domingo, 29 de junio de 2008

Soledad en los huesos

Septiembre 2006

Ocurriría el 14 de Mayo, el día en que naciera Mariana Ross.
Vivía en una casa rodeada de libros y discos de Jazz, que rápidamente se transformaron en la única cosa que lograban sumergirla en el olvido.
De niña siempre creyó poder cambiar al mundo, como le sucedió a muchas generaciones. De adolecente se involucró en movimientos izquierdistas, pero la policía agarró a un grupo de gente involucrada en ésa manifestación y ella fue una de ellas. Estuvo meses desaparecida.
Su madre ya no salía a de la casa, la tristeza se había adueñado de su corazón y el padre no paraba de salir todas las mañanas en busca de ella. Lo cual dio sus frutos. Meses después de aquel 13 de Febrero de 1939 la encontró tirada en el suelo boca abajo dentro de un charco de barro, lo cual le hubiera costado la vida de no haber sido hallada.
Estaba inconsciente, más delgada de lo usual con magulladuras por todo el cuerpo, pero la capacidad de verse cómo un ángel a los ojos de su padre no la había perdido, aunque ahora era un ángel herido de muerte.
Asombrándose del peso de esa criatura que sostenía en sus brazos con ternura y desesperación. Maldiciendo a la bestia que le había hecho eso a su hija.
Llegando con su hija en brazos llamó a su esposa, que le abrió la puerta y espantada de lo que veía corrió al baño por un paño y agua tibia.
Estaba tendida en su cama, con su madre a un lado y un disco de Jazz bañaba la habitación, porque la señora Rosas sabía que aquella música era como una terapia espiritual para su Marianita.
-Buenos días!, mamá – Dijo abriendo suavemente los ojos.
-Ay mi cielo por fin… ¿cómo te sentís, mi vida? – Gritó llena de emoción.
-¡Bárbara! Lista para un maratón – contestó sonriendo.
La señora Ross no entendió el sarcasmo de su hija, pero al ver su sonrisa ella también comenzó a reír y así los sorprendió el señor Ross.
-Tesoro! Qué alegría al verte bien – Dijo abrazando a aquella niña que ahora realmente sentía estar abrazando a una niña.
Su cuerpo parecía haberse encogido, a los huesos la cubría una fina piel, le costaba mantenerse de pie por sí misma. Recién después de unos meses recobró algo de lo que una vez fue. No le gustaba que la gente la viera en esa condición tan miserable, pero para complacer a su madre la acompañaba al parque.
Por ese entonces tenía veinticuatro años, mes a mes iba rellenando aquel cuerpo delgado y su sonrisa parecía retornar, pero para lograrlo tuvieron que pasar casi dos años.
Su madre siempre le leía libros que iba comprando, no porque Mariana no fuera capaz de leerlos ella misma sino porque le complacía hacer sencillamente.
-Mamá no te preocupes, sé que no te gusta leer lo puedo hacer yo misma – dijo tratando de frenar a su madre.
La señora Ross negaba con la cabeza diciendo que le empezó a gustar hacerlo. Pero lo que verdaderamente le ocurría era que sentía ser la culpable de aquella tragedia, por falta de cuidado.
Y así se pasaban las horas leyendo a la luz de la vela, mientras que Mariana entornaba los ojos emitiendo un bostezo y quedándose dormida.
-Hola familia! Volví del trabajo ¿dónde se metió todo el mundo? – Grito el señor Ross al abrir la puerta de calle.
-¡No grites, Quilombero! Marianita recién se quedó dormida, espero que tus gritos no la hayan despertado. Por Dios! – dijo su esposa al oír sus gritos y tirándole del brazo se lo llevó a la cocina para comer algo.

Al año siguiente cuando cumplía los veinticinco años ya no le daba reparo salir sola a la calle. Había recuperado la salud y unos kilitos que le sentaban bien, pero que aun estaban lejos de parecer un cuerpo normal.
La rutina volvió a su vida. Frecuentaba una facultad no lejos de su casa, pero se entristecía al pasar frente de la casa de Pablo, un compañero que desapareció durante ésos meses oscuros.
Se enteró de que la madre se había suicidado, cuando encima la policía también le arrebató a su marido.
Nunca tuvo novio y siempre se torturaba por ese motivo. Si bien la gente decía que no eran épocas para pensar en eso, ella los desafiaba diciendo que es ahí, en esos momentos oscuros en dónde más hace falta el amor y se sentía desgraciada por no haber conocido nunca a alguien. Pensaba que nunca conocería a alguien capaz de hacerle decir “te quiero”.
Fichada de rara por ser callada y tímida, caminando sola mirando a la gente de su alrededor. Observando su respiración y su ignorancia.

Después de tomar las pastillas que la enfermera le suministró tiernamente con una sonrisa, ella cerró los ojos y entró en un sueño profundo, los abrió nuevamente y se encontró en su antiguo cuarto perfumado de adolescencia, caminaba hacia el liceo mirando a Pablo y saludándolo. Vio a un muchacho que le llamó especialmente la atención y los siguió con los ojos, sin darse cuenta sentía un sentimiento desconocido por él.
Lo veía todos los días, suspiraba por él y él cuando se enteró ni siquiera guardó la hipocresía de la piedad, sino que en un acto de completa malicia y estupidez fomentó en todas las esquinas del recinto lo que ella le había escrito una tarde en una carta de amor, cursi e infantil según el muchacho y entonces la leyó fuerte y claro para que todos conocieran a ésa chica ridícula, sin darse cuenta que el pobre imbécil que el ridículo era él mismo. A la tierna edad de trece conoció lo que era la crueldad.
A las 8am se acercó la enfermera con el desayuno sin sal y jugo de naranja, des- pertándola cariñosamente. Ella se miró las manos y se estableció en el año. La ausencia de lo amado vuelve a despertar en ella.
-¿Cómo ha dormido, Doña Mariana? – preguntó la enfermera.
- Creo que mal, Celeste – Contestó la anciana.
-¿Tuvo incomodidades o pesadillas? – Insistió la muchacha.
-Ninguna de las dos. Sólo recuerdos. – Contestó angustiada
-Bueno… no se me deprima, Doña. Tómese el desayuno que se lo he preparado yo misma ¿Quiere que le prenda la radio? – le sugirió la enfermera
-A lo primero, Celeste, puedo decirle que es muy difícil no deprimirse al ver que nadie la recuerda a una y se va marchitando cada día más, sin un solo día de alegría…
- ¿Y qué pasa con ese chiquillo que viene a verla todos los días?
-¿Miguel? – preguntó haciéndose la distraída
- Si – Afirmó la enfermera
-Bueno… tenés razón, él es un ángel
-Sí que lo es, pero ¿y el desayuno? – Insistió la muchacha
-Con respecto al desayuno lo tomaré encantada, más sabiendo proveniente de tu cándidas manos y lo tomaría con una sonrisa si descubriera que te has equivocado al echarle sal al pancito y al huevo duro, temiéndolo imposible teniendo en cuenta tu maravillosa memoria
que por cierto envidio. Y sí! me gustaría que encendieras la radio.
Al terminar de comer oyendo la maravillosa voz de Carlitos Gardel se acomodó para descansar un poco. A la hora se despertó tras oír los gritos de Miguel.
-Hola señora Mariana, despierte despierte!
-¿Qué pasó? Me asustaste niño – dijo abriendo los ojos desconcertada.
- Disculpe señora, no fue mi intención incomodarla – dijo el chico haciendo pucheritos.
- No pasa nada, ahora que sé que no es nada de cuidado no te aflijas y contame la novedad.
-Bueno… acabo de enterarme de que aprobé el escrito- dijo lleno de alegría.
-Qué bueno! Felicitaciones! – contestó la anciana sin poder controlarlo.
-Gracias, pero lo salvé gracias a su ayuda, señora. – alegó modestamente.
Miguel tiene once años, pecas en las mejillas, pelo y color de ojos marrones.
Pasó un rato junto a ella haciendo los deberes, tomando un jugo de naranja que la enfermera Celeste le había llevado. El niño le contaba a la anciana de sus compañeros de clase y ambos rieron.

Al día siguiente Mariana ya había desayunado y descansaba junto a la ventana, cuando de repente sintió la voz de Miguel recitando una frase de un poema escrito en un cuaderno encuadernado (valga la redundancia) con gamuza azul …
-Estoy sola en un campo de margaritas - Los cuervos alzan su canto desnudo a los cielos - Mi piel se estremece al oír el clamor de su sed - Me voy quebrando dentro de la soledad - Que me quita el hambre, la sed y las ganas de vivir – Pero es al morir cuando…
-¡Basta!-gritó Mariana con un chillido ahogado.
-Discúlpeme señora por mi insolencia, es que usted estaba durmiendo y no quería despertarla y y… y ése cuaderno estaba… me atrajo. Sé que no tenía derecho… de mirar sus cosas, perdone, perdóneme por favor. – Suplicaba el niño cerrando de golpe el cuaderno.
-Nooo perdóname vos por mi dura reacción, no tenía ningún derecho en gritarte
-Lo entiendo, señora. Le ruego me disculpe otra vez.
-No me digas señora que me da a entender que tú no me perdonas- dijo sonriendo
El niño bajó la mirada y bajito le preguntó…
-¿Puedo hacerle una pregunta?
-Esa ya es una…-dijo ella sonriendo intentando quebrar aquel momento de tensión que se había formado y lo logró, Miguel comenzaba a sonreír y quedó dubitativo en que si debía hacer la pregunta o no… -Claro que puedes, pero sólo si me tuteas.
-Bueno… ¿de quién es ése poema, Mariana? Debe de ser de un o una artista que sufrió un montón y que sólo espera que la muerte se apiade de su alma, parece que busca desesperadamente la mano amiga de quien abraza y consuela- Siguió diciendo el niño…- Al decir eso no supo porque sintió que lo invadía la vergüenza. - …¡Mire las boludeces que digo! – dijo apenado.
- No son boludeces, sólo que no parecen ser palabras mencionadas por un niño de once años, pero he aquí otra vez que la sabiduría se halla en cualquier edad. Con respecto a tus palabras debo asentir.
Se vio contestando con una franqueza que se sorprendió de sí misma.
-Sinceramente, no te hacía ducho en el terreno poético, pero como dicen las apariencias engañan y te he prejuzgado.
-Vio! Hasta yo puedo sorprender a alguien, no es usted…
-¡Tutéame! –Protestó interrumpiendo al muchacho.
-No sos la única con ese don- dijo corrigiéndose mientras que se le escapaba una risita pícara.
-Pero aun no me dijiste el nombre del autor o autora del poema… - prosiguió diciendo.
-Cierto tienes, pues me es difícil de reconocer y en cierto grado me asusta el juicio que puedas tener sobre el/ella, puesto a que son poemas escritos por mi misma cuando sólo tenía 5 o 6 años más que vos- Contestó con angustia en la voz.
-¿Todos los que están en este cuaderno?-preguntó ilusionado.
-Sí y tengo… mejor dicho tenía más que…-No terminó la frase.
-¿Por qué callaste, Mariana… qué pasó?- preguntaba insistente el chico.
La anciana suspiró y finalmente dijo…
-Los otros… los otros los quemé- Su voz sonó apagada y ronca.
Otra vez sorprendida de sí misma al descubrir que estaba desempolvando una historia que había enterrado hace mucho “su historia”. Viendo en Miguel a un niño que sólo tenía comprensión y confianza.
-¿Por qué los quemó, no les gustaban?- Preguntó él cariñoso.
-Mucha gente en ésta ocasión te diría que cuando seas mayor lo entenderías, pero es mentira. Mírame a mí, no se puede decir que no soy mayor y nunca lo comprendí, no comparto ésa estupidez que dicen. Puesto a que sólo dejan a los niños en la ignorancia prolongada que sólo nos afecta de manera irreversible. Los quemé al quererme morir con ellos de una vez por todas, llevar conmigo cada rastro de mi ser, no aguanté la soledad en que me sumergía, porque tenes que saber, mi amor… que hay gente que nace con el corazón roto, pero sabe llevarlo adelante y otra (como yo) que es incapaz de enmendarlo, sin saber el motivo. No todo tiene una razón de ser ¿entendes?- Concluyó la anciana.
-Creo que sí, pero ¿Por qué tanta tristeza? – Volvió a preguntar Miguel.
-Es una buena pregunta y me encantaría a respondértela a ciencia cierta, lo cierto es que me la he hecho a mi misma un millón de veces y la respuesta fue siempre la misma “no sé”. Pero tratando de responderte creo que es la soledad, el hecho de no tener a nadie.
-Pero si me tenes a mí, Mari – Dijo el chico con una enorme sonrisa.
Mariana sonrió tomándolo de la mano… -Si queres podes llevarte el cuaderno.
-No – Contestó inhibido.
Ella iba a asentir amargamente cuando el muchacho siguió diciendo…
-No me hable de usted, Mariana, si yo la tuteo a “usted” hace lo mismo conmigo o seguiré
Hablándole a usted de usted! – Dijo desafiando Miguel.
-Es un trato justo – dijo Mariana.
-Ya lo sé- Contestó riendo Miguel.
Ambos se rieron, cerrando el trato con un apretón de manos.
Y sí, me encantaría que me dejaras ser cómplice de esos poemas.
-El cuaderno es tuyo – Dijo entregándoselo.
-No no puedo aceptarlo, es tuyo – Dijo el niño nervioso.
-Miguel! Mírame… estoy postrada en una silla, encarcelada por mis años nada en éste mundo me pertenece ¿mi vida? Ésa sólo se encarga de incordiar a las muchachas que trabajan en éste geriátrico, aseando y vistiéndome, brindando sus cuidados a ésta vieja … ¿te parece que esos poemas podrían de alguna manera devolverme la alegría? No lo creo. Igualmente hace tiempo que no lo he hojeado.
-Creo que te dejas arrastrar a un agujero negro del cual podes salir perfectamente, pero preferís anteponer preguntas a respuestas, perdona mi insolencia, pero me pediste mi opinión y si, creo que pueden alegrarte. Porque por más tristeza que haya, siempre hay belleza No todo tiene una razón de ser Esa es una postura que vos misma debes tener, Mariana.
La mujer quedó estupefacta ante las palabras desnudas del niño y pensativa con lo último que dijo Miguel.
-Puede que tengas razón, no lo dudo, pues hablas con una propiedad incomprensible para mí, pero sólo te pido que no las leas aquí o al menos no en voz alta, no puedo evitar que el corazón se me amargue al oír esas frases del pasado.
-Descuida, acataré tu deseo y gracias por dejarme leerlos.


Miguel ya había vuelto a casa. Estaba repasando un libro de la escuela cuando la madre lo llamó a cenar, comieron un puchero bien cargado y entre miradas silenciosas, el padre emitió un grito al probarlo.
-Mujer! Vos siempre igual es ¿qué me queres quemar? Esto está más caliente que el sol, yo vengo de trabajar todo el día para ustedes dos. Me rompo el lomo por ésta familia y lo único que pido es no quemarme la lengua ¿es pedir demasiado?-gritaba histérico el hombre.
-No Carlos, perdóname, se me habrá pasado limpiando el suelo, pero ya lo arreglo. Ya vengo.
Yo veía correr a mi madre a la cocina tratando de ocultar un moretón con maquillaje y el pelo, le di un beso de buenas noches y entonces lo vi.
Su mirada angustiada me pedía no decir nada y así lo hice. Miguel se levantó de la mesa, pidiendo permiso, mientras que dejaba a un matrimonio atrás peleándose. Poniendo alta la música que le había prestado Mariana (un disco de Sarah Vaughn) abrió el cuaderno de gamuza azul, las lágrimas emanaban de sus ojitos y el sollozo se había apoderado de su garganta. Y su madre que había entrado en la habitación (una pobre bestia inculta, pero amoroso como no hay otra) lo miro perseguida por los chillidos del marido.
-Bajá ese bochinche, nene! No ves que tu padre se va a enfurecer, pero … pero Miguel ¿Por qué lloras?.
Antes de que el niño pudiese contestar ella ya había encontrado qué decir…
-No te preocupes, mi amor! sabes cómo es tu padre, pero nos quiere. A veces nos peleamos, pero en seguida nos reconciliamos y olvidamos.
Dolía ver como ella se aferraba a ésa mentira, tratando cada vez que lo decía que yo también le creyera. Pero me era imposible creer en esa mediocre nube de aceptación por parte de un retrógrada.
Sonreía y abrazaba a mi madre porque sabía que ella buscaba eso. Ella se moriría sin el machista de mi padre aunque estaba muriendo a su lado. No había palabras que la hicieran despertar de su anestesia crónica, yo me aferraba en ella en busca de amor, pero lo cierto es que ella quedó seca de ese sentimiento. Aunque se esforzaba por sonreír sabia que algo que no terminaba por entender la estaba matando lentamente; la soledad.
Aquella noche me besó la frente y la dejé en la credulidad de que mis lágrimas fueron por los gritos del comedor, aunque la verdadera razón eran los poemas escritos por una mujer que al escribirlos era una niña, que yo conocía ahora acariciada por el tiempo que tenía el alma amargada y cansada. Unos poemas que me dejaron pensando durante toda la noche.

A la mañana siguiente después de la escuela Miguel corrió al hogar de ancianos porque tenía muchas preguntas que hacerle a aquella mujer.
-Hola Mariana – dijo exaltado con el corazón latiendo a mil.
-Epa tranquilo muchacho, respira! …¿mejor? – le preguntó Mariana al verlo.
-¡Sí! es que vine corriendo – dijo un poco más calmado.
-Está bien ¿todo bien en la escuela? –pregunto con angustia.
-¿Eh …? Ah sí sí. Perdóneme-dijo oyendo a la anciana toser en un ademán de recalcar el tuteo.
-Perdón quiero decir. Es que venía con otra cosa en la cabeza y me entreveraste. - dijo disculpándose.
-Está bien … ¿qué es lo que ronda tu mente? – preguntó sonriendo.
-¡Los poemas! – dijo con determinación el niño.
-¿Los poemas?- preguntó haciéndose la distraída.
-Sus poemas, el cuaderno de gamuza azul … ¿son experiencias propias? … -preguntó susurrando. – averiguó ansioso.
Mariana asintió sin poder ocultar la tristeza del antaño que había vuelto para posarse en su mirada.
-Perdón, Mariana, no quise lastimarte.
-Está bien, Miguel. No es tu culpa, es la mía o del destino.
Las lágrimas le corrían por la cara cayendo al suelo sin emitir sonido alguno. El niño se le acercó y la abrazó fuertemente.
-No llores, Mari. Ayer a la noche los estaba leyendo en mi cuarto mientras que en el comedor como siempre mis padres se estaban agarrando de las mechas. Mientras los leía sentía un nudo en la garganta y no pude evitar mojar las hojas con mis lágrimas, las letras se corrieron un poco por el agua. Siento profundamente ese dolor desgarrador que te hice escribir esas líneas. – concluyó Miguel con solemnidad.
-Gracias … pero siempre hay personas que se llevan más palos de las que se crean posibles de ésta vida. Me tocó ser a mí una de las que los atajara, pero el paso del tiempo fue congelándome dentro de una caja de hielo dónde aprendí a sentir el sufrimiento, la inmovilidad y de una manera trágica lo asimilé y le perdí el miedo completamente a lo que muy pronto me acechará, eso que se convertiría en un amigo que me privaría dentro de poco tiempo a sentir el dolor.
-No sé qué decir, Mariana. Me dejas de piedra, no estaba preparado para oír a alguien hablar tan trágicamente bien acerca de la muerte. Desearía poder hacer algo que enmendara tu corazón herido, pero no se me ocurre decir nada adecuado sino una frase cursi que es que vos siempre tendrás mi atención cuando quieras que alguien oiga a tu corazón.
-Eso no es una frase cursi, mucha gente mezcla la sinceridad con la cursilada y sólo uno sabe diferenciar las palabras de su emisor, yo … estas palabras te las reconozco como verdaderas y agradezco a quien haya que hacerlo por enviarme en última hora a un ángel a los pies de mi vejez - La señora Ross le respondió con una repentina emoción en la voz.
-No soy ningún ángel, Mariana. – dijo el chico sonrojado queriendo parecer firme en sus palabras.
-Ya … sé que a los jóvenes no les gusta oír la palabra “ángel” dirigida a su persona, pintándolos de santitos, “tiernos” según ustedes. Para mi tiene otro significado, no es el ángel de una relación, es un alma fuerte, bondadosa y hermosa que entra en la vida de alguien y le recuerda lo que es la vida.
En aquel momento Miguel se sintió un estúpido por su declaración de machito, ante la sabiduría que desataban las palabras de esa mujer a la que visitaba siempre después de ir a la escuela.
-Yo tampoco creo en Dios, bueno un poco sí, pero sólo un poquito porque me crié con él. Mi madre es una devota y creo que me lo inculcó.
Siempre después de que mi padre la golpeaba ella huía a su cuarto donde tiene como un santuario levantado y le prende una vela a Jesús pidiéndole piedad y que si su voluntad era que sea fuerte ella lo seria, le pedía perdón a mi padre mediante esa cruz y se repetía que sentía hacerlo enojar. Cuando la vi por primera vez así, arrodillada frente a la cruz, te puedo asegurar que escupí sobre el hipócrita que la cegaba ¿qué dios todo poderoso deja a quien lo idolatra al maltrato? Para mí sólo son mentiras de un grupo de gente perdida en el culo del mundo que se benefician de la plata de la plata que le sacan a los ciegos y tratan de reprimirlos cada día más de lo que ya lo están.
-No te conocía tanto odio, muchacho. – decía la anciana.
-No es odio es frustración de ver a mi madre destrozada , como quien entra todas las noches en un bar y sale borracho y golpeado, y amanece con la cara desfigurada.
-Te entiendo – contestó Mariana a su desesperación y bajó lentamente la mirada.
-¿Si? – preguntó buscando que prosiguiera en su reacción.
-Sí, a mí también me sucedió … hace muchos años atrás tuve un novio, el primero…-Recalcó con amargura-… un día me levantó la mano… -Calló promoviendo un silencio prolongado
Miguel no podía terminar de imaginar a Mariana en las manos de un mal tratador, pero después recordó los tristes poemas y revivió las líneas de otra manera. La imaginaba junto a aquel hombre, pero ¿cómo no lo había abandonado? Pareciendo ser una mujer tan fuerte.
Mariana tratando de atrapar recuerdos enterrados en el pasado, pero que aún ardían como el carbón una vez removidos prosiguió diciendo …
-Yo por ese entonces era más ingenua que ahora y me deje deslumbrar por un par de palabras que sonaban a caramelo. Así fue como todo empezó, venía a mi casa (yo vivía sola en casa de mi madre, mi madre partió a la guerra y nunca regresó, ni el cadáver y si lo hizo vino sin nombre) él siempre hacia reír a mi madre y ella terminó creyéndole más a él que a mí misma. Cuando a veces le comentaba que él me hablaba de una forma extraña en ocasiones me mandaba a callar diciendo que eran tonterías mías.
El día que me pegó dije “nunca más”, antes eran frases cerradas ahuyentadas con palabras de mi madre, pero ese cachetazo me hizo ver todo diferente y lo deje. Huí del pueblo dejándole mi dirección a mi madre, pero sospecho … mejor dicho sé que ella le dijo a él dónde encontrarme, seguramente le insistió que me buscara y “me hiciera entrar en razón” como ella siempre decía. La desaparición de mi padre la trastornó y eso es lo que más puedo decir en su defensa, porque nunca se lo perdoné. – terminó diciendo mirando sus arrugadas manos.
Miguel la oía perplejo sentado en el suelo comprendiendo ahora más la situación. El amor te ciega como bien dicen, no hay mejor ejemplo que éste caso, pero cuando de las palabras se fue a las manos ella quien lo admiraba lo abandonó. De repente hizo una larga pausa como que le costaba seguir hablando.
-¿Estás bien, Mariana … te traigo un vaso de agua? – dijo mientras se levantaba de la cama.
-Si por favor-dijo ella queriendo posponer la conversación.
A los tres minutos el niño estaba de vuelta con el vaso de agua. Ella lo bebió y sonrió.
-Gracias ¿dónde nos habíamos quedado?- dijo repentinamente.
-En que lo abandonaste, Mari. Así como espero que lo haga mi madre… bueno, pero al final mencionaste algo de que él te localizó.
-Sí, efectivamente. La policía me encontró unas horas después tirada en el suelo con el vestido rasgado y cuando me llevaron al hospital me dijeron que tenía tres costillas rotas, el brazo partido, además del labio cortado, la nariz quebrada y algo gestando en mi vientre, no me daban seguridad de vida y de una manera me alegré. Pasé cuatro meses en la cama de aquel hospital. Mi madre no se atrevió a visitarme, ahora te podré decir que fue mejor, pero sería la rabia quien hablara y lo que yo en ese momento quería lo que realmente quería era tener su mano en la mía.
Nuevamente una pausa incomoda le pedía palabras y el chico sin saber qué decir asintió con la mirada tomándole la mano y sintió como ella temblaba. Tratando de hacerle pensar en algo más alegre dijo …
-Asique tenés un hijo-proclamó sonriendo y después de decirlo se arrepintió al ver que la tristeza aumentó en sus ojos.
Mariana negó moviendo la cabeza y siguió contando la historia.
-El embarazo tuvo problemas y me alegré tanto, me alegré de que la vida me quitara esa criatura de las entrañas, cuando finalmente lo perdí me carcomía la culpa, porque como vos me crié rodeada de las enseñanzas de una religión que me decía continuamente que era una pecadora e iría al infierno por toda la eternidad. Y lograron hacer que me culpara por desearle la muerte a mi propio vástago.
-Pero no fue tu culpa – dijo Miguel tratando de animarla.
-Uno no puede evadir sus culpas, Miguel. No es que me culpara de no querer a ese niño, de preferirlo muerto sino que me culpaba por el pasado, de no haberme separado mucho antes de ese animal, antes de que me hubiera convertido en una obsesión para él, de haberle dejado mi nueva dirección a mi madre. Cosas que van convirtiéndose en una desgracia de la cual sólo se rescatan consecuencias. Cosas que ya estaban fuera de mi alcance el día que le abrí la puerta y me golpeó fuertemente y yo caí desmayada. Al niño lo perdí, los médicos me explicaron que me había golpeado salvajemente el útero y un coágulo del que no se habían percatado se estaba desarrollando en mí, tuvieron que intervenir quirúrgicamente y extraerlo si no me podía ir en sangre. A esa hora del partido te juro que me daba igual. El caso es que lo hicieron y desde entonces caminaba con un útero inútil.
Miguel por ese entonces lloraba a moco tendido tratando de ocultar sus lágrimas. Mariana posó sus ojos sobre él.
-¡Miguel! Ya se está haciendo de noche y tu madre debe de estar preocupada.
Notando que no tenía ganas de proseguir el relato, el niño aceptó sus palabras y se levantó.
-Bueno, entonces me las tomo, cuídate! … mañana vuelvo. – dijo alegremente.
-Chau, mi “ángel”- contestó la anciana riendo.
El niño abandonó la habitación con un guiño.

Al volver a su casa, la madre lo esperaba en el comedor con una lámpara de pie encendida comiéndose las uñas de la preocupación. Miguel abrió la puerta y sintió la voz de su madre.
-¿Dónde te habías metido, insensato … sabías que tengo el alma en vilo? Estaba desesperada, llamé a todos tus compañeros de clase y nadie me supo decir dónde estabas ¿Sabes lo que hubiera dicho tu padre si se hubiese enterado? Gracias a dios que se creyó que ya estabas durmiendo.
Miguel la oía histérica a su alrededor, cada vez que quería responderle a la madre ella le salía con algo nuevo, mientras que lo apretaba contra su pecho besándolo para comprobar que estaba entero y entonces ocurrió lo que temía aparecieron las lágrimas de culpa lamentándose…
-¿Qué hice mal para que me salieras así, Miguel?
-Nada, mamá, no hiciste nada – dijo secándole las lágrimas a su madre.
Diciéndole eso para que lo dejara dormir, sin dejar de recalcar el sarcasmo de su frase. Pero Lorena ni lo noto y al dejar de besarlo le dijo …
-Bueno mi hijito, anda a acostarte que mañana hay escuela- dijo finalmente.
El niño se fue pensando <>
Asentí con la cabeza alegre no por lo de la escuela, sino por mi reencuentro con Mariana, no puedo ocultar que el morbo se había apoderado de mi persona y ansiaba saber más acerca de su vida.
Al salir de la escuela corrí a ver a Mariana. Me dijeron algo que era común para ser invierno y ella mayor, pero me dolió más que ninguna otra noticia nefasta que había oído. El médico Sanchez entró a su habitación, a mí me prohibieron entrar por no ser un familiar. Pero oí a los doctores hablar y decían que Mariana tenía neumonía leve, pero debido a su edad era muy delicado, muy peligroso.
Empecé a llorar como un bebé y una enfermera se me acercó.
-No hay nada que puedas hacer aquí, criatura. La hemos sedado porque si se altera puede afectarle, no va a despertar hasta pasadas unas horas y al recobrar el sentido necesitará reposo absoluto. Espero que lo comprendas. – dijo con voz dulce.
El chico asintió sin ganas queriendo ver a su amiga y darle su mano.
-Niño! ¿sabes si tiene algún familiar aquí? – preguntó la enfermera antes de partir
En ese momento me di cuenta que lo que tenía Mariana era algo serio, porque no se le llama a la familia a no ser para despedirse. Esa pregunta me golpeó como una ola furiosa contra mí , me eché a correr hasta llegar al río (que quedaba a un kilómetro del asilo) y ahí me desahogué.
Las horas pasaron y la noche se cerró sobre su cabeza. Al rato sintió los ladridos de Brandy (su perro) que lo encontró en seguida al dar con su olor. Su padre había salido en su búsqueda junto a Brandy. Ella se acercó al niño al oír los ladridos del perro, corrió a él y lo vio recostado contra un árbol con los ojos destrozados de tanto llorar. Lo levantó en brazos como si fuese un bebé, se sorprendió al darse cuenta de que no pesaba demasiado y mientras caminaba hacia la casa las lágrimas de Miguel iban humedeciéndole la nuca.
Al abrir la puerta nos esperaba mi padre que desprendía un fuerte olor a alcohol, pensé que le iba a pegar nuevamente a mi madre. Él se levantó tambaleando del asiento nos gritó, nos amenazó, alzó la mano derecha que sostenía una botella de cerveza y al dirigirme ése golpe vi cómo mi madre se lanzó frente a mí y recibió el mazazo. Vi cómo se desplomaba frente a mí y el cobarde de mierda de mi “padre” huyó antes de que acudiese ayuda alguna.
Llame una ambulancia que tras 15 minutos llegó a la casa, tuvo suerte que Panchita (la vecina) era ex enfermera y vino rápido a ayudarla.
Lorena comenzaba a abrir el ojo izquierdo, en eso llegaron los hombres de la ambulancia y me fui con ella al hospital, para hacerse unos estudios.
El olor de fármacos me hacía recordar el olor que había en la casa de ancianos, esa mezcla de completa soledad con una llama invisible de esperanza, a la cual todo el mundo se aferra desesperadamente. Me invadía la imagen de Mariana y la de mi madre a la vez, ambas con una tristeza imposible de explicar en la mirada. Me pregunto por qué ésas dos mujeres que por amor lo daban todo estaban sufriendo tanto.
Miguel estaba parado en la sala de espera, nervioso, caminando de un lado a otro con una expresión de desolación en la mirada y aturdido por la situación. De repente se detuvo recordando unas palabras que había leído y que en ese momento no había logrado comprender …-tras el golpe del martillo-el mundo se transformó en neblinas-corazón herido emanaba sangre-cuerpo y alma pedían silenciar el sufrimiento y el destino se hizo conmigo …
Eran frases del cuaderno de gamuza azul que ahora recordaba nítidamente, era el sufrimiento de perder la vida aun estando viva.
No sabe por qué entró corriendo a dónde estaba su madre, ni tres médicos pudieron evitar su paso a pesar de decirle que estaba débil. Él saltó a la cama abrazándola y el Dr. Mendoza al verlo intentó apartarlo. Lorena al quejarse un poco por la sacudida abrió los ojos y vio a su hijo agarrarla y a los médicos queriendo separar al niño de su lado.
-¡Déjenlo! – dijo ella firme en su debilidad.
-Pero señora, usted necesita reposo y tranquilidad – apeló uno de los enfermeros.
- Usted ¡joven! tiene que aprender que la tranquilidad la da el amor y no el silencio y el aislamiento en que cubren a sus pacientes.
-Pero señora, cálmese por favor. No ve que la altera y no debe alterarse.
-Acá el único que me altera es usted y a mí hijo lo deja acá, ¿me entendió? – dijo determinando la discusión.
El muchacho al no poder defenderse de aquella acusación trato de calmarla según las leyes del hospital.
-Mire joven, gracias por su preocupación, pero soy mayor de edad y puedo decidir qué me conviene o no ¿Estamos?
El enfermero aceptó la derrota y se fue con cabeza gacha.
-Te quiero, mamá- dijo con la voz angustiada.
-Y yo a vos, mi amor… ¿estás bien, chiquito, no te llegó a tocar, no? – preguntó preocupada.
-Toy bien sí, no me tocó, mamá ... ¿Sos feliz, mamá? – preguntó Miguel agarrándole la mano.
-¡Sí, mi amor!
-¿En serio, mamá? – insistió.
Lorena al notar la seriedad en las palabras de su hijo se quedó reflexionando.
-¡Sí! ahora si lo soy, contigo a mi lado siempre soy feliz, mi amor.
-Sé que no te lo digo seguido, pero ¿sabes que te quiero, verdad?- dijo con los ojos colorados.
-Claro que sí, mi ángel – dijo con una sonrisa franca.
Entonces rompió a llorar besándole la mejilla y entre la sonrisa de la madre y sus lágrimas de alegría se quedó pensando en lo que significaría la palabra “ángel” para ella, pero no se atrevió a quebrar el momento con palabras.
El sol entró por la ventana agarrando a ambos por sorpresa dormidos en la cama del hospital. Lorena abrió los ojos y se quedó mirando al muchachito.
-Buen día, chiquito. – dijo tras moverlo sutilmente.
-Aaa ¿qué hora es? – preguntó tras bostezar.
-Las siete y media de la mañana, mi amor.
Miguel abrió los ojos de una y poniéndose nervioso y se paró diciendo …
-Uy tengo media hora para comer, arreglarme e irme antes de que empiecen las clases y además no tengo acá mi mochila porque no sabía que nos íbamos a quedar toda la noche y no hice los deberes de hoy y tampoco terminé de leer …
-Bueno, bueno que estás hablando con una mujer herida no me aturdas …
-Perdóname, mamá, no quería … - dijo angustiado.
-No… mi amor, estaba haciéndote un chiste, pero tranquilízate. Solamente te desperté para que me traigas el desayuno, anda a la panadería de acá en frente y trae dos medias lunas de jamón y queso y jugo de naranja (ése puede ser de acá). – Concluyó el pedido.
-Sí, mamá, en seguida voy, pero creo que no me va a dar el tiempo…
-¿Es que a caso tenes algo más importante que hacer además de acompañar todo el día a tu madre? – preguntó pícara valiéndose del poder de la tutoría.
-Pero … pero ¿qué … estás diciendo que puedo faltar a la escuela hoy? – preguntó ansioso.
-Sí, por tener que darme compañía cerramos un ojo ¿ta? – dijo sonriendo.
Miguel empezó a dar saltos de la emoción, para él era como una liberación no tener que ir a la escuela. Tomo plata del bolso de la madre y se fue a comprar las medias lunas.
Pasado unos minutos volvió golpeando la puerta y apareciendo con una bolsa.
-Acá está el desayuno – dijo emitiendo un gritito.
Dejó la bolsa sobre la mesa y ayudó a su madre a enderezarse poniéndole almohadas en la espalda y después le acercó la mesita.
-¡Bon appétit!, madame Lore – dijo guiñando un ojo
-Olala igualmente, caballero – respondió desenvolviendo la media luna.
Después de comer se pusieron a jugar a las cartas (truco), el chico iba ganando por seis tantos. Ya era mediodía y el juego lo terminó por ganar la madre.
-¡Mamá! – dijo Miguel.
-¿Qué pasa, mi amor?- Preguntó volviendo en sí, tras estar media dormida.
-¿Puedo ir a comprar caramelos? – preguntó.
-Claro, agarra plata de mi bolso … ¿te debes estar pudriendo estando acá, no?
-No, mamá. Solo quiero comer caramelos.
-Bueno siendo así ¡anda! Con cuidado, mi amor- alcanzo a decirle antes de que se fuera.
A la semana le habían dado el alta a Lorena y se fueron a la casa de Rosita (una amiga de Lorena). Aunque sobre Carlos (el marido de Lorena) había una denuncia puesta por Lorena con una orden de alejamiento bajo pena de cárcel. Una denuncia que levantó al ir con su hijo a denunciarlo inducido por él fue que ella declaró todo.
Temiendo que él pudiese regresar a pesar de la denuncia, oyó sobre muchos casos en los que la mujer denuncia al marido y a los tres días la mujer es hallada muerta , por eso le pidió asilo a su amiga y ella accedió sin vacilar.
-Mi casa es la tuya y la de Miguelito, mamita. – dijo Rosita llena de alegría al verlos.
-Gracias, Rosita, no sabes cómo te lo agradezco – contestó Lorena con un par de lágrimas.
-No hay nada que agradecer, mamita. Vos debes ser Miguel, hasta ahora te recuerdo de fotos y por tu madre que no deja de hablar de vos, se le nota de lejos que sos su adoración- dijo riendo.
-Si, señora, mucho gusto. - contestó sonrojado.
-Qué tanto formalismo, no soy señora … señorita, pero para vos Rosita nada mas, el gusto es mío, jovencito. – dijo alegremente.
Rosita era un poco alocada, pero de buen corazón. Ella y Lorena eran compañeras en una fábrica de medias. Tenía una casa amplia, llena de flores. Era flaquita flaquita, casi raquítica, ojos profundos, sonrisa amplia y pelo cortito. Tenía un hijo de la misma edad de Miguel.
-¡Martin! –Gritó Rosita - … ¡Veni a conocer a mis amigos!
-Voy … - Contestó con pocas ganas - … hola – saludó desganado.
-Hola Martin, soy Lorena.
-Hola … y yo soy Miguel.
Repentinamente el chico cambió la cara y animoso le habló a Miguel …
-Che Miguel … ¿queres venir a mi cuarto a jugar en la compu?
-Bueno dale… me voy con él, ¿si mamá?
-Está bien, diviértanse.
Los chicos desparecieron por las escaleras y Rosita se fue a la cocina dejando a Lorena en el comedor, tras unos minutos volvió a reunirse con ella llevando el termo y el mate.
-¿Querés crecer más, Lorena?- preguntó Rosita.
-¿Qué?- preguntó desconcertada.
-Que te sientes, mamita. Veni y haceme compañía.
-¿Qué hago con los bolsos? – preguntó sujetándolos.
-Dejalos ahí, tranquila, no se te van a escapar.
Lorena le hizo caso y los dejó en el pasillo. Se sentó junto a ella y comenzaron a charlar.
-¿Te gusta amargo, no?- preguntó cambiando de tema-
-Si si – asintió con una sonrisa.
-Menos mal porque si no tendría que preparar otro.
-Bue ¿también se le puede echar azúcar a éste, no? – preguntó ingenua
-Será en otro mate tal vez, en éste no entra azúcar… si lo tomaras dulce gustosa prepararía otro, pero acá el azúcar no tiene paso, en éste toman sólo los amargos como yo jeje – decía alzando el mate.
La charla continuó hablando de trivialidades, mientras que afuera lloviznaba y la gente exagerada iba con paraguas.
Martín era buena persona, pero (como siempre lo de bueno trae un “pero”) es un poco callado, distante, no terminábamos de congeniar y no era por aires de superioridad ni nada de eso, nos llevábamos bien y nada más.
Con el paso del tiempo Martín le pedía complicidad a Miguel para comprar cigarros a escondidas de su madre.
Miguel vivía leyendo y releyendo los poemas del cuaderno de Mariana que la acercaban a ella, ahora que hace tanto tiempo no la veía y la extrañaba. Siempre encontraba algo nuevo, algún apunte al costado de la hoja y el poema cobraba un nuevo significado
Lo más profundo que había intercambiado con Martín era parte de su vida, él le contó que que cuando la madre estaba embarazada con él, el padre los abandonó y desde que tiene uso de razón recuerda haber tenido un padre distinto cada mes. Que varias veces pensó en huir de casa, pero que nunca se atrevió a abandonar a su madre, porque por más alocada que fuera y por más que se tomara todo a broma era lo único que él tenía y la adoraba. Miguel lo oía en silencio dejándolo hablar
-La pobrecita se moriría y tengo que cuidarla ¿sabes?- decís disculpándose.
Miguel asentía, pensando en su madre, pero sin ganas de huir.
Una tarde salieron Miguel y Lorena al hospital para que le sacaran unos puntos que tenía en la cara. Ella siempre le sonreía al niño, porque él la miraba con culpa. Lorena le decía que sólo era un dolor físico y que si no hubiese atajado aquel golpe ahora estaría de luto por un dolor espiritual imposible de curar, llorando lo perdido, pero que de esta manera sentía haber ganado a un hijo que creyó perdido. Desde esas palabras tuvo una nueva perspectiva … porque no decirlo … estaba orgulloso de ser hijo de esa mujer quebrada y aun así inquebrantable ante el lazo que la unía a él. Y que recién en aquel momento comprendió.
Siempre cuando se ponía a pensar en la vida; en lo que esconde; en el misterio de lo que sucede; en las relaciones humanas; el sufrimiento… Le resbalaba una lágrima por la mejilla lamentándose por todo el tiempo en que no había vuelto a ver a su amiga Mariana y la amargura azotaba su corazón.
Esperaba junto al teléfono y se desesperaba al no recibir llamada.
-¿Qué esperas, mi amor… la llamada de una chica? – Preguntó emocionada la madre.
-Sí, mamá … de la enfermera de Mariana. – contestó secamente Miguel.
-Pero ¿no es un poco mayor para ti, Miguel? – preguntó nuevamente dubitativa.
-De pende de dónde se mire, mamá. – contestó pícaro.
-¡Miguel! – gritó exaltada.
-Tranquilízate , mamá, espero su llamada porque hace seis semanas me dijeron que me llamarían cuando Mariana estuviera mejor para ir a visitarla, entre que pasó lo del accidente en casa y la escuela se me fueron los días y no sé nada de ella y estoy nervioso.
Lorena sentía pena por el dolor por su hijo y dándose cuenta de que no era momento para bromas agarro el teléfono y discó un número que leyó en la agenda.
-Para eso hay solución, mi amor … - dijo esperando con el tubo en la mano - … ¡Hola! Habla la madre de Miguel Pizzano (amigo de Mariana Ross)… llamo porque le dijeron a mi hijo hace seis semanas que lo iban a llamar cuando la señora Mariana estuviera mejor … - la pausa le endureció el corazón al niño - … entiendo, mire! Me quiero llevar bien con usted, puesto a que cuidan de una amiga de mi hijo, pero como vuelvan a hacerle esto … no no, yo estoy calmada, ¡inepto! . Pero no se juega con los sentimientos de un niño y eso fue lo que hicieron al “disque” olvidarse de llamarlo. Lo próxima vez si es que la hay voy yo misma a sacarles la boludez de adentro.- dijo colgando el tubo.
Yo durante lo que duró la llamada la veía como agrandándose, la pequeña mujer había desaparecido y la había reemplazado un ángel, un ángel de esos de los que hablaba Mariana. Primero le plantó cara al enfermero que me quiso sacar del cuarto y ahora al que le atendió el teléfono … <<¿tendría algo en contra de los enfermeros? No lo creo >>, saliendo de su estupefacción preguntó por la anciana …
-Hace ya dos semanas que se encuentra bien, ya se recuperó del todo, mi amor. - dijo con ternura acariciándole el pelo.
Miguel comenzó a hacer fiesta a su alrededor gritaba, saltaba y la besaba sin parar, Lorena dejaba oír su risa cristalina y ambos rieron alegres.
-¿Puedo ir a verla, mamá? – dijo ansioso.
-Claro, sólo te pido que vuelvas temprano para sacar a Brandy a pasear. –contestó.
-Ta, no te preocupes, voy sólo un ratito, chau … - dijo corriendo a la puerta.
Camino al geriátrico frenó delante de una floristería y siguió adelante. Al llegar al asilo, la enfermera lo llamó.
-Hola Miguel ¿cómo estás? – dijo sonriendo hipócritamente.
-Ahora que pasé seis semanas de mierda gracias a alguno de ustedes que no quiero ni mencionar … estoy bien, porque el estar ahora a punto de verla me hace olvidar un poco su crueldad … <<>> … Ahora si me disculpa me voy – dijo muy seguro de sí mismo.
-Perdóname, muchachito. – Dijo avergonzada la enfermera.
-Como quiera … - dijo altivo.
Se fue corriendo al cuarto de Mariana, pero las flores le ganaron de mano al cruzar primero que él el umbral.
-¿Quién trae esas flores?- Preguntó la anciana.
-Soy yo, Mari … ¡Miguel! – dijo tras las flores y reía al verla.
-Ah … me tenía abandonada ¿o es que ya te hiciste una noviecita? – preguntó.
El muchacho se puso colorado hasta las orejas y contestó…
-No no, estaba esperando la llamada del asilo para que me avisaran de cuando podías recibir visita …
-Pero Celeste … hace dos semanas que estoy bien – protestó mirando a la enfermera.
La mujer se puso colorada y pidió disculpas.
-Como te decía … esperaba la llamada y nunca la recibí, mi mamá al verme mal me sacó el motivo y llamó hace un rato para acá y por eso vine recién ahora. – concluyó Miguel.
-Ah … ¡qué gente inútil ésta! – seguía protestando la anciana.
-¡Ineptos! – adjuntó Miguel recordando las palabras de la madre.
-¡Dios! una se muere y quiere aprovechar hasta las últimas horas y por una negligencia tan tonta nos arrebatan esa oportunidad…
-¡Tonterías! Acá no se va a morir nadie- protestó Miguel.
-Sí, Miguel … a todos nos llegará la hora de morir.
Miguel se quedó pensativo dándose cuenta a lo que se refería Mariana, no era una muerte propia lo que mencionaba, sino que es el tiempo el que se va, él es el protagonista, nosotros solamente somos parte de él por algún tiempo y eso había que aprovecharlo. Esa mujer le estaba enseñando más de lo que aprendería en la escuela. Sentía que era heredero de su sabiduría y eso lo alegraba.
-¿Querés que ponga música, Mari? - preguntó el niño.
-Bueno, pone a Zitarossa por favor. – contestó acomodándose en el sillón.
-Estuve leyendo tus poemas sin parar … - prosiguió el niño.
-Me dí cuenta al ver el detalle de las flores en tus manos – dijo sonriendo.
Sintió que se ponía colorado al notar la mirada penetrante de la anciana y trato de distraerse con Alfredo y siguió diciendo …
-…Supuse que te gustarían al ver cómo las nombras en los poemas comparándolos con la fragilidad y la hermosura. – dijo un poco avergonzado.
-Y lo hacen, Miguel. No hay nada más hermoso que una flor, pero quiero que observes éstas flores ahora, recién cortadas.
El niño se quedó observando detenidamente las flores.
-Sí, ¿qué pasa? - preguntó dubitativo.
-Lo dejaré a tu juicio, que el paso del tiempo sea quien te de la lección, me las quedaré aquí, así sé que vendrás todos los días a verlas ¿sí?
Miguel al no entender la petición que la anciana le hacía asintió igualmente, quizás más adelante comprendería sus palabras.

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-¡Mamá! – gritó saliendo del cuarto de Martin.
-¡Hijo!- le contestó al encontrarlo en el corredor.
-Mamá tenés que llevarme al asilo a ver a Mariana- dijo exigiendo.
-Pero tesoro … estamos por comer ¿no lo podes dejar para mañana? – sugirió Lorena.
-No, tiene que ser hoy, ya mismo.
-¿Qué es tan urgente que no puede esperar a mañana?- insistió la madre.
-Lo vas a tomar como una estupidez y para mí no lo es.
-No, decime… ¿Por qué queres ir?- se empeño en saber la razón.
-Las flores – dijo afirmando.
-¿Las flores? – preguntó extrañada.
-¡Sí! – y no dijo más.
-No entiendo, mi amor.
-Yo hasta hace poco tampoco lo entendía, pero ahora sí. Y tenes que llevarme con Mariana, tengo que contárselo. Dale mami por fa por fa … - suplicaba Miguel.
-Como siempre me haces imposible poder decirte que no… - él se aprovechaba ante esa ventaja - …anda a buscar mi bolso que es dónde tengo las llaves del auto.

-Hola – dijo Miguel al ver la enfermera.
-Buenas noches … ¿ocurrió algo? – preguntó asustada.
-No, sólo quiero ver a Mariana- respondió.
-Pero ella duerme ahora.
-Ella me dijo que se acuesta a las 22hs y aun son las nueve y media, sólo un segundito por favor, no la voy a molestar lo juro.
-Está bien, espérame aquí que voy a averiguar, a lo mejor tienes suerte.
Mientras que la enfermera desaparecía por una puerta dejándolos solos.
-Dios … tienen las santas pelotas – dijo Lorena impaciente.
-Sí –contestó Miguel.
-Con tal de no moverse por comodidad te joden – siguió protestando.
-Sí mamá… bienvenida al mundo! – dijo con sarcasmo.
Lorena le sonreía dejándole notar esa mirada de “no te hagas el vivo”.
-Efectivamente, está despierta, los espera en su cuarto … los acompaño – dijo la enfermera.
-No hace falta … conozco el camino, veni mamá! – ordenó Miguel.
Subieron las escaleras (también había un ascensor) y la primer puerta de la derecha era la de la señora Ross.
-Hola, Mari – dijo suavemente el muchacho.
-Hola, angelito – dijo alegremente.
-Buenas señora y disculpe la hora- dijo Lorena.
-No pasa nada es un gusto señora Pizzano . – afirmó Mariana.
-Con Lorena sólo basta, gracias por venir y el gusto es mío.
-Ahora que se conocen me toca a mí – interrumpió Miguel.
-Bueno a ver ¿Cuál es tu urgencia, Miguel? – preguntó Mariana.
-Hace cinco días, “cinco días” que te traje las margaritas.
-¿Sí? – dijo pidiendo más palabras.
-Mi madre tiene junto a la señorita Rosita en el jardín margaritas y ésas bailan de alegría, en cambio éstas junto a la ventana, entristecen cada día más … se marchitan… - dijo analizando.
-¿ …Y? – preguntó queriendo que siguiera en su nueva visión.
-… Supongo que lo que me querías enseñar era que uno muere sin tierra bajo los pies y si a uno lo cortan va muriendo de a poco desangrado. – la anciana asentía a sus palabras.
-Lo dijiste mejor de lo que yo te lo hubiera podido explicar. El alumno supera al maestro, como dicen – concluyó Mariana.
Había piedad en aquellos ojos rasgados por el tiempo y arrastrados a través del dolor, de repente los cerró y empezó a acompañar a Alfredo (el disco que sonaba en la habitación) tarareando el estribillo y tenía una voz hermosa que provenía de aquella arrugada garganta.

Eran las siete de la mañana, un día de frío acosaba la ciudad, acababa de llover y las calles espejaban los árboles. El viento movía las ramas y los carteles de los locales.
Había neblina, era un día gris. En casa de Miguel estaba todo tranquilo. Lorena entró en la habitación de Martin para despertar a Miguel.
-¡A despertarse, mi amor, que la escuela espera! – dijo suavecito.
-Que siga esperando entonces – contestó el chico dormido.
-Dale Miguel, no me hagas enojar – dijo Lorena sacudiéndolo.
-Ah mamá … la cama está calentita y afuera está re feo … te puedo acompañar todo el día <> - recordó el niño y se reía para adentro.
-Si, si … vamos Miguel, vestite que te llevo en el auto – dijo agarrando sus pantalones y poniéndoselos en la cama.
-Llego tarde, mamá – dijo dándose la vuelta.
-¿Qué te hace creer eso? – preguntó como quien tiene algo para contrarrestar la respuesta.
-Jeje … es que te estoy entreteniendo y ya son las ocho de la mañana – contestó riendo.
-Mi amor … te conozco demasiado bien y no te despierto quince minutos antes de ir a la escuela, asique tenes tiempo de darte una ducha y desayunar antes de irte … ¿listo o queres que te duche y te alimente yo?- preguntó al final.
-¡No!, puedo hacerlo sólo. – dijo indignado.
Y así fueron casi todos los días del invierno.
Miguel siempre le llevaba libros a la anciana.
-Gracias por todos los libros que me traes, Miguel, son muy lindos – le decía Mariana.
En uno de los libros el niño le escribió una dedicatoria que ella leyó en voz alta, Miguel miraba la puerta ansiando que no entrara nadie por vergüenza. De repente sentía que lo que oía era banal y ridículo, miraba por la ventana para huir de su mirada.
-Para Mariana, una margarita que me enseñó a decir lo único que realmente importa en éste planeta, me enseñó a hablar a través del corazón y eso es algo que nunca olvidaré, gracias ángel mío, tu Miguelito.
Sus lágrimas parecían competir por quien cae primero <> ella me buscaba con los brazos y me abrazó llorando.
-Es lo más lindo que me hayan dicho jamás, Miguel, gracias. – dijo llorando de felicidad.
El muchacho se alegró al ver que le había gustado y de repente se inquietó por preguntarle algo …
-¿Qué te pasa, Miguel … qué te inquieta? – preguntó repentinamente.
-A veces me asustas – contestó confundido.
-¿Por qué? – preguntó sin entenderlo.
-Porque sabes lo que siento antes de que yo lo mismo lo sepa – contestó.
-Bueno … te diré que no es mi intención. – dijo riendo.
-Lo sé, pero igualmente acertaste. Te quería preguntar algo acerca de los poemas … otra vez je.
- A ver qué es lo que queres saber … - dijo sonriente.
-¿Por qué dijiste en uno de los poemas que el 14 de Mayo nunca debió haber sido inventado?
Ella esquivó con clase mi pregunta, apelando a un vaso de agua. Salí a buscárselo y al volver la vi sentada frente al escritorio leyendo un almanaque, buscando la fecha de hoy.
-Hoy es siete de Mayo- dijo Miguel a sus espaldas.
-Ah mira vos … da igual. Estaba buscando mis lentes, gracias por el agua.
-De nada y los lentes … los tenés colgando alrededor del cuello, Mari.
-Oh que tonta que soy – dijo poniéndose los lentes.
-¿Qué es lo que tiene esa fecha que te intranquiliza, Mari? – preguntó el chico.
-Sabes que te deje en ascuas hace más de un mes con la historia de mi vida que te estaba contando, ¿te acordás …queres que prosiga? – preguntó ansiosa de desviar el tema.
Algo en esa fecha parecía lastimarla más que la historia que había interrumpido tiempo atrás por no querer sufrir el pasado y su evasiva respondiendo con otra pregunta no dejaba muchas opciones por lo cual asentí sin hacer más preguntas.
-¿Te acordas de dónde deje el hilo de la conversación? Es que mi memoria nunca fue muy buena en conservar recuerdos y ahora menos que menos. – preguntó la anciana.
-En que caminabas con un útero inútil <<ésas palabras se me habían clavado en el alma>>
-Ah sí …- hizo una pausa -… él desapareció para siempre tras la denuncia que el hospital levantó en su contra. Yo estaba tranquila porque sabía que no iba a volver, porque ya había conseguido lo que quería … a las semanas conocí a un hombre, a las semanas me refiero a varias semanas después, era un tipo maravilloso que me enseñó la tranquilidad, cada beso suyo era una liberación de mi pasado y nunca me había sentido tan segura como en sus brazos. – Hizo una pausa más y empezó a murmurar algo que sonaba a “¿dónde estará?”
La pregunta es ¿dónde estará el qué o quién?. Ella desordenaba el cajón de la mesita de luz y de repente se calmó sujetando un portarretratos contra el pecho
-Mira Miguel, éste es Sebastián … el hombre del que te hablé. Si es verdad que sólo hay un verdadero amor, acá te presento el mío.
El hombre de la foto tenía pinta de ser un pan de dios <> La alegría al recordar a aquel hombre pareció bañarle el rostro de luz y en seguida se le ensombreció…
-¿Qué le pasó? - … fui un bocón como me dice todo el mundo.
-¡Desapareció!...- contestó amargamente-…nunca más supe de él, era médico de esos que van a todos lados con tal de ayudar – dijo bajando la mirada.
-Médico sin fronteras –recalqué buscando aprobación.
-Eso … desapareció durante la dictadura. Irónico, no … cuando encontré a quien querer la vida me lo arrebató. Me estaba castigando por querer la muerte de mi propio hijo pensaba yo. Después de perderlo a Sebastián quería morir, pero no tenía el valor de sacarme la vida, no sé si hará falta valor o locura para llevarlo a cabo. Lo evidente es que carecía de ambos. Ésta muerte “desaparición” si lo preferís terminó por acabar conmigo, sólo era un cuerpo vacío a partir de ahí no albergaba ningún sentimiento.
Su historia era ajena y sin embargo al mirarla a los ojos ésta historia se le clavó en la piel y se enterró en su dolor.

Al mediodía del día siguiente Miguel pasó junto a unas ancianas que hablaban de decorar el asilo para el 14 de Mayo, esa fecha que Mariana había nombrado.
-¿Qué pasa el 14 de Mayo, Celeste? - preguntó Miguel a la enfermera.
-Es el día en que la señora Ross cumple 90 años – dijo bajito mirando a Miguel a los ojos.
Ahí empecé a armar el puzle, pero ¿por qué no quería hablar del tema? No lo entendía. Me despedí de las abuelitas y de Celeste y fui al cuarto de Mariana.
-Hola, Mari – dijo contento y los ojos le brillaban.
-Hola Miguel que alegría verte – respondió al saludo.
-Te veo alegre, Mari – dijo el chico.
-Es que lo estoy, está comprobado que la alegría rejuvenece, pero ni caso… – decía riendo - … ¿qué contás, Miguel? – preguntó la anciana.
-Nada, todo tranqui, Mari – contestó como volando entre nubes.
-¡Tenes cara de embobado! – afirmó la anciana.
<>.
-¿Cómo? – dijo el chico un poco ofendido.
-Conociste a una chica ¿verdad? – dijo pícara.
-Me dejas de piedra ¿cómo lo sabías antes de que te dijera nada? – preguntó anonadado.
-Es fácil leerle el amor a la gente en los ojos y más conociéndola, tenés el típico semblante de la inocencia ante el amor, sentimiento que siempre se propone lo que es imposible … y además adiviné nada más, no lo sabía … te lo pregunté y lo afirmaste, todo todo no lo sé.
Ambos rieron, pero al no querer quedar como un inmaduro el chico dijo firme y un poco tonto.
-Sí, es una chica que conocí.
-Eso ya lo sé, pero ¿cómo sigue? – preguntó abriendo los ojos.
-¿A qué se refiere? – preguntó desconcertado.
-Si tienen planeado casarse para éste verano o el próximo – el chico enmudeció – que me cuentes cómo es ella, mi hijo y ¿dónde la conociste? – dijo riendo mientras que él volvía a respirar.
- Que susto, Mari – dijo Miguel suspirando de alivio.
-Sos muy asustadizo vos eh … - dijo sonriendo Mariana.
- Bueno … te cuento. Yo estaba en la biblioteca, no me mires así me gusta mucho leer … bue sigo … al salir de la biblioteca estaba lloviendo (había ido en bici) y fui a desencadenar mi bici y al darme cuenta de que había alguien más bajo la lluvia, no pude ser más disimulado que hacer terrible escándalo al tirar de la cadena cuando todas las bicicletas de al lado cayeron como un domino, ella se dio la vuelta y me quedó mirando, yo no sabía dónde meterme.
-Buen comienzo para romper el hielo o ¿debo decir la calle? – sugirió Mariana.
-No te burles, fue horrible quería que la tierra me tragara. Fue entonces que la vi bien tenía una larga melena marrón pegada a la espalda porque lo tenía mojado, los ojos color miel y los labios mojados por la lluvia también. Me acerqué y era cómo que estaba hechizado, sólo hablaba de estupideces y las repetía una y otra vez, entonces ella paró a un taxi y antes de subirse se dio la vuelta y me sonrió. – contaba Miguel flotando al recordarlo.
-Bue es una buena señal – dijo Mariana.
-No – contestó desilusionado.
-¿No, por qué? – preguntó ella.
-Porque se reía por no llorar como se les hace a los locos.
-¿A los locos se les sonríe? – dijo Mariana bromeando.
-¡Mariana! – reprochó seriamente el muchacho.
-Bueno … ¡cálmate! Ya veo que estas en la zona fuera de broma … no seas fatalista, ¿hace cuanto que la conoces? – preguntó la anciana.
-Tres semanas y cuatro días – contestó rápidamente.
- Mi´jo vas camino a enamorarte – dijo sonriendo.
-Creo que si – contestó atónito.
-Dios! Ya te tiene comiendo de su mano ¿y sólo te parece linda o te atrae por algo?
<>
-No sé, pero a veces sueño con su cara – la anciana no podía evitar sonreír – desde que la vi no tengo apetito y no como cómo antes- dijo Miguel.
-Pero Miguel …estás hecho un alma en pena … ¡Celeste! – gritó Mariana.
-Si señora ¿llamaba? – dijo la enfermera acudiendo.
-Si, traiga por favor una cocoa y dos refuerzos – dijo señalando con el dedo.
-No tengo hambre, Mari – protestó el niño.
-No me importa que no la tengas, de acá no te vas sin haber comido y basta!
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-Ahora es otro cantar … recuperaste el color en las mejillas, mi ángel – dijo contenta.
-No te preocupes, Mari, estoy bien – contestó seguro de si mismo.
-Ahora que te terminaste todo, te creo. No cometas más esa locura de no comer … ¿Sabes la cantidad de niños que hay en el mundo que no tienen qué comer? Es una desgracia, pero la mayoría del mundo vive sumergida en el hambre constante, ellos no pueden decidir dejarlo a un lado como vos hiciste porque ni siquiera tienen ésa opción. – dijo Mariana.
-Pobres … y ¿por qué no pueden? – preguntó ingenuamente el chico.
-Justo por eso, porque son pobres y la mayoría, a los gobiernos siempre les satisface más llenar sus propios bolsillos que alimentar al pueblo.
-Que injusticia – protestó Miguel.
-Injusticia e hijaputes … Pero contame de tu enamorada.
-No hay nada que contar en realidad, estos últimos días la seguía en bici a la escuela, sólo para verla. Tiene una sonrisa hermosa. – decía quedando varado en el recuerdo.
-Y te creo, de buen corazón debe ser susodicha princesita para haber conquistado a mi ángel.
-Me pongo nervioso cuando la veo, me tiemblan las piernas, Mari.
La anciana reía como hacía mucho tiempo no lo hacía y el chico no sabía si de alegría o burlándose de él, cuando de repente ella le agarró la mano y dijo …
-Pobrecito mío, ya te picó! – dijo afirmando.
-¿Qué me pico? – dejando notar su enojo.
-Estas enamorado hasta los huesitos de ésa señorita, Miguel.
-No era lo que quería oír – dijo enojado.
-No y lo sé. Querías que te dijera a ciencia cierta porque te sentís así, que te dijera porque razón no podías pensar claramente en su cercanía.
-¡Sí! – contestó tontamente dándose cuenta de lo irrisorio de su postura.
-No soy la más indicada para hablarte de éste tema, puede hablar la experiencia y a mí me falto … siempre lo hizo – contestó volviendo a su tristeza habitual.
-Perdón, no te pongas mal, Mari – dijo afligido el chico.
-Estoy bien … - dijo esforzando una sonrisa.
-¡Tenes razón! – respondió firmemente.
-Lo sé …¿a qué te referís ahora? – dijo riendo.
-Como que no hay respuesta a algo complejo.
-Aha y ¿hay una respuesta a tu pregunta compleja? – preguntó la anciana.
-No te entiendo, Mari.
- Si se lo dijiste, mijo.
-¿Decirle el qué? – dijo haciéndose el tonto.
-Hola ¿hay alguien ahí adentro? … - dijo dando golpecitos a su cabeza - …que la queres, Miguel.
-Ni loco …se burlaría de mí tratándome de demente.
-Y ¿cómo lo sabes si ni se lo dijiste?
-Uno tiene olfato – contestó haciéndose el canchero.
-Entonces vos lo perdiste.
-¿Por qué me peleas, Mari?
-¿Por qué será con uno trata de protegerse frente a un amigo con otra pregunta? Yo no te quiero pelear, Miguel, pero no quiero que dejes pasar la oportunidad de vivir una experiencia por miedo al fracaso.
-¿Te das cuenta, no? De que tus palabras siempre me dejan como un idiota.
-¿Cómo? – respondió entre sonrisa y seriedad.
-Que siempre tenes razón … me niego a hablarle y te pongo a vos de excusa, a mamá, a Brandy, los deberes, la ayuda en casa para retrasar el momento de mirarla a los ojos y decírselo … - hizo una pausa respirando hondo.
-Sos consciente de que no tenes que decirle nada que no quieras, verdad … que no tenes ninguna presión. ¿Te das cuenta por qué no le haces frente?
-Porque me aterra pensar en estar frente a ella y hablarle, porque no tengo valor.
-En el momento en que sientas que queres encararla pensa en algo lindo, aférrate a ese recuerdo, ése recuerdo te dará fuerzas. Y amor!, no fracasa quien arriesga.

De vuelta en casa de Rosita, Miguel estaba en la cama la cabeza apoyada de costado y el cuerpo en posición fetal y no dejaba de recordar el consejo de Mariana No fracasa quien arriesga, no fracasa quien arriesga y con esas palabras se quedó dormido.

-Uh se me hizo re tarde, buenas noches… ¿cómo está Miguel? – preguntó Lorena al llegar a la casa.
-Bien, mamita. Buenos noches también para ti, hace rato llegó y vos ¿ dónde te habías metido?
-Ay Rosita es que estaba hablando con mi abogado – contestó agitada.
-Ahhh … loca! Después hablan de mí.
-¿Qué? ahhh nooo, mujer. Nada que ver, sacate esos pájaros de la cabeza, primero que no me interesa y segundo ni me atrae. Lo fui a ver por los papeles del divorcio.
-Ahh ¿y … qué te dijo? – preguntó curiosa.
-Dice que llevará su tiempo, pero que con paciencia se soluciona.
-Que bueno che, felicidades entonces … déjanos brindar. Pará que voy a buscar vino.
-Bueno – contestó Lorena sentándose.
Sellaron la noticia con jugo de uva y algo de música. La noche era tranquila, sólo corría una leve brisa.
12 de Mayo, 9 AM. Miguel despertaba a su madre.
-Mamá! Despertate … vamos … - decía sacudiéndola.
-¿Qué pasa, Miguel? Hoy es Domingo ¿Por qué me despertas tan temprano? – dijo cansada.
-Ya sé ¿por qué crees que estoy despierto? … necesito que digas que sí a lo que te preguntaré.
-Chistosito me salió el hombre… ¡haceme la pregunta primero! – le dijo Lorena.
-No mamá, un sí o nada – puso el niño como condición.
-Que guacho que sos, mira que no tengo un mango. Asique si se trata de guita…
-No, no es eso, decí que si … - dijo haciendo pucheros.
-Bueno, dale … sí! – dijo ya sin ganas.
-Gracias – le besó la mejilla y se fue corriendo del cuarto.
-¿Y para eso me despierta? – se giró en la cama y volvió a dormirse.
Al mediodía Lorena salió de entre las sábanas.
-Buen día, dormilona! – saludó risueña Rosita.
-Buen día … ¿a qué se debe tu risita? – preguntó despegando los ojos.
-Con que sólo los papeles del divorcio eh …
-¿Qué … otra vez con eso, mujer? Fue el vino que me volteó, no estoy acostumbrada a tomar.
-¡Claro! – siguió riendo Rosita.
-En serio, Rosita – contestó media caliente al ver que no le creía.
-Está bien, te creo, no te me sulfures … ¿café o mate? – preguntó tras una pausita.
-Una matecito vendría bárbaro … ¿dónde están los chicos?
-Se fueron a pasear con Brandy.
-Anda! ¿Sacaron al perro sin pedírselo? A éste hijo mío si que le pasa algo raro…
-¿Por qué decís eso… es que no lo saca nunca? – decía mientras armaba el mate.
-Lo saca cuando se lo imploro, pero está raro porque hoy me despertó a las ocho suplicando que le diga que sí a noseque. Al principio lo quería a toda costa a Brandy, me decía que yo no tendría que mover ni un pelo y como siempre sucede ahora soy yo quien se encarga de él … decir que Brandy es un sol.
-Eso sí … no he visto perro más bueno que el tuyo, es divino.
-Pero me extraña que lo haya sacado él … lo que sí se adoran, si vieras como duermen juntos.
A la media hora más tarde volvieron del paseo.
-Hola mamá, hola Rosita – gritó Miguel al entrar.
-Hola mamá, Hola Lorena – gritó Martín detrás de Miguel.
-Hola chicos… – contestaron las mamás a dúo- … ¿se sientan a comer unas tostaditas con mermelada?
Los chicos se lavaron las manos y se sentaron a la mesa a desayunar.
Al finalizar Miguel se levantó y se disponía a ir en camino hacia la puerta de salida.
-Acordate de la bufanda, mi amor, mira que hace frío – dijo Lorena.
-Sí, mamá. Chau … - dijo despidiéndose.
El chico se subió a la bici y se dirigió al asilo de ancianos, en el camino vio a su princesita y del miedo pedaleó más rápido.
<>
Al llegar al asilo se bajó de la bici y la encadenó al portón.
-Hola, Celeste … ¿puedo pasar? – preguntó desganado.
-Buenas tardes, jovencito … claro… está en su cuarto.
-<> Hola Mari
-Hola angelito, hay que aprender a disimular mejor esa cara de tragedia, no podes venir a un lugar que está condenado a muerte con esa cara. – dijo tratando de sacarle una sonrisa morbosa, pero sin resultado.
-¿Cómo? – dijo Miguel abriendo los ojos de par en par.
-Que no ganarás un Oscar por esa cara.
-Los Oscar´s nunca se los dan a los buenos actores ….
-No me cambies de tema, que sabes bien a lo que me refiero-
-No me digas nada… se me ve en la cara que soy un cobarde – dijo triste.
-¡Mírame! … no sos ningún cobarde ¿listo?
-Pero … pero es que la vi al venir para acá y rajé – dijo deprimido.
-Cachetada tras cachetada ésta vida.
-No entiendo.
-Que me recuerda cada tres segundos mi soledad. Pero bueno …hay que cerrar el capítulo. No me uses más cómo excusa para no hablarle.
-¿Cómo?
-Regalale mis tardes a ésa niña para conquistar su corazón.
-Pero ¿cómo hago? – preguntaba desesperado.
-Con el corazón, Miguel, con el corazón. Y ahora prepárate para ese momento y anda a buscarla que yo me voy a duchar. – le besó la frente y se fue con una toalla al baño.
-Chau Mari y gracias – dijo acompañándola hasta dejarla en manos de Celeste.

Esa misma tarde en la casa de Rosita se decidió y la llamó por teléfono.
-Hola – dijo muy bajito.
-Sí ¿quién habla? – preguntó una voz cristalina y alegre del otro lado.
-Eh … me llamo Miguel – contestó tartamudeando.
-¿Quiere hablar con mi madre o mi padre? – preguntó sin ocultar su inocencia.
-¡Con vos! – dijo firme sin saber quien lo impulso.
- Pero yo no lo conozco … - dijo confundida.
-Si, me conoces. ¿te acordas de aquel día de lluvia afuera de la Biblioteca en que te hablé del clima tropical … el chico que estaba con una campera roja y verde … el que tiró todas las bicicletas … ? – dijo un poco frustrado al tener que mencionar las bicis.
-Ah .. si, ahora si te recuerdo – dijo riendo.
-Ese mismo .. ¿cómo estás? –preguntó ingenuamente.
-Bien, me dejaste pensando en el clima tropical y al llegar a casa me bajé más información de internet sobre el clima.
-Ah qué bueno que hayas sacado algo bueno de ésa conversación.
-Así es … ¿hola? - Preguntó al no oír más nada.
-Hola, hola acá estoy … ¿te gusta el helado? – preguntó de una.
-Sí, me encanta.
-Que bueno … ¿y la plaza? – volvió a preguntar.
-También me gusta, ahora iba a ir para allá
-Aha, que bien. ¡Abrígate que hace frío! – comentó el chico.
-¿Qué me abrigue? – dijo la chica en tono irónico.
-Sí, hace mucho frío. – contestó sin saber que decir.
-¡Miguel! – dijo llamándole la atención.
-¿Si? – siguió pecando de inocente el chico.
-¿Cuándo me vas a preguntar eh …?
-¿Qué qué qué cosa? – preguntó tartamudeando.
-El sa sa salir contigo – dijo ella tranquilamente.
-Ta ta ta me encantaría – siguió tartamudeando.
-¿O es que llamaste por otra cosa? – preguntó aprovechándose de la situación.
- emm .. <>… ¡No! Llamé para invitarte a tomar un helado en la plaza a las 17hs ¿te parece bien? – Preguntó calmado y decidido.
-Me encanta la idea a esa hora estaré ahí – dijo colgando.
Miguel se cambiaba mil veces de ropa tras ducharse, nada le parecía bien.
-Parezco ridículo con esto – protestó mirándose al espejo.
-¿Qué haces … vas a desfilar?- Le preguntó la madre al entrar al cuarto.
-No – dijo no pudiendo evitar que se notara que tenía las mejillas coloradas.
-¿No? Entonces es por una dama tu nerviosismo… que lindo.
-La cual me arruinaste al comprarme sólo ropa estúpida e infantil – respondió frustrado.
-Pero mi amor, tenés once años …
-¡No necesito que me lo refriegues en la cara!
-Veo que estás enojado y aunque me contestes mal me doy cuenta que sólo es por nervios, asique voy a cerrar un ojo y dejarte en lo que estabas …
-Pará! Miguel … yo te presto mi ropa, mira en el armario y agarra lo que te guste – dijo Martín.
- Gracias, Martín … me salvaste. – dijo el chico emocionado.
En el ropero de Martín encontró unos vaqueros y una remera azul marino. Agarro la bici y se fue a la plaza. Al llegar se sienta en un banco y ahí la esperó, pasaron los minutos que parecieron horas y en eso una mano tocó su hombro.
-Hola – dijo ésa voz cristalina y alegre.
-Pensé que no vendrías – dijo nervioso.
-¿Y por qué no iba a venir si fui yo quién prácticamente te enredo? – dijo sonriendo.
-Tenes razón. Sabes que cada vez me doy más cuenta de lo contrario que dicen en la tele.
-¿Qué dicen? –preguntó ella.
-Bueno, como sabes el mundo está plagado de machistas.
-¿Sos uno? – preguntó ella
-No, para nada, según me dijeron lo que era, no lo soy. Bueno … estos tipos dicen ser el sexo fuerte, el más inteligente, pero es al revés, es la mujer la que muestra más fuerza al traer vida a éste mundo y cuidar de ésa vida, es la mujer la más inteligente. Pero el comportamiento machista le hace imposible a la mujer el desarrollarse. Me parece una lástima, porque me gustaría vivir dónde se la respete a la mujer y no sólo de la boca pa´fuera … ¿hablo demasiado?
- Se nota que estás nervioso, pero no me molesta que hables mucho. – dijo sonriendo- si lo que dijiste fue sólo para impresionarme puedo decirte que tenes labia, pero dudo que lo dijeras por eso. Te estuve espiando éste tiempo.
-¿Vos también? – preguntó anonadado sin darse cuenta de pisarse el palito.
-¿Quién más te espiaba? – preguntó ella rápido como un rayo.
-Eh … ah nadie – contestó rojo como un tomate.
-Se ve que sos simpático y quiero conocerte – dijo riendo.
-Que suerte y yo a vos.
-¿Puede ser que sigas nervioso? – preguntó ya con lástima.
-¿Puedo mentir? … sí, estoy muy nervioso.
-No hay motivo che … ¿cuál es tu apellido? – preguntó para distraerlo.
-Pizzano – contestó.
-Que gracioso, suena a que no te gusta la pizza …el mío es Gonzales y mi nombre Clara.
-Lo sabía- dijo sonriendo.
-¿Si y cómo te enteraste?
-Vas a la misma escuela que visito yo y basta con preguntar.
-Mira quien está tocada por el ridículo ahora… – dijo riendo-… ¿qué edad tenes?
-Once, pero ahora cumplo doce.
-Ah! Yo doce para trece.
-¿Queres ser mi novia? – no sabe cómo hizo para preguntárselo.
-Vos vas de tímido cerrado a lanzado total eh … pero si, pensé que no me lo ibas a preguntar nunca.
-¿En serio? – preguntó con la boca abierta.
-Yo no miento nunca.
-Me alegro ¿te puedo dar un beso?
Y así con un besito en la mejilla se despidieron.
Miguel cantaba en el baño lavándose los dientes.
-Hola mi amor ¿la felicidad del triunfo?
-Algo así, sólo que es más que un triunfo.
-Me alegro, chiquito. Bueno … buenas noches.
Otro día amanecía, el sol calentaba el pavimento y la música de la cocina llegaba a los cuartos. Los pájaros cantaban alegremente.
-Vamos todo el mundo a despertar que hay noticias frescas.
Los tres habitantes restantes de la casa bajaron las escaleras tambaleándose y se sentaron alrededor de la mesa.
-¿Qué hay de nuevo, Lorena, por qué tanta alegría? – preguntó Rosita.
-Es que conseguí un departamento y nos mudamos pronto- dijo casi chillando.
-Pero mamita si no había apuro alguno, vos y Miguel son bienvenidos acá hasta el tiempo que lo deseen – dijo Rosita mirándola ya despierta tras la noticia.
-Ya sé y te lo agradezco, Rosita, pero creo que ya es hora de rehacer nuestro hogar y que ustedes dos tengan nuevamente su espacio.
Las dos se abrazaron deseándose lo mejor y ambas quedaron con lágrimas en los ojos mientras que los chicos se fueron al cuarto a jugar con la computadora.
-Me van a dar la llave del departamento la semana entrante. Bueno voy a preparar el desayuno, vos no hagas nada, Rosita, déjame a mí por favor. – dijo Lorena.
Cuando Lorena los llamó a desayunar Miguel se disculpó por ser el cumpleaños de Mariana y se fue recordándole a su madre el “si” prometido.
-Éste chico con sus misterios me hizo decir que sí, sin siquiera saber la pregunta – protestó Lorena.
-Tene cuidado, mamita, anda a saber que se trae entre manos.
-No le metas pájaros en la cabeza, mamá – respondió Martin defendiendo a su amigo.
-Ah seguro que sabes algo ¿Qué se trae tu amiguito? – le preguntó Rosita.
-Yo que sé, sólo digo que no le digas cualquiera…
-No se pelean, ya le dije que si se trata de plata, no tengo. Dice que no importa.

Mariana leía un libro sentada en el sillón verde oliva cuando desde atrás se le acercó Miguel y le cubrió los ojos.
-Mmm ¿quién podría ser el que me cubra los ojos?... – dijo haciéndose la distraída- … quizás sea el muchacho del cuaderno de gamuza azul.
-Hola Mari …¡todos! – gritó animando a la gente del asilo. Y todos juntos le cantaron el cumpleaños feliz y al final aplaudieron y hasta sopló las velitas de una torta que compraron en la panadería. Los viejitos charlaban entre ellos y Mariana con Miguel.
-¡Felicidades, mujer! – le deseaba toda la gente.
-Gracias a todos, siempre se empecinan en hacerle creer a una vieja que aun la quieren … como hay cosas que nunca cambian eh …
-Mari – llamó Miguel.
-¿Si, Miguel? – preguntó ella.
-¿Hay algo que no hayas hecho hace mucho tiempo y quieras hacer?
-Salir
-¡Mamá! Entra que es gente vieja no más, no muerde – gritó Miguel.
-¡Miguel! – dijo rezongando.
-No pasa nada , señora. Su hijo tiene razón, no mordemos – dijo riendo el viejo.
-Conocemos bien a su hijo y siempre hasta ahora tuvo razón en todo, es bienvenida, señora.
-El señor es Javier y la señora María de los Ángeles – presentó Miguel.
-Es un gusto y felicidades, Doña Mariana.
-Gracias por venir Lorena y ahora … quiero ver los regalos.
La habitación estalló en carcajadas y todos se empujaban unos a otros.
-Acá está el mío – gritaba uno.
-Y acá el mío – gritaba otro.
-Muchas gracias a todos, chicos.
-¡Decí unas palabras Mariana! –le decía Celeste.
-Ay mujer ¿qué voy a decir? Ni que fuera poeta – protestó la anciana.
El tiempo transcurrió entre torta, música, recuerdos y mucho parloteo.
Los ancianos fueron despidiéndose de Mariana y regresaron a sus respectivas habitaciones.
-Bueno, ahora estás sólo vos Miguelito y tu mamá – dijo aliviada Mariana.
-Tal parece ¿me disculpas un segundo que me olvidé de algo en el auto? – dijo Miguel.
-Si, claro, anda no más – intuyendo que se trataba de un regalo.
-¡Mamá! ¿me acompañas?
-Si, ya volvemos.
Miguel salió del cuarto con su madre y en vez de ir al auto como le dijeron a la anciana, se fueron a la cocina a hablar con la enfermera Celeste.
-Hola, Miguel ¿ya te vas?
-No ¿te acordas de lo que te pregunté hace unos días?
-Si, pero te dije que sin un adulto no es posible, porque debería firmar para autorizarlo – remarcó la enfermera.
-Lo sé y por eso está mi madre acá. ¡Mamá! Pasa mujer … -dijo Miguel.
-Permiso ¿puedo saber… de qué firma hablan? – preguntó Lorena.
-Para quedarte afuera “por educación” y oírlo todo igual es cómo medio al pedo, no? Jeje – reía Miguel.
-¡Muchacho atrevido! Estaba en el umbral, no fuera de la habitación – reprochó Lorena.
-Ya sé, mamá te estaba jodiendo. La firma es por el “sí” que me diste .
-No entiendo ¿me pueden explicar? – pidió la mujer.
-Bueno … que para sacar a Mariana a cenar ésta noche hace falta una firma en noseque papel.
-Es un documento en el que se responsabiliza de la salida de la señora Ross – explicó Celeste.
Lorena agarró la lapicera y firmó donde le indicaron.
-Bueno … anda a avisarle y llámame cuando esté lista. – dijo Lorena.
-Gracias, mamá.
El niño corrió junto a Mariana y antes de contarle del paseo pensó en decirle algo de Clara, pero reflexionó y se dijo “no” éste momento es sólo de ella.
-Vamos vamos ¡a arreglarte!- dijo excitado.
-¿Cómo y para qué? – preguntó confusa.
-Te tenes que arreglar porque tenes una cita conmigo ésta noche ah! Y con mi madre – dijo él.
-Ah sigue el teatro eh … . dijo ella bromeando.
-Nada de teatro, ésta noche nos vamos a un restaurante, Mari – dijo serio.
Lorena entró a la habitación a buscar su bolso y al ver la cara incrédula de la anciana le afirmó las palabras del hijo y Mariana entre sollozos y risas dijo …
-¿En serio voy a ver la ciudad? – preguntó emocionada.
-Si, doña Mariana – contestó Lorena.
-Vamos Mari los lloriqueos para después ¿dónde está tu maquillaje y los vestidos? – preguntó Miguel mirando a todos lados.
-No tengo, si acá no necesito nada de eso – contestó la anciana.
-No pasa nada, yo tengo maquillaje en el bolso – dijo Lorena rápidamente.
-Toma mamá, maquillarla vos que yo soy capaz de dejarla como un payaso, no sé cual es para qué – dijo el chico dándole el bolso a la madre.
-Bueno a ver … cierre los ojos, doña … búscale ropa, Miguel – ordenó Lorena.
-A la orden, capitán – bromeó el chico.
Después de veinte minutos la dejaron lista para salir. Falda marrón y blusa purpura, la peinaron con raya de costado seguido por un discreto maquillaje resaltándole los mejores rasgos del rostro. Cuando ella se miró en el espejo no lo podía creer, sentía cómo que su imagen había rejuvenecido 10 años.
-Bueno Mari, ya estás lista para reventar la noche – dijo el chico.
-No, mijo. Las cosas que decís – dijo ella llevándose las manos a la cara.
-A usted ¿le parece que me veo bien, Lorena? – preguntó la anciana.
-Más que bien, doña Mariana, se ve hermosa – contestó acariciándole el hombro. Mariana se sonrojó y la enfermera los acompañó a la salida hasta el auto.
-Les pongo la silla de ruedas en la valija ¿si? – dijo Celeste.
-Sí, Mari quiere que la llevemos la llevamos. – afirmó Miguel.
-La verdad que sí porque nunca sé cuando me abandonan las piernas.
-No se hable más entonces ¿le ayudo, doña? – preguntó Lorena.
-No, mamá … es mi cita, vos sólo sos mi escolta … agárrate de mí, Mari.
Mientras que salían hacía el auto todos los ancianos se colgaban de las ventanas saludando a Mariana y gritándole de todo.
-¡Diosa! … ¡Hermosa! … No vayas a dejar tontos a los hombres, mujer …
La enfermera que los había acompañado al auto se dio vuelta mirándolos y le gritó …
-Che, che silencio! Vamos regresen a sus camas y a dormir… – se giró hacía Lorena y dijo - … Mira… estas pastillas se las tenes que dar a cada cuatro horas, te doy la cajita entera le quedan ocho y no creo que se tarden 32 horas en volver – dijo riendo.
-Listo … ¿para qué son? – preguntó agarrando las pastillas.
-Por la circulación y también funcionan como calmante … duermen pequeños dolores.
-Bueno … una pastilla cada cuatro horas. Gracias.
-¡Exacto! Bueno, pásenlo bien – dijo sonriendo mientras veía como el auto se alejaba.

-Bueno … entonces ¿a dónde vamos? – le preguntó Miguel a la anciana.
Ella no contestaba mientras que el auto pasaba junto a las casas y recorría las calles de la ciudad. A Mariana se le llenaron los ojos de lágrimas.
-Está tal cual la recuerdo - Dijo finalmente.
-Sí, acá nunca cambia nada ¿hace cuanto que no salía? – preguntó Lorena.
-Hace doce años – contestó con tristeza.
No era la respuesta que se esperaban oír los Pizzano y comprendieron en seguida sus lágrimas. Miguel que estaba sentado junto a ella le puso el brazo en el hombro y la acariciaba cariñosamente.
-El estado me internó porque según ellos era un riesgo que no se podía valer por si misma. Pero no lo era, éstos doce años fueron los que me enseñaron a ser dependiente. No tengo a nadie acá, por eso nunca había salido antes – contó Mariana.
-Pero ahora nos tenes a nosotros ¿verdad mamá? – dijo Miguel buscando apoyo en la madre.
-Claro, pero ahora dígame a dónde quiere ir … estamos en el centro, ¡elija! –insistió Lorena.
-A 18 de Julio y Paraguay … - dijo ella sonriendo .
-Bueno … sea así entonces.
Las casas pasaban así como la gente y los árboles. Llegando al cruce de 18 de Julio y Paraguay avistaron un pequeño restaurante llamado “Lemón”. Miguel observaba a la anciana y se dio cuenta de que sus ojos se cristalizaron, parecía tener un nudo en la garganta.
-¿Te sentís mal, Mari? - preguntó preocupado.
-Ay doña Mariana no me asuste ¿quiere volver? – preguntó Lorena mirando hacia atrás.
-¡No! … quiero ir a ese restaurante … - contestó Mariana.
-Ta …vamos entonces! – dijo firme Lorena.
Lorena aparcó a una cuadra del local, la silla de ruedas la dejaron en el auto a petición de Mariana y juntos se dirigieron al restaurante. Al entrar se les acercó un muchacho .
-Buenas noches, ésta noche seré su mozo si me permiten acompañarles hasta su mesa …
-Buenas… gracias – dijeron.
-Es un lugar fifi éste eh … mira el gusto de Mari - dijo el niño riendo.
Se sentaron y el mozo les entregó la carta. Lorena se levantó y dijo …
-Voy un segundo al baño y regreso en seguida.
El niño y la anciana se quedaron mirando la carta. Estaban sentados junto a la ventana, era un restaurante chico, pero muy acogedor. El interior era rústico con colores cálidos y había olor a pino.
-¿Ya saben lo que van a pedir? - preguntó el mozo al acercarse nuevamente a ellos.
-Mmm no ¿Vos ya sabes, Mari? – dijo Miguel.
-No – respondió sonriendo.
-Bueno vuelvo después entonces, pero ¿les puedo traer algo para tomar? – insistió el mozo.
-Bueno eso sí … una coca cola para mí – contestó Miguel.
-Y un vaso de vino rosado por favor – agregó Mariana.
-¿Algún vino en especial, señora? – preguntó el muchacho anotando en una libretita.
-Del mejor que tenga, hombre – adjuntó el chico.
-Bueno … ¿algo más? – preguntó el mozo.
-Sí, una paso de los toros para mi mamá de naranja por favor – dijo el chico alisando el mantel.
-Bueno … con permiso – dijo el muchacho alejándose.
-No sabía que tenías gustos tan excéntricos – dijo sonriendo Miguel mirando a Mariana.
-14 de Mayo de 1960 – dijo la mujer.
-¿Cómo? No te entiendo… – dijo extrañado por oír esa fecha -… ¿1960? No es cuando naciste.
-Es la fecha por la que me preguntaste hace unos días atrás…- se quedó mirando como quien recordaba retazos de un pasado ya olvidado - … fue el día en que me morí… - el chico se quedó perplejo mirándola sin entender - … fue el día en que Sebastián me dijo que me amaba y en ese mismo momento se me abrió tanto el corazón que no fui capaz de cuidarlo y cuando él desapareció todo se desvaneció. Morí con él, mi alma murió con él y me abandonó – concluyó.
<>
-¿Y por qué ahora sí me lo contas? – preguntó de súbito.
-Porque no te lo había contestado antes y además porque me lo dijo en este lugar, por eso mi emoción de recién en el auto – dijo contestando.
-Entiendo – dijo tomando un trago de la coca.
En eso llegó Lorena a la mesa.
-¿Te habías ido por el wáter, mamá? – dijo riendo el chico.
-Más o menos … naa. Es loquísimo me encontré con una amiga de la escuela y se me pasó el tiempo y quedamos para encontrarnos otro día, pero ustedes ¿de qué hablaban mientras no estaba? – preguntó olvidándose de su encuentro.
-De nada …- dijo guiñándole un ojo a Mariana - … te pedí una paso de los toros de naranja.
-Gracias, mi amor. Asique no hablaron de nada en mi ausencia eh … ta bien mantengan sus secretos no más … ¿ya saben que van a comer? … bueno mozo! – llamó Lorena.
-Sí, señora ¿ya saben qué van a querer? – dijo muy atento el muchacho.
-Sí, un filete de vaca con ensalada y otra paso de los toros por favor – pidió Lorena.
-Bien… - dijo el mozo anotando en su libreta - …¿y usted, señora?
-Una napolitana (tierna por favor) con papas fritas – pidió Mariana.
-Bien – dijo el mozo.
-Doña … ¿no quiere beber algo más? – preguntó Lorena.
-Bueno, pero agua mineral solamente, gracias – contestó la anciana.
-Bien, señora ¿y el señorito que desea? – dijo el joven sonriéndole a Miguel.
-Mmm … ¿tienen sandwiches calientes? – preguntó pícaro.
-Si – afirmó el mozo.
-Dos de jamón y queso entonces y otra coca.
-Bien, en unos minutos vuelvo con permiso – dijo retirándoles la carta.
Volvió en seguida para traer la bebida y yo admiraba su destreza, porque además de las tres botellas traía dos platos con pescado (para otra mesa) y tres con pasta (también para otra mesa) y no se le caía nada, me quedé como bobo mirándolo llevar todo.
-¿Te gusta, Mariana? – preguntó la mujer.
-Sí, Lorena, te agradezco por haberme traído. Le contaba a tu hijo que tengo un recuerdo muy profundo de éste lugar, me asombré de que siguiese en pie, creía que ya lo habían tirado abajo para construí ralo más moderno, pero no fue así y fue grato ver que seguía abierto.
-Ahh con que no hablaron de nada eh… -dijo sonriendo - … ¿Cuándo dejó aquel recuerdo?
-En el sesenta – contestó.
-Sí que daba para pensar que lo habían tirado abajo. Realmente es hermoso el lugar ¿era así en los sesenta o cambió? – preguntó curiosa.
-Está igualito a entonces, lo único que cambió fueron los camareros y los manteles.
Pasaron unos minutos y el camarero se acercó a la mesa.
-Aquí su plato, señora. El suyo, señorito y aquí para usted, señora – dijo apoyando los platos frente a cada uno - … Buen provecho y con permiso.
-Muchas gracias – respondieron al mozo.
-Ay joven! Disculpe me olvidé de decirle que la señora no puede comer sal … -decía Lorena.
-Espere Lorena ¿sabría decirme si tiene mucha sal? – preguntó la anciana.
-La verdad que no, señora, pero se lo cambio en seguida – dijo el muchacho.
-No, mamá probé una papa frita y está bien, deja que disfrute éste día no le va a pasar nada.
-Bueno, disculpe joven y gracias – dijo Lorena aprobando que dejara el plato de Mariana intacto.
-Ahhh que rico, por fin la comida tiene sabor a comida. Comer todos los días sin sal era como comer aire, mil gracias chicos – dijo Mariana agradecida.
-No tiene que darlas, Mariana – sonrió Lorena.
-¿Estás feliz, Mari? – preguntó el chico con el sándwich en la mano.
-Es una palabra con mucho peso, pero para contestarte rápido ... hoy acá con ustedes lo soy. ¿vos lo sos, Miguel? – preguntó.
-Sí, con mamá y vos a mi lado ¿Qué más se puede pedir? – dijo sonriendo.
-¡Tenes razón! – dijo agarrando el vaso de agua.
Terminaron de cenar, Lorena pagó la cuenta y salieron a la calle.
-¿Te traigo la silla o podes ir hasta ahí, Mari? – preguntó el chico.
-No, no, puedo ir caminando, gracias – contestó con un semblante reluciente.
Agarrada del brazo del niño empezaron a caminar hacía el auto.
-¿Sería mucho pedir ir a la Plaza de la Independencia? – preguntó frenándose.
-Para nada, doña Mariana, ésta noche es suya y nosotros sólo somos sus servidores… – dijo guiñándole el ojo a Miguel - … ¿verdad, Miguel?.
-¡Obvio! – gritó el chico.
-Bueno … espérenme acá que arrimo el auto – Dijo Lorena alejándose.
El auto frenó junto a la anciana y Miguel.
-¡Arriba! – gritó Lorena.
El chico le abrió la puerta a Mariana y la ayudó a subir.
-Gracias, mi ángel – contestó sonriendo como hacía mucho no lo hacía.
-¡Átese, Mari! – dijo el chico marcando su preocupación.
-Y vos átate ése champión, hijo – le dijo la madre.
-Sí, mamá – dijo obedeciendo.

Al llegar a la plaza bajaron del auto y comenzaron a caminar. De repente Mariana se quedó atónita, perdida en el recuerdo rodeada de lágrimas admirando la majestuosa arquitectura de un edificio de ocho columnas en el frente, siete balcones por detrás sobre siete mismas altas puertas por debajo, cuatro pedáneos, tres focos fulminantes en el techo que lo llenaban de una luz amarilla, la cúspide era una punta (como la de los dibujos de las casitas de los niños), con un sol grabado que emitía los rayos por toda la pared y debajo se leía el imponente nombre de ; Teatro Solís.
Siguieron caminando por la plaza se frenaron junto a la fuente frente al monumento y se sentaron por un rato.
-¡Que hermoso que está todo! – dijo finalmente la anciana.
-Sí, ta bien – dijo despreocupado Miguel como quien no quiere la cosa.
-¿Quiere bajar a la playa? Doña Mariana, está a unas cuadras – dijo Lorena.
-Sí, quiero, pero ¿no sería mucho? – preguntó temiendo la respuesta.
-No te hagas la víctima, Mari – dijo Miguel bromeando.
-¡Miguel! – protestó la madre.
-Está actuando, mamá, no te preocupes – siguió burlándose.
-Déjalo Lorena, después de todo tiene razón sobre mi sobre actuación que puede parecer por educación, pero es una falsa educación. – dijo Mariana.
-¡Viste! Y vos me miras con cara de matarme – le dijo el chico a la madre.
Se subieron al auto y fueron a la rambla. No había palabras que lograsen que Mariana no se emocionara, estaba en aquel lugar donde estuvo tantas veces junto a Sebastían. Se sentaron en la arena, Lorena había protestado porque la arena estaba húmeda, pero a Mariana no le importaba.
-Veníamos casi todos los días … Sebastián y yo, él llevaba el termo bajo el brazo y el mate y yo llevaba una esterilla y los bizcochos – relataba Mariana.
-¿Quién es Sebastián, un enamorado? – preguntó Lorena.
-Lo fue y en mi corazón lo sigue siendo – contestó.
-Perdón no quise ser brusca recordando cosas penosas.
-No es nada, uno llora por lo que perdió, pero yo me alegro por lo que viví con él. No te voy a decir que no lo extraño ni que llevo bien su ausencia porque te estaría mintiendo, pero el tiempo me impuso a aceptarlo y siento que estando acá es recuperar de alguna manera esos recuerdos ¿suena estúpido lo que digo? – finalizó la anciana.
-Para nada. A mí me pasa con él padre de Miguel – dijo Lorena.
-¿El hombre que usted denu …? – preguntó extrañada.
-No, no… – dijo contestando lo que intuía que Mariana le preguntaba - … Carlos no es su padre, el padre de Miguel se llamaba Juan. Yo tenía dieciocho años cuando lo conocí, a los meses quedé embarazada de éste angelito… - dijo señalando a Miguel - … estando de cinco meses ya recibí una llamada del hospital que solicitaban mi presencia porque habían ingresado a Juan Remo en delicadas condiciones, entre la histeria y el llanto le pregunté que le había sucedido y recuerdo bien cómo la mujer sin ninguna consideración me dijo -“tuvo un accidente con el auto y está muy grave, puede perder la vida ¿puede venir usted o sabe de otra persona que pueda hacerlo?”. En ese momento no le contesté, pero tuve ganas de ahorcarla por su estúpida pregunta cómo no iba a ir … pero el dolor me apagó – hizo una pausa, mirando a Miguel mirando el agua del mar como quien se conocía la historia de memoria.
-Lo lamento, Lorena – le dijo Mariana.
-Hace bien recordarlo, no dejar que su nombre caiga en el olvido. Él siempre me pedía que le hablara a Miguel de él, los últimos días que tuvo de vida en el hospital.
-¡Pero no lo hiciste! – protestó Miguel.
-Es cierto, mi amor, durante mucho tiempo eludí recordarlo por miedo al dolor, perdóname sé que te lastimé al no hablarte de él, fui egoísta dejándote en la ignorancia, perdóname …
-Ya te perdoné hace mucho, mamá – dijo recostándose en la arena.
-Perdonen que sea entrometida ¿por qué Miguel no lleva el apellido del padre? – preguntó.
-Ah no sé, doña, eso pregúnteselo a él mejor, en los papeles figura como Juan Miguel Remo Pizzano – contestó Lorena.
-¿Por qué entonces sólo decís Miguel Pizzano? – preguntó mirando al niño.
-Porque sólo la conozco a ella, él me es extraño. Mi familia Remo es re buena onda, pero me gusta Miguel Pizzano concluyó el chico.
-Me parece bien … Qué linda está la noche – dijo mirando las estrellas.
-Ah doña Mariana, tome esta pastilla por favor … acá tengo una botellita con agua, tome!
El viento chocaba con las olas y las olas contra las rocas. Las luces de la ciudad acariciaban la playa, no había autos en las calles, tan sólo uno que se había extraviado y así y todo desapareció en seguida.
-¿Y no pregunta por qué aguante tanto tiempo con Carlos, doña? – pregunto curiosa Lorena.
-Llámame sólo Mariana por favor – suplicó la anciana.
-Bueno, Mariana …
-Y no, no te lo pregunto porque no sé cuánto tiempo estuviste con él, segundo porque sé perfectamente que el corazón no tiene oídos para advertencias y tercero porque no soy quien para juzgar a otra persona, igual que mucha gente “que vaya a saber uno por qué” se siente con autoridad para opinar sobre la vida de los demás, además si vos me querés contar algo te oiré de otra manera sólo llenaría una curiosidad morbosa que no me place alimentar.
Lorena bajó la mirada sin saber qué responder.
-¿Te gusta bañarte en la playa, Mari? – preguntó Miguel de súbito.
-Hace añares que no lo hago, Miguel – contestó.
-Esa no fue la pregunta – afirmó el chico.
-Sí, me gustaba – decía mientras reía.
-Éste fin de semana nos vamos a Rocha con mi madre ¿queres venir con nosotros? – preguntó.
-Miguel no sé si el asilo permite una ausencia tan amplia – recordó Lorena.
-No te preocupes, Lorena … - dijo Mariana.
-No, no creas que pongo excusas por favor, se los preguntaré cuando volvamos – afirmó.
-No hace falta, no se molesten … ya me dieron más de lo que podía imaginar …
-¿Tiene ganas de venirse con nosotros a Rocha? – preguntó firme Lorena.
-Eh … ¿en serio? – preguntó dubitativa Mariana.
Madre e hijo se unieron asintiendo entre risas.
-Me encantaría, pero …
-Pero nada, Mariana. Usted se viene a Rocha – dijo finalizando la conversación.
Las horas se les pasaron como segundos hablando bajo la luz de la luna. Al regresar al geriátrico la ayudaron a llegar a la habitación.
-Hola señora Ross ¿cómo la pasó? – preguntó Celeste.
-Bárbaro, mijita. La mejor noche que tuve en éstos últimos doce años – contestó con alegría.
-Me alegro ¿tuvo que usar la silla de ruedas, no? – preguntó afirmando algo que no dudaba.
-Nunca – contestó orgullosa.
-Que bueno. Bueno … ya la pueden dejar a mi cuidado y gracias por todo – dijo Celeste.
- Bueno, vuelvo mañana, Mari – dijo el niño besándole la mejilla.
-¡Anda al auto, no más que yo ya te sigo! Mi amor – ordenó Lorena.
Miguel salió de la sala y una enfermera gordita acompañó a Mariana a su habitación y entre saludos, Lorena se sentó y le preguntó a la otra enfermera…
-¿Qué tengo que hacer para llevarme por el fin de semana a Mariana?
-¿Cómo? – preguntó asombrada, porque una cosa era cuidarla unas horas, pero quien se pasaría el tiempo gratuitamente cuidándola un fin de semana
<>
-¿Que qué? – insistió en no creer lo que oían sus oídos.
-¿Qué qué? … Que quiero pasar el fin de semana con Mariana en mi casa ¿Qué tengo que firmar para lograrlo? – preguntó omitiendo que la salida era a Rocha, porque tal vez la distancia se convertiría en una traba.
-Disculpe, pero una ausencia de esa magnitud es otra cosa – contestó Celeste.
-¿Cómo que otra cosa… por unas horas la puedo atender y si se trata de días, no?
-Disculpe, pero así son las cosas. Sólo familiares directos tienen ese derecho – contestó seca.
-¿Me está diciendo que le niega la salida a una mujer de noventa años … le niega que se divierta un poco y sea un poco feliz y no estar siempre entre cuatro paredes? – dijo indignada.
-No, señora Pizzano. Si su hijo viene prácticamente todos los días y eso a ella le alegra mucho.
-No me cambie de tema, a usted que tanto le gusta decir “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa” reflexiónela más que falta le hace – contestó abandonando el asilo.

-¡Tipa estúpida! – murmuró Lorena
-¿Qué pasó, mamá? – preguntó una vez que ella se subió al auto.
-Que según la tipa ésa sólo familiares pueden llevarse a los internados.
-Me lo temía, pero Mariana no tiene familia ¿y cómo le digo ahora que no puede después de haberla llenado de ilusiones? –dijo mirando el piso.
Lorena lo miro intensamente, respiro profundo y buscando complicidad y desafío en los ojos de Miguel dijo …
-¿Y quién te dijo a vos que no nos vamos los tres a Rocha?

El sol ya estaba en lo alto cuando Miguel golpeó la puerta de Mariana.
-Buen día, Mari ¿cómo dormiste? - preguntó corriendo a su lado.
-Como un bebé, como hace tiempo no lo hacía. La brisita de anoche fue mi somnífero.
-Me alegro – dijo sentándose en la silla que tenía junto a la cama.
-Contame ¿se hace la salida? – preguntó emocionada.
-Celeste puso trabas … - contestó triste.
-Ya me lo temía – dijo ella inclinándose nuevamente.
-¿Me dejas terminar? … gracias – rió – como te decía Celeste puso trabas, pero mi madre tiene pensado llevarte igual, Mari – continuó Miguel.
-Pero si nos descubren va a tener que pagar los platos rotos – dijo la anciana.
-Ya es mayorcita y dijo que se hacía cargo de las consecuencias.
-¿Eso te dijo? – preguntó sorprendida.
-Sí, a mí también me asombró su reacción, porque no la conocía así.
-Bueno no lo olvides nunca, Miguel, no hay nada que enseñe más que el tiempo y los golpes de la vida, sólo respirando adquirimos conocimiento. A mí también me sorprende la reacción de tu mamá como vos decís, bue … sorprender no es la palabra… diría más bien admiración.
-La tenés embobada, Mari – dijo riendo.
-¿Cómo? – mientras que soltaba la carcajada.
-No hace otra cosa que hablar de vos. Al subirse anoche al auto me soltó un discurso de que sea como sea te venís con nosotros a Rocha, habló de los derechos humanos, de la injusticia que se cometía contigo al no dejar que pases unos lindos días, creo que también habló de ovejitas porque es lo último que recuerdo antes de haberme dormido camino a casa. Me dijo que estaba más pesado que al llevarme a mi cama casi se hernia. Eso se lo agradezco a tus sándwiches.
-Échame la culpa de alimentarte nomás ¡sabandija!
-¿No te hizo nada la sal, no? Mi mamá me dijo que te lo preguntara.
-Nada más que darle sabor a la comida y a mí paladar, agradécele a tu mamá
-Ta … te hice una promesa que no puedo mantener, Mari – dijo extrayendo el cuaderno de gamuza azul de la mochila - … hay un poema que leí que es alegre y me sorprendió porque es el único que sobrevive en esa marea de palabras dolidas.
-¿Ah si? – dijo ella.
-Se llama “Júbilo dentro del fuego”, el título tiene doble sentido ya lo sé, ya cazé tu humor, dice así … Las chicas y los chicos bailan alrededor de una fogata – Entre cantos y júbilo – La noche se pierde dentro de un gris plateado – La luna sonriente mira desde la gris penumbra – La noche colmada de recuerdos podría largarse a llorar – Pero hay una brisa impenetrable de alegría – Todos cantan bajo la luna – Y bailan frente a la fogata – Ríen pensando en nada – Sino divertirse y olvidar – Dejando que las penas se ahoguen – Al no prestarles atención – Porque nada sobrevive sin atención – Las llamas lamen el cielo y las risas también… .
A mí perdóname, pero es hermosa, es inocentemente positiva y acá mi pregunta … ¿Cuándo la escribiste? – preguntó excitado.
-Hace mucho tiempo que no la “oía”, te agradezco tu opinión y no era menos lo que sentía en ese momento, la fecha exacta no la recuerdo, entre el 60´ y el 74 ´, estando en Argentina.
-¿En Argentina? – preguntó confundido.
-Sí, mejor dicho fue después del 68´ … año que viajé con Sebastián para allá.
-Aha <>
-¿Por qué ese silencio repentino? – preguntó mirándolo.
-¿Qué? –dijo volviendo en sí.
-¿Es esa chica otra vez, no, es ella la que ocupa tu mente?
-Eh no, no… -ella lo miró buscando respuesta - … me quedé pensando en el poema y en eso que dijo de Argentina – dijo rápido escapándose del recuerdo de la carta.
-Ya sé ahora queres saber cuándo y cómo la escribí ¿verdad?
-Si no te molesta –dijo poniendo la cabeza de lado como lo hacen los cachorritos.
-Bueno … verano del 68´yo estaba acá en Uruguay y recibí una cara de Argentina … - <<¿será la carta enigmática?>> - … una carta de Sebastián que había ido a Argentina a visitar a su padre. Me pedía que lo siguiera diciéndome que era verano y que sería bien recibida en la casa de Pancho (su padre). Ésa carta … - dijo y sus palabras se convirtieron en silencio.
-¿Qué carta? – preguntó el chico ansiando que dijera la que estaba en el cuaderno.
-La que te acabo de decir ¿por qué? – preguntó la anciana al volver en sí.
-Porque te quedaste pensativa y murmuraste eso <>
-Ah que lindos fueron esos días – dijo perdiéndose nuevamente en recuerdos.
-Y ¿cómo era el sobre? <<>>
-Era un sobre blanco al igual que la hoja de adentro. No tenía sellos de pago porque Sebastián siempre mandaba una carta dentro de otra para que el tiempo y el temporal no la dañaran, siempre me decía que así tenía sus recuerdos inmaculados.
-Aha ¿y dónde está la carta? <> Digo ¿dónde están las cartas para el truco? <>.
-Están en el cajón bajo la tele – contestó.
El niño las sacó y se quedaron jugando. Miguel ganó tres de cuatro.
A la noche estaban comiendo un asadito hecho por Rosita. Y se fueron temprano a dormir porque al día siguiente tocaba la mudanza, a las ocho de la mañana.
-Miguelito, vamos arriba! – le susurró Lorena al oído.
-Arrgg … ¿qué hora es? – dijo quejándose.
-Gracias a tu vagancia son las siete, asique tenes tiempo para guardar tu ropa, la mía y el resto de las cosas ya está guardado. Pero como el señorito no tenía ganas de hacerlo al volver a casa le toca ahora y ya mismo ¿Estamos? Dale que si no se queda acá tu ropa – dijo Lorena destapándolo.
-Arrgg mamá … media hora más ¿sí? yo me apuro.
-Miguel, no me obligues a tirarte agua encima, vamos – dijo sacándole la almohada.
-Arrgg que cruel – gritó Miguel.
-Gracias, mi amor. Mira a que extremos llega mi crueldad que le dije a la maestra que hoy no irías, pero ahora que me recordas que soy cruel me parece mejor que vayas no quiero arruinar mi curriculum con la constancia de una debilidad en mi crueldad …
-Yupi – pegó un grito y saltó de la cama.
-Eso mi amor, ¿para qué tenemos oídos si no es para destrozarlos? – dijo tapándoselos.
-Me voy a duchar y en cinco minutos vuelvo – dijo yéndose.
-Bueno.
Dale a los niños lo que quieren e irremediablemente verás asomar una sonrisa en sus labios, pensó la madre.
Tras acabar con la ducha Miguel se fue al cuarto de Martín, el que compartieron estos días, juntaba sus cosas. En eso llegó el camión; era mediano y naranja. Al oírlo llegar Martín abrió los ojos
-¿Qué hora es? – preguntó.
-Las siete y diez, perdón no quise despertarte, tenes merecido los veinte minutos de sueño que te restan yo no tengo ese problema, como hoy no voy
¿Por qué será que los niños se regocijan en su inocente crueldad?
-Ah que ¡chistoso! Gracias por los ánimos – dijo Martín dormido.
Miguel salió a la calle y vio al camión, su madre corría junto a Rosita con bolsos y valijas y dos hombres llevaban lo más pesado, parecía que venían con el camión, también podía ser que eran basureros y pensaba que dentro de las bolsas de consorcio había basuras ¿quién sabe?.
-Tengan cuidado con ese cajón que tiene la porcelana de mi madre – decía Lorena.
<<¿Por qué si es de la abuela lo tiene mamá?>>
-¡Rosita! ¿vos te llevaste la caja que deje en el porsch? – le preguntó Lorena.
-No, mamita, no me llevé nada – contestó a su desesperación.
-Señores, señores ¿ustedes agarraron la caja que estaba en el porsch – insistió la mujer.
-Eh … yo no, señora … ¿vos Walter? – le preguntó el uno al otro.
-No, lo siento.
-Ah ¿Quién habrá agarrado esa caja? – gritó histérica.
-Tranquilízate mamita seguro que sin darnos cuenta la subimos ya, pero si llega a estar acá cuando se haya ido el camión yo te la alcanzo …no te hagas drama.
-Es que en la caja está lo esencial para comer y para preparar la comida, Rosita.
-No te vas a morir por eso, mamita, se quedan a comer acá y chau – afirmó.
-Bueno … sigamos …
Y así prosiguió la mañana. Todo duró más de seis horas.
Por fin habían aterrizado en su nuevo hogar; la casa estaba a dos cuadras de Av. Italia. Tenía dos habitaciones, un baño, cocina comedor, living y jardín.
-Me voy a lo de Mariana, mamá- le dio un beso y se dispuso para irse.
-Pero … - dudó ella.
-Tranqui, vuelvo antes de que caiga la noche – aseguró Miguel.
-Pero … - y la dejó con la palabra en la boca – ah que chico! Y encima ya que va podía aprovechar en decirle que lo de éste sábado no salió, bue … se lo diré después – pensó Lorena.

Al rato llegó Miguel al geriátrico y pasó a la habitación de Mariana, con la mochila en la espalda y la túnica asomando por debajo de la campera, para que no le cobraran el boleto.
-Hola Mari, ya nos mudamos y vine para saludarte. Vivo a cinco cuadras más de acá ahora, pero voy a seguir viniendo igual. Ahora tengo mi propio cuarto.
-Pensé que te gustaba compartirlo con Martín – le dijo la anciana.
-Sí sí, pero ahora estoy sólo – dijo dejando notar una fascinación indescriptible en los ojos.
-Me alegro que esa soledad “intimidad” tal vez, te agrade … más no soy quién para recomendarla o no, tenerla es la mejor manera de aniquilar al alma y no tenerla también la despedaza, es algo a lo que nadie tiene respuesta, sólo uno mismo la sabe.
- ¿Y cuál sería la tuya, Mari?
-No hay consejos para un alma ya muerta, mi ángel.
-Ay no digas eso, Mari. Mejor contame más de tu vida ¿sí? si queres claro … ¿dónde naciste? Que no me acuerdo o no me quedó claro – cambió rápido de tema el niño.
-Bueno… – dijo riendo - … nací hace muchos años, en 1916 … el 14 de Mayo ¿ya lo dijo? … ah claro! Fue por eso la salida ¡qué memoria! Bueno… nací en un pueblo de Italia, en el sur. Allá fui a la escuela. Después nos mudamos al norte por el trabajo de mi padre y fue allá donde hice el liceo, lo terminé pero no quería hacer una carrera universitaria, igualmente las posibilidades para la mujer eran pocas en esa época. Años después me involucré en un movimiento izquierdista y como es usual a la policía (gobierno de derecha en ese momento) no le simpatizaba nada esa manifestación que se hizo. El día que desperté con los gritos de mi madre porque la policía había entrado en casa a la fuerza no lo olvidaré jamás … me asomé a mirar por la puerta de mi cuarto, mi madre retenida por la policía lloraba y cuando salí corriendo por ese instinto que tenemos al ver sufrir a nuestra madre ellos me agarraron (¿y qué podía hacer yo?) ellos decían entre sí -“ya tenemos a quien queríamos, al viejo dejalo” Mi padre se pudo soltar a tiempo de uno de ellos, pero no llegó a tocarme ni un pelo cuando el otro lo golpeó de atrás y él cayó de bruces. Después no recuerdo qué pasó, sólo tengo pesadillas de aquel momento, ningún recuerdo físico formado en la memoria, pero a veces (antes mucho más) las pesadillas no me dejan dormir. Creo que fue la primera vez en que mente y corazón se aliaron para matarse el uno al otro para que de afuera no nos lastimaran …- Miguel la oía atentamente - … estuve meses en el vacío hasta que un día mi padre (según me contaron) me halló boca abajo dentro de un charco de barro, lo único que recuerdo es que al llegar a casa mi madre gritaba como loca –“Dios unos minutos más y nos la hubieras quitado”, dicen que era una calamidad mi cuerpo, que no era ni parecida a lo que antes fui. Además de las heridas que tenía. Me acuerdo de oír Jazz y mi madre leyéndome libros. Tenía veinticuatro años en ese entonces y ya estaba mejor. Mi madre me pedía ir con ella a la plaza casi todos los días y no podía negarme, aunque no me gustaba que la gente me viera así. Caminando por la calle agarrada del brazo de mi madre no creí que sentiría nuevamente la brisa en la cara a pesar del año que me separaba del vacío nefasto. A los veinticinco años ya regresé a la rutina y me anoté en la facultad. Mi mejor amigo desapareció en esos momentos en los que yo también había desaparecido, sólo que yo volví, de él nunca se supo nada más. Yo siempre pasaba por la puerta de su casa para ir a estudiar, nunca se los dije a mis padres pero me sentía maldita por haberme salvado si se puede llamar así, me sentía culpable de no compartir el destino de mis compañeros, sucia por dentro y por fuera, no sé explicarlo … ellos se esforzaban por hacerme reír y yo por no llorar. Y otra vez la culpa golpeaba mi puerta por no reírme con ellos, sólo camuflaba el dolor … - el chico seguía observándola en silencio - … Fue en 1952 cuando conocí a aquel novio del que ya te hablé… y ¿qué te parece si la dejamos para otro día? Además se te va a hacer tarde … - dijo mirando la hora.
-Uy tenes razón, bueno bueno … hasta mañana entonces – le dio un beso y se fue.
-¡Ta! Cuídate y saluda a tu mamá – dijo ella.
Miguel corría por las escaleras poniéndose la túnica en el aire. Llegó a la parada y al paso de cinco minutos alzo el brazo y frenó al ómnibus.
-Mamá … llegué! – gritó al entrar a la casa mientras que Brandy le hacía fiesta.
-Ya me di cuenta, sí ¿y … qué te parece como deje todo? – dijo la madre emocionada.
-Bien – dijo después de echar un rápido repaso por la casa.
-¿Bien? Estuve todo el día acomodando todo y sólo decís bien.
-¿Muy lindo? – preguntó ignorando la respuesta que quería su madre.
-Está bien, anda a lavarte las manos que ya comemos.
-¿Y qué vamos a comer? – preguntó ansioso.
-Sopa de fideos que es fácil y rápido, estoy muy cansada.
-¡Alucinante! – dijo mientras corría al baño.
-Ah claro … por una sopa rápida se alegra y por encontrar cada cosa en su lugar sólo ofrece un “bien” ¿será histeria o falta de atención? – se preguntaba a sí misma.
El chico apareció en el umbral de la puerta del comedor y vio a su madre llorando en el piso con la manos en la cara y corrió junto a ella abrazándola y ella al notar su cercanía lo abrazó a él.
-No llores, mamá – dijo el niño afligido.
-Es que no voy a poder … - dijo de repente.
-¿Con qué … con qué no vas a poder, mamá? – preguntó extrañado.
-Con esto , mírame … tratando de hacerme la fuerte y frente a la mínima estupidez como esperar un elogio por ordenar la casa me vengo abajo y lloro en un esquina queriendo huir de tus ojos … porque soy yo quien debe protegerte y animarte y no al revés – dijo sollozando.
-¿En qué libro dice eso? … tenes razón, no me fije en la casa …
-No, no me digas eso que me hace sentir más estúpida …
-No me fije porque soy un despelotado, no porque no me haya dado alegría ver todo lindo … no sé qué hubiera hecho sin ti, mamá. No soy de fijarme en esas cosas nada más … pero eso no quiere decir que no aprecio lo que haces – dijo Miguel.
Ambos se pusieron a llorar y cuando parecieron reponerse se dirigieron a la mesa a tomar la sopa.

Al volver de la escuela, Miguel corre a la cocina y encuentra a Lorena junto al horno.
-¿Puedo llamar a Clara? - dijo el chico dejando la mochila en el piso.
-¿Amiguita? – preguntó curiosa.
-¡Novia! – dijo firme y orgulloso.
-Pucha … mira vos y ¿cómo es esa Clara? – dijo dejando saltar a su curiosidad.
-Mamá … - dijo un poco avergonzado.
-Bueno … sí, anda no más y llámala – contestó sonriendo.
-Ah no contesta nadie … - dijo desilusionado.
-Espera un poco, desesperado! – dijo riendo al notar el nerviosismo en su chiquito.
-Hola hola , habla Miguel ¿está Clara? – preguntó temblando un poco.
-Un momento … (se oyeron gritos –Claaarraa!!) … ¿Si?, habla Clara – dijo con voz cristalina.
-Hola Clarita, soy Miguel – contestó el muchacho.
-Ah vos … - contestó solamente.
-Sí, ¿todo bien? - <>.
-Sí, hace un toco que no sabía nada de vos – contestó fría.
-Perdón, es que una amiga cumplió años y estuve con ella – dijo disculpándose.
-Ah … está bien, todo un fin de semana eh … - dijo ofendida.
-No, no es lo que pensás, mi amiga tiene noventa años – recalcó.
-Ah … - suspiró sorprendida.
-Te la quiero presentar ¿tenes tiempo hoy a las seis de la tarde? – preguntó.
-Sí, creo que sí.
-¡Bárbaro! ¿Nos vemos en la parada entonces, si?
-Sí, ahí estaré …

A las seis de la tarde Miguel la esperaba en la parada de ómnibus, sentado sobre una piedra leía un libro para matar al tiempo. El día era Otoñal, los árboles estaban dorados, y había un poco de viento. Los minutos pasaron y a lo lejos divisó a Clara con un vestido rojo y medias cancan de lana marrón, una camperita marrón y un gorro haciendo juego con el vestido. Él se levantó y guardó el libro en la mochila.
-Hola … estás muy linda, Clara – le dijo al estar frente a ella.
-Gracias, bueno … ¿vamos? – preguntó después de sonreír.
-¿Queres ir caminando o preferís ir en ómnibus? – pregunto averiguando Miguel.
-Caminamos … - dijo sonriendo.
Llegaron a los veinte minutos después, se entretuvieron hablando y frenando en un almacén para comprar galletas. Al llegar al asilo, él le indicó el camino.
-¡Tu amiga en serio tiene noventa años! – dijo al entrar a la habitación y ver a Mariana.
-Te lo dije … espérame acá que le voy a avisar – dijo yéndose por una puerta.
Clara se sentó en el jardín y unos abuelitos se le acercaron a charlar con ella.
-Hola Mari ¿cómo estás? – dijo Miguel al verla.
-Bien bien, alegre de verte – le contestó la anciana.
-Te tengo una sorpresa – dijo con ojos brillosos.
-A ver … ¿cuál es? – dijo intrigada.
-¡Claaarrraaa! – gritó el muchacho.
Clara se disculpó con los ancianitos y fue corriendo a dónde la llamaba Miguel, entró sonriendo y al verla la saludó.
-Mari! Ella es mi novia – dijo presentándosela a la anciana.
-¿No? Ah … felicitaciones, tortolitos! ¿qué bien guardadito te lo tenías eh?... – miro a Clara - …Te ganaste el cielo con éste chico, Clara – ella sólo sonreía.
-Clara! Ella es mi abuela – siguió presentando mientras que a Mariana se le llenaron los ojos de lágrimas.
-Ay tesoro, mi nietecito, mi angelito – dijo la anciana sin poder contenerse.
Clara era rellenita de cachetes rojos y con una enorme simpatía en la sonrisa, pelo marrón y color de ojos miel. La anciana vio en seguida el atractivo que cautivo a Miguel.
-Le prometí a mamá que me iría temprano, asique ahora me despido, pero mañana vuelo ¿ta?
-Sí, mi ángel, saludos a tu mamá. Chau Clarita, un gusto conocerte.
-Igualmente, señora – dijo Clara dándole un beso.
-Ah Mari, mamá dijo que al final no va a poder ser lo del Sábado, se le complicó la cosa en el laburo – dijo disculpándose.
-¡Que lastima! – dijo la anciana.
Y así se fueron, dejando a Mariana mirando la televisión, mientras que Celeste le traía la cena. La muchacha traía una bandeja con un guiso de verduras y legumbres, un vaso de agua mineral y un tarrito con pastillas.
La anciana se comió todo y también tomó las pastillas. En la tele daban algo que ni siquiera le interesaba y al ratito quedó dormida. La enfermera le acomodó los almohadones.

Miguel se despidió de Clara a las tres cuadras del asilo y ella trató de alargar el momento hasta que el apuro les obligó a separarse. El chico llegó a su casa y encontró a su madre cocinando la cena mientras oía algo de pop en la radio.
-¡Ah por fin llegaste! ¿sacas al perro por favor? – preguntó Lorena mientras revolvía la olla.
-Ta bien – contestó agarrando la correa.
-No pongas esa cara y colabora un poquito, mijito – rezongó Lorena.
-Si no hice nada – protestó Miguel.
-Tu cara habla por sí sola, mi amor – afirmó la madre.
-Bueno … ¿así está mejor? – dijo fingiendo una sonrisa.
Lorena ya no protestó y sólo le dijo que lo sacara de una vez y basta, sin poner caras largas. El niño ato al perro y salió a la calle, ahí miro al perro …
-Vos no te calientes conmigo, Brandy, es que estaba cansado por eso no quería salir, no por vos … ya sé que vos ni te quemaste, pero igual … no pará, no me lames la cara! … fui un egoísta contigo éste último tiempo, ¿me perdonas? Sos el mejor, peludo!
Y así siguió disculpándose con el perro, mientras que el perro sólo lo observaba con quien ve un cacho de carne, tenía la lengua para afuera. Caminaban en silencio parando acá y allá para marcar territorio. Volvieron a la media hora a la casa, la comida ya estaba servida. Miguel se fue a lavar las manos después de recibir unas sustanciosas ordenes de su madre.

El sol ascendía una vez más dándole la bienvenida a un nuevo día.
Los rayos del sol despertaron a Miguel. Se despertó, se vistió, tomó el desayuno y fue en bici a la escuela, de paso fue a buscar a Clara como lo hacía todas las mañanas desde que la conoció, pero ahora iba a su lado y no detrás intentando ocultarse. El día era soleado y sólo corría un leve brisa.
A las doce del mediodía se terminaba el horario escolar y Miguel se dirigió en su bici al geriátrico. Andaba por la vereda, pero bajó a la calle al haber muchos chicos que salían todos del mismo lugar. A los cinco minutos llegó al asilo y subió a verla.
-Hola , Mari – dijo contento.
-Hola, muchacho ¿cómo te fue en la escuela? – preguntó ella.
-Bien, pero me dieron un toco de deberes – protestó el niño.
-A ver … saca los cuadernos que te ayudo – dijo ella sonriéndole.
Juntos los hacían todos, Mariana era como una maestra particular. Siempre me explicaba mil veces las cosas que el chico no entendía, le tenía mucha paciencia a pesar de su constante distracción. Cuando terminaron los deberes de esa tarde Miguel le iba a hacer una pregunta, pero calló.
-¿Por qué te quedaste callado? Sé que ibas a decirme algo, asique dale – dijo presionándolo.
-Te quería contar … contar… te quería pedir que siguieras contando acerca de tu vida …
-Claro, bueno … vamos a ver ¿dónde nos quedamos? – preguntó insegura.
-Hace cómo tres días – dijo él.
-¿Qué? – preguntó sin entender.
- Hacen tres días ya que dijiste que íbamos a seguir mañana … - dijo reprochando.
-Bueno … pero tu novia te mantuvo entretenido ¿o no? – preguntó la anciana.
El chico se puso colorado y en seguida cambió de tema.
-Nos quedamos en los 50´ cuando conociste a tu novio, pero eso ya me lo contaste.
-¡Cierto! Ahora lo recuerdo. En el ´52 me fui a vivir con la bestia …
-<> - pensaba Miguel.
-…Conviví demasiado tiempo con él te puedo decir. Claro que los primeros tres años sólo eran frases raras, pero al término del tercer año me levantó la mano y después ocurrió aquello que ya te conté. En el ´55 me fui a vivir a la casa de una prima, en Sicilia.
A mi madre la empecé a volver a ver en ése año recién. ¡No! … en el ´55 la deje de ver y en el ´57 la volví a tratar. Lo dije al revés, perdón! … Bueno mi madre no sabía cómo hacer para borrar el pasado, me pidió mil veces disculpas (a su manera). Yo le contestaba que no importaba, que no fue su culpa, pero mi mente me gritaba en ese momento “mentirosa” porque nunca pude perdonárselo, aunque sinceramente lo quería …
En Septiembre del ´57 me compré un pasaje de avión a Uruguay y con dos valijas me despedí de mi prima Sofía. Al llegar acá no conocía a nadie, pero no me importó de alguna manera todo la mierda que viví además de desgarrarme me dio fuerzas para seguir. Y acá conseguí trabajo en un taller de costura y vivía en una casita modesta, pero por fin era libre. Estuve tres años trabajando en el taller y los dueños (una familia) me estimaban mucho, siempre me invitaban a comer porque sabían que estaba sola, yo me negaba pero eran muy obstinados … me decían –“Usted señorita, come con nosotros, ésta familia se encarga de alimentar a su estómago y espíritu, asique no me haga enojar!” – Eran divinos, al cumplirse el tercer año los señores tuvieron un accidente automovilístico regresando de La Paloma y el local pasó a manos de sus dos hijos. Uno está casado y tiene tres guríses , la chica estaba de novia con un chico extranjero, tal vez ya esté casada, hace tanto tiempo que no sé nada de ellos… - murmuró.
-¿Y qué pasó entonces, Mari? – preguntó curioso el chico.
-El taller lo manejó el chico (que era mayor de edad ya) lo cerró y al tiempo lo vendió a una empresa de construcciones. Yo quedé en la calle y me iba todas las mañanas a recorrer locales en busca de trabajo de cualquier tipo, los ahorros ya no me daban para la comida. Entonces como un milagro conseguí un puesto en una papelería de 8 de Octubre, al segundo día de trabajo en la pausa me fui a tomar algo a un restaurante a 18 de Julio y Paraguay …
-“Lemón” - gritó Miguel.
-Ese mismo… – sonrió la anciana -… y ahí fue dónde conocí al hombre que me devolvió la sonrisa, Sebastián. Él siempre se preocupo por mi tristeza aunque yo me empeñaba en ocultarla. Insistía en que tenía que perdonar de corazón a mi madre porque me estaba matando a mí misma al culparla de mi tragedia, él entendía que no me era fácil hacerlo y sabía que no era necedad lo que me impedía perdonarla. Nunca se cansaba en buscar la manera de hacerme reír.
Me acuerdo que después de dos años de salir “estar de novios” me preguntó si tenía ganas de despertarme cada mañana junto él, no te voy a decir que no sentí miedo, pero entonces me acarició la nuca y me besó la frente diciéndome que no me incomodara, que sólo era una propuesta, que decía lo que sentía, que no había ninguna atadura … yo quise abrazarlo y decirle que sí, pero el miedo a lo vivido era mayor, no era que él me lo hiciese vivir, sino que la situación, no sé cómo explicarlo.
Por mi estupidez o si preferís llamarlo “miedo” deje que pasara otro año con la excusa de que aun no estaba preparada. ¡Mentira! … nada me impedía a estar con él, en mi mente siempre estaba la amenaza del pasado y perdí un año más de su amor constante, desde entonces siempre lo recuerdo. En el ´63 nos fuimos a vivir juntos y fueron los mejores años de mi vida.
En el ´68 se fue a Argentina a ver a su …
-Padre – volvió a gritar Miguel.
-Sí … ¿te estoy aburriendo, no? – preguntó mirando la hora.
-No, para nada, Mari , sólo que me acuerdo de que fue a eso a Argentina y de que después te mandó una carta desde allá … pero seguí por favor! – suplicó el chico.
-Bueno … sí, se fue y me pidió que lo siguiera y así lo hice. Pasamos unos días hermosos en el campo junto a su padre (que ya era muy mayor, bue.. a de haber tenido la edad que tengo hoy …) los siguientes años la pasamos yendo a Argentina y volviendo para acá. Era un ping pong esa época, pero qué felices éramos entonces … yo me sentía una piba de veinticinco años cuando en verdad tenía cincuentaiocho años.
En el ´72 se empezó a joder la situación del país (estando en Argentina). Me acuerdo de que me pelee por primera vez en serio con él, por una estupidez, un malentendido. Discutimos de irnos del país, él me dijo que no iba a dejar a Pancho sólo, pero yo nunca le pedí tal cosa, yo le quería abrir las puertas de mi casa acá y sé lo dije. A mí me aterraba la situación que vivía el país y me quería llevar a esas dos personas que me ayudaron tanto cuando más lo necesitaba a un lugar seguro, los quería proteger, pero la pelea perdió el control y dijimos insensateces. Hasta que Pancho agarró las riendas de nuestra descabellada conversación y puso un alto, a mí me dijo –“Ay mi hijita, sos un amor, pero yo moriré en ésta chacra”.
La cosa empeoraba día a día, en los diarios siempre hablaban de nuevas desapariciones.
La casa de Uruguay la dejamos en manos de un primo de Sebastián que vivía en Carrasco.
Pasamos dos años en la chacra, habían dos vacas y un par de ovejas .
Año´74, una noche en que esperábamos con don Pancho a Sebastián sentados alrededor de la mesa tomando mate con la cena caliente yo noté algo raro y me dispuse a fingir frente a Pancho mandándolo a que se fuera a dormir, en eso entró Eulalia gritando histérica y al ver la cara de Pancho se calló. Yo al ver su cara de espanto sentí desmayar, pero tenía que ser fuerte por Pancho, pero él la miro y dijo <<¿Qué pasa, Eulalia? Crees que soy estúpido, dale habla ¿qué te trae tan espantada?>> . <> La pobre no sabía qué decir, pero don Pancho una vez que se le había metido en la cabeza hacer una pregunta no descansaba hasta obtener una respuesta <> . <> . <<¿Quién … quién se llevó a mi hijo?>> . <> dije de pronto sin creerlo. Entre zarandeos le sacamos el resto de la información a la pobre Eulalia <> dijo finalmente.
Estuve seis años buscándolo sin parar, todo el mundo me decía que no valía la pena, que no había nada qué hacer, pero yo no me resignaba a perderlo y seguía buscándolo desesperada sin saber dónde buscar.
Don Pancho murió al año siguiente de enterarnos, en el ´75, ¡pobre viejo! Adoraba a su hijo y no aguantó su ausencia, dicen que no sufrió al morir, pero sé que no es verdad. Vivió con ese sufrimiento un año entero hasta que lo mató. Yo no podía reemplazar a Sebastián en el corazón de Pancho, nada puede ocupar el lugar de un hijo … .
En Enero del ´80 me fui, digo me vine a Uruguay nuevamente, busque al primo de Sebastián pero había desaparecido. Dicen en el barrio que se fue a Suiza con toda la guita que sacó de la casa “nuestra casa”. Y bue … otra vez en la calle con setentaiocho años ¿qué estoy diciendo…? Tenía sesentaicuatro años. Me metí de enfermera de ancianos ¿irónico no? Era el único trabajo que me dieron y así sobreviví catorce años – dijo respirando profundo.
-¿Y durante esos catorce años? – preguntó Miguel.
-No pasó nada, yo seguía buscando a Seba, me hundí en libros, no salía de casa, pasaban las horas y yo me quedaba mirando la pared. En ese tiempo no comía casi nada. Vivía en el parque con una foto de Seba preguntándole a cada persona que pasaba junto a mí si lo había visto. Parece que una mujer desesperada por encontrar a un ser querido a pesar de no molestar a nadie más que con su dolor le resultaba pesado a la gente el verla todos los días y así decidieron sacarme de circulación. Y desde entonces estoy acá y acá leo, oigo Jazz, como y duermo – dijo con tristeza el final.
-Pero no contaste de cuando me conociste a mí – protestó el niño.
-Tenes razón, en el ´05 conocí a un chico que me recordó una alegría que había olvidado, reparó una sonrisa quebrada que me había devuelto Seba – dijo como meditando.
-Wow ¿yo reparé tu sonrisa … con mi insolencia será? – dijo pícaro riendo.
-Sí, gracias a vos siento algo en ésta vida.
El muchacho se acercó a ella para abrazarla y cuando el abrazo aflojó la anciana notó la cara colorada de Miguel, Mariana le acomodaba el pelo tras la oreja diciéndole …
-Ay no te pongas así, mi ángel que sólo digo la verdad. Bueno pero ahora se terminó la historia, tenes que ir casa, no vaya a ser cosa que te agarre la noche por mi culpa.
-Ta … entonces me voy – dijo dándole un beso y yendo a la puerta.
-¡No te olvides de la mochila! – recordó Mariana.

El amanecer en la casa de los Pizzano fue un poco alocado. Lorena le preguntaba a Miguel si ya había llevado su ropa sucia al lavarropas, pero él estaba en su cuarto jugando a la Play Station con el sonido a todo lo que da. Eran las ocho menos cuarto y a Lorena se le implantó la histeria. Al entrar a su cuarto y ver el despertador empezó a gritar diciendo que se apurara para ir a la escuela, pero el chico trato de calmarla diciéndole que la maestra hoy no iría, por lo tanto no hay clases.
-¿Cómo queres que me calme? Yo que no sabía nada y encima al ver la hora me entró la histeria – dijo con voz aguda.
-Ya veo – respondió casi riendo Miguel.
-¡Miguel! - gritó.
-Perdona, mamá, se me pasó avisarte ayer al volver a casa.
-Bueno …entonces te dejo seguir con éste quilombo … me voy a hacer un café ¿queres algo? Cocoa o un te tal vez – sugirió la madre.
-Una cocoa y pan con mortadela, por favor.
Lorena estaba en la cocina preparando el desayuno. Prendió la radio y oyó el informativo. De mientras Miguel seguía jugando y cada “Game Over” se lo oía putear.
Era la una de la tarde cuando Miguel después de pegarse una ducha salió de la casa, camino al geriátrico en su bici, con la mochila verde. Al llegar al portón del hogar encadenó la bicicleta y subió los escalones, al entrar saludó a Celeste que leía una revista sentada a su escritorio. Subió las escaleras y golpeó en la puerta de Mariana.
-¡Adelante! – gritó la voz de la anciana.
-Permiso … hola , Mari … mira lo que te traje – dijo sacando una caja de bombones.
-Ah gracias, pero creo que no me lo permiten, angelito, al menos hace doce años que no me dan chocolate – dijo un poco frustrada.
-¿”Doce años … y cómo aguantaste tanto? – dijo entre un aullido y el asombro.
-Es más fácil de lo que creí, estando acá adentro no tenes ninguna posibilidad de conseguirlo por tu cuenta y como no salgo – dijo subiendo los hombros.
-Ah claro ¡que crueldad che! Bue … ésta caja es para vos, comelos despacio, igual son livianos. Y te tengo otra noticia… - dijo dejándola en ascuas.
-A ver contame … - dijo expectante.
-Ayer hable con mamá de lo de Rocha, me dijo que nos iríamos éste fin de semana y que prepares una mochila con lo que necesites – dijo bajito.
-¡Qué alegría! Por fin y yo que pensaba que no había salida, pero con respecto a la mochila no tengo.
-No hay problema ¿sabes qué llevar? Lo digo porque estamos a Jueves y nos vamos el Sábado de mañana – siguió susurrando.
-Mmm a ver abrí el ropero …saca dos pantalones por favor y dos remeras, un pijama y pará que te doy plata para que me compres un cepillo de dientes, para que no sospechen acá … porque temo que ocultes algo debido a tu susurro.
-Sí, pero lo del cepillo te lo compro yo, Mari.
Así abandonó Miguel el cuarto preguntándose de dónde sacará Mariana la plata que quería darle para el cepillo.
Caminando se fue hasta la casa de Clara, porque su bici estaba pinchada.
-¿Qué haces acá, Miguel? Mi padre te va a matar – dijo la chica al abrir la puerta.
-Hola, Clarita. Acabo de ir a lo de Mariana y quería verte.
-¿Cómo está ella? – preguntó sonriendo.
-Bien. ¿estás haciendo algo o podes venirte? – preguntó el chico.
-Voy, pará … que no se entere mi viejo.
Miguel la esperó junto al muro mientras que inflaba la rueda de su bici y juntos se fueron a la plaza y corrían carreras. Miguel era siempre el que veía a Clara delante.

Llegó el Sábado. Eran las siete de la mañana cuando Lorena cruzó el umbral del geriátrico con Miguel y juntos se dirigieron a la oficina de Celeste.
-¡Buenos días! Celeste – saludó Lorena.
-Vaya que se han despertado temprano hoy ¿a qué debo semejante visita? – preguntó la enfermera.
-Venimos por Mariana – afirmó Miguel.
-Bueno, creo que duerme, pero ya saben cuál es su cuarto …¡suban! – dijo la enfermera.
-No, no me entendió ¡vengo a llevarme a la señora Ross!
-Pero señora… - dijo vacilando Celeste.
- ¿Qué tengo que firmar para sacarla como la otra vez? – preguntó firmemente Lorena.
-Ahhh así sí – dijo respirando nuevamente, señalándole dónde firmar.
Subieron a su habitación y la ayudaron a bajar por el ascensor, la acompañaron al auto poniendo la silla de ruedas en la valija. Se despidieron de Celeste.
-¿Cómo los convenciste, Lorena? – preguntó incrédula la anciana.
-¿Convencerlos de qué …? – contestó la mujer.
-De ir a Rocha – dijo Mariana extrañada.
-Shsh – ambos hicieron un gesto de silencio.
-No saben que vamos a Rocha, Mari- dijo el chico.
-Ay muchachos, se van a meter en un lío y todo por mi culpa y a su vez es hermoso contar con amigos como ustedes – dijo riendo y llorando de emoción.
El viaje fue plácido, no había demasiado transito, total que a las tres horas después llegaron a la casa de Rocha.
El lugar estaba rodeado de árboles, era una casita no muy grande de tres habitaciones, un baño y living-comedor-cocina. Estaba a tres cuadras de la playa.
Y como llegaron a las doce de la del mediodía por todas las vueltas dadas decidieron bajar a la playa para ver cómo estaba el agua. Mariana al principio no tenía ganas, pero el muchacho la convenció y se fueron los tres caminando.
-¿Estás segura Mariana que no querés descansar? – preguntó Lorena.
-No, Lorena, estoy bien. Gracias! – contestó.
Llegaron a la playa y Lorena se metió en seguida. El sol iluminaba el mar. Miguel y Mariana se quedaron conversando a la orilla.
-Ahh está hermosa el agua, me meto un rato más y vuelvo ¿no queres venir, Miguel?
-No, gracias, mamá. Me quedo acompañando a Mari, después capaz que voy.
-Bueno… chau – dijo antes de desaparecer en dirección al Río de la Plata.
El agua se veía transparente y mientras que Miguel dibujaba en la arena la anciana lo observaba.
-¿Qué pasa, Mari? – preguntó cuando la miro sintiendo una mirada dirigida a él.
-Es que sos igual a él y no me había dado cuenta – dijo con voz de añoranza.
-¿Igual a quién? No te entiendo – preguntó extrañado.
-A Sebastián sos igual, de alguna manera tus gestos me lo recuerdan, también puede ser que se deba a que el otro día hable tanto de él que su recuerdo despertó de nuevo en mí … Sé qué te parece una estupidez, cosa de vieja chocha.
-No es eso, es que la foto que me mostraste en tu cuarto no me lo pareció, nada más.
-El parecido no es físico te dije, es otra cosa … algunos gestos – remarcó Mariana.
-No , si ya sé, pero ta si a vos te parece, como yo no lo conocí, no sé – dijo sonriendo.
Veía ese parecido que ella veía en mí como un elogio.
-¿Y ahora por qué te quedaste como pensativo?
-Pensaba en mañana por mi cumpleaños.
-¿Mañana cumplís años? – preguntó ella asombrada.
-Sí, siempre que cumplo años venimos a Rocha y nos comemos un asadito.
-¡Qué bien!, pero yo ¿qué te regalo ahora? – pregunto la anciana.
-Tu sonrisa – le dijo rápido y sin pensarlo, ella le sonrió y lo abrazó.
-Qué divino … doce años cumplís ya, no? Mira vos…

A la tarde, se fueron los tres a un restaurant a comer mariscos cerca de la playa, caminaron mientras que la noche se cerraba sobre ellos. Al volver a la casa jugaron a las cartas (al truco) porque Lorena se fue a acostar; tenía dolor de cabeza.
Miguel se quedó pensando si los cuatro partidos ganados los había ganado porque Mariana lo dejó ganar , por su cumpleaños o era realmente merito propio.

A la mañana siguiente Mariana y Lorena lo despertaron entre cantos y risas. Miguel fue a la carnicería a comprar la carne, chorizos, mollejas, cuatro patas de pollo, chinchulines y morcillas.
Lorena preparó las ensaladas y colgó los globos en la casa.
A las cinco de la tarde la carne estaba lista y la mesa puesta. Comieron y charlaron y se rieron y lloraban ellas recordando y él avergonzado de lo que contaban.
La torta estaba hecha por Lorena, era marmolada con azúcar impalpable por encima y tenía doce velitas formando un círculo. La fiesta siguió con chistes, risas y música. Después de terminar fundidos el chico se levantó.
-Voy a lavar los platos – dijo decidido.
-Bueno, mi amor – dijo ella levantando la mesa.
-No, mamá, tenías que decir que yo hoy no muevo un dedo por ser mi cumpleaños.
-Está bien, gracias por tu amabilidad fingida, tesoro – sonrió.
-Vamos a la playa con Mariana ¿sí, mamá?
-No sé Miguel …¿te encontras bien como para ir sola con él, Mariana?
-Sí, mi hijita – contestó sonriendo.
-Bueno, pero no vuelvan tarde por favor.
-Ta, mamá, tranqui … chau – dijo Miguel cerrando la puerta.
El chico cambió a la mochila de brazo y agarró a Mariana con el otro. Al llegar a los médanos, cruzaron y se sentaron en la arena. Miguel se levantó y se fue a dar un chapuzón al mar, volvió en seguida y se acostó junto a Mariana.
-Ah está hermosa el agua. Y … ¿te gusta Rocha, Mari?
-Es hermoso, toma la toalla, Miguel – dijo alcanzándole una.
-Gracias … <<¿cómo saco el tema … le podría decir que se me cayó el cuaderno y la carta salió de él? Naa suena más falso eso, pero ¿cómo empiezo?>> … ¿puedo preguntarte algo, Mari?
-Claro que sí, Miguel - contestó abriendo los ojos.
- …<>… Hace un tiempo descubrí una carta en el interior del cuaderno de gamuza azul … - la cara de la anciana cambió de repente, pero no había enojo en su mirada - … No la leí, te lo juro, Mari.
-No hace falta que me jures nada, Miguel. Lo sé.
-¿Por qué uno de los bordes está quemado? – preguntó tímidamente.
-Hace tiempo … después de unos años de la separación forzada de Seba me entró un bajón terrible se me mezcló la desesperación, la soledad y la impotencia y tiré la carta al fuego por lo que decía en ella. Yo estaba acá y él me había abandonado, es una estupidez lo sé, pero así lo sentía en ese momento.
-Entiendo, pero … ¿Por qué no se consumió? – preguntó dubitativo.
-En su momento pensé lo mismo, pero me imaginé que fue el viento el responsable de alejarla del fuego al encontrármela a la mañana siguiente junto a la puerta – concluyó.
- …<>…¿queres la carta, Mari? La tengo en la mochila con el cuaderno azul … ¿Me pasas por favor la mochila? –pidió el chico.
-Toma – dijo alcanzándole la mochila a Miguel.
-Acá está, toma es tuya – dijo revolviendo la mochila y extrayendo un sobre de ella.
Ella agarró el sobre temblando y la miraba con una sonrisa quebrada, después lo miro a él.
-¿Queres saber qué dice, verdad? – le preguntó al muchacho.
-Sí – contestó sin inmutarse al mostrar curiosidad.
-Bueno, allá vamos … - abrió el sobre y extrajo la carta - … Hola, mi amor. Estoy acá sólo entre las vacas y las ovejas del viejo todo el día y te extraño ¿no podes tomarte unas vacaciones y venirte? El viejo te manda saludos. Ay Tanita, mi padre se burla de mí porque sólo hablo de ti y me vive tomando el pelo, pero no me importa porque sé que le pasaría lo mismo que a mí si te conociera. Bueno flaca, cuídate por favor y respóndeme viniéndote, el pasaje está en el sobre, te amo Tanita
P.D.: Te adjunto aquí la letra de un poeta Argentino, no perdón, quise escribir Chileno me equivoqué, pero tachar queda feo, viste! Es un Chileno que se llama Victor Jara y la canción refleja lo que siento, Tanita. Tu Seba
-Te quería mucho, Mari – dijo el chico al ver como las lágrimas brotaban de sus ojos.
-Sí, eso decía … Bueno pará que aun no terminé … ¿querés oír la canción? – preguntó.
-Sí, sí perdona seguí no más.
-La canción se llama “Paloma quiero contarte” y dice así: …
Paloma quiero contarte que estoy sólo, que te quiero
Que la vida se me acaba porque te tengo tan lejos
Palomita verte quiero, lloro con cada recuerdo
A pesar de que me contengo, lloro con rabia pa fuera
Pero muy hondo pa dentro Palomita verte quiero
Como tronco de nogal, como piedra del cerro
El hombre puede ser hombre, cuando camina derecho
Palomita verte quiero, cómo quitarme del alma
Lo que me dejaron negro, siempre estar vuelto hacia afuera
Para cuidarse por dentro, Palomita verte quiero
1961
Ya no soporto tu ausencia “palomita verte quiero”, quiero estar siempre contigo…- el “contigo” lo dijo llorando sin poder reprimir el llanto. - … perdóname, Miguel, es que la carta despertó cosas que creí muertas ya y al leerlas me di cuenta de que estaban más vivas que yo.
-No te pongas así, Mari, perdóname vos por hacerte pasar éste trago amargo. Es hermosa la carta … ¿Mejor volvemos, no? – dijo poniéndose de pie y dándole la mano a Mariana.
-¿Qué? ah sí … vamos! – dijo reaccionando.
Al llegar comieron un poco de asado y después de ver una película se fueron a dormir, ya que mañana volverían a la ciudad.

El aire de la playa era puro y fresco. Un nuevo sol despertó a Lorena y ella despertó a los demás.
-¡Gente… a levantarse y a desayunar! –llamó.
Se sentaron a la mesa y tomaron mate, menos Miguel que tomó una cocoa con bizcochitos comprados en la panadería de la esquina. Lorena le ordenó a Brandy entrar a la casa, no sea cosa que después le de por desaparecer como ya le ha hecho antes porque sabía que tocaba la retirada.
-¿Ya tienen todo guardado, no? – preguntó preocupada la mujer.
-Sí, no te preocupes, Lorena – dijo la anciana.
-Yo también tengo todo en la mochila, mamá.
-Yo te quería agradecer por todo, Lorena, por éste hermoso tiempo que me permitieron compartir con ustedes, por haberme permitido el sentir algo antes de abandonar ésta vida, no tengo palabras para lo que te echaste a la espalda al desatender las reglas del asilo, no se cómo pagarte – dijo emocionada.
-Me alegro de que hayas disfrutado al igual que nosotros, con respecto a lo que me eche a la espalda … es mi espalda! Y créeme que aguanta. Bueno, pero vamos!.
Se subieron al auto después de meter todos los bolsos. Miguel mantenía aun la puerta de su lado abierta y llamó al perro.
-¡Brandy, vamos arriba! – el perro subió como un rayo y se sentó junto a él.
Lorena cerraba la puerta de la casa y se subió al auto, junto a ella viajaba Mariana. La mujer arrancó el motor y el auto se puso en marcha, dejando atrás un hermoso fin de semana vivido en Rocha. Esta vez el viaje fue un poco más feo, al menos para Miguel que tenía que frenar en todas las estaciones para ir al baño; se sentía mareado y tenía dolor de panza.
-¿Estás bien, angelito? – le preguntó la anciana muy preocupada.
-No mucho, voy a tratar de dormir un poco … ¡Brandy, veni acá! – y el perro se le acercó.
-Bueno, chiquito, mejor dormí. … No quiero ni imaginar lo que te va a costar el haberme traído, Lorena.
-Mejor … no te lo imagines entonces , aun estamos de vacaciones …<<>> -no te preocupes más por favor, Mariana.

El auto estaba pegando la vuelta al geriátrico, Mariana y Miguel dormían.
De repente unas enfermeras se acercaron corriendo histéricas ni bien frenó el auto, despertándolos a los dos.
-Ay señora Ross ¿está bien … le hizo algo ésta mujer? – gritaba una.
-Doña ¿realmente se siente bien … quiere que llame a la policía, le hicieron algo? – gritaba la otra.
-¿Pero qué le voy a hacer? – protestó Lorena.
Las enfermeras la trataron como aire a la mujer y al niño y se llevaron a la señora Ross.
-Venga, señora. La llevaré a su habitación – dijo Celeste (una de ellas).
-La acompaño – dijo Lorena.
En el momento en que entraron a Mariana y Lorena iba detrás le cerraron la puerta en la cara. Lo único que le dijeron fue <>. Miguel miró a su madre con incertidumbre y triste porque lo habían tratado con indiferencia.
-Veni, amor. Mañana venís y la ves y como si nada, es calentura momentánea.
-Bueno … - dijo con un brillo de ilusión en los ojos, sin saber que mañana se borraría todo.
Se fueron felices, aunque el final fue un poco borroso, pero Lorena creyó que sería peor y ésa noche Miguel llamó a Clara que llorando le reprochaba el poco interés que sentía por ella, que sólo la buscaba cuando él quería y ya estaba harta y así como así le dijo que todo había terminado.
Cuando Lorena lo llamó a cenar él se rehusó a bajar a comer. Estaba sentado en el tejado mirando las luces de la ciudad con el cuaderno entre las manos, leyendo los poemas y las lágrimas le resbalaban por la cara. Se acostó a las tres de la mañana cuando ya no tenía lágrimas que derramar.

Al volver de la escuela dónde todos lo trataban de blandito fue a la casa y Lorena lo esperaba con el almuerzo.
-Hola, mi amor ¿cómo te fue? – le preguntó al verlo entrar.
-Me trataron de blandito y se burlaron todos de mí, me fue bárbaro – dijo encogiéndose de hombros y se fue corriendo a su cuarto. La madre lo siguió.
-Miguel, amor… ¡abrí la puerta, Miguel! Por favor … - dijo golpeando.
-No quiero ver a nadie, mamá quiero estar sólo.
-¿Ni a mí, mi amor? – pregunto con voz dulce.
-¡¡¡No!!! – gritó.
Lorena optó por dejarlo un rato sólo para que se calmara. El lamento es parte de la separación y lo mejor que se puede hacer es dejar tiempo al tiempo. Le dolía enormemente oírlo llorar, pero no había nada que ella pudiese hacer más que estar a su lado.

Pasó un semana desde el fin de semana de Rocha. Miguel se acerco a la madre que miraba la tele mientras cortaba papas.
-Mamá, ¿me acompañas a ver a Mariana ésta tarde? – preguntó.
-¡Claro, mi amor! me alegro de verte mejor.
-Sí y ésa ya no me importa – dijo auto engañandose.
-Bueno, mete adentro al perro, que agarro las llaves y nos vamos.
El chico llamó a Brandy y cerró el portón. Se subió al auto y le seguía diciendo a su madre lo poco que le interesaba esa chica que había traído tantas veces a casa, que sólo era un pasatiempo, que sólo era para saber qué es tener a alguien al lado … cosas que dice quien está lastimado.
-Bueno llegamos, mi amor. Bajá los pestillos por favor.
-Ta, mamá – dijo obedeciendo.
-Hola, venimos a ver a la señora Ross por favor – le dijo Lorena a una enfermera.
-¿Usted es …? –preguntó la mujer.
-La señora Pizzano y su hijo – contestó ella. Miguel olía algo raro, antes nunca nadie atendía la puerta y ahora de buenas a primeras pusieron a un guardia … sospechaba algo que no se terminaba de figurar.
-Me está terminantemente prohibido permitirles el paso – respondió la mujer.
Era una enfermera nueva. <>pensó Lorena.
-¿Cómo que no podemos verla? Somos sus únicos amigos… - protestó Lorena.
-La señora depende del estado, la hubiéramos denunciado de no ser porque la señora Ross apeló en su nombre. Entonces se emplearon otros medios para excluir su mala influencia sobre la paciente. Y se les está prohibido el contacto con la internada – dijo ella muy pispireta.
- Pero son unos descerebrados ustedes, manga de conchudos, uno sólo pide morir alegre y ustedes chupa sangre, tranca huevos, reprimidos de mierda … - gritó sacada Lorena.
<>
Celeste estaba en la habitación de la señora Ross.
-¿Qué son ésos gritos, Celeste? … parece la voz de Lorena – dijo Mariana.
-Efectivamente, señora Ross. Hemos decidido que sería mejor para su salud no frecuentar más a ésa gente que sólo la altera – sentenció Celeste.
-¿Qué… pero, qué estupideces está diciendo? – dijo enojada.
-Ve a lo que me refiero, la altera ésa gente – afirmó.
-Me altero por gente como usted que amputa su vida cuando tiene libertad y la poca que un amputado puede tener se la sacan.
La enfermera abandonó la habitación dejando a la anciana en el sillón con la bandeja de comida y las pastillas. Derramó un par de lágrimas y tiró la bandeja completa.


El tiempo pasaba y la anciana se encontraba cada vez peor, no hablaba ya, ni siquiera respondía moviendo la cabeza, comía lo que la obligaban a comer, varias veces hubo que darle suero por la manera en que se rehusaba a comer, parecía haber perdido gran parte de la visión también.
Al segundo año de la ausencia de Miguel fue perdiendo el oído también, ya no oía Jazz, ni leía libros como antes.
Pasó otro año más así. Celeste pasaba más tiempo con ella que con cualquier otra internada <<¿Culpa tal vez?>>. Pero Mariana no la miraba, no la reconocía, no la escuchaba sólo miraba el vacío.
Al cuarto año Celeste abandonó el asilo al recibir ella misma familia y se fue dejando el cargo de enfermera Jefe. Y ése mismo año un muchachito golpeaba la puerta del geriátrico.
-¡Adelante! – dijo una mujer gordita y simpática - ¿Te puedo ayudar en algo, hijo?
-Sí … vengo a ver a la señora Ross, Mariana Ross – dijo con vos gruesa.
-¿Quién le digo que la busca? – preguntó la enfermera.
-Mi … mi nombre es Sebastián – contestó el muchacho.
-Espérame un momento … perdóname, pero me dijeron …
-<> ¿qué cosa? – dijo mordiéndose los labios.
- Le decía que puede pasar, pero que esperara porque la están terminando de arreglar.
-Ah ta bien ¿está Celeste a ésta hora? – preguntó bajito.
-No, hace unas semanas que dejó de trabajar con nosotras ¿la conocía? – preguntó de súbito.
-No, Mariana me hablaba de ella.
-Aha ¿ y usted es el nieto de la señora Ross? – preguntó sonriendo.
-De corazón, no de sangre – contestó el chico.
-Entiendo, como sabe … desgraciadamente estos últimos cuatro años la trataron mal … en sus estudios de los últimos años figura una grave decadencia … ¿te sentís bien, muchacho?
-Sí, fue un mareo nada más … ¿me decía que empeoró? – preguntó con voz ronca.
-Sí, ¿no se dio cuenta al verla antes? – preguntó sin entender su reacción.
-Disculpe, me podría traer un vaso de agua por favor – pidió el chico.
-Acá tiene, joven. ¿Se encuentra mejor? …déjeme acompañarlo al ascensor … - dijo llevándolo del brazo - … pase y compruébelo usted mismo, cualquier cosa estoy abajo en la oficina ¿sí? – dijo retirándose la enfermera.
El ascensor subía y al salir al pasillo una enfermera le preguntó a dónde quería ir y al decir a ver la señora Ross, le respondió que su dormitorio era el que estaba al fondo a la izquierda, una habitación oscura porque la luz le molestaba. El chico caminaba hacia su puerta y sentía como las piernas le temblaban al girar el pestillo y abrir la puerta.
Entro al cuarto y la vio sentada, encorvada sobre un sofá, él se le acercó y la vio completamente abandonada por el tiempo y al ver sus ojos pudo ver que no había cambiado nada y ella lo quedó mirando a él fijamente y en un suave siseo pronunció un nombre…
-SSSeebbaasssstiááánnn
El chico la tomo en brazos y lloraba como nunca lo había hecho, la mecía y le decía que todo iba a volver a estar bien, que nada los volverá a separar, que ya no lo permitiría.
-¿Por qué me abandonaste, Sseba? – preguntó angustiada.
-Mari, soy Miguel, ¿no te acordás de mí? – dijo llorando.
-No te entiendo, Ssseba – decía afligida Mariana.
-No importa, Tanita, perdóname … no me dejaban verte, perdóname – pedía el chico.
-No llores, mi amor. Todo está bien – dijo sonriéndole.
Miguel se quedó junto a ella hasta que cerraron el asilo y prácticamente lo echaron.
La enfermera se sorprendió enormemente al oírlo decir que ella le hablo, porque hacían cuatro años que no mencionaba palabra alguna.
Y así repitió cada una de sus visitas durante un año seguido, no hubo día en que faltara a su visita. La anciana nunca terminó de reconocerlo, siempre lo llamaba Sebastián.
Lorena también fue a visitarla y le hacía pedazos ver en qué estado se encontraba, aunque el año de visita de Miguel le devolvió en parte la alegría, tenía un sueño cada noche que era ver a Sebastián al día siguiente. La memoria le jugaba chueco, pero eso no impedía a Miguel volverla a ver cada día … está bien, no lo reconocía, le entristecía un poco, pero era feliz estando a su lado simplemente.

-Buenos días, Tanita - dijo Miguel al entrar al cuarto.
-Hola Seba, volviste – dijo mientras una sonrisa bailaba en sus labios.
- Sí, a traer un poco de luz a éste lugar… - dijo abriendo de par en par las cortinas, la agarró por la cintura ayudándola a pararse - … ¡Veni Tanita! Sentí el sol en la cara …
-¡Qué calorcito! Pero me lástima los ojos – dijo cubriéndose la cara.
-No … tranquila, yo estoy acá, no te va a pasar nada – dijo poniéndole una mano sobre los ojos - … ¿Te gusta el sol? Sí, me alegro … veni a sentarte otra vez, pero más cerca de la ventana.
Arrimó el sofá a la ventana y la ayudó a sentarse. Fue hasta su armario y sacó un disco de los que antes ponía siempre y se acordó de aquel día en que la volvió a ver tras cuatro años de ausencia cuando encontró todo intacto, hasta podía asegurar que en los cuatro años nunca se tocaron esos discos y puso el disco finalmente. Era Jazz.
-Mari … ¿no te acordás para nada de Miguel, el chico de once años que fue contigo a Rocha y también al restaurante “Lemón” …? – preguntó
-Ah el restaurante “Lemón” cuando nos encontramos por primera vez … lo recuerdo ¿tenés el pelo más claro?- preguntó de pronto.
-No, corrí las cortinas nada más por eso tal vez te parezca. Ya me tengo que ir, Tanita.
-Bueno … pero volvé por favor, volve – suplico.
-Te prometo que mañana vuelvo – dijo besándole la frente.
El muchacho llegó a su casa y volvió a salir con Brandy, tras media hora de caminata regresó a la casa y fue al living- comedor. Lorena estaba sentada en el sillón cociendo un pantalón.
-Hola, ¡mamá! – dijo desganado.
-Hola … ¿por qué esa cara larga? – preguntó la madre mirándolo.
-Ah … ¡nada! – dijo resoplando.
-¿Cómo que nada? Vamos Miguel contame … - insistió Lorena.
-Mariana … a pesar de verme hace un año, no me recuerda para nada.
-Pero mi amor, sabes cómo está de salud, que no recuerda – trató de confortarlo.
-¡Si recuerda a Sebastián! – dijo ofendido.
-Es ese novio que tuvo, ¿no? – preguntó ella.
-Fue su ángel, como ella siempre decía – respondió Miguel.
-Ah … ¿te hablo de él? – preguntó curiosa.
-Sí, conozco toda su vida y no paraba de hablar de Sebastián.
-Ahí lo tenes, mi amor. ¿Por qué no le hablas de su país, de sus amigos, de su familia, de ese Sebastián? – preguntó Lorena de repente.
-Porque su vida es tristísima, mamá. Quizás sea mejor para ella no mencionar nada, no aclararle el pasado, que siga pensando que soy Sebastián, todos necesitamos una ilusión, mamá … y yo no se la voy a sacar a Mariana. Le sacaron todo, mamá “todo”.
-Puede ser que tengas razón y lo mejor sea callar – dijo Lorena finalmente.

Otro día amaneció en casa de Miguel y Lorena. El muchacho cumplía dieciséis años. A la tarde se fue al Liceo y al finalizar el horario se fue a un bar. Dónde conoció a una chica llamada Lucía, no muy alta, simpática de pelo rojo como el fuego y ojos oscuros.
Charlaron durante dos o tres horas seguidas sin darse cuenta del paso del tiempo.
Él la acompañó a su casa y la invitó a salir otro día y ella aceptó sin hacerse de rogar.


Al paso de una semana Miguel estaba nuevamente en el asilo junto a Mariana. Era de tarde, el día era claro y caluroso.
-¿Y cómo estás hoy, Tanita? – preguntó tocándole la mano.
-Bien, Ssseebaa … ahora que estás acá sosteniéndome la mano, bien.
-Sí, ¡claro! – dijo haciendo una pausa mientras miraba el suelo y después de un rato alzó la mirada - … ¡Hoy cumplo años!… - dijo lleno de ilusión.
-¿Cómo, si naciste en Febrero, Ssebaa? – preguntó dubitativa.
-Te estaba probando nada más …<> … Hoy me tengo que ir más temprano, Mari – dijo como recordando algo.
-No pasa nada, amor… sólo una cosa antes de que te vayas – dijo tomándolo del brazo.
-¿Sí? – dijo aguardando la pregunta o petición.
-¿Por qué me dijiste Mari, si nunca me llamaste así sólo ahora éste último año te oigo llamarme así de vez en cuando? – preguntó tranquilamente.
-No sé, pero si no te gusta no vuelvo a hacerlo – respondió Miguel.
-No no. Me gusta, me suena mucho ¿sabes? … es cómo si alguien querido me hubiera llamado así siempre – dijo acomodándose el pelo.
-Si queres vuelvo a llamarte sólo Tanita – dijo sonriendo tras oír lo que le dijo, lo cuál en cierta forma lo dejaba entender que en algún rinconcito de su memoria aun lo recordaba.
-No seas ridículo sólo me intrigó – contesto devolviéndole la sonrisa.
-Bueno ya me tengo que ir ¡cuídate! – dijo dándole un beso en la frente y salió del cuarto.
-¡Sebastián! – llamó la enfermera.
-¿Sí? – dijo dándose la vuelta.
-Estaba mirando los análisis de la señora Mariana y se los quería informar … - dijo con los estudios en la mano – ¿quiere pasar a la oficina?
-Bueno … - contestó el muchacho, pasó y se sentó un poco nervioso.
-Los análisis revelan que en éstos últimos meses recobró un montón de la salud perdida, todos los estudios realizados indican que su salud ha mejorado increíblemente, resumiendo … ella está mejor gracias a usted, Sebastián.
-Ah – contestó sin saber que decir, le brillaban los ojos de felicidad al oír que estaba mejor.
-Bueno, eso nada más era. Gracias por todo, muchacho – dijo ya junto a la puerta despidiéndolo.
Miguel se subió a la bici y pedaleó hasta su casa. El día parecía reírle, las flores parecían haber florecido por su presencia, sentía que estaba lejos de aquel lugar y a la vez muy cerca.
Bajó de la bici y la dejó junto al portón, corrió dentro y vio a su madre revisando cuentas.
-¡Estoy de vuelta! - gritó
-¿Cómo está Mariana? – preguntó levantando la vista.
-Bien bien bien … dice la enfermera que éste año se recuperó mucho, que los análisis dan positivo. Y además hoy me preguntó de sopetón porque la llamaba “Mari”, yo (Miguel) siempre la llamaba así y ni me percaté de que le podía parecer ajeno a Sebastián…
-Bueno, pero sólo es un nombre – adjunto ella.
-No, mamá … es parte de recordarme, me dijo que lo de Mari la recordaba a alguien querido, pero no puedo permitírselo …
-¿Seguís con esa locura de no contarle nada de su pasado, de no revelarle que sos Miguel y no ese Sebastián? …Porque lo estuve pensando y me parece que lo mejor es hablarle claro … Vos mismo decís que sufrió mucho, no podes agregarle otra tristeza a su vida, no podes mentirle y lo que haces es lo mismo que mentir.
-¿Qué es lo que buscas … que le cuente la mierda de vida que tuvo, que le anule éste año de felicidad que vivió, sólo para ser sincero? Yo puedo vivir con eso, mamá. No podes imaginarte la vida que tuvo …
-Ya sé la vida que tuvo por tus relatos … - dijo casi susurrando.
-¿Ves? … Mi conciencia aguanta cargar con esa mentira (como decís), con lo que no aguantaría es ver nuevamente la tristeza en su mirada, sufrió demasiado … ¡Me voy al cuarto!
-Pero está mal que no le digas nada, Miguel – insistió Lorena.
-¿Qué? No sé si está bien o mal, pero ¿quién sabe lo que lo está? – contestó altivo.
Miguel subió a su habitación y terminó unos trabajos para el Liceo y más tarde se fue a lo de Lucía.
-Hola Miguel – dijo alegremente al abrir la puerta - … ¿qué te pasa?
-Hola …¿te acordas de Mariana? La mujer de la que te hablé …
-Sí, la que está internada en un hogar de ancianos, no?
-Esa misma. Mi madre me dice que debería contarle de su pasado y yo al principio no quería hacerlo, pero cuando hoy hablamos me hizo ver un punto de vista distinto y … y no sé qué debo hacer, ni qué pensar – dijo agarrándose la cabeza.
-¡Miguel … mírame! ¿ qué sentís que deberías hacer? – preguntó sosteniéndole las manos.
-No decirle nada, pero las palabras de mi madre retumban en mi mente – contestó aturdido.
-Sé que está mal visto ponerse en contra a la suegra, pero creo que tenes que hacer lo que sentís. Y por las dudas no te preocupes que todos las tenemos – dijo firmemente.
-¿Suegra? – preguntó levantando la cabeza.
En ese mismo segundo Lucía se le acercó y le besó los labios, el besó duró cuatro segundos y al finalizar Miguel se quedó atónito mirándole los ojos.
Quedaron en verse mañana y el muchacho se subió a su bicicleta y regresó cantando y sonriendo a la casa.
-¿Qué logro cambiarte la cara, mi amor? – preguntó la madre al verlo entrar.
-Nada – contestó y se fue al cuarto.
Rosita estaba tomando mate en la casa con Lorena y parloteaban.
-¿Es que se sentía mal el pichón? – preguntó Rosita sorprendida.
-Sí, estaba mal por Mariana, ya te había contado su historia… - contestó Lorena.
-Ah sí, la anciana del hogar, ¡qué triste! – dijo con el mate en la mano.
-Sí, pero ahora entró tan sonriente que ya me puedo imaginar a qué se deba .
-¿Qué queres decir? – preguntó intrigada Rosita.
-Que no fue mérito de Mariana sino de esa chica que conoció.
-¿Miguelito tiene novia? – dijo casi a los gritos.
- Shsh ¿queres que me odie más? … no sé, pero me temo que sí. Está mucho más reservado ahora.
-¿Ahora que cuando? – preguntó bromeando Rosita.
-No digas eso, nunca fue reservado, siempre me lo contó todo – reprochó Lorena.
-¿Y vos estás segura de eso, Lorena?...ningún chico le cuenta todo a la mamá y a la mayoría los entiendo.
-Bueno, pero Miguel a mí me lo dice todo – dijo un poco ofendida.
-Está bien, no te pongas así. Sólo te lo decía porque hay chicos que no lo hacen, como Martincito.
-¿Nunca hablas con él? – preguntó sorprendida.
-Claro que sí, pero hablamos de trivialidades. Si veo que está mal, me callo y le muestro que estoy con él, a veces es lo mejor que podemos hacer, mamita.
-¿Pero cómo te enteras de que está mal si no hablan?
-Ay mamita, no parece que tengas un hijo hace dieciséis años. Se lo noto en la cara, en su humor y además lo siento.
-Yo lo único que siento es un dolor de cabeza … si te parece me voy a acostar un rato a ver si así se me pasa – dijo acompañándola a la puerta.
-Está bien, anda mejor a dormir un cacho, después te llamo a ver si se te pasó, bueno chau y que te recuperes, mamita – dijo yéndose hacia el auto y subiéndose.
Lorena la despidió y llamó a Brandy, le dio de comer y lo dejo dentro de la casa. Después se fue a acostar.
Miguel salió del cuarto y al no encontrarla la llamó.
-¡Mamá, mamá!
-Ay no grites, mi amor que se me parte la cabeza de dolor – suplicó desde la cama.
-¿Ya te tomaste una aspirina? – preguntó parado junto a la puerta
-No, me vine derecho a dormir, pero me duele tanto que no puedo dormir.
-Bueno, ¡pará! Que te traigo una, también voy a calentar agua ¿te parece bien fideos para la cena? – preguntó.
-Sí, pero hacete sólo a vos que yo no tengo hambre, mi amor.
-Bueno … acá tenés la pastilla y acá el agua – dijo alcanzándoselo.
-Gracias, mi amor.
El muchacho se fue a la cocina y echó los fideos a la olla que estaba hirviendo. Agarró otra ollita chica y la llenó con una lata de salsa de tomate, le agregó un poco de sal, azúcar, pimienta y un chorrito de vino, al estar lista le agregó una pizca de orégano.
Se sentó a la mesa con un plato servido y comió en silencio, hasta que sonó el teléfono. Lorena dormía profundamente. El chico levantó el tubo con la mano izquierda, mientras que con la otra jugaba con una lapicera, que había al lado del teléfono.
-Hola – contestó el teléfono.
-Hola ¿está Miguel? – pregunto una voz femenina.
-Habla él, Lucía ¿no me reconoces? – dijo riendo.
-Ahh … sonas mayor jeje, no no me di cuenta ¡qué idiota! – dijo riendo.
-¿Qué contas, Lucía? – preguntó volviendo al motivo de su llamada.
-Eh … nada.
-¿Y por qué me llamaste? – preguntó nuevamente.
-Ah porque mis padres salieron a una reunión de trabajo – respondió sin titubeos.
-¿Trabajan juntos? – preguntó extrañado.
-Si y no. Trabajan en la misma empresa, pero tienen diferentes cargos y hoy volvieron porque tenían una reunión en la empresa con todos lo empleados y … y … - dijo tartamudeando - … ¿por qué me haces explicártelo dos veces si ya te lo dije?
-Es que me gusta oírte nerviosa – dijo sonriendo.
-¡Que sorete! – dijo reprochándole.
-Epa … no me refiero al mal nerviosismo.
-Cualquiera es malo, ¡torturador! – dijo ella.
-Naa reina, perdóname, es que estaba aburrido y me entretuvo la explicación.
-Bue … me alegro por vos entonces, pero che ¿qué decís?
-¿A qué o qué? – preguntó desconcertado.
-Que mis padres no están, Miguel ¿te venís? – propuso la chica.
-Ehh – dijo vacilando - … bueno en diez minutos estoy allá – y colgó.
Llevó su plato a la pileta y pasó por el cuarto de la madre.
-¿Cómo seguís, mamá? – preguntó.
-Mejor, gracias.
-Ta, salgo un momento – afirmó.
-¿A dónde vas tan tarde? – preguntó sorprendida.
-A casa de Diego … es que no encuentro los apuntes de hoy y los necesito.
-¿Y no lo podes llamar por teléfono?
-No, mamá. Son trabajos con dibujos y si no no me sirven.
-¿Dibujos? – preguntó dudando.
-Sí, además está a unas cuadras nada más.
-Está bien, pero no te tardes.
-Bueno – dijo yéndose. Cerró la puerta y el perro le ladró un par de veces
Se encaminó a la casa de Lucía en su bicicleta y al llegar golpeó la puerta. Ella abrió no dejándolo hablar.
-¡Pará! … ¿Estás segura de que van a tardar? – preguntó un poco nervioso.
-No, pero ¿eso te asusta? – preguntó desafiándolo.
-Eh … bue, un poco sí.
La muchacha tenía descaradamente la blusa entre abierta, era más que una insinuación y lo “tranquilizó” besándole la nuca, al menos ella creía que lo hacía. Subieron a su cuarto.
Su casa tenía dos pisos, era enorme. En su cama Miguel sintió por primera vez la suavidad de las sábanas de seda.
-¡Pará Miguel! – dijo ella frenándolo.
-¿Qué pasó? – pregunto él, como quien despierta de un sueño.
-¿Tenes uno, no? – preguntó.
-¿Un qué? – dijo sin saber a lo que se refería.
-¡Un condón! – dijo susurrando a su oído.
-Eh … no, nunca pensé hacerlo contigo.
-¿Qué? – dijo un poco histérica.
¡Pará! … no pensé hacerlo ésta noche, eso habla bien de mí che …
-¿Pero por qué creíste que te llamé?
-¡No! … con que lo calculaste todo fríamente – dijo él bromeando.
-¿Qué? no, claro que no …
-Es lo que insinuaste – dijo el chico.
-¿Entonces no tenes ganas? – preguntó ella abotonándose la camisa.
-No es eso, es que no tengo condón – dijo bajito cargándola.
-Espérame acá … - saltó de la cama y se fue del dormitorio.
-Hey ¿a dónde vas? – dijo quedándose sin respuesta.
Al volver traía un paquetito en la mano.
-¿Y eso? – preguntó incrédulo Miguel.
-Es un condón.
-Ya sé que es uno, pero ¿de dónde lo sacaste?
-Ah … del cuarto de mis viejos.
-¿Cómo? Yo no me voy a poner un condón de tu viejo – respondió colorado.
-¡Miguel! Ni que fuera como usar sus zapatos che.
-Paa no me digas eso.
- Son re higiénicos, Miguel y al usarlos se tiran.
-Ya sé , pero …
-Pero nada, dale que se nos va el tiempo.
-Bueno … damelo – agarró el sobrecito, lo abrió y se lo puso.
Siguieron besándose, hasta que llegaron al segundo acto y al terminar se acostaron con los pechos agitados, el pelo revuelto y una sonrisa idiota clavada en la cara.
Al transcurso de unos minutos la muchacha corrió desnuda a la ventana tras oír el sonido de un motor estacionando en la entrada.
-Tenes que irte, Miguel, son mis viejos – dijo sacudiéndolo.
-¿Qué? – dijo abriendo de par en par los ojos.
-No hay tiempo para explicaciones, Miguel. Andate ahora que si te ven, me matan y vos primero – dijo alterada.
-Está bien ¿dónde están mis pantalones? – dijo bromeando.
-¡Miguel! – semi gritó histérica.
-Es que te ves tan linda así, acá están ¿ves? Bueno … ¿por dónde salgo?
-Por la ventana – contestó sin vacilar.
-¿Qué … es que crees que me convertía en Spiderman?
-Por favor Miguel – dijo casi llorando.
-Está bien, Lucía, ¡tranquila! A ver … bue creo que podré … hasta mañana
-Sí si, mañana, chau – dijo cerrando la ventana y metiéndose en la cama.
Una luz se prendió en el comedor y una mujer se acercó al cuarto de la chica.
-¿Ya dormís, chiquita? – preguntó la mujer.
-Ahora no, me despertaste ¿cómo les fue? – preguntó fingiendo bostezar.
-Sentí unos ruidos.
-Yo no, hasta ahora dormía.
-Perdóname, chiquita. ¡Seguí durmiendo! – dijo apagando la luz del comedor.
-Buenas noches, mamá.
Miguel giraba la llave de su casa y entraba, Brandy le ladraba descontrolado.
-¡Basta Brandy! – le ordenó al perro y él se calmó.
-Por fin volviste, Miguel, pensé que te había pasado algo.
-¿Qué me va a pasar… ni que José mordiera?
-¿José? Creí que dijiste Diego.
-Es que José estaba en su casa y nos entretuvimos un rato – contestó rápidamente.
-Ah … ta. Anda a dormir que ya es tarde, mi amor.
-Si, mamá, buenas noches.

Miguel durmió flotando entre nubes. A partir de ese día sus salidas furtivas aumentaron, todas las noches salía con algo nuevo. Lucía no tenía ese problema, porque el lugar del encuentro era siempre su casa que estaba vacía porque los padres empezaron a laburar de noche.
Para ese entonces Miguel era un experto en escalar y descender como Spiderman.
Mariana cumplía noventaicinco años. Lorena averiguó con la enfermera para hacer un paseo el fin de semana y la mujer no mostró reparos, Miguel se mostraba un poro reacio a la situación.
-Pero Miguel a lo mejor le sirve para recordar – dijo Lorena.
-Te dije que no quiero que recuerde, pero a vos nunca te importa lo que pienso, no? – contestó enojado el muchacho.
-¿Cómo no me va a importar? – protestó la mujer.
-¿Entonces por qué no podes entender que no quiero que sufra pensando en su pasado.
-Porque tiene derecho a saberlo.
-Mamá no es cuestión de derechos. Se trata de que ahora es feliz, jamás me preguntó por el pasado, no quiero nublarle la felicidad que siente por contárselo. A lo mejor me equivoco, pero ¿por qué no podes entenderlo? – dijo un poco desesperado.
-Es que es una cuestión difícil – respondió Lorena rascándose la barbilla.
-No me digas, eso sí que es una novedad, gracias por decírmelo. Estos últimos meses que estuve junto a ella comiéndome el coco, no lo sabía – contestó con sarcasmo.
-Bueno no me contestes así.
-No le digas nada, mamá. Por favor no le cuentes nada, cúlpame de todo, pero no trates de hacerle recordar. En cuanto a salir el fin de semana está bien, no por miedo a que recuerde la voy a privar de salir, que pase lo que tenga que pasar.
-Está bien, tranquilo, pero no sé … yo se lo diría.
Las madre siempre tan sabias … o al menos queriendo parecerlo teniendo siempre la última palabra.
Miguel se fue a su cuarto y de la estantería agarro un libro, se le cayó y junto a el un cuaderno, el cual no había vuelto a ver en años y los recogió. Se acostó en la cama y empezó a hojear aquel cuaderno que tantas veces había leído. Le seguían conmoviendo ésos poemas y sin saber por qué llamó por teléfono a Lucía y le leyó “Júbilo dentro del fuego”. La chica emocionada le respondió …
-Es hermoso ¿la escribiste vos?
-Emm no, es uno de los poemas de Mariana.
-Qué lindo que escribía – afirmó la muchacha.
-Sí, verdad … tiene más.
-Léeme otro por favor – le pidió.
-Bueno, déjame ver … <> … Éste se llama “Ignorando los hechos”;
Hay tanta gente discriminando
Hay tanta gente” intolerando”
Tanta basura que pertenece al basurero
Tanta injusticia que se ignora para no incomodarse
Tanta hipocresía porque según vos decís
“No creo en nada ni nadie”
Y por eso te dejas gobernar por cualquier puto de derecho
Bien como se dice en mi tierra
“Te lavas las manos”
Y sin darte cuenta te joden una y otra vez
¿Por qué no abrís los ojos y colaboras en ponerle una raya a ésta locura?
No es cerrando los ojos como se van a solucionar las cosas
Asique deja de correr porque no sirve de nada
Podes mentirte todo lo que quieras
Pero tarde o temprano enfrentaras la verdad desnuda
Te sentirás congelado rodeado de llamas
Mientras tanto seguiré caminando y vos …
¿Podes decir lo mismo?
-…Terminó .
-¡Está fuerte! – dijo al cabo de un rato.
-Sí, pero ¿te gustó? – preguntó.
-Sí. Parece que pasó por un momento difícil ¿no?
-Bue de pende de a que te refieras … vivió la represión en Italia, perdió al padre en la segunda guerra mundial, estuvo con un hombre que la golpeó mandándola al hospital haciendo que pierda un hijo, creyeron que no sobreviviría, sufrió el exilio, su marido desapareció en Argentina y sus últimos años se la pasó metida en un geriátrico … ¿Lucía? – la llamó.
-Sí – contestó con un siseo lleno de tristeza - … pobrecita, ahora entiendo porque no queres contarle de su pasado. Siempre fue una víctima de los gobiernos.
-¿Es que acaso no lo somos todos? Es que hay algunos que salen mejor parados.
-Y sí. Pobre mujer … ¿en qué andas?
-Estaba leyendo un poco.
-Aha está bien, ¿venís mañana? – preguntó
-Si me invitas …
-Claro tonto, te espero.
Tras colgar el tubo se fue a cepillar los dientes y se acostó a dormir, pero se quedó leyendo y se quedó dormido con el cuaderno apoyado sobre el pecho.
Lorena entró al notar la luz prendida, le retiró el cuaderno y lo puso sobre el escritorio viendo que en la tapa decía grabado Mariana Ross. Se sentó junto a él y le acarició la frente.
-¿Todavía está enojado conmigo, mi amor?
Miguel se hizo el dormido la había oído entrar y también oía sus palabras.
-<>
La mujer se levantó y le apagó la luz, le deseo buenas noches y se fue.


A la noche siguiente el chico estaba dormido en la cama de Lucía. Al girar ella en la cama él despertó y saltó al ver la hora.
-Lucía ¡despertate! Nos quedamos dormidos y tus viejos llegan en cualquier momento ¿viste mi remera? – dijo poniéndose los pantalones.
-No, pero llévate una de las mías, cuando encuentre la tuya te la llevo.
-Me miran de costado si llevo una musculosa de mujer – dijo sonriendo.
-También tengo remeras normales, nene – dijo ella dándole una roja.
-Bueno, no te me calientes que era joda …¡beso! Chau chau …
Se fue por la puerta de entrada (como faltaban unos minutos todavía para que sus padres llegaran). La noche era fría y de mientras él caminaba bajo los árboles y los faroles. Era una noche sin estrellas. Vio a un mendigo sentado en el cordón de la vereda , lo miró y se le acercó. Se saco la campera de jean y se la dio a aquel hombre que no podía creer el regalo que se le estaba haciendo y se arrodilló frente a Miguel.
-Gracias, joven – dijo llorando.
-De nada, hombre, pero levántese por favor y póngasela que hace frío – reprocho levantándolo.
-Gracias, mil gracias. Pídame lo que quiera, cualquier cosa – decía el hombre.
-Nada, gracias
-¿Esta seguro, joven?
-Bueno sí hay algo … ¡póngase la campera! – dijo Miguel.
-Gracias, joven, gracias.
El chico se fue alejando del hombre (que lucía orgulloso su campera de jean) con las manos en los bolsillos del pantalón. Llegó a su casa y la madre no se había dado cuenta de que había salido.
-¿Qué haces, Miguel tan tarde aún despierto… te duele algo? – preguntó con un vaso de agua en la mano.
-Eh no, bueno lo que pasa es que sentí ruido en la cocina y vine a fijarme, pensé que era Brandy – contestó rápido.
-Puede ser ése perro me va a volver loca algún día – justo apareció Brandy al decirlo.
-Pero si es un amor… – dijo acariciándolo - … Bue me voy a dormir de nuevo, que descanses!
El perro se fue a dormir con Miguel y Lorena tras tomarse una aspirina (porque le dolía nuevamente la cabeza) también se fue a acostar.


A la semana de visitas constantes al Liceo, a ver a Mariana (que en ningún momento mostraba recordarlo) y salidas nocturnas con destino a la casa de Lucía (la cuál no quería abandonar cuando se avecinaba la hora).
-Pero Miguel … van a llegar – dijo nerviosa.
-Pero si siempre llegan a la una y son las once, Lucía.
-No es seguro, entendeme por favor, me da pánico pensar que llegan antes de tiempo.
-¿Queres que me vaya eh?
-No es eso … - dijo más nerviosa.
-Entonces me quedo media hora más, ¿si?
- Mi … , está bien media hora! – aclaró.
Lucía temblaba de miedo a ser descubierta por sus padres y él la abrazó atrayéndola hacia su pecho.
-Lucía … ¿sabías que te quiero, verdad? – dijo con los ojos entre abiertos.
-¿En serio? – preguntó ella dándose la vuelta mirándolo de frente.
-Sí, creo … bueno siento que nunca quise a nadie como a vos. Me siento como decía Mariana.
-¿Y qué era eso que decía Mariana? – preguntó apoyando la cabeza sobre su brazo.
-Que te sentís lleno de ternura, muy abierto al mínimo rajuñión que podría hacerte pedazos, preparado para saltar dentro del fuego si es necesario … para salvar al ángel de nuestra vida.
-¿El ángel de nuestra vida? – preguntó Lucía.
-Sí, ese ser que nos hace vivir, el pilar con el cuál no podríamos si nos hace falta …
-Epa te me hiciste poeta.
-Bueno eso lo decía Mariana. Bue también decía que con lo único que estaba de acuerdo en cuanto a la contaminación era que le parecía bien la creación del condón, decía que nunca antes se había justificado tan bien la contaminación como cuando lo inventaron.
La chica se partía de risa y el muchacho la acompañó.
-Bue … ya pasó la media hora y como soy un tipo de palabra, me las tomo
-¡No! Todavía no … ¡abrázame más fuerte! … Miguel, yo también te quiero.
-Eso ya lo sabía – dijo besándole la frente y desapareció por la ventana.
Sigilosamente se metió en la casa. Lorena dormía plácidamente y no se dio cuenta de nada, al igual el perro que ni se percató. Miguel se fue al baño y después se acostó.

Era de mañana cuando Mariana abrió los ojos, se sentía cansada y no sabía por qué la invadió una tristeza enorme.
-Buen día, señora Mariana.
-Buenas, señorita …? Disculpe
-Carla, no se preocupe ¿durmió bien? – preguntó corriéndole las cortinas.
-No sé, siento mucha tristeza.
-¿Por qué, señora?
-No sé – contestó la anciana mirando por la ventana.
-¿Quiere que llame a alguien? – preguntó la enfermera.
- sí por favor, a Sebastián.
-Está bien, en seguida lo llamo – se fue a la oficina y llamó a Miguel - … ¿Hola?
-¿Sí, quién es? – preguntó Lorena.
-Hola señora, habla Carla del geriátrico “Del Sol” ¿podría hablar con Miguel?
-En seguida se lo paso, buenas tardes … Mi … amor! te llaman por teléfono – gritó la madre.
-¿Qué pasó … Mariana está bien? – preguntó asustado.
-Hola joven, tranquilícese … la señora me mandó a llamarlo, bueno pidió por ese tal Sebastián que según usted es algo entre los dos.
-Ah sí. En seguida salgo para allá, adiós. Mamá me voy a ver a Mariana.
-Bueno, mandale saludos ¿está todo bien? … ¡Qué apuro che!
El chico agarró la bicicleta y voló al hogar.
-Hola señorita ¿puedo pasar? – preguntó Miguel.
-Si por favor – contestó sonriendo.
-¿Es grave? – preguntó preocupado.
-Le he dicho que la señora sólo quiere verlo – dijo calmándolo
-Bueno, gracias por llamarme … - subió las escaleras - … Hola Tanita – dijo al verla.
-Hola, hola Sseba, que alegría que hayas venido.
-¿Estás bien, Mari?
-Sí, pero abrázame por favor – pidió la anciana.
-Claro … ¿¿estuviste llorando? – preguntó cuando ya la estaba abrazando.
-Un poquito sí.
-¿Por qué? – preguntó mirándola a los ojos.
-Porque te extrañaba, sentí algo rarísimo como que no te iba a volver a ver nunca más.
-Pero Mari … no te pongas así, acá estoy
-No me dejes nunca, Seba, no me dejes – dijo desesperada.
-Mariana ¿Qué te pasa? Antes nunca temías que me fuera a ir ¿por qué ahora?
-No sé … - respondió la anciana.
-Bueno … tranquila.
El silencio invadió el aire, se oían cantar a unos pájaros no muy lejos de la ventana. El día estaba nublado casi gris.
-No fui, Seba ¿sabes? – dijo de repente la mujer.
-¿A dónde no fuiste? – preguntó desconcertado.
-Al doctor en la capital
-¿Querés que te lleve ahora? – le preguntó.
-No puedo, Seba … se que a mi edad no puedo estarlo, sé cuanto anhelabas tener un hijo … perdóname, amor. No quiero ver médicos, no quiero.
<>
-Está bien, Tanita, no te preocupes.
Mientras que Miguel la peinaba ella se quedó dormida, en la habitación sonaba un disco de Jazz.
Las enfermeras decían que había recuperado el audio milagrosamente, el muchacho creía lo mismo. Miguel antes de irse le dejo una carta sobre la almohada, regalo de cumpleaños.
Eran las cinco de la tarde del 13 de Mayo.
El muchacho que iba en su bicicleta vio pasar un Renault a gran velocidad que venía a contra mano. Ya era tarde cuando trato de girar. El auto lo había chocado y el golpe lo derribó sobre el cordón de la vereda. De su cabeza emanaba la sangre y él tenía los ojos cerrados.
Horas más tardes corría Lorena histérica por el hospital.
-¿Dónde está mi hijo? – preguntó angustiada.
-Señora … ¿cómo se llama su hijo? – le preguntó la muchacha.
-Miguel Pizzano … ¿me va a decir en qué habitación está? – insistió.
-Espere señora, se está haciendo lo imposible por salvarlo …
-¿Cómo que salvarlo? – Preguntó fría y congelada tras oír a la mujer.
-¿No sabía usted en qué estado se encontraba? – preguntó al ver su asombro.
-No, me acaban de llamar y … y vine inmediatamente.
-Ah bueno, espere aquí por favor, en un momento la llamarán.
-¡Espere! Quiero ver a mi hijo y si no me dice ya donde está empiezo a gritar – protestó llorando.
-Está en sala de urgencias, pero no tiene permiso de … - Lorena salió corriendo mientras ella seguía hablando.
La mujer llegó ante un cartel que vigilaba una enfermera.
-Señora lee el cartel “Sala de urgencias-Prohibido el paso” – dijo la muchacha.
-Pero usted no entiende, es mi hijo el que está ahí dentro – contestó llorando.
-Y entiendo su desesperación. Déjeme ver si puedo averiguar algo … - dijo un doctor que se había acercado a la escena.
-Ay gracias señor, su nombre es Miguel Pizzano – dijo llorando.
-Bueno voy a preguntar y vuelvo. Siéntese mejor, señora – sugirió el doctor.
El médico entró en la sala y Lorena lo vio hablando con una enfermera, que según la cara de lástima del médico pronosticaba malas noticias.
El doctor salió del cuarto y se acercó a Lorena.
-Lo siento, señora Pizzano – dijo bajando la cabeza.
-¿Qué pasa? – preguntó destrozada de los nervios queriendo ocultar las lágrimas.
-Su hijo fue ingresado ya en estado de coma.
-¡Nooo …! – gritó mientras se deshacía en lágrimas cayendo de rodillas.
-Señora … venga … – le llevó hasta una silla y le alcanzó un café - … ¡bébase esto!
Lorena agarró el vaso sin mirarlo, sólo miraba el vacío.
-Señora no hay nada que yo pueda hacer … nos queda esperar y ver cómo evoluciona, ¿por qué no se va a su casa, se da una ducha y trata de descansar un poco? Yo la llamo si se presenta algo nuevo.
La ayudo a levantarse y la acompañó hasta la salida donde ya un taxi la estaba esperando.
-Le aseguro señora que la llamo. Trate de dormir que esto no depende de usted – le dijo el médico ayudándola a subir al auto. El taxi se alejó.

Cuando Lorena abrió la puerta de calle se le echo encima Brandy haciéndole fiestas. Ella trató de ahuyentarlo y al llegar al comedor se deshizo nuevamente en lágrimas y se fue deslizando por la pared hasta tocar el piso. Abrazada a sus piernas y allí lloró sin vergüenza. El perro se puso nervioso y la lamía, empezó a aullar.
Al rato la mujer se levantó y fue al baño. Se pegó una ducha y al terminar se tapó con una toalla. Se fue al cuarto y sin fuerzas se tendió en la cama y se quedó dormida.
A las dos horas recibió una llamada que la despertó. Su mano agarró el tubo y se lo llevó junto al oído.
-¿Sí? – dijo en un hilo de voz.
-¿Lorena? Ay mamita, soy yo … Rosita. Te llamaba para pedirte una receta, ésa torta de naranja. Sé que ya me la diste, pero qué le voy a hacer, la perdí y por eso te llamaba – dijo a carcajadas - … como Miguel me dijo que ibas a estar todo el día en casa – dijo más bajito - … Ay mamita no me asustes ¿qué te pasa? – Lorena lloraba y no pudo explicarle nada - ¡no te muevas! Salgo ya para allá.
A los minutos se oyó que alguien golpeaba la puerta, esperó un poco y al no poder controlarse abrió ella misma con la llave que le había dado Lorena.
-¡Lorena! … ¿dónde estás? …¡Miguel! – gritó al entrar.
-Acá, Rosita – dijo débilmente.
-Ay mamita ¿qué pasó? Contame …
-Miguel … hospital … no responde. – dijo tartamudeando.
-¿Qué? No entiendo, mamita. A ver … ¡ponete ésta bata! Ahora te venís conmigo a la cocina – dijo llevándola. Calentó agua e hizo un té - … Ahora tomate ésta tasa que te va a hacer bien.
-Gracias, Rosita – dijo poniéndose a llorar otra vez. Se tomó el té.
-Bueno … y ahora contame que fue lo que paso, mamita.
-Miguel tuvo un accidente y está en el hospital … dicen que está en coma, Rosita.
-¡Ay! Todo va a salir bien, mamita… . Ahora hay muchos avances en la medicina.
-¿Y entonces por qué me siento muerta? – dijo con la mirada perdida.
La mujer se quedó abrazada a su amiga tratando de calmarla.
-¡Tengo que irme al hospital! – determinó poniéndose de pie.
-¿Queres que llame y averigüe si ya respondió? – preguntó Rosita llevando la taza a la pileta.
-Me dijeron que me iban a llamar, pero …
-Pero nada. Anda a tu cuarto vestite y lávate la cara. Yo atenderé a Brandy estos días, no te preocupes de nada y dale … anda tranquila.
Lorena se fue a cumplir las órdenes de su amiga. Estando frente al espejo vio una fotografía de ella y Miguel pegada en el costado del espejo, la tomó y empezó a hablarle.
-Mi amor, no me dejes …
-Lorena veni acá. Tenes que comer algo, te hice una sopa de fideos, sé que no es mucho, no tenías nada para acompañarlo, pero me temo que es lo único que me aceptaras, asique al menos comelo con éste pan.
-Está bien – Respondió bebiéndose la sopa sin ganas, pero obligada por la mirada de Rosita.
-Bueno ahora llamo un taxi para que nos lleve. – fue a agarrar el teléfono y discó – Hola, si quería un taxi para la calle Panamá 813. Bueno, gracias. ¿En cinco minutos? Bueno. Déjame hacer otra llamada, mamita – le dijo a Lorena que asintió – Hola Martín, habla mamá. No , mihijto, estoy en casa de Lorena, encontrate con nosotras en el hospital por favor, sí ese mismo. Bueno un beso, cuídate - y colgó.
Se oyó la bocina de un auto frente a la casa y las mujeres se subieron a el.
-Buenas tardes ¿a dónde las llevo, señoras? – preguntó el tachero con cara de risueño.
-¡Al hospital! – dijo Rosita.
-¿Cuál, señora? – preguntó desconcertado.
-Disculpe, al de la calle Risollada por favor.
-Listo – dijo arrancando el motor.
-Ya llegamos, mamita, tranquila – dijo Rosita calmando a su amiga.
-Aquí estamos, señoras – dijo el hombre frente al hospital.
-Aquí tiene, señor … hay carajo no encuentro las monedas – protestó Rosita.
-No se preocupe, señora. Mucha suerte! – dijo el hombre despidiéndose.
-Gracias, señor … vení, mamita – dijo agarrándola del brazo.
Entraron al hospital y fueron a la sala de espera, donde ya las esperaba Martín inquieto con la cabeza entre las manos. Rosita le tocó el hombro y él la miró, en su cara se veía el alivio de repente.
-Ay mamá ¿estás bien? Pensé que te había pasado algo – dijo abrazándola y al ver a Lorena con los ojos rojos se soltó suavemente de su madre y la abrazó a ella - … ¿Qué pasa, Lorena? Tranquila ¿Mamá … ? –dijo mirando a la madre buscando respuesta.
-Ay mihijo, es Miguel … Miguel está internado en coma, Martincito – dijo callando.
-¿Cómo, pero que fue lo que pasó? – preguntó sin creer lo que había oído.
-Me dijeron que tuvo un accidente con la bici y que ya había ingresado en estado de coma. Que los primeros días son decisivos en cuanto a su despertar se refiere por daños que pueda haber ocasionado, pero que si transcurriera más tiempo no nos hagamos ilusiones. Él no siente nada, pero qué mierda saben ellos si es verdad – dijo llorando a mares - …Aún no me dejaron verlo, Martín.
Fue lo más largo dijo en horas. Martin le iba a contestar cuando el médico de la mañana se le acercó al verla.
-¡Señora Pizanno! Ya está de vuelta, pero si le dije que la llamaría.
-¿Es que no reaccionó aún? – preguntó desesperada.
-No, señora – dijo serio.
-¿Puedo verlo por favor? – preguntó casi arrodillándose. El médico pretendía negarse por las normas, pero al ver su amargura y su insistencia no pudo hacerlo - … déjeme ver, espere!!
El médico se fue al cuarto donde estaba Miguel y regresó junto a Lorena.
-Bueno … venga conmigo por favor – dijo tomándola del brazo.
-Nosotros te esperamos acá, mamita – dijo Rosita.
Lorena se fue con el doctor y desapareció por uno de esos millones pasillos blancos que tiene un hospital. Se frenaron ante una puerta.
-Bueno, está aquí. Entre y apúrese por favor que me estoy comprometiendo, yo la espero.
-Gracias, mil gracias, doctor. – decía ella mientras entraba.
Frente a su hijo no podía creer que aquel muchacho era aquel que tantas veces había acunado, el niño que corría a su cama tras tener una pesadilla, el niño que en la mañana lo miraba con clemencia para no ir a la escuela, el mismo que aparentaba estar lleno de fuerza y ahora derribado por la situación.
Sus ojos estaban cerrados, tenía la cabeza vendada, un brazo enyesado y tubos por todas partes. Lorena se le acercó temblando y le acarició la frente derramando un par de lágrimas.
-¿Quién te hizo esto, mi amor?
-<>
-¡Miguelito! Háblame por favor, no te quedes callado, mi amor
-<>
-Dicen que estás en coma y que no me oís, pero yo sé que sí lo haces. Te amo, mi amor …
Demostrame que me oís … apriétame la mano, no te esfuerces en palabras, sólo aprieta!
-<>
-Señora, por favor acompáñeme ahora … creo que se acercan los otros – dijo el doctor entrando a la habitación.
-Pero él me va a hablar … - dijo ella ilusionada.
-Entiendo su dolor, señora, pero por favor se lo suplico.
-Perdone, es usted muy bueno … ¡Vamos! Chau mi amor, te juro que volveré – dijo mirando atrás y cerrando la puerta. La acompaño a la sala de espera.
-¿Y … mamita. Lo viste? – preguntó Rosita al verla.
-Por favor, señora, hable más bajo, que el paso no está permitido. – suplicó el médico
-Perdone, doctor y muchas gracias.
-No me las de me sentí obligado – dijo el médico sonriendo.
-Contame cómo está el nene, Lorena … - insistió Rosita.
-Sigue en coma, parece dormir … tiene un montón de cables y tubitos que no entiendo, Rosita y éste puto hospital no me quiere decir nada – decía ya destrozada.
-Señora, venga … acompáñeme al bar y allí le cuento bien, usted también por favor señora – dijo mirando a Rosita.
-Bueno, pero a mi dígame solamente Rosita por favor, doctor – protestó la mujer.
-Está bien, Rosita.
Bajaron al bar del hospital los cuatro y se sentaron en una mesa junto a los baños.
-¿Un café para todos? – preguntó el médico. Todos afirmaron. - …Bueno ¿hasta dónde está enterada, señora? – volvió a preguntar mirando a Lorena.
La mujer le contó todo lo que los enfermeros le habían contado hasta el momento y el doctor terminó por explicarle con todo detalle la situación.
-¿Y cuándo va a reaccionar? – preguntó fría la madre.
-No quiero mentirle, señora … - Lorena sintió un nudo en la garganta - … no se sabe a ciencia cierta, puede que lo haga en cualquier momento o nunca – dijo pesándole tener que decirlo.
-Pero hay esperanza de que sí lo hará … - dijo temblando.
-Siempre nos aferramos a ella, señora, pero depende del paciente.
-A lo mejor es mejor llevarlo con un especialista, ¿no cree? – dijo Lorena.
-Señora … lo están atendiendo unos de los mejores médicos del país, se lo aseguro.
-Pero no me puede pedir que me quede quieta esperando un milagro. No puede esperar que al decirme que mi Miguel puede morir me quede tan tranquila como quién ve pronosticar el clima.
-Sé que es duro y no le estoy pidiendo nada, señora. Nada puede hacerse. Lo siento.
-¿Qué sabe usted? si es mi hijo el se que está muriendo y no el suyo.
-Tiene razón, pero no se puede hacer otra cosa que esperar, disculpen – dijo retirándose.
-Ay mamita, él sólo quiere ser amable y te portaste un poco grosera.
-Puede ser … lo siento, no quise, pero es que … es que … - Rosita la abrazó y ella lloraba.


Rosita quedó dormida a lo largo de tres sillas, Martín la cubrió con su campera y Lorena aun despierta cabeceaba, hasta que en una el sueño fue mayor. El muchacho recostó a la mujer y le levantó las piernas.
Mientras ambas dormían Martín fue a un automático de bebidas; sacó un agua mineral y algo de chocolate. Volvió a la sala de espera y se sentó en el piso junto a ellas, antes agarro una revista y se puso a leer.

Así pasaron dos semanas.
Mañana si mañana no, Lorena se iba a la casa, se duchaba, se cambiaba de ropa, comía algo y regresaba al hospital.
Algunas tardes la acompañaba Rosita (cuando se podía ratear del jefe) y a veces lo hacía Martín.
La mujer dormía junto a su hijo a lo largo de la noche debido a la situación.
Una mañana la llamaron por teléfono y apresurada tropezando con ropa tirada en el suelo atendió.
-¿Si … hablan del hospital? – preguntó llena de ilusión.
-No, no señora. Soy una enfermera del geriátrico del Sol – contestó la muchacha del otro lado.
-Ah … - dijo como desilusionada.
-¿Se encuentra bien, señora? – pregunta la mujer.
-Si, gracias. ¿Qué quiere? – pregunto abruptamente.
-Es la señora Ross, me pidió comunicarla con el joven Sebastián … como hace dos semanas que no viene, me preocupe – finalizó la muchacha.
-Acá no vive ningún Sebastián – dijo colgando el tubo.
Se levantó y fue al cuarto de su hijo, busco su mochila. No sabe qué la impulso a subir al auto y en vez de ir al hospital se dirigió al hogar de ancianos.
-Hola ¿la señora Ross, por favor? – dijo Lorena.
-Sí, señora. Pase por favor, ella está en su habitación – le contestó una enfermera.
Lorena subió las escaleras y se acercaba a la puerta del dormitorio de Mariana, golpeo y entró.
-Hola Mariana – dijo Lorena.
-Hola ¿sos amiga de Ssseba, no? – preguntó sonriendo.
-¿Qué? … ¡no!. Mira vine a contarte todo – llena de amargura le contó todo lo que Miguel le había contado acerca de su vida. No se olvidó de ningún detalle, hasta sacó de la mochila el cuaderno azul y lo puso sobre las piernas de la anciana; aquellos poemas que eran testimonio de todo el dolor que sufrió.
Se levantó de la silla y se encaminó a la puerta, al llegar se dio la vuelta y la miro…
-Todos tenemos derecho a saber la verdad y tenés que saber que el que te acompañó éste último tiempo fue Miguel y ahora por culpa de un accidente que tuvo cerca de las calles de acá está en coma. Creo que hice bien contándote la verdad – dijo yéndose.
La anciana no contestó, se quedó estupefacta mirando la pared. La enfermera al entrar y ver a Mariana le preguntó a Lorena qué le había dicho porque la anciana no mencionaba palabra.
Esa noche Mariana tomó una sopa y se quedó dormida.

Lucía estaba en el hospital (avisada por Martin). Fue a averiguar si había cambiado su estado, porque al no ser pariente no le permitían el paso. Ella nunca se rendía y regresaba aunque le negaran el paso. Con Martín siempre iba averiguando cada día como estaba Miguel.
Esa noche Lorena subía al tercer piso a ver a su hijo y en el ascensor estaba Lucía que bajaba.
-¿Por qué tan triste, chiquita? – preguntó la mujer sin saber de quién se trataba.
-Estamos en un hospital – contestó Lucía.
-Claro, perdóname la pregunta estúpida. Yo tengo a mi hijo internado, pero se va a recuperar – dijo llena de insegura felicidad.
-Que suerte … mi novio también está internado en coma y no se va a recuperar – dijo amargamente.
-Ay angelito, lo siento, pero no llores – la abrazó tratando de encontrar palabras.
-Ya estoy bien, gracias señora ¿pero usted no subía? – preguntó al llegar abajo el ascensor.
-Sí, pero no importa … ¿estás bien en serio? – preguntó impulsada a preocuparse.
-Dentro de lo que cabe, sí señora, gracias, adiós … - dijo bajando del ascensor, se dio la vuelta y le sonrió.

Eran las ocho de la noche Lorena dormía en el sillón junto a Miguel, tapada con una mantita como todas las noches.
Despertó tras oír un fuerte sonido, un continuo “Pi …” Saltó histérica del sillón corrió al pasillo pidiendo ayuda a las enfermeras.
-¡Tranquilícese, señora! … “Dr. Gomez a la habitación 883, repito “Dr. Gomez a la habitación 883” – llamó la enfermera por altoparlante.
Aparecieron varios médicos corriendo entre ellos el Dr. Gomez , entraron a atender a Miguel, mientras que la mujer luchaba para quedarse unas enfermeras se la llevaron.
-Deje trabajar a los médicos, señora, venga con nosotras, esperaremos afuera – decía una.
-Ya lo están atendiendo, señora. No hay que preocuparse, pasa mucho esto y muchas veces se salvan – decía la otra.
La mujer no quería hablar, no podía, estaba demasiado preocupada en llorar. Al rato salieron todos los médicos de la habitación y el último fue el Dr. Gomez.
-Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos, señora, lo lamento – dijo mirándola.
Lorena parecía encoger y en un solo grito cayó al suelo derribada, dio rienda suelta a todas las lágrimas que había reprimido a lo largo del tiempo, maldijo al mundo entero hasta quedar sin voz.
-Señora ¿quiere que llamemos a alguien? – preguntó la enfermera.
-Quiero verlo … quiero ver a mi hijo – dijo temblando.
La acompañaron al cuarto y ahí la dejaron unos minutos junto al cuerpo de Miguel. Lorena no podía dejar de llorar.
-Señora Pizzano, venga conmigo por favor – dijo el médico que la había dejado pasar a verlo el primer día.
Pasó junto a la enfermera y le dijo que él se encargaría de llamar a su amiga para que viniera y abrazando a Lorena bajó con ella hasta el bar. Se sentaron en una mesa y el doctor ordenó un café para Lorena. Él se disculpó y fue a llamar a Rosita.
-Hola, le hablo del hospital – dijo el hombre.
-Si, si ya reconocí su voz, doctor ¿ocurrió algo? – preguntó Rosita.
-Podría venir por favor, es mejor que se entere aquí – dijo.
-Salgo en seguida para allá – afirmó la mujer.
-Ya llamé a su amiga, señora y viene para acá ¿señora Pizzano … Lorena?
Ella levantó la cara y lo miro. Él miro sus ojos pensando que jamás había visto unos ojos que soportaran tanto el dolor como aquellos que estaba observando, quiso abrazarla, pero se contuvo. En eso llegó Rosita corriendo.
-Ay creo que tengo cinco multas sino más y encima el sorete de mi jefe no me quería dejar salir , pero contame ¿qué pasa? – dijo agitada la mujer.
-¡Miguel acaba de morir! – dijo con voz ronca.
Rosita la abrazó sin saber qué decir, sólo repetía “ay, mamita” y lloraba junto a ella.
-Disculpen … Rosita ¿te quedarías con ella es que tengo que volver al trabajo? – dijo el médico.
-Claro hombre y muchas gracias por atenderla y haberme llamado.
-No hay de qué, cuídela, hasta luego y lo siento Lorena, lo siento – dijo dándose la vuelta.
-Bue … vos ahora te venís conmigo, mamita – dijo Rosita llevándosela del brazo a su auto.

Habían llegado a su casa y al entrar vieron a Brandy sentado junto a la chimenea. Dicen que no parecía el mismo se lo veía feliz y las últimas dos semanas se la pasaba echado, apenas comía y no jugaba. Lorena se sentó junto a él y lo abrazaba llorando.
Miguel se había ido y nunca más lo sacaría a pasear, nunca más.
Cuando Martín volvió del gimnasio vio a Lorena en el piso y trato de levantarla, pero la madre lo persuadió.
-Vení a la cocina por favor, Martín – dijo yéndose con él - …Hoy a la noche murió Miguel – quiso decirlo despacio, pero las palabras fueron más rápidas.
Sólo se escuchó un portazo, porque Martín se había ido enfurecido.
-Perdóname Lorena, pero tengo que ir a buscarlo, ya vengo – dijo Rosita.
-Claro, Rosita anda tranquila.
Rosita agarró su campera y la del hijo y salió a la calle. Se dirigió al puente porque intuía y sabía que Martín estaría ahí, porque es el lugar al que siempre iba cuando se sentía mal.
-Te vas a enfriar ¡Ponete la campera! – dijo alcanzándosela.
-¿Por qué, mamá? Miguel era un santo – dijo con los ojos rojos.
-Lo sé, chiquito. No sé por qué él – dijo abrazándolo.
-El azar planificó su muerte ¿es eso? – preguntó secándose las lágrimas.
-¿Cómo? – preguntó desconcertada.
-Miguel siempre lo decía, lo sacó de un libro de Benedetti
“El azar es un poco nuestra ley
Pero nosotros debemos planificar el azar
Intentar el arduo montaje de la suerte
Porque si dejamos el azar al azar
Entonces sí lo planifica el enemigo”.
-No sé qué decirte, amor – dijo la madre.
-Mentime por favor – dijo Martin llorando.
Ella lo abrazó y juntos volvieron a la casa.

Lorena estaba sentada en la mesa de la cocina y el muchacho se le acercó. Con la mirada lo decía todo y ella se levantó y lo abrazó.
-Gracias por estar conmigo, chicos, me moriría sin ustedes – dijo Lorena.
-Y ¡hoy te quedas acá!, mamita – dijo Rosita.
Al rato se acostaron a dormir, Rosita le dio una pastilla para dormir a Lorena y entre interminables lágrimas se quedó dormida junto al perro.
A la mañana siguiente Lorena se fue a la cocina.
-Buen d … , hola – dijo Lorena.
-Hola, ¿por qué no seguiste durmiendo, mamita? – preguntó Rosita.
-Es que quiero irme a mi casa ducharme y cambiarme.
-Pero hacelo acá, mamita, yo te presto ropa.
-Gracias Rosita, pero “tengo” que ir a mi casa por favor Rosita.
-Bueno, está bien, yo te llevo. No te voy a dejar conducir en éstas condiciones.
Ambas se subieron al auto y fueron hasta la casa de Lorena. La mujer miraba las calles e imaginaba a su hijo andando en bici por esas calles.
-Llegamos a tu casa, mamita, vamos a bajar – dijo Rosita.
-No te enojes, pero quiero estar sola.
-Bueno, pero me llamas cualquier cosa ¿listo?
-Sí, tranquila y gracias.
Rosita se alejó y Lorena entro a la casa. Sentía a Miguel en el ambiente, en cada recoveco de la casa. Al entrar a su cuarto se acostó en su cama y abrazó la almohada que tenía su olor y con lágrimas la humedeció.
Eran las diez del mediodía y el timbre del teléfono despertó a Lorena.
-Hola – contestó dormida.
-Hola, habla la enfermera del geriátrico del Sol – dijo una voz femenina.
-Ah … tenía pensado ir hoy – dijo sabiendo cuánto quería Miguel a Mariana de alguna manera quería estar junto a ella porque veía a Miguel en sus ojos.
-Señora, la llamo para avisarle que la señora Ross falleció durante la noche, pensamos que fue el corazón por lo repentino. Creemos que no sufrió, la encontramos inclinada en su sofá con un cuaderno de gamuza azul en las piernas … Perdone señora, el otro día me dio a entender que no quería que la molestase más, pero creó necesario comunicarle esto.
-¿El cuaderno de gamuza azul … está segura? – dijo temblando.
-Sí, señora. Es un cuaderno de poemas re tristes escritos por ella.
-Gracias por llamar – contestó como zombi y se quedó con el tubo en la mano.

Al rato apareció Rosita en el umbral.
-Ay mamita hace horas que trato de llamarte, ahora entiendo porque no contestabas – dijo viendo el tuco en su mano - … Veni ¡levántate! ¿querés agarrar algo antes de irnos?
-Yo la mate, Rosita – dijo como en trance.
-¿Qué … a quién? – preguntó la mujer.
-Yo la mate, Miguel tenía razón, yo la mate – siguió diciendo.
-¿A quién, mamita? No me asustes – dijo Rosita agarrándole la mano.
-Mariana Ross, murió esta noche igual que Miguel, Rosita.
-Pero ¿qué es eso de que vos la mataste?... – preguntó y Lorena le contó toda la historia - ...la
enfermera te dijo que probablemente fue el corazón y además tenía ya noventa y cinco años.
-Recién cumplidos, Rosita ¿y cómo explicas lo del cuaderno? – preguntó angustiada.
-Casualidad, no te comas el coco, mamita.
-Puede ser, pero siempre viviré con esa duda ¿qué si Miguel tenía razón? Me convertí en una asesina por despecho, porque no fue otra cosa lo que me hizo actuar … un estúpido despecho ante alguien que no se merecía lo que yo le había hecho. ¿Por qué … por qué le hable así?
-¡Cálmate, mamita! Por favor cálmate – dijo tratando de hacerla volver en sí.

-Qué lindo hubiera sido si pudiéramos retroceder el tiempo y estar los tres juntos en la playa de Rocha otra vez. Qué lindo si pudiera compartir mil noches más de amor con Lucía. Qué lindo hubiera sido seguir viviendo - dijo el muchacho.


FIN.

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