y cuando te apareciste te acompañaba e … Oliver y me imaginé cualquier cosa – dijo arrepentida.
-Puedo entender tu preocupación, pero no tu prejuicio – contesté tan fría como ella me habló.
-¿No me vas a perdonar? – me preguntó haciéndose la víctima.
-¿Qué … así de fácil … queres que olvide el hecho de que trataste mal a quien me ayudó cuando todos TODOS pasaban a mi lado y ni siquiera se fijaron en que pedía ayuda, ¡fue el único que se ofreció a ayudarme, Laura! No sabes cómo me sentía al oír llorar a Max y no poder hacer nada … y ahora vos con un perdón tratas de arreglarlo todo – respondí.
-Sé que hice mal, negrita … déjame acompañarte mañana y pedirle perdón en persona
-Si vas para eso sí – dije sin querer contestarle.
-Bueno … ¿no queres comer algo? – negué con la cabeza - … bueno, trata de dormir, buenas noches, negrita, hasta mañana – dijo alejándose.

2

Eran las dos y media y ya había salido camino a la plaza. Me acompañaban Max y Laura. Al llegar me senté en un banco verde que había en la plaza.
Laura se fue a tomar un café en el bar de Pietro desde donde me veía y antes de irse me había dicho <>
A las tres en punto tras tantear mi reloj siento la mano de alguien sobre mi hombro y en seguida reconocí su voz.
-Parece que a ninguno le gusta el retraso … ¿puedo sentarme? – dijo con voz grave.
-¡Oliver … viniste! – dije sonriendo.
-La palabra la doy para cumplirla, reina – dijo sentándose junto a mí.
-Me alegro de que estés acá … mi hermana está en el bar de Pietro …
-¿Cómo? – dijo levantándose. Lo noté porque su voz se alejaba.
-Tranquilo, vino para pedirte perdón – contesté agarrándolo de la mano.
-Hola, Oliver – dijo Laura agitada.
-Hola, señora – contestó desganado.
-Quería pedirte perdón por la estupidez que dije ayer, es que me volví loca al no saber de Caro y sé que no tengo excusas … perdón – dijo mi hermana.
-No hace falta que me de explicaciones, señora – contestó él.
-Sí que lo hace y te pido perdón, Oliver – dijo en tono amigable.
-No pasa nada – contestó Oliver.
-Sólo fueron estupideces lo que dije y nada lo justifica – dio ella arrepentida.
-Bue … tanta estupidez tampoco … soy un negro de casi dos metros – contestó riendo.
-Ay perdón … tenes el humor de Caro eh – dijo tapándose la boca.
-¿Ah sí … y cuál es ese? – pregunté.
-Bueno mejor los dejo, me voy a hacer mis cosas, así pueden charlar tranquilos, chau …
Dimos un par de vueltas por la plaza. Oliver me contaba todas las cosas que veía, como empezaban a haber brotes en los árboles y yo le contaba de las cosas que oía y a las que él no prestaba atención por tener el don de la vista. Me habló de lo profundamente azul que se veía el cielo.
-¿Qué edad tenes, Oliver? – pregunté frenándome junto a un árbol.
-¿Cuántos crees que tengo? – me dijo desafiante.
-¿Te puedo tocar la cara? – volví a preguntar.
-¡Adelante! – dijo sentándonos en un banco (porque no llegaba antes, mido 1.60 y él 1.80) me agarró las manos y las posó sobre su cara. Yo deslice mis dedos rozándole la piel.
-¿Alrededor de veinticinco años? – respondí preguntando.
-Co … co … Sí, exactamente veinticinco. Me dejaste de piedra che – contestó.
-No es nada sensacional, después de haber vivido toda la vida así le sacas la vuelta, para mi es normal no ver lo mismo que para vos es ver.
-Claro … ¿y vos que edad tenes? Pará … a ver si me sale a mí … diría dieciocho ¿correcto?
-Bueno los dieciocho los tengo más otros tres – dije sonriendo.
-Mira vos – dijo sorprendido.
-Así que tengo cara de dieciocho eh – dije sonriendo.
-Tu nariz es diminuta, tus ojos grandes le dan un aspecto de muñeca de porcelana a tu cara, tu piel parece no haber sufrido nunca una erupción …
-Aha, nunca me habían dado esa descripción … ¡me gusta el helado de limón! – afirmé.
-¿Supiste que estábamos frente a la heladería sólo por el olor?
-Por eso y porque conozco éste barrio como la palma de mi mano – contesté.
-Bueno … quería ser el caballero y preguntarte qué gusto querías, pero me ganaste de mano … Esperame un segundo que ya vuelvo.
-Ta – dije oyendo cómo sus pasos se alejaban.
Me quedé esperando con Max, parados junto a la sombra de un sauce. De repente sentí que me agarraban la mano y me daban un cucurucho.
Empezamos a caminar y le pedí probar su helado; era de frutilla y chocolate.
Charlamos durante horas hasta que uno de mis benditos ataques se presentó.
Como llevaba un pañuelo en el bolsillo me lo lleve en seguida a la boca y él ¡pobre! Al no saber nada de mi tuberculosis se puso re nervioso y trataba de calmarme con palabras, hasta quiso llamar a una ambulancia, me decía que tratara de respirar profundo <>, pero bueno … vuelvo a la historia. Al lograr controlarme, él de repente se calló y yo olí la sangre cayendo en la cuenta. Apreté el pañuelo.
-Oliver … Oliver – dije llamándolo.
-Acá estoy … tu pañuelo tiene sangre, reina, te acompaño a casa – dijo agarrándome de la cintura.
-¡No! – dije negándome.
-Pero tenes que ver un médico – insistió.
-No hace falta, Oliver, ya sé lo que tengo y quiero quedarme …
-Pero … ¿qué es lo que tenés? Carolina … ¡contame! – dijo con voz dulce.
-¡Tuberculosis! – contesté con voz apagada queriendo ocultar las lágrimas.
-¿No es …? – empezó a formular él.
-¿Contagioso? ¡Sí, puede serlo! – contesté mirando a otra parte.
-En verdad quería preguntar si esa enfermedad es mortal – dijo acercándose más.
-Ah … eso, sí también lo es. Pero a veces hay cura. Además de morir me condena a pasar mis últimos días sola, linda justicia para alguien que ni siquiera vivió lo suficiente como para cagarle la vida a alguien y tener que pagarlo tan caro, ¿no? – dije recelosa.
-Gracias por lo que me toca a mí, pensé que te gustaba charlar conmigo – me dijo.
-Claro que me gusta, lo pasé bárbaro contigo, pero …
-¿No me queres ver más ahora? – me preguntó.
-Pensé que vos no querías verme más ahora que sabes que tengo …
-Si bien es cierto que la gente se aleja de lo que desconoce por miedo u otra cosa yo no quiero hacerlo y quiero seguir viéndote si me lo permitís – dijo sosteniéndome las manos.
-Me encantaría – dije sintiendo que me abrazo.

Cuando volví a “ver” mi reloj eran las siete y media. Me despedí de él, pero él insistió en acompañarme a casa. Max ladró todo el camino y en un momento sentí a Oliver decirle <<¿No te gusta compartir a tu amiga eh?>> A partir de ahí Max se me pegó más y me dio gracia. Es lindo que te quieran tanto como para que no quieran que te acercas a otras personas, pero “ojo” CELOS CON MEDIDA (que no existen, pero bue… ), entre humanos no existe, pero Max por suerte no lo es.
Abrí la puerta de casa e invité a Oliver entrar, pero recién al rato acepto, creo que por lo de ayer, porque acepto cuando Laura lo hizo pasar.
Se quedó a comer y estuvimos charlando de deporte, un poco de política y yo mencioné un par de escritores y nos pusimos a hablar de lo que había leído cada uno, que libro nos había gustado más, nos había transmitido más, hasta que terminamos de comer y Laura ofreció te, yo acepté, pero Oliver dijo no poder más.
Cuando mi hermana se terminó la tasa de té, se despidió yéndose a dormir y nos quedamos en el living oyendo un poco de jazz, mientras que Oliver me daba objetos de colores y yo le decía que color tenía cada uno, se divertía tanto de esa manera, para mí era algo de lo más normal, pero me gustaba oír sus expresiones al decirle un color.
Le ofrecí ver una película y por deducir sus palabras que eran “ninguna” le dije que obviamente no podía verla, pero que la oía y él me podía guiar visualmente si había una escena que lo amerite, fue entonces cuando aceptó. Le dije que siempre lo hacía así con Laura.
Tenían que haberlo oído cuando me hablaba de las escenas de cama (que no faltan en ninguna película) no hacían el amor por eso fue más divertido oírlo tartamudear, decía …
-Se … se … están … acariciando – no reí porque sentí tensa su voz y me imaginé que estaba colorado. Cuando terminó la película, me levanté del sillón y le ofrecí algo de tomar.
-No, gracias. Ya tendría que irme, reina – dijo levantándose también.
-Cierto … te entretuve demasiado – dijo tanteando el reloj.
-Pero si me quedé por gusto che … hasta la película que al principio no me gustaba me terminó gustando, pero mañana me despierto temprano.
-Cierto, bueno … ¿tenes todo lo que trajiste? – pregunté queriendo demorar su partida.
-Sí - contestó él.
-Bueno … cuídate y llámame cuando quieras – dije ilusionada.
-Así lo haré, saludos a tu hermana, chau – dijo dándome un beso en la frente.
Al cerrar la puerta apagué la luz del comedor (que la deje encendida por él, obvio) y me fui a mi cuarto. Me puse el pijama y antes de irme a la cama pasé por el baño.

Me despertó un tango que mencionaba una toalla mojada. Fui a la cocina al ponerme mis pantuflas y me tropecé con una silla.
-Uy perdona, Carolina – dijo una voz muy familiar.
-¿Lombardi? – dije cerrándome la bata - … no pasa nada, estoy bien.
-Sí, vine a invitar a tu hermana a desayunar por ahí, pero no quiere aflojar, a ver si te oye a vos … - me dijo tratando de que yo la convenciera.
-Dale Lau, anda con Lombardi a pasarlo bien – dije sentándome a la mesa.
-¿Te parece y vos qué haces? No te puedo dejar sola – dijo con su tono peculiar.
-Pero te venís con nosotros, Carolina – dijo Lombardi.
-No, no, gracias, me quedo mejor. ¡Haceme sólo un té por favor que yo agarro las galletas y ya está! – dije ante la invitación.
-Bueno … en cinco minutos estará listo – dijo dando vueltas a mi alrededor.
El tiempo pasó y Laura cumpliendo su función de “madre-hermana” me acomodó en el sillón, me tapó con una frazada de lana, el te y las galletas las dejo sobre la mesita ratona del living (frente al sillón, de donde estaba) y además me dio un libro.
Finalmente dándome un beso en la frente me dijo que en seguida volverían y yo le repetía que no importaba si tardaban, cualquier cosa la llamaría por teléfono.
Eran las diez de la mañana. Hace unos quince minutos que Lombardi y Lau se fueron a desayunar afuera. Ya me terminé el te y leyendo comía las galletas.
A la media hora dejé el libro sobre la mesa y me dirigí a la cocina con la tasa vacía, la deje en la pileta y volví al living. Caminé hacia el aparato de música, tengo que reconocer que me desesperé como nunca antes (los CD´s se me cayeron y ya no los distinguía, pero ese no fue el motivo) y otra cosa que tengo que reconocer es que fue la primera vez que lloré desde que me enteré de mi enfermedad. Puede ser que la soledad me sirvió de amparo para desahogarme de todas las lágrimas que había estado ocultando.
Cuando logré calmarme me levanté del piso, tocaron la puerta y fui a atender. Era un chico del correo que me pidió una firme para dejarme una carta. Su voz sonaba agradable y alegre, pero al darme los buenos días calló y cambió de tono. Me dio la lapicera y me tomo la mano para señalarme dónde debía firmar, después se despidió muy amablemente.
Antes de marcharse le pregunte quién la enviaba y me dijo que era del Consulado Italiano y en seguida asocié que era algo para que Laura se sacara el pasaporte, porque yo lo tengo hace añares, pero lo que es ella …
A los segundos de cerrar la puerta volví a sentir el timbre y pregunté quién era.
-Soy yo, reina – dijo un voz grave familiar. Lo hice pasar y sentí un beso en la frente - ... ¿por qué estuviste llorando? – me preguntó tocándome las mejillas.
-Es alergia nada más, no te preocupes, Oliver … me sorprende que hayas venido tan temprano – dije rápidamente para esquivar más preguntas.
-Es que no me sentía muy bien para ir a la facultad y como más tarde me sentí mejor y ya me había perdido el día de clases decidí darme una vuelta por acá, cómo me dijiste que te levantabas temprano …
-Me alegro de que estés mejor – contesté.
-Reina ¿tus ojos están colorados por alergia, sueño o lágrimas? – volvió a preguntarme.
-¿Sueño? – dije tratando de distraerlo.
-Lo digo porque llevas puesto el pijama ¿te desperté?.
-¿Qué? uy cierto! – dije cerrándome la bata - … no, no, hace rato que estoy levantada, se me pasó lo del pijama – dije un poco nerviosa sin saber por qué.
-No pasa nada – dijo dulcemente.
-Lo sé y ni yo me entiendo … ya vuelvo, me voy a cambiar ¿si? – dije yéndome a mi cuarto.
-¿Queres que te ayude en algo? – ofreció amablemente.
-¿En qué? – dije un poco a la defensiva.
-No, no me hagas caso, lo decía nada más.
-Perdona, pero gracias igual – dije desde el cuarto.
Agarré una pollera violeta oscuro y un buzo bordo (que me había regalado María Antonieta) y me cambié. Ya lista me fui al living sujetándome el pelo, intentando atármelo. Max ladraba junto a mí.
Oliver me preguntó si lo dejaba a él intentar arreglarme el pelo, acepté y me senté en una silla de la cocina, me preguntó donde había un peine y al encontrarlo me empezó a cepillar el pelo, mientras lo hacía me contaba que siempre peinaba a sus hermanitas. En menos de cinco minutos ya había terminado.
-¡Quedaste divina! … queda mal que te lo diga yo que te peiné, pero es la verdad … ¿Queres salir por ahí? – me preguntó de sopetón.
Le pregunté a dónde, pero me convenció sin responder.
Max se alteró al oír el sonido de la cadena haciendo fiesta a mí alrededor.
-¡Esperá! ¿me dejarías maquillarte? – me dijo agarrándome del brazo con dulzura.
-No suelo maquillarme, Laura a veces me jode tanto que la dejo, pero … ¡dale! – dije notando su impaciencia - … voy a buscar la cartera de Laura con todas esas cosas ¿si? – dije.
Al darle el bolsito de maquillajes, Oliver me hizo sentar nuevamente y sentí los cepillitos rozando mis ojos y después un lápiz sobre los labios. Antes de empezar le dije que me pintara bien clarito y él aireado respondió “Sí, sí”.
-¡Listo, reina! … ¿te gusta? Perdóname, se me escapó – dijo con remordimiento.
-No es nada, Oliver … ¿te gusta a vos? – pregunté sonriendo.
-Sí, ¡estás preciosa! – contestó alegre.
-Gracias … si te fijas bien, después de todo soy como cualquier mujer … ¿o qué mujer u hombre vidente viste que se ven a sí mismos maquillados sin mirar en un espejo, claro? El maquillaje está para la impresión que genera en la otra persona y no en una propia.
Llamé a Max y él se me acercó, agarré la mochila y antes de salir le pedí a Oliver que le escribiera a Laura una nota avisándole de que salíamos a dar una vuelta. Al cerrar la puerta guardé las llaves y salimos a la calle.
-¿Y … a dónde vamos, Oliver? – pregunté esperando a que me contestara.
-Es una sorpresa, reina – dijo misterioso.
-¿Ni una pista? – insistí.
-Ni eso – contestó firmemente.
Me sujetó cariñosamente la mano e hizo que lo agarrara del brazo. Caminamos en dirección a la plaza, pero después nos desviamos y nos subimos a un ómnibus, donde perdí todo sentido de orientación. Al bajar caminamos otro trecho y nos frenamos de pronto. Me dijo que habíamos llegado, abrió una puerta y me hizo entrar con Max.
Nos recibió un hombre mayor, Max no se puso nervioso ni alerta. Sólo movía la cola golpeándome la pierna para que lo acariciaran.
-¡Carolina! … él es mi hermano … César – dijo Oliver.
-Ah, mucho gusto – dije como corresponde y él me saludo con un beso.
-César … ¿dónde está Adrian? – preguntó Oliver.
-Me pidió cuidar de Lucero mientras salía a comprar remedios – contestó su hermano.
-¿Perdón … está muy mal la tal Lucero? – dije atraída por la curiosidad.
-No, no. Mariconadas de éste y Adrian nada más ¿aun no le explicaste a ésta criatura de tus paranoias? – dijo César riendo.
-Es que anoche se la pasó tosiendo y devolviendo – dijo protestando.
-Tal vez le caiga bien un te con miel y limón – sugerí sin saber de quién se trataba.
-¿Te parece que a una gata le gusta el té? – dijo César.
-Ah … es una gata – contesté un poco colorada.
-Sí y es divina … vení, reina, está en mi cuarto en su cuchita – dijo Oliver excitado.
Me condujo tras un corredor, Max se había quedado en la entrada con César (con el que al parecer se había hecho muy amigo). Cuando abrió una puerta en seguida sentí unos maullidos, me senté en la cama y la gata re cariñosa se me subió a la falda.
Él me la describía y me dijo que era muy cachorrita y después volvimos al comedor.
Al querer sentarme en el sillón noté a Max despatarrado sobre él y opté por quedarme parada.
-¡Caro! … ¿qué te parece si dejamos a Max un rato con César y después lo pasamos a buscar? – me preguntó.
Lo dudé mucho porque desde que está conmigo nunca nos separamos y a decir verdad me dio miedo. No sé si lo habrán notado, pero siento a Max como parte de mí, el hecho de separarnos nunca me lo plantee. Aunque no se trate de una separación condicional, para mí era como sacarme la vista por segunda vez y sé que suena estúpido y hasta infantil, pero era lo que sentía en ese momento.
-¡Caro! Si no queres dejarlo, no pasa nada. Ahora si temes por él YO te aseguro que está en buenas manos, pero no te estoy obligando a dejarlo – dijo.
-¿No tardamos mucho, no? – pregunté tratando de hacerme la fuerte.
-Cuando quieras volver lo hacemos – contestó.
-¡Bueno! … en seguida vuelvo, mi amor … quédate con César y pórtate bien – dije abrazándolo.
Claro que no me contestó hablando, pero me lamió la cara y ladraba. Entonces agarré mi mochila y la campera. Cuando estábamos junto a la puerta sentí a Max a mi lado y me agaché diciéndole que volvería por él, pero que ahora lo cuidaría César un rato.

Estábamos en un ómnibus con destino a “ni idea” porque Oliver nuevamente lo mantenía en sorpresa, diciéndome que no faltaba mucho para llegar.
-Una pregunta … - me dijo al oído.
-¡Dos! – le dije sonriendo.
-Bueno ¿tenes novio? Y la otra ¿tuviste alguna vez?.
No dije nada, pero sentí cómo se me enrojecían los ojos. Él me puso un brazo sobre los hombros y me deje llevar hacía su otro brazo sumergiéndome en un abrazo.
-Perdóname si me pregunta fue muy íntima – como no pude responderle, callé.
Cuando quise hacerlo me di cuenta de lo estúpida que había sido mi reacción, pero la reacción es algo espontaneo y ya no puedo cambiarlo, así que preferí seguir el papel de guardar silencio.
-¡Che … en ésta bajamos! - dijo ayudándome a ir hasta la puerta y bajar.
Una vez abajo empezamos a caminar y yo trataba de oír atentamente cada ruido alrededor, hasta que en un momento me frené y buscando la cara de Oliver le pregunté …
-¿Esto es un parque de diversión?.
-Sí, Carolina – dijo afirmativamente y a mí me azotó el miedo y quise volver - ... perdóname lo de recién en el ómnibus, no quise que te pusieras mal … - yo me preguntaba ¿qué tenía que perdonarle? Si fui yo la estúpida exagerada como siempre. Para escapar de mi respuesta pensativa le dije tal vez algo más estúpido; le dije la verdad.
-No te tengo que perdonar nada, porque no hay nada qué perdonar – y después callé.
-Entonces si está todo bien, déjanos ir por favor - insistió.
-Es que tengo miedo de perderme, no lo conozco … - atiné a decir.
-Te juro que no te suelto la mano – dijo agarrándome.
Nunca oí a nadie insistir tanto y finalmente acepté, bajo una única condición … de que cumpliera su palabra y no me perdiera de vista, entonces fue el quién aceptó.

A la primera atracción que subimos fue a uno que subía y empezaba a girar y en un momento se inclinaba hacia uno de los lados. Oliver me describió el juego como que el centro era un tronco grande del cual salían varias extensiones y en cada extremo había una cápsula donde subían dos personas y sobre las personas había como un paraguas. Estoy segura de que su descripción fue más graciosa que el juego en sí.
También nos subimos a la montaña rusa porque yo se lo pedí (solía subirme de chica con mi hermano, pero hacía tiempo ya). Cuando arrancó el cajón (como siempre me lo describía Toni) oí a Oliver decirme <>. Espero que lo que les cuento a continuación no se lo digan a Oliver , porque me suplicó no decírselo a nadie, pero sé que me va a perdonar … ¿Quién le apretó la mano a quién? Tienen dos segundos para contestar …
Al bajar me llevó hasta otro juego sin decirme qué era y al subir sentí un movimiento muy suave, la fresca brisa rozaba mi cara, pero no me daba cuenta de que atracción era. Tenía la punta de la nariz congelada y también las orejas. Era un silencio enorme el que reinaba dentro del relajo absoluto, sé que es un poco complicado de entender lo que digo, pero tiene su cierta lógica.
-Nunca – dije de pronto buscando su mano.
-¿Cómo? No te entiendo, Caro, estamos en una rueda gigante – dijo.
-Ah … nunca tuve novio … Hace un tiempo atrás me enamoré tontamente en una escuela …
-¿Por qué lo decís así? – preguntó.
-Porque el amor no tiene mucha gracia cuando sólo uno lo siente – contesté.
-¿A caso te dijo que no sentía lo mismo?
-Él lo describió ¿cómo lo diría? … dijo “Carolina sos una chica fantástica y todo lo que lograste hasta acá te llevará a abrirte paso a un camino grandioso, pero yo no puedo darte lo que esperas … Vas a encontrar a un millón de chicos que se volverán locos a tu paso” .
-Qué versero … ¿eso te dijo? ¡Cagón! Eras demasiado para él y lo reconoció – dijo él.
-Esas fueron sus palabras sí … nunca lo pensé de ese modo - dije haciendo una mueca de sonrisa y rascándome el cuello al sentir una picadura.
-¿Cuándo fue tu primer beso? – preguntó.
-Nunca, nunca besé a nadie – contesté curada de toda lágrima.
La noria justo frenó y bajamos, pero me soltó la mano y me paralicé.
-Está todo bien, reina, sólo baje del carro para poder ayudarte mejor a bajar.
Fue el único segundo en que me soltó la mano, bueno también para ir al baño, en verdad él entró al baño cerciorándose de que no hubiera nadie adentro y me esperó junto a el.
Pasamos por su casa para ir a buscar a Max y cuando Oliver abrió la puerta del apartamento Max se me echó encima y me lamía la cara. Le agradecí a César por haberlo cuidado y de repente oí una tercera voz (supuse que era el tal Adrian, aunque no sabía quien era).
-¡Caro … vení! … él es Adrian – y sentí un beso en la mejilla.
-Hola, perdón, no sé qué decir – dije tras oír el silencio.
-Perdóname a mí que me quedo callado como un idiota … ¡hola, preciosura! Oliver no tiene otro tema que no seas vos en la cabeza – dijo poniéndome en evidencia.
-Cuando hablamos me habla de vos, lo traes de cabeza … – dije ocultando la vergüenza que se siente cuando lo elogian a uno -… ¿usted también es su hermano?... – pregunté de metida.
Él me respondió cagándose de risa y de ahí deduje que no lo era, le oí decirle a Oliver
-Ah … con que eso soy para vos eh … - pude sentir tono de broma, pero no estaba segura.
-Perdón, no quería … - dije nerviosa levantándome dispuesta a irme.
-No, reina ¡tranquila!. Adrian está jodiendo, es que no te conté que él es mi pareja y por eso dijo lo que dijo ¿entendés? ¡no te vayas! – dijo suplicando.
-Ah … bueno, pensé que había ocasionado un quilombo – dije dejando la mochila en el piso.
-No, nada de eso – dijo Adrian sentándose junto a mí.
-Che … chicos! No quiero joderlos, pero ya me las tengo que tomar, Oli, si no la jermu me va a matar – dijo César despidiéndose de cada uno.
Pasó media hora y yo tantee la hora, me levanté agarrando mis cosas y dije tener que volver a mi casa.
-Ay claro, que boludo! No sé por qué pensaba que te quedabas a comer – dijo Oliver.
-Está todo bien, Oliver, sólo llámame un taxi por favor ¿si? – pregunté.
-Nada de eso, reina. Le robo el auto a Adrian y te llevo a tu casa, qué taxi ni ocho cuatros.
-Pero …
-Agarra tu mochila y la campera, eso es … agárrate de mí – dijo dándome su brazo.
-¡Max! – llame yo - … chau Adrian, un gusto – dije dándome la vuelta.
-Lo mismo digo, Carolina – dijo con una voz aterciopelada.

Cuando llegué a casa me recibió Laura (tan contenta que parecía no haber visto la hora), pero sumé uno y uno y la respuesta estaba servida; oí a Lombardi que me saludaba, pero recién cuando se acercó pude oler la rareza, ambos estaban bastante tocados por el alcohol.
Me fui a mi cuarto con Oliver (que se quedo unos minutos) y yo no pude quedar más fuera de lugar que en ese momento. Me pregunto por qué no pude aguantar cinco minutos más cuando el ya se haya ido por ejemplo y nuevamente despierta en mí el buen sentido juzgando mi estúpida reacción. Porque volví a atacarme, sentía que me faltaba el aire, tosía fuertemente y me llevé la manga del buzo a la boca (el que me había regalado mi hermana).
De repente sentí que Oliver me agarraba desde atrás (poniendo mi espalda contra su pecho y con su hombro izquierdo me sostenía la cabeza) y me decía al oído …
-¡Respira hondo … hace como yo, reina … sh sh …, inhala y solta suavemente el aire, dale tranquila, como yo, reina, ya pasa … sh sh … ! – dijo sin ponerse nervioso en lo más mínimo.
¿Y qué creen? … ¡Su técnica funcionó!.
Me fui al baño, me cambié de ropa poniéndome el pijama y me lavé la cara y los dientes. Al volver a mi cuarto sentí a Oliver agarrarme de la mano, me fui a la cama y él me tapó.
-Ahora me voy, reina … - me dijo.
-Te acompaño a la puerta … - dije interrumpiéndolo.
-No, tranquila, vos trata de dormir y relájate ¿si? – dijo acariciándome la cara.
Asentí con la cabeza y llamé a Max, que subió en seguida a la cama antes de que terminara de pronunciar su nombre (y eso que es corto) y se acostó a mis pies.
Oliver me dio un beso en la frente y se fue. A los minutos más tarde me quedé dormida y recién a la una y media del mediodía me volví a despertar.
Entré a la cocina y no había ningún sonido que señalara que Laura estaba presente, di un par de vueltas y me serví un vaso de agua. Caminé hacia el cuarto de Lau y golpee la puerta que se abrió, pero no porque la hayan abierto si no porque estaba abierta me adelante unos pasos hasta llegar a su cama y susurré …
-¡Lau … Lau! ¿estás despierta?
-¿Sí? – contestó con voz dormida.
-Perdona, seguí durmiendo no más. Sólo quería saber si estabas – dije alejándome.
-Pará! Negrita ¿por qué lo decís … qué hora es? – dijo más despabilada.
-La una y media del mediodía – contesté.
-Ay Dios!!! – dijo de repente escandalizada.
-¿Qué pasó, Lau? – pregunté sorprendida.
-Que se me hizo re tarde, ayer me quedé toda la noche con Gas … y bueno, vos todavía no desayunaste seguramente – dijo caminando a mi alrededor.
-Por mí no te preocupes, Lau, me acabo de despertar – dije calmándola.
-Como sea, ahora voy a preparar algo para el desayuno – agregó.
Y yo asentí acompañándola y ayudando dónde podía.

Estábamos en la cocina y yo llené la jarra de café con agua para verterla en la cafetera, le agregué café a un sobrecito y la puse en marcha. Saqué la margarina y las mermeladas (yo como de durazno y Lau de Frutilla) de la heladera y ella tostó el pan.
Prendí la radio para oír algún noticiero, pero Lau quería oír Tangos y accedí. ¡Igual! … Para las noticias que hay en el mundo, no van a cambiar por no oírlas un día, pero me equivoqué porque dijeron que habían salido mis números en la quiniela “JODA” ¿De dónde quieren que lo sepa si cambié de frecuencia? Más allá de que nunca jugué a la quiniela.
Mientras comíamos ella saltó con las preguntas previsibles hacía Oliver, lo mismo que se pensaron seguramente varias personas que se enteraron de lo que estoy contando.
-Y decime, negrita … - más cursi no podía haber empezado - …¿Qué onda con Oliver? – dijo con ese tonito peculiar de “chusma cree sabe lo todo”- … los veo casi siempre juntitos, incluso ayer te fuiste con él a tu cuarto …
-¿Y te diste cuenta de eso con el pedo que tenías encima? – dije frenando su interrogatorio.
-Lo que quiero decir es que parece que se gustan, negrita – dijo finalmente desembuchando.
-¿Te parece mal? Al menos no es como vos crees – respondí.
-¿Lo queres? – volvió a preguntarme.
-Con el poco tiempo que tengo de conocerlo puedo decirte que sí lo quiero – fue darle dinamita ese comentario. Ahora no sé acuerda más de los mil pudores que sentía antes ¡Ojo! Es algo que me parece bien, pero ¿tenía que descargarse justo conmigo? Si lo tiene a Lombardi Fue inútil querer desviar el tema, hasta me propuso invitarlo a casa y dejarme sola con él y mil locuras más, pero sus divagues cada vez eran mayores.
-¡Pará! Lau, sé que lo decís con buena onda, pero hay otra persona y yo no quiero a Oliver de la manera en que lo piensan los pájaros de tu cabeza – se quedó callada - … No me lo tomes a mal … ¿Lau … fui muy ruda? Che … es que no hay onda como pensas, no te enojes conmigo, estoy cansada …
-Caro … perdóname, negrita . ¡Olvídate de lo que dije! ¿queres que te traiga un vaso de agua?
-No, gracias … - me levanté y llamé a Max - … me voy un rato a la plaza – dije.
Y así lo hice, salí a la calle y empecé a caminar con Max a mi lado.
Sentí a mi hermana llamarme desde la ventana para decirme si quería que me acompañara, pero le dije que no hacía falta.
Estuvimos caminando como una hora, ni Max ni yo mostraba cansancio alguno. En un momento nos sentamos en el de Pietro y pedimos lo de siempre.
Al terminar de beber me levante y saludé a Pietro que me dijo que estaba arreglando el toldo y me fui a caminar un rato más con Max bajo el dulce olor de eucalipto. Max frenó y oí que estaba haciendo pis y desde atrás de mí oigo …
-Sabía que te encontraría acá, reina – me giré buscando su rostro y lo abracé.
Después se agachó a saludar al perro o eso o se cayó al piso, porque su voz se oía desde abajo.
-¿Qué queres hacer hoy, Caro? – me preguntó incorporándose.
-¡Ir a la playa! – dije decidida.
-Pero hace un frío de morirse – protestó.
-Por eso – afirmé la decisión.
Nos subimos a un ómnibus y fuimos a la rambla. Max tironeaba al oler el olor del agua salada, empecé a caminar hacia el mar y de no haber sido por Oliver a ésta altura ya estaría dentro del mar.
-Eu reina ¿queres resfriarte? Porque si tu respuesta es NO, más vale alejarse del mar ¡toma! – dijo poniéndome una campera por encima de los hombros.
No respondí y volviendo atrás nos sentamos sobre unas rocas, yo estaba como petrificada y Max se oía agitado y excitado.
-¿Hay gente cerca, Oliver? – pregunté mirando a la dirección donde lo oía respirar.
-No, sólo veo a un tipo, pero está a dos kilómetros más o menos ¿Por … - solté a Max que salió carpiendo boletines (según Oliver) y a los cinco minutos volvió.
-¿No tenías miedo de que no volviese? – preguntó Oliver.
-Tanto como temo que se me pare el corazón, pero para mí el amor es libertad y el día que quieran volar, volarán … sé que suena cursi, pero para mí es así, nadie inventó aun palabras sentimentales que no parezcan una mala canción … no temo en especial por el abandono de Max, porque confío tanto en él como él en mí … - respondí.
Cerré los ojos y volví a murmurar algo, empecé a mover los labios diciendo …
-Muchos creen que la vida va de éxito laboral y cuando se dan contra un muro te sueltan esas sandeces de “ahora sé de verdad lo que importa en la vida”, yo no tuve ningún éxito laboral, ni sentimental, ni familiar, social, ni nada y no me hizo falta darme contra un muro para entender lo que siempre supe … ¡Cerra los ojos, Oliver! Sentí el viento que proviene del mar meterse en cada poro de tu piel, olé la fragancia que trae la brisa, sentí el calor del sol acariciando tus parpados, cree que es posible descargar tus bolsillos de todo problema y duda … sólo por un segundo y sólo por ese segundo déjate ir con el mar, sentí que bailas con la marea, que su olor se trepa a tu nariz, que sólo sos una gota en el mar y como él es parte tuya, vos lo sos de él.
-Wow ¡qué trance alucinante! ¿estás bien, reina? – preguntó de repente.
-No sé – contesté haciendo el típico gesto de levantar los hombros.
-¿Queres volver? – propuso.
-No … es que me acordé de Lau, que durante el desayuno me empezó a preguntar sobre vos. No, no es lo que imaginas … se le metió en la cabeza que entre nosotros había onda o algo así … hasta me propuso invitarte a casa.
-Wow pero ¿no le dijiste que yo …? No … ¿vos te enamo …?
-No … no sabía qué decirle nada más.
-Pero le hubieras hablado de Adrian – dijo.
-¿Y decirle qué … que sos homosexual?
-¡Claro! – contestó él.
-No … no hablo de la sexualidad de mis amigos, sean heterosexuales u homosexuales. Yo le dije lo que sentía y si no me cree quién me oye es su problema.
-¿Y qué es lo que exactamente sentís? – preguntó intrigado.
-Que te quiero, pero no como amante, si no que como amigo, como hermano.

Una mañana me llamó la atención el sonido del timbre y me levanté apartándome de mi lectura. Al atender la puerta oí la voz de Oliver que al entrar me dio un beso y levantándome en brazos dijo …
-¡Esto hay que celebrarlo … tres meses!
Yo le correspondí sonriendo, pero no entendía realmente el motivo de su alegría. Cuando iba a cerrar la puerta sintiendo que había entrado de pronto oí …
-Pará pará , linda! … también vengo yo – era la voz de Adrian.
-Perdóname … buenos días! – dije disculpándome, él entró dándome un beso en la frente.
-No te disculpes, fue culpa del soquete de tu amigo que no te dijo nada de que venía, lo que pasa es que me olvidé de algo en el auto y llegué un poco con retraso – explicó Adrian.
-Hola Laura … - dijo saludando Oliver - … ¿Tenés algo para brindar hoy?
-Creo que sí, a ver … ya vuelvo – contestó mi hermana.
-¿Qué celebramos, Oliver? – pregunté cómo sapo de otro pozo.
-¿Cómo que qué celebramos … eso significo para vos? Ah … ni te acordás … - dijo reprochando.
-¿Es tu cumpleaños? No … es en Otoño, lo recuerdo bien – dije segura.
-No no … hoy se cumplen tres meses desde el día en que me crucé con una hermosa chica que lloraba por su pe …
-¡Anda! … ¿hace tres meses ya? Como pasa el tiempo che … - contesté.
-Jaja yo ya lo sabía … acá traigo Sidra pa celebrar ¿les parece bien? – dijo Laura.
-Sí, sí. Es para festejar una situación que lo amerita – agregó Oliver.
Bebimos la Sidra, Laura trajo unos chips que compró anoche (para comérselos ella sola “seguro jeje” como a mí no me gusta, pero se le cagó la idea), pusimos música. Hasta bailamos y charlamos hasta tarde.
A las siete de la tarde se había sumado Lombardi y jugamos al truco (yo jugaba con Oliver y Lombardi). Éramos nosotros tres contra Adrian y Laura. A lo mejor alguien quiere saber quién ganó, acá desvelo el secreto; ganamos Oliver, Lombardi y yo.

3
Ah … no lo había contado, finalmente entre los cuatro lograron convencerme en comenzar el nuevo tratamiento y hace dos meses y dos semanas que empecé.
Mañana tengo que ir a la clínica a encontrarme con Lombardi para que me entregue los últimos análisis que me hice.
Ya estaba recostada en la cama, ya todos se habían ido salvo Lombardi que recibió asilo en la cama de mi hermana. A propósito … tienen planeado casarse, no sé a qué esperan. Ella un ex puritana y él un médico.
No creo en los papeles, me parece algo re frío. Es mucho más lindo vivir unida a una persona que atada, pero ta … no soy nadie para destruir sus ilusiones rosas.
A lo que iba … estaba acostada con Max durmiendo junto a mí y de repente sonó el ring ring del teléfono y obviamente me levanté a contestar .
-¿Sí? – dije con la voz un poco tomada.
-Hola, Carolina. Perdona la hora ¿estás bien? – dijo Oliver.
-Sí, bien y ¿vos cómo estás? – pregunté desorientada.
-También estoy bien, gracias por disimular mi silencio – reía - …te llamaba porque en anoche no pudimos hablar demasiado con Gastón y Laura presentes – dijo finalmente.
-¿No? Pero si fue lo que hicimos todo el tiempo – repliqué, haciéndome la idiota.
-Me refiero a hablar en serio – lo noté serio.
-¿Y cómo se habla de mentira? – yo disparé a cualquier lado con tal de no tocar el tema por el que había llamado, sin embargo tanta estupidez por mi parte me delató (creo).
-¿Estás nerviosa eh … queres que te acompañe mañana? – dijo con paciencia.
- … No … prefiero ir sola, gracias. Mi hermana también quiso venir conmigo, pero pude persuadirla a no hacerlo. Sólo estaría más nerviosa si me acompaña alguien, gracias igual.
-Te entiendo … vas a ver que todo saldrá bien, reina – dijo tiernamente ingenuo.
-Sé que me voy a morir, esta enfermedad sólo me limita y lo único que voy a descubrir mañana es si se prolonga mi tiempo o no. No quiero ir creyendo en un milagro cómo me pasó con los anteriores y salir destruida al ver que todo se desvanecía. Así que decidí que mañana iré con la cabeza en alto y no me importa lo que me diga … ¡no saldré llorando de la clínica!
En mi cabeza siempre ronda la famosa frase “ Del dicho al hecho hay un gran trecho”, pero quién sabe por qué …
-Vas a ver que no llorarás, reina, tengo un buen presentimiento … algo bueno te dará el mañana – dijo seguro de sí mismo.
-Espero que tu presentimiento no se equivoque – contesté esforzando una risa.
-Mucha suerte, reina. Te adoro, ahora descansa un poco … ¡buenas noches!
-Yo también … que duermas bien, Oliver, chau – dije colgando.
Max se me pegó a la espalda y me giré para abrazarlo y así me dormí.

A la mañana siguiente me despiertan unos lambetazos y al reaccionar me fui a dar una ducha. Me arreglé poniéndome unos jeans y un jersey turquesa.
Decidí ir sola (ya sé que ya lo dije, pero me refiero a ir completamente sola).
Estando junto a la puerta me agaché a besarle la cabeza a Max y al incorporarme otra vez saludé a Laura, agarré mi mochila y el palo para ciegos. Mi hermana me acompañó hasta el taxi, le dije que dejara a Max en el departamento porque quería venir conmigo.
-¿Por qué no te lo llevas, negrita? Me quedo más tranquila si te acompaña él – insistió Laura.
-Y yo me quedo tranquila si sé que lo estás cuidando – dije firme.
-No te preocupes, yo lo cuido. Anda con mucho cuidado y mucha suerte, negrita – dijo besándome la mejilla.
El taxi arrancó y en la radio pasaban una canción de los setenta, mis manos temblaban y traté de controlarlas agarrando a la una con la otra. Al rato tras frenarse el vehículo el tachero me dijo que habíamos llegado, me dijo el precio del viaje, le pagué quince y me devolvió tres monedas.
-¿Acá mismo, señor? – pregunté abriendo la puerta y abriendo el palo.
-Sí, señorita … al salir del auto siga derecho y se encontrará con la puerta de la clínica San Gervasio – respondió muy amable el hombre.
-Gracias – dije saliendo.
Al estar al aire libre caminé derecho, pero se ve que no era el derecho que decía el tachero porque en un momento oí su voz en mi oído izquierdo, me sostuvo el brazo y me giró acompañándome hasta la puerta.
-No no, señorita … ¡por acá! Ahora derecho y vuala ¡acá ya están las puertas!
-¡Que tonta que soy! … Gracias.
-Señorita si viera las veces que yo me equivoco aún pudiendo ver. Así que usted tiene más puntos ¿Era su perro el que chillaba desde el balcón … un Golden?
-Sí, era mi Max – dije sonriendo.
-Se ve que ése animalito la adora … bueno ya llegamos ¿Le puedo ayudar en algo más? – dijo cordialmente.
-No, gracias, muchas gracias, señor – dije.
-De nada, hija. Mucha suerte , adiós – dijo alejándose.
Entré a la clínica y tras avisar de que había llegado me fui a la sala de espera y ahí pensé otra vez sobre todo; me decidí a sonreír más allá de la respuesta, así si era una buena novedad ya iba preparada y si era mala se lo hacía más fácil a él para decírmela.
Sentí calor y me saqué la campera, de la mochila saqué el diskman y me puse a oír música. Empecé a recordar los días en la plaza, aquella vez en que fui al parque Rodo con Oliver, los días en que estábamos todos (mis hermanos) juntos comiendo asado y después bailar con la radio nueva de Violeta. En verano siempre nos íbamos al parque a hacer un asadito, tras la comilona y reír de todo nos poníamos a mover las caderas bajo el sol. No sé por qué lo recordé todo, quizás fuera culpa del calor.
Eran las diez y cinco ya cuando me llamaron, pasé a la consulta y él me invitó a sentarme.
-Buenos días, doctor ¿no es una mañana hermosa? … ¡descríbamela por favor! – dije simulando la sonrisa más amplia que jamás tuve.
-E … buenos días, Carolina, antes quería … - contestó un poco sorprendido.
-¡Descríbamela por favor! – insistí.
-El cielo está celeste oscuro, el sol brilla imponentemente, hay algunas nubes, pero parecen bollitos de algodón … está hermoso, sí – concluyó.
Al notar que se había perdido en su descripción volví al tema aun sonriendo le pregunté …
-¿Qué noticias me tiene sobre el tratamiento?
-El tratamiento … no funcionó, Carolina. Creí que … lo siento – había dolor en su voz.
-Lo sabía – dije sin derramar una lágrima - …no te culpes, vos hiciste lo que pudiste – me dispuse a irme de la consulta y tomándome del brazo me preguntó ...
-¡Pará! … ¿a dónde vas … no queres que llame a tu hermana?
-No, estoy bien … Sólo quiero estar un rato sola, chau, Lombardi – dije firmemente.
-Pero …
-Gracias, Lombardi. Nos vemos, adiós – dije cerrando la puerta.

Al salir de la clínica empecé a caminar sin rumbo, no conocía la zona y tampoco tenía una meta. Me tropecé con una mujer que me gritó de todo, pero se cayó tras unos segundos, supongo que al ver que era ciega porque una de sus frases fue “¡Bestia! No ve por donde …”. Le pedí perdón y seguí adelante.
Debí haber caminado cómo dos kilómetros como mínimo, finalmente me frené ante un bar o algo parecido, según lo deducía por el oído. Entré y al primero que sentí pasar junto a mí le pregunté si se podía tomar algo acá, el hombre me indicó el camino hacia la barra y cuando me senté pedí un vaso con vodka y nada de hielo.
Cuando salí de casa eran las nueve de la mañana y ya llevaba horas estando fuera. Eran las diez de la noche y cada vez que tomaba un vaso volvía a ser vodka.
Seguro que Laura caminaba por las paredes, pero me importó y no, era cómo que estaba petrificada ante la reacción. Sabía que estaba en aquel bar y no. Me sentí muerta y viva a la vez. Se acabaron las esperanzas y las dudas (aunque las había negado las había albergado), pero por fin todo era agua pasada y por desgracia ya estaba enterada. Un millón de contradicciones se reunieron en mi mente y peleaban a los gritos, las sentís, sentía cada palabra clavarse en mi estómago hasta llegar hasta el fondo.
Hasta empecé a llorar cuando todo desbordó a mi capacidad de aguantar. El pelo se me pegaba a las mejillas por las lágrimas, estaba con todo el cuerpo sobre el vaso de vodka, protegiéndolo. Las lágrimas se secaron y pedí otro vodka.
-¿No te parece que tomaste suficiente, nena? –dijo un hombre tras la barra (creo).
-¿Es que acaso temes que no te pague? ¡Toma, acá tenes cada puto vaso que tomé y más… dame otro! – dije poniendo la guita sobre la mesa.
-¡Tranquila! Acá tenes otro ¿queres que llame a alguien para que te venga a buscar? – insistió.
-No, quiero que me deje sola – respondí bebiendo de una el vodka.
-¡Muñeca! … tengo un auto – dijo una voz ajena, vulgar y áspera.
-¡Y yo tuberculosis! – respondí y no volví a oír de él.
Eran las doce de la noche y seguía bebiendo cómo si en vez de vodka fuera jugo de manzana. Ya no puedo alardear de que nunca me emborraché. Puede que al principio te sienta bien, olvidas las cosas por las que empezaste a tomar, pero es engañoso porque ahora lo recuerdo otra vez y está más vivo en la memoria, entonces tomas más, pero no sirve. Me duele la cabeza, pero igual pedí otro. Estiré el brazo para agarrar el vaso y sólo pude sentir acarícialo.
-¡Che … dámelo! Ya te dije que te los pago … toma todo lo que tengo – dije sacando mi billetera.
-Fui yo quien te lo sacó – dijo una voz a mi derecha.
-¡Dámelo entonces y pedite uno …! – no me dejó terminar de hablar.
-No necesito olvidar nada, gracias y para vos ya es suficiente – dijo agarrándome del brazo para levantarme, pero me solté.
-¡Soltame! ¿Quién te crees ser para darme órdenes? – grité sin poder controlarme.
-No me creo nada sólo intento ayudarte al ver que …
-No necesito la ayuda de nadie – dije levantándome, tropecé y al caer él me sostuvo.
-Ya lo veo … sos capaz de volver solita a casa – me dijo tras sentarme otra vez.
-¡Sí! – me fui a una mesa y me apoyé en el respaldo de la silla y cerré los ojos.
De repente sentí que se me movía más el piso traté de resistirme, pero el efecto del vodka pudo más.
Pasé la noche devolviendo y tenía un dolor de cabeza que me partía en dos. Cuando logré despertarme y controlar el mal estar, me inquiete al no saber donde estaba y de repente sentí a alguien decirme …
-Tranquila, estás en mi casa – oír eso fue peor, empecé a sentirme ahogada, las manos me temblaban, el corazón galopaba y me sorprendió otro ataque -... no te voy a hacer nada, ¡tranquilízate por favor! ¿queres agua? ¡pará que te traigo!
Volvió y me quiso dar un vaso, pero no lo agarré, me dio un pañuelo celeste y al calmarme olí la sangre intenté esconderlo, pero él ya lo había visto.
-El pañuelo tiene … ¿estás enferma, verdad? – dijo acercándose a mí.
-Sí … ¿dónde estoy y quién es usted? – respondí asustada.
-Primero quiero asegurarte que podes estar tranquila, estás en la calle Galeiro Real cerca de Acuario. Yo me llamo Ignacio, soy el que te dijo que necesitabas ayuda anoche ¿no te acordás?
-No … ¿cómo que anoche … qué hora es? – pregunté inquieta.
-Son las tres de la tarde – contestó.
-¿Qué? … mi hermana … - dije recordando a Laura.
-¿Queres llamarla? – me preguntó amablemente.
-No sé qué decirle, no sé ni que pasó anoche … ni dónde estaba antes de llegar acá …
-Primero llamala para avisarle que estás bien , te encontré en un bar ebria y decidí traerte a casa porque el bar cerró y el dueño me dijo que te dejaría en la calle … cómo no sabía dónde vivías te traje acá – dijo calmado y no note mentira en su voz.
-Bueno … - dijo no muy convencida de enfrentar a Lau.
Disqué el número de casa al comunicarme oí a Laura desesperada con un llanto en vivo y me cagué, le pasé el tubo al hombre y lo agarró.
-Hola … buenas tardes, señora, la llamaba para avisarle que su hermana se encuentra bien …¡tranquilícese! … ¡sí, está acá! … La encontré anoche … muy triste y decidí traerla a mi casa para que cuando se encontrara mejor ... Sí, señora, está bien ¿tiene algo para anotar mi dirección? (…) ta – le dio la dirección y cortó.
-¿Qué te dijo … está muy caliente? – pregunté nerviosa.
-No, estaba preocupada nada más, ahora mismo viene a buscarte – me respondió - … ¿en serio no te acordas de mí? Soy el que te sacó el vaso de vodka ...
-Lo siento, no me acuerdo – contesté a su pregunta.
-¿Cómo te llamas? – preguntó y de repente me sonó familiar su voz.
-Caro … Carolina – respondí.
-Aha y decime , Caro ¿por qué tomaste tanto? – preguntó alejándose.
-Porque … - en ese momento volví a recordar todo - … porque quería olvidar.
-¿Un novio? – preguntó sonriendo.
-Ojala fuera eso … ¡pará! ¿dónde está mi buzo … por qué tengo puesto ésta camisa? – dije tanteando lo que tenía puesto.
-¡Tranquila! … el buzo estaba sucio con vómito y estabas empapada en sudor, por eso puse el buzo y el jersey a lavar y te puse una de mis camisas nada más ¡creeme! – contestó.
-Gracias – dije buscando una ventana. Él me condujo a una y abrió la ventana para que entrara el aire - …recuerdo todo.
-Me vas a decir ¿por qué llorabas entonces? – insistió.
-El último tratamiento que me hice para combatir mi enfermedad falló – respondí.
-¿Y por eso tan triste? – me preguntó y me dejo de piedra.
-¿Por eso? Te estoy diciendo que me voy a morir …
-Sí ¿y …? Todos vamos a morir, se trata de hacer algo con el tiempo que tenemos ¿Sabes la cantidad de gente que vive hasta los ochentainueve años como zombis? … a mí me pronosticaron tener un corazón muy sensible y me dijeron que en cualquier momento se podía acabar la vida que llevaba. Tengo treinta años y se lo dijeron a mi madre al yo cumplir los tres años y ya ves … acá estoy. Sólo uno decide cuando no da más el bobo y es entonces cuando aprendes a dejarlo ir. No vivas presa de las cosas que no vas a vivir, Carolina … Me expongo a sonar cursi o versero tal vez, pero ¿alguna vez te dijeron que tenes unos ojos hermosos?
-¿Qué? – dije sorprendida al haberme sumergido en su monólogo, pero ese elogio me asombró inesperadamente, por suerte justo tocaron el timbre y se fue a atender liberándome de haber visto el repentino rubor que seguramente bañó mi rostro.
Sentí la voz de Laura acercarse y al oírla más cerca me abrazó de repente, me besó de arriba abajo, yo trataba de disculparme y ella me callaba diciendo que lo único que le importaba era que esté bien.
-Hola, señor …? – dijo Laura.
-Basta con Ignacio – dijo él.
-Bueno, yo me llamo Laura Rieto y le agradezco enormemente el haber cuidado de mi hermana …
-Lo hice con gusto, a propósito éste buzo y éste jersey son de ella, están limpios ya, los lavé porque estaban vomitados, perdón! – dijo disculpándose.
-No pasa nada, muchas gracias, ¿qué puedo hacer para pagarle?
-No, señora, nada por favor … ¿les llamo un taxi? – dijo él con voz dulce.
-No va a hacer falta, tengo mi auto aparcado acá abajo frente al edificio – contestó Lau.
-Bueno, entonces ¡mucha suerte! – dijo él.
-Venís Caro – me dijo Laura.
-Un segundo … - le pedí.
-Está bien, te espero en el pasillo … Hasta luego, Ignacio y mil gracias – dijo despidiéndose.
-… Gracias – dije buscando su voz. Él me agarró la mano que tanteaba en el aire - ... gracias por todo y gracias por tus palabras.
-De nada … cuídate mucho, Carolina – me dijo desde arriba, supongo que es alto.
-Lo haré, bueno … adiós! – sentí sus labios sobre mi mejilla y después me acompañó al ascensor donde ya me esperaba Laura y en seguida me agarró del brazo.

Cuando ya estábamos dentro del auto Laura me soltó un sermón que me esperaba … me dijo lo mal que se sentía al no saber dónde estaba, que no pudo dormir, que estaba histérica de preocupación. También me dijo que después de buscarme en todos los lados fue a ver a Lombardi para que la ayudara a buscarme y él le dijo que la última vez que me vio fue cuando me dio la noticia, entonces se calló y se la oí sollozar.
El auto estaba detenido y de repente sentí su abrazo, hasta que el auto que venía detrás tocó la bocina.
Al llegar a casa me di una ducha; porque mi pelo olía a cigarro y encierro. Al terminar e ir a la cocina Laura me recibió con una tasa de té con miel.
-¡Sentate, negrita! ¿cómo te sentís?
-Bien sólo me duele un poco la cabeza – dije resignada.
-Pará que te traigo una aspirina – dijo alejándose en dirección al baño.
-Bueno – dije esperándola con los brazos cruzados.
Max ya estaba sobre mí ni bien puse un pie en el departamento, no dejaba de hacerme fiesta, sólo hizo una pausa cuando me fui al baño, después siguió sin problemas. Ahora tiene la cabeza apoyada sobre mis piernas emitiendo sonidos como un pitito constante.
Laura me dijo que empezara a comer; me había preparado dos panes integrales con queso y jamón. Un pedacito de jamón se lo di a Max.
Al terminar el desayuno me levanté y me fui a la cama, Max me acompañó. Me recosté abrazándolo y no sé por qué el pensamiento me hizo recordar a Ignacio. Recuerdo a alguien sacándome el último vaso de vodka y me parece que era su voz, pero el resto de los recuerdos son turbios , sólo sé que me sentía mal. Lo que me dijo antes de que llegara Lau …
<<¿Ya estás construyendo castillos en el aire otra vez eh, Caro? … ya sé lo que estás pensando y deja de hacerlo!! ¿Me oíste? ¡Termínala! Sé que es difícil, pero no hay otra … >>
Disculpen éste pire, es que tenía que aclarar algo conmigo misma.

Pasó una semana de que Laura me fue a buscar a lo de Ignacio, me siento más inútil que nunca. Laura está más encima de mí que de costumbre, teme que me desaparezca otra vez. También Lombardi me tomó por hija. Ambos se preocupan más por mí de lo que lo hago yo.
Ahh … me olvidé de contar algo … El Miércoles se mudó Lombardi acá al lado, al cuarto de Lau. Me imagino que el día que ya no esté éste (mi cuarto) será el dormitorio de su hijo/a. Mi hermana quiere tener cuatro.
No puedo evitar pensar, lo siento Ignacio, pero mi mente se rehúsa a no pensar. Sé que lo dijiste con fundamento, pero el problema es que mi mente es re terca. … ¿Por qué habré empezado a hablar de vos? Ahora no podré pensar en otra cosa.
Una semana ya ¿por qué ahora los días me parecen no tener fin …?
Ayer escribí una canción, digo canción porque no sé ¡porque sí! … porque no es un poema y bueno tal vez la escriba acá para que puedan leerla. Es deprimente, pero por lo menos no hay nada inventado en las palabras que usé y ahora me gustaría seguir, pero mi hermana me llama desde el comedor a comer, así que después sigo .
Ya son las diez de la noche, Oliver me llamo por teléfono y nos quedamos hablando una hora. Me reprochó el no haber ido a su casa tras enterarme de los resultados del tratamiento y le contesté que la razón fue lo primero que me abandonó. Hablamos de una discusión que tuvo con Adrian y yo le conté sobre lo pesada (lo digo con cariño) que estaba mi hermana, de lo rápido que se había instalado el verano, de la mujer que cayó de un tercer piso con su hijo entre los brazos, el bebé se salvo porque los brazos de ella actuaron como una casco para él, la madre murió en el acto. También hablamos de un partido que se jugó anoche.
Estoy tirada en la cama, Max me lame la mano. Lombardi me golpeó la puerta.
-¿Puedo pasar, Carolina? – me preguntó como con miedo.
-¡Sí! – contesté sentándome buscando su voz.
-Permiso … ¿Qué te pasa, Caro? – dijo sentándose en la cama y preguntó preocupado.
-No sé, me siento de mal humor – dije con sus manos entre las mías.
-¿Crees que nada podría solucionarlo? – me dijo.
-¿A qué te referís? – pregunté intuyendo que sabía algo.
-Creo que lo sabes bien, Caro. No quiero meterme dónde no me llaman, pero … ¡no! Deja – dijo callando.
-No … ¿qué querías decir? – insistí.
-No tuve que abrir la boca, Laurita siempre me lo dice … Bue, ¡No dejes pasar más tiempo! Laura me habló de ese tal Ignacio, me lo pinto de tal manera que me puse hasta celoso sin conocerlo … no tenes porqué ponerte colorada, Caro. Tranquila que tu hermana no sabe nada, ni se lo imagina si quiera, vos mejor que nadie sabe que vive pegada a la luna. Sólo me habló de él y tras observarte la última semana lo imaginé.
-Pero es mucho mayor que yo, ni siquiera sé si le atraiga, es una locura … y encima está lo de … ya sabes – dijo bajando la voz.
-Gracias por lo que me toca, yo le llevo quince años a Laurita, tampoco sabía si le gustaba hasta que se lo pregunté y lo de “ya sabes” él también lo sabe (según Laurita).
-Sí, pero …
-Veni a tomar mate por favor – dijo forzándome a levantarme de la cama.
Fuimos a la cocina y escuchamos música mexicana, mientras que Lombardi calentaba el agua, después fuimos al comedor a tomarlo.
Es la primera vez que oyen que tomo mate eh … es que no suelo tomar, sólo de vez en cuando y ésta es una de esos “de vez en cuando”.

Son las tres de la tarde nuevamente estoy en la calle con Max, esperando un taxi. Cuando éste llegó tocó la bocina y me subí, me llevó a dónde le dije y al bajar me guió Max (no me hizo problema el hombre con llevar a Max en el auto, tal vez porque iba sola), me llevó a un banco y nos sentamos. Noté un poco falta de aire, pero lentamente me recomponía.
Tras unos minutos sentí la mano en el hombro de alguien.
-¿Carolina … Caro? – oí decir entre la sorpresa y el asombro.
-Me confunde con otra persona – dije sin ocurrírseme nada más inteligente, es típico en mí éstos arranques de idiotez, creí que se iba a disculpar y seguir, pero …
-No, no me confundo. Me acuerdo bien de vos ¿no te acordas de la noche en el bar? Te llevé a mi casa y al día siguiente vino tu hermana a buscarte - … ¿por qué si se acuerda tan bien no me llamó? - … Quise llamarte para saber cómo seguías, pero como buen imbécil olvidé pedirte el teléfono – Ni que me leyera la mente - … ¿Carolina? – insistió.
-Sí, soy yo. Me acuerdo, señor …? – dije amablemente.
-Ignacio, deja lo de señor para los que lo son … también me podes decir Nacho y dejando éste tema de lado ¿Cómo se llama tu amigo? – dijo riendo.
-¿Quién? – dije sorprendida y al sentir a Max sacudiendo la cola, volví en mí.
-Éste cachorro, éste no estaba contigo aquella noche – dijo desde abajo.
-Se llama Max, quise ir sola a ver los resultados de un tratamiento, por eso no estaba conmigo.
-Ah … y ¿Cuánto tiene? – preguntó .
-¿Yo? – pregunté confundida.
-No, el perro quise decir – contestó sonriendo.
-Ah … cuatro años – contesté nerviosa.
-Aha ¿y vos? – me preguntó de repente.
-Veintiuno – contesté.
-¿Queres caminar un poco? – dijo agarrándome la mano.
-Bueno – dije aceptando.
-¿Qué te trajo por ésta zona? – preguntó agarrándome del brazo.
-Salí a caminar y en un momento me cansé y me senté … y … y ahí me encontraste – respondí rápidamente tratando de encontrar las palabras adecuadas, pero creo que le erré.
-Está bien, tarde o temprano me lo dirás – dijo entre risas ocultas.
-Ah … a propósito te traje la camisa que me prestaste – después de decirle me di cuenta de que pisé el palito como una idiota.
-¡Anda …! ¿Tenías pensado caminar catorce kilómetros sólo para traerme la camisa? Mirá que no tenía tanto valor la camisa … ¿pero por qué no te tomaste un taxi y a propósito por qué no dijiste que venías a devolvérmela cuando te lo pregunté? –
Yo no sabía que contestar y sonreí nerviosa, pensando en por qué me habré dejado convencer por Lombardi en cometer ésta estupidez que para lo único que sirvió es para ridiculizarme y volver a sentirme mal anímicamente.
-Es que … yo … no sabía que – y en ese instante me besó. Yo no sabía separar realidad de fantasía, pensé que había vuelto a sumergirme en uno de esos sueños que tuve tras conocerlo. Perdonen esta parte que viene ahora …( y “punta aparte” sólo ahora lo reconozco), pero una romántica perdida no puede callarse; fue la primera vez que sentí al mundo temblar, sus labios fueron los primeros que me besaron y serán los últimos. Finalmente supe que no estaba soñando cuando me dijo …
-Caro … - bueno eso y lo que ocurrió después lo conservo para mí. Sólo les adelanto que fue uno de esos días difíciles de olvidar.

Tres horas después desperté en una cama ajena, no les puedo ni describir como terminamos en su departamento.
Yo estaba recostada boca arriba, la sábana me cubría hasta la cadera y sentía el dedo de Ignacio dibujando círculos sobre mi vientre, ni un sonido se oía en la habitación solamente el de respiraciones cansadas.
-Caro … ¿estás bien? – dijo besándome el cuello.
-Sí – le respondí sin poder hablar - … ¡Nacho! Tengo que confesarte algo … - dije bajito.
-¿Qué cosa? – preguntó.
-¡Pará! … no vine para devolverte la camisa, ni tampoco salí a caminar, vine por esto y …
-¿Tenías todo esto calculado? No puedo creer que sólo querías mi cuerpo, me siento tan barato … - dijo aumentando el drama en su voz y riéndose - ... yo te tengo que confesar algo en serio – mientras lo decía logró despertar mi curiosidad - … Ésta última semana iba cada día al parque … - dijo con voz seria.
-Aha – respondí sin saber a lo que se refería.
-Sigue, ¡esperá, no me cortes! Como te decía iba al parque a seguirle los pasos a una mujer - ¿Para qué me cuenta esto? - … iba con un perro dorado, un “retrovirado” como el tuyo. La miraba de lejos porque “entre nosotros” me faltaba el valor para encararla porque era muy joven comparada conmigo, pero no había día en que no la viera, me volvió loco desde la conocí y …
-¿Te gusta esa mujer, verdad? – pregunté con una tristeza incapaz de controlar.
-No sólo eso … - agarré la sábana y me tapé sentándome - … ¡Caro! ¿es que no sentís lo mismo? – preguntó tocando mi espalda.
De repente sentí como que todo el mundo se reía de mí, salté a la defensiva como siempre, me sentía estúpida por bajar la guardia. Busqué a tientas mi buzo sintiendo las lágrimas caer y su brazo me sujetó.
-Che Caro ¿qué pasa … dije algo mal? – preguntó dulcemente.
-¡Dame mi ropa por favor, no sé donde está y quiero irme – dije sin permitir que salga el llanto.
-Pero ¿por qué … por qué queres irte? ¡Hablame, Caro, no llores! Perdóname si dije algo que te lastimó … Caro por favor – dijo suplicando junto a mí.
-¡Mi ropa y un taxi por favor! – dije secándome las lágrimas.
-Está bien, ¡tranquila! … ¡Acá está tu ropa, ahora te llamo un taxi! – dijo alejándose.
Mientras me vestía llamé a Max que se acercó en seguida conduciéndome hasta mi mochila, sentí los pasos de Ignacio.
-Permiso … en cinco minutos está en la puerta el taxi que me pediste ¿no me vas a decir por qué gané tu indiferencia? No sé si estoy arreglando o empeorando el hecho por el cual te queres ir, pero siento si dije algo que no querías oír. Creí que viniste porque pensabas igual, perdóname, Caro – dijo.
No le contesté y me mantuve en silencio. El taxi esperaba abajo, salí con Max a mi lado. Nos subimos al auto y nos fuimos.

Eran las seis y media cuando llegué a casa, no tenía plata encima y toqué el timbre para que alguien bajara y lo pagara. Bajo Lombardi y le pagó, me agarró del brazo y entramos al edificio.
Me senté en el sofá, él prendió la radio y fue a hacer café.
-Bue … en dos minutitos estará listo – dos minutos después - ¡Listo! … ¿azúcar?
-Si, por favor – dije rascándome la garganta.
-Bueno ¡listo … toma! Ahora decime ¿por qué tan triste? … Caro, contame …
-Estoy bien, me duele un poco la cabeza solamente – contesté sin querer decirle la verdad.
-¿En serio? – insistió con ternura.
-Sí, termino el café y me voy a recostar.
A la media hora estaba acostada en mi cama, las cortinas cerradas (ni que hiciera falta) y Max acostado junto a mí.
A la noche me despertaron tocando la puerta.
-¿Puedo, reina? – preguntó Oliver.
-Sí … ¿cómo estás? – pregunté bostezando.
-Bien, pero vos me tenes abandonado ¿en qué andas che?
-Nada – no sé cómo lo logra porque empecé a llorar.
-Sé bien que algo te pasa, reina, así que ¡desembucha! – dijo mientras me abrazaba.
Le empecé a contar toda la historia, sin olvidarme de nada y después él me dio su versión de los hechos, lo cual me dejó más que mal parada. Aún queriendo mi estúpida postura puse algunas excusas y todo … ¿para qué? … para que el balde de agua fría de Oliver fuera de diez grados bajo cero y recién entonces mis lágrimas fueron dirigidas a mi estupidez.
Oliver me abrazó para tranquilizarme, pero yo seguía sumergida en el recuerdo.
-¿Y … estás mejor, reina? – preguntó inclinándose hacia mí.
-Oli … ¡tu reloj se murió! – dije de repente.
-¿Cómo lo sabías? – preguntó sorprendido.
-Porque el segundero no funciona más y recuerdo que te funcionaba …
-Ah … claro, ¡qué tarado! Aguantame un cacho … ¡listo!
-¿Qué hiciste? – pregunté ignorándolo por completo.
-Puse un disco … Che … reina ¿qué te parece si te invito a comer? – dijo haciendo que me levantara, me tomo de la cintura y me hizo bailar con él.
-No sé … - contesté dudosa.
-Dale che, no voy a estar rogando ¡te venís y se acabó! – dijo decidido.

El restaurante tenía olor a madera, las sillas eran muy cómodas, perdonen que no les pueda contar más …
-Veni por acá, reina. En la entrada hay un recibidor con un pingüino que te lleva a una mesa (cómo el que nos trajo a nosotros), las mesas son rectangulares color madera oscuro, las sillas a juego, el salón es amplio y tiene varias ventanas grandes, hay unas diez mesas en ésta sala y hay como diez salas, en cada mesa hay una vela con un ramito de flores, los manteles son …
-¡Bordo! – dije tocando el que cubría nuestra mesa.
-¡Correcto! La luz del restaurante es templada, cálida, es un color amarillento y tus ojos se ven hermosos con ésta luz.
-Gracias, los tuyos también – contesté riendo.
La pase bárbaro esa noche, después de comer realmente me llevó a bailar y volvimos como a las dos de la mañana. Laura y Lombardi ya dormían (confiaban ciegamente en Oliver, lo que no puedo decir de mí misma, o sea que aun les deje el miedo de cuando me fui sola y no volví a aparecer y bue …)
A las diez de la mañana me despertó Laura; sentada en mi cama.
-¿A dónde fuiste con Oliver anoche, negrita?
-Oliver te dejó una nota avisándote – respondí creyendo tener que defenderme.
-Está bien, no te rezongo sólo te preguntaba para hablar de algo – dijo.
-¿A las diez de la mañana? – dije tras tantear mi reloj.
-Sí, no importa … ¡seguí durmiendo! – dijo levantándose.
-¡Lau … veni! … Fuimos a comer y después a bailar – le conté.
-Ah … ¿y piensan salir ésta noche? – preguntó volviéndose a sentar.
-No tengo ni idea, Lau – contesté.
-¿Realmente te sentís bien, negrita … sino me lo dirías, verdad?
-Todo está bien, Lau.
-Bueno, entonces … ¡Gastón, veni un segundo!
-¿Qué pasa? … quería volver a la cama, hoy es mi día libre – protestó.
-No mariconees, decime ¿vos la ves bien, Gastón? – dijo mi hermana.
-¡Sí! … buenos días, Caro – dijo dormido.
-Hola Lombardi, ésta hincha pelotas no nos deja dormir, viste – dije bromeando.
-Sí … a ver haceme un lugarcito, Max – dijo él acostándose también en mi cama.
Mi cama ya era una torta, Laura a los pies, Lombardi junto a Max y Max pegado a mí. Nos quedamos charlando así.
A la media hora se levantó mi hermana yo la acompañé con Max, Lombardi se había quedado dormido y lo dejamos seguir viaje. Yo me fui con Max al parque.

Hacía un calor insoportable y pasé por el bar de Pietro a refrescarme con agua mineral y después un heladito. Caminamos media hora y ya me estaba por dar la vuelta para volver cuando oigo la voz de Oliver.
-¿Tan rápido volves?
-¿Cómo? – pregunté sonriendo.
-Siempre te quedas dos horas y hoy sólo media hora – respondió.
-¿Y vos cómo sabes cuánto llevo acá?
-A las dos llame a tu casa y me dijeron que habías salido y supuse que estabas acá y mira … recién son las tres menos veinte y te estabas yendo ¿te puede el calor?
-Está pesadísimo – respondí secándome la frente.
-Sí, pero … ¡acompáñame un rato por favor! – suplicó y acepté - ...¿Y … ya hablaste con tu “Nacho”? – dijo tomándome el pelo.
-¿Y vos solucionaste el quilombo con Adrian? – respondí preguntando.
-¡Sí! – me cagó con esa respuesta - … ¿me podes responder ahora vos?
Tal vez me contestó afirmativamente sólo con esa intención, pero ya me cagó, me tenía encerrada y tuve que decir la verdad, que no me había atrevido a llamarlo y eso que habían pasado dos semanas ya de la última vez que lo “vi”.
Oliver me insistió tanto diciéndome que no fuera cagona y que no dejara pasar más tiempo.

¡Hola! ¿Qué creen?
Estoy frente a la puerta del edificio de Ignacio. ¡Sí! las palabras de Oliver lograron su cometido. Ni siquiera sé qué decir, quizás Oliver tenga razón y yo sola me inventé la película, pero ¿cómo salgo ahora de la situación? Bue … cualquier cosa voy a …
-¿Quiere pasar, señorita? – dijo una voz.
-Eh … sí, gracias – entré y seguí los pasos de la última vez en que estuve ahí, hasta encontrarme frente a su puerta, no me decidía a golpear, pero tras cinco minutos Max empezó a ladrar arruinando mi propósito de huida. Sentí que la puerta se abrió, pero no era el perfume que usaba Ignacio el que olía.
-¿Puedo ayudarle en algo, señorita? – dijo la voz de una mujer.
No sabía qué decir y volví a sentirme tan estúpida como la otra vez, mis sospechas se hicieron realidad y me di la vuelta sin responder en eso sentí a Ignacio.
-¿Caro … qué haces acá?
-Nada, ya me iba … vos seguí no más con tu conquista de hoy.
-¡Pará! … ¿de qué hablas? No me llamas en dos semanas y apareces acá diciéndome algo de una conquista y ya te vas … Si lo decís por Maite …¡pará, Caro! … Maite es mi hermana ¿por eso te ibas … Porque creías que ella era otra cosa?
Bueno para que sepan mi respuesta a todo eso que me cayó más frío que el balde que me tiro Oliver, les cuento … sentía que la cara se me partía en mil pedazos y se iba cayendo, pero traté de disimular simulando un mareo, bue … sé que no fue juego limpio y un cliché muy grande, pero ¿qué iba a hacer? … ¿Vos hubieras reconocido la metida de pata que me mandé de una? … No digas que no sabes bien a lo que me refiero y si realmente lo haces mejor para mí.
Vuelvo al mareo … él me ayudó a entrar y agarró a Max.
-Nacho, tengo que irme, pero ¿queres que te ayude en algo? – preguntó la mujer.
-No, no, puedo sola, Maite. Decile a papá eso nomás ¿ta? … cuídate – dijo despidiéndola.
Sentí un vaso entre las manos y bebí haciendo de cuenta que me recuperaba (con todo lo que tengo como para no parecer creíble).
-¿Estás mejor? – preguntó acariciándome la cabeza.
-Sí, gracias. Ignacio … por lo de recién … - traté de explicar.
-Está todo bien, Caro ¿me responderías una cosa?
-Quizás – intenté ser cauta y no apresurada como siempre lo soy.
-¿Fue por algo parecido a lo de hoy lo que te mantuvo dos semanas alejada de mí?
-Yo estoy muy mal de la cabeza, soy una imbécil, Ignacio, tómalo como un ejemplo para conocerme, confundo demasiadas veces lo que dice la gente con la película que me armo en la cabeza … es una muestra gratis …¡Sí, algo parecido! – contesté finalmente bajando la cabeza.
Con su mano me levantó el mentón y me besó.
-En la semana me ingresaron a un hospital, porque el bobo se me debilitó …
-¿Cómo? – dije de repente con lágrimas en los ojos – pero … ¿Cuándo? – pregunté alterada.
-¡Tranquila! El Jueves por la tarde, pero ya estoy bien – dijo calmado.
-¿En serio? – pregunté tanteando en el aire para tocar su cara.
-En serio, Caro – dijo agarrándome las manos y posándolas sobre él - … te quería avisar, pero la última vez que nos vimos, no estaba muy pendiente de pedirte el número de teléfono.
-¡Toma! – dije sacando una tarjeta de la mochila.
-Gracias …¿queres que ingrese otra vez y te llamo? – dijo riendo.
-¡No! Sólo quiero que me perdones – dije.
-¿Cómo no hacerlo? Si no hago otra cosa que pensar en vos, Caro.
-Entonces, la mujer con el Golden Retrivier …
-¡Retrovirado! – recalcó él.
-Retro … soy yo? – pregunté en un hilito de voz.
-¡Sí! ¿fue en ese momento en que te hiciste la película, no? – asentí con la cabeza.
El resto es muy íntimo, al menos a mí no me gusta hablar de cuantos besos hubo, cuantos codos en medio ¡ta! Sigo escribiendo después … cuando pueda.
Bueno sigo … Ignacio duerme, su respiración es suave y constante. Max me está haciendo compañía, estamos en el balcón.
-¿Qué haces en el balcón, Caro? – oí preguntar desde atrás de mí.
-Hola, no sé … salí con Max a chupar aire – contesté.
-¡Veni!, te vestis y los llevo a comer ¿sí? – dijo agarrándome de la cintura.
-Bueno … - dije dejando que él me guiara.
Nos arreglamos y salimos en busca de un local. Cenamos y paseamos un poco por su barrio, después me llevó a casa en su camioneta. Al llegar lo invité a subir.
-Caro … si no queres que suba … - dijo él de repente frenándose en medio del camino.
-No, quiero que vengas por favor – dije sujetándolo del brazo.
-¿Segura? – insistió.
-Sí – subimos. Al llegar a la puerta saqué las llaves y abrí.
-Hola, Lau … ¿Estás en casa, Laura? – grité al entrar.
-Sí, sí, negrita … en la cocina – gritó ella.
-Traje a alguien para que conozcas … ¡pasa, Ignacio! – dije buscándolo.
-Acá estoy – dijo agarrándome la mano, pero su mano estaba sudorosa.
-Tranquilo, Nacho – dije con dulzura (que creída yo, bueno creo que lo dije así).
-Hola, muchachos … - dijo Laura de repente.
-Hola, señora – contestó Ignacio.
-Nacho, ella es mi hermana “Laura” – dije presentándosela.
-Hola, es un gusto – respondió él.
-Y para mí otro ¿dónde se conocieron? – preguntó de repente.
-¿Me estás jodiendo? – dije yo.
-Ah … ¡qué tonta! Cierto usted es el hombre que me llamó por teléfono para buscar a Carolina ¿puedo ayudarle en algo, señor? – preguntó.
-Dígame Ignacio por favor –respondió.
-¡Laura! Vine con él para que lo conocieras como … mi pareja – contesté a su interrogatorio.
-¿Qué? – dijo en un grito. Era la reacción que me esperaba de ella.
-Ignacio es mi novio … ¿si no? – le pregunté tirando delicadamente de su brazo para decírselo al oído. Soltó un “si” entre la respiración.
-Bueno … ¡siéntese entonces! … ¿tenes hermanos? – dijo una vez estábamos los tres sentados.
-Una, señora. Se llama Maite, es más chica que yo -respondió.
-Aha ¿y qué haces de tu vida? – Odio cuando va con esa onda de capitalista buscona, pero la respuesta de Ignacio fue rápida.
-Arreglo televisores, computadoras y todo tipo de artefactos, mientras que no estoy en la clínica – respondió tranquilo.
-¿Por qué en una clínica? – preguntó intrigada.
-Ah … no le contaste – me dijo al oído - … Tengo problemas en el corazón y por eso tengo que estar tranquilo por él, a la mínima alteración puede jugar loco …
-Ay … no sé qué decir …¿Cómo estás ahora? – preguntó cambiando el tono.
-Bien, bien – contestó relajado.
-¿Quieren que les traiga algo para tomar? – preguntó Laura amablemente.
-Bueno por favor – dijo él y yo me sume al pedido.
Al volver nos alcanzó las bebidas y el resto de la charla fue agradable.
Golpearon la puerta y yo fui a atender; eran Oliver y Adrian que venían para salir conmigo, pero los hice pasar diciéndoles que estaba con Ignacio y Laura, entraron en seguida y el círculo de la charla se amplió hasta entrada la noche , hora en la que llegó Lombardi.
Le pregunté a Ignacio si quería pasar la noche en casa, diciendo que la vuelta era larga y con un par de besos (a solas) lo convencí.
Despedí a Oliver (que al oído me dijo: “Pasala bien, reina”) y a Adrian. Saludé a Laura y a Lombardi y me llevé a Ignacio al cuarto.
A la mañana siguiente me despertó Max, golpeándome desesperadamente con la cola y era a consecuencia de los mimos que le daba Nacho.
-Buen día, linda – dijo apoyándose en la cama.
-Buenas … - dije bostezando - ¿cómo dormiste?
-Bárbaro – respondió sonriendo.
-¿Y no te despertó Max? – pregunté acariciándolo.
-No, fue un amor toda la noche, al igual que la dueña … - dijo besándome.
-¿Vamos a desayunar, Nacho? – pregunté tras liberarme de sus besos.
-Bueno, si tiene que ser – dijo bromeando.

4

Max ladraba y me desperté, cuando me disponía a levantarme sentí un cuerpo aprisionarme impidiéndomelo.
-¿A dónde crees que vas? – dijo Nacho.
Hace tres semanas que vive en casa, al principio la idea era irme a vivir con él, pero la palabras de Laura pudo más, alegando que no quería estar lejos de mí (por la situación en la que me encuentro) lo cual me sigue pareciendo raro, ¿Qué pasa si Sarita (la amiga de la infancia y actual inseparable de ella) muriera mañana por un accidente de auto … la metería a vivir en casa también? … ¡no! . Se hubiera perdido la oportunidad de compartir sus últimos momentos y yo como tengo un certificado de muerte en la mano, no me dejan ni a sol ni a sombra. Ni siquiera me puedo calentar con ella, porque sé que sufre más que yo. Si mi vida dependiera de ella ni siquiera me dejaría salir a la calle; por el frío, las bacterias, los posibles contagios de virus, etc. Así de exagerada es, pero ¿qué le voy a hacer? … La quiero y bue …
-A darle de comer a Max – contesté besándole la nariz.
-Nada de eso, ¡vos te quedas acá, linda y yo voy a dársela! – dijo levantándose de la cama - ¿El arroz con carne que hice ayer, no, o ya se lo comió?.
-No, no se lo terminó aún … Nacho ¿no se lo …
-¿Calentaría? ¡Sí, linda! – dijo besándome.
Al ver que se tardaba me levanté y fui al baño, me lavé los dientes, la cara y me peiné. Salí del baño camino a la cocina, pero unos brazos me abrazaron (valga la redundancia) sorpresivamente, eran los de Laura.
-Buenos días, negrita ¿Cómo dormiste? – preguntó.
-Bien ¿y vos, Lau? – pregunté caminando lentamente porque la tenía prendida a la espalda.
Me respondió que le dolía un poco la espalda, pero que ya estaba bien. Yo le dije que iba a la cocina con Ignacio.
-Ah entonces vuelvo con Gastón, negrita. ¡Beso! – y se fue.
Yo me quedé pensando en que Lombardi le dijo algo, porque si no ¿por qué huiría así? Igualmente aproveché y me callé. Fui hasta alcanzar la voz de Nacho y lo encontré de pie junto a la heladera y como la situación se presentó sola, lo rodee con mis brazos desde atrás y pegué mi rostro a su espalda, me agarró los brazos y bailamos un rato con la música de la radio.
-¿Te gusta el mate, linda? – me preguntó.
-Sí – respondí sin dudar.
-Bueno, ya está listo ¿amargo o dulce? – dijo con su cabeza apoyada en mi hombro.
-¿Vos como lo tomas, Nacho? – pregunté.
-¡Amargo che! – respondió dándolo por sentado.
-Qué casualidad – dije sonriendo.
Laura nos sigue trayendo el desayuno a la cama, como si fuera un bebé aun. Hoy logré disuadirla o qué sé yo … porque se despidió misteriosamente, como les conté hace ratito. Y lo tomamos sentados a la mesa, por eso recién ahora se presenta el mate, si no Ignacio se lo lleva siempre al trabajo. Lo tomamos en compañía de unos bizcochitos, Max me ladraba reclamando uno y le di un pedacito.

Los días pasaron tranquilo. Oliver venían con Adrian y comíamos todos juntos, casi todas las noches. A veces invitaban unos y a veces otros. Jugábamos a las cartas y entonces era Ignacio mis ojos (y no se imaginen ninguna cursilada). Aunque Oliver y Adrian ganaban casi siempre. Últimamente me va mal en el juego, no sé si la cazan … Esos dos (Oliver y Adrian) deben andar con problemas jeje … ¡No…! Soy mala perdedora no más, ¡ni ahí! Sólo lo decía por joder.
Detalle que me olvide de comentarles … hoy cumplo veintidós años para ser exactos.
Estábamos comiendo helado en la rambla, porque logré disuadir a Nacho de ir a un restaurante. Todo estaba tranquilo y era hermoso para mí. Oía el ruido del mar y sentía al viento jugar con mi pelo, un par de gaviotas chillaban a orillas del mar.
Hace cuatro semanas ya que no tengo ataques … bastó recordarlo para arruinarlo todo. Nacho trató de tranquilizarme, pero no lo lograba y yo cada vez estaba peor. Tanto es así que tuvo que llamar a una ambulancia y como siempre lo soñé terminé mi cumpleaños en el cuarto de un hospital.
Estando internada me dieron un tranquilizante y la píldora logró su cometido. Me mantuvieron en el hospital por las dudas nada más, porque me rehusé a quedarme mucho tiempo, me quería ir cuando ya pude volver a respirar, pero me lo impidieron ¡Pará! ¿cómo fue que dijeron …? “La mantendremos aquí solamente para observación y después podremos decidir”
Yo no es por nada, no, pero acá quien decide soy yo ¡carajo! Es mi vida y yo elijo dónde morir … bueno … evidentemente no es mi caso.
-Caro ¡háblame, linda! – me dijo junto al oído Nacho - … Tenía que traerte, amor, no lograba tranquilizarte y me asuste …
-Te olvidaste de lo que hablamos … estábamos de acuerdo en no morir en un hospital … ¿no? – insistí apretando una sábana.
-Pero no te vas a morir, Caro – dijo tratando de agarrarme la mano.
-Eso no lo podes saber, Ignacio – dije dándome la vuelta.

Una hora después me encontraba rodeada de Oliver, Adrian, Laura y Lombardi. Todos trataban de hacerme reír, pero no lo lograron. Laura se quedó un segundo no más porque le hicieron quilombo en el hospital por haber entrado con Max y ni siquiera pude verlo.
Me estuvieron hablando y me contaron que Laura se volvió con Max.
-Júrenme que alguien lo va a cuidar más de lo que yo lo hice – dije con los ojos llenos de lágrimas.
Todos respondieron a la vez que lo harían y recién ahí volví a respirar.
-Tu hermana me mando decirte que en dos días estarás de vuelta en casa, Caro – dijo Lombardi apretándome con ternura el brazo.
-Nosotros nos tenemos que ir, pero volvemos en la noche, reina – dijo Oliver besándome la frente.
-Sí, Caro, a la noche estamos acá – agregó Adrian.
-¿Dónde está Nacho? – preguntó Oliver.
-Está afuera fumando – contestó Lombardi – y tiene una cara el pobre – dijo más bajito lo del final, pero lo pude oír.
-¿Discutieron, reina? – preguntó Oliver junto a mi oído. Yo no dije nada.
Se despidieron y me dejaron sola.
Ya eran las diez de la noche. Oliver y Adrian estuvieron junto a mí hasta hace un rato. Quisieron traerme el hogar acá y a pesar de haberse esmerado la coraza que me había creado no lo dejo traspasar, era como que una máscara de tristeza me estaba poseyendo y no lograba deshacerme de ella.
De repente sentí unos gritos extraños, agudice el oído y sentí …
-¡Sí no deja pasar a éste perro le despierto al hospital entero!
Me incliné en la cama curiosa y de repente oí unos ladridos que no confundiría ni estando sorda. Bajé de la cama y cuando sentí que se me vino encima me caí arrodillada frente a él, no dejaba de llorar y Max me lamía las lágrimas, entre chillidos y ladridos me festejaba, no le gustaba verme así.
-Hola, linda – dijo Ignacio.
-Na … Nacho perdóname – dije sentada en el piso y de repente siento que se agacha junto a mí abrazándome.
-Sh sh … tranquila … ¡Sí, Max, es mamá! – dijo mirando a otra dirección.
Volví a la cama, porque Nacho me lo suplicó y al recostarme llamé a Max a mi lado y se subió obedientemente. Nacho agarró una silla y se quedó junto a mí toda la noche.
Me empezó a hablar y le pedí que siguiera hablando, hasta que me dormí.
Fueron tres días en total los que pasé en el hospital, seguían diciéndome que por observación bla bla bla …
A Max me lo traían todas las tardes, pero el resto del tiempo se quedaba en casa de César (con quién se entendía bárbaro)que juró cuidarlo hasta que saliera del hospital.
Me dolía un poco el pecho y Nacho en seguida me llevó afuera a tomar un poco de aire, dónde me volví a sentir bien.
-Nacho … hasta nuestra historia que es corta termina mal – dije suspirando.
-Che, pesimista ¿quién te dijo que se termina? Nada va a terminar – dijo agarrándome la cabeza y besándome la cara. Sentí que no quería oírme más hablar así y callé - ... Hoy de mañana mientras dormías salí camino a tu casa a sacar un rato a Max a pasear y frenamos en el bar de Pietro … pedí lo que vos siempre pedías un café y agua mineral ¿qué te parece?
-Que Max va a estar en buenas manos y es mucho más de lo que puedo pedir.
-¿Puedo hacer algo por vos, mi amor? – preguntó con un llanto suave besándome la mano.
-Llamarme así es suficiente – dije tocando con mis dedos sus ojos para secarle las lágrimas y después lo apreté junto a mí - … fuiste y sos más de lo que hubiera soñado y el hecho de que hubieras compartido conmigo éste último tiempo … no quiero pertenecer a la clase de gente que se arrepiente por no haber dicho algo, bueno … Ya pertenezco a esa gente, pero la cosa es que no quiero morirme sin decirte que te amo y que me llevaré éste amor a dónde vaya.
¡No se rían que era una conversación íntima! Si la leyeron fue de metiches, tengan un poco de respeto ahora que me estoy muriendo ¡carajo! ¿Para qué alargarla?
Eran las cinco de la mañana y me pusieron un aparato para respirar mejor porque mis pulmones no cumplían del todo con su trabajo. Nacho no me soltaba la mano. No podía hablarle.
Terminé durmiéndome y al abrir los ojos oí …
-Buenos días, soy Maite… la hermana de Nacho – dijo con voz dulce.
Yo apreté la sábana y una lágrima se me resbaló por la mejilla.
-¡Tranquila! Me dijeron que no podrías hablar por eso apretame una vez la mano para sí y dos para no … ¿Sí? – me dijo. Le apreté una vez la mano - ... ¡eso es! Recién ayer volví del interior con mis amigas y al llegar a casa me encontré con un mensaje de Nacho diciéndome que estabas acá y me vine en seguida, Caro ¿cómo te sentís? Perdón! … ¿estás bien? – le apreté una vez la mano y le hice una señal con la otra mano con el pulgar hacia arriba - … Bien, no creas que no me doy cuenta de tu sarcasmo … No sabes cómo está Nacho, siempre firme ante todo, después de un millón de visitas al cirujano lo único que consiguió derribarlo fue verte mal a vos – mis lágrimas eran incontrolables - … no lo digo para que te pongas mal, Caro, lo que quiero que sepas es que nunca amo a nadie como te quiere a vos … No habla de otra cosa que no seas vos y el “Retrovirado” como él le dice – le apreté una vez la mano - ... Gracias por hacerlo reír, Caro – le estiré los brazos.
-¿Qué pasa acá con tanto lloriqueo … estás molestando a mi mujer, Maite? – era la voz de Nacho que nos encontró abrazadas.
-Nada que ver … estábamos hablando, Nacho – dijo la hermana .
-Aha ¿y sobre qué? – preguntó riendo.
-Cosas de mujer, hermanito. Cuídala que me tengo que ir a estudiar. Chau, Caro – dijo yéndose del cuarto.
De repente mi mano la sostenía Nacho, le hice señas para que se acercara, me saqué el aparato con el oxígeno y con una voz que hace tiempo no usaba y apenas y con mucho dolor logré pronunciar le dije …
-¡Be – same! – y me besó. Después volvió a ponérmelo acariciándome el pelo.

Eran las doce de la noche, un grupo de enfermeros entró corriendo a la habitación, sentí vagamente a Ignacio hablar, pero no entendía sus palabras.
Me entubaron con toda el ornamento. Se ve que alguien vio que anoche me lo saque un segundo y aprovecharon para sacarme esa mínima libertad. Era como un caño enorme que se perdía en mi garganta.
Pero hablemos de cosas más lindas, no les describí a Nacho; es alto de 1.78 (para mí es alto che) tiene el pelo castaño hasta los hombros (como rebajado), tiene nariz recta (como hecha con regla), los ojos medianos (ni muy chicos ni muy grandes), la boca es grande de labios finitos, espalda ancha y unos michelines divinos, calza cuarentaicuatro (creo) tiene pies grandes.
-¿En qué pensas, mi amor? – preguntó pasándome la mano por la frente.
-H … -sacudí la cabeza y finalmente la apoyé dándome por vencida.
-¡Tranquila, mi amor! fui un tarado al hacerte esa pregunta, no te alteres … Mira … hoy a la mañana fui a la casa de César a buscar a Max y pasee un rato con él. Es un divino ese perro, mi amor, ahora te entiendo. No interpretas mal mis palabras, pero ése perro tiene un noséqué … ¡No me pegues!, pero me siento como que estuviera junto a ti cuando me mira, sé que suena irrisorio no me lo tenes ni que decir, pero no sé … - sacudí la cabeza y le apreté una vez la mano - … ¿me queres decir que sentís algo parecido? – le apreté una vez la mano - … ¿Un apretón quiere decir SÍ? – y le volví a apretar la mano - … bueno y dos para no, ¿listo? … Me acaba de llamar Laura y me dijo que está en camino.

Hace una semana ya que estoy acá y como buen hospital me hicieron depender de una máquina. No respiro y sigo viva, no hablo aun teniendo bien las cuerdas vocales, sólo puedo ver la nada que vi toda mi vida y llorar, pero no quiero hacerlo frente a nadie.
-Hola, hola, negrita – entró mi hermana con un gritito de alegría.
-Hola, Laura ¿todo bien en el trabajo? – pregunté Ignacio.
-Sí, pero muy cansada ¿cómo sigue ella? – preguntó.
-Ya la ves … me habla, Laura – respondió él alegre.
-¿Cómo? Si no puede … - dijo mi hermana.
-Sí, nos entendemos con las manos, me aprieta una vez la mano para decir que sí y dos para decir que no.
-Ah … ¿me oís, negrita? – le respondí con un apretón – Ay negrita, te quiero ¿queres algo? – le apreté dos veces la mano.
-Laura … ¿vos sabes que significa Max para Caro? – preguntó Nacho.
-Ella siempre dijo que era como una parte de ella, pero son cosas que se dicen ¿no, Caro? – le apreté dos veces la mano y sentí la mano de Nacho tocándome la cara y besándome la mejilla
-Sabía lo de Max, mi amor – me dijo susurrando al oído.
Entendí sus palabras con el sentido que yo siempre le había dado. Max era parte de mí, era el ser en el que descargué todos mis sentimientos y él me respondió de la misma manera. Max es mi mejor amigo a quien nunca le mentí, con quien siempre fui sincera y por eso lo sentía mío.
-Bueno, negrita ya tengo que volver a irme, pero antes quiero decirles a Nacho y a vos que van a ser tíos – dijo ella muy contenta y a mí sólo me dio por levantar el pulgar.
-Felicitaciones che hablo por los dos, Laura – dijo Nacho, yo le estiré la mano a Laura para sostenerle la suya.


Pasaron tres horas en las que pude dormir un poco y al despertar llamé a Nacho, pero no me respondió y tosí …
Ahora lo veía todo claro, Nacho corrió junto a mí (es tal cual lo imaginé) y me agarró la mano llorando. Un enfermero lo sacaba de la habitación y otros tres se quedaron junto a mi cuerpo. Suena feo desde ésta perspectiva, pero así es la realidad. Ahora quizás le digan que no sufrí, pero ¿cómo lo pueden saber si no estuvieron en ese momento en mi piel?
Mi última semana de vida la pase postrada en una cama, sin poder moverme, ni hablar, ni sentir, viví encerrada en un lugar en el que preferí haber muerto antes de ingresar.
No quiero ni imaginarme la reacción de los demás al enterarse, muchas veces eso se convirtió en un problema para mí … siempre estaba pensando en qué dirá la gente de a mi alrededor a los que quiero y aprecio … Tengo una única oportunidad de ver con mis ojos éste mundo y escogí la mañana siguiente a mi fallecimiento.
Estaba mirando desde un árbol de la plaza (a la que iba todos los días) a Max con Nacho sentados en una de las mesas del bar de Pietro y ambos estaban llorando.

FIN.

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