Octubre 2006
-Sofía, Sofía despertá! ¿Me oís, mi amor? – llamó un muchacho.
La muchacha abría los ojos, tenía una bata médica puesta, la sábana cubriéndole hasta el pecho, el cabello peinado hacia la izquierda, la cara pálida, una intravenosa en el brazo derecho, la mejilla derecha lastimada y una pierna enyesada.
El muchacho que le sostenía la mano era su novio Rodrigo.
-Hola … ¿qué pasó … dónde estoy? – dijo reaccionando.
-Estás en el hospital ¡tranquila! … ¡Doctor reaccionó! – gritó en el pasillo - … todo va a estar bien, mi amor, te quedas unos días internada y después podes volver a casa.
-Sólo recuerdo un auto que se me vino encima … - dijo la chica cerrando los ojos.
-Sí, el chabón rajó, ni bien se dio cuenta, pero estás bien, te quedas por control … -dijo acariciándole la mano y sonriéndole.
-Hola, señorita, soy el médico que la atendió al ingresar usted, hola joven – los chicos saludaron al doctor y él le siguió hablando a Sofía - … Le vamos a practicar unos estudios sólo por control, señorita, permiso - dijo yéndose.
-Gracias – alcanzó a decir la muchacha - … Seguime contando, Ro.
-Bueno, eso … que el tipo se las tomó ni bien te vio llena de sangre.
-Qué hijo de puta, está bien … ¿llamaste a mi madre? – preguntó repentinamente.
-No ¿por? Ni se me pasó por la cabeza a decir verdad, hace media hora que te trajeron recién, pero dentro de un rato la llamo …
-No, llámala ahora por favor, es que minutos antes había quedado con ella para vernos y debe estar preocupada - dijo un poco alterada.
-Claro, voy en seguida, ya vuelvo – dijo parándose de la silla.
Rodrigo abandonó la habitación y Sofía se quedó mirando el techo, mientras una limpiadora entraba con un balde y un lampazo.
-Buenas noches, señorita. Lindo muchacho ¿su novio? – preguntó sonriéndole.
-Sí, señora – contestó nerviosa.
-Betina basta, muchacha – volvió a sonreírle.
-Yo me llamo Sofía … ¿es en serio que no tengo nada grave, Betina?
-Le preguntas a la equivocada, Sofía, pero si te soy sincera … escuché decir a uno de los médicos … y no creas que soy chusma por favor … bueno, les oí decir que no tenías nada preocupante, asique quedate tranquila, Sofía – dijo calmándola.
-Bueno, gracias igual - dijo sonriéndole.
-Son buenos médicos, chiquita, no te preocupes – concluyó la limpiadora.
La muchacha sonreía y a la vez la sobresalto un dolor en la cabeza, a la altura de la nuca. Betina salió corriendo del cuarto a llamar a un médico y regresó con uno.
-¿Qué sucede, señorita Olivo? – preguntó el doctor.
-Me duele la nuca – dijo quejándose agarrando la nuca.
-Es que sufrió una leve conmoción cerebral, pero todo está controlado, no se preocupe, ahora le vamos a dar algo contra el dolor para que pueda descansar. ¿Siente algún otro malestar?
-No, la pierna sólo me duele un poco sino nada de importancia.
-Bueno ya mando a la enfermera para que te de un analgésico, ¿si?
-Gracias, doctor – dijo acomodando los almohadones tras su espalda y el médico la ayudó.
Después se fue del cuarto y a los tres minutos entro una chica alta con el aparto de la presión y una inyección en la mano.
-Hola, me llamo Cecilia y te voy a atender mientras estés acá ¿si? asique cualquier molestia me llamas … - dijo con una sonrisa franca.
-Bueno, yo me llamo Sofía …
-Lo sé, lo dicen tus papeles – dijo mostrándoselos.
-Claro … - dijo sonrojada.
-Bueno dejando las presentaciones atrás vamos a lo importante, me mandaron a darte un analgésico, pero primero vamos a ver qué tal anda tu presión ¿si? – dijo remangándole el buzo.
Pasado unos minutos anotó lo que marcaba el aparato y le puso la inyección en el tubito de la intravenosa, recogió todo y le sonrió a la paciente.
-Todo está en orden, Sofía, ahora descansa un poco, que ese es el mejor remedio.
-Pero Ro no llegó todavía – dijo nerviosa.
-Supongo que Ro es tu novio – dijo la muchacha.
-Sí, dijo que había una llamada y volvía en seguida, pero de eso ya hace tiempo.
-¿Y que te parece si atiendo a dos pacientes más y me vuelvo a hacerte compañía hasta que regrese? – dijo la enfermera.
-Me encantaría, gracias Cecilia.
La muchacha se fue y a los quine minutos volvió a su habitación.
-¿Y hay alguna novedad de Ro? – preguntó asomándose a la puerta.
-Sí, llamó diciendo que su hermana estaba con fiebre y como sus padres no estaban en casa se quedó cuidando de ella.
-Bueno ¿más tranquila? – preguntó la enfermera.
-Sí, gracias … no hace falta que te quedes, Cecilia, ya sé dónde está, gracias igual.
-Bueno, pero ¿segura? Mira que me puedo quedar sin drama.
-Segurísima, debe ser cansador esto, anda no más, gracias.
-Está bien, trata de dormir – dijo cerrando la puerta.
La muchacha se quedó sola y de repente notó las muletas que tenía junto a la
cama (encargadas por Rodrigo). Bajo de la cama y las agarró, apoyándose en ellas se dirigió hacia la puerta, arrastrando la bolsita de suero y así salió al pasillo. El silencio reinaba en el hospital, no se veía a nadie fuera de su cuarto, ni enfermera alguna corriendo por el pasillo, el lugar era lo opuesto a lo que era de día.
Sofía caminaba lento y un poco torpe al no estar acostumbrada a las muletas. Pasó junto a una puerta entreabierta y algo le llamó la atención, paró y volvió atrás, al acercarse a oír sintió llorar a un niño y golpeó la puerta. Los llantos cesaron .
-¿Puedo pasar? – preguntó la muchacha.
-¿Enfermera? … me sigue doliendo – oyó al niño quejándose.
-No, no soy la enfermera. Me llamo Sofía, soy tu vecina de al lado ¿puedo sentarme?
-Sí … ¿qué son esos palos? – preguntó señalando las muletas.
-Son muletas, ayudan a caminar apoyándose en ellas, si no podes hacerlo bien – aclaró.
-Aha ¿y vos qué haces acá … tenés mal las piernas? – preguntó.
-Bueno .. sí … ¿ves mi pierna? está rota y por eso necesito muletas.
-¿Cómo una ramita? – preguntó curioso.
-Sí, como una ramita … ¿por qué llorabas y qué te sigue doliendo?
-La panza me duele – dijo agarrándosela.
-¿Y por qué estás vos acá? – preguntó ella.
-El médico me dijo que tengo el corazón enfermo – dijo señalándolo.
-¿Y te duele la panza? – preguntó extrañada.
-Dice que como no hay donantes … donantes son gente que da algo suyo para otra gente, me lo explicó el doctor … bueno, como no hay donante el corazón va contagiando a los demás órganos … órganos son por ejemplo los hígados, riñones ,… ¿entendes?
-Sí, chiquito … ¿cuántos años tenés? – preguntó sentándose en una silla.
-Siete sapitos, como dice mi mamá … ¿y vos?.
-Tengo veintitrés … veintitrés sapitos – y le sonrió.
-Me duele – dijo llorisqueando.
-¡Pará que llamo a la enfermera! – dijo levantándose.
-No te vayas, nena. Nadie me oía, quédate – dijo agarrándola de la bata blanca.
-Está bien, me quedo. Cálmate – dijo acariciándole la frente.
-Mi mamá no es tan linda como vos – dijo el niño agarrándole la mano.
-Gracias – dijo sonriendo preocupada por aquel dolor que le dijo sentir.
-¡Quiero ser doctor! – proclamó el chico.
-Que bien – le contestó.
-Sí, acá ayudan tanto a la gente que quiero hacer lo mismo.
-Me parece muy bien, chiquito.
-¿Y vos qué queres ser, Sofía? – preguntó el nene.
-Chica otra vez – contestó sin dudar.
-Pero si ya lo sos.
-Viéndote a vos, me doy cuenta de que lo soy y más que vos.
-No, yo soy más chiquito, mira tus piernas y las mías … son cortitas.
-Tenés razón ¿y tu mamá pasa viene a verte? – preguntó curiosa.
-Trabaja mucho – contestó triste.
-Aha ¿qué cuadro de futbol te gusta? – preguntó queriendo hacerlo pensar en otra cosa.
-Peñarol ¿y a vos? – contestó con brillo en los ojos.
-También, pero no soy muy amante al futbol.
-¿Cómo amante? – preguntó él confundido-
-Que no me gusta mucho.
-Ah … ¿Queres saber mi nombre, Sofía?
-Sí, me encantaría – dijo sonriendo.
-¡Gonzalo! ¿te gusta? – preguntó orgulloso.
-Sí, es un nombre muy lindo - contestó.
-¿Y tu mamá dónde está, Sofía? – preguntó el niño.
-Debe de estar en la oficina trabajando. Nuestras mamás nos dejaron solos para conocernos.
-En verano voy a ir con mamá a Piriapolis, mi abuela tiene casa allá.
-Aha … ¿te llevas bien con tus abuelos? – preguntó la chica frotándose los brazos.
-Con mi abuelo sí, siempre me lleva al parque … ¡toma una frazada, Sofía!
-Gracias, Gonzalo … ¿y con tu abuelo no te llevas?
-Mi abu murió hace unas semanas.
-Ah … lo siento – dijo Sofía.
-No pasa nada, me dijo que dentro de un tiempo nos volveríamos a ver en el cielo.
-Está bien … ¿te vino a ver algún amigo?
-No, pero no importa, ahora estás vos acá – dijo sonriendo.
En eso Rodrigo llegó al hospital y se puso histérico al no encontrarla en su habitación. Sofía al oírlo en el pasillo llamándola, se despidió de Gonzalo prometiéndole que regresaría y con ayuda de las maletas salió al pasillo. El chico la ve y fue corriendo a ayudarla.
-Sofía ¿estás bien? – dijo preocupado.
-Sí, tranquilo – dijo sonriendo ante ver su nerviosismo.
-Bueno … vamos a tu cuarto … al final llegaron mis viejos y me vine ¿qué hacías?
-Hablaba con Gonzalo – dijo Sofía.
-¿Me salió competencia, tengo que preocuparme? – dijo bromeando.
-Es un nene de siete años.
-Puf … esos son los peores, siempre ganan – volvió a bromear - ¿por qué está internado? – preguntó dejando la broma atrás.
-Necesita un trasplante de corazón por lo que me dijo …
-Pobrecito … no, Sofía. Sé que éstos temas te hacen pelota ¿no será mejor que dejes de verlo? Lo siento por él, pero sé cómo te afecta a vos – dijo el muchacho.
-No, primero es la primera vez que lo veo y segundo que volveré a verlo, si él me lo pide. No me importa que me afecte … tenías que haberlo visto, Ro. Hablaba tan seguro de sí mismo, lo oís hablar y no le das siete años.
-Me imagino, eso te hace madurar en un toque, no lo decía de sorete, Sofía, lo de no verlo más
-Ya sé, Ro, gracias por venir – dijo besándolo.
-No voy a dejar sola a mi muñeca – dijo él abrazándola.
-¿Fue en sentido obsceno eso? – preguntó seria.
-¿Qué? … no, para nada – contestó sorprendido.
-No te pongas colorado que te estaba jodiendo – dijo sonriendo.
-Hable con tu madre y me dijo que ni bien terminaba venía para acá.
-Claro, siempre tan preocupada ella – dijo la chica.
-Sofi …
-No importa, Ro, ya la conozco. Todo le es más importante que yo.
-No digas eso, Sofía.
-Hablemos de otra cosa ¿qué hiciste hoy?
-Mmm … me desperté a las diez, fui al súper. Después fui a trabajar a la papelería y a las cinco mas o menos fue tu accidente y me vine contigo para acá, después me fui a casa y encontré a mi hermana con fiebre …
-¿Cómo está ahora? – preguntó interrumpiéndolo.
-Mejor, la deje con un poquito todavía, pero le bajó bastante ya. Ahora después llamo para ver como sigue – agregó - … bueno mis viejos me llamaron y dijeron que a las diez de la noche llegarían a la casa y por eso llegué tan tarde y ta.
-Día movidito eh - dijo riendo.
-Podes decirlo alto ¿y vos cómo te sentís, Sofía? – preguntó acariciándole el brazo.
-Bien … hace un rato me dolía la nuca, pero me dieron un analgésico y se me pasó.
-¿Crees que me podrán dar algo a mí para aguantar a mis viejos? – dijo bromeando.
Ambos se rieron y al paso de quince minutos ella se quedó dormida mientras que Rodrigo la peinaba con la mano, es decir con sus dedos. Al paso de otros minutos fue él el que se quedó dormido sobre la cama. Estaba sentado y apoyado con los brazos y la cabeza en el colchón.
Era de mañana cuando una enfermera le tocó el hombro al muchacho despertándolo, era Cecilia.
-Vos debes de ser Rodrigo ¿no? – preguntó la muchacha.
-Sí, pero … - dijo sobresaltado.
-Tranquilo, ella me contó todo, me dijo que te esperaba y como veo llegaste … ¿cómo está tu hermana? – preguntó sonriendo.
-Sí, está mejor, gracias por preguntar, señorita – respondió el chico.
-Bueno, vamos a despertar a la señorita para tomarle la presión – dijo acercándose.
-Sofi, Sofi … vino la enfermera – dijo el chico tocándole el hombre y moviéndola.
-Hola – dijo bostezando - …¿cómo estás, amor? – dijo mirándolo.
-Bien y gracias por preguntar, pero vamos a ver qué tal estás vos – sonrió la enfermera.
-Hola, Cecilia, no me di cuenta de que estabas … - dijo disculpándose.
Le tomó la presión y al rato se fue satisfecha con el resultado.
La tarde había llegado y con ella el doctor que atendía a Sofía.
-Permiso … tengo buenas noticias, todos los estudios salieron bien, se va a quedar una semana de control acá por el golpe en la cabeza, pero pasado ese tiempo podrá regresar a su casa.
-Que bueno, doctor … Disculpe ¿puedo hacerle una pregunta? – dijo la chica.
-¡Adelante, señorita! – contestó sonriendo.
-¿Cómo están las posibilidades de Gonzalo, el chico que está en la puerta de al lado?
-¿Gonzalo Ruiz? – preguntó el hombre para cerciorarse .
-No sé cuál es su apellido, pero sé que necesita un trasplante de corazón …
-Sí, es él … mire no debería contarle nada por no ser familiar, pero le puedo decir que es un caso muy complicado – dijo hojeando la carpeta que traía entre las manos.
-¿Por qué? – insistió con angustia Sofía.
-Como sabrá hay una lista de espera y su nombre figura muy abajo a pesar de los privilegios con los que cuenta de por sí … no hay demasiada gente dispuesta a donar y el cuadro de Gonzalo empeora día a día – dijo callando al notar que hablaba por demás.
-¿No hay nada que se pueda hacer para ayudarlo? – preguntó inquieta.
-No, lo que necesita es un corazón y ese no se presenta – respondió mirándola.
-¿Y con plata? Mi madre se pudre en plata ni lo notaría si le saco algo.
-La plata no está en discusión acá, señorita – dijo acercándose a la puerta.
-Entiendo - respondió bajando la mirada.
-¡Buenas tardes, chicos! – dijo dejando la habitación.
Rodrigo que se mantuvo callado toda la conversación se acercó a Sofía.
-¿Tarde, verdad? – dijo mirándola a los ojos.
-¿Qué cosa es tarde? – preguntó confusa.
-Eso de ofrecer robarle a tu madre es una señal – contestó.
-¿Señal de qué, Ro? No te entiendo.
-De que ese chiquito ya se te metió en el corazón.
-Es que es injusto … - dijo con lágrimas en los ojos.
-Lo sé, pero a veces ni la plata ayuda, Sofi – dijo agarrándole la mano.
-¿Te crees que soy idiota y no lo sé? Si la ofrecí fue por buscar una solución, sabes bien que no me importa esa guita – contestó defendiéndose.
-Lo sé, Sofi, fue una estupidez conocida, pero estupidez al fin, perdóname.
-No pasa nada – dijo mirando por la ventana.
-Me puedo quedar si querés a pasar contigo la noche … - decía, pero ella contestó …
-No, gracias.
-Sofi – dijo él tratando de decir algo más.
-Volvé a tu casa no más a lo mejor te necesitan.
-¿Segura? – preguntó Rodrigo.
-Sí, mandale saludos a todos – contestó manteniendo la mirada fija en la ventana.
El muchacho se fue del hospital y Sofía agarró las muletas, se fijo que no había nadie en el pasillo y salió por la puerta. Llegó al cuarto de Gonzalo y golpeó la puerta.
-Hola Gonzalo ¿puedo pasar? – preguntó sonriéndole.
-Sí, claro … Hola Sofía ¿cómo está tu rama? – preguntó el niño mirándole la pierna enyesada.
-Eh … ah, bien ¿y vos cómo estás? – preguntó sentándose junto a él.
-Me duele acá un poco – contestó señalándose el pecho (debajo de la tetilla izquierda).
-Tranquilo … ya te vas a curar, Gonza – dijo acariciándole la frente.
-¡Ya soy grande! – proclamó orgulloso.
-Lo sé – contestó sin entender realmente a qué se refería.
-Pero … - dijo dubitativo Gonzalo.
-¿Sí? – preguntó creyendo que le iba a decir ahora el porqué de su “ya soy grande”.
-¿Me puedo sentar a upa tuyo, Sofía? – preguntó haciendo pucheritos.
-¡Claro, veni! – dijo estrechándole sus brazos.
La muchacha miraba sus ojitos cerrados mientras lo mecía entre sus brazos, sentía los débiles latidos de su corazoncito. Tenía un cablecito en la nariz, porque los pulmones ya no le funcionaban al 100%.
A pesar de quererlo impedir una vez que el niño se quedó dormido ella derramó un par de lágrimas.
La enfermera los sorprendió dormidos en la silla con las muletas en el piso.
-Señorita ¡despierte! – dijo una mujer de propensas caderas, llamándole la atención.
-¿Qué hora es? – preguntó Sofía al volver en sí y ver brillar al sol.
-Las ocho de la madrugada, señorita y el niño debe volver a la cama si me hace el favor – dijo con actitud altiva y esquiva.
-Sí, claro … No, no, tranquilo, Gonza, no pasa nada, seguí durmiendo – le dijo al chico.
-¿Volvés, Sofía? – preguntó dormido.
-Sí, no te preocupes ¡seguí durmiendo, chiquito! – dijo dándole un beso en la frente.
-No hace falta más … dormí bárbaro entre tus brazos, Sofía … como si tus brazos fueron de algodón y soñé … soñé que … - dijo quedándose dormido otra vez.
-Me alegro – dijo .
La muchacha se despidió de la enfermera gruñona y volvió a su cuarto a dormir un rato.
A la tarde llegó el novio y entró al cuarto de Sofía. La vio dormida y decidió no despertarla, salió nuevamente del cuarto y sintió curiosidad por aquel niño que logró cautivar a Sofía con sólo una mirada.
-¿Molesto? – preguntó abriendo la puerta.
-No … ¿quién sos? – preguntó Gonzalo mirándolo de arriba abajo.
-Un amigo de Sofía – respondió.
-¿Qué le pasó a ella? – preguntó preocupado.
-Nada, ella está bien, está durmiendo en su cuarto … ¿me puedo quedar un rato con vos?
-Sí … ¿queres jugar? – pregunto espontáneamente.
-Bueno ¿a qué jugamos? – asintió rascándose la pierna.
-Preguntas y respuestas – respondió Gonzalo.
-¿Cómo es eso? – preguntó intrigado.
-A cada uno le toca un turno, primero uno y después el otro, haces la pregunta que quieras y el otro tiene que responder con la verdad – explicó el chico.
-¿Eso es un juego? – preguntó.
-¿Viste lo que genera vivir en éste mundo …? Tenemos que crear un juego en el que se diga la verdad porque estamos rodeados de mentiras y la verdad es ahora sólo algo fantástico.
- … Bueno, sí …¡pregunta! – dijo anonadado ante la respuesta.
-¿Queres a Sofía? – preguntó sin vacilar.
-Sí, la quiero … ¿ya está, me toca a mí?... bueno, mmm ¿hace cuánto tiempo que estás en el hospital, Gonzalo? – preguntó dudando en qué pregunta hacerle.
-Un sapito – respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Cómo? – preguntó sin comprender.
-Tengo siete sapitos y uno nació acá – contestó.
En ese momento Rodrigo recordó lo de los sapitos y sólo le dio para decir “aha”.
-Me toca … ¿Sofía mira películas de qué tipo?
-Le gustan las dramáticas, las románticas y alguna fantástica que otra ... - ¿Te gusta el chocolate? – preguntó Rodrigo.
-Me encanta - respondió y preguntó en seguida - … ¿Alguna vez te hizo llorar Sofía?
- … Sí, que quede entre nosotros eh … al principio no me dijo directamente que me quería y fui medio pendejo viste … - contestó Rodrigo bajando la voz.
-No lo sos, no está mal querer oír un te quiero – contestó el chico.
-Puede que tengas razón … bue ahora yo … ¿tenes hermanos?
-Dos, son más grandes que yo, pero nunca vienen a verme porque tienen su propia vida y entiendo que no quieran encerrarse acá conmigo … ¿a quién le gustaría? … ¿te gusta la playa?
-Sí , ¿Qué es lo que más querés? – preguntó rápidamente Rodrigo.
-¿Material o afectivamente? – respondió el niño.
-Afectivamente – dijo Rodrigo sorprendido.
-Ah … creo que tu novia, ¡tranquilo! Soy un bebé para ella, pero éstos pocos días en los que hablamos … no sé, estuvo acá a mi lado, mi madre nunca lo estuvo …
-Entiendo ¿y tu padre? – preguntó nuevamente.
-Ya hiciste tu pregunta y con ésta serían dos lo cual quiebra la regla – respondió seguro.
-No, no, después de haberte preguntado qué era lo que más querías vos me respondiste con otra pregunta – dijo bromeando.
Se rieron y siguieron hablando. El sol ya se había ido, el reloj marcaba las diez de la noche.
La mano de Sofía tocaba el picaporte de la puerta de Gonzalo y bajo el umbral de repente apareció su cabeza pidiendo pasar y al entrar se asombro.
-Hola … no pensé encontrarte acá – dijo al ver a Rodrigo
-Estábamos charlando con el piojo, no sabes … es un avión éste, con esa carita de ángel tiene bien guardada el arma … bueno, nene, yo me las tomo y los dejo solos – dijo besando a Sofía y después le sacudió la mano al chico.
-Chau, Ro – contestó la chica y se sentó en la silla en la que estaba sentado Rodrigo.
-Buen tipo tu novio – dijo el chico al tenerla en frente.
-Sí, lo es … ¿cómo te sentís, Gonza? – preguntó dulcemente.
-Il mio cuore duole, ragazza – contestó sonriendo.
-¿De dónde sacaste eso? – preguntó obviando la respuesta que había entendido perfectamente.
-Es Italiano, Sofía – contestó orgulloso.
-Eso ya lo sé ¿pero …? Deja estupideces mías – contestó esquivando su mirada.
-Bueno – respondió el chico agarrándose el pecho.
-¿Queres que llame al doctor, Gonza? – preguntó angustiada.
-No … éstos últimos días siempre me estuvo doliendo. Dicen que está cansado de trabajar ¿te das cuenta, Sofía? ¡Tengo un corazón haragán! – afirmó por último.
La muchacha trato de sonreír y así retener las lágrimas que querían salir a toda costa, repentinamente le sujetó la mano y se la besó.
-¿Queres ver la ciudad, Gonza? – preguntó en un hilito de voz.
-No puedo, ellos no me dejan salir a la calle y además tengo está bolsita que dice el médico que me alimento con algo que se llama “Suero”, como la comida no la retengo tengo que andar con ella.
-No te preocupes por eso, yo estoy igual y mira – dijo mostrando su bolsita de suero - ¿Pero querés o no? – insistió en su propuesta.
-Claro que sí – afirmó el chico.
La muchacha se levantó y fue ahí donde Gonzalo noto que no traía las muletas.
-Se mejoró la rama eh- afirmó.
¿Cómo? Ah … sí … ¡veni! – lo tomó en brazos y en vez de cargar con una cargaba con dos bolsitas de suero. Renegaba un poco, pero le dio para llegar al ascensor.
-Arriba del todo, en el piso del restaurante se ve toda la ciudad – dijo la chica.
Los ojos del niño brillaban como si estuvieran llenos de lágrimas. Al llegar Sofía se encaminó a las ventanas y frente a sus ojos se encontraba Montevideo iluminado.
-¡Qué lindo que es! – dijo el chico deslumbrado.
-¿Nunca habías venido? – preguntó perpleja Sofía.
-Al principio me traía la enfermera, pero la echaron por no poderle pagar (me lo dijo ella) y después no había vuelto a subir – contestó.
-Pero ¿cuánto tiempo llevas acá? – preguntó entrecerrando los ojos.
-Rodrigo me hizo la misma pregunta ¿vas a poner la misma cara si te lo digo?
-No sé ¿qué cara? – preguntó sonriendo.
-Cara de cómo cuando te enteras de que Batman está en problemas y sentís ganas de ayudarlo, pero sólo podes llorar – dijo dramatizando el final.
-No sé, decime que le respondiste y veremos la cara que pongo … - preguntó seria.
-¡Un sapito! … ¡viste! … tranqui, Sofía, no soy Batman – dijo sonriendo.
-Perdón, me lo advertiste … ¿extrañas a tu mamá, Gonza?
-Sí y mucho … ¿y vos? – preguntó mirando el suelo.
-No sé … hay veces que nos llevamos bien y otras en los que en sólo un segundo se quiebra todo ¿entendes? … Tengo una relación muy extraña con ella.
-Son difíciles las relaciones con nuestros padres a veces, pero “aprovéchala, Sofía” tenes la suerte de tener una – contestó mirándola.
-No dejas de sorprenderme, Gonza, … ¿de dónde aprendiste tanto? – preguntó mirando una foto en la pared.
-En un hospital y en mi condición es fácil aprender que hay que valorar el tiempo que se tiene y un sapito es mucho tiempo … como no puedo hacer casi nada leo, leo mucho … leo libros que me trae mi madre de la biblioteca y algunos que le encargo y no consigue los compra – contestó señalando unos libros sobre un estante.
-Qué bien – contestó sonriendo agarrando un libro y hojeándolo.
-¡Ay! – dijo el chico quejándose.
-¿Qué paso, Gonzalo? – preguntó asustada.
-Me duele … - dijo agarrándose el lado izquierdo del cuerpo a la altura de las costillas.
-¡Pará que llamo al doctor! – dijo alarmada.
-No, no pueden hacer nada – decía Gonzalo.
-Pero … - insistió la chica.
-Nada, Sofía, no pueden hacer nada … los oigo hablar, cuando creen que estoy dormido y hablan frente a mí los oigo … Los mayores son tan tontos que creen que los ojos cerrados significan cerebro dormido, pero yo los oigo es la única manera que tengo de enterarme de las cosas ya que a mí nadie me dice cómo estoy … y cada vez estoy peor. Mi corazón cada día va empeorando, Sofía – dijo el chico muy juicioso sin que se le notase siquiera tristeza en la voz.
-Pero no podes quedarte a … - dijo mientras callaba.
-¿A morir? … me voy a morir, Sofía, lo sé, pero mi abuela me va a estar esperando - Los ojos de la muchacha estaban rojos y brillaban como si hubiera luz en ellos. – No llores, Sofía, es como hacer un viaje … eso es! Imagínate que cuando suceda lo que tiene que suceder me fui de viaje, seguí pensando en mí, sabeme lejano pero cerca a la vez … uno nunca muere al menos que muera el recuerdo en él … Todos morimos algún día y mi corazón decidió comprar el pasaje más temprano nada más.
-…sí – dijo mordiéndose los labios - … lo sé, pero tenes que tener esperanza.
-La esperanza es algo que sólo pueden tener los que creen en ella, yo ya no lo hago … ¡Sofía!
-¿Sí? –preguntó emocionada reprimiendo todo aquel sentimiento que se había desenvuelto en ella mientras el chico hablaba.
-¿Me abrazarías por favor? – pidió mirándola fijo a los ojos.
Sofía se levantó inmediatamente y se arrimó a la cama sujetando a Gonzalo entre los brazos. La cabeza del niño estaba a la altura del corazón de la chica y él cerró los ojos.
-Me duele menos … tu corazón calma el dolor, re loco ¿no? – dijo el muchacho.
-Ti amo, bambino – le dijo sonriendo.
-Me acuerdo de que con mamá veíamos películas antiguas. Románticas como te gustan a vos.
-¿Y cómo sabes vos eso? – pregunto desconcertada.
-Primero porque recién lo afirmaste y segundo porque me lo dijo Rodrigo – contestó pícaro.
-Ah, ta bien, ¡así es … me gustan! – dijo la chica.
-¿Viste los besos del final? Transmitían mucho más que deseo que como lo hacen ahora. Era más un amor puro … ¿por qué me miras así … dije algo estúpido?
-Para nada, sólo que … puede que te resulte ridícula cayendo en éstas cosas, pero por otro lado siento … nada, comparto esa impresión que dan últimamente los besos de las películas.
-Yo nunca voy a sentir un beso de amor … no me queda tiempo para conocer a nadie.
La chica acercó sus labios a los del chico y los selló en un beso, se alejó y se quedó mirándolo.
-Es verdad – dijo él.
-¿Qué cosa es verdad, Gonza?
-Lo que dicen las poesías que leí; que la ternura y el amor bailan juntos … ¡gracias! – dijo y al darse cuenta de sus palabras se puso rojo como un tomate.
-Es hermoso lo que dijiste y de nada – respondió sonriendo.
Siguieron hablando hasta que Gonzalo quedó dormido, Sofía acostaba al muchacho en la cama y se iba al cuarto a descansar un rato.
Tras tres horas de sueño se despertó inquieta queriendo saber cómo se encontraba Gonzalo, le dijeron que estaba bien y que dormía.
Entonces la muchacha agarró del cajón un diskman que le había llevado el novio y puso el disco “mensajes del alma” de León Gieco.
Sofía se levanto de la cama al ver a una mujer frente al cuarto de Gonzalo y reconoció su rostro (por las fotografías en la pared del cuarto del chico), salió al pasillo y enfrentó a la mujer.
-¿Usted es la madre de Gonzalo verdad? – dijo la chica.
-Sí, un gu … - decía mientras la interrumpía.
-¡Qué gusto ni ocho cuartos! – contestó furiosa Sofía.
-¿Por qué me habla así, es que Gonzalo le dijo algo? – preguntó extrañada.
-Claro, échele la culpa a él. No hace más que estar ahí postrado en esa cama, sólo, sin nadie que lo acompañe …
-Bueno, si no le dijo nada ¿por qué se altera? – dijo tratando de mantener la calma.
-Llevo cuatro noches acá y nunca antes vi que se haya dignado a venir a visitarlo sabiendo lo mal que él se encuentra …
-Oiga espere … - protestó delicadamente.
-Claro, ahora me va a salir con una excusa, pero su hijo se está muriendo y ni ahí deja de pensar en sí misma – el sopapo voló dándole vuelta la cara a Sofía.
-Ya oí su sermón, “señorita” y ahora me va a oír usted. Me encantaría estar todo el día con él, pero usted cree que los medicamentos se pagan solos. Se le huele a kilómetros que es de familia fifi, pero yo laburo día y noche por ese chico y discúlpeme si lo prefiero vivo por muchos más años, al hecho de tener que resignarme un día y entrar por esa puerta y sólo ver una cama vacía – dijo mientras le temblaban las manos.
La muchacha no volvió a abrir la boca y se había vuelto colorada de la vergüenza, pidió mil veces perdón, sin levantar la mirada del piso.
-Me equivoqué con usted, señora … pero es que él siempre llora por usted y como nunca la ví junto a él creí que era usted como … como mi madre, perdóneme por favor.
-Está bien, te entiendo y te agradezco por preocuparte tanto por mi chiquito … perdóname vos el sopapo, es que es algo que tengo muy oído, pero nadie sabe lo que es estar en mi piel y sufrir lo que sufro por no poder hacer nada por mi hijo … pa! Mira cómo te deje la cara ¡que bestia! – dijo tapándose la boca.
-Bueno es una suerte que estemos en un hospital – contestó Sofía.
-¿Qué?
-Nada, una pavada, era para romper el hielo nada más – dijo sonriendo y la mujer sonrió.
A partir de ese momento fueron inseparables. Ese mismo día fueron al restaurante del hospital y charlaron largo rato de Gonzalo, entre risas y lágrimas.
A la mañana del quinto día se despertó la chica en su cuarto, porque la madre de él se había quedado toda la noche junto a él.
-¡Chiquito! Mi amor, me tengo que ir a trabajar – dijo la mujer moviéndolo delicadamente.
-¿Por qué ahora, ma? - preguntó con tristeza en la voz.
-Porque tengo que estar allá a las ocho y ya son las siete y media, mi amor.
-Te queda media hora, ma – dijo haciendo pucheritos.
-Pero tengo que ir a la parada a esperar el ómnibus y de ahí a que llegue al trabajo con unos diez minutos ¿Entendes, mi amor? – trató de explicarle.
-Pero no quiero que te vayas, ma
-Mi amor … trataré de venir ésta noche lo juro, pero me tengo que ir ahora.
La madre le dio un beso en la frente y se alejó oyendo los gritos y el sollozo del niño que mientras las enfermeras trataban de calmarlo él sólo repetís “No me dejes sólo, ma”
Sofía salió de su cuarto oyéndolo gritar y al acercarse a la puerta lo sintió llorar. Abrió la puerta y entro y lo vio en el piso contra la pared, las enfermeras trataban de llevarlo a la cama, pero él se resistía ante ellas.
-Gonza … vení, chiquito – dijo estrechando sus brazos y él respondió en seguida yendo hacía ella, abrazándola - … tata, tranquilo …sh sh – dijo calmándolo y una vez que lo logró le preguntó … - ¿por qué llorabas, Gonza, te duele algo?.
-No, no lloré – contestó tapándose la cara - … es que mi mamá se fue …
-Pero va a volver, Gonza
-No quería que se fuera sin decirle que la quiero, Sofía – dijo ya calmado.
-Ella lo sabe – dijo la chica al verle la angustia.
-No, no lo sabe … ayer me dijo muchas veces que si no estaba acá conmigo era por juntar plata para pagar el hospital, me repetía que me quería y yo no le dije nada, Sofía, nada.
-Bueno … ¡tranquilo!, estoy segura de que tu mamá sabe cuánto la queres, Gonza – dijo acercándose a él nuevamente y abrazándolo.
Al sentir también los llantos la enfermera desde el corredor entro en la habitación y le inyectó algo al niño.
-Ahora se va a dormir, señorita, le di un tranquilizante, no se puede alterar. Mejor que se regrese a su habitación – dijo seria la mujer.
-Bueno … - asintió Sofía levantándose.
-No, no me dejes, Sofía – suplico Gonzalo.
-Pero vuelvo más tarde, chiquito, así dormís un poco – respondió a su llanto.
-No lo digas quédate por favor – (el tranquilizante ya estaba haciendo efecto) – no me dejes mo … lo por favo … - (ya balbuceaba al final).
-Acá estoy, Gonza ¿me oís? No me moveré de acá – dijo tomando asiento otra vez.
-Pero señorita él ya se durmió – comentó la enfermera.
-Él me pidió que me quedara a su lado y ¡así lo haré!
-Está bien … con permiso – dijo yéndose.
Las siguientes horas pasaron muy rápidas.
Sofía tenía la mano húmeda por sostener todo el rato la manito de Gonzalo, pero no le importó. Al chico le comenzó a costar más respirar y a Sofía le corrían las lágrimas.
Constantemente tenía observación de los médicos.
Una hora más paso y él respiraba cada vez con más dificultad, pero abrió los ojos.
-Sofía … - dijo en un susurro y sin fuerzas.
-Sí, Gonza … estoy acá – contestó dulcemente apretando su manito.
-No me duele – dijo esforzándose en hablar más fuerte.
-Eso es bueno … te vas a poner bien – dijo con los ojos llenos de ilusión y una sonrisa.
-¿Ma? … - preguntó con la mirada perdida.
-Sí, mi amor … acá estoy – dijo la muchacha sin dudarlo estando al borde del llanto.
-Ma … no te dije que te quiero, perdóname, te quiero – dijo llorando.
-Lo sé, mi amor y yo te quiero a vos … - las lágrimas corrían - … Cuando salgamos de acá …
-Me voy, ma – dijo el chico interrumpiéndola, pero estaba tranquilo, su pecho ya no estaba agitado y respiraba más calmado.
-¿Qué? … no – dijo nerviosa con los ojos abiertos de par en par frente a la muerte.
-Sí, la abuela me espera, ma – dijo finalmente sin ningún temor.
-No, Gonza … aguanta por mí, lucha, chiquito – dijo temblando.
-No llores, ma, tranquila … voy a estar bien, pero me tenes que dejar ir. Déjame ir, ma … ¿ma?
-¿Sí, mi amor? – preguntó reprimiendo el dolor.
-Decile a Sofía que la quiero … mucho, decile que fue como una hermana grande …
-Gracias y vos para mí un hermano – dijo acariciándole el pelo.
Gonzalo ya no entendía lo que le decían, sus últimas palabras fueron “te quiero …”.
Sofía lloraba a mares, la enfermera tuvo que ayudarla a ir hasta su cuarto y en el se encontraron con Rodrigo y el mujer dejó a Sofía a su cargo, para ir a ocuparse por los papeles de Gonzalo.
-Murió, Ro … acaba de morir – dijo frente a él y el peso de decirlo la derrumbó.
-Shh .. amor, ya lo sé, me lo dijeron por eso esperaba acá. Tranquila, Sofi – dijo abrazándola.
-Me dijo que era como su hermana mayor – dijo derramando todas las lágrimas.
-¿Esto te dijo? – preguntó él sonriendo.
-Bueno … para ese momento creyó que yo era la mamá y le hablaba a “ella” de mí.
-Entiendo. Tenes que tratar de calmarte, Sofi, te va a hacer mal – dijo preocupado.
-¿Por qué él, Ro, era tan chiquito …?
-No sé, Sofi … es parte de la vida sea o no justo, supongo – contestó.
La muchacha durante un rato no mencionó palabra alguna y sólo lloraba en brazos del novio.
Rodrigo paso la noche junto a ella y aviso en su casa que no iría.
Ya era de noche y ella estaba acostada en la cama mirando por la ventana y a la vez no miraba nada. Parecía como que aquel rostro tan resistente a la tristeza se había quebrado en diez mil pedazos.
El chico sólo la observaba, pero ella estaba como ausente.
La enfermera se acercó con la bandeja de la cena y le acomodó la mesa.
-No tengo hambre – dijo rechazándola.
-Tiene que comer algo, señorita – respondió la enfermera.
-No quiero, pero lo que sí quiero es que me diga por qué murió Gonzalo – dijo exigiendo.
-No lo sé, puedo llamarle al doctor si quiere, pero tiene que comer algo.
-Quiero ver al doctor – dijo autoritaria.
-Está bien, voy a buscarlo.
Rodrigo siguió intentando hacerle comer, pero ella se rehusaba y en ese momento entró el médico.
-Me dijo la enfermera que no quiere comer, señorita.
-Sí, no quiero.
-No es que le afecte demasiado no comer ahora, pero tiene el deber con su organismo de alimentarlo, no puede ni debe pasar hambre. Es cierto que está bien de salud y los exámenes que le practicamos dieron positivos, pero tiene que comer …
-¿Qué fue lo que le pasó a Gonzalo Ruiz? – preguntó interrumpiéndolo.
-Le fallaron los pulmones – contestó viendo que detrás de su rigidez se escondían lágrimas.
-¿Los dos? – preguntó un poco fuera de sí.
-Basta que uno no esté funcionando como debería para causar problemas, pero sí. A Gonzalo le fallaron los dos juntos … uno estaba peor que el otro, pero igualmente afectado y no se pudo hacer nada – contestó tranquilamente.
-¿Ya se lo dijeron a la madre? – preguntó pasándose la mano por los ojos
-No nos hemos podido comunicar con la señora Ruiz, pero la secretaria sigue intentándolo ¡Coma algo, señorita, por favor hágalo! – dijo el hombre mirándola antes de marcharse.
Sofía miraba la comida como quien sospecha de algo.
-¿Qué tenes, Sofi? – preguntó Rodrigo.
-No lo sé, pero no puedo comer ahora, más tarde lo haré en serio.
-Bueno. Sofi ¿Qué puedo hacer para que dejes de llorar? – dijo agarrándole las manos.
Ella sacudía la cabeza y la hundía entre sus manos.
Pasó una hora y la chica se había logrado dormir, el novio sentado junto a ella ya comenzaba a cabecear hasta que en una se deslizó en un sueño.
Al paso de otras dos horas Sofía despertaba y se levantó de la cama yendo hacia la puerta. Rodrigo seguía dormido en la silla.
Algo la llamaba a salir al pasillo y así lo hizo. Frente a la puerta del cuarto que ocupaba Gonzalo vio a una mujer e inmediatamente la reconoció. Era la misma mujer que le había dado un sopapo unos días antes, la misma con la que había hablado durante horas, la misma que ahora era su amiga. Era la madre de Gonzalo que miraba desde la puerta aquel cuarto vacío.
Sofía se le acercó y le puso una mano sobre el hombro. La mujer sin siquiera darse la vuelta …
-“La cama vacía” … - decía una y otra vez.
-Elena … - y nuevamente brotaron las lágrimas.
La mujer entró a aquel cuarto y al llegar a la cama se derrumbó agarrando las sábanas. Sofía ayudó a amortiguar la caída y la abrazó.
-No le dije que lo quería – dijo temblándole las manos.
-Él lo sabía, Ele … tiempo antes él también se reprochó el hecho de no habértelo dicho …
-No me pude ni despedir de él, Sofía.
-Lo sé, Ele – dijo acariciándole la cabeza.
-Él quería que me quedara … Lo sabía, Sofía y por eso me lo pidió … Nunca antes me lo había pedido, pero yo estaba empeñada en volver a ese puto trabajo que ahora … ¿qué sentido tiene? … si sólo no hubiera ido, si le hubiera dado el gusto, si sólo hubiera estado acá como me lo pidió.
-Ya, Ele …¡tranquila! Así es la vida, nos deja vivirla, pero no podemos cambiar los hechos. Él se arrepentía como te dije … de no haberte dicho que te quería.
-Pero si eso yo lo sé – dijo sonándose la nariz.
-Ya sé y vos tenes que saber que él también lo sabía.
-Lo que no entiendo ¿cómo es que te lo repetía? – preguntó confusa.
-Estuve junto a él mientras que … - dijo bajando la cabeza.
-Qué suerte que al menos se haya ido de la mano de una amiga – dijo tapándose la cara.
-Sí, yo también lo pensé – dijo angustiada.
-No sabes cómo te quería, Sofía . Sí, no me mires tan sorprendida … los mayores somos más hipócritas, pero los niños distinguen el amor sin problemas y lo que él veía en vos era algo que pienso jamás pude darle … Hablábamos por teléfono todas las noches, ¿no te lo contó, no? Era mi manera de aguantar día tras día alejado de él … oír su voz era como si un cable de electricidad golpeaba contra mi corazón.
En el tiempo que compartieron juntos aprendió a quererte tanto, Sofía – dijo desahogándose.
-Pero si sólo estuvo cinco días junto a mí, Elena.
-¿Me vas a decir que no te movió el piso? Se sincera contigo misma – dijo la mujer.
-Sí, lo hizo … nadie había logrado llegar tanto a mí como él lo hizo, lo quería y lo quiero.
-Viste … él se dio cuenta la primera noche que te vio, de noche me llamó por teléfono y me dijo algo que me dejo rodeada de dudas y preocupaciones.
-¿Qué te dijo? – preguntó intrigada Sofía.
-Que la abuelita ya le había mandado una señal para ir a casa. Primero no lo entendí, pero le insistí y siguió diciendo “-Sí, ma. Me mandó un ángel que se esconde bajo el nombre de Sofía. Ahí creí entender su exageración que era sólo producto de haber conocido a una muchacha, pero después te conocí y cuando me dieron la noticia de … - La mujer tenía los ojos rojos - … volvió a mí cada una de sus palabras de esa noche.
La chica no sabía qué decir y sólo la abrazaba calmándola.
Pasaron dos noches. El doctor de Sofía ya le había dado el alta y estaba cenando en casa de Rodrigo. Comieron solos, porque los padres se fueron con la hija a la casa de unos primos.
-¿Ro … crees que todo lo que pasa es por casualidad? – preguntó la chica terminando de comer y bebiendo un sorbo de vino.
-No, no creo en las casualidades … Vos tenías que conocer a Gonzalo para ser su “ángel” como me lo dijiste, el conocerte para él fue irse sin miedo. Todo sucede por algún motivo ¿entendés lo que quiero decir, Sofi? – preguntó con la pata de pollo en la mano.
-Sí, que yo ahora sufro su ausencia, pero a él le sirvió conocerme. Que todo tiene un sentido de ser, aunque nosotros no lo entendamos queres decir ¿no? – dijo con los ojos cristalinos.
-Eso mismo, pero ¿por qué lloras, Sofi? – preguntó parándose junto a ella.
-Porque tengo un motivo – dijo abrazándolo.
FIN.
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