domingo, 29 de junio de 2008

Historia de un tachero

Abril – Mayo 2007

1
Llovía como podrido sobre el capó del taxi que conducía un hombre de apariencia grande, moreno, ancha nariz, labios gruesos y facciones toscas, pero su mirada era tierna y amable. Lo conocían por Javier.
Se partía el lomo trabajando. En su casa lo esperaban su mujer; María de los Ángeles y sus dos hijos; Juan y José.
Era de familia muy humilde y por eso dedicaba todas sus horas al asiento de un taxi. Por no encontrar otro trabajo tenía la espalda hecha pedazos, pero bastaba ver a su familia a los ojos para callar al dolor y la bronca que sentía por estar detrás de un volante.
Los parabrisas danzaban de lado a lado y tras el vidrio se divisaba la cara cansada del tachero. Eran las tres de la mañana y desde la central lo seguían llamando, mandándolo a diferentes puntos de la capital.
Uno de los viajes era pasar a buscar un cliente de la rambla para llevarlo a la discoteca de Av. Rosales. Eran tres gurices que intentaban aparentar ser mayores, pero la expresión en sus miradas los delataba. La pilcha que traían encima bastaba para pagar tres meses de alquiler, pensaba Javier.
-Hola – dijo uno.
-Hola, caballeros – respondió el tachero.
-¡A la disco, flaco! – dijo otro.
-¿A cuál discoteca, señores? – preguntó.
-La que está en Av. Rosales – respondió el primero que había saludado.
-Bueno – finalizó Javier y emprendió camino.
-Che negro ¿trabajas mucho? – preguntó el tercero de mala gana.
-¡Sí! – respondió tranquilo.
-¿A qué viene eso, estúpido? – dijo el primero golpeando al tercero.
-¡Ay! … Me alegro – dijo agarrándose la cabeza tras el golpe.
-Perdone, señor – dijo disculpándose el primero.
-No pasa nada – respondió el hombre con amargura en los ojos.
-¿Qué te disculpas por mí, idiota? Es un negro de mierda y hace lo que debe, trabajar para otros – dijo el tercero.
-¡Callate si querés conservar los dientes, Dario! – dijo el segundo que venía todo el camino callado.
Javier miró por el espejo retrovisor al muchacho que había amenazado al tercero y vio en él una sonrisa cómplice.
Los llevó hasta la discoteca porque no tenía corazón para dejar tirados a unos mocosos que no pasaban de los dieciséis años y además los otros dos no tenían culpa alguna. Los otros dos le pidieron mil veces perdón por el abombado de su amigo. El hombre les decía que no pasaba nada, pero lo cierto era que sí lo hacía, porque tanto odio no se puede evadir y con una señal se alejó cuando los tres bajaron del auto.
-¡Javier! – decía el aparato del taxi.
-¿Sí? … Acá Javier – dijo el hombre apretando un botón.
-Cerra por hoy, grone y ¡andate a tu casa! – respondían del otro lado.
-Gracias, Adrián – dijo Javier.
-Saludame a tu señora y a los gurices – dijo.
-¡Tamos! – respondió el hombre - … Chau.
El hombre encontró un lugar para estacionar a seis cuadras abajo alejado de su casa. Caminó las cuadras cada vez más despacio, los primeros pasos lo llevaron ligero porque era mayor la añoranza de llegar, pero cada paso era más pesado y al llegar respiró hondo. Abrió la puerta y entró viendo a su mujer dormida en la silla-hamaca con un tejido sobre el pecho y los lentes puestos, se agachó hasta rozar con sus labios la frente de su mujer y ella despertó.
-Hola, amor ¿cómo te fue? – preguntó simulando una sonrisa.
-Bien – mintió Javier - … ¿y los chicos? – preguntó de repente.
-Ya están durmiendo, te esperaron hasta la una y después se durmieron – respondió.
-Entiendo, pobrecitos … Hace tiempo que no los veo, María.
-Pero están en el cuarto, podes ir …
-Hace tiempo que no estoy con ellos, no hablo con ellos …
-Pero sólo porque trabajas todo el día, amor – dijo ella disculpándolo.
-Lo sé, pero no hay de otra – sacudió la cabeza y se sentó en el sillón.
-Ellos saben que los queres, Javier – respondió levantándose y abrazándolo.
-Por eso … no quiero que sólo lo sepan, sino que lo sientan – dijo reprochándose.
-No te tortures, amor – sonrió María.
Después de aquel abrazo tan apasionado terminaron haciendo el amor en el piso del comedor, sobre una alfombra.
A las nueve de la mañana se despertó María y juntos se fueron al cuarto. Javier se acostó y pareció desmayarse en un sueño al rozar las sábanas. La mujer sonreía orgullosa creyendo que obra suya.
Tras unos minutos María se levantó para ir a la cocina y empezó a lavar. Los chicos se iban a la escuela con la túnica recién planchada y al cerrar la puerta de calle se despertó Javier.
-¿Qué hora es? – preguntó sonriendo.
-Son las once y media pasadas, amor ¿Estuvo bi … - quedó cortada.
-¿Qué? ¡Mierda! ¿por qué no me despertaste? Llego tarde … ¿dónde están las llaves del auto? – gritó histérico.
-No sabía que te tenías que despertar temprano … ¿cómo querías que lo supiera? – dijo bajando la cabeza.
-Porque todos los días me voy temprano, María, no es tan difícil de memorizarlo.
-¡No me grites más, Javier! – dijo angustiada.
-Pero vos no entendes que si pierdo el laburo nos quedamos en la lona – gritó.
-Igual no hace falta que me grites … se me pasó, no me di cuenta – dijo con los ojos rojos.
-Ellos no lo van a ver igual ¿Qué queres que haga … les digo que me perdonen, pero a mi mujer se le pasó el despertarme, pero miren que lo siente? – dijo exaltado.
-¡Andate a la mierda … no me hables más así! – dijo tapándose la cara tratando de ocultar las lágrimas.
- … ¡Perdón … perdóname, María! … Son muchas horas, no aguanto más … No me puedo permitir perder el trabajo, la cosa está difícil y sólo pensar en que me puedan echar me desespera … No, no, cariño perdóname – dijo abrazándola.
-No sabía que hoy trabajabas, pensé que por las horas extras te dieron libre y … lo juro, Javier.
-Por dios … - dijo con los ojos abiertos de par en par al ver como sus palabras habían aterrado a su mujer - … Perdoname, María – dijo besándole la frente y las mejillas – Ya pasó, fue mi culpa por no poner el despertador… ¿Estás mejor? – ella asintió con la cabeza -… Bueno voy a ver qué pasa ¿sí?. ¡Cuidate! – dijo saliendo por la puerta.
Bajó las seis cuadras hasta llegar al auto y se fue a la central. Lo mantuvieron media hora en la oficina dándole clases de que no podía llegar a la hora que él quisiera porque había mucha gente interesada en su puesto y que la próxima vez no mantendrían ésta conversación. Javier salió con la cabeza gacha y así se dirigió a su auto.
-¿Qué te dijeron, grone? – preguntó el mismo compañero de anoche.
-Que si llego otra vez tarde me echan … - respondió subiéndose al taxi.
-¡Que hijos de puta! … pensar los años que estás laburando acá y por una veza que te retrasaste … ¡No les des bola! ¿Pasó algo en casa? – preguntó preocupado.
-No, me dormí nada más – respondió con cara de perro apaleado.
-No es para menos, si nos tienen dieciocho horas laburando …
-Bue … pero es lo único que hay … ¡Voy a hacer mi ronda, Adrián, después nos vemos!
-Ta bien, yo me voy a hacer la mía. No sea cosa que por vernos hablando no rajen. Chau …
Los vehículos se fueron en direcciones contrarias.
Tres meses después, a las cuatro de la tarde Javier se fue a la casa. Encontró lugar a una cuadra para aparcar (porque a ésa hora la gente trabajaba).
-Hola, María – llamó al entrar y se sorprendió de ver a un hombre.
-Hola, me llamo Aldo … - dijo viendo a Javier.
-Ah … hola, amor ¿qué haces a ésta hora en casa? – sonrió - … él es Aldo, el chico del super que me ayudó a traer unas bolsas.
-Aha, hola – contestó sentándose en una de las sillas del living.
-Bueno … gracias, Aldo – dijo ella girándose hacia él.
-De nada, señora. Hasta luego, señor – dijo cerrando la puerta.
-¿Y éste? – preguntó Javier burlándose del muchacho.
-Es el chico del mercado, ya te lo dije – respondió.
-¿Y por qué tan nerviosa ni que fuera tu amante? – dijo agarrándole los brazos.
-No seas ridículo, mira si lo voy a traer a casa si fuera así – respondió rápidamente.
-Che María … pude haber comido algo por ahí, pero preferí venir a comer algo contigo y volver a pedirte perdón por lo de esta mañana – dijo sentándola sobre sus piernas.
-Ah … ya fue, Javier, fue mi culpa – dijo bajando la mirada.
-No, no lo fue y veo que no me perdonaste ¿qué puedo hacer para que lo hagas? – dijo besándola hasta que terminaron acostados en la cama semidesnudos y agitados.
-¿No querías comer algo, amor? – preguntó la mujer.
-No, ya estoy como nuevo – respondió sonriendo.
-Y yo … - dijo María ocultando una sonrisa.
-¿Qué hora es, amor? – preguntó apoyándose sobre su mano.
-Las cuatro y media ¿ya te tenes que ir? – preguntó sentándose.
-Y bueno … me quedan unos quince minutos – dijo desapareciendo bajo la sábana.
Javier se estaba poniendo los jeans y abotonándose la camisa. La besó y se fue a seguir trabajando.
Los hijos ya habían regresado de la escuela, José estaba en su cuarto y Juan se había ocultado en el armario de sus padres.
-¿Qué haces ahí, chiquito? – preguntó la madre abriendo el ropero.
-¡Papá te estaba lastimando! – dijo asustado.
-¿Qué? – dijo nerviosa y un poco avergonzada.
-¡Sí! yo lo vi y oí cómo gritabas, mamá – dijo llorando.
-No, mi amor … No me lastimaba …
-¿Y por qué gritabas cuando el saltaba encima de vos? – preguntó el niño.
-Eh … - dijo sin voz.
-¡Tranquila, mamá! No te va a volver a hacer gritar, te lo prometo – dijo firmemente.
-Gracias, pero por lo que viste … - dijo avergonzada.
-No importa, mamá, entiendo ¡tranquila!
-Por dios … éste renacuajo me va a volver loca – pensó la mujer.

2
José estaba en el jardín jugando con unas piedras y en eso se le acercó Juan. El chico le empezó a hacer preguntas y al obtener las respuestas abría cada vez más los ojos y de repente se aleja corriendo.
-¡José! ¿Viste a tu hermano? – preguntó la madre acercándose al hijo.
-¡Sí! – respondió sonriendo.
-¿Por qué te reís … dónde está? – dijo intranquila.
-Con que el enano los agarró con las manos en la masa eh …
-Parece que sí – dijo roja de vergüenza - … ¿Qué le dijiste?
-Lo que me preguntó – contestó el muchacho.
-No te hagas el gracioso y decime que fue …
-Me preguntó por qué gritabas y le dije la razón – contestó tranquilamente.
-¿Y cómo se lo tomó? – preguntó temerosa.
-Bue … primero dijo que no quería otro hermano, después se preocupó por compartir su cuarto y al final salió corriendo a desalojar su habitación.
-Ay ¡pobre hijo mío … Voy a buscarlo!
María de los Ángeles golpeó la puerta del cuarto del niño y entró. Vio al chico metiendo ropa en una valija.
-¿Qué haces, chiquito? – preguntó arrodillándose.
-Lugar para mi hermanito que está en camino – respondió.
-A ver, a ver … ¡veni acá! – dijo sentándoselo en la falda - … No estoy esperando un bebé.
-Pero José me dijo que si papá salta sobre vos es para tener un bebé y que por eso gritabas.
-Pero a veces no pasa – dijo ella tranquila y segura.
-¿Entonces para qué lo hacen? – a la mujer se le atravesó la pregunta.
-… porque es lindo … - dijo.
-Ah entonces yo también quiero – afirmó el chico.
-Más adelante lo vivirás, chiquito – sonrió tímidamente.
-¿Pero cómo no estás esperando un bebé? – preguntó el chico.
-Porque hay maneras de evitarlo … con pastillas para las mujeres y condones para los hombres.
-Pastillas sé, pero ¿Qué son condones? – preguntó el chico moviendo las piernas.
-Bueno … un condón es como un globito que se pone sobre el … pene.
-Ah … mamá dijiste pene – dijo riendo mientras se tapaba la boca.
-Tenes razón, pero ¿entendiste? – preguntó mirándolo.
-Mmm – asintió con la cabeza - ¿entonces no hago la valija?
-No, mi amor – le besó la cabeza y se fue del cuarto.

Eran las tres de la mañana, los chicos ya dormían y María se había ido a leer un libro a la cama. Era de aventuras (se lo había prestado la prima), noto que se estaba quedando dormida y dejo el libro sobre la mesita de luz y de un momento a otro no pudo cerrar los parpados, así que se quedó mirando el techo con su mano derecha jugaba con un rulo de su cabeza.
Hacía mucho calor y sólo se dejo la bombacha puesta. Lentamente fue cayendo en un sueño, pero por culpa del calor despertaba a cada cinco minutos, se giraba, daba vuelta la almohada. Se levantaba para ir al baño a refrescarse, iba al cuarto de los chicos a ver cómo dormían y ellos ni se inmutaban del calor abrazador que hacía esa noche. Dormían con las panzas al aire y ambos con la boca abierta.
María decidió volver a la cama, mientras oía la llegada de Javier. Cuando llegó al cuarto ella se hizo la dormida, Javier se empezó a sacar la ropa hasta quedar en calzoncillos. Lo vio irse al baño y aprovechó para extenderse a lo largo de toda la cama en posición “sexy” (según ella). Al volver del baño la corrió despacio y la dejo en un costado de la cama sentándose y apagando la luz. Ni bien la habitación quedó a oscuras María se hizo nuevamente a la caza pasándole una mano por la espalda y la lengua por el cuello.
-Hola, María, pensé que dormías – dijo sorprendido.
-No, no pude, pero ahora no quiero … ¡Déjanos hacerlo ésta noche! Los chicos duermen y tenía tantas ganas de estar otra vez contigo … dijo obligándolo a acostarse en la cama.
-¡No! yo no quiero – dijo apartándola y sentándose.
-Pero … - dijo asombrada.
-¡Estoy cansado, María! – dijo rudo.
-Por eso … déjame llevarte a otros pensamientos – dijo de manera seductora sin dar el brazo a torcer y agarrando el “asunto” sintió que él la empujó hacia atrás.
-¡Que no, no es no y ahora déjame dormir! – se acostó dándose la vuelta.
María se quedó un poco aturdida por la reacción de su marido y se puso a pensar en que nunca había reaccionado así con ella y menos cuando se trataba de dormir juntos … Éstos últimos meses cambió mucho … Insistió un par de veces en preguntar si había sucedido algo, pero la respuesta era siempre la misma <>
A la mañana siguiente la mujer estaba tomando el mate en el jardín y Javier se le acercó con los muchachos.
-¡Buen día, cariño! – dijo sonriendo.
-Buenas, mamá – gritaron los hijos.
-Buen día, mis chiquitos – dijo mirándolos - ... ¿Están listos para la escuela?
-Sí – gritaron.
-¡Amor … hoy salgo antes al trabajo! – dijo Javier.
Y María evitándolo olímpicamente se levantó y llevó a los chicos a la cocina sacando de la heladera su almuerzo para llevar. El hombre la siguió.
-María, llego más temprano a casa por hoy – dijo sonriendo.
-¡Qué bien! Yo igual no voy a estar en todo el día – dijo cortante.
-¿Por qué? – preguntó sorprendida.
-Porque yo también trabajo, Javier, parece que no te entra que nunca estoy de tarde en la casa – dijo sarcásticamente.
-Entiendo que estés enojada, pero no delante de los chicos, amor – dijo Javier.
-Pero ¿qué me decís si sí o si no hablar delante de mis hijos? No te vas a enterar de que si estoy o no enojada, porque como “vos” no lo voy a decir – dijo cerrando la puerta de calle una vez estaban los chicos y ella fuera.
Los acompañó a la escuela y después se fue a trabajar. María trabajaba de limpiadora, lavaba las oficinas en la noche y casas privadas a distintas horas del día.

Había pasado un mes y la situación seguía tensa en la casa. Marido y mujer ya casi no se hablaban. Solamente y como un deber regular Javier le acariciaba la espalda a la esposa, ésta terminó por aceptarlo y hacían el amor cuando él lo quería (lo cual no era a menudo, era diferente a antes, menos apasionado y más agresivo, todo transcurría muy rápido dejando de lado la sensualidad y la sensibilidad.
Una noche al llegar María del trabajo, Javier la esperaba y la arrinconó cuando entro a la casa. Entre susurros le dijo que la estuvo esperando toda la noche y que ardía por hacerlo ya mismo, ella se rehusó diciendo que estaba muy cansada, pero Javier parecía otro y ella sólo lloraba pidiéndole entre llantos y lágrimas que parara.

Los chicos desayunaban cantando y el padre igual. La mujer los oía estando acostada en la cama.
-¡Mamá mamá! ¿por qué no te levantás? – preguntó Juan que había ido al cuarto de la madre.
-¡Callate, animal! No ves que está enferma … ¡pobrecita! – dijo el mayor acariciándole la cabeza a María.
-No – respondió el chico.
-Es una pregunta retórica, nene – protestó José.
-¿Qué es retoica, José?
-RE-TÓ-RI-CA, bestia, que es una pregunta que no necesita respuesta.
-Ah … ¿estás embarazada, mamá? – preguntó el menor.
-A ver … ¿y eso ahora a qué viene, enano? – preguntó el mayor mirándolo.
-A lo mejor saltaron anoche – respondió.
-Ay nene ¡qué lerdo que sos! – afirmó José.
-¿Por qué? tengo cinco años, no lerdo, túpido!
-Bueno … no peleen, chicos. Estoy bien, no se preocupen ¡que les vaya bien en la escuela! Y no Juan, no estoy embarazada – dijo sonriéndole.
-Pero … ¿qué pasa si lo estás, si lo estamos, amor? – dijo Javier besándole la frente.
Se habían ido los tres de la habitación y María quedó acostada en la cama con una duda que la había atravesado, tras unos minutos quedó dormida.

Javier estaba otra vez en el taxi. Esta vez llevaba a una joven parejita a un shopping. Los oía ir más allá de los besos y cuando ella soltó un fuerte gemido empujó al muchacho hacia atrás.
-¡Pará … que está el tipo mirándonos! – le dijo.
-No, flaca. No le des bola ¡Veni! – dijo siguiendo besándola.
-¡Pará, Rafael, en serio! – dijo enojada.
-¿Recién enamorados? – preguntó tras un silencio el tachero.
-¡Sí! – contestó el chico con amplia sonrisa.
-Bueno ya estamos hace una semana y media – corrigió la chica.
-Ya veo, está bien disfrutar de la vida ¡Cuidala bien, muchacho! – dijo Javier.
-No necesito de nadie para que me cuide – dijo la chica.
-¡Tranquila, flaca! – dijo el muchacho agarrándole la mano.
-Es lo más lindo estar enamorado – prosiguió Javier.
-¡Sí, señor! – dijo el joven. Llegaron a destino. - …¿Cuánto le debo, señor?
-Dieciocho con cincuenta por favor – dijo Javier.
-¡Tome y muchas gracias! … Chau – dijo abriendo la puerta y ayudando a su novia a bajar.
El taxi iba a arrancar nuevamente, pero de repente un brazo delgado y blanco le hizo señas. Era una chica, tenía un busto difícil de no ver, lo cubrió poco y nada, tenía una minifalda de la que no se veía mucho, el pelo rojo fuego y enrulado, labios finos pero pintarrajeados de rojo, el maquillaje muy exagerado, en apariencia general aparentaba ser cualquier cosa menos decente.
-Hola, que suerte que me haya visto, don – dijo con voz chillona.
-Hola, señorita ¿A dónde la llevo? – preguntó observando el escote por el retrovisor.
-¿A dónde va a ser? Le aseguro que no a la Iglesia – contestó irónicamente.
-Disculpe – dijo mirando a otra parte.
-A dónde van los hombres que buscan diversión, bombón … Calle Olivares nº 7.
-Bueno, señorita – dijo un tanto nervioso.
-Nunca me habían llamado señorita – dijo morbosa.
-Disculpe, señora – dijo dubitativo.
-Así, menos – sonrió. Entonces se relajó Javier y empezó a conducir - ... ¿Está casado? … ya veo … respuesta que demora significa una negativa o simplemente que todo anda pal culo.
-No …, digo sí, estoy casado, pero todo está bien – contestó nervioso sintiendo tener que defenderse.
-Está bien, bombón, a todos les pasa – dijo sonriendo morbosamente.
-¿El qué? – preguntó sorprendido.
-Pasar una crisis amorosa, pero bueno … no sé si llamarlo crisis amorosa, porque los casados se divorcian al casarse y el contrato que tienen firmado no les sirve de nada. No se le puede llamar amor a eso ¿verdad? – dijo provocándolo.
-Usted disculpe, pero no entiendo a qué se refiere – dijo enojado.
El viaje siguió en silencio y al llegar vio a dónde la había llevado y se dio la vuelta mirándola ...
-Y usted me habla de amor.
-Le hablo de pasión, bombón, algo que usted no conoce porque no consta en el contrato.
-¿De qué pasión puede profesar una …? – dijo arrogantemente.
-Puta, ¡dígalo que no lo voy a comer! Déjeme decirle que “mucha” porque si no existe un atractivo sexual me niego. Tengo mis clientes fijos y pagan muy bien, como para que me preste a malos ratos – salió del auto y cerró la puerta. Fue hasta la ventanilla de adelante y se agachó frente a Javier hasta que éste tuvo un primer plano de sus pechos.
-No llevo efectivo encima, bombón.
La mujer le abrió la puerta a Javier y él queriendo salir del auto sintió que ella lo empujó contra el asiento y le desabrochó la bragueta agachándose. Desde afuera sólo se veía la puerta abierta de un auto y la cola de una mujer, subiendo la vista se apreciaba la cara feliz de un tachero.
-Eso basta por el viaje, bombón – dijo dejándolo en medio del vuelo.
-No, pero ¿ya te vas … no queres …? ¡Bajo el asiento! – dijo ansioso.
-Ves, bombón … ¡eso es pasión! Querer apagar un fuego que parece propagarse … pero no soy un extintor y me acuesto por guita, no por cara bonita. Toma la mamada como un regalo, porque sale mucho más de lo que puedas pagar – cerró la puerta y se fue moviendo la cola.
El hombre llegó sonriendo y cantando a la casa. Fue al cuarto, pero no vio a María, se acostó en la cama y tras una media hora sintió la puerta de la calle abrirse.
-Hola – dijo a espaldas de María.
-¡Ay qué susto! Pensé que todavía estabas trabajando … ¿qué hora es? – preguntó ella.
-Las dos de la mañana ¿había mucho qué hacer hoy? – preguntó irónico.
-¿Qué? … ¡Sí!, lo de todas las noches, Javier – dijo dejando el bolso sobre la mesa.
-Entiendo … Quería decirte que a partir de ahora voy a llegar pasada las tres …
-Siempre lo hiciste, Javier, no es nada nuevo – afirmó traspasándolo con la mirada.
-Bueno sí … ¡tenes razón!, pero quería que lo supieras …
-Entonces gracias … ya lo sé – dijo dándose la vuelta.
-¿Seguís enojada conmigo eh? – dijo queriendo hacerla sonreír.
-¡Sí! –dijo mientras que él le besó el cuello soltándole una sonrisa.
-Perdóname, sabes que a veces soy un animal, pero es tu culpa porque me volves loco, amor.
Y así siguieron las cosas hasta que nuevamente la cama fue su refugio.
Las dos semanas siguientes transcurrieron con pocas palabras entre ellos. Javier siempre llegaba después de las tres de la madrugada, tal cual lo había dicho y los niños se dormían esperándolo cada noche.
María seguía trabajando en las oficinas y casas privadas.
Javier continuaba manejando el taxi, pero la plata se le iba cada vez más fácil de las manos por los pequeños placeres que le proporcionaba Gladis. La pelirroja culona. Ella se convirtió en un vicio del cual no sabe escapar, es con ella con quién termina su turno cada noche.
-Hola, Gladis, traje cien pesos ¿está bien? – preguntó ansioso.
-Javier … ¡tranquilo, bombón! ¿Cien? Bue … por ser vos y sólo ésta vez obtenes el paquete completo – dijo haciéndolo esperar la respuesta al saludo.
-¡Sos una diosa, Gladis! – dijo anonadado.
-Lo sé, bombón – respondió ella agarrándose la cintura.
-¿Queres que me quede esta noche? – preguntó como suplicando.
-¡Tu mujer te espera! – dijo la mujer sentándose en la cama.
-Le digo que en el laburo no me dejan ir – contestó.
-Ay ay, negro ¿qué tendrás para convencerme? … bue ¡dame cien más y te podes quedar!
-Pero no tengo lo que me queda es lo último – dijo mirando sus bolsillos.
-Entonces fuera, bombón, lo siento – al ver que la mujer no daba el brazo a torcer sacó los últimos cien que le quedaban y se los puso en la mano.
-¡Acá tenes, acá tenes! ¿está bien? – dijo desesperado.
-Bueno ahora sí – dijo ella triunfal.
-¿Puedo llamar por teléfono? – preguntó tímidamente.
-¡Sí, bombón, ahora podes hacer lo que quieras! – dijo sonriendo.
María atendió y oyó al marido decirle que estaba trabajando a full y que volvería a la mañana siguiente recién, mientras que Gladis le hacía imposible hablar.
Eran las seis de la mañana y la espalda morena de María en posición vertical danzaba sobre la cama haciendo el amor, pasaron varios segundos, hasta que cambiaron de posición quedando él a la vista, era Aldo (el chico del mercado).
La puerta de entrada se abría y la pareja nerviosa se vestía atropelladamente, pero demasiado tarde para cuando entro Javier al cuarto.
-Hola, amor ¿todo bien? – dijo encontrándola parada con una bata (que se había puesto al sentir su llegada).
-Sí … ¿qué haces acá, no era que ibas a llegar más tarde?
-Sí, pero al final bue … . Perdóname pero no tengo ganas – dijo sentándose en la cama.
-¿De qué? – preguntó María desconcertada.
-De hacerlo, ¡estoy muerto, cariño! – dijo recostándose.
-Ah … ta bien – contestó al ver que la bata era transparente y debajo no tenía ropa interior - ¿ya te vas a dormir? – preguntó nerviosa.
-Sí … no doy más – dijo cerrando los ojos.
-Pero … - dijo pensando en Aldo que estaba bajo la cama.
Tuvieron que pasar más de dos horas para estar seguros de que se había dormido y así poder huir sin que se diera cuenta.
-¿Cuándo nos volvemos a ver, María? – preguntó el muchacho agarrándole la mano.
-Yo te llamo, ¡ahora andate por favor! Si nos agarra es capaz de matarnos – dijo ansiosa.
-Está bien – dijo arrancándole un beso de los labios y así se fue.


3

Javier estaba conduciendo nuevamente en una tarde de Febrero.
-Toda la mañana al re pedo encima de éste auto de porquería … Ni un puto cliente – puteaba.
De repente oyó un chiflido y detrás de un camión saltó un hombre trajeado con una nenita de la mano. La muchacha tenía puesto un vestido de flores y llevaba el pelo atado al estilo “La Chilindrina”, se subieron apresuradamente y el hombre aun agitado por la corrida sonriendo le decía …
-¡Buenas! ¿Puede llevarnos al Banco Central del Centro por favor?
-Sí, señor ¡Buenos días! Hola, señorita – dijo Javier mirando a la nena. Ella se abrazo al padre.
-Me va a matar la madre si no la recibe a la hora acordada – dijo acomodándose la chaqueta.
-Voy a intentar de no demorarme, señor – respondió el tachero.
-No, hombre, si no lo digo por usted. Es que con esto del divorcio y los contratos de cuánto tiempo puedo estar con mi hija, ¡me sacan! Y el sólo hecho de pensar que por no entregársela a la hora acordada me pueda causar trabas para no verla, me aterra – dijo calmándose.
-Entiendo, señor, no se inquiete. Usted es su padre – dijo Javier sonriendo.
-Sí y ella su madre. Basta con que tenga un buen abogado y le aseguro de que puede conseguir al mejor abogado que exista, ya lo tiene … es, era un amigo mío.
-Uhh que mal ¿Dejo de serlo por convertirse en el abogado de su mujer? – preguntó.
-¡No, no fue así! Sino que por convertirse en el amante de ella – sentenció el hombre de corbata.
-Ah – dijo el hombre mirando la calle.
A los cinco minutos habían llegado y de pagar por el viaje, bajaron del vehículo saludándose mutuamente y deseándose suerte.
A las dos horas recibió a otro cliente en el asiento trasero del taxi. Éste era un flaco de pelo castaño por encima de las orejas, ojos marrones y nariz delgada. Tenía unos treinta y pico de edad y hablaba como a los saltitos.
-Hola … A San Ruis 8, esquina Correa po favo … - dijo el chico.
-Sí, señor – contestó Javier arrancando el motor.
-¿Puede esperarme unos minutos cuando lleguemos? – preguntó pasándose la mano por la ceja.
-Sí, pero tengo que advertirle que el contador seguirá corriendo – dijo señalando el aparato.
-Eso no es problema, amigo, voy a visitar a una amiga ¿entiende? – dijo guiñándole el ojo.
-Ah … bien, bien ¿la novia? – preguntó sonriendo.
-Bueno … digámoslo así, la novia oficial está laburando y bue … ¿vio cómo es, no?
-Sí, señor. Perdone que me meta ¿pero por qué está con la otra muchacha si tiene novia oficial? – preguntó.
-Ay amigo mío, es que todas quieren a Cacho y lo de novia oficial sólo es porque me voy a casar “yo diría cazar” – dijo riendo - … Su padre está forrado ¿comprende?
-¿Pero no la quiere? – preguntó sorprendiéndose a sí mismo.
- Sí, no es difícil para un hombre querer a esa muñeca. Tiene un cuerpo que ni los dioses Griegos pudieron habérselo dado, no es ni histérica, ni vive encima de uno – dijo riendo.
-¿Pero no siente que la lastima evadiéndola con otras muchachas? – no salía del asombro al oírse hacer esas preguntas.
-“Corazón, digo … “Ojos que no ven, corazón que no siente” Ando con pies de plomo en asuntos de pollera, amigo mío – decía con una sonrisa torva en los labios.
-¿Y … - de repente se sintió a sí mismo emprendiendo una batalla mental <<¿Y vos … qué te haces el moralista queriendo dar consejos cuando sos la misma mierda que el flaco que está sentado a tu espalda? ¡No te vengas a hacer el inmaculado ahora! Porque ni vos mismo te lo crees. Eludía a tu mujer ocupando su lugar con el cuerpo de otra mujer, te gastas la guita loca en pagarle para que te deje saciado y cuando volves le mentís a ella y a tus hijos (…) >>
-¿Amigo … se encuentra bien? – preguntó el muchacho poniéndole la mano en el hombro a Javier.
-¿Qué …? Sí, sí, me quede colgado, disculpe – dijo mirando por el retrovisor.
-No pasa nada, amigo, a todos nos pasa. ¡Déjeme acá! No quiero dar lugar a sospechas, no sea cosa que me agarre el marido, en media hora vuelvo – dijo bajando del auto.
-Cuando quiera volver me puede llamar por teléfono, señor – dijo Javier incómodo.
-No, mi amigo, no me deje en banda . Ya ve que estamos en el culo del mundo, sólo media hora lo prometo – dijo colgado de la ventana de Javier.
-Está bien … ¡aquí lo espero! – dijo apagando el motor.
Después de veinte minutos el tachero observó a otro vehículo acercarse a la casa y aparcando justo en la entrada en dónde había desaparecido el muchacho, se inquietó y prendió el motor.
-<<Éste es el marido, seguro>> - pensó Javier.
Y efectivamente el chico saltó por encima del muro aun poniéndose los pantalones y corría como una liebre. Se subió al auto dándole la orden de arrancar.
-Uy casi casi eh … - dijo cerrándose el pantalón - … No hay nada más peligroso que encontrarte con el cornudo en pleno acto y éste, amigo mío, nos agarró en la mitad de la película. Es el rey de los alces, la mujercita no deja títere con cabeza, tiene apariencia de tímida, pero es una actriz de primera … ¿y vos qué onda … soltero o caZado? – dijo sonriendo.
-Casado, señor – respondió mirando el camino.
-Y por tu charla de moral deduzco que nunca le fuiste fiel a tu jermu – dijo relajado.
-¿Cómo? – preguntó abriendo los ojos de par en par.
-Alguien que habla tanto para querer tapar el sol con un dedo no está libre de pecado, amigo mío, usted sólo trata de convencerse a sí mismo cuando “me rezongaba” por mis escapes furtivos, pero no es otra cosa que terror lo que siente al verse reflejado en alguien como yo – respondió con la ceba en alto y los brazos apoyados en el respaldo.
-Pero hágame el favor … - dijo enojado.
-Dígame que no tengo razón … “El que calla otorga”, amigo mío! … Déjeme acá mismo, aquí tiene cien dólares… así está bien. Yo no le voy a decir nada a su mujer de la otra y usted manténgame el secreto de mi dirección con el marido enfurecido que no seguía hace un rato – dijo el chico bajando del auto y pagándole en la ventanilla le guiño el ojo.
-Pero si ni sé dónde vive … - para ese entonces ya se había ido.
Esa noche sentía la terrible necesidad de ver a Gladis y se fue derecho al burdel. Bajo del taxi y entró al local. Golpeó la puerta en dónde se encontraba la mujer.
-Ah … Javier sos vos – dijo ebria.
-Sí y traigo cien dólares “fresquitos” (los que le había dado Don Juan) – dijo mostrándoselos.
-¡Qué poca clase, bombón! Igual ahora no puedo estoy con un cliente – dijo agarrándose del marco de la puerta.
-¿Ah no? – dijo reprochando - … ¡Tómesela de acá, viejo! Hoy no trabaja – dijo autoritario.
-¿Qué haces? ¡Es el que mejor paga, idiota! – le dijo entre dientes la mujer.
-¿Ese … ese viejo? – dijo burlándose.
-¡Callate! … perdone señor Morales, se trata de un problema familiar – dijo ella mirándolo.
-No se preocupe, mihijita. Vuelvo otro día – dijo sonriendo.
El hombre abandonó la habitación y la mujer cerró la puerta.
-¿Estarás contento ahora? – dijo a los gritos dándole una cachetada.
-¡Sí! – dijo besándola.
-¡Pará … primero la guita! Porque bombón, te equivocaste al decir que hoy no trabajaba … ¿Qué te crees que es esto … AMOR? ¡Dale, no pongas caras largas y dame la mosca!
-¡Toma! – dijo alcanzándole el billete.
Ya acostados en la cama tras consumir los cien dólares, él se quedó mirándola. Ella se sentó en la cama frotándose los ojos.
-Bueno … ¡ya está, me voy a dar una ducha!
-¡No! quédate acá un poco más sólo para mirarte – dijo él atontado.
-Ah no , estás cometiendo un error, bombón –dijo parándose.
-¿Y qué? Quiero cometerlo contigo a mi lado – respondió.
-Pero ¿vos sos o te haces? Es tu problema el haberte enamorado …
-No me digas eso, podemos irnos de acá y empezar de nuevo – dijo él ilusionado.
-¿Y tu mujer y tus hijos, no pensaste en ellos? – preguntó vistiéndose.
-No hay nada que decir, me divorcio y al carajo el resto.
-¡Rolo! – gritó la mujer.
-¿Sí, señorita? – dijo un patovica acercándose a la puerta.
-¡Acompañe al señor a la salida y no lo vuelva a dejar pasar! – dijo ella sin mirarlo.
-Lo que mande, señorita – dijo el hombre entrando en la habitación.
-No me podes hacer esto, Gladis, yo te amo – dijo Javier mientras Rolo lo sacaba del cuarto.
-Yo no, ya te dije que es mi trabajo. Para cursiladas está tu esposa, bombón.
Tirado de bruces en el barro por rehusarse a dejar la casa, terminó mirándose las manos y levantó la mirada hacia la ventana de Gladis, la cual había bajado la persiana. Se levantó sacudiéndose el polvo y se subió al auto.

Dejando calles detrás y de repente sintió la llamada de la central. –“Calle Clavel 4, esq. Rosa”. Y para allá fue.
Eran las once de la mañana cuando llegó a la dirección, dos viejitas se subieron al taxi.
-Al hospital por favor, joven – dijo una de ellas.
Eran bajitas, pelo blanco como la nieve y ambas rellenitas.
-Buenas, señoras … - arrancó - … ¿Por malestar o control, si puedo preguntar?
-Ay … sí mihijito, es por la cadera. ¡La pobre! la tiene operada, pero siempre le duele – dijo.
-Entiendo … Lo siento – dijo volteando la cabeza.
-Usted no tiene culpa de nada, mihijto … – le respondió la anciana.
-<<¿De nada? … yo creo que sí>> - pensaba Javier.
-… Es ésta cadera mía que me mata ¿sabe? – dijo la mujer quejándose.
-Sí, señora – contestó.
-¿Tiene hijos, joven? – preguntó la primera.
-Sí, dos … Juan y José – respondió orgulloso.
-¿Qué edades tienen? – volvió a preguntar.
-Uy acá me matan, soy un perro para las edades, pero a ver … Juan tiene cinco años y José nueve si no me equivoco.
-¡Hombres! … no pierden la cabeza porque la llevan pegada – dijo la anciana agarrándose la cadera.
-No le preste atención, a mí también se me olvidan las cosas – dijo la otra.
-Vos porque sos una vieja senil – le dijo la anciana con dolor en la cadera.
-¿Cómo me vas a decir eso delante del señor, Josefina? – dijo tapándose la boca.
-Yo sólo digo la verdad, éste joven debe tener treinta y largos y vos tenés setenta y tres, Celia ¿No ves una diferencia? – dijo riendo entre dientes.
-Ay Josefina, siempre sos un bicho conmigo – dijo ofendida.
-Señoras … no peleen por favor – dijo mirando por el espejo retrovisor.
-¿Pero qué dice, joven, no sabe que las peleas son las que mantienen joven a una? – dijo Josefina.
-Se ve que no peleó mucho en la vida, hijo – agregó Celia.
-¿Señoras? … ¡Llegamos! – dijo frenando el auto.
-Ay gracias, joven ¿Cuánto es? … ¡Paga, Celia! – dijo la mujer con una mano en la cadera.

4

Pasaron dos semanas en las cuales Javier quería suplantar a Gladis con el cuerpo de María y aunque ella no sentía deseos de corresponderlo lo hacía porque el hombre usaba la fuerza.
Esos últimos días bastaron para bajarle la moral del todo a la mujer, ya no se encontraba con fuerzas de nada. Pudo haber terminado como muchas mujeres lo hacen en su situación, pero ella tenía a Aldo al lado que la amaba sinceramente.
Una noche al volver Javier a la casa, tras cumplir su turno. Se encontró con un vacío que se tragaba el silencio. Corrió al cuarto de los chicos y vio que los roperos estaban vacíos. Fue a su habitación y las cosas de María tampoco estaban, solamente un papel pegado al espejo con su letra …
“No sé por dónde empezar … fueron tantas las cosas por las que empecé a odiarte con todo mi ser, me hiciste creer ser culpable de cosas que ni siquiera tenía bajo control y me hiciste sentir insignificante ¿sabes? … Ahora te tengo una noticia ¿Te acordás de Aldo (el chico del mercado)? Bueno … nunca me ayudó con la compra.
El día que “mis” hijos me pregunten por vos, les diré la verdad … “Que no tienen padre” y en vez de eso les diré la verdad … no te preocupes, les voy a contar paso a paso como te portaste con nosotros y si entonces aun tienen deseos de verte lo harán, de no ser así ¡date por enterado que para ellos moriste! “
-¡Yegua …! Se llevó a mis hijos, la muy puta me corneó … - dijo pateándola el ropero - … ¡La puta madre que la re mil parió! – gritó arrodillado entre lágrimas.

FIN.

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