Mayo 2008
Capítulo 1
Hacía tanto calor que ya no se aguantaba estar en la cama. Puso los pies sobre el suelo y se levantó dirigiéndose al baño. La ducha no sirvió para refrescarla.
Se sirvió un vaso de jugo bien helado con cubitos de hielo y se sentó en el jardín soñando con una brisa fresca, pero lo único que sucedió fue más calor. Pensó en poner un ventilador y al probarlo enseguida optó por dejar esa idea porque sólo juntaba el aire caliente echándoselo en la cara.
Dejando pasar un par de minutos recogió sus cosas; toalla, crema de sol, lentes oscuros, un libro y el bolso. Se puso la malla y agarrando el bolso salió de la casa en dirección a la playa.
Cuando sus pies entraron en contacto con la arena se buscó un lugar para dejar el bolso y en seguida después se metió al agua sin vacilar.
Por fin parecía bajar un poco la temperatura del cuerpo y el malestar que sufría.
Salió del mar y caminó hacia su bolso, desdobló la toalla y se echó en ella.
Los gritos de los niños jugueteando en la arena invadían el lugar, el sol seguía imponentemente caluroso y el mar gozaba de un apasionante ir y venir de grandes olas.
A medida que fue pasando el tiempo cedieron los gritos de los niños siendo reemplazados por chillidos de gaviotas que volaban sobre el mar. El sol se fue yendo lentamente a dormir dando paso a que la luna plateada marcara su camino a lo largo del océano.
Sus lentos pasos bajo las estrellas la llevaban de vuelta a la casa, dónde dejó el bolso y volvió a darse una ducha.
Sonó el despertador con un fuerte pitido. La mujer abrió los ojos y vio que eran las siete y media. Tras arreglarse salió a la calle camino al trabajo.
Frenó un ómnibus y viajó tres paradas y el resto lo hizo caminando.
Estaba parada frente a un enorme edificio (un centro especializado en discapacitados), subió las escaleras y entró.
-¡Buenos días, Lucrecia! – dijo la mujer al ver la recepcionista.
-¡Buenos días, Natasha! ¡Qué calor el de ayer eh! Creí que moriría … - respondió la muchacha.
-¡Sí! estuvo bravo la verdad – dijo la mujer seriamente - … Con permiso, voy a ver qué tal marcha todo , nos vemos más tarde, Lucrecia– y se alejó.
Caminó hasta el fondo dónde se encontró con ocho o nueve personas sentadas en el jardín, formando un círculo.
Saludó a cada uno con una sonrisa y siguió unos pasos hasta llegar a una puerta azul (que estaba frente por frente a la puerta de la salida, pero con la distancia de unos ocho metros aproximadamente). Entró a la habitación que era ligeramente ambientada a la antigua y cálida, dejó su cartera colgada en el perchero y agarró la túnica poniéndosela.
La mujer estaba agachaba junto a una niña de diecisiete años jugando a las cartas. La niña reía mucho y se notaba que Natasha se esforzaba por sonreír.
De repente se acerca corriendo la recepcionista con el teléfono inalámbrico.
-Natasha te llama un hombre – dijo alcanzándole el tubo.
-¡Discúlpame un momento, Josefina, en seguida vuelvo! – se levantó y sostuvo el tubo - … ¿Quién es? … Sí … bien … no, no puedo … Lo siento, pero hasta nuevo aviso no tengo libre … bueno, chau – cortó y le pasó el tubo a la chica - … Si éste hombre te vuelve a llamar haceme el favor de decirle que no te permiten pasarme la llamada …
-Pero …
-Nada de peros … por favor Lucrecia – insistió la mujer un poco alterada y calmándose después, la muchacha asintió y volvió a su puesto.
La oscuridad cubrió la ciudad. El reloj marcaba las diez de la noche.
Natasha saludó a Mateo; un hombre de cincuenta y tres años al que le apasionaba hablar de automóviles y aviones. Al principio la mujer no entendía ni una palabra, pero ahora puede plantarse frente a él y dar su opinión.
Su intención era darle un beso y seguir a su casa, pero el hombre no pensaba lo mismo y le empezó a hablar. Cuando la mujer miró el reloj ya eran las once y cuarto.
-Discúlpeme Don Mateo, pero estoy muy cansada … - dijo ella poniéndose de pie.
-Sí, nena, perdóname por haberte entretenido – contestó el hombre avergonzado.
-No me lo diga así, bien sabe que le presto mucha atención, pero hoy sería incapaz de hacerlo … ¡Usted me enseñó todo lo que sé de autos y aviones, Don Mateo! Mi cansancio es emocional, tampoco es físico ¿Entiende? – dijo dulcemente sosteniéndole la mano.
-Claro, nena ¡anda y descansa! Y gracias.
-Antes le quería decir que ¡se porte bien! Y no vaya a gritar si llega a ver a una nueva muchacha que empieza a trabajar en la noche acá … Su nombre es Nancy, yo le dije que no se acercara a su cuarto, debido al miedo que siente usted hacia caras desconocidas. Mañana en la tarde estaré yo acá para presentarlos, pero si llegase a ocurrir que la ve, porque ella se equivoca y entra a ésta habitación ¡No grite, no se asuste, Don Mateo! Lucrecia se queda toda la noche de guardia, así que si siente algún temor ¡llámela! ¿Sí? – dijo la mujer junto a la puerta, el hombre asintió y ella con una sonrisa cerró la puerta.
Una puerta se abrió hacia un espacio oscuro, Natasha extendió la mano hasta dar con el interruptor y encendió la luz. Dejó las cosas sobre la mesa y se tiró en el sillón quedando dormida.
A la media hora una chica más joven se acercó a ella sentándose en el sillón individual.
-¿Qué hora es? – preguntó Natasha exaltada.
-Las doce y tres minutos, bueno cuatro … ¿Cómo te fue? Ni te sentí llegar – dijo con voz alegre.
-Bien … ¡estoy cansada! … Me llamó Fernando … – dijo enderezándose y agarrándose la frente.
-¿Y qué le dijiste? Espero que no le hayas … - dijo intrigada y suspicas.
-¡No! … Le dije estar ocupada y colgué – respondió casi callando la frase de la hermana.
-Entiendo. Él no te merece, Nati, … ¿Vos queres verlo? – preguntó.
-¡No! y menos quiero que me llame al trabajo, pero … no sé ¡Tengo terrible mambo en la cabeza! ¡Me voy a recostar, hermanita! – dijo yéndose al cuarto.
Un nuevo día sacudió la vida de las hermanas May.
-Mercedes … ¿Viste mi blusa violeta … la de flores negras? La busque por todas partes, pero nada … a lo mejor la usaste vos y está en tu ropero … - dijo Natasha vestida con una pollera y el corpiño.
-Ni idea, pero ¡agarra nomás una de las mías! – sugirió la chica.
-No … gracias … quería esa, pero ta ¡da igual! Ya salgo para el laburo – dijo atándose las sandalias.
-Bueno … - se paró y corrió hacia ella - … ¿Sabes que te quiero, verdad? – preguntó sonriendo.
-Sí y yo a vos, chiquita … Perdóname es que ando de mal humor – respondió la mujer.
-Lo entiendo – dijo dándole un beso.
Natasha se despidió y pasando por su cuarto agarró una blusa negra, se la abotonó y agarrando sus cosas salió de la casa.
Corrió para alcanzar al ómnibus, pero éste no la vio o no quiso verla y siguió de largo.
A los veinte minutos llegó al centro y estaba empapada de sudor, saludó como pudo a Lucrecia y se fue al baño.
Frente al espejo se mojó la cara y se apoyo en el mármol. Tras unos instantes se enderezó y arregló, entonces comenzó a trabajar.
Natasha estaba en su escritorio escribiendo algo en una libreta y de repente contestó a un insistente llamado que golpeaba la puerta.
-¡Adelante! – dijo dejando la lapicera a un lado de la libreta.
-Hola … permiso, soy yo … ¿Qué hacías? – preguntó una mujer de treinta años. Era una de las internas, vestía unos pantalones flojos y una remera ancha y larga.
-Samanta … estaba pasando algo en limpio ¡Pasa por favor … siéntate! – dijo la mujer pasándose las manos por el rostro, se acomodó el pelo y forzó una sonrisa.
-No me la creo … - dijo la mujer apretando un crucifijo que tenía colgado alrededor del cuello.
-¿Qué cosa, Samanta … qué no te crees? – preguntó Natasha acomodándose en la silla.
-¡Tu sonrisa … no es sincera! – contestó tímidamente retirándose el flequillo de la frente.
-¡Tenes razón! … - contestó frotándose los ojos y centrándose en los ojos de Samanta.
-¿Por qué estás tan triste, Nati … Quién te lastimó? – preguntó la mujer con dulzura.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y de repente le respondió – Una persona en quién confié mucho … ¡demasiado!.
-Tranquila … - se fue junto a ella y la abrazó acariciándole la espalda - … ¡Yo estoy contigo, Nati, no te va a volver a lastimar, yo te cuido!
-Gracias, Samanta – dijo sollozando - … perdóname por ésta escena – dijo tapándose la cara.
-Vos me dijiste que cuando uno quiere llorar tiene que hacerlo … ¡Está bien, Nati!
La mujer se despidió de Natasha y volvió a su cuarto dejándola con una sonrisa en los labios.
Más tarde Natasha estaba en el patio con tres personas más. Samanta, Lucas y Mauro.
Lucas es un muchacho de veinticinco años con dificultad de mover el cuerpo y dificultad al hablar, pero mentalmente era muy inteligente y capaz de expresarse elocuentemente.
Mauro es un hombre de cuarentaicinco años, pero mentalmente es un niño. Es muy amoroso e ingenuo.
Y Samanta es una joven muchacha que bajo control resulta bastante tranquila y elocuente, pero sin el control tiende a olvidarse de las cosas y ponerse agresiva exponiendo así su propia vida.
Juntos jugaban a recordar cosas y asociarlas con otras. Reían mucho.
-Na – Na – Na ta … sha … yo yo yo … - dijo Lucas.
-¿Sí, Lucas? ¡Tranquilo! A ver … - dijo ella sonriéndole.
-Na- Na- ran- ja – dijo mirándola a los ojos.
-Muy bien, Lucas – dijo ella y se dio la vuelta hacia Mauro que le había tocado el brazo - … ¿Sí?
-¡Quiero jugar con la pelota! – dijo el hombre con la cabeza apoyada en el hombro.
-El día está un poco nublado, Mauro y a lo mejor llueve … Mejor nos quedamos adentro bajo éste techo ¿Si? – respondió agarrándole la mano.
El hombre contestó con un puchero y levantándose se fue a su cuarto.
-¡Ma … Mauro! – llamó Natasha poniéndose de pie.
-Se enojó porque no cumpliste su capricho, Nati. Sos la única que lo complace con todo y es la primera vez que le dijiste no a algo – dijo la chica cruzada de piernas.
-¡Voy a verlo! – dijo retirándose.
Natasha caminó hasta la pieza 231 y al llegar golpeó la puerta.
-¿Puedo pasar, Mauro? –espero respuesta, pero no le contestó – “Entro” … hola, Mauro ¿Por qué no me respondías?- Lo vio sentado en una esquina con las piernas recogidas – Mauro ¡hablame! – dijo acercándose más a él hasta tocarle la mejilla.
-Ya no me queres más – respondió el hombre retirando la mejilla.
-¿Por qué pensas eso … porque te dije que no podíamos ir a jugar a la pelota? – el hombre asintió con la cabeza y se cubrió la cara. – Jamás podría dejar de quererte, Mauro, el día no está muy lindo, pero si queres vamos a jugar a la pelota … Sólo vos y yo ¿si?
El hombre levantó la cara y vio cómo se le iluminaron los ojos sonriendo.
Salieron al jardín y jugaron media hora al fútbol. Natasha ya estaba cansada, pero Mauro seguía como si nada.
Se vino la noche y como todas las noches Natasha agarraba su cartera dejando la túnica colgada y se marchaba a su casa.
Media hora más tarde llegaba a la casa. La hermana fue la que la recibió y convenció de salir a comer a algún sitio en la rambla.
La hermana se sentó a una mesa junto a un arbusto que tenía flores violetas, Natasha se sentó frente a ella y pidieron la carta.
-Mercedes realmente no me siento con ánimos de comer, ya te lo dije …
-¡Chito! – dijo la chica con un dedo frente a los labios - … Te estoy invitando, mujer … No podes encerrarte la vida entera porque un tipo te corneó – dijo tapándose la boca.
-Está bien, ¡tenes razón! ¿pero qué queres que haga? Fernando no era para mí sólo un “tipo” … Perdón – dijo secándose los ojos.
-No, no digas eso, perdóname vos, Nati … no sé porque dije eso. ¡Vamos a pedir! ¿Sí? – dijo mostrando el menú.
La mujer asintió y al rato les trajeron la comida y la bebida.
Estaban caminando por la orilla de la playa y ambas llevaban los zapatos en brazos. Lentamente Natasha volvía a mostrar los dientes.
-Hace tiempo que no te veía sonreír, Nati … ¡Tenes una sonrisa hermosa … debería mostrarla más! – le dijo la hermana.
-Gracias, pero … no tenía motivo para hacerlo … - y al decirlo volvió a la tristeza.
-No che … ¡Sonreí, Nati … No dejes que él influya tanto en tu estado de ánimo! – dijo la chica agarrándola de la mano y finalmente abrazándola.
-¡Sos un amor, Mercedes! Sé que lo decís con buena intención y te juro que lo estoy tratando de olvidar … Pero son muchas las cosas que ocurrieron entre nosotros y … me va a costar mucho lograrlo. No te olvides que fueron años de convivencia … en los que nos contábamos todo, hasta que … - los ojos se le llenaron de lágrimas.
Capítulo 2
El amanecer rompió en el cuarto de Natasha descubriéndola con la espalda desnuda. Su cuarto era amplio y estaba decorado sencillamente con un par de cuadros, las cortinas eran violetas oscuro y claro, las sábanas de la cama eran amarillas y rosas.
El despertador sonó y estirándose lo apagó. Se puso un corpiño y arriba una blusa, buscó una pollera larga a juego y pasando por el baño para arreglarse fue a la cocina a preparar el desayuno.
-Ah … eras vos – dijo Mercedes sentándose a la mesa.
-Perdona, negrita ¿Te desperté? – preguntó preocupada.
-No … es que no dormí bien y sentí ruido y para dar vueltas sola no sirvo – dijo con una sonrisa.
-¿Te sentís mal u otra cosa? – preguntó mirándola a los ojos.
-No sé … mal no me siento, pero … como que … extraña – dijo agarrándose el vientre.
-Mmm … mejor anda a recostarte que te llevo un te ¿Sí? – dijo haciendo que la chica se ponga de pie.
Y así se fue al cuarto y se acostó hasta ver que la hermana se asomó a la habitación con una tasa, entonces se sentó medianamente en la cama y bebió un sorbo.
-¿Estás mejor, Mercedes? – preguntó arrodillada.
-Sí, el haberme recostado me ayudo un poco, pero vos te tenes que ir a trabajar, Nati.
-Nada de eso, llamo y aviso. ¡Vos estás primero! – contestó acariciándole la frente.
-No hace falta, Nati ¡anda por favor! Voy a terminar el té y trataré de dormir un poco.
-Pero … - insistió la mujer.
-No, Nati, gracias, pero prefiero que vayas y quedarme a descansar en serio … estoy bien.
-Bueno … En ese caso salgo ahora mismo para llegar a hora … Cualquier cosa ¡me llamas!
-Está bien, Nati ¡anda nomás! – insistió la chica.
Tiempo más tarde la mujer se encontraba en la habitación de Lucas sentada junto a su cama. Tenía una bandeja con un caldo de zapallo y jugo de naranja con el cual lo estaba alimentando.
-Me … me vas a con … con-ta-giar … - dijo el hombre apoyando la cabeza en la almohada.
-¿Perdón? – dijo Natasha volviendo en sí.
-Eso … estás tris-te … Sien-to an-gus-tia … - dijo el muchacho.
-Es que … Éstos últimos días no me vengo sintiendo muy bien y … - respondió como quien busca excusas.
-¡No! … si no queres no me res-pon-das, pero por fa-vor no me mien-tasss - dijo el hombre alejando la vista de la ventana posándola sobre sus ojos – transcurrió un instante silencioso y de repente ella dijo …
-Hace cuestión de dos, tres semanas … mi pareja me engañó con otra mujer – contestó con los ojos rojos y secándose rápidamente las lágrimas que amenazaban con caer.
-Lo sien-to … lo sien-to, Na na na-ta-sha – dijo el muchacho.
-Gracias, pero llámame Nati solamente, Lucas – dijo agarrándole la mano.
-Nati – dijo sonriendo - … ¡Gra-cias! – dijo mirándola fijamente. En su mirada lo decía todo.
La mujer le sonreía y al terminar de darle la comida se retiró del cuarto.
Se fue al cuarto de César un chico de doce años con problemas mentales.
Sonriendo de oreja a oreja pidió permiso para entrar y se sentó en el piso junto a él que jugaba con plasticina.
-¿Puedo? – preguntó agarrando un pedazo de la plasticina mostrándoselo.
-Mmm - se negaba con la cabeza alejándose.
-César … ¡pará … tranquilo, es tuya … en serio. Nadie te la va a sacar! – dijo dando un paso hacia atrás y agachada lo observaba.
Al paso de veinte minutos el chico alzó la cabeza mirándola y con el brazo que sostenía un pedacito de plasticina la señaló.
-¿Querés jugar? … ¡Tomá! – dijo finalmente.
-Gracias – contestó ella acercándose a él gateando y empezó a hacer figuritas. César imitaba todo lo que ella hacía, logrando finalmente hacer que el muchacho se riera.
Se quedó largo rato con él jugando.
Al salir del cuarto lo dejó recostado en la cama ya dormido y en el pasillo se encontró con el doctor Rivas.
-Perdón, doctor – dijo ella.
-No es nada, señorita Natasha … ¿Qué pudo evaluar con el joven Mendez? ¡César Mendez! Su paciente, Señorita Natasha – dijo el hombre al ver la cara de sorpresa de la mujer.
-Ah … César … A decir verdad hoy no lo evalué – contestó sonriendo.
-¿Y qué estuvo haciendo hasta ahora en su cuarto? – preguntó escandalizado.
-Estaba jugando con él – respondió calmada.
-Jugando jugando … ¡qué vergüenza! – siguió con su discurso el hombre.
-¡Me baja el tonito, porque el chico se acaba de dormir! Yo no sé qué mugre tendrá su mente, pero le advierto que cómo vuelve a tomar el papel de ser mi supervisor le presentaré el caso al jefe, a ver cuál es su opinión ¿Me oyó? – dijo firmemente.
El hombre se quedó ofendido mientras que Natasha le daba la espalda y volvía a su oficina.
Ya eran las siete de la tarde y Mateo se había apoderado una vez más de la atención de Natasha. Apasionado contaba de los automóviles y aviones, tema que lo llenaba de curiosidad y alegría.
Lentamente la noche se acercaba, pero la pila del hombre no se acababa y siempre era Natasha la que tenía que marcarle un final para seguir al día siguiente y así fue como sucedió.
Eran las diez y la mujer se dirigía a la parada del ómnibus, tras un cuarto de hora llegó a destino.
Abrió la puerta de la casa al llegar y se fue a dar una ducha, poniéndose algo más cómodo se fue a preparar una sopa y con ella se sentó frente a la televisión y así finalizó el día.
El despertador sonó a las siete en punto y así dio comienzo a un nuevo día.
Natasha bostezó y se miró en el espejo y sin darse cuenta se giró mirando hacia la cama con una sonrisa tierna que se tornó a efímera cuando el golpe de la realidad cayó sobre ella.
Se vistió como todas las mañanas y preparó el desayuno, al terminar de comer y estar preparada para salir de la casa se levantó la hermana y le deseó un buen día.
La mujer caminó las tres cuadras hasta llegar a la parada y allí esperó unos diez minutos.
Llegó a la puerta del centro con las medias can-can rotas y en las escaleras vio a Samanta sentada en uno de escalones.
-¡La pu …! Hola, Samanta ¿Qué haces acá afuera? – preguntó la mujer calmándose.
-Hola, te estaba esperando … Nadie me vio salir y aproveché para esperarte … - dijo sonriendo.
-¿Pero está todo bien? – preguntó temiendo no sacarle la verdad.
-¡Vamos a entrar! – respondió la chica evadiendo del todo la pregunta.
-¡Vamos! … ¿Lindo día, no? – dijo poniéndole el brazo por encima del hombro.
Entraron y una de las enfermeras se dirigió a Samanta reprochándole el haberse escabullido de su vista, pero Natasha cargó con toda la responsabilidad diciendo que había sido culpa suya, que se le había olvidado avisar que estaría con ella.
La chica le sonrió al quedarse a solas y siguió a Natasha hasta su oficina.
-¡Adelante, Samanta! – dijo invitándola.
-Gracias … ¿Qué vas a hacer …? – preguntó la chica señalándole con los ojos la media.
-Ah … eso – se agarró la frente - … No sé … Estaba sentada lo más campante cuando me di cuenta de que tenía que bajar ya estábamos a tres casas de la parada y corrí hasta la puerta bajando, pero en el último escalón me enganché con no sé qué y se me rajó … - dijo finalizando la historia.
-Ah … - respondió la muchacha rascándose la cabeza.
-Pero mira … - se sacó las medias y las tiró a la basura - …¡Ya está! – dijo sonriendo.
-Pero ¿Cómo? – preguntó asombrada.
-Así sin más, Samanta … ¡Vamos al comedor! Es la hora del desayuno y no queremos que se enoje Sonia ¿no? – dijo Natasha sonriendo.
-No, no … esa mujer es medio loca.
-Che … eso no se dice, Samanta, no es loca la pobre Sonia … Es tristeza lo que la hace actuar como lo hace … ¿Me guardas el secreto si te lo cuento?... – preguntó mirándola a los ojos.
La muchacha asintió y se sentó ansiosa en la mesa como un niño que espera un dulce.
-… Una tragedia le arrebató la vida de su único hijo y ahora está sola … El hijo iba en el auto de unos amigos suyos, manejaba el mayor de ellos, pero el chico perdió el control del vehículo y volcó. Los otros tres se salvaron, el único que murió fue su hijo. Meses después se empezó a degradar su matrimonio y bueno … esa es la historia – dijo mirándose las manos.
-Entiendo … ahora entiendo un poco su carácter, pero … ¿por qué se las agarra con nosotros?
-Por lo que te acabo de contar, supongo que traslada sus problemas aquí, siempre le dije que busque ayuda especializada, pero … no sé si me tome muy en serio … ¡Es malo tragarse las cosas! – dijo mirándola.
Pasaron un rato en silencio, Samanta agarraba unas fotos que Natasha tenía decorando sobre la mesa y estudiaba cada rostro.
-Mi madre no me va a venir a ver, ¡me odia! – dijo finalmente.
-No, Samanta ¿Por qué crees eso? – preguntó asombrándose de que se haya abierto.
-Usted es tan buena que se empeña en ver buena gente a dónde va, pero el mundo no es perfecto, Nati … Mi madre me odia porque no soy la hija que soñó tener … ella quería a alguien capaz de manejarse sin ayuda de nadie, no quería a una dependiente, quería a alguien “normal” … Me lo dijo varias veces a la cara, entonces me internó acá por último. Renegaba de presentarme como su hija … ¿Le cuento una cosa? … ¡Nunca me dio un beso! No se lo cuento para que le de lástima, lo único que quiero es que ella no logre engañarla a usted que se portó tan bien conmigo … - dijo la chica.
-Tu madre me hizo creer cada palabra – respondió anonadada.
-Lo sé, tiene ese Don – dijo la chica poniéndose de pie - … ¡Me voy a mi cuarto!
-Adiós, nos vemos más tarde, Samanta – dijo siguiéndola con la vista.
Capítulo 3
Natasha estaba rellenando unos informes cuando sintió que golpeaban la puerta alzó la cabeza y dijo que entrara, al ver quién era se puso de pie.
-Hola, Nati – dijo un hombre con voz grave.
-¿Qué haces vos acá? … ¡Andate! Estoy ocupada y … y no nos permiten las visitas … ¡Andate!
-No me voy a ir antes de que me escuches. Hace tres semanas que te llamo y no me atendes ninguna llamada – respondió el hombre pretendiendo agarrarle la mano.
-¡No me toques! – dijo ella dando un paso hacia atrás - … Si no te atendí las llamadas es porque no quiero saber nada de vos ¡entendelo!- dijo ya alterada al final.
Un hombre de casi unos dos metros y vestimenta azul acudió a la oficina tras oírla.
-¿Necesita ayuda, señorita? – dijo.
-¡Sí! … ¡Acompañe al señor a la puerta! – dijo apretando con el puño la túnica que llevaba puesta y evitaba mirar al hombre fijando únicamente sus ojos en el guardia.
-¡Sí, señorita! – dijo señalándole la salida al hombre.
-¡No, Natasha … me voy a quedar hasta que me escuches! – insistió el hombre.
El guardia lo agarró del brazo y por más que el hombre se resistía a dejar la oficina el guardia siguió como si nada hasta dejarlo fuera del edificio.
Natasha al sentir que el hombre ya no estaba dentro del centro salió al pasillo y se encontró con el guardia.
-Gracias, Claudio … ¿Te podría pedir un favor? – preguntó temblando.
-¡Tranquila, señorita! Me halagaría si por fin confiara en mí para pedírmelo, después de conocernos hace diez años … ¡Dígame! ¿Qué puedo hacer por usted? – dijo el hombre humildemente.
-Si llegase a presentarse nuevamente éste hombre … por favor, por favor no le permita el paso. Invéntale lo que quieras, pero no lo dejes – ya era sólo una hojita en el invierno de cómo temblaba.
-¡Le doy mi palabra de que así será, señorita! – respondió.
-Gracias … es que … - dijo queriendo responder.
-No me tiene que decir nada, me basta con leer su mirada. Esté tranquila que éste hombre no se volverá a acercar por aquí – dijo haciendo un gesto de despedida.
Horas más tardes se encontraba en el cuarto de Oliver, un hombre de avanzada edad que sufría de parálisis cerebral y tenía incapacidad de mover el cuerpo salvo un brazo.
-Hola Oliver ¿Cómo estás? … Me dijeron que ya comiste … Hoy te traje un libro de poemas, no sé si te va a gustar, pero veremos … - Abrió el libro y tomó asiento junto a él. Empezó a leer en voz alta, hasta llegar a la mitad del libro (que no era muy largo) - … La otra mitad la dejamos para mañana ¿Sí? … Bueno, ahora duerma un poco – le dio un beso en la frente y se fue.
El reloj marcaba las ocho de la noche y Elena (otra internada) se acercó a Natasha dándole un cuaderno. La mujer agarró el cuaderno y en él vio el nombre de la chica escrito en manuscrita varias veces.
La felicitó y la alentó a seguir escribiendo. Después de media hora le volvió a dar el cuaderno, pero ésta vez no era su nombre el que había escrito como siempre lo hacía sino que el nombre de ella: “Natasha”.
Al preguntarle el motivo se puso colorada y se tapaba la cara con el brazo y ladeaba la cabeza.
-¡Tranquila, Elena! No me tenes que responder … - decía mientras la chica la callaba al decirle.
-¡Porque sos mi amiga! – dijo calmándose.
-Y vos la mía – dijo sonriéndole.
La mujer agarró papel y lápiz y empezó a dibujar con la muchacha.
Eran las diez y media de la noche. Natasha había llegado recién a la casa y se encontró con la hermana agarrándose la frente apoyada contra la pared.
-¿Qué paso, Mercedes … estás bien? – dijo corriendo hacia ella.
-Sí sí, sólo es un mareo … ya está pasando – dijo apoyándose en el hombro de la hermana.
-¡Mañana te vas a hacer un chequeo al médico! – Respondió Natasha.
-No hace falta, Nati … ya estoy bien – dijo al oírla.
-Me alegro, pero igualmente vas a ir y fin de la discusión – dijo yéndose a su cuarto.
-Pero … - discutió la chica.
-No, Mercedes, por favor hoy no más … quiero recostarme un rato y dormir … En media hora me levanto y preparo de cenar ¿ta? – dijo amagando con irse.
-¿Tuviste algún problema, Nati? – preguntó enderezándose.
-Hoy se presentó Fernando en el centro – dijo sentándose en el sofá.
-No te puedo creer … ¿Cómo tiene el descaro de presentarse adelante tuyo después de …?
-Ya lo sé, no hace falta que me lo recuerdes – dijo levantándose nuevamente.
-No te quería molestar – dijo con cara de lástima.
-Está bien … no sabes lo contenta que estoy de tenerte a vos, Mercedes – dijo abrazándola - ... ¡Te quiero mañana en el médico! – agregó por último al irse al cuarto.
Eran las cuatro de la tarde y Mercedes se encontraba en la oficina de un médico. Tras un par de estudios se sentó y esperó al médico.
-Bueno, señorita … Para mañana a ésta misma hora le tengo los resultados de los estudios que le practicamos hoy – dijo el hombre acercándose a ella.
-¿No me puede adelantar nada? … Gracias igual, doctor … Entonces estoy acá mañana a las cinco de la tarde, con permiso ¡adiós! – dijo abriendo y tras salir cerrando la puerta.
Natasha estaba haciendo un trámite en la Municipalidad.
Estaba haciendo una cola de veinte personas más o menos y ella era una de las últimas de la cola. Un hombre se dio la vuelta mirándola y le preguntó …
-¿Se encuentra bien, señorita? – Era un hombre alto y apuesto.
-Sí, sí … Es que el calor me marea un poco – contestó a la pregunta.
-¿Y no es para menos? Hace mucho calor últimamente … ¿Quiere beber un poco de agua? – dijo dándole una botella.
-Muchas gracias – dijo aceptando la botella con una sonrisa, bebió y le preguntó - … ¿Cuánto le debo?
-¡Nada! Por favor ¿por quién me toma para cobrar el agua? – dijo sonriendo.
-No, pero algo tengo que darle, me sentiría mal … me incomoda – dijo agarrándose la nuca.
-Hay una cosa sí … ¿Tendría usted la bondad de acompañar a éste humilde servidor a merendar algo cuando finalicemos nuestros qué haceres aquí? – dijo atentamente.
-No sé … es que tengo que volver al trabajo … ya me tomé la mañana, pero … - dijo retirándose el pelo de la cara como nerviosa.
-No me diga que no por favor – rogó el hombre - … No me exponga a una humillación total … - la mujer iba a decir algo y el hombre agregó - ... Al menos déjeme su teléfono para ver si otro día le complace acompañarme a comer o hacer otra cosa de su preferencia … Por favor.
-Está bien … - sacó su agenda y anoto su número en él - … ¡Tome! Y gracias otra vez por el agua.
-¡Quédese con la botella, señorita! Y gracias a usted por permitirme conocerla – dijo con una sonrisa.
Mientras tanto no se dieron cuenta que la cola se reducía y que ya estaban a punto de ser atendidos. Cuando le tocó al hombre le hizo un gesto a Natasha para que ocupara su lugar y ella sonriendo con cierta vergüenza le agradeció.
El hombre la sujetó delicadamente del brazo haciendo que frenara junto a él.
-¿Podría darme la dicha de descubrirme su nombre? – preguntó.
-¿Por qué me habla tan raro? – dijo sonriendo - … Me llamo Natasha ¿y usted?
-Es un bellísimo nombre. Perdone mi falta, no me he presentado … Mi nombre es Facundo, Facundo Balduzzi – dijo regalándole una sonrisa – La llamaré, Natasha .
Ella se sonrojó un poco y lo saludó, antes de irse oyó a la gente de la cola decirle al hombre “¡Vamos, hombre que no tenemos todo el día!” y otras cosas más.
Natasha llegó al centro y en la recepción se encontró con Lucrecia.
-Buenas ¿Cómo te fue, Nati? – preguntó la muchacha al verla llegar.
-Bien, pero qué calor que hace che … cada vez está más insoportable el clima … Bueno estoy en la oficina por cualquier cosa, ¿ta? – dijo la mujer siguiendo hasta el fondo.
Al día siguiente volvió a las ocho de la noche a la casa, porque la doctora Rivas le suplantó el turno y al llegar a la casa saludó a la hermana que estaba dando vueltas y más vueltas.
-¿Qué te pasa, Mercedes? – preguntó preocupada.
-No te oí llegar … - dijo mirándola y en la mano sostenía un papel.
-Recién llego … ¿Qué es ese papel? … a ver … - tomó el papel que la hermana le había alcanzado.
-No lo aguanto más, Nati … Yo no quise … - dijo llorosa.
-¿De qué hablas, Mercedes? – dirigió sus ojos al papel y al llegar al final lo alzó nuevamente - … ¿A qué te referís con que no querías … es que acaso? – se tapó la cara con el papel y la abrazó - … Chiquita ¡tranquila! Ay mi amor ¿Por qué no me dijiste nada … Conoces a quién te hizo esto?
-¡Basta … no quiero hablar! – salió corriendo de la casa.
Pasaron siete días más en los que la buscó sin cesar, pero sin dar con su paradero. Una mañana sonó el teléfono y atendió desesperada.
-¿Mercedes? – preguntó con un llanto en la voz.
-No, mi bella dama. Lamento decepcionarla, soy Facundo … Balduzzi ¿Se acuerda? La municipalidad … Le di una botella de agua y usted me dio su número de teléfono, veo que no se acuerda de mí, perdóneme por molestarla …
-Sí, sí, lo recuerdo … perdón – se le oyó el llanto manifestado.
-Señorita ¿Se encuentra bien? – preguntó seriamente.
-No me encuentro muy bien, no … Tengo un problema personal …
-Permítame ayudarla – sugirió el hombre.
-Calle María Sosa Linares puerta 1239, cerca de una plaza que se llama “Libertad” con una fuente y tres angelitos en el medio …
-Salgo ahora mismo – dijo colgando el tubo.
Quince minutos más tarde sonó el timbre de la casa.
-¿Qué hice? No es digno de mí esto de darle la dirección a cualquiera … Bueno le digo que me agarró en un mal momento, pero que ya había pasado todo y que ya estoy bien … - se dijo a sí misma- … ¿Quién? – preguntó acercándose a la puerta.
-¡Facundo Balduzzi! – respondió el hombre.
-Hola … Gracias por venir tan rápido, pero … - los ojos se le llenaron de lágrimas y se hundió en el pecho del hombre llorisqueando - … perdón .
El hombre entró a la casa cerrando la puerta y la ayudó a sentarse.
-¿Dónde se encuentra la cocina? – preguntó.
-Al fondo a la derecha – dijo ella con la cara cubierta por sus manos.
Tras unos instantes volvió con un vaso de agua.
-¡Tome! … ¿Mejor? – preguntó al ver que se lo tomaba.
-Sí, gracias … - se peinó con la mano poniéndose el pelo tras la oreja - … Mi hermana desapareció hace una semana, la busqué y no … no hay rastros de ella, siento que se esconde de mí, que no me quiere ver … Creo que siente que fue mi culpa y …
-¿De qué habla? – preguntó el hombre arrodillándose frente a ella.
-¡Tuteame por favor! … Mi hermana fue violada y me entere hace una semana, cuando llegó con un certificado de embarazo – contestó.
-Pero ¿Cómo sabe … por qué pensas que la violaron, te lo dijo? – dijo.
-No, pero me lo dio a entender … dijo que ella no quería y cuando le pedí más detalles huyó y no sé dónde pueda estar – dijo tapándose la cara nuevamente.
Capítulo 4
Natasha despertaba en su cama y después de lavarse la cara fue a la cocina y preparó el mate. Se fue hasta el comedor y quedó sin habla.
Facundo estaba durmiendo en el sofá, la sábana le cubría medio cuerpo tenía el torso descubierto y el pelo entreverado.
La mujer se dio vuelta un poco avergonzada y se cerró el salto de cama tratando de acordarse de lo que había sucedido anoche y al dar un paso hacia atrás se topó con un adorno que hizo terrible escándalo despertándolo.
-Buenos días – dijo y bostezó.
-Bue buenas … ¿Pasó algo anoche? – preguntó bajando la voz y rascándose la cabeza.
-¿Algo? … ¡Sí! ¿no te acordás más? – preguntó seriamente. Natasha abrió los ojos de par en par - … Nada de lo que te estás imaginando.
-Yo no me imagino nada … ¿Qué debería imaginarme? – dijo levantando los hombros.
-¡No dormimos juntos, Natasha, tranquila! – dijo sonriéndole.
-Yo no pensé eso … No me acuerdo de nada de lo que pasó ayer – dijo cerrando los ojos.
-En un momento de la noche sacaste una botella de whiskey y al terminarla sola (Sí … no me convidaste mucho cuando estabas embalada) … bue al terminarla seguiste por las dos botellas de cerveza que tenías en el garaje y recién cuando estabas muy tocada pude sacarte el intento de tomarte otra botella más … Por eso estas vestida como anoche, no me quise atrever a siquiera pensar en cambiarte de ropa … bueno, a decir verdad si lo pensé, pero por simple cuestión de moral me rehusé – rió y se levantó.
-No me digas … - tanteó el sillón para sentarse y así lo hizo.
- Sí, te digo. Estabas muy afligida y creo que llegaste a sentir un poco de alivio y bueno … Parece que pudiste descansar – dijo finalmente poniéndose la remera.
-Sí, creo que me siento mejor … bueno, es un decir, porque con lo que decís que tomé entiendo porque siento que se me revuelve el estómago – dijo agarrándoselo.
-Te invito a tomar un café … - sonrió Facundo poniéndose de pie.
-Eh … acepto, me voy a dar una ducha y vamos … - dijo ella al verle la cara a Facundo como quién no acepta un No por respuesta.
Natasha pasó por su cuarto y agarró una muda de ropa con lo cual siguió hasta el baño y comenzó a ducharse. Al finalizar cerró la llave del agua caliente y agarró una toalla en la cual se envolvió. Frente al espejo comenzó a vestirse y se maquilló la cara.
Tenía puesto un vestido rojo que le cubría las rodillas, los hombros los llevaba desnudos y sólo un pañuelo del mismo color en el cuello, el pelo negro suelto y unas sandalias en la mano.
Salió del baño topándose en el pasillo con el hombre.
-Perdón … iba a … ¡Te ves hermosa! – dijo finalmente.
-Gracias, no es nada … Ya terminé, nos podemos ir – dijo sonriendo.
Salieron de la casa dirigiéndose a un bar dónde finalmente tomaron dos cafés con media lunas. Rieron mucho y ella pudo relajarse un poco, pero bastó nombrar a su hermana para que la expresión de su rostro tornase a tristeza y aflicción.
Dos horas más estaba junto a la puerta de la casa y Facundo a su lado.
-Bueno, espero que nos volvamos a ver, Natasha … Y que en ese entonces te sientas mejor.
-Gracias, Facundo. Gracias por todo y … - dijo ella metiendo la llave en la cerradura.
-No digas nada, me fue un placer acompañarte ¡Llámame cuando me vuelvas a necesitar sin preguntártelo! … La pase muy bien contigo, adiós – dijo alejándose.
Otra mañana se asomó a la ventana de Natasha y ella despertó con una sonrisa. Hizo a un lado la sábana y se levantó de la cama, se lavó la cara y se preparó para ir al trabajo.
Al llegar saludó a Lucrecia y sin darse cuenta sintió el abrazo por detrás de Mauro.
-Volviste ¿No me vas a dejar otra vez, no? Por favor quédate – decía mientras la sostenía fuertemente.
-No me voy a ir, Mauro, por favor soltame … Afloja la presión de tus brazos … - decía sintiendo que la estaba asfixiando.
En seguida se acercó el guardia y abrazando al hombre le sujetaba los brazos para que no siguiera apretando a la mujer, consiguiendo finalmente alejarlo de ella.
-Perdón, Nati … no quería lastimarte – dijo llorando Mauro.
-No pasa nada – dijo tras tocer - … Estoy bien, no me hiciste nada, Mauro ¡tranquilo!
-Vení, Mauro, te voy a llevar a tu cuarto – dijo el guardia agarrándolo del brazo.
La mujer se sentó al ver que Mauro ya no la veía y tosió un poco más.
-Toma, Nati – dijo Lucrecia dándole agua - … ¿Cómo haces, mujer?
-Gracias … no hago nada. Sé que no es con mala intención que lo hace, no controla su físico, Lucrecia. Sé que pudo haberme matado de no haber estado ustedes alrededor, pero no le voy a dar la espalda por eso … Ni siquiera es exceso de amor, simplemente es no distinguir la frontera y eso es algo que no debería ser penalizado por falta de control.
-Si vos lo decís … ¿Estás mejor? – preguntó la muchacha.
-Sí, gracias. ¡Voy a estar en la oficina por cualquier cosa! – dijo alejándose.
El día transcurrió tranquilamente. A la tarde Natasha se acercó al cuarto de Mauro y lo vio recostado en su cama.
-¿Puedo pasar, Mauro? – preguntó abriendo la puerta. Él asintió con la cabeza - … ¿Cómo te sentís? – dijo sentándose en una silla junto a él.
-Bien ¿Y vos? … Estás linda, linda como siempre – contestó sonriéndole.
-Yo estoy bien y gracias por el elogio … ¡Estoy bien, Mauro! ¿Te acordás de lo que sucedió esta mañana en la recepción, Mauro? – preguntó acariciándole la mano. El hombre sacudió la cabeza en señal de negativa y agarró algo del cajón de la mesita de luz dándoselo - …-¿Qué es esto, Mauro? – preguntó abriendo la caja y viendo en ella flores hechas con papel de diferentes colores.
-¡Son para vos!. Para que no me olvides cuando te vayas.
-Yo no me voy a ir, Mauro – insistió la mujer.
-Sé que él te lo dijo y finalmente te irás con él, pero no me importa … Te seguiré queriendo aunque ya no sientas lo mismo que antes – respondió con los ojos rojos.
-Está bien, Mauro – se levantó dándole un beso en la frente y salió del cuarto.
Mauro llegó a la clínica especializada por haber sido hallado vagando por la calles, pero no se sabe nada de su pasado. Era más que obvio que ocupó el lugar de una mujer a la que mucho quiso con el rostro de Natasha, pero no sabían más de él.
A la noche volvía a la casa y en la puerta se encontró con Facundo que la esperaba sentado. Sorprendida y alegre lo saludó y lo invitó a pasar.
-Llevo media hora acá – rió.
-Te dije que salgo a las diez del laburo – dijo ella sonriéndole.
-Sí sí, no lo discuto, sólo que no lo recordaba muy bien ¿Y cómo te fue hoy?
-Bien, si dejas de lado que Mauro casi me asfixia, pero es más el teatro que armaron a mi alrededor que la realidad – dijo prendiendo las luces.
-¿Me salió competencia? – preguntó de súbito el hombre.
-¿Cómo? – dijo asombrada Natasha.
Facundo se le acercó dándole un beso en los labios y al apartarse le dijo … - Te quiero.
Natasha quedó sin voz, pero su lenguaje corporal rechazaba aquella situación, lentamente caminaba hacia atrás hasta toparse con la pared.
-¿No me decís nada, Natasha? – preguntó acercándose a ella.
-Que … yo no siento lo mismo, Facundo – respondió bajando la cabeza.
-Pero podrías sentirlo, dame tiempo y vas a ver cómo …
-¡No, Facundo! … Viví hace poco un historia muy fea y no estoy preparada para sumergirme en una nueva y ahora con la ausencia de mi hermana no puedo pensar siquiera. Esas dos personas que desaparecieron de mi vida lo fueron todo para mí ¿Entendes?
-Sí, entiendo que soy un imbécil … - dijo pasándose la mano por la cara.
-No digas eso. Sé que ni siquiera me queres oír diciéndolo, pero estuviste a mi lado cuando más lo necesitaba como un verdadero …
-Si realmente sentís “algo” por mí como eso que ibas a decir no termines la frase por favor.
La mujer calló y vio como se alejaba de la casa dejando la puerta abierta.
Capítulo 5
Natasha estaba en la clínica.
Ya hacían cinco meses de aquella noche en la que Facundo le había revelado sus sentimientos y desde entonces no lo volvió a ver, pero no por elección propia sino porque él no le atendía las llamadas.
Después de estar un rato con Mateo y Jesús se fue a su oficina y sentándose agarró el teléfono y volvió a insistir con el número de Facundo. Nadie le respondía y colgó.
La mujer se sacó la túnica y la colgó. Fue hasta la recepción con la cartera.
-Lucrecia … Hoy salgo antes ¿sí?. Mañana entro por horas extras, pero tengo que ir a hacer algo – dijo apoyada en el pasamanos.
-Está bien, Nati. Hasta mañana entonces. ¡Cuídate! – respondió la chica.
Bajó los escalones y al llegar a la parada se subió al ómnibus, se sentó por la mitad y viajo cinco paradas.
Había pasado un cuarto de hora desde que salió del centro, estaba frente a la puerta de una casa y la golpeó hasta que le abrieron. Era la casa de Facundo, el mismo que le abrió y al verla se quedó mudo. Natasha se metió al comedor y al llegar a una mesa se dio la vuelta mirándolo a los ojos.
-No me tenes que decir mucho, sólo vine porque en éstos meses que pasaron no me contestaste a ninguna llamada y sólo quiero oír un sí o un no y me iré … ¿Realmente no me queres volver a ver … Tan mal me porté contigo, es que acaso te engañé en algún momento …?
-No – contestó bajando la cabeza.
-Si te dije que no quería empezar algo nuevo fue por mí y únicamente por mí. Viví un historia que llevaba a lo largo de los años ... Estuve casi catorce años con un hombre que … Fueron demasiados años de confianza, yo jamás confié mi vida a nadie como lo hice con él … Creí que … Hace casi medio año ya de eso y aún no pude reponerme a esa traición, me volví desconfiada de todo y noto como se me va la vida por no permitirme disfrutar de ella sin pensar en las consecuencias, pero el dolor que siento está agarrado en el fondo de mi ser … Antes me era mucho más fácil estando mi hermana a mi lado, ella me era un gran apoyo y me empujaba a que me olvidara de ese desgraciado, pero ahora que desapareció y no sé donde está, no sé … Me parece de lo más cobarde estar hablando así cuando no sé siquiera cómo la está pasando, ahora debe estar de cinco o seis meses de embarazo ya y sola por ahí sin saber qué hacer … Se me viene todo encima y la amistad que creí poder tener contigo también desapareció … pero … Créeme que si pudiera sentir lo que quiero desearía poder amarte todo me sería mucho más fácil, pero no sería justo contigo tampoco … - decía mientras caminaba hacia la puerta con los ojos llenos de lágrimas. Al pasar junto a Facundo, él estiró el brazo y la sujetó.
-No te vayas … perdóname ¡Fui un egoísta al pensar sólo en mí! – dijo susurrando junto a su oído. Y abrazándola se quedaron un rato hasta que el sollozo constante cesó.
Al día siguiente Natasha se encontró durmiendo en una cama extraña, se levantó y se cambió de ropa dejando el pijama que le había prestado Facundo doblado sobre la cama y se puso su ropa. Tendió la cama y fue al baño.
Al asomarse al comedor vio a Facundo tendido sobre el sofá y se acercó a él, se sentó en el piso cruzándose de piernas y le atravesó el cabello con los dedos despertándolo.
-Buenas … ¿Cómo dormiste? – preguntó el hombre y antes de oír la respuesta bostezó.
-Bien ¡qué sueño che! ¿No queres dormir un poco más? – dijo parándose.
-¡No! – la agarró de la mano obligándola a volver a sentarse - ¡Quédate acá un rato nomás por favor! – pidió dulcemente.
-Está bien – contestó mirando nerviosa hacia los costados.
Teniendo la mano de Natasha entre las suyas apoyó la cara sobre ella y durmió un cuarto de hora. La mujer de mientras lo observaba dormir.
Al mediodía llegaba al centro y con cara de situación le explicaba a Lucrecia su tardanza.
-¿Por qué actúas así, Nati? Nunca había sido irresponsable con tu trabajo … - protestaba.
-Mi irresponsabilidad se debe a que recuperé un amigo y si por ese motivo me van a decir algo que me lo digan – dijo mientras seguía de largo a su oficina.
El día terminó y ella se fue finalmente a su casa.
Los días siguieron pasando sin tomarse un descanso, Natasha contemplaba las cosas de la hermana pensando en cómo estaría en aquel momento en dónde más ayuda necesitaba y seguramente se sentiría desamparada.
No pasaba día en el que soñaba con regresar a la casa y encontrarla sentada en el sofá, pero cada día era una desilusión y un constante tobogán que conducía a la desesperación.
Capítulo 6
Una noche regresaba a la casa y al entrar sintió una voz familiar, al darse la vuelta vio a la hermana junto a la puerta del baño. Tenía el pelo suelto y un vestido que marcaba su voluminosa panza. Desesperada y entre lágrimas de felicidad la abrazó y le pedía perdón por todo. La hermana la empujó raramente hacia atrás y entonces vio a Fernando sentado en el sofá.
-¿Qué pasa … - dijo conmocionada - … qué está pasando acá? ¿Qué haces vos en mi casa? – dijo mirando a Fernando.
-Vengo con tu hermana, Nati – dijo seriamente.
Natasha se rascó la frente confundida y miró a la hermana como escudriñando en su mirada.
-¡Sí, Natasha. No nos hagamos los tontos … es lo que pensas! – dijo sin vacilar.
-¿Qué me queres decir con eso, Mercedes? – preguntó confusa.
-Lo que estás pensando, hermanita. Tu adorado, inmaculado y siempre sincero amante te dio la espalda para convertirse en el padre del ser que llevo en mí – contestó sin la menor consideración. Mientras que Natasha la oía se le ponían los ojos rojos llenos de lágrimas, su garganta empezaba a temblar al igual que sus labios.
-¿Qué? … ¿Vos … vos eras la otra … Cómo pudiste? Siempre me hablabas mal de él y me insistías que no lo viera. Hasta me hiciste creer que me querías y lograste hacer que me odiara a mi misma por haberte dejado ir creyendo que estabas desamparada – dijo tartamudeando.
-Fernando no te lo quería decir, pero como comprenderás no podía exponer a mi hijo la remota posibilidad de que lo perdonaras y por eso vine yo misma a decírtelo – contestó viendo a la hermana en el piso, mientras que las lágrimas le corrían por la garganta.
-Mer … - se secó las lágrimas e intentó pararse, pero patinó y se quedó en el piso - … ¿Por qué?
-“¿Por qué?” … ¿Por qué suceden las cosas … por qué la tierra gira …? ¡Porque sí, Natasha! … - se giró mirando al hombre y gritó - … ¡Vamos Fernando!.
Salieron de la casa dejando la puerta abierta, mientras que Natasha quedó llorando en el suelo sin encontrar consuelo alguno. Sentía que un cuchillo la había atravesado de lado a lado y no encontraba fuerzas para frenar las lágrimas.
Así siguió un buen rato, el teléfono había sonado varias veces ya.
Eran las doce de la noche y de repente bajo el umbral de la puerta se vio la silueta de un hombre que se adentró a la casa y levantó a Natasha del suelo ayudándola a subir al sillón, ella seguía derramando lágrimas y se encontraba en un estado lamentable de sufrimiento.
El hombre fue a cerrar la puerta y después pasó por la cocina poniendo agua a calentar, agarró una tasa y un sobrecito de té. Al hervir el agua lo vertió en la tasa y se la llevó al comedor dejándoselo en la mesa. Fue a su cuarto y volvió con una mantita, le cubrió las piernas y le acercó el té.
-¡Tranquila, Natasha! – dijo frotándole la espalda. Ella cayó entre sus brazos buscando desesperadamente que la sostengan y así lo hizo él - … ¿Qué sucedió? – preguntó preocupado.
Entre la profunda tristeza que se le había metido en el corazón y el sollozo que no frenaba le contó toda la historia y el hombre asentía con la cabeza hamacándola en un abrazo.
-Lo que aún no comprendo … Facundo … es el porqué de tu aparición a esta hora ¿Cómo es posible que coincidiera lo uno con lo otro? – dijo finalmente más recuperada.
-Te llamé a partir de las diez y media, como me dijiste que salías a las diez calculé el tiempo que te tomaría llegar hasta acá, pero seguía y seguía intentando hasta que la hora me hizo pensar otra cosa y por eso mi aparición (como vos decís) – dijo mirándola a los ojos.
-Ah … eras vos, perdóname. No pude, no … no , lo sentía sonar, pero no podía – dijo mientras que los ojos se le volvían a llenar de lágrimas.
-No pasa nada, Natasha … ¡Olvídalo! – le besó la frente y volvió a abrazarla.
Finalmente ella se quedó dormida entre sus brazos, mientras que él le acariciaba el pelo. La cara de Natasha estaba marcada por el dolor que le había provocado la hermana y al que creyó su pareja.
También tenía el maquillaje corrido y Facundo aprovechando que estaba dormida se levantó para ir a buscar un tachito con agua caliente y una toalla, mojó la punta de ésta y suavemente sin despertarla intentó lavarle el maquillaje de la cara.
Capítulo 7
El sol marcaba la silueta de una mujer que estaba agachada junto a una niña de trece años. La niña la miraba como buscando ver en ella a otra persona, no era con palabras como se entendía con ella sino más bien en el lenguaje corporal.
Estaba vestida con un conjunto deportivo celeste como la blusa que tenía puesta Natasha y tenía el pelo recogido en dos mitades, una sonrisa muy franca y ojos brillantes.
-Cómo te gusta estar sólo acá sintiendo el calor del sol posarse sobre tu rostro eh … ¡Clarisa … te traje esto de regalo! – dijo alcanzándole algo envuelto en papel plateado.
-¿Qué es? – preguntó la niña ingenuamente.
-Para saberlo tenes que abrirlo ¡Rompe el papel, Clarisa! – dijo sonriéndole.
-¿No me van a regañar por romperlo, Nati? – preguntó mordiéndose las uñas.
-No, mi amor … ¡Dale, rompe el papel, cualquier cosa yo me hago cargo, tranquila!.
La niña rompió con alegría el papel y la sonrisa se amplió aún más si eso fuera posible. En los brazos levantó a un peluche, era un osito marrón con una cinta roja en la oreja.
Natasha estaba parada junto a Lucrecia diciéndole que se iría antes de cumplir las diez. El día ya se estaba acercando a las siete de la tarde, hora en la que la mujer se retiró a su oficina para recoger sus cosas y marcharse del centro.
La mujer se acercaba a su casa y al entrar lo primero que hizo fue sacarse la ropa y meterse bajo el chorro frío de la ducha y finalizó el baño llorando sentada en el plato de la ducha con las piernas recogidas.
-¿Está todo bien, Natasha? – preguntó Facundo golpeando la puerta. Ella no respondía y el hombre forzó la puerta, sintió que el agua corría, pero no la oía a ella. Entonces corrió la cortina de baño y la vio sentada abrazándose a sus piernas mientras que las lágrimas se confundían con la lluvia del duchero. Estaba conmocionada y no pronunciaba palabras - … ¡Ay Natasha! … A ver … ¡veni! – La cubrió con una toalla y la sacó del baño llevándola a su cuarto.
Agarró un vestido violeta que era amplio y liviano y la ayudó a ponérselo, después le sacó la toalla y la convenció de que durmiera un poco.
Facundo estaba preparando algo de comer, mientras que Natasha dormía plácidamente en su cuarto.
El hombre oía música mientras que preparaba una salsa de tomate y una de crema.
Al tener preparada la lasaña de verduras y la mesa servida fue hacia el cuarto y tiernamente le tocó el hombro a Natasha, quién se giró y lo miró con los ojos rojos. Al tenerlo cerca a ella, la mujer se sentó abrazándolo, no lloraba, pero no lo soltaba.
-¡Tranquila, Natasha! … Me mata verte así – dijo al separarse y verla a los ojos.
-¿Cómo es que siempre estás junto a mí en éstos momentos? – Preguntó secándose los ojos.
-Porque ¡soy Ave de Malagüero! – dijo humildemente.
-Sí, claro … ¿Cómo supiste? – preguntó confusa.
-Íbamos a ir al cine, me llamaste diciendo que viniese a tu casa a las siete, porque a las ocho empezaría una película en el cine que era la última función que daban y que te morías por verla y … y… y … Bueno … entré con las llaves que me diste. Seguramente llegué antes que vos a la casa, pero no me di cuenta de tu llegada, me sorprendió la ducha y entonces ahí vi tu cartera y las llaves sobre la mesa, entonces me fui al comedor … de repente oí un ruido feo y me acerqué a la puerta a preguntar, pero no me respondiste y entré …
-Ah … el cine ¡qué estúpida! – dijo agarrándose la frente.
-Eso es lo que menos importa, Natasha … ¿Qué pasa … por qué te sentís mal … es por ese tal Fernando … o por tú hermana? – preguntó preocupado.
-Por los dos, Facundo … Me desgarraron entre ambos, ni sé con qué fuerzas sigo … Antes pensaba que todo lo que hacía tenía un sentido ¿sabes?, pero … ya no lo siento … Me siento muerta, Facundo – decía mirándose las manos.
-No hables así, Nati … Ya hacen dos meses de aquel día y sé que vas a salir adelante, aunque sientas que ahora el mundo se te venga abajo. Hay mucha gente que te necesita, Natasha. Vos misma me contaste muchas veces de los pacientes a los que tratas y cómo ellos reaccionan contigo,¡ no les podes fallar a ellos! ni a mí, Natasha … ¡Sí!, yo te quiero y no puedo, no quiero verte llorar … Sé lo que pensas y sentís, no te pido nada, pero no te des por vencida por gente que no lo merece, Nati – dijo el hombre habiéndose arrodillado frente a ella.
Cenaron la lasaña que había preparado Facundo, a Natasha le gustó tanto que repitió el plato y soltándose en risas le empezó a hablar de un libro que estaba leyendo y él la oía atentamente viendo como disfrutaba de la comida.
Al final de la velada ella lo acompañó a la puerta y se despidieron.
Al día siguiente Natasha salió del trabajo a las cinco sin darle ninguna explicación a Lucrecia para archivar las horas laborales.
Tenía puesto un pantalón gris ajustado, una blusa amarilla y zapatos de cuero negro con taco cuadrado. Caminó hasta llegar a un puente y allí se sentó con las piernas colgando hacía el río, así se quedó un largo rato mirando el agua fluis rápidamente bajo sus pies.
A las diez y media de la noche volvía lentamente a su casa y ya de lejos veía la silueta de Facundo esperando junto a la puerta, se apresuró a llegar y al tenerlo en frente lo saludó con un beso.
-Hola, ya se te hizo costumbre venir todos los días eh … - dijo sarcásticamente.
-Sólo me preocupo por vos … Nos vemos mañana … - dijo bajando de los dos escalones que habían en la entrada.
-¡No, Facundo, perdóname. Perdóname por cómo te hablé, no es contigo la cosa! – dijo sujetándolo del brazo.
-¿Me invitas a tomar un café? – preguntó él.
-¡Claro! Pasa por favor … – dijo con una sonrisa.
La noche transcurrió tranquilamente y después de tomar café, cenar y volver a tomar café, él sacó un CD de su bolso y le preguntó si quería oír música, ella sonreía.
La música empezó a invadir la habitación, Facundo y Natasha degustaban de unos tragos alcohólicos mientras reían. Hasta que terminaron sentados sobre la alfombra uno al lado del otro y él apoyaba su cabeza en el hombro de Natasha.
-Nati … ¿Crees que algún día … podamos … – insinuó las palabras con un gesto en su mirada - … estar juntos? – preguntó temeroso de oír un segundo rechazo.
-¿Quién sabe? … tal vez sí o tal vez no, no lo sé – respondió sonriéndole.
Pero sus palabras le bastaron para albergar esperanzas en su corazón y así entre sonrisas y más charla se fue otro día a dormir.
FIN.
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